El despertador de Lisbon fue un violento ruido que provenía del salón.

Donde se hallaba el sofá en el que Jane dormía.

- ¿Jane? –gritó, mirando su reloj de pulsera.

Las cuatro y media de la madrugada.

Lisbon buscó la pistola en las sombras. Cuando la encontró, la asió con firmeza. Salió de la habitación y bajó las escaleras prácticamente a oscuras, tan sólo con la luz que provenía de la lámpara de pie del salón.

Al fin alcanzó las escaleras.

Jane estaba de espaldas a Lisbon. Sentado en una silla y atado por el torso, tenía las manos ante él, apoyadas sobre las piernas.

A su lado, una figura encapuchada se inclinó sobre él un momento.

Temiendo por la vida del asesor y reprochándose no haber reparado antes en el encapuchado, Lisbon bajó apresuradamente unos cuantos escalones para poder ver el rostro de Jane.

Estaba vivito y coleando. Indemne, con la excepción de un largo corte en su antebrazo, ni muy profundo ni muy grave.

El encapuchado dejó caer el cuchillo con el que había trazado el corte y se inclinó nuevamente sobre Jane, bloqueando el ángulo de visión de la silenciosa Lisbon durante un instante.

Después, se volvió hacia la pared.

Aliviada, Lisbon comprobó que Jane seguía vivo. Petrificado, miraba a la figura sin atreverse a moverse.

El encapuchado comenzó a trazar con práctica de mucho tiempo atrás un amplio círculo en la pared.

Lisbon reconoció al instante aquellos trazos, de tantas veces que los había visto; incluso había visto a Jane imitarlos, a modo de explicación, en un par de ocasiones.

«RedJohn», quiso gritar Lisbon, aterrorizada. Intentó que la pistola no resbalase entre sus dedos; se esforzó en retenerla para poder alzarla. Apuntó a RedJohn con toda la puntería de la que fue capaz, anhelando acabar con todo aquello antes de que la casa se convirtiese en el nuevo escenario del asesino en serie.

Pero, antes de gritar "¡Aléjate de él!" y disparar, contempló con creciente estupor la carita elegantemente trazada.

La ensangrentada firma de RedJohn.

Que ahora, en lugar de la conocida sonrisa apenada, lucía una mueca de enojo.

Esta vez, Lisbon sí dejó caer el brazo, aunque no el arma.

Ninguno de los tres habló.


Allí estaba, inmóvil ante él.

Dándole la espalda, contemplando su recién trazada obra de arte.

Pero Jane no tenía ojos para otra cosa que no fuese el hombre.

El asesino en serie RedJohn.

El que mató a su familia.

El que probablemente mató a Kristina.

El que había amenazado con matar a Lisbon.

De no estar atado, Jane le habría matado con sus propias manos.

- ¡Aléjese de él! –gritó de repente Lisbon a su espalda.

La que faltaba, se dijo Jane horrorizado, notando que el alma se le caía a los pies.

- ¡Lárgate, Lisbon! –gritó hacia su espalda.

Enseguida pudo verla. Sujetando la pistola firmemente, avanzó hasta la altura de Jane, sin vacilar en ningún paso.

-No dudaré en dispararte si no obedeces. –advirtió Lisbon.

Para Jane no pasó desapercibido el terror de sus ojos, aunque no supo identificar con exactitud su fuente.

Apenas estaba a tres metros de RedJohn.

-No puedes matarme, agente Lisbon. –dijo él por primera vez.

Jane se estremeció al oír por segunda vez su amargada y crispante voz.

Lisbon, simplemente, bajó la pistola una fracción de segundo.

Enseguida se recuperó, anteponiendo la defensa de ambos a sus emociones.

- ¿Por qué? –dijo ella, intentando que su desconcierto no traspasase su barrera de poli experimentada.

-Kristina. –murmuró Jane con voz ronca.

Lisbon le miró durante un segundo, casi sin darse cuenta de que apartaba los ojos del asesino en serie más buscado de California.

- ¿Kristina Frye? –dijo Lisbon.

Hacía mucho que no recordaba por qué esa mujer estaba en paradero desconocido.

-Intentó consolarme. –dijo RedJohn.

Lisbon y Jane supieron que esbozaba una sonrisa.

Tal vez era sólo porque su fama le precedía; el caso es que ambos notaban una atmósfera sobrecogedora ante ese hombre no muy alto, encorvado sobre sí mismo y que, seguramente, les miraba con curiosidad.

Al fin, cara a cara con ambos.

-Él sabe dónde está, Lisbon. –dijo Jane, notando unas crecientes náuseas.

Cerró los ojos, intentando controlar su acelerado corazón, su respiración irregular.

-Soy el único que sabe dónde está. –corrigió RedJohn.

