Disclaimer

Dragon Ball es © de Akira Toriyama a excepción de Gabriel, personaje creado por la autora del fanfiction.


Capítulo cuatro: Cobarde.

Abrí los ojos con tanta pesadez como si se trataran de cortinas de acero. Me llevé las manos a la cara en un intento de despejarme algo más. Mi cabeza retumbaba, pero al menos no tenía el cuerpo entumecido. Me incorporé y fue cuando me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de donde estaba. Tampoco tenía mi ropa, si no una camisa de hombre que tampoco era de Gohan, la habría reconocido. Me levanté, y al investigar la habitación me di cuenta de que mi ropa estaba colocada en una silla frente a una estufa. Decidí salir de la habitación y me sobresalté al ver una silueta en lo que parecía la cocina.

—Veo que ya estás despierta –exclamó el hombre, que era el que me había sacado del río. –Eso me tranquiliza. –Esbozó una sonrisa y me tendió una taza de café. –Créeme, te va a sentar muy bien.

El hombre en cuestión era alto y estilizado, tenía el pelo muy oscuro y liso, casi a la altura de los hombros. Sus ojos eran de un color ámbar oscuro, y vestía con una jersey de cuello vuelto beige, una americana marrón y unos tejanos. Al fijarme en su ropa, me di cuenta de que yo no llevaba la mía e iba casi destapada, sentí como todo el calor de mi cuerpo se arremolinaba en torno a mis mejillas.

—Tu ropa estaba mojada y decidí cambiarte, no tenía nada más cómodo para ti… —dijo algo avergonzado. –Te prometo que no miré… más de la cuenta –bromeó. En ese momento quise tirarle el café tan caliente a la cara, pero tenía que hacer otra cosa.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo. –Opté por dejar la taza en la encimera—. Un hombre está muerto por nuestra culpa. –Notaba como mi tono de voz subía casi sin darme cuenta.

—¿Por nuestra culpa? Ni tú ni yo lo hemos tirado a ese río.

Una vez más, no daba crédito a lo que estaba oyendo de boca de ese hombre.

—Si está ahí, por algo será –dijo con una media sonrisa.

Y sin más preámbulos, le pegué un puñetazo en la mejilla que lo tiró con violencia al suelo, estaba totalmente llena de ira, y casi deseé que fuera él el hombre del río. Salí de la habitación antes de que volviera a pegarle, pues era mi intención. Volví a la habitación y me vestí lo más rápido que pude.

—Sé que lo que te digo son palabras duras. –Estaba bajo el marco de la puerta, con la mano sobre la mejilla golpeada. –Pero sé de qué estoy hablando…

El sonido de un teléfono móvil lo interrumpió. Lo sacó de su bolsillo y cogió la llamada no sin antes darse la vuelta y marcharse a través del pasillo.

—El trabajo está terminado. Me he asegurado de que nadie lo haya visto –dijo. —¿Una aeronave amarilla? No había nada allí cuando yo me acerqué.

Mi corazón comenzó a latir algo más fuerte, ¿estaba hablando de mi aeronave? Cuando pasó todo aquello, la dejé bien visible de lo rápido que salté al río. Mil ideas se me estaban viniendo a la mente, ¿y si él era uno de ellos? ¿Realmente estaba hablando de mí o era una paranoia por todo lo ocurrido? Sea lo que fuere, decidí que debía marcharme y alejarme de aquel tipo cuanto antes.

Asomé la cabeza por el pasillo, pero no lo vi. Aproveché para recorrerlo sigilosamente en dirección a la puerta. Estaba a punto de agarrar el pomo, pero su mano cogió su brazo. No pude evitar sobresaltarme y girarme algo asustada. Si realmente era peligroso, no podía dejarme marchar, puesto que era una testigo de todo el suceso. Sonreía con tranquilidad y casi con amabilidad, cuando me di cuenta, en su otra mano sostenía mi taza de café.

—Aún no te lo has tomado. Vamos al salón y podrás hacerlo con tranquilidad. –Tiró de mí con suavidad y me condujo hasta una sala con grandes ventanales.

Ya era de noche y desde allí había unas vistas imponentes de Ciudad Satán. Me indicó con un gesto caballeroso que tomara asiento en uno de los suaves sofás que había por la habitación, la cual estaba decorada con sobriedad. Cuadros de arte moderno monocromáticos, estanterías negras y sofás del mismo color que resaltaban con la pared blanca. Una habitación tan elegante como lo aparentaba él.

Creo que fue por miedo que obedecí y me senté algo nerviosa, dejé la taza en una mesa baja de cristal que había frente al sofá. El tipo se sentó a mi lado.

—Mi nombre es Gabriel –dijo.

—¿Vas a hacerme daño? –El pánico cundió en mi cabeza y la pregunta salió de mi boca instintivamente.

—¿Hacerte daño?

—Te he oído hablar por teléfono –titubeé. –Dijiste que no hubo testigos y hablaste de una nave amarilla como la mía. ¿Eres uno de ellos y vas a terminar el trabajo?

Sus ojos se abrieron como platos y soltó una sonora carcajada. No entendía aquella reacción, ¿mi miedo resultaba divertido? ¿Así funciona la mente de un asesino, riéndose del terror de sus víctimas?

—Por lo que veo, jugar a "Policías y ladrones" es algo que te gusta, ¿verdad?

—¡Si vas a matarme hazlo de una vez! –Me eché a llorar de una manera escandalosa. Sólo podía pensar en Gohan, en Pan, en mi padre y en los demás.

El hombre siguió riéndose, y entonces introdujo una mano en lo que parecía el bolsillo interior de su americana. Ya está, sacaría la pistola y ahí acabaría todo.

Pero no recibiría un balazo si podía evitarlo. Me abalancé sobre él y lo inmovilicé en el suelo. Algo cayó al suelo procedente de su mano, ¿había conseguido desarmarle? Cuando miré la supuesta pistola, vi que no era más que una caja de pastillas para la tos y un pañuelo de seda. Incrédula, volví a mirarle. Yo estaba sobre él sujetándole los brazos. Gabriel estaba boca arriba, con los ojos muy abiertos. Mis lágrimas se seguían derramando y cayeron sobre su ropa.

—Sólo quería darte un pañuelo. Necesito que te tranquilices, ¿vale? No voy a matarte.

Tras unos segundos, me quité de encima de él y me sequé las lágrimas con mi chaqueta. Suspiré y no levanté la vista del suelo.

—¿Cómo te llamas? –preguntó. Le miré. Seguía con esa expresión amable que no había perdido ni siquiera durante mi ataque. No niego que me tranquilizó su trato cordial y admito que a partir de entonces bajé la guardia.

—Videl.

—Encantado de conocerte, Videl. Como te dije antes, mi nombre es Gabriel. –Me tendió la mano y yo la estreché.

—Con respecto a lo que hemos visto… —Quería zanjar el tema cuanto antes, la opresión que sentía en el pecho era demasiado fuerte.

—Esto funciona así –explicó. –Ellos ajustan cuentas, no matan indiscriminadamente. Si te hubiera dejado rescatarlo, esa gente tendría que haber ajustado cuentas contigo. Tienen ojos y oídos en todos sitios.

—En ese caso, gracias –dije. –Mi sentido de la justicia está demasiado desarrollado, y eso trae problemas al fin y al cabo.

—He de reconocer que me sorprendió ver a una persona lanzarse a rescatar a un hombre que claramente iba a morir por asesinato. Hay que tener valor para eso. Y algo me dice que no fue una simple subida de adrenalina.

—Fue una mezcla de la adrenalina y… Una adolescencia marcada por algunos sucesos –dije con una especie de risa nerviosa.

—Ah, fuiste una adolescente rebelde que causó muchos problemas a sus padres, y de hecho pasó alguna noche que otra en algún calabozo de la policía… ¿Qué fue? ¿Delincuencia juvenil? ¿Acosadora estudiantil? –bromeó. No pude evitar reírme. —Pensé que nunca te iba a ver sonreír.

Le miré avergonzada con una sonrisa tímida. La verdad es que Gabriel era un tipo bastante atractivo. Su elegancia natural era como un imán. Su móvil volvió a sonar y tras disculparse, se levantó para marcharse a hablar en la cocina. Oí carcajadas y chistes por su parte, por lo que me tranquilicé.

En ese momento me acordé de mi teléfono, el cual estaba apagado debido a que me zambullí con lo puesto en el río. Cuando quise mirar la hora observé que era tardísimo, y me levanté con rapidez. Me asomé a la cocina para darle una señal a Gabriel.

—Tengo que dejarte… Sí, hasta luego. –Colgó el teléfono y se acercó a mí.

—He de marcharme, estarán preocupados en casa.

—Anda, la justiciera tiene familia esperándola frente al fuego de la chimenea. –Me condujo hasta la entrada del apartamento y me devolvió las cápsulas de la aeronave. –Una aeronave de la Corporación Cápsula… Debes tener mucho dinero o trabajar allí.

—Más bien lo segundo. La dueña es amiga íntima de la familia.

—Además de justiciera, la favorita de la jefa. Eres como las heroínas perfectas que se ven en los dibujos animados –bromeó. –Ha sido un placer conocerte, Videl. Siento que hayas tenido que presenciar algo tan duro. No debe ser fácil.

—No, no… Estoy bien. Gracias. Y… Siento lo del placaje. Supongo que mi cabeza entró en un modo paranoico y me creía cualquier cosa. Gracias Gabriel, hasta otra. –salí al corredor y tomé el ascensor. Se despidió de mí con un gesto de su mano.


Olía a la humedad tan agradable que deja la lluvia. Respiré muy profundamente y lancé la cápsula de la aeronave. Me monté en ella y aceleré. Lo único que quería era llegar a casa cuanto antes.

Sonreí de manera instintiva al ver mi pequeña casa perdida en el campo. Las luces estaban encendidas, seguro que Pan y Gohan estaban preocupados por mí. Si pudiera encender mi móvil, apuesto que me habría encontrado unas veinte o treinta llamadas perdidas. Metí las llaves en el cerrojo y abrí la puerta.

—Ya estoy en casa —anuncié.

—¡Videl! –Como si tuviera un resorte, Gohan se levantó del sillón para venir a mi encuentro, me abrazó con fuerza. –Estábamos preocupados por ti. Tenías el teléfono apagado, y cuando llamé a casa de tu padre me dijo que te habías ido poco después de haber comido. ¿Dónde has estado? ¿Estás bien?

—Cálmate, Gohan. Estoy bien. He estado… Paseando. ¿Y sabes que es lo más gracioso? ¡Que mi móvil cayó a un cubo de agua en casa de mi padre y se echó a perder! No me di cuenta de la hora que era. Siento haberos preocupado. –Tuve que inventarme esa historia a un ritmo vertiginoso. Para evitar más preguntas, miré por encima del hombro de mi marido para ver a Pan, la cual estaba dormida en el sofá.

—Lo ha intentado, pero… No ha podido quedarse despierta. No dejaba de repetirme "Papá, estamos hablando de mamá. No sé de qué te preocupas" –confesó.

Sonreí tiernamente a mi marido y le besé con suavidad.

—Y tu hija tiene razón –afirmé. —Llévala a la cama y acuéstate. Voy a darme una ducha rápida y también me iré a la cama.

Subí las escaleras con agilidad y me metí en la ducha con el agua más caliente que recordaba haber puesto nunca.

Mientras me enjabonaba y dejaba que el agua hiciera su trabajo, hice un resumen de todo lo acontecido. Estaba tan feliz de llegar a casa que cuando me paré a pensarlo con la cabeza fría, recordé que ese hombre estaba muerto por… Por no haberme comportado como debería y no haberme lanzado de nuevo al río. Estaba muerto por mi cobardía. Y yo nunca, nunca he sido una cobarde.

Salí de la ducha desanimada. Gohan ya estaba en la cama, y aunque también lo intentó, no pudo esperar a que terminara despierto. Pensé que era lo más tierno que había sobre la faz de la Tierra, y cuando me acosté, me acurruqué junto a su cuerpo caliente. Él se desperezó al notar como me acercaba a él y me abrazó. Supe que al fin y al cabo, iba a dormir bien.


Freetalk: Está bien, está bien, os haré un pequeño adelanto… ¡A partir del 4 empieza la acción! Quedaos con este nombre: Saeta Escarlata.

Gracias por vuestros reviews diciendo que os gusta la historia.

Loregar: Me alegro de haberte sorprendido con la continuación. ¡Espero que sigas leyéndola a partir de ahora!

LDVG: Gracias por tu comentario. ¡Seguiré esforzándome!