No podía creer lo que escuchaba, por fin, por fin tenía una pista real. Algo más que una pista, sabía su nombre. Mi cabeza daba vueltas, me sentía mareado. Sentía que todos esos años habían valido la pena. Nunca creí que podría acercarme, encontrar a una persona específica en ese amplio mar era probablemente una empresa fútil, especialmente con pocas formas de encontrar información sobre él. Solo sabía su último apellido, nada más. Ese nombre, al que sólo me podía referir como R. por el enorme disgusto que me causaba. Y ahora, por escuchar a unos desconocidos, que no tenían nada que ver sabía su nombre completo. Aún sin saber su posición exacta, podría buscarlo, cazarlo como se merecía. No me importaba que la Marina me persiguiera a partir de ese momento, ni que fuera a convertirme en enemigo del Gobierno Mundial. Nada se interpondría en mi camino. Ese día había sido magnífico. Y sabía a dónde dirigirme, tendría que entrar en la Grand Line, aunque primero tuviera que ir a Loguetown, la ciudad del principio y el fin.
Había empezado como un día normal. Mi humor después de la cacería del dojo había bajado considerablemente. Había salido emocionado, especialmente por mi última adquisición. Después de todo solo había 50 Ryou Wazamono en el mundo y tener dos de ellas en mi posesión era un verdadero honor. La espada tenía un aura diferente a las otras dos. Kagetora era una chica orgullosa y muy digna, que parecía que no dejaría que nadie al tocara, pero si lograbas que llegara la confianza era una espada que parecía fundirse al brazo y seguir la voluntad de quien la utilizara. Iga no Kami era de personalidad muy diferente. Era sumisa, casi tímida y a pesar de eso para usarla correctamente tenías que demostrarle que eras un espadachín digno. Pero Osafune parecía diferente. A diferencia de mis dos espadas anteriores no tendría que ganármela, estaba ansiosa por ir a la batalla. Lo único parecía pedir es que fuera alguien hábil para entregarse por completo, cosa que yo ya había demostrado. Y sin embargo eso la haría más difícil de controlar que mis dos antiguas compañeras. Una espada así que buscaba la batalla era impaciente, arriesgada, peligrosa. Tendría que enseñarle a obedecerme, no a actuar por capricho. Aunque claro eso sólo eran suposiciones.
Quería darle una oportunidad de demostrarme de que era capaz. Al luchar contra ella me había dado cuenta que era una buena espada pero no sabía si yo podría ponerle un límite. Quería estrenarla, ver como se sentía blandirla en una batalla. Hacía algunos ejercicios con ella, para acostumbrarme a su peso y su forma, pero hasta que no peleara con ella como mi compañera no la conocería de verdad. Así que había estado activamente buscando a alguien con quien probarla, alguien que pudiera darme una buena pelea para ver su potencial. Pero desde que había salido del dojo ni siquiera me había encontrado a alguien digno de mención. En cierto sentido era bueno, me dejaba descansar pero en esos momentos no quería descansar, quería probar mi nueva espada. Y así a pesar de que estaba en una situación que disfrutaría normalmente, donde me fijaría en la enorme variedad de olores y sonidos que tenía el mundo que ofrecerme, me movía rápido buscando gente para ver si había un posible oponente.
Ese día decidí cambiar de actitud. Estaba cansado de estar molesto y ansioso por probar mi nueva adquisición. Estaba listo para relajarme otra vez. Me encantaba el combate, pero por un momento me había olvidado de cómo me gustaba disfrutar de los alrededores, de la naturaleza y de la gente. Así que después de despertarme tarde intenté alejar de mi mente de ese asunto. Al principio no sirvió de nada, mi humor seguía negro, pero conforme el trinar de los pájaros y el fluido sonido de un río lograron acariciar mis oídos esas molestas nubes tormentosas de mis pensamientos se fueron despejando. Poco a poco deje que el olor de la tierra apisonada del camino y escuchar a la lejanía una granja me fueron animando hasta que caminaba con una sonrisa dibujada en los labios antes de darme cuenta. Al por fin poder olvidar esa inútil presión a la que yo me había sometido me hacía pensar que el sol calentaba mi cara con mayor fuerza.
