Capítulo 3
ERA YA domingo por la tarde, casi al anochecer, cuando se inició el éxodo en la propiedad de Seiya Kou. Primero se fue el grupo de rock, en su camioneta pintada con alegres colores; luego, a intervalos intermitentes, dos Jaguares, tres Mercedes, cuatro camionetas, un Alfa Romeo y un Lamborghini, dos Volvo... Serena ignoró el resto de la lista, aunque Robert y Edmund persistían en mantenerla informada. El punto culminante de la tarde fue la llegada y partida de un helicóptero.
La fiesta había terminado, único hecho importante para ella. Estaba exhausta y tenía enormes deseos de un buen descanso. La temperatura era más agradable en ese momento y después de cesar la caravana de invitados que abandonaban la casa de Seiya Kou, reinó otra vez un beatífico silencio.
El lunes por la mañana, Serena se despertó con el gorjeo de los pájaros; sus labios dibujaron la primera sonrisa que relajó sus músculos faciales, que habían permanecido tensos durante más de cuarenta y ocho horas. Todo había vuelto a la normalidad... casi. Era difícil aplacar el fuego largamente contenido y que el cineasta había vuelto a encender. Pero ese día volvía a su taller de cerámica y el trabajo sin duda disiparía parte de la frustración interior.
¡Qué mala suerte era tener a Seiya Kou como vecino! Sabía que él iba a ser una constante fuente de irritación que perturbaría su calma habitual. Durante diez años, había vivido feliz allí; razonablemente feliz, se corrigió, sin olvidar el horror y la desolación que le había causado la muerte de Diamante. Serena no tenía el menor deseo de ir a otra parte ni hacer más que lo que hacía allí.
Eso era algo que sus padres no lograban entender, pensó Serena, recordando la desaprobación de aquellos por su falta de ambiciones. Apreciaba la amplia y completa educación que ellos le habían dado, pero a la larga, se había cansado de cumplir todo el tiempo las expectativas de sus progenitores, en especial porque los esfuerzos que realizaba para lograrlo le quitaban tiempo para cualquier otra cosa.
Sus padres estaban tan dedicados a sus carreras, que con frecuencia Serena se preguntaba si ella no habría sido la consecuencia de un descuido. Su madre la había tenido con treinta y siete años y ya, desde entonces, ella y su marido habían actuado como si esa hija fuese un estorbo en sus vidas. Serena nunca se había considerado importante para ellos.
Al contrario que con Diamante; él le había enseñado lo que era el amor. Siempre se había interesado por sus sentimientos e ideas, haciéndola sentirse valiosa como ser humano. Serena nunca se había arrepentido de casarse con él. Ni importaba que su matrimonio le hubiera impedido asistir a la escuela de Bellas Artes.
Había aprendido por medio de libros y la práctica el arte de la cerámica. Y siempre tenía tiempo para sus hijos. Su vida era agradable; sólo echaba de menos a Diamante.
Pero si Seiya Kou pensaba que porque era viuda sería una presa fácil, pronto se daría cuenta de lo equivocado que estaba. Ese lascivo magnate del cine quizá se creyera un ídolo, pero ella podía verle los pies de barro. Barro... una sonrisa maliciosa curvó sus labios mientras una idea inspirada iba cobrando forma en su mente. Sus animales prehistóricos de cerámica, se vendían bien, pero estaba harta de modelar dinosaurios. Crearía algo nuevo, algo como un camello con la cabeza de Seiya kou. ¡Definitivamente prehistórico!
Su sonrisa se amplió y comenzó a canturrear con alegría, mientras se entregaba a la tarea de trabajar con la arcilla para dar forma a su idea. Robert y su hermano se alegraron de ver que el buen humor de su madre retornaba y que ni siquiera les preguntaba para qué querían las viejas láminas galvanizadas que estaban debajo de la terraza. Ya casi se habían ido, delirantes de regocijo, cuando ella comentó, distraída:
-Espero que no se trate de otra casa en un árbol.
-No, mami -aseguraron y salieron corriendo para ponerse a construir una canoa.
Habían disfrutado de varios días sin sufrir ninguna perturbación de la casa vecina. De hecho, el miércoles por la noche, Serena ya había recobrado por completo la serenidad. Hasta que sonó el teléfono y, al responder, reconoció la voz de Seiya kou .