- ¿Y qué quieres? –dijo Lisbon con obstinación, resistiéndose a bajar la pistola.

-Creí que Hardy lo dejó claro. –replicó RedJohn con dureza. –Yo me encargaré de vosotros.

RedJohn retrocedió un par de pasos.

Dejó entrever una sonrisa en una boca de labios muy finos, retorcida, pequeña y maliciosa.

Después se fue. Salió por la puerta –abierta de par en par- y se perdió en la oscura noche.

Lisbon dejó que la pistola resbalase hasta el suelo. Rompió las ataduras de Jane con el cuchillo que RedJohn había usado para el corte de Jane.

Después, se dejó caer hasta el suelo.

Jane ni siquiera se movió: contempló, inmóvil, la mueca enfurruñada de la pared.


De golpe, Lisbon fue consciente de que tenía mucho que hacer.

Se puso trabajosamente en pie y se dirigió a la cocina.

Jane aún oyó cómo rebuscaba durante un rato, antes de volver a su lado.

Intencionadamente, se interpuso entre Jane y la firma de RedJohn.

-Dame la mano. –dijo Lisbon con tono autoritario. Jane obedeció automáticamente sin darse cuenta.

Lisbon desinfectó la herida con agua oxigenada y la vendó.

Mientras lo hacía, no había asomo de dolor en los ojos de Jane.

Sólo era capaz de mirar a Lisbon, inconsciente de su mirada.

Recordando a la pequeña que, un día, se quejaba por el escozor del líquido desinfectante en su arañazo. Su padre hacía la cura, mientras que su madre la consolaba dándole un beso.

Qué oscura y apagada se había vuelto la vida desde entonces, se dijo Jane.

-Estoy bien, Lisbon. –dijo al fin, retirando el brazo. Lisbon, que ya había acabado de curar la herida, le dirigió la mirada más dura que pudo componer en esas circunstancias.

-Normalmente finjo tragarme lo de tus sonrisitas, pero hoy no. –replicó con aspereza. –Ya estoy cansada de fingir creer que todo va bien y que la vida es fácil y preciosa. La vida es muy dura, Jane… -pidió perdón a su conciencia por lo que iba a decir-… y tú eres muy débil, porque no eres capaz de alzarte donde los demás si podemos. Ya está bien, ya sobra tanta autocompasión.

-No puedo, Lisbon. –murmuró Jane con auténtico pesar. –Cada rincón de esta casa tiene el olor, el aspecto, el sonido de ellas. De las dos.

-Exacto. Así no puedes avanzar. –asintió Lisbon. –No puedes quedarte eternamente en ese limbo en el que vives.

-No estaré eternamente. –concedió Jane.

Por primera vez, alzó los ojos hasta ella.

-El problema es que no te gustará el paso que tomaré después de salir del limbo. Hay más de una dirección, ¿sabes? -dejó caer.

- ¿Estás hablando de suicidio? Te creí más fuerte, Jane. –las palabras abruptas de Lisbon enmascararon su temor.

Se estaba adentrando en un terreno que, efectivamente, podía albergar algo que no le gustaba.

-No voy a discutir ahora. –suspiró Jane, infinitamente cansado. -No estoy como para evitar palabras hirientes, Lisbon.

- ¡Deshazte de todo eso de una maldita vez, Jane! –gritó ella de golpe. Cerró los ojos un instante, sabedora de que estaba perdiendo el control, pero decidió que valía la pena. -¡Supéralo! ¡Todos hemos perdido a alguien alguna vez, pero todos seguimos adelante!

-No todos, Lisbon. –dijo Jane como última advertencia.

Ambos sabían que la referencia iba por el padre de la agente.

Un golpe bajo, pero Jane le había advertido.

Y Lisbon había decidido que iba a soportarlo para lograr acercarse a él.

-Maldita sea, Jane, eres ya lo bastante mayorcito como para dejar de lloriquear y enmendar los errores. –bufó ella.

-Es un error que no puede enmendarse. –se defendió Jane sencillamente. Se puso en pie, dispuesto a alejarse de ella.

Pero Lisbon leyó claramente el fuego –odio, rabia, ira, desolación, pena- latiendo en su mirada.

Estaba lográndolo, pero no sabía por dónde seguir. Continuamente, una pequeña voz en su cabeza murmuraba «No seas injusta, su familia murió por su culpa. Acaba de dejar ir al asesino. Compréndele…»

Esa pequeña voz hizo que se quedase callada, indecisa.

-No juegues con fuego, Lisbon. –advirtió Jane, de espaldas a ella y ya en las escaleras. –Podrías quemarte.

Si se hubiese quedado en silencio, si hubiese resistido la tentación de sacar los colmillos, todo habría sido distinto.

