Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer


Capítulo beteado por Esmeralda Cullen.

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Capítulo 4

Isabella, de pronto, se sintió temerosa, no saber a dónde se dirigía la ponía nerviosa, ella nunca había hecho nada sin planearlo, y mucho menos había salido con alguien al que apenas conocía. Por un momento pensó en detenerse, dar media vuelta y marcharse, pero esa idea le pareció absurda, miró disimuladamente a Edward y le pareció muy emocionado, lo que despertó su interés y decidió seguir caminando.

—Espero no estés pensando en salir corriendo —comentó Edward para romper el silencio que se había instalado entre ellos. Él la había estado observando todo el tiempo, tratando de deducir qué tipo de persona era Isabella, ya tenía algunas ideas, pero era mejor conocerla antes de sacar conclusiones, estaba concentrado en eso hasta que notó que ella caminaba más lento y miraba para todos lados como si buscara desesperadamente una salida.

—Lo pensé por unos minutos —admitió y nerviosamente empezó a jugar con su cabello.

—¿Ya no te irás?

—No, pero es mejor que me digas adónde vamos —contestó. Ella conocía la ciudad, sin embargo, nunca había caminado por esas calles o al menos no las recordaba.

—Quiero que sea sorpresa, confía en mí, te va a gustar. —Tomó su mano y empezó a correr, ella no tuvo más remedio que seguirlo.

—¿Puedes ir despacio? —preguntó tratando de soltar su mano—. No todos estamos acostumbrados a correr.

—Deberías hacerlo, ya sabes, por tu salud —dijo mientras caminaba tan despacio como podía, ella rodó los ojos—. Dijiste despacio.

—No tan despacio, no soy una tortuga, deja de jugar antes de que me arrepienta de ir contigo.

Él le sonrió ampliamente y volvió a tomar su mano, le prometió que no haría nada que la molestara hasta llegar a su destino.


Andrew se despidió de su amigo, no tenía intención de regresar a casa, lo más seguro era que Alice todavía lo estuviese esperando para obligarlo a cumplir con la cita que ella había concertado con María. No supo adónde dirigirse por lo que, finalmente, terminó en su oficina, necesitaba adelantar trabajo y era evidente que ahí sería el único lugar en el que encontraría el silencio que anhelaba.

Cuando estaba por empezar, su teléfono timbró con insistencia, intentó ignorarlo pero le fue imposible, vio en la pantalla que era un número desconocido y pensando que era algo importante, contestó. No reconoció la voz hasta que ella tuvo la estupenda idea de decir «soy María ¿me recuerdas?». Por un momento pensó en responder: «No, creo que te has equivocado» y colgar, pero sabía que sería muy descortés de su parte.

—Lo siento, María, en este momento no puedo atenderte —respondió y antes de que ella pudiera decir algo, agregó—: Tengo que colgar. —Y terminó la llamada.

Suspiró pesadamente, a él no le importaba salir con mujeres para divertirse de vez en cuando, pero María no le producía confianza y él confiaba en su instinto, que en ese momento le decía que se alejara de ella.


Cuando Jasper conoció a Alice se enamoró profundamente, él solía ser el tipo de chico que cambiaba de novia cada semana, hasta que encontró a la indicada. No dudó en dejar atrás su antigua vida; vivía al pendiente de ella, a pesar de las constantes discusiones que tenían. Ella era muy caprichosa y le gustaba hacer su voluntad; él intentaba razonar con Alice, pero siempre terminaba cediendo.

Siempre pensó que con el pasar de los años ella maduraría, y no dudó en pedirle matrimonio en cuanto terminó la universidad. Con el pasar de los años llegaron los hijos, él los adoraba y cuidaba con su vida, trató de estar presente siempre para ellos, aunque su relación con Alice parecía cada día más distante.

Los caprichos de su esposa, en ocasiones, le parecían absurdos, pero optó por no decir nada, no quería peleas frente a sus hijos, así que se quedó tranquilo, fingiendo ser feliz en su matrimonio por el bien de sus pequeños.

Se concentró más en su trabajo y viajaba constantemente, ya que, al parecer, su esposa no notaba su ausencia. No sabía si fue por soledad, por el terrible estrés que cargaba encima o, tal vez, sólo estaba cansado de la vida que llevaba, se arrepentía de haberse alejado de su familia por defender a su esposa, pero ahora no había vuelta atrás. Hacía dos años que la había conocido en uno de sus viajes, ni siquiera dudó en acercarse a ella y, aunque la culpa lo consumía, había algo que le impedía alejarse.


Isabella miró a su alrededor sorprendida, obviamente nunca había estado en ese lugar y tampoco esperaba conocerlo algún día, lo único que tenía claro era que ella no tendría que estar ahí, sus padres no lo aprobarían.

—¿Es en serio Edward? —preguntó ella al ver que la miraba expectante.

Frente a ella había una pista de automovilismo, varios autos corrían a gran velocidad mientras los espectadores los animaban.

—Claro que sí, ¿me vas a decir que nunca has visto una carrera de autos?