-Estoy libre esta noche -anunció él con acento alegre.
«¡Qué bien!», pensó ella con irónica acritud.
-¿Por qué? ¿Le han dejado salir de la jaula? -preguntó con sarcasmo.
Seiya se rió por el comentario.
-¿No quieres verme?
La viuda hizo todo lo posible para aparentar indiferencia:
-No, nunca más. Gracias.
-Ah, pero eso es cruel para nosotros. ¿Por qué no afrontas los hechos y aceptas que estamos hechos uno para el otro? Ven a mi casa. Hagamos algo excitante y constructivo. Puedo sentir que la creatividad bulle en mis venas. Sé que vas a inducirme a...
-¡No! -ella no iba a inducirlo a nada, y tampoco iba a dejarse convencer.
-¿Por qué no?
-Porque no podría soportar lo que ocurriría después.
-¿Qué supones que sucedería?
-Una vez que todo terminara, me sentiría hastiada hasta la náusea. No hay nada más lamentable que hacer el amor con alguien con quien no se tiene nada en común. Muy pronto una se da cuenta del enorme error que ha cometido. Eso es precisamente lo que sucedería con nosotros.
-¿Cómo puedes saberlo? -preguntó él en un tono que a Serena le pareció afectado.
-Conozco la naturaleza humana.
-Comparto muchas cosas contigo; me das mucho. No existe la menor posibilidad de que me aburra -arguyó él.
Serena sonrió, sabiendo que debía cortar por lo sano.
-Lo sé. El problema es por mi parte. No podría soportarlo a usted, nada más.
Hubo un largo silencio antes de que el cineasta admitiera su derrota.
-Eres una zorra de primera -dijo sin aspereza.
-Se equivoca, señor Kou, pero podría ser peor que una zorra si me viera obligada a ello -y con esa frase triunfal, colgó el teléfono.
Sin embargo, su satisfacción se fue disipando poco a poco mientras permanecía despierta aquella noche, en su virtuoso lecho. No dejaba de preguntarse cuan creativo habría sido Seiya Kou; lo que la perturbaba sobremanera, aunque estaba convencida de haber tomado la decisión adecuada. Al día siguiente, amasó la arcilla con más fuerza de lo habitual.
Pasó una semana marcada sólo por un incremento en la producción de figuras de cerámica y el desastre de la canoa. Los muchachos volvieron del río con la ropa empapada y los rostros sombríos.
Su madre escuchó su relato y exclamó con exasperación:
-¿Cómo pretendíais que flotara una canoa fabricada con lámina galvanizada?
-Los barcos grandes son de metal y flotan -arguyó Robert.
-Ha funcionado durante un rato -intervino Edmund, con tono compungido-. Habíamos tapado todos los agujeros de los clavos con tu arcilla para modelar.
Esa provocativa revelación recibió una mirada asesina de su hermano mayor.
Serena suspiró. «No reprimas su espíritu de aventura», había dicho siempre Diamante. «Los muchachos son impulsivos». Si antes no eran víctimas de su espíritu aventurero, morirían, quizá, igual que su padre, en el Matterhorn u otra alta montaña, pensó Serena con desaliento; pero sabía que nada de lo que ella dijera iba a cambiar el modo de ser de los chicos. Era evidente que lo llevaban en la sangre.
Y todavía tenía que soportar dos semanas más de vacaciones escolares. La viuda imploró al cielo, en silencio, que transcurrieran sin ningún percance serio. Quizá los niños necesitaran un entretenimiento más civilizado para distraerlos de sus peligrosas correrías.
-Mañana iremos a Parramatta -decidió, alegremente-. Vosotros podréis ir al cine mientras yo entrego las piezas de cerámica y hago algunas compras.
El rostro de Robert se iluminó.
-¡Viva! Nos morimos de ganas de ver Vivir por la Espada.
-¡Sí! -exclamó Edmund con entusiasmo.
Serena alzó los ojos al cielo. Debería habérselo imaginado. Vivir por la Espada era una película llena de acción y violencia. Era la continuación de Ojo por Ojo, de Seiya Kou. Otra aventura inverosímil de Dirk Vescum, el héroe tuerto del cineasta. Dada la tendencia de los chicos a imitar en sus juegos las aventuras de ficción, Serena temía lo peor.