Probablemente nada habría sucedido así, y quizá se hubiesen alejado irremediablemente el uno del otro, creando un abismo por las palabras no dichas que les separaría para siempre.

Pero Jane era una fiera herida, aún dispuesta a atacar; y, como tal, no pudo evitar morder al que le hostigaba.

Y luego fue tarde para volver atrás, por mucho que se arrepintiese.

- ¡No me da miedo quemarme! –le gritó ella con inusitada rabia. Jane, sorprendido de la violencia de su tono, se quedó paralizado en plenas escaleras. - ¡Me quemaré, si hace falta… pero no toleraré que te consumas tú mismo, tú solo!

- ¡Lisbon, no cargues en mí el peso de tu infancia traumática! –le espetó a su vez. - ¡Yo no tengo la culpa de que tu padre te pegase o que tu madre te abandonase con él, ¿vale? ¡Yo hice lo que pude para salir adelante, lo hice como mejor supe! ¡Pero no tuve otra idea mejor que soltarle al asesino en serie más buscado que era una criatura insignificante! ¿¡Cómo pude hacer algo tan estúpido, Lisbon? ¡¿Cómo pude arriesgar todo lo que tenía por algo de dinero, o fama, o… o yo qué sé qué! ¡Me quedé solo porque dejé que mi egoísmo se antepusiese a mi propia mujer, a mi propia hija! Las maté por… Dios, ya ni siquiera puedo recordar por qué. –lanzó una amarga carcajada antes de lograr serenarse y continuar. –Así que vuelve con tus traumas, Lisbon, y deja de restregarme los míos. Aquí todos estamos igual de atormentados. El problema es que los demás os encerráis en vuestra burbuja, os hacéis creer a vosotros mismos que estáis bien. Tal vez yo esté así de hundido porque me niego a pasar página, a cerrar los ojos para no ver lo que hice aquel día.

Lisbon, al igual que Jane, se quedó callada e inmóvil durante varios minutos, asimilando todo lo que Jane acababa de soltar.

-Yo no veo un "trauma". –dijo con voz vacilante. Se afanó en seguir con firmeza, no dejar que sus brechas, las viejas heridas que acababa de reabrir tan fácilmente, saliesen a la luz.

Probablemente Jane estaba demasiado sumido en sus descontroladas emociones como para percibir esas grietas en el escudo de Lisbon si ella las enterraba en lo más hondo de su ser.

-Veo un inmenso pánico a dejarlas ir, a dejar que descansen en paz. Porque estarías solo, sin ellas. Por eso eres incapaz de dar un paso adelante, vender la casa o quitarte esa maldita alianza. –respiró hondo, pues se había quedado sin aire por la velocidad con la que se había liberado de ese peso. –Veo el terror que te da arrastrar a alguien más a tu espiral de dolor, de rabia, de autocompasión y de odio, hacia RedJohn, hacia los que intentan ayudarte y hacia ti mismo.

-Claro que me da miedo. No sé si te has dado cuenta, pero es… -vaciló un momento, un odioso momento.-es exactamente lo que le pasó a Kristina.

-Más grande fue su error, teniendo de antemano tu… tu historia. Tú no la induciste. Es más, intentaste avisarla. Sé que es ese miedo el que te impidió llevarte bien con ella desde el primer día, desde que la conocimos.

-Kristina se parecía mucho a como era yo, ¿sabes? –murmuró Jane.

-Nadie tiene la culpa. –durante un momento se odió por lo que iba a decir. –Ese don para observar que tenéis los dos os hace cometer ese tipo de errores.

-Pude haberla ayudado. –confesó Jane.

Abatido, se sentó sobre las escaleras.

-Si sólo… hubiese insistido más. –agregó en un susurro.

-Tal vez tuvieseis que pasar por eso para aprender que no todo es como lo veis. –dijo Lisbon ácidamente. Intentó en vano que su resentimiento por todo lo que habían trabajado juntos se apoderase de sus palabras. –Reconozco que tienes mala suerte, o quizá poca consideración con los demás. Pero no puedes dejar que eso te domine. Ya hemos hablado más de una vez sobre esto.

-Gracias por el intento, Lisbon… -musitó Jane. Terminó de subir los escalones y se encerró en el baño.

De repente, Lisbon se dio cuenta de que tenía muchísima hambre, más que sueño.

Así que hizo una de las cosas que más odiaba.

Primero vino lo fácil, acercarse andando hasta una estación de servicio para comprar lo más rápido y fácil de hacer.

Luego llegó lo que detestaba.

Dejar la pistola a su lado y, completamente indefensa, ponerse a cocinar.


Fin del capi 4. Y se sigue alargando...

Bueno, lo de siempre. Gracias a cualquier review habido y por haber y espero que os haya gustado la lectura.

salu2