Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.

UNIVERSO ALTERNO, ubicado en el periodo Edo.

Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.

Introspección: día a día, la ira y el odio lo alentaban a ser el más fuerte. Lo único que deseaba era limpiar el nombre de sus padres, y acabar con el perjurio de sus nombres. Para lo único que la necesitaba, era para estar un paso más cerca de su venganza. Jamás se imagino que llegaría a amarla...

Sumary: Venganza, era su ley. Amarla... era su destino.


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Lycoris Radiata

(Flor del infierno)

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Por Ireth I. Nainieum

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Capítulo IV

Madera negra

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"Las flores esperan la próxima primavera; confiando que las mismas manos las acariciarán.

Pero los corazones de los hombres ya no serán los mismos, y sólo vosotros sabréis que todo cambia. Oh, pobres amantes"

- Poema Chino -

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Un sórdido golpe lo envió directamente a la tierra. La mujer que cometió tal acto violento, lo miraba de pie altanera e imponente al individuo que yacía en el suelo en ese instante. Cabizbajo y sin ser capaz de enfrentarla visualmente, mantuvo la cabeza gacha; hablar por el momento incrementaría su problema.

—¡Te pedí algo sumamente sencillo, Ichigo! —terminó su discurso con una sonrisa triunfal, caminando alrededor de él. Luego le dio otro porrazo—. Dime, ¿acaso era tan difícil de seguir mis órdenes? —se detuvo frente a la cabeza del citado, se agacho y exhalo el humo de su kiresu (1) en la cara del hombre. —¡Ganju! —preguntó ella con esa mueca arrogante que le decía a su hermano que solo quería escuchar la verdad y nada más—. ¿Qué fue lo que les dije?.

—Que… —mascullo con voz tensa y algo agitada— que… —reitero— nos mantuviésemos tranquilos, sin llamar la atención.

Silencio.

—Y mira que bonito espectáculo has armado —se levanto la mujer—. ¡Peleas contra un Teniente y lo machacas, luego haces toda una representación en el festival del Hanami (2) —sobo su sien, buscando tranquilizarse un poco con ello—. Estuviste a un paso de matar a un hombre —exclamo en un susurro.

—¡Ikkaku me llamo tramposo! —encaró valientemente a la mujer por primera vez en la noche, poniéndose de pie—. ¡Yoruichi san, nos obligo a Momo y a mí a ir con ella al Kabuki Gekijō! (3) —dio unos pasos hacia ella de manera inconsciente—. ¡Ese pelirrojo me ataco para defender el honor de esa mujer!.

—¡Estúpido crío! —dijo en voz alta, él lo miró con rabia, pero no respondió—. ¿Crees que alguien de la nobleza caería tan bajo como para enviar a un Capitán a enfrentarse contigo? —comento con una amarga sonrisa, no bien recibida por Ichigo—. Si Kuchiki dono hubiese querido hacerte algo, lo habría hecho por sí mismo, y no enviando a nadie en su lugar.

—¡Puede venir ese estúpido, noble!... —grito el joven fuera de sus casillas.

Shiba Kūkaku lo abofeteo con fuerza, silenciándolo de forma dura. Ichigo, solo llevo su muñeca izquierda a su mejilla derecha y se mantuvo callado.

—¡Idiota! —externo de forma más apacible—. Mira nada más en que estado te presentas ante mí —susurro tristemente.

Un sentimiento extraño y con un gusto amargo la golpeó por dentro. Había algo en la imagen de ver a Ichigo de esa manera, tan frágil y tan diferente del hombre fiero que desesperadamente intentaba proyectar, cada vez que ella la veía. Kūkaku jamás había visto a Ichigo así de desesperado, había llegado al punto de admitir que jamás lo vería sufriendo —nuevamente— por algo, luego de aquel día que lo conoció. Llegó a creer que él ya no tenía sentimientos. Que verlo a punto de derrumbarse, era algo que no quería presenciar. Avergonzado, el joven bajo su cabeza apretando fuertemente sus manos, lleno de impotencia —había llegado a su límite y él lo sabía—. Tōshirō y Rangiku, lo habían buscado por instrucciones claras de la Shiba después de lo ocurrido en el Kabuki Gekijō, estaba preocupada por la seguridad de los tres. Les había llevado alrededor de todo un día el hallarlo, y no fue precisamente algo bueno el presenciar su combate casi mortal con el Capitán de la Sexta Escuadra. Por lo que sin más, Matsumoto se vio obligada a intervenir a fin de evitar que las manos del joven Kurosaki no se cubriesen de la sangre de un hombre.

Tenía un sin fin de laceraciones por la mayor parte de su cuerpo, todas aún sin tratar adecuadamente. Kūkaku no lo había permitido, ya que inmediatamente lo hizo llegar frente a su presencia en uno de los jardines del castillo. De esta manera, la reprimenda comenzó. Cada vez Ichigo se tambaleaba más, por la pérdida de sangre.

—¡Hermana!... —hablo Ganju preocupado de verlo tan maltrecho.

—¿Cuál es tu deber en esta vida, Ichigo? —expresó con fuerza Kūkaku, acercándose a él y tomando su rostro entre sus mano, para después mirarlo fijamente a los ojos—. ¡Dime! —grito.

—La venganza... —clamo a viva voz.

Respuesta equivocada, Kūkaku le dio un muy fuerte golpe en la boca del estómago, el cual lo mando inconsciente al suelo; aterrizando boca arriba en la tierra.

—No le jure al moribundo de mi hermano mayor, el cuidar a un estúpido niñato con una creencia equivocada de la vida —espetó furiosa—. La vida no consiste en buscar venganza, por un pasado que no se puede cambiar… —exhalo y apago su kiresu—. ¿No te has dado cuenta las cosas maravillosas que rodean a tu persona, ahora? —contemplo a la familia que ahora Ichigo poseía.

Su hermano menor Ganju se había convertido en lo más cercano a un pariente varón para Ichigo. Discutían, peleaban e incluso se divertían como si estos compartiesen la misma sangre. Ambos, eran engreídos y arrogantes el uno con el otro. El Shiba, tenía un carácter que lograba contrarrestar hasta cierto punto la actitud creída el joven Kurosaki.

A diferencia del Shiba, Sado es mucho más tranquilo. El moreno solía terminar haciendo lo que Ichigo deseaba. Por ello, Kūkaku no permitió que fuese él a la capital. Si los problemas ya eran graves, estos pudieron ser mucho más severos. No es que tuviese algún problema con el atezado, pero en ocasiones deseaba que fuese más que la sombra del Kurosaki. Era un hombre que había abandonado a los piratas, para unirse a un joven en busca de venganza.

Tōshirō era un niño prodigio, y junto con Ganju sus aprendices en el arte de la elaboración de las Zanpakutō con almas. A su corta edad, este ya era capaz de darle vida a estas magnificas armas. Inclusive, la que él poseía fue una forjada por si mismo. Aprendió su extraordinario domino del arma, bajo la tutela de Sajin Komamura. Y actualmente, era su mano derecha.

En contraste, Rangiku era todo lo contrario a cualquiera de los presentes. Una exuberante y extrovertida mujer, lo más cercano a una madre para Ichigo. Ella se encargo de recibir a los niños esa fatídica noche en que lo habían perdido todo. Fue la nodriza de las mellizas, a las cuales acogió con sumo cariño, luego de la pérdida de su propio hijo.

Momo, era demasiado reservada y tímida. Siempre se mantenía pasiva y sutil ante cualquier situación que se le presentase. Y también era sumamente dependiente de Ichigo. Cuando estos eran niños, solían ir al río en busca de peces y perderse por horas; hasta que Rangiku llegaba desesperada por ellos buscándolos. La pequeña niña que había sido salvada del Yosiwara. (4)

Orihime, era la persona más cercana a Ichigo en todo momento. Al borde de parecer jóvenes amantes. A pesar de su edad actual, en ocasiones solían dormir en el mismo futon. Compartían casi todo, sus secretos, miedos… más nunca sus verdaderos sentimientos. Ella amaba realmente a Ichigo, sin embargo al mismo tiempo sabía que él jamás correspondería sus sentimientos. Era más una hermana para él que otra cosa, nunca la miraría como lo hacía un hombre con una mujer.