Hizo un intento, que sabía inútil.
-¿No preferiríais ver una comedia?
Los chicos gruñeron, arguyeron, la invitaron a que los acompañara a ver la película para que se percatara de que no tenía nada de malo. Serena reconoció que no podía ganar y se resignó a lo inevitable, pero una serie de pensamientos malévolos en relación al vecino surgieron en su mente.
«¡Vaya cultura popular!», se dijo mientras dejaba a los chicos en el cine, a la mañana siguiente. Se alegró cuando su agente de la tienda de regalos alabó sus nuevos camellos-Seiya Kou. Le extendió un generoso cheque y ella, en un arranque de frivolidad, se compró un nuevo vestido.
Los rostros de los muchachos todavía resplandecían de entusiasmo y excitación cuando su madre los recogió para llevarlos a comer.
- ¡Ha sido fantástico, mami! -exclamó Edmund-. ¡Tendrías que haber visto la parte en la que Dirk Vescum les corta la cabeza!
-No quiero saber más de esos horrores -se apresuró a protestar la viuda.
-Pero era justo, mami -explicó Robert-. Merecían ser ejecutados. Habían torturado a...
-¡Robert! ¡Ya te he dicho que no quiero oír más! -la violencia era odiosa para Serena.
En el camino de vuelta a casa, los chicos se acurrucaron en el asiento trasero, comentando con entusiasmo las peripecias y hazañas de Dirk Vescum. Habiéndose excluido de la desagradable charla, ella se sentía molesta por el hecho de que Seiya Kou hubiera creado algo que mantenía a sus hijos interesados. ¡Él y su creatividad! No podía elevar sus pensamientos más allá de lo material.
Se alegro de llegar a Wiseman's Ferry y bajar del coche mientras el trasbordador los llevaba al otro lado. La belleza apacible del río y sus márgenes bordeadas de vegetación siempre tranquilizaban su espíritu. ¿Quién podía vivir en la ciudad después de contemplar esa serena belleza?, pensó complacida, al aspirar el aire limpio y fresco.
El trasbordador llegó a la otra orilla y Serena volvió a entrar al coche junto con los chicos. Siempre disfrutaba del viaje a Saint Alban, a pesar de que la carretera era estrecha y sinuosa. Además uno de los tramos estaba en obras y había letreros que indicaban: CONDUZCA DESPACIO, CUIDADO CON LOS PARABRISAS, GRAVA SUELTA. Serena siempre conducía a una velocidad prudente, pero de cualquier manera redujo la velocidad.
Los adelantó un coche al que parecía que perseguían todos los demonios del infierno. Serena lo oyó, pero no tuvo tiempo de verlo. Con un estallido terrible, el parabrisas se fragmentó en mil pedazos. Ella no podía ver nada en absoluto. Con el corazón en la garganta, pisó el pedal del freno. Detuvo el coche sin chocar y se reclinó contra el volante, con alivio.
-¡Caramba! ¡Era el Lagonda de Seiya Kou ! ¡Él sí sabe conducir! -la voz de Edmund reflejaba admiración.
-Cualquiera que tenga un coche así puede conducir rápidamente -observó Robert con desdén.
¡Seiya Kou! ¡Tenía que ser él! Serena salió del coche, furiosa. Encontró una piedra grande y abrió con ella un agujero en el parabrisas para poder ver la carretera. La indignación que bullía en su interior se acrecentó ante la acritud de sus hijos. ¡Ni siquiera se ponían de su parte contra ese... maniático! Y todo el dinero que había ganado con la venta de su cerámica tendría que emplearlo en reponer el cristal. Una furia ciega, densa, brotó de su interior. Pero se las pagaría, así tuviera que apedrear el parabrisas de su preciado Lagonda.
-Creo que mamá está enfadada -murmuró Robert a su hermano cuando ésta volvió, con bruscos movimientos, a su asiento, sin soltar la piedra con la que había abierto el agujero en el cristal.
Enfadada era decir poco. Conducir con el parabrisas roto era una pesadilla; El aire que le golpeaba el rostro anegó de lágrimas sus ojos. Tocó con una mano la piedra que llevaba a su lado, en el asiento, Seiya Kou iba a lamentar la forma en que había conducido su coche ese día.