—Una vez Rosalie me llevó a una carrera de fórmula 1 —comentó, tratando de restarle importancia, la pista en la que ahora se encontraba no era como la que una vez había visto, era más sencilla, pero pensó que seguramente serviría—. A ella le gustan mucho los autos, yo ni siquiera sé conducir el que mi padre me regaló.

Él la miró sonriente, había esperado una respuesta así, Isabella Swan le parecía una chica predecible y él estaba dispuesto a cambiar eso, o al menos a intentarlo.

—No me explico por qué gastaron tus padres en un auto que saben que no utilizarás —respondió acusatoriamente al imaginar cuánto dinero invirtieron para eso.

—Yo tampoco, pero dicen que algún día debo aprender, aunque a mí, sinceramente, me da miedo estar frente a un volante —dijo y luego fingió prestar atención a la carrera para evitar seguir con ese tema.

Él decidió esperar, la idea no era llegar a ver la carrera, sino poder subirla a un auto después. En cuanto terminó, la guio hasta uno de los pilotos.

—Edward, tanto tiempo sin verte —dijo Ben al saludarlo. Ellos habían sido compañeros en la universidad, pero no se hablaron hasta que se encontraron en una carrera, desde ahí se convirtieron en buenos amigos. En algunas ocasiones Edward había sustituido a Ben, al no tener auto propio estaba encantado de poder conducir el de su amigo.

Tras presentarle a Isabella, Edward y Ben se sumergieron en una plática sobre autos en donde ella no era partícipe, ya que no conocía sobre el tema, estaba distraída contemplando todo a su alrededor hasta que escuchó que mencionaban su nombre.

—Si dices que a Isabella le gustará, entonces adelante, aunque no la veo muy emocionada —había comentado Ben. Ella los miró esperando obtener una respuesta.

—¿Quieres dar una vuelta conmigo? —preguntó Edward y ella lo miró extrañada sin saber adónde quería llevarla ahora—. Me refiero a subirnos al auto y recorrer la pista.

Isabella ahogó un grito, la idea de subirse a un auto no la asustaba, pero sí el hecho que podía alcanzar una velocidad a la que ella no estaba acostumbrada.

—¿Conducirás con precaución y respetando los límites de velocidad? —cuestionó con cautela, intentando esconder el miedo que sentía ante la idea.

—Te puedo asegurar que nada malo te sucederá mientras esté al volante.

Esa no era la respuesta que ella esperaba, quiso replicar pero cuando se dio cuenta ya iba camino hacia el auto, se subió en él y se colocó el cinturón de seguridad.

—¿Estás lista?

—No, pero estoy segura que eso no te detendrá —contestó y él sonrió triunfante.

En cuanto escuchó el ruido del motor de inmediato se puso nerviosa, respiró profundamente para tranquilizarse y se aferró a su asiento. Edward parecía concentrado en conducir, pero no dejaba de observar a su amiga, no deseaba ocasionarla un ataque cardiaco, así que al inicio fue despacio, cuando se dio cuenta que ella se relajaba empezó a pisar el acelerador. Por un momento pensó que ella le pediría detenerse, pero poco a poco vio aparecer una sonrisa en su rostro.

—No es tan malo como imaginé —admitió Isabella después de unos minutos.

—Era cuestión de acostumbrarse —respondió sintiéndose más confiado.

—Aun así no apartes tu vista del camino —advirtió y después, sintiéndose más tranquila, se dedicó a disfrutar el momento.

Por la tarde, Edward la acompañó hasta su departamento y tras despedirse se marchó. Isabella aceptó que se había divertido y con una gran sonrisa entró, no encontró a Rosalie por ningún lado, solo una nota en la que decía que llegaría en la noche.


Cuando finalmente regresó a su departamento, Edward decidió llamar primero a Seth para asegurarse que Irina y Tanya ya no se encontraban ahí, al escuchar que se habían ido, decidió entrar, se sorprendió encontrar todo en orden, porque generalmente estaba hecho un desastre.

—Veo que no te agradó Irina y decidiste huir —dijo Seth al verlo entrar mientras terminaba de dejar todo en perfecto orden.

—No tuve opción —contestó sonriente—. Para la próxima asegúrate que no venga.

—Le diré a Tanya que busque otra amiga para ti, aunque con lo que sucedió temprano no creo que tenga ganas de traer a alguien. —Se estremeció Edward, y empezó a contarle el escándalo que hizo Irina al no encontrar a Edward, según ella eso fue una total falta de respeto hacia su persona y obligó a Tanya a regresar antes de lo programado—. Creo que hiciste bien en irte, Irina parecía un poco loca, pero te aseguro que Tanya no está molesta.

—Que les sirva de lección, así dejan de buscarme pareja, no todos tenemos la suerte de encontrar a alguien especial.

Seth siempre le repetía que Tanya era el amor de su vida, lo que a él al principio le pareció absurdo, pero poco a poco y viendo lo bien que llevaban su relación fue creyendo que tal vez su amigo era uno de los pocos afortunados en encontrar el amor.

—¿Qué hiciste hoy? —preguntó Seth.

—Me encontré con una amiga y fuimos a ver una carrera de Ben.

—¿Qué amiga?

