Fuego en la sangre
Regalo para Sadie Mapes
Se permitió olvidar por un momento, aquel rencor y odio que le quemaba por dentro. Al menos por una hora o dos, quién sabe… las sesiones de amor eran largas.
Tomó a Ellaria por las piernas y con un ágil movimiento la coloco encima de él. Besó sus labios con pasión y los mordió, extasiado por el momento.
Su esposa, su amante, amiga, su puta, su todo… ella era su otra mitad. Y, aunque nunca le dijese "te amo" (pues, como todos los dornienses, Oberyn no creía en el amor) su corazón latía violentamente al probar el sabor de sus besos.
Se deshizo de la poca tela que cubría la desnudez de su mujer, apretando con sutileza su cuerpo. Ya sentía venir el momento.
Los cabellos sedosos y oscuros como tinieblas resbalaban de su mano. Ellaria dormía plácidamente tras la ardua tarea del amor. Oberyn era su devoto más fiel, aquel que nunca la dejaría por otra mujer. ¿De qué vale tener miles de amantes si nadie se compara a ella? pensaba constantemente al observarla con una inmensa sonrisa en sus labios. No en vano fue la madre de sus cuatro hijos, de sus criaturas con fuego en la sangre.
No se arrepentía de la decisión tomada, ni del enfrentamiento que tendría lugar en pocas horas. Se odiaba a sí mismo por haber esperado dieciséis años para vengarse. "Demasiado tiempo cavilando, demasiado" masculló.
Se puso en pie, ataviándose de sus mejores ropajes. Le importaba un bledo el enano de los Lannister, el solo proclamaba venganza. Esperaba ansioso la próxima muerte de la montaña, aquel monstruo que deshonro a su hermana y asesino a su pequeño sobrino. Nada le daba más felicidad en el mundo que verlo muerto.
—Amado mío—Ellaria habló con voz trémula, alisándose el vestido—Ganarás, ¿Verdad? Vuelve, por favor.
Oberyn reparó en el evidente miedo en su voz, y trazando sutilmente el perfil de su divino rostro que connotaba desasosiego dijo, restándole importancia al asunto:
—Te seré sincero, mi querida—bajo la vista, rehuyendo a su mirada—No sé si regresaré con vida. No, no digas nada. Quiero que me prometas algo.
La mujer reprimió las lagrimas que amenazaban con salir de sus grandes ojos negros, tratando de ser fuerte. Haría todo lo que su víbora le pidiera, todo.
—Dime, Oberyn
—En caso de que yo no vuelva…—su mujer interrumpió, hablando desesperada, pero él la acalló con un gesto de la mano—regresarás inmediatamente a Dorne. Es una orden.
Ellaria asintió, con las mejillas húmedas. Su corazón parecía latir lentamente, el pecho se le oprimía de la angustia. Su instinto le decía que quizás Oberyn no volvería. Acalló el dolor besándolo desaforadamente, a él, el amor de su vida.
Oberyn partió con el corazón roto, sabiéndose su suerte. No le importaba no volver.