Cuando llegaron a la verja de la casa del director, la ira de Serena había alcanzado magnitudes volcánicas. Seiya Kou era todo lo que ella detestaba en la vida. Se detuvo frente a la enorme cochera y bajó de su coche, con el arma de su venganza en una mano. Las puertas de la cochera estaban cerradas con llave, pero no estaba dispuesta a darse por vencida.
-Quedaos en el coche hasta que arregle este asunto -advirtió a sus hijos.
-Esto se va a poner bueno -oyó que decía Robert.
Pero Serena ya iba de camino a la puerta principal de la mansión. Oprimió el timbre y dejó allí la mano. La puerta se abrió y apareció Kelvin Umino, quien intentó un saludo de bienvenida.
- ¡Caramba, señora Black, qué...!
-Llame al señor Kou de inmediato -ordenó ella con tono de majestad ofendida.
-Eh... Sí, claro, señora Black . Si quiere, pase al vestíbulo -dijo Umino y se adentró deprisa en la casa.
Serena no confiaba en él; no podía confiar en nadie que estuviera al servicio de aquel troglodita. Estaba contemplando con desdén las estatuas seudo griegas cuando apareció el cineasta. Iba canturreando mientras bajaba con paso saltarín por la escalera hacia el vestíbulo. Abrió los brazos en un ademán de bienvenida y una amplia sonrisa iluminó su rostro.
-¡Ah, mi querida Serena, qué gusto me da que te hayas dignado...!
-He venido a buscarlo -lo interrumpió ella con una mirada asesina.
La sonrisa se agrandó.
-Lo sabía. Y me alegro, porque quiero hablar contigo.
-Hágame el favor de no seguir hablándome de tú, y lléveme inmediatamente a su cochera -masculló con toda la tensión de un volcán a punto de entrar en erupción.
Pero Seiya Kou ignoró el estado de ánimo de su interlocutora.
-La condición en que se encuentra nuestra cerca común es deplorable.
-Le doy un minuto.
El cineasta ladeó la cabeza con cierto azoro.
-Oye, de veras pareces molesta. ¿Qué sucede?
Ella sopesó la piedra en su mano, con sombría satisfacción.
-Voy a pagarle lo que me ha hecho con la misma moneda, señor Kou. «Vive por la Espada», muere por...
-¿Me amenazas?
La leve sorpresa en la voz del abominable sujetó desató la conflagración:
- ¡Sí! ¡Voy a darle lo que se...!
. Seiya se movió con tal celeridad, que ella no tuvo tiempo de golpearlo o realizar alguna acción evasiva, mientras él la apresaba. Retuvo la mano que sujetaba la piedra a la espalda de la viuda y su cuerpo quedó inmovilizado por un brazo poderoso que la rodeaba como una banda de acero. Para azoro e indignación de Serena, el productor comenzó a besarle el pelo y la frente mientras murmuraba palabras apaciguadoras.
-Ya, ya, tranquila. No hay nada que no se pueda arreglar. Todo lo que necesitamos es la comunicación adecuada. Yo sé...
- ¡Suélteme, rufián! -bramó Serena , con impotente rabia-. ¡No me haga esto!
-Tengo que hacerlo. Es la única forma en que puedo hacerte entrar en razón.
Serena se hallaba comprimida contra su pecho desnudo y sus muslos igualmente descubiertos. ¿Es que aquel tipo nunca se vestía como era debido?
-¿Lo ves? Está resultando, ¿o no? -dijo él con voz melodiosa mientras le rozaba la nariz con los labios-. Déjame besarte como Dios manda.
-¡Entonces no podré hablar! -estalló ella, furiosa.
-De eso se trata.
-Lo mataré -masculló la joven, tratando de esquivar la boca del cineasta.
Pero Seiya se conformó con posar los labios en la oreja de la viuda.
-Mi querida Serena , me has fascinado desde el primer momento que te vi. Hay cierto encanto... quizá una cualidad primitiva en ti... que encuentro irresistible... -le mordisqueó el lóbulo de la oreja, de manera erótica.
-¡Es usted un... un... un cerdo!
-Además, posees un vocabulario extenso. Por favor, déjame ayudarte. Cuéntame tus problemas. Alza la cabeza; yo te consolaré y calmaré tu dolor. Te besaré como debes ser besada; con reverencia, con pasión, con...
