El festival anual de cometas es una de las mejores cosas de la primavera, junto con el final del curso escolar, dentro de dos meses, y que empieza a hacer calorcito.
El festival de cometas tiene sus reglas. La verdad es que nunca me han interesado demasiado. Normalmente suelo ir a ver los diseños de las cometas nuevas. Después le pido a alguien prestada la suya para volarla un rato. Este año he venido con Santana y Rachel. Rachel presenta su cometa a la competición. La ha hecho ella misma.
Aparentemente, esa es una de las reglas, según el folleto que estoy leyendo, por primera vez en mi vida. La cometa que vueles en el concurso tienes que haberla hecho tú mismo o alguien tiene que haberla hecho para ti. Mucha gente trae sus propias cometas para volarlas simplemente por diversión, pero, a menos que sean artesanales, no puedes participar en la competición. Otra de las reglas es que las cometas no pueden pesar más de dos kilos. Algunas son tan enormes que me cuesta creer que pesen menos.
Los participantes pueden optar a los siguientes premios:
* Cometa más grande.
* Cometa más pequeña.
* Cometa más original.
* Cometa de cincuenta metros.
* Cometa con mayor ángulo.
* Cometa con mayor tirada.
* Cometa más estable.
El parque se está llenando de participantes y curiosos. Mires donde mires, cometas de vivos colores flotan en la brisa. Es alucinante lo trabajadas que están algunas. Las que tienen forma de dragón, otras con forma de mariposa y unas con muchas espirales. En conjunto, resulta de lo más impresionante.
Extiendo una manta bajo un árbol. Santana abre su nevera portátil y me da mi botella de agua. Siempre llevo una botella de acero inoxidable con agua porque bebo mucha. Me niego rotundamente a beber bebidas carbonatadas. Las bebidas carbonatadas te destrozan el aparato digestivo. No quiero que me pase eso.
Rachel está al otro lado del césped, mirándonos. La saludo con la mano. Nos sonríe cuando nos ve acercarnos. Tiene un dorsal con el número quince pegado a la blusa.
–Es una pena que me hayan puesto en la competición de los adultos –dice Rachel. En el folleto dice que en la competición de adultos compiten los