—No la conoces. —Se levantó del sofá y caminó hasta su habitación, no quería dar explicaciones y, sin duda, Seth se estaría imaginando cosas que nada tenían que ver, ya que él solo veía a Isabella como una amiga.

Después de una noche de descanso y con ánimos renovados, Edward se levantó temprano para asistir a su primer día de trabajo, preparó el desayuno para su amigo y para él, y luego salió rumbo a la empresa. En el camino pensó en llamar a Isabella, ahí se dio cuenta que nunca le había pedido su número, le restó importancia al asunto, ya que estaba seguro que de todos modos se volverían a ver, él conocía donde vivía y podía buscarla en cualquier momento.

Llegó a la oficina muy emocionado pero se mostró tranquilo, saludó a la recepcionista y ella le indicó a dónde debía dirigirse. Se presentó en el departamento de recursos humanos para revisar su contrato y firmarlo. Una vez terminados los trámites fue presentado en el departamento financiero, en el cual iba a trabajar. Conoció a Emmett, su jefe inmediato, quien le puso al tanto de sus funciones en la empresa.


Isabella pasó gran parte del día revisando los periódicos y páginas de empleo en internet, hasta que llegó la hora de ir a recibir a Jessica al aeropuerto. Tomó un taxi y llegó justo en el momento que su amiga salía, se saludaron con alegría y posteriormente fueron rumbo al departamento.

—Tengo muchas cosas que contarte —dijo Jessica y empezó a relatarle todo lo que hizo durante sus vacaciones.

—Eso es genial, Jess —contestó al escuchar las excelentes noticias que su amiga tenía.

—Y la mejor noticia de todas te la daré en cuanto regrese Rosalie.

Isabella vio a su amiga muy emocionada y tenía una idea de lo que podría querer decirles.

—¿A qué hora sale Rosalie del trabajo? —preguntó Jessica.

—A las cinco, podemos ir a buscarla para que le des la sorpresa —sugirió y su amiga estuvo de acuerdo.


Rosalie llegó temprano a la empresa Hale, le emocionaba comenzar a trabajar con su padre, sin embargo, la relación con su hermano no era la mejor. De niña estuvo muy unida a Jasper, a pesar de la diferencia de edades él siempre tenía tiempo para ella, procuraba acompañarla a cualquier sitio y siempre estaba dispuesto a protegerla. Pero cuando conoció a Alice, todo empezó a cambiar y se distanciaron. Y, después del incidente ocurrido el día del matrimonio de su hermano, nunca más lo volvió a ver. No permitió que la visitara en el internado y no quiso hablar con él antes de marcharse a Londres. Estaba dispuesta a apartarlo de su vida para siempre, pero ahora el encuentro sería inevitable, trabajarían en el mismo sitio.

—Jasper está de viaje —informó su padre al ver cómo ella observaba impaciente a su alrededor.

Rosalie sonrió y dejó de preocuparse, escuchó atentamente todo lo que su papá le decía y de inmediato empezó con su tarea.


Por la tarde, en cuanto Edward estaba por terminar su horario laboral, Andrew lo llamó a su oficina.

—¿Cómo estuvo tu primer día de trabajo? —preguntó Andrew, él siempre trataba de estar al pendiente de sus empleados, tal vez no podía hablar con todos a diario, pero sí se aseguraba de que todo se mantuviera en orden. Tenía especial interés en Edward, no solo por ser el hijo de su amigo, sino porque le parecía alguien digno de confianza.

Edward empezó a relatarle todo lo que había realizado ese día, lo entusiasmado que estaba con las tareas que le encomendaron y con las personas que conoció. Andrew notó de inmediato las ganas que tenía de aprender y estaba seguro de que su colaboración beneficiaría a su empresa, pensó en hablar con Carlisle para informarle que su hijo ya fue contratado, pero luego optó por permitir que fuera Edward quien le diera la noticia.

—¿Está preocupado por algo, señor? —preguntó Edward al notar que se quedaba pensativo.

—Edward, puedes llamarme Andrew, y ya que trabajaremos juntos puedes considerarme algo así como tu guía o, mejor, como tu amigo.

—Gracias, lo tendré en cuenta.

—Y sí, estoy un poco preocupado, por el interminable trabajo que tengo en estos momentos. —Edward lo miró esperando que continuase o que le diera alguna señal para retirarse y seguir trabajando—. Con mi secretaria de baja he perdido algo de apoyo —explicó.

—¿Qué le sucedió?

—Tuvo un accidente y estará en recuperación por lo menos seis meses, así que estamos buscando algún reemplazo temporal. Si conoces a alguien que creas que pueda cubrir la vacante, estaré encantado de recibirla.

Edward de inmediato pensó en Isabella, ella le había dicho que aún no encontraba trabajo, no estaba seguro si la idea de ser secretaria la agradaría, así que antes de poder recomendarla tenía que buscarla y preguntarle.

—Creo conocer a alguien —contestó y pensó en ir por ella en cuanto saliera del trabajo.

—Si crees que está capacitada para el puesto y puede integrarse de inmediato al trabajo, tráela mañana para conocerla.

—Por supuesto.