-¡Y un cuerno, salvaje irresponsable! Ha podido matarnos... a mí y a mis hijos. Me ha roto el parabrisas y ahora yo voy a romper el suyo, aunque sea lo último que haga en la vida. Eso le ensañará que la carretera no le pertenece por entero, pedazo de...
-¿Yo he hecho eso? -Seiya la soltó y retrocedió un paso, con expresión incrédula.
- ¡Sí, lo ha hecho!
El semblante del cineasta reflejaba genuina consternación. La cogió de la mano.
-Muéstrame el daño.
Ella retiró la mano de un tirón y avanzó, con paso furioso, hacia la puerta; indicó su coche con un dedo acusador.
-¡Allí está! ¿Lo ve? ¿Ve lo que ha hecho?
Seiya la siguió y observó el desperfecto. Movió la cabeza, perturbado.
- ¡Caramba! -rodeó los hombros de la viuda con un brazo consolador-. Deberías usar parabrisas laminados, querida. Es peligroso conducir sin ellos.
¡Era el colmo! El volcán hizo erupción. Gritando como una loca desaforada, Serena giró la piedra en la mano, lista para el ataque. Un último vestigio de cordura le impidió estrellarla contra el rostro de su ofensor; en lugar de ello, golpeó con la piedra una estatua de un desnudo masculino. El yeso se resquebrajó.
-¡Eso es para empezar! -rugió la viuda, volviéndose bruscamente hacia Kou, con los ojos encendidos de furia y las mejillas encarnadas-. ¡Ahora vamos a por el Lagonda!
Seiya la miró estupefacto, paralizado por el asombro. Luego asintió con solemnidad.
-Tienes toda la razón; te concedo derecho a la venganza. Te llevaré a la cochera. Sígueme, por favor.
El cineasta la precedió por la escalera de caracol y, después de una pausa debido a su perplejidad, Serena lo siguió. Atravesaron la casa, y Seiya Kou la instó a seguirlo, con gravedad, cada vez que ella vacilaba. El dueño de la mansión abrió una puerta y se apartó para invitarla a pasar, con una reverencia cortés.
Serena cruzó el umbral, casi tropezando con los escalones que daban a la cochera en su ansiedad por mantener una distancia razonable entre el cineasta y ella, demasiado recelosa ante la plácida aceptación del hombre.
-Allí está el coche -indicó él.
La viuda retrocedió unos pasos, apartándose del director, y lue¬go se volvió con rapidez. Dirigió una mirada cautelosa al hombre que estaba detrás de ella.
Seiya se encontraba sentado en el último escalón.
-Adelante -invitó.
La confusión aminoró la ira de la joven. ¿Por qué permitía aquello? ¿Cuál era su juego? Por alguna razón, el impulso inicial de violencia se había desvanecido Procuró encender otra vez su indignación; aquel tipo merecía una lección.
Se dirigió al Lagonda, asegurándose de que Seiya Kou no pudiera jugarle una treta en el último minuto. Blandió la piedra y alzó el brazo. Mil dudas giraron en su mente. No podría hacerlo; estaba mal.
Volvió a mirar a Seiya.
-¿Realmente quiere que dañe su coche? -preguntó, titubeante.
El director extendió las manos en ademán permisivo.
-Si eso hace que te sientas mejor...
La confusión de Serena aumentó. ¿Cómo podría salir de aquello con el orgullo intacto? Miró el parabrisas del Lagonda, recordando el daño que había sufrido el suyo. Volvió a levantar el brazo, pero no pudo descargar el golpe. Se volvió hacia Seiya Kou con enfado, irritada por su exasperante pasividad.
-Nadie me permitiría hacer esto -lo acusó.
-Yo no soy como todo el mundo -repuso el cineasta, encogiéndose de hombros.
No tenía sentido; no podría realizar su venganza. Toda la ferocidad se había desvanecido en su interior. Bajó el brazo y, con un suspiro de resignación y fastidio, dejó caer la piedra al suelo. Seiya Kou la había derrotado otra vez. ¡Otra vez! Pero una chispa de fiero desafío brotó de entre las cenizas de su orgullo. Alzó la barbilla y encaró la mirada del cineasta con expresión altiva.
-No puedo hacerlo; no es correcto. Pero de cualquier manera, le he hecho un favor con la estatua. Era una burda pieza de seudo arte. Y, de cualquier manera, usted ha empezado esto con su forma salvaje e irresponsable de conducir. Sólo porque no puedo destruir algo de verdadero valor, no le doy su merecido.
El realizador asintió y se puso de pie.
-Te compraré un parabrisas nuevo. De hecho... -se volvió y gritó a todo pulmón-: ¡Kelvin! ¡Ven aquí, por favor!
El secretario apareció al momento.
-Kelvin, sin querer, he causado un serio perjuicio a la señora Black . Por favor, coge su coche, llévalo a que le instalen un parabrisas nuevo, de cristal laminado, y págalo.
-Sí, Seiya. Como digas.
-Y dale las llaves del Daimler. Necesitará un coche mientras reparan el suyo.
-Bien.
-No... no puedo aceptar -protestó Serena, abochornada por la generosidad del cineasta; sobre todo después de la venganza que ella había ejercido contra su estatua.
El actor se volvió hacia ella.
-Por favor, debes aceptar -luego sonrió, como quien es asaltado por una idea feliz e inesperada-. Además, me gustaría pedirte tu consejo sobre una nueva escultura.
Serena aspiró profundamente para controlar el bochorno que la embargaba.
-No puedo... No debo. Yo... Usted no tiene por qué.
-Sí -afirmó él-. Kelvin , las llaves.
El secretario buscó en el cajón de un mueble cercano, cogió las llaves y se acercó a Serena para entregárselas.
-Aquí tiene, señora Black .
-No. Yo... -Umino se alejó antes que tuviera tiempo de devolvérselas.
Seiya Kou se acercó a ella.
-Kelvin, mientras vas a por Edmund y Robert para traerlos aquí, yo le enseñaré a la señora Black cómo se conduce el Daimler.
El secretario obedeció sin rechistar, dejando solos, en la cochera, a su jefe y a Serena. Seiya Kou abrió una puerta y se quedó de pie junto al coche, con actitud desenfadada.
-Por favor, siéntate al volante, para que te familiarices con los mandos.
Ella trató de rehusar otra vez.
-En realidad no quiero...
-Si no entras en el coche, te alzaré el vilo y te meteré a la fuerza -amenazó Kou, siempre en tono amable.
La rebeldía hizo presa de la viuda, pero una mirada al sonriente pero decidido rostro de Seiya, le recordó que aquella actitud no le había servido de mucho en sus tratos con él. Era cuestión de rendir su orgullo o verse sometida a mayores indignidades, ya que el director tenía la ventaja de una mayor fuerza física. Serena se acercó al coche y miró a Seiya con cautela.
-Prometa que no me tocará -pidió.
-Por el momento -accedió el cineasta, con un brillo malicioso en los ojos.
No confiaba en él; no podía hacerlo. Se sentó en el asiento del conductor y Seiya cerró la puerta, sonriendo ampliamente mientras rodeaba el coche para ocupar el lugar del pasajero. Serena miró con asombro el brillante salpicadero. ¿Cómo podía aceptar que le prestara ese vehículo nuevo para compensarla por el daño que había sufrido su viejo Datsun? Por otra parte, ¿cómo podría aceptar el coche, cuando Seiya Kou no tenía escrúpulos respecto a presionarla con amenazas de coerción física?
El cineasta se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros. El corazón de Serena dio un vuelco de pánico. Se volvió a mirarle como muda protesta, pero la sonrisa picara que recibió como respuesta fue cautivadora por su sensual invitación.
-Ha prometido no tocarme -dijo casi sin aliento.
Una mano se posó sobre su muslo.
-La tentación es demasiado grande, y quiero que seas feliz - los dedos le acariciaron el muslo, y acercó la cara a la suya.
Serena no sabía si apartar la mano o mover la cabeza. No podía lidiar con las agresivas tácticas de Seiya Kou .
-¡No me bese! -gritó, decidiendo de repente que la mano era el factor menos perturbador.
-Por supuesto que no -Kou retiró la mano antes de que ella lo obligara a hacerlo-. Sólo iba a mostrarte cómo se ajusta el cinturón de seguridad, pero., ya que lo mencionas...
La mano se curvó alrededor de la barbilla femenina, alzándola mientras su boca descendía para tomar posesión de la de ella. ¡Otra vez lo hacía! La estaba besando de tal manera que ella no quería resistirse. Las sensaciones que él despertaba eran muy excitantes. No era factible que sintiera afecto o simpatía por aquel tipo, pero sin duda, era un experto en lo que hacía.
Y ella cooperaba para su propia derrota, le recordó su mente en resignada lamentación. También le dijo que debía poner una mano en el hombro del seductor para tratar de oponerse de alguna forma, ya que se sentía demasiado débil para apartar su boca de la de él. Alzó la mano y encontró el hombro, musculoso, firme, agradable al tacto, y los dedos siguieron un curso opuesto al que le dictaba la razón.
La mano del cineasta descendió de su rostro, en una caricia suave, hasta encontrar un seno, apresándolo con posesiva sensualidad. Ella no debía permitirlo; no podía hacerlo, le dictaba la razón, pero Serena se entregó a la deliciosa sensación que aquellos dedos sabios provocaban en ella.
El sonido de las voces de sus hijos la sacó de golpe del trance sensual en que se hallaba inmersa. Abrió los ojos y lo miró con una urgente súplica de discreción, pues se sentía ridículamente impotente, con los labios trémulos, el desorden de sus sentidos y el cuerpo anhelante de las caricias masculinas. Era una locura; aquel hombre era un maníaco sexual que andaba suelto. Si seguía atacándola, llegaría el día en que ella le suplicaría que le hiciera el amor.
Seiya se apartó y volvió a posar una mano en el muslo de Serena, pero esta vez fue sólo para darle un apretón tranquilizador, antes de retirarla con presteza.
-Estás acostumbrada a conducir coches automáticos, ¿verdad? -la interrogó con naturalidad, como si nada hubiese sucedido.
Serena miró, aturdida, la palanca de velocidades.
-Sí -murmuró con voz trémula.
Los chicos hicieron su tumultuosa entrada en la cochera.
-¡Mami! ¿De veras vamos a usar el Daimler?
-Sí -repuso Seiya , enfático.
Serena estaba agitada y alzó los ojos hacia el cineasta en muda súplica.
-En realidad, no debería. Si llego a chocar o algo así...
Seiya sonrió.
-Así considerarás completa tu venganza.
¡Aquel hombre era algo serio! Serena trató de pensar en otros argumentos, pero él ya estaba invitando a los chicos a subir al asiento trasero, y Kelvin les estaba entregando el bolso de su madre y la bolsa de compras. Ella no tenía el menor control de la situación, como sucedía siempre que Seiya Kou se hallaba cerca. ¿Cómo era posible que un hombre tan dominante y abominable pudiera reducirla a un estado tal de abandono?
Los niños se asieron al respaldo del asiento delantero, excitados y fascinados, mientras el cineasta explicaba cómo funcionaba el sistema de aire acondicionado, la radio y el freno de mano, así como el sistema de alarma. Serena apenas podía retenerlo todo; sintió alivio cuando el director bajó del coche para abrir la puerta de la cochera, pero estaba demasiado nerviosa como para poner el coche en marcha. Él se acercó a su ventanilla y sonrió de manera tranquilizadora.
-Sólo gira la llave y pon la palanca en drive; no hay problema -aseguró-. Y te veré esta noche.
-No -Serena movió la cabeza con vehemencia.
-Oh, mami, ¿por qué no? -demandó Robert, sin entender la razón de la negativa de su progenitura.
La sonrisa de Seiya se tornó persuasiva.
-Es por la cerca... debemos hacer algo con ella. Es una ofensa para la vista.
-Si quiere que se haga algo en cuanto a la cerca, hágalo usted mismo -Serena encendió el motor, para subrayar su comentario.
Seiya le palmeó el hombro.
-Lo discutiremos esta noche. Hasta entonces.
Los chicos corearon alegres frases de despedida y ella sacó el coche de la cochera, dominada por una deprimente sensación de derrota. En algún momento había perdido la discusión, el sentido común y el rumbo. ¿Cómo iba a controlar a Seiya Kou esa noche? ¡Ni siquiera podía contener su propia reacción!