Fue gracias a ese cambio de actitud que el tiempo se me pasó volando. Cuando por fin logré relajarme mi caminata a pesar de llevar un buen paso parecía eterna, un deambular casi irreal, que me permitía olvidarme de mi vida, como más de una vez había deseado poder hacer. Así, sin percatarme terminé en un pequeño pueblo costero. Lo que me sacó de mi pequeño paraíso personal fueron las risas de los niños. Los pequeños jugaban animadamente riéndose como locos. Sería un nutrido grupo de unos diez o quince pequeños. Fue una forma muy agradable de regresar a la realidad. Ese lugar tan pacífico me pareció un buen lugar para dejar la isla. Encontré un pescador que iba a viajar a otra isla para vender su producto y por un precio más que razonable me permitió abordar la barcaza hasta llegar a tierra.
Sin embargo tenía que esperar que terminara de preparar la embarcación y sus productos así que tenía un par de horas muertas en ese lugar. Para variar de mi comida busque algún pequeño puesto donde pudiera satisfacer mi apetito. Fue en el único bar del pueblo donde pude satisfacer mis deseos. Me senté en la mesa más cercana a la puerta y espere hasta que alguien viniera a ofrecerme algo. Mi entrada no había interrumpido la conversación que tenían tres hombres en la barra. Después de un par de minutos uno hizo una brusca interrupción. Escuché como el hombre se acercaba, con pisadas cortas pero muy poderosas. Debía de ser alguien bastante pesado, aunque parecía más grasa que nada. Finalmente se detuvo enfrente de mí.
-Vaya sorpresa tenemos aquí. Bienvenido a este humilde local, "El pescador alegre". Soy su propietario, cocinero, camarero y conversador profesional, Raphael. Un gusto en conocerle. No es nada normal tener turistas por aquí. ¿Qué le trae a este humilde pueblo?- Era un hombre con una voz muy paternal, amable y cálida. Era un gusto hablar con gente así.
-Sólo estoy de paso. Me marcharé dentro de un par de horas.
-Ñahahahaha, me lo imaginaba. Nadie viene para quedarse, más bien los jóvenes se marchan lo antes posible. Pronto nos quedaremos solamente los viejos recordando mejores tiempos. Ñahahahaha.- Me parecía fascinante que a pesar de relatar que su pueblo poco a poco se estaba quedando desierto se reía despreocupadamente.
-En lo personal me parece un pueblo encantador.
-Ñahahaha ¿eso cree? Yo estoy de acuerdo pero dígales eso a los jóvenes. Ellos quieren aventuras y como se imaginara aquí no tenemos demasiadas. Ñahahahaha. ¿Qué puedo ofrecerle?
-Me gustaría algo para comer si no es mucha molestia.
-¿Si no es mucha molestia? Ñahahahaha. Eres gracioso muchacho. ¿A qué crees que me dedico? Espera aquí, te traeré el mejor plato de la casa. No es por alardear pero preparo un pescado a la sal que esta para morirse. Y acaban de darme pescado así que estaré recién salido del mar el platillo. Le ofrecería un poco de ron con eso pero no es la bebida adecuada, sin embargo tengo un vino que me trajeron de una isla lejana que le podría quedar perfecto.
-Por favor, no es necesario.
-Ñahahahaha. No te preocupes chico, te lo traigo enseguida, estaba haciendo un poco para mis amigos que están sentados allá en la barra.
Sin esperar una respuesta regresó por donde había venido y continuó hasta la que por el olor suponía que era la cocina. Realmente no tardo demasiado así que debía ser verdad que ya lo estaba preparando. Me trajo la comida y para mi sorpresa escuché como movía una silla enfrente de mí y se sentaba.
-Espero que no te moleste que te acompañe en la comida.- Sin esperar una respuesta sentí como se movía para voltearse hacia la barra.- ¡Hey chicos! ¡No sean holgazanes y vengan a hacerle compañía al viajero!- Pareció que su propuesta fue aceptada gratamente y pronto estaba sentados en la misma mesa.
Fueron buenos compañeros y la comida era realmente deliciosa al igual que la bebida a pesar de que esta no la toqué demasiado como era mi costumbre. Me preguntaron por qué viajaba, a lo que respondí que me gustaba moverme, y por qué cargaba una bolsa tan grande y pesada, aunque mi única respuesta fue una enigmática mención a mis recuerdos. Al notar que no parecía demasiado dispuesto a hablar al respecto cambiaron rápidamente el tema de conversación. Eran una buena compañía para la comida como esa, incluso evitando los temas que se daban cuenta que eran escamosos. Hablaron sobre temas de actualidad como las bandas de piratas que rondaban los mares del East Blue y de rumores como la reaparición de un pirata legendario como lo era Long Jhon Silver o de que Monkey. D. Luffy seguía con vida. Aunque lo de Silver podría ser verdad pues había escuchado antes que la Marina lo volvía a perseguir muchas de las cosas que dijeron no parecían tener fundamento alguno pero era entretenido escuchar esas historias. Notaba como el sol que se filtraba por las ventas cada vez calentaba menos y me indicaba que pronto me tendría que manchar. Era momento de empezar mi retirada.
-¿Cuánto le debo?
-Ñahahaha, no me debes nada muchacho.
-¿Cómo?
-Déjame hacer una buena acción. Tal vez mejore mi posición en la otra vida. Ñahahaha.
-Muchas gracias.- No podía rechazar su amabilidad. Estaba a punto de marcharme cuando los ligeros y divertidos pasos de los niños irrumpieron en el bar. El primero en entrar enseguida levantó la voz.
-¡Papá! Dile a Michelle que no puede jugar a los piratas con nosotros. No es un juego para niñas.
-¡No es justo!- Grito la aludida.- Hay muchas mujeres piratas.
-¿Ah sí? ¿Cómo quien?
-Pues están la Gata Ladrona Nami y la Capitana Terreis.- Contesto la niña con tono doctoral ante la bravata del pequeño.
-Bueno sí. ¡Pero los grandes piratas como Sombrero de Paja o Silver eran hombres!- Dijo el niño intentando defender su orgullo masculino.
-¡Estoy seguro que Terreis les ganaría cuando quisiera!- Ante este comentario parecía que se iba a desatar una guerra. Sin embargo el hombre que estaba a mi derecha, el que supongo que era el padre del chiquillo, decidió intervenir.
-Todos eran piratas muy fuertes. No se peleen.- Dijo con tono conciliador, logrando con su autoridad de adulto detener la batalla.- Además ¿no preferirían jugar a la Marina? Ellos son los aliados de la justicia, no como esos malhechores del mar.- Se noto que la sugerencia no fue muy bien recibida.
Intentado hacer que su idea les gustara a los niños empezó a nombrar a los grandes y poderosos de los blancos. Así nombro a los almirantes, Arhatkyo, Bassabel, Alira, incluso al mítico Aokiji o la ex-almirante Samba. Después de nombrar a las armas humanas del gobierno se pasó al rango inmediatamente inferior, los Vicealmirantes. Estaba a punto de irme en medio de la lista cuando escuché su nombre. Al principio me quede paralizado, no podía reaccionar, no podía pensar. Después de tanto tiempo en el lugar más apacible que me podía imaginar había escuchado el nombre, el de ese R. que había buscado todos estos años. Supongo que mi cara revelaba algo de mis emociones pues el dueño se preocupo.
-¿Estás bien muchacho? Espero que no te haya caído mal mi comida. Ñahahahaha.
-No. No es eso.
-Espero que no tenga problema con la marina. Ñahahaha.
-No. Es sólo que me preocupe que se me estuviera haciendo tarde para embarcar.
-Ñahahahah. Entonces debes darte prisa.
-Lo haré. Muchas gracias por todo.
-De nada chico. Espero verte pronto. Ñahahaha.
-Hasta luego.
Me fui rápidamente, bajo la cobertura que me daba la mentira que había dicho. Me movía rápido, emocionado. Ese día había sido mucho más productivo de lo que esperaba. Iba con una sonrisa desquiciada en mi cara. Me movía rápida y seguramente hasta el puerto. Como me lo imaginaba llegué justo a tiempo. El pescador me dejo sentarme en la proa. Con la cara hacia el mar mascullé el nombre de ese hombre, de quien había estado buscando.
-Dorian Maximilien Pierret Richrdson.