Kūkaku era la cabeza actual líder del Clan Shiba. Y si bien Ichigo jamás vivió en la propiedad principal de la familia, ella siempre se mantuvo al tanto de los niños. Antes y después de la muerte de su hermano mayor, Kaien. La mujer había tomado hasta ese momento las decisiones más importantes en la vida del joven Kurosaki. Sobre todo, si ya estaba preparado o no para instruirse con Urahara; también si era el momento de recibir su Zanpakutō. Esta mujer actuaba como más como un padre para Ichigo, a quien debía de obedecer sin replica alguna. Claro que no siempre era así.

Esa era la familia de Ichigo. Aquella de la cual él aún no se había percatado, que era lo único en verdad que valía la pena luchar y abandonar un pasado que no podría cambiar. A sus hermanas de sangre, Yuzu y Karin solía verlas solo una vez al año. Al finalizar su dependencia de leche materna, ambas fueron criadas por los Quincy, ocultadas en un recóndito lugar del cual él mismo desconocía.

Ishida era otra historia importante de su vida, aunque Ichigo nunca lo había querido aceptar.

De pronto los portones se abrieron, dejando ingresar a un sencillo carruaje. Sabiendo muy bien ella de quienes se trataba, se encamino hacia su próximo encuentro.

—Sado, llévate a este costal de arroz a la habitación que te dije —ordenó—. Orhime, Momo, encárguense de sus heridas —suspiro pesadamente—, lo quiero tan bien vendado que no se pueda mover por lo menos una semana. Tōshirō, Rangiku, les dejo la contratación de la servidumbre —fue al encuentro de los invitados.

—¿Y yo hermana? —se coloco frente a ella, mientras se señalaba a sí mismo en espera de sus órdenes.

—Tú… vete a dormir que estorbas, Ganju —paso a su lado.

El resto comenzó con sus propias diligencias. Tōshirō caminaba observando preocupado hacia la entrada principal, entrecerrando sus ojos con un extraño presentimiento. Todo lo relacionado con Urahara Kisuke le enervaba su ser, y sobre todo, algo muy dentro de él le decía que jamás debía confiar en ese sujeto.

—Será una noche larga —se quejo Matsumoto—. Kūkaku dono ha sido bastante dura con Ichigo.

—Se lo tiene bien merecido —respondió Tōshirō.

Mas rápido de lo que el río lleva las primeras aguas de la temporada, la noticia de la llegada de los Katanakaji (5) llego a boca de todos en el Seretei. Los enormes portones con la inconfundible insignia del Clan Shiba, se habían abierto por primera vez en más de un treinteno. La noche finalmente había caído sobre la gran ciudad ese día. Los curiosos no se hicieron esperar, quienes intentaban afanosamente el acercarse para tener una mejor visión de lo que acontecía en el Castillo. Más la presencia de dos enormes y corpulentos hombres bigotudos, imposibilitaban cualquier ajena incursión. Solo una mujer, sentada junto a la puerta se dedicaba a recibir a todos aquellos interesados en las actividades domésticas del Clan. Junto a ella, un hombre muy joven la acompañaba y protegía al mismo tiempo de cualquier indiscreto cercano.

—Nombre completo —solicito Matsumoto.

—Hikaru Nanase —Externo una mujer ya entrada en años, quien la miraba nerviosa ante la expectativa de poder servirle al Clan. Y en su defecto, obtener ganancias para el sustento diario.

—¿Qué actividades ha realizado antes, Hikaru san? —indago pacientemente ella—, que considere que se necesitan.

—He trabajado toda mi vida en las cocinas, misesu (6).

—Veo —le sonrió gentilmente—. Necesitamos servidumbre con urgencia, como usted lo puede constatar —señalo la fila detrás de la mujer—. ¿Hay cualquier persona que pude avalar su antiguo servicio?.

—Le… le servirá un sello de la antigua familia a la cual le serví, misesu —mostró el documento con la mano temblorosa—. No puedo volver, ya que alguien más ocupo mi lugar en el servicio —tome—. Se la entrego.

—No es necesario que me la de —la miro un momento— me basta con saber que el Clan Izuru ha contado con sus servicios. Le han dado un documento con su sello —silencio—. ¿Puede quedarse desde hoy mismo?, hay mucha limpieza que hacer.

La sirvienta casi lloro de felicidad, al saber que nuevamente sería empleada por una gran familia.

—¡Se lo agradezco tanto, misesu!.

—Mi nombre es Matsumoto Rangiku —se presento formalmente—. Toda actividad relacionada con la servidumbre debe de tratarse directamente conmigo, y jamás osar molestar con esas banalidades a los amos del castillo —aclaro con firmeza—. Por favor pase por los portones, Hikaru san.

De soslayo Rangiku observo ingresar a la sirvienta. Antes de llamar a la siguiente persona de la fila, se estiro con total pereza ante su mala suerte por conseguir a la servidumbre. Lamentándose constantemente por ello, en esos escasos minutos de tranquilidad. Intentando hacer más amena su noche, trato de entablar una conversación con el hombre a su lado.

—Ni lo pienses, Matsumoto —se cruzo decidido de brazos—. No te supliré en tu deber ni cinco minutos —suspiro—. Kūkaku san te ha solicitado la servidumbre.

—¿Pero?... —se indigno—. ¡Es ilógico que pueda llenar las urgencias del castillo con tan poco tiempo!.

—Entonces no debiste de haber comprado esos kimonos —se levanto—. Así, no habrías perdido horas.

—¡Esos kimonos son preciosos, no hay nada así en el pueblo! —se justifico abruptamente—. Además, se que si hubiésemos llegado antes… —miro hacia el suelo— Ichigo… no estaría herido.

—Tonterías —respondió él y Rangiku lo miro asombrada ante la frialdad de las palabras del chico, el cual se mantenía impasible y sereno junto a ella—. Las apariencias engañan —susurro cerrando sus ojos—, él estaba muy lejos de perder en ese combate —se volvió a sentar con soltura en el asiento junto a la mujer—. Siento más pena por el desdichado con el que se batió en duelo —exhalo profundamente—, para este momento no la debe de estar pasando para nada bien —silencio—. En este instante, esos tres —se refería a Momo, Ganju e Ichigo— desearían haber hecho caso a las palabras de Kūkaku san —susurro—. Me preocupa más lo que sucederá de ahora en adelante.

—¿Qué quieres decir, Tōshirō kun?.

—Continua con tus deberes —ordeno este.

La mujer no pudo continuar con su pesquisa, debido a que el hombre junto a ella había llamado al siguiente individuo en la fila y de esta manera la puso a trabajar una vez más.

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En el interior del castillo en una habitación ya adecuada por órdenes de Kūkaku habían sido colocados tres zabuton (7), a la luz de las lámparas de aceite. Nada parecía irrumpir la serenidad de aquel recinto.

—¿Por qué esa sonrisa tan estúpida en tu cara, Urahara san? —se sirvió sake y bebió—. ¡Ese crió esta haciéndose notar demasiado en el Seireitei!.

—Eso es lo que me hace feliz, Kūkaku san —respondió el rubio—. Sabía desde un inició, que le sería imposible el mantenerse al margen dado su carácter.

—Comienzo a dudar seriamente que lo quieras sacar vivo de la capital —replico con enfado la Shiba.

Urahara abrió su abanico y oculto parte de su rostro tras este.

—Lo lamento —se eximo honestamente—, pero esto es necesario para él.

Kūkaku se puso de pie y camino hacia la sjoji (8), la cual abrió. Después se sentó en el corredor mientras miraba los pétalos de los cerezos cayendo desordenadamente por los majestuosos jardines de su propiedad. Los tres presentes se mantuvieron en silencio por un largo tiempo.

—Solo te estoy ayudando porque Kaien me lo hizo jurárselo en su lecho de muerte —susurro—. Si la vida de Ichigo peligra —sus manos le temblaban—, ¡intervendré y echaré a la borda tu plan! —se levanto—. Del cual aún o te has dignado en contármelo —lo miro fijamente—. ¡No te voy a permitir que juegues con la vida de él, Kisuke! —era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

La Noble camino por el largo pasillo de su castillo, dejando al Maestro de la Zanpakutō en compañía de la mujer a su lado.

—¿Urahara dono? —la voz gentil de su acompañante lo obligo a mirarla y al mismo tiempo de sonreírle falsamente, ante la intranquilidad del rostro de esta.

—¿Dime, querida Nell chan?.

—¿Por qué insistes tanto en eso? —le sirvió sake—. ¿No sería mejor que Ichigo se quedase lejos de todo esto? —lo miro con preocupación—. Sin la responsabilidad de pertenecer a una familia noble —entrelazo sus dedos—. Tan solo viviendo esa vida tan tranquila que tiene ahora.

Urahara acerco el rostro de Nell al suyo, y beso tiernamente su frente.

—Lamentablemente él solo piensa en vengarse —exhalo—. No ha encontrado otra razón para vivir, y hasta que eso no suceda —se tomo su sake—, la vida de Kurosaki san siempre estará al borde del precipicio.

—¿Entonces, por qué accediste desde un principio a instruirlo en el uso de la katana? —sintió una mezcla de sentimientos muy confusos—. Pudiste haberte negado, aunque el Clan Shiba te lo hubiese pedido.

Silencio.

—Yo también… le prometí a un moribundo que protegería lo más valioso de su familia…

—Urahara dono…

Kisuke se quedó en silencio unos segundos sopesando las palabras de ella. Aquella había sido la primera confesión sincera de su parte hacia la Hisuisairen (9). Pero, decirle la verdad, era algo que aún no podía. No hasta que fuese capaz de cumplir con su promesa.

¡Prométemelo! sujetaba el cuello de su uniforme , con manos temblososas. ¡Por favor! —suplicaba el moribundo—. ¡Ayuda a mi familia, a mi Clan a… proteger… balbuceaba a proteger le costaba hablar con fluidez, sentía su garganta cerrándose. A mi…

Kisuke tomo la mano izquierda del desahuciado y le movió su cabeza en un silencioso si.

Este tranquilo, señor comento el rubio.

Él, nunca debe… se esforzaba en sus últimas palabras acercársele…

Aunque me cueste la vida, protegeré su más valioso tesoro.

—Kurosaki san —hablo ansioso—, eres él único que realmente puede proteger aquello por lo cual él dio su vida —pensó.

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En cuanto el Capitán de la Tercera Escuadra fue informado por medio de su Teniente corrió a la Novena Escuadra —en busca de Hisagi—. Incapaz de creer aquello que Kifune le había notificado. En su marcha presurosa apartaba a todo aquel infortunado con poco tacto. Un sudo frío llenaba su frente por completo. Puerta tras puerta, llegó la improvisada habitación donde reposaba su camarada esa noche. Llegó a la sala de Consejo de Guerra de la Novena Escuadra.

Hisagi lo miro con pena, de inmediato bajo la vista hacia el pelirrojo. Que aunque su vida no estaba en peligro, este se encontraba en una posición demasiado lamentable de su persona. Impresionado ante lo que miraba, Kira avanzo a grandes zancadas hacia el futon donde el bermejo descansaba. Su respiración entrecortada y las heridas aún sangrantes le produjeron una repulsión tal que aparto la vista avergonzado de mirar de esa manera a su viejo amigo. Se quedo parado junto al Capitán de la Novena Escuadra.

—Cuando lo encontramos ya estaba en ese estado —murmuro Shūhei al momento de levantarse del zabuton y exhalar pesadamente—. Llego un aviso de un disturbio en el Shishinabeya (10) —silencio—. Jamás me imagine que Abarai estuviese involucrado. Desde que lo traje aquí ha estado inconsciente —se cruzó de brazos y camino hacia Kira—, me dijeron los testigos que peleo contra un sujeto de cabellera naranja… llamado Ichigo.

Mutismo.

—¿Ichigo? —exclamo Izuru con un nudo en la garganta—. ¡Demonios, Abarai kun —revolvió con desesperación su cabellera—. ¿En que estabas pensando? —reclamo desesperado hacia el desvalido.

Silencio.

—Como sea —interrumpió el tatuado—, hay que informar al Yuri para que sea atendido por los más cualificados, antes de que se muera desangrado.

—No es necesario —tras la puerta abierta, la imponente figura del General Kuchiki les ocasiono un sobresalto a los corazones de los Capitanes, que perdieron el habla—. ¡Arréstenlo! —sentenció con firmeza.

—¡General Kuchiki! —murmuro casi de forma inaudible el tatuado.

—¡Pero, el Capitán Abarai luchó contra el ryoka (11)! —intentaba convencerlo con desesperación de darle un mejor trato a su subordinado directo—. ¿Y ahora usted? —replicaba el rubio.

—No hay excusa que valga —miraba hacia el suelo, específicamente al bermejo—. Renji no tenía razón alguna para iniciar una disputa contra un ryoka, que lo único que hacía era comer tranquilamente.

Hisagi comprendió de inmediato, que el General Kuchiki estaba bien informado de lo que aconteció verdaderamente esa tarde. El responsable directo de su situación actual, era el Capitán Abarai y nadie más. El Noble no metería las manos al fuego por un subordinado que no conocía su lugar.

—Señor... —hablo Kira.

—Me lamento por tener a un estúpido bajo mi mando —externaba fríamente—, a un sujeto en busca de una absurda venganza y contra quien… —afonía— contra un don nadie —siseó duramente—. No quiero tener cerca de un idiota que no puede comprender eso, que lo único que hace es molestar —miro con impaciencia a los Capitanes—. ¿Qué esperan? —les ordeno por última vez—. ¡Llévenlo a prisión! —les dio la espalda.

Izuru se tensaba y le nacía un creciente rencor hacia el General.

—¡Por favor! —apretaba el rubio sus puños con demasiada fuerza—. ¡Por favor!, ¿cómo puede decir algo así de Abarai kun? —alzo su voz.

—¡Guarde silencio, Capitán Izuru Kira! —Hisagi lo enmudeció de inmediato, al momento de colocar su mano izquierda en el hombro derecho del rubio.

—¿Pero, Hisagi san? —musito perplejo el blondo.

Byakuya no espero más y abandono la sala de Consejo de Guerra de la Novena Escuadra. Sus indicaciones ya estaban hechas, sus palabras eran una orden que debía de ser acatada quisiesen ellos o no.

—No puedes dirigirte de esa manera a un General, Izuru —le reprendió.

—¡Hisagi san!. ¿Cómo puedes permitir que diga eso de Abarai kun?.

Aparto la mano del Capitán de la Novena Escuadra con brusquedad, mirándolo con desesperación. No pudiendo comprender las intenciones del hombre de cabellera negra. El tatuado del rostro sobo su sien e intento relajarse un poco.

—No podemos ir contra la orden del General Kuchiki —exhalo profundamente—. Y eso lo sabes bien, además el General esta en lo cierto.

—¿De que hablas? —indago el rubio.

—¡Este idiota, ataco a ese ryoka sin motivo alguno! —señalo al pelirrojo del suelo.

—Pero, ¿qué dices? —mascullo mirando el futon— Abarai kun…

—Como siempre, el General Kuchiki da miedo —ingreso con una enigmática sonrisa—. Tratar de esa manera a su segundo al mando —exhalo—, es algo tan típico de él.

—¡General Ichimaru! —expresaron al unísono los Capitanes, los cuales de inmediato le dieron un muy respetuoso saludo al hombre de algo rango dentro de la milicia del Seireitei.

Ichimaru Gin se paseo alrededor del herido, se detuvo detrás de la cabeza de Renji. Al final lo miro con una mezcla de desconcierto y curiosidad. En cuestión de segundos, retorno su actitud peculiar de siempre al observar a los impacientes Capitanes.

—No podemos ir contra lo orden del General —les dijo de manera juguetona—. Aunque, yo mismo ostente un rango igual al suyo, debemos acatar el mandato de su superior inmediato. Izuru —llamo a su Capitán— ven conmigo al Yuri —solicito amablemente—, le pediremos a Iemura san que atienda cuidadosamente las heridas del Capitán Abarai.

En compañía del rubio el General abandono la sala del consejo, mientras Hisagi agradecía silenciosamente la ayuda brindada. Muy lentamente se irguió al cabo de varios segundos transcurridos.

—Abarai… ¿en qué demonios pensabas al enfrentarte a un alumno del Maestro de la Zanpakutō?.

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En una reunión a puertas cerradas, se encontraba la cabeza del Clan Kuchiki en compañía de los ancianos de la familia. Tíos y tías de avanzada edad —a quienes se les debía respeto—. El recinto se encontraba en total silencio, inclusive no se percibía en lo absoluto el sonido del té sirviéndose, ni bebiéndose entre los presentes. La reunión había sido convocada entre otras cosas, para decidir el futuro de la sangre más joven del Clan.

—Byakuya sama —hablo el más longevo de todos—. ¿Qué has pensado sobre matrimoniar a tu hija?.

—Ren dono —le hizo una pequeña reverencia antes de continuar—, ya me he decidido por un individuo.

—Su nombre —pidió una mujer.

—Nanami dono —ahora presento sus respetos a la anciana—. Mi Capitán de Escuadra, Abarai Renji.

Los cuchicheos de inmediato comenzaron. Varios de estos de inconformidad, por el nombre mencionado; hasta que finalmente el anciano Ren los acallo de inmediato, con una clara señal de sus manos.

—Tengo entendido —hablo este individuo—, que su Capitán ha sido puesto bajo arresto por órdenes suyas, desde hace casi dos semanas.

Silencio.

—La juventud es irrespetuosa y arrogante, por supuesto carece por completo de la actitud adecuada que el Clan necesita —se explico—. Sin embargo, él será un hombre de quien el Clan puede ordenar o disponer de sus servicios sin replica alguna.

Afonía.

—Si esa es la decisión que ha tomado la cabeza del Clan —aclaro Ren su garganta—, la familia accederá a su precepto. Como el vigésimo octavo líder —le ayudaron a levantarse un par de sirvientes sordos presentes en la reunión—, su palabra es la ley. ¿Ya le ha explicado al Capitán Abarai las reglas que deberá acatar, una vez que despose a Rukia sama? —le comentó mientras se acercaba lentamente hacia Byakuya, y se detenía justo al frente de este.

—Le diré una vez que levante su arresto —indicó serio—, este tiempo en la prisión de la Corte de los Espíritus Puros, le mostrara que nadie ni por rango ni sangre esta por encima de las reglas de la Treceava Escuadra.

El anciano coloco brevemente su mano en uno de los hombros de Byakuya, como un gesto de mutuo acuerdo.

—¿Qué hay de su duelo mañana con el hijo de Marenoshin? (12) —inquirió con preocupación el anciano—. He escuchado que su hijo combatirá con la Zanpakutō del Clan, Gegetsuburi.

Byakuya se mantuvo impasible y totalmente sereno le respondió.

—De nada le servirá pelear con la Zanpakutō, ya que entre ellos no existe el nexo de la sangre.

El anciano suspiro pesadamente.

—Espero entonces, que nunca más deba pelear Byakuya sama contra un hombre que haya hecho el Tamashī no keiyaku (13) —tosió incómodo y fue auxiliado de inmediato por sus sirvientes, quienes lo llevaron nuevamente hacia el zabuton—. Dos veces has peleado contra hombres con una Zanpakutō con alma —silencio—, y en ambas fue derrotado lamentablemente.

—Lo se —expreso con una mezcla de nostalgia y amargura.

—Tu abuelo —tomo aire antes continuar hablando Ren—, fue un gran líder para el Clan. Aún eres joven y estamos completamente seguros que en su momento usted superará con creces las acciones de su abuelo —le sonrió con amabilidad.

—¿Ren dono? —hablo otro anciano.

—Respecto al tema del Clan Shiba.

Las horas pasaron con rapidez. La comida y la cena les fue servida mientras discernían los puntos importantes para el bienestar del Clan. Al encender las primeras lámparas de aceite, la reunión fue finalmente concluida. Uno a uno, los ancianos y la servidumbre de estos se retiraron del Castillo principal. Byakuya se quedo solo en el salón de reuniones. La servidumbre ya había limpiado con diligencia el área. Pasados algunos minutos más, alguien más ingreso por órdenes suyas.

—¿Padre? —se acerco lentamente—, que necesita de mí.

—Siéntate, Rukia —la invito a ocupar el zabuton frente a él—. Hay algo importante que debo decirte ahora —observo los sutiles movimientos de su hija al sentarse—, el Hanami concluirá en cuatro días —ella cabeceo silenciosamente y espero la razón de haber sido llamada—. Eres consciente que entre las musume (14) , solamente tú aún no has sido desposada —observo la palidez del rostro de su hija.

—Los ancianos ya han decidido quien… —hablo ella.

—Yo lo he decidido —la interrumpió—, a quien considero que será el hombre adecuado para el Clan.

Silencio.

—Veo… —cabizbaja bajo su cabeza—. ¿Puedo saber su nombre —expreso sintiendo seca su garganta— padre?.

—Abarai Renji.

Rukia lo miro asombrada y no fue capaz de pronunciar nada más.

—Se ha hecho de poder por sí mismo dentro de la Corte de los Espíritus Puros. Y se que cuando llegue el momento podrá tomar bajo su mando a mi Escuadra —se levanto—. No debes de preocuparte —se miraron a los ojos un par de segundos—, el Clan siempre se mantendrá al pendiente de ti y los hijos que procrees —le informo—. El último día del Hanami —suspiro—, haré oficial su compromiso —comenzó a retirarse de la sala de reuniones—. Buenas noches, Rukia.

Byakuya abandono el recinto, mientras dejaba a su hija con la clara impresión del hombre al que estaba obligada a desposar en un par de meses más. Rukia apretó con fuerza sus pequeñas manos y mordió fuertemente su labio inferior al punto de sangrarlo. Y de esta manera evito llorar. Se le había enseñado a que una mujer del Clan Kuchiki nunca debía de mostrar sentimiento alguno.

—Ojousan (15) —su sirvienta personal la llamo—, es hora de su baño.

—Lo se —suspiro al ponerse de pie.

Con el rostro sereno y frío caminaba hacia el ofuro (16), ante lo que acababa de escuchar. Su destino ya había sido elegido por alguien. Tenía un enorme deseo de gritar y llorar, sin embargo, ese era un lujo que ella no tenía permitido darse.

Hay alguien que algún día me gustaría que conocieras —clamo franco—. Estoy seguro que podrán ser buenos amigos.

¿Quién es esa persona, Kaien dono? —dijo la chiquilla en aquel entonces.

Un pupilo mío —la miro curiosamente—. Tiene unos ojos —tembló con fingida aprensión—, que te harán temblar —luego se rió—. Se llama Ichigo...

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Faltaban tres días para que el término del mes de Abril y con este el fin del festival de Hanami. Con gran júbilo se preparaban en el Seireitei para el magistral cierre de la celebración. Ahora, quien caminase por las calles podría admirar los cerezos de la Ciudad Estado en flor y por ende el piso tapizado de un hermoso color rosa. Aquellos que podían darse el lujo de tener estos árboles en sus casas, admiraban el espectáculo tras puertas cerradas. Otros más, debían de contemplar el inmenso bosque en donde quiera que los encontrasen en gran número. Esa era le mejor época para comer y beber bajo la sombra de estos.

Sin embargo, no todos disfrutaban del bello espectáculo que la naturaleza brindaba, aquel joven blandía con presteza su Zanpakutō bajo las ramas del cerezo en el alba.

—Deberías de estar descansando, Ichigo.

De inmediato se detuvo y le sonrió gentilmente a la mujer que se le acerco con un cuenco de agua fresca. Ichigo tomo él agradecido el refrescante líquido, tranquilizando un momento su arduo adiestramiento.

—Es solo un entrenamiento ligero en la mañana —enterró el arma en el suelo—. ¿Qué haces despierta tan temprano, Orihime?.

—Me preguntaba donde estarías —se cruzo de brazos—, cuando me desperté esta mañana y no te vi a mi lado.

Ichigo le entrego el cuenco y realizo unas flexiones más, antes de continuar con su ejercicio, el joven tenía el torso descubierto y solo usaba un hakama rojo.

—Gracias por el agua —dijo este, con la clara intención de continuar.

—Tus heridas han sanado bastante bien por lo que veo —admiro grata su buen trabajo y quizás algo más.

Ichigo se detuvo y la miro, sin comprender aquella penetrante mirada.

—Si —expresó incómodo del serio escrutinio—, gracias a tus cuidados y los de Momo estoy como nuevo.

Orihime se mantuvo quieta más tiempo de lo usual, al final decidió dar por acabada la conversación. Así que muy sutilmente movió su cabeza de un lado a otro, negando con esta.

—Las hierbas que te hemos estado poniendo para la cicatrización, me las entrego Ishida kun —le informo sobre el otro responsable de su pronta recuperación y por la cara de asco de Ichigo, no pudo más que sonreir—. Me dijo que estaba más que seguro que las necesitaría.

—¡Ah! —externo secamente dándole la espalda, ahora malhumorado—. Ese Ishida, siempre metiéndose en lo que no le importa —desenterró la Zanpakutō—. ¿Cuándo lo viste? —se ladeo un poco lo suficiente como para mirarla.

—La última vez que fui al pueblo, me lo encontré mientras atendía a la gente.

—Veo —expreso él.

Silencio.

—Te dejaré continuar —dijo a modo de despedida.

Se alejo silenciosamente, con la clara intención de dejarlo continuar. Pese a cualquier palabra o intento por detenerlo, aquello seguramente lo incentivaría aún más para practicar en secreto. En uno de los pasillos ya tenuemente iluminados por el naciente sol de esa mañana se encontró con Urahara, quien alegre de verla la saludo muy animado.

—¡Orihime san! —se le acerco con paso ligero—. Cada día luces más hermosa.

—Gracias —agradeció esta el cumplido.

—Me ha comentado la servidumbre que mi joven pupilo entrena muy duramente a diario —miraba detrás de Orihime de manera entretenida, y hasta cierto punto curiosa.

—¿Debo buscar a Kūkaku san?.

Urahara le negó con sus manos.

—En realidad, te estaba buscando a ti y a Momo chan.

Afonía.

—¿A nosotras? —externo con franca sorpresa.

—Si —respondió el blondo.

Mutismo.

—¿Tiene acaso que ver con el hecho de que continuemos en el Seireitei luego de tanto tiempo? —comento muy seria.

—No puedo responder a eso por el momento —se lamento por no poderse explicar—. Por favor, Orihime san.

Juntos caminaron en busca de la mujer de cabellera negra.

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—¿Dónde se han metido todos? —respingaba en su andar por los pasillos del Castillo, al tiempo que extrañado se rascaba la barbilla.

Y es que desde la mañana que había visto a Orihime no observo a nadie más, a excepción de la servidumbre. Escucho el ruido de la madera siendo cortada, se acerco hacia ese sitio y se alegro de ver a cuando menos a dos de sus conocidos. Detestaba la inmensidad del Castillo, ya que debido a su gran tamaño solía perderse dentro de este y tendía a tardar demasiado en encontrar a cualquiera de sus allegados más cercanos.

—¡Chad, Tōshirō! —se les acerco mientras miraba la cara de pocos amigos que le brindaba el segundo.

—¡Cuántas veces tengo que decirte que es Hitsugaya! —hablo de manera fría y clara—. ¿Tanto te cuesta comprenderlo?.

Ichigo aclaro su garganta.

—En ese caso, tendrías que añadir el sufijo "sama" —recalco de forma burlona— al llamarme.

Tōshirō rodó sus ojos.

—El día que las bestias vuelen —le respondió.

Antes de que alguna discusión iniciase, el moreno se adelanto.

—Ichigo, ¿nos llamabas para algo?.

—¡Eh!, bueno —se mostró confuso—. ¿Dónde se han metido todos los demás? —indago curioso el Kurosaki.

—Han ido a ver algunos espectáculos del Hanami —respondió Tōshirō—, hace horas que se fueron. ¿A penas te has dado cuenta? —no pudo evitar sorprenderse.

—¿Todos? —exclamo Ichigo extrañado.

—Obviamente no —contradijo irónico—. Como has visto nosotros tres no hemos ido —alzó una de sus cejas, claramente burlándose de él—, se han ido las mujeres y Ganju.

Le crisparon sus ojos a Ichigo por su comentario.

—¿Por qué tú no te has ido con ellos?.

—Alguien debía de quedarse y cuidarte, supongo —alzo sus hombros Tōshirō—. Te metes en problemas tan seguido que Kūkaku san no quiere más inconvenientes a causa tuya.

—¿Cuidarme? —repitió Ichigo, no dando crédito a lo que escuchaba—. Si el niño aquí eres tú —lo señalo.

—Pues, no fue el niño quien yació por una semana en el futon —le aclaro el más joven de los presentes—. ¡Mírate pareces un tengu! (17)

—Ichigo —interrumpió el moreno—, es inútil que continúes —se coloco en el medio de ambos—. Nunca has ganado en una discusión verbal contra él.

Afonía.

—¡Al carajo! —les dio la espalda—. Estoy cansado de estar como un monje, enclaustrado en el Castillo —se dio la media vuelta con la clara intención de irse de ahí—. ¡Maldita sea! —grito esto último.

Lo perdieron de vista un par de metros más adelante.

—Será mejor seguirle —hablo con hastió el joven de pequeña estatura—, o él muy estúpido se meterá en problemas otra vez.

—Hitsugaya kun —le hablo el moreno—. Lo cree capaz de salir del Castillo, aunque Kūkaku sama le haya ordenado lo contrario.

Tōshirō comenzó a caminar, siendo seguido por Sado.

—Cuando lo has visto acatar una regla al pie de la letra —lo miro de soslayo—. Yasutora —comentó de forma inusualmente seria—, trae la caja negra.

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Ahora caminaba sin la necesidad de usar la pañoleta. Y más de uno lo reconoció, algunos con temor y otros más por curiosidad se apartaban dándole el paso. Se sintió como un animal siendo exhibido. Tiempo después, se compro unas croquetas de pulpo; las cuales fue degustando sin la mayor prisa.

Al no conocer el Seireitei como el pueblo donde creció, fue natural que luego de andar sin un rumbo fijo terminase perdiéndose en la inmensidad de la Ciudad Estado. Llegó a un área casi deshabitada y por la cual muy poca gente transitaba. Unas enormes paredes blancas admiraba contrariado. Ni un solo pétalo de cerezo había esparcido por ese elegante piso níveo. De hecho, ahora mismo se preguntaba, ¿a donde rayos había llegado?. Todos los escasos portones que observo, estaban cerrados. Un poco nervioso, volteó hacia atrás por el camino que ya había recorrido y luego al lado contrario. Entonces percibió la enorme puerta de madera a su lado, la cual tenía una enorme insignia de lo que le parecieron ser dos garzas dándose la espalda estas, con una estrella al centro.

Antes siquiera de hacer algo más, el portón se abrió de inmediato dejando salir a varios hombres de la guardia personal de la familia a la cual resguardaban. Entonces reconoció donde andaba metido. Un enorme castillo que competía en opulencia y tamaño con el Shiba, le hizo constatar que era casi seguro que fue a dar al área residencial de otra familia Noble. Las defensas lo rodearon de inmediato y antes siquiera fuese capaz de hacer algún tipo de reclamación escucho los cascos de varios caballos que se aproximaban hacia ellos. Un elegante carruaje se detuvo justo al frente de la puerta y de inmediato varios sirvientes salieron del interior. Entonces fue apartado por el líder del pequeño ejército con bastante brusquedad —al no ser el hombre a quien aguardaban.

Molesto e indignado miro descender a un hombre corpulento ataviado de oro, el cual ayudo a bajar a tres mujeres. Las dos primeras tenían un aspecto muy similar al del varón, carente de gracia y femineidad, juzgo Ichigo. La última de las damas, era bastante simpática. Luego bajo un tipo de baja estatura y bonachón. Finalmente y para su mala suerte, un corpulento sujeto que ya había visto en una sola ocasión descendió. Cargaba entre sus manos, una enorme bola negra cubierta de picos que sujetaba firmemente entre sus grasientas manos. Las dos primeras mujeres chillaron de gusto al verlo.

—¡Mi bebé se ve precioso! —declaro orgullosa la madre.

Este último individuo en bajar del carruaje, miro con sorna a la servidumbre del Clan. Por último, el mayordomo principal salió a recibir a los invitados.

—Sean bien recibidos, Clan Ōmaeda… —pronunciaba recto el anciano.

—¡Así que resultaste ser un criado! —interrumpió al longevo mayordomo, mientras petulantemente se acercaba hacia Ichigo—. ¿Realmente alguien como tú, puede darse el lujo de pagar por una noche de placer en el Yosiwara (18)? —silencio—. ¿Dónde está tu baishunpu (19)? —se hurgaba la nariz.

—¿Realmente me pregunto como unos animales, pueden cargar a una bestia de tu tamaño? —se defendió verbalmente Ichigo.

—¡Tú! —grito y manoteo con ira en el aire—. ¿No te das cuenta de quien soy? —replico molesto Marechiyo.

Silencio.

—Ya te lo dije —rasco su cabeza con desdén Ichigo—. Una simple bestia.

—¡Maldito! —grito Marechiyo.

—¡Bebé! —su madre se alarmo e intento acercarse.

No obstante, fue detenida cuando su hijo movió su mano libre hacia atrás y la detuvo de inmediato.

—Ahora que lo pienso —hizo una mueca grosera en su rostro—, aquí jamás emplearían a un ser tan despreciable como tú —se carcajeo en su cara—. Serás mi calentamiento perfecto antes de mi gran duelo —se preparo para atacarlo—. ¡Vamos, Buttsubuse! (20) —clamo seguro de su victoria.

Ichigo lo golpeó a la altura de su estómago con tanta fuerza partió en trozos la Zanpakutō del Clan. La cual cayó al suelo junto al gordo que la cargó. El Clan Ōmaeda corrió horrorizada hacia Marechiyo, al tiempo que su madre lanzaba pequeños gritos de consternación.

—Tú habías dicho que ni cinco segundos duraría en tu contra —Ichigo le hablaba al inconsciente—. Ni siquiera soportaste un simple golpe.

El tumulto fue tal que se escucho hacia el área donde esperaba el resto de los invitados. Cual fue la sorpresa del dueño del Castillo, al ver a su futuro oponente derribado en el suelo desvanecido.

—¡Shujin! (21) —se acerco preocupado el mayordomo principal.

—¿Quién ha sido? —ordeno la respuesta con severidad el Noble.

La guardia rodeo una vez más a Ichigo y estaba preparada para atacar al hombre si les fuese ordenado.

—Fui yo —respondió con altanería el joven.

—¡Tienes idea de lo que has hecho! —se acerco hacia él, mientras la guardia abría un hueco y dejaban entrar a su señor—. ¡Ryoka!.

Afonía.

—Si iba a batirse en duelo —se cruzó de brazos Ichigo—, le he ahorrado tiempo.

—Veo —su tono destilaba veneno—, que eres de corto pensamiento —ironizó el Noble—. No se trata tiempo —le aclaro la falta de comprensión—, sino lo que tu pequeña acción previa genero.

—Le he hecho pagar una deuda conmigo.

—¿Deuda? —repitió incrédulo el Noble—. ¿Qué podría deberte él a ti?.

—Desdeño contra alguien muy importante para mí.

—Solo palabras… —hablo el noble—. Tu imprudencia hará que tu vida sea muy corta, Ryoka —desenvaino su katana colocando el filo por sobre el cuello del joven—. Debiste permanecer oculto por mucho tiempo más, Ichigo…

Lo último fue casi un ronroneo que lo hizo estremecer. ¡El hombre estaba invadiendo su espacio personal e Ichigo no podía decir nada!. Si fuera creyente, estaría rogando a los dioses para recuperar las funciones mentales necesarias para actuar, porque el desconocido sabía su nombre y él no.

—¿Có… cómo? —balbuceo siendo interrumpido.

—¿Cómo es que se tu nombre? —retiro su arma—, eso es lo que intentas preguntar —expresó seco dándole la espalda—. Deberías de reconocer cuando menos los rostros de todos aquellos que has visto aquí en el Seireitei, aunque sea solo una vez.

Comenzó a caminar hacia el interior del Castillo. La guardia le fue cerrando el espacio a Ichigo y literalmente le obligaron a ingresar. Contemplo aquella amplia espalda del desconocido, cuando sus pupilas se dilataron con pánico. Una insignia diferente estaba bordada en el haori blanco de ese sujeto, la camelina, símbolo de una de las Escuadras del Seireitei. El hombre que acababa de retarlo a un duelo, era un General ni más ni menos.

Kūkaku lo mataría en cuanto se enterase, claro, si es que salía vivo de ahí.

Llegaron a lo que le pareció un enorme espacio abierto, el cual seguramente era empleado como área de entrenamiento. Una estructura de madera cubría cuando menos tres lados del espacio rectangular. Este sitio en particular, tenía un alto techo que ayudaba a resguardar de las inclemencias del tiempo a los espectadores ubicados ya en sus respectivos sitios. Estos individuos comenzaron a murmurar entre sí, ante el desconcierto de mirar a ese desconocido que ingresó con el Noble. Todos y cada uno de estos sujetos portaban sus mejores galas, era obvio que estaba rodeado de la opulencia del Seireitei. En un vistazo rápido reconoció a la mujer de piel canela y mirada felina; la cual se quedo con su vaso de sake a la altura de su boca y sin ingerir, debido a la impresión de ver a Ichigo ahí. Junto a ella observo a dos hombres, uno de larga cabellera blanca y otro más que portaba un kimono rosado.

—He de felicitarte por haber derrotado tan rápidamente a un hijo del Clan Ōmaeda —no lo dijo como un cumplido, sino como un verdadero insulto.

—¿Debería acaso importarme? —espetó el joven sin preocupación alguna, mirando impasible al Noble.

Los murmullos se acallaron de inmediato. Y el ambiente se torno pesado e intranquilo.

—Veo que no vale la pena siquiera el hablar contigo —desenvaino su katana una vez más—. ¿Cuál es tu nombre completo?.

—Ya lo has dicho —se cruzó de brazos—, mi nombre es Ichigo.

—¿Solo Ichigo? —se retiro su bufanda la cual entregó a un sirviente cercano a él—. ¿Es lo único que deseas que aparezca en tu tumba?.

El joven paseo con impaciencia su mano entre su cabellera naranja.

—¿Qué es lo que desea que aparezca en la suya?.

Una fuerte impresión generaron esas palabras entre los presentes. Como osaba un completo desconocido el dirigirse de esa manera a un General, y sobre todo a un hombre tan importante dentro del Seireitei.

—Vaya, vaya —dijo con una inusual jovialidad Shunsui—, parece que nuestro joven amigo tiene la boca muy grande —rió a tiempo de beber sake—. Parece que esto va a ser entretenido.

—¡Kyōraku! —le reprendió Jūshirō—. ¿Cómo puedes decir algo así?, es más que obvio que Byakuya va a matar a ese joven.

Silencio.

—¿Por qué tan callada, Shihōin? —inquirió el hombre del sobrero de paja.

—Tengo un mal presentimiento, eso es todo —dijo ella.

—Ya te dije que tus palabras harán que tu vida sea corta, ryoka —hablo el Noble.

—Nacemos para morir. La muerte, pues, no es una maldición a evitar, sino el fin natural de toda vida* —recalco con decisión Ichigo.

Afonía.

—Eres un tonto —expresó serio—. ¿Qué sabes tú del valor, honor y lealtad? —mutismo—. ¿Cómo para que expreses esas palabras tan profundas, ryoka. Un verdadero hombre nunca debe de morir solo, como lo hacen los perros —lo contradijo, entonces el guardián de armas del castillo llegó en compañía de varios ayudantes más, los cuales llevaban varias katanas consigo—. Elige una —expreso el Noble—, para tener un Kettou (22) justo.

Extendieron sobre una tela roja en el suelo una amplia colección de armas de filo blanco. Con parsimonia Ichigo las contemplo. Exquisitas, resumidas en una palabra. Katanas bellamente decoradas y elaboradas con los más finos materiales existentes. Era más que evidente que formaban parte de una excelente colección.

—Lo siento —se excuso al momento de girar y mirar al Noble—. Pero no creo poder ganar usando una katana.

—¡Oh! —ordeno con un gesto de sus manos que retirasen las armas—. ¿Crees ser capaz de derrotarme usando alguna otra katana?. Tus amenazas me dan risa, mocoso —silencio—. No acaso usaste una katana para derrotar al Teniente Madarame Ikkaku —dio un paso a frente imponiendo su presencia—. ¿Dónde esta el arma que usaste para derrotar a un Capitán en el Shishinabeya?.

Las pupilas de Ichigo se dilataron y un sudor frío comenzó a recorrer su frente. Kaien en una ocasión le comento acerca de las familias Nobles del Seireitei, pero siendo honestos, Ichigo nunca presto la atención debida a esa clase. Había sido retado a duelo por un Noble, la pregunta era, ¿quién era ese sujeto frente a él?.

—¿Cuál es su nombre?… —musitaron los labios de Ichigo.

—Basta con que sepas que soy un General y un hombre de la Nobleza. Alguien como tú no necesita conocer mi nombre, ryoka —le externo el hombre—. Te enfrentaste y derrotaste a un individuo al cual solamente yo podía terminar —le informo—. Un auténtico hombre solo tiene un juez de su propio honor —camino alrededor de Ichigo con su katana—, y es él mismo. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quien eres en realidad * —silencio—. Tu imprudencia te llevará a tu tumba.

—Realmente, tu cabeza no comprende el significado de la palabra quieto —externó con hastió el hombre de cabellera blanca, llegando como el salvador.

Tōshirō y Sado, fueron encaminados hacia él área de duelos por el mayordomo principal. El moreno cargaba consigo una imponente caja negra, que capto rápidamente la atención de los reunidos.

—Ichigo —se le acercaba Sado.

—Espera —le detuvo Hitsugaya—. Estoy tentado a dejarte sin arma —se cruzó de brazos—, tal vez así aprendas a estar tranquilo —lo miro con poca paciencia—. ¡Eres un grandísimo idiota! —grito el joven, usando el tono más seco que tenía en su repertorio—. Este es un combate que estas obligado a luchar y sabes bien que no debes morir aquí ni ahora —contestó con simpleza, como si hablara de banalidades mirándose a los ojos por escasos segundos—. Mis más sinceras disculpas, General —se dispenso por Ichigo—. Espero contar con su benevolencia —le dio un saludo formal—. Entrégale la caja, Yasutora.

Sado camino silenciosamente hacia Ichigo para depositar la caja negra en el suelo. Entonces el futuro combatiente procedió a abrirla, hacía esto con sumo cuidado y respeto que fue observado cuidadosamente por el resto de los presentes. Blandió en el aire a una imponente arma que a simple vista parecía incompleta. Puesto que no tenía vaina ni guardia, con la apariencia de un gigantesco cuchillo envuelto simplemente en tiras de tela de color blanco. Que enterró pesadamente.

Kyōraku se levanto y camino hacia el centro del área de duelo. Se detuvo justo en el centro de este.

—Seré el juez de este combate —informo a todos los presentes—. Les pido por favor que se retiren a un área más segura —le dijo a los allegados de Ichigo—. Veamos… —acomodó su sombrero de paja una vez más— la única regla que debe ser acatada en este combate —los miro— es, que si han de morir, debe ser con honor señores.

Shunsui dio un paso hacia atrás veloz, justo a tiempo que la katana del General Kuchiki y la Zanpakutō de Ichigo se enfrascaban en su combate.

Byakuya parecía llevar la ventaja, había logrado hacer retroceder varias veces a Ichigo sin el menor problema. Golpe tras golpe, lograba que este poco a poco se arrinconase. Sin embargo, a pesar del tiempo ya transcurrido en ese combate, ninguno de los dos tenía una herida por el momento. Esto comenzaba a poner inquieto al Noble. Ichigo uso la tierra del suelo y con esta acción distrajo lo suficiente a Byakuya, como para que este bajase la guardia por un instante. Ocasionado que la mano izquierda del hombre, fuese herida en el proceso. Presuroso, este se alejo lo suficiente como para recuperar la calma.

—Zangetsu —la presento formalmente ante el resto.

—¿Le has dado un nombre a esa katana? —tiro el guante blanco manchado al suelo.

—Esta, es una auténtica Zanpakutō —contradijo serio Ichigo.

Un sobresalto se genero en los presentes, Yoruichi estuvo tentada a levantarse y detener ese combate. Sin embargo, Ukitake le evito el apartarse.

—No puedes detener esta pelea —le susurro—, lo sabes bien —la miro de soslayo, también preocupado—. Este combate le pertenece a Byakuya.

—¡Ukitake! —murmuro alterada—. ¡Tiene una Zanpakutō y además… además… —trago saliva con dificultad— ha entrenado con Kisuke!.

—No podemos intervenir —apretaba con fuerza sus puños impotente—, solo esperar que la experiencia de Byakuya sea suficiente para derrotarlo.

—¿Una Zanpakutō? —expreso intranquilo Byakuya—. ¿Quieres decir que has hecho el Tamashī no keiyaku? —silencio—. ¡No me hagas reír, mocoso!. ¡Aún teniendo eso, estas a mil años de poderme derrotar!.

Byakuya se abalanzo de inmediato y con una fuerza tal, que de no haber sido por su agilidad hubiese muerto en ese instante. La forma de combate del General, se volvió agresiva y más rápida de hacia minutos. Ichigo estaba sorprendido de que alguien más, además de Urahara pudiese hacer algo así. Y en una perfecta sincronización por parte de ambos fueron capaces de detener el arma del otro con una de sus manos; ocasionando que la sangre de ambos cayese al suelo.

—Desgraciado.

—¡Maldito! —blasfemo el Noble.

—Urahara san, me dijo que solo podía enseñarme a estar preparado —sujetaba con fuerza la katana del General—, ahora entiendo lo que quería decir cuando me entrene con Zangetsu —ambos se alejaron el uno del otro con un gran salto hacia atrás—. Si esa es toda la fuerza que tienes… no tengas ninguna duda. ¡Voy a vencerte! —grito esto último.

—¡Eres demasiado arrogante, ryoka! —vocifero enardecido el Noble.

De nueva cuenta el combate reinició con mayor intensidad que antes. Byakuya e Ichigo, intercambiaban estocadas a cada instante y con gran fuerza. Ninguno de los dos estaba dispuesto a dejarse vencer por el otro. Uno peleaba por el honor de su Clan y el otro por su convicción hacia su venganza. Por un momento, Byakuya pareció flaquear por un segundo e Ichigo considero esto como su oportunidad de oro, algo que no debía dejar pasar bajo ningún término. El flanco izquierdo del General estaba expuesto y listo para ser atacado. No obstante, el Noble respondió justo a tiempo.

—No me subestimes, mocoso.

—¡Una trampa! —pensó horrorizado Ichigo.

El General se movió con una rapidez asombrosa ante los ojos de Ichigo, con la suficiente presteza que no fue capaz de seguir sus pasos por esos escasos segundos, cuando Byakuya lo ataco por la espalda. Y con esto lo mandaba directamente al suelo, con una casi mortal herida que no paraba de sangrar.

—Llevar a cabo el Tamashī no keiyaku y el tener una Zanpakutō no te hacen invencible —lo rodeó al caminar—, eres demasiado altivo, mocoso.

Por alguna extraña razón, Ichigo comenzó a reír.

—¡Mierda!. Pensé que podría hacerlo un poco más… pero no lo he logrado… —escupió sangre— esta claro que no debo subestimar nunca a un hombre que ostente en rango de General —con gran dificultad se pudo poner de pie—. ¡Fíjese bien, General sin nombre, esto sucede cuando un hombre hace el Tamashī no keiyaku! —grito a todo pulmón.

No es que se hubiese vuelto más fuerte en un solo instante, simple y sencillamente había dado un cambio radical en su forma de combate. Como si fuese un hombre que se hubiese batido en innumerables batallas, comenzó a enfrentarse al mismo nivel que el General. No repitiendo ninguno de sus movimientos.

—Imposible… —externo estupefacto Ukitake.

—El Tamashī no keiyaku, es más que un pacto —estaba logrando hacer retroceder a Byakuya—, es la unión de nuestros espíritus. Nuestra existencia se vuelve una sola —bramo Ichigo.

El Noble fue capaz de defenderse justo a tiempo. La Zanpakutō de Ichigo le hizo un corte profundo en su costado derecho, cosa que lo hizo tambalearse por un momento ante la gran pérdida de sangre.

—¡Demonios!…—musito Byakuya.

—Dígame, General… —enterró a Zangetsu en el suelo para ayudarse a mantenerse en pie—. Su nombre… —respiraba agitado—, quiero saberlo por si llegase a morir…

—Mocoso —respondió con demasiada calma—, ¿aún sigues creyendo que podrás derrotarme? —bramo con ira—. Si quieres saberlo, te lo diré —apunto con su arma hacia él—. ¡Morirás bajo la katana del General Kuchiki Byakuya!.

—Kuchiki… —repitió con mucho odio Ichigo.

No lo entiendo, Kaien san expreso confundido un niño no mayor de diez años. ¿Por qué razón abandonaron a mi padre?.

Shiba Kaien detuvo la marcha de su caballo y el pequeño infante lo imito de inmediato. Ese día, él hombre mayor lo llevaría a ver a sus hermanas. Y desde que se lo encontró esa mañana, lo noto inusualmente tranquilo, muy fuera de lugar de su habitual carácter. Y esa extraña pregunta se lo confirmaba.

Ichigo… suspiro Kaien. No deberías de atormentarte más con el pasado bajo de su caballo, la venganza no debe de ser lo único por lo que desees vivir.

¿Pero?...

La guardia de tu padre tuvo que marcharse.

¿Por qué?.

Kaien comenzaba a irritarse, una vez que Ichigo comenzaba a preguntar no se detenía hasta que su curiosidad hubiese sido saciada por completo. Aclaro su garganta, ¿sería bueno decírselo o eso podría incentivar más su odio?.

El General Kuchiki Ginrei, se lo pidió como un favor a tu padre.

Entonces… si él no hubiese venido ese día… papá… mamá… y los demás…

¡Ichigo!... le reprendió Kaien y lo tomo del rostro. El camino del valiente no sigue los pasos de la estupidez * silencio. El General tuvo sus razones para hacer eso y gracias a eso podemos vivir en paz.

—Kuchiki… —reitero apretando con fuerza la guarda de la Zanpakutō—, si que es pequeño el mundo —desenterró a Zangetsu—. Parece que mi venganza, ¡comienza aquí y ahora!.

Las pupilas de Byakuya se dilataron con horror, ¿venganza?... Los ataques de Ichigo tuvieron un cambió aún más radical, estos ya no eran limpios ni honrosos como los de hacia escasos minutos. Le atacaba con toda la intención de matarlo de la forma más humillante posible. El Noble solo podía mantenerse a la defensiva, retrocediendo cada vez más. Si bien tenía pocas laceraciones en su cuerpo, estas eran precisas y ubicadas en puntos estratégicos de su cuerpo, que poco a poco le iban debilitando.

—Cualquiera puede introducirse en lo más reñido de la batalla y morir —avanzaba sin miramientos por la entrada principal del Castillo del Clan Kuchiki, pese a saber que no era bienvenido—. Es fácil para un patán, pero para un shinigami es una verdadera decisión justa en la ecuanimidad —suspiro con pesar—, y un verdadero valor saber vivir cuando ha de vivir, y morir cuando ha de morir ** —entro de lleno al campo de batalla, justo cuando la katana del General Kuchiki era partida en dos.

Byakuya había perdido, Ichigo alzaba su Zanpakutō con la clara intención de cortarle la cabeza al Noble. Aquella terrible mirada que daba, estaba llena de ira… y dolor…

—Es suficiente, aniki (23) —interrumpió las asesinas intenciones Momo, con una voz dulce y calmada—. Suficiente —repitió.

Ichigo se detuvo en seco al escuchar la voz de ella y la miro impávido, no dando crédito de verla ahí. Y no estaba sola, Orihime también estaba ahí.

—¡Tú, maldito shujin!. (24) ¿Qué haces con ellas aquí? —grito Ichigo, olvidándose por un momento de su combate.

—¡Bastardo! —siseo amargamente al ver al rubio—. ¿Cómo te atreves a poner un pie en mi casa? —rugió Byakuya.

Silencio.

—Perdóneme, General Kuchiki —evito mirarlo y en su defecto observo a su antiguo pupilo—. Que cruel eres —abrió su abanico fingiendo pesar—. ¿Cómo puedes tratar así a tu maestro?.

—¡Y una mierda con eso! —espetó Ichigo—. ¿Te he hecho una pregunta?.

Afonía.

—¡Kisuke! —le llamo a viva voz Yoruichi.

A pesar de haber sido llamado por ella, Urahara la ignoro. La Noble no era su asunto a tratar, tal vez con algo de suerte podría conversar con ella algún día.

—Simplemente he evitado que llenes tus manos de sangre, Ichigo —respondió el rubio.

—¡Eso no te pregunte, Urahara san! —replico molesto el joven sin paciencia alguna—. ¡Habla!.

—Por favor querida —la persuadió hábilmente Kisuke—. Tal y como acordamos —susurro tras su abanico abierto.

De inmediato Orihime comenzó a caminar hacia Ichigo con una diminuta caja entre sus manos. La misma donde la reliquia de su Clan fue guardad para su seguridad hacía más de quince años, al fina terminó abriéndola para mostrar su contenido a los presentes.

—El Hougyoku… —expreso casi sin voz el Shunsui—. No me digas que —no se atrevía a mirar los ojos de Ichigo, por temor a no poder huir de la verdad.

—¡No puede ser cierto! —expreso Yoruichi.

La Noble mujer del Clan Shihōin se acerco hacia Ichigo y Orihime, a comprobar la autenticidad de la reliquia que una vez perteneció a la segunda familia Noble y que se creía perdida. Cuando la miro supo que no había duda alguna, era la verdadera. Se dejo caer al suelo, ya que sus piernas le flaquearon y debido a esto quedo muy cerca de Byakuya. Ella llevo una de sus manos a su boca mirando con desesperación a los tres jóvenes. Un recuerdo doloroso le llego a su mente, cuando memoro que hacía poco más de quince años que el Genera Isshin llevo a su hijo a ver el bunraku (25) antes del nacimiento de sus hermanas. Y luego fue informada por un mensajero que la esposa del Kurosaki había dado a luz a un par de niñas. Ukitake también se aproximó a juzgar la legitimidad del Hougyoku, si alguien podría negar aquello, era él. Sin embargo, nada podría hacer. Tres importantes personas acababan de avalar que, los hijos y herederos del Clan Kurosaki estaban con vida.

—Has derrotado al General Kuchiki —recobró la atención de los presentes Urahara—, y con ello has obtenido aquello que él esta dispuesto a entregar al vencedor —cerró su abanico—. Kurosaki san… te has ganado el privilegio de desposar a Kuchiki Rukia.

—¡Tú, no eres la persona que tiene que estar a su lado!. ¿Cómo puedo entregarte lo más valioso de mi vida?. —vocifero Byakuya lleno de amargura.

El Noble General Kuchiki Byakuya, acababa de entregar a su hija a un hombre sediento de sangre.


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Capitulo V

"Jaula de oro"

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Notas de la autora:

* Comentarios de Mirumoto Jinto, Rikugunshokan del Clan del Dragón, sobre el código de Bushido.

** Código de Bushido, según budismo.

+ Byakuya peleó contra Ichigo, usando una simple katana. Senbonzakura, hará su aparición más adelante en la historia.

+ La forma de la espada en modo de Bankai de Ichigo, aún no aparece en la historia. Derrotó a Byakuya con la forma del shikai de esta. No hay poderes sobrenaturales en esta historia, por lo tanto no puede aparecer la espada negra como por arte de magia en el duelo.

+ Orihime y Momo, se hacen pasar por las hermanas de sangre de Ichigo. Y por lo tanto mienten sobre sus verdaderas edades. Ambas tienen veinte años.

+ El Hougyoku, es la joya que Isshin le entrega a Ichigo en el primer capitulo de la historia. Y lo que lo avala ante el resto del Seireitei como un Kurosaki. Las familias Nobles conocen los tesoros de las otras, por lo tanto Yoruichi, Ukitake y Shunsui saben que es la auténtica.


Glosario:

+ (1) Kiresu, es el término japonés para la pipa japonesa antigua.

+ (2) Hanami, es la tradición japonesa de observar la belleza de las flores, pero por lo general se asocia esta palabra al período en que florecen los cerezos.

+ (3) Kabuki Gekijō, "Teatro Kabuki" literalmente en japonés. «Kabuki», es una forma de teatro japonés tradicional que se caracteriza por su drama estilizado y el uso de maquillajes elaborados en los actores.

+ (4) Yosiwara, barrio del placer de Tokio.

+ (5) Katanakaji, forjadores de espadas (literalmente en japonés).

+ (6) Misesu, señora.

+ (7) Zabuton, almohadones para sentarse

+ (8) Sjoji, paredes de la casa están hechas de papel pegado sobre marcos de madera. Que se desliza como diapositiva para abrir y que incluso se pueden remover para ampliar la habitación.

+ (9) Hisuisairen, "Sirena de jade" literalmente en japonés.

+ (10) Shishinabeya, un restaurante donde se come jabalí.

+ (11) Ryoka, alma errante. En este caso se usará para designar extranjeros que vienen fuera del Seireitei.

+ (11) No, preposición "de" japonés.

+ (12) Marenoshin, padre de Ōmaeda

+ (13) Tamashī no keiyaku, "Pacto de Almas" literalmente en japonés.

+ (14) Musume, doncella en japonés.

+ (15) Ojousan, señorita en japonés.

+ (16) Ofuro, es un baño japonés de agua caliente.

+ (17) Tengu, es un demonio dentro de los elementos del folclore y mitología japonesa que suelen tener forma animaloide.

+ (18) Yoshiwara, barrio del placer de Tokio.

+ (19) Baishunpu, prostituta literalmente en japonés.

+ (20) Buttsubuse, comando de activación (shikai) de Gegetsuburi (Zanpakutō) de Ōmaeda Marechiyo.

+ (21) Shujin, amo en japonés.

+ (22) Kettou, duelo japonés.

+ (23) Aniki, honorífico japonés que significa hermano mayor.

+ (24) Shujin, tendero en japonés.

+ (25) Bunraku, nombre genérico por el que es conocido el teatro de marionetas japonés.


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Nos vemos

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