Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Amy J. Fetzer
Capítulo Tres
Su madre no había criado a ningún grosero y Edward había intentado disculparse por sus comentarios la noche anterior. Pero Bella solo había dejado el número de un busca y no creía que lo contestara. El otro número que tenía era el de Alice y no le atendia.
Hubiera jurado que apetecía explicarle la situación. Al lo pondría por los suelos y ya se sentía bastante mal por haber insinuado que Bella podía ir a la caza de un hombre.
Y además, tampoco le hubiera dado el número de teléfono de su casa, pensó mientras se ajustaba las mangas de la americana. El ruido del piso inferior había disminuido y ahora le llegaba una suave melodía. Edward se acercó a la ventana que daba a la calle y frunció el ceño al ver las limusinas en su camino. Abandono su habitación, se apresuró a bajar al recibidor para quedarse paralizado ante la imagen que vio desde arriba.
Hubiera jurado que estaba en otra casa.
La ventana del arco estaba cubierta por una cortina de suave color crema. En la consola de delante había un florero cargado de flores de magnolia con ricas hojas verdes brillantes reflejando las llamas de la multitud de velas que lo rodeaban. Cuando llegó abajo, cruzó el recibidor y se quedó parado en seco. Ella lo había cambiado todo. El salón estaba decorado con mesitas de café en círculo. Las puertas correderas de cristal estaban abiertas y… ¿eran aquellas sus cortinas? Habían sido atadas con lazos verdes y retiradas con guirnaldas de magnolias. Maldición, se suponía que iba a encargarse del banquete, no a dejar su sello personal por todas partes.
Frunciendo el ceño, iba a ir a buscarla cuando sonó el timbre de la puerta. Se dio la vuelta para responder justo cuando un joven, el mismo que estaba en el garaje la tarde anterior, se apareció tras él. Edward hizo un gesto para abrirla él y cuando encontró a Lauren esbozó una leve sonrisa.
—Hola, Lauren. Estás tan encantadora como siempre.
—Y tú también –dijo ella dándole un beso que tuvo que soportar.
—No me llamaste.
—Estuve ocupado.
Ella suspiró con una sonrisa un poco forzada y Edward contempló por encima de su cabeza las limusinas vaciarse y sus invitados avanzar por la acera. ¿Dónde estaba la señorita Swan? Se preguntó mientras estrechaba las manos a sus socios y jefes de división.
—¡Oh, Edward! Ha sido un detalle que nos recogiera la limusina a todos –dijo Anna Marsh, una de sus socias ante todo el grupo que asintió—. Ahora no tendremos que preocuparnos por beber demasiado, conducir o buscar taxis. Gracias, por ser tan considerado.
—De nada. Esa era la idea, supongo.
—Buenas tardes y bienvenidos a Savannah –los invitados se volvieron al oír la voz femenina—. Soy Bella Swan, la anfitriona del señor Cullen para esta fiesta. Pasen.
Cuando cerró la puerta, Edward se dio la vuelta. Se quedó con la boca abierta.
—Les invitamos a que vengan a disfrutar del patio. El buffet está listo para cuando les apetezca y Jacob, nuestro camarero, puede prepararles lo que deseen, pero les recomiendo Placeres del Sur. Es una estupenda bebida preparada con melocotones frescos de Georgia –estaba diciendo señalando con elegancia el camino y saludando a la gente al pasar por delante de ella. Hacía su papel muy bien.
Pero era la mujer la que llamó su atención, eso y todas sus hormonas desatadas.
En el asunto del vestido también había acertado. Era elegante y de un tono vibrante que contrastaba con la clara decoración. El pelo, mechones ondulados sueltos, le resaltaba el fino cuello pálido. Pero nada desviaba su atención del cuerpo enfundado en aquel vestido de encaje azul y las sandalias altas. De tirantes, con un escote que mostraba el comienzo de sus senos, resaltaba sus curvas y las magníficas piernas. Edward tragó saliva y sintió el impulso de cubrirla con su americana.
—Está preciosa, ¿verdad?
Edward desvió la mirada de Bella a Lauren.
—Es la ayudante, Lauren.
—Será mejor que no lo olvides –dijo ella pasando por delante de él para entrar en el comedor.
Edward frunció el ceño a espaldas de Lauren.
Entonces deslizó la mirada por su salón, la profusión de flores naturales de magnolia aromatizaba el aire e inundaba las esquinas. Los sirvientes se movían entre los invitados, todos vestidos con pantalones verdes, camisa crema y chalecos de brocado verde oscuro a juego con la decoración. Las mesas del buffet estaban apiladas contra las paredes con guirnaldas de flores en los manteles y las mesas de café tenían cada una un centro de maravillosas frutas rodeado de hojas de magnolia. En cada centro había una vela que daba a la habitación una suave iluminación. Sin embargo, en lo primero en que se fijó fue que los invitados estaban sonriendo y charlando entre ellos. Algo extraño, pues sus fiestas solían ser bastante rígidas y breves.
Bella se acercó con una bandeja.
—¿Un brandy, señor Cullen? ¿O prefiere otra cosa?
—Gracias, señorita Swan –dijo con un brillo de simpatía en los ojos que ella notó.
—¿Señorita Mallory? –le ofreció a Lauren una copa de champán, su favorito según se había enterados por Alice.
Aunque lo aceptó, su sonrisa fue casi una mueca y Bella decidió que era un buen momento para escapar. Se dio la vuelta al instante para atender a otro invitado.
Edward la observó un instante antes de dedicar la atención a sus invitados, con Lauren a su lado.
—Bueno, estoy impresionada –admitió Lauren después de una hora.
Y él también lo estaba. La casa entera y el jardín tenían un ambiente sureño que les gustó a sus invitados. Su patio, normalmente desnudo, estaba cargado de plantas y flores en macetas, la barra situada bajo la parra iluminada con difuntas bombillas. Unas antorchas altas iluminaban el espacio sumándose a las velas situadas en cada una de las doce más. Había sillas de jardín de hierro y Anna Marsh y Steve Reynolds, una pareja que raramente hablaba, estaban sentados charlando amigablemente. Con Bella. Su expresión era abierta y animada mientras recogía vasos usados y presentaba a unos invitados a otros. Las risas inundaban el jardín. Otra novedad, pensó al dar un sorbo. Edward también se movió entre los invitados cruzándose con Bella bastantes veces, pero ella se apartaba discretamente cuando él se acercaba.
Cuando Bella tenía que dirigirse a él, era con una blandura que le molestaba como si lo abofeteara. Sin embargo, era cierto que Lauren le monopolizaba por completo. Cuando entró en el comedor, esperó que al menos la cena le hiciera reunirse con los demás, pero al mirar a su alrededor, la encontró discretamente apartada en una esquina explicando a los invitados las exquisiteces de cada plato al pasárselos.
—Hay gambas fritas, asadas y rellenas de cangrejo, jamón asado, pan de maíz, sopa de cangrejo y…
Al proseguir, les contó historias locales adornándolas con detalles históricos y sus amigos e invitados la escuchaban con la misma voracidad con la que comían.
Excusándose un momento ante Lauren, se acercó a Bella para contar:
—Un trabajo excelente, señorita Swan.
Bella volvió la cabeza para mirarlo.
—Gracias. Nuestra intención era agradar. ¿Se alegra de haber confiado en mí?
—Sí, mucho –se apartó un poco para deslizar la mirada por su figura—. Está espectacular.
—Gracias. Las caza hombres intentamos todas nuestras armas contra nuestras presas –dijo con suavidad antes de darse la vuelta para servir a alguien la carne asada.
Edward suspiró suponiendo que se lo merecía y sin embargo, comprendió que ella no iba a darle la oportunidad de disculparse. Agarró un plato, lo llenó y se fue al lado de Lauren. La comida era increíblemente buena y Edward casi hubiera deseado que no lo fuera. La fiesta era impecable y todos los halagos de los invitados le hicieron reconocer que había hecho una elección perfecta. Solo hubiera deseado que la organizadora no se le hubiera metido en la cabeza.
Media hora más tarde, la música cambió y se hizo más animada. Cuando salió al patio y vio a Anna Marsh y varios otros bailando en el centro que Bella había ordenado despejar de mesas.
—¿Sabe alguien bailar el shag? –preguntó Anna.
Bella abrió los labios y los cerró al instante, pero Ana lo notó.
—Oh, tú saber ¿verdad, Bella?
Ella miró a Edward pidiéndole permiso en silencio. Él asintió, dio un sorbo a su copa y observó cómo Bella tomaba la mano de Kyle y le daba instrucciones. Era buena y se metía en la música, sin embargo, no se entretuvo mucho con Kyle, sino que se dirigió al viejo Stevenson para enseñarle. Era la anfitriona perfecta. Anna buscó a otra pareja y pronto casi todo el mundo se había reunido en el patio. Bella también bailaba y su dulce trasero se balanceaba al compás de la música.
Los hombres coqueteaban con ella y Edward apretó la mandíbula con desagrado. Lauren le agarró de la mano para llevarlo a bailar y tuvo que posar la copa apresurado para seguirla. Las canciones no se interrumpían y la gente cambiaba de pareja en la misma pista. Edward bailó con Anna y al terminar se encontró frente a Bella.
Ella miró hacia la mesa más cercana llena de vasos usados, pero él la tomó de la mano.
Ella lo miró a los ojos.
—Seguramente no querrá…
—¿Por qué no? ¿Asustada?
Su mirada le dijo que había preguntado una tontería.
—Estoy contratada para trabajar, no para divertirme hasta que los invitados se vayan.
—Y yo pagaré las facturas –contestó él rodeándole la cintura con el brazo y empezando a bailar.
—No, para esto no.
Él mantuvo su mirada y sintió varios pares de ojos observándoles, incluyendo a Lauren.
—Es solo un baile.
—¿Siempre usa la ventaja para conseguir lo que quiere?
La expresión de Bella se hizo dulce, pero él notó el enfado tras ella.
—Siempre.
La música era suave y lenta y él la atrajo más.
Bella frunció el ceño.
—Señor Cullen…
—¿Sí, señorita Swan?
Dios, olía de maravilla.
—Está demasiado cerca.
—Eso depende de la perspectiva. Y a ellos –hizo un gesto hacia los invitados—, no les importa a estas alturas. ¿Sabe que la llamé al busca?
—Lo sé. Cuatro veces.
—Quería castigarme.
—Por muy santa que sea, los milagros no son mi especialidad.
Por encima de su cabeza, Edward miró su casa y a los invitados.
—Pues yo diría que aquí ha hecho un milagro –bajó la mirada hacia ella—. Lo siento.
—Disculpa aceptada.
Edward frunció el ceño.
—Pues no ha sonado así.
Ella batió las pestañas con dramatismo.
—Bueno, estoy muy agradecida de que pierda su valioso tiempo en preocuparse por una cosita como yo –él sonrió y Bella puso expresión normal aunque con un toque de sarcasmo—. Actuó como un auténtico grosero, ¿lo sabe?
—Sí, lo sé.
—Esa va por lo de caza hombres.
—No sabía que estuviéramos en guerra.
Bella suspiró regañándose para sus adentros. Ya se había disculpado y enfrentarse a él no le iba a dar buenas referencias para otros trabajos.
—El Sur se ha rendido, señor. La bandera blanca está izada.
Él la miró un segundo.
—Yo no soy de aquí. Me trasladé hace solo diez años, cuando amplié mi empresa. Soy de Ohio.
Bella enarcó las cejas.
—Un yankee.
Aquello sí era una novedad para ella, sobre todo porque tenía un acento sureño muy bonito.
Cuando Edward sonrió, el estómago le dio un vuelco.
—Ya he ganado más puntos negros.
—Todavía no he bajado la bandera blanca –le recordó ella con una sonrisa.
Asintiendo, Edward la desplazó por la pista, su mano cálida y pequeña dentro de la de él, su cuerpo irradiando un calor que no tenía nada que ver con la húmeda noche de Savannah. Bella mantenía una distancia respetable entre ellos y sin embargo, su mano se deslizaba de su hombro de vez en cuando acariciándole la tela. A Edward le gustó la sensación.
—No le caigo bien, ¿verdad?
—No le conozco lo bastante como para emitir un juicio así –sus labios se curvaron—. Digamos que no está a la altura de mis expectativas.
A Edward no le gustó cómo le dolió aquello y estaba a punto de hablar cuando la música se hizo más animada. Ella pareció excitada de repente.
—Esta es una de mis canciones favoritas.
—Entonces vamos a aprovecharla –la movió hacia el centro de la pista sintiendo que se acompasaba a su ritmo a regañadientes—. ¿La sabes bailar?
—Prepárese para un buen rock, chico rico.
—Ya está levantando las trincheras de nuevo, querida –dijo antes de darle una vuelta y apretarla con fuerza contra su pecho.
—No está mal para un ejecutivo.
—¿Está diciendo que estoy rígido?
—No. Solo tenso.
Él frunció el ceño confundido y afrentado al mismo tiempo. Bella se rió. Le gustaba que él no tuviera todo el tiempo el control. Los dos siguieron realizando los pasos sin darse cuenta de que los invitados habían parado para mirarlos.
A Bella le sorprendió su gracia y la ligereza que sentía en sus brazos.
—¿Dónde aprendió?
—No he sido siempre el presidente de una compañía.
Ella le dirigió una mirada de completa incredulidad y él sonrió.
—Mis padres eran unos excelentes bailarines. Como usted.
—Usted también, yankee.
—No me considero un yankee, señorita Swan.
—Hasta que no conozca a alguien llamado Bubba, seguirá siendo un yankee.
Edward lanzó una carcajada que vibró en su pecho y que hizo que las cabezas giraran hacia ellos cuando le dio unas cuantas vueltas y terminó atrayéndola contra sí. El impacto la dejó sin aliento y Bella abrió mucho los ojos aferrada a sus antebrazos. Nada en su vida la había preparado para la exquisita sensación de aquellos músculos apretados con fuerza contra su cuerpo. Sintió un vuelco en el estómago.
Con un brazo solo alrededor de su fina cintura, Edward la arqueó para acabar la canción. Los invitados aplaudieron y silbaron entusiasmados y Edward y Bella se miraron atrapados.
Cada nervio de su cuerpo cosquilleaba con la sensación de ella contra él, cadera con cadera, y en su mente la vio así, arqueada mientras él lamía su suave piel desnuda. Se excitó y fue incapaz de controlarlo y supo que ella lo había sentido en cuanto la miró a los ojos. Entonces, con un destello de provocación, Edward quiso que supiera el peligro que constituía un hombre como él.
Se enderezó despacio y la miró con sensualidad.
—Gracias, señorita Swan.
Pero no la soltó y el contacto era tan ardiente que pensó que se carbonizaría allí mismo.
Bella tragó saliva. El cuerpo le pedía a gritos que se frotara contra él, su boca moría por sentir la de él.
—De nada, señor.
Entonces se zafó de sus brazos y miró a los invitados con una reverencia de agradecimiento.
Edward no despegó los ojos de ella, que empezó al instante a recoger vasos y platos en una bandeja que le pasó a uno de los sirvientes mientras animaba a los demás a que siguieran bailando.
—Tienes que enseñarme eso.
Edward desvió la mirada a su lado para mirar a Lauren.
—Cuando quieras, Lauren.
La atrajo a sus brazos y bailaron despacio. Sin embargo, en lo más hondo se moría de ganas de sentir a Bella, oscura y sensual como la neblina nocturna.
Poco a poco, los invitados fueron partiendo y Edward se sintió halagado cuando Bella sacó una cesta y les dio a cada uno un regalo de un jabón casero de la localidad atado con tul y un lazo. Su atención había sido todo un éxito y Edward deseó poder hacer algo más que pagar la factura. Pero sus pensamientos se centraban en la parte equivocada de su anatomía cada vez que ella estaba delante.
Cuando despidió al último de los invitados, Bella se apresuró a volver a la cocina mientras Edward permanecía en la puerta viendo a las limusinas alejarse. Se aflojó después la corbata inquieto y entró. El personal alzó la vista de su trabajo de empaquetado en cuanto lo vieron.
—Han hecho un trabajo estupendo todos. Les estaré eternamente agradecido.
—De nada, señor Cullen –contestaron todos al unísono.
Bella apareció tras él y Edward bajó la vista. Él estaba sudoroso y cansado y que lo ahorcaran si no parecía que ella acabara de salir de la ducha.
Ella se inclinó contra la encimera y con una mirada maliciosa, le pasó la factura.
La mirada de Edward se fijó en el total.
—No sabía que Alter Eight hicieran nada a este precio.
—Y no lo hacen. De hecho, con tan poca antelación querían cobrar tres veces más –él pareció confuso—. Contraté a Jasmine Nights de Abercorn –hizo un gesto a alguien y Edward vio a la mujer que había conocido el segundo día acercarse a él—. Esta es Christine Knight. Su empresa es la que ha hecho todo el trabajo en tan poco tiempo.
Edward le estrechó la mano, alabando sus esfuerzos y los de su personal y le aseguró que desde entonces siempre la contrataría a ella.
—Hágalo, por favor, pero avísenos con más de una semana de antelación, señor Cullen.
Edward se sonrojó al comprender que le había exigido demasiado a aquella gente.
—Ya está por esta noche, ¿no crees, Christine?
Christine asintió agradecida antes de mirar a Edward.
Él le hizo un gesto y ella lo siguió al estudio para firmarle un cheque.
Christine parpadeó ante la cifra.
Cuando Christine se fue, Bella lo miró a través del escritorio.
—Las sobras están en la nevera y el congelador en pequeños paquetes, señor Cullen.
—Puedes llamarme Edward, ¿sabes?
Ella se puso tensa.
—Preferiría no hacerlo.
Él se encogió de hombros como si no le hubiera afectado y dio la vuelta a la mesa, para sentarse en el borde.
—Me has salvado el pellejo.
—Seamos sinceros, señor Cullen. Le he salvado de que Lauren Mallory pensara que podía clavarle sus uñas de perfecta manicura francesa.
Él frunció el ceño. Estaba desesperado, ¿verdad?
Eso no pensaba reconocérselo ni aunque lo ahorcaran.
Bella agitó una mano para despedirse y agarró el bolso de la silla cercana a la puerta. Edward corrió tras ella cuando ya estaba abriendo la puerta principal.
—¿Puedo llevarte a casa? Es tarde.
—Gracias, pero ya tengo forma de ir.
Cuando salió, Edward vio a Jacob, el camarero, esperándola en una furgoneta roja fumando un cigarrillo. Le asaltó algo muy cercano a los celos y la miró queriendo decir o hacer algo, pero aunque la necesidad de besarla casi lo desbordó, solo extendió la mano. Ella se la estrechó con calidez.
—Ha sido muy agradable trabajar con usted, yankee.
Con esas palabras, se dio la vuelta y caminó hacia la furgoneta, con el bolso golpeando el trasero más sexy que había visto en toda su vida.
Edward siguió allí hasta que se alejaron antes de darse la vuelta y cerrar la puerta. Se apoyó contra ella inhalando el aroma a magnolias y sabiendo que nunca podría volver a oler aquellas flores sin pensar en ella.
Pero si pensó en ella. Durante una semana, su aroma y la sensación de su cuerpo contra el de él lo acosaron hasta el punto de irritarlo. Ninguna mujer se le había metido en los sentidos de aquella manera e intentó pasar tiempo con otras mujeres, cualquier mujer, para quitársela de la cabeza. Cuando consiguió pasar una noche entera sin que su imagen plagara sus sueños, pensó que lo había conseguido.
Sin embargo, un día más tarde, todo su mundo financiero dependía de tener una esposa.
Y ya mismo.
Y solo se le ocurría una persona que pudiera hacer bien aquel papel.
Veo que les ha gustado la historia. Leo todos los reviews que dejan. Muchas gracias! Y espero los de este capitulo (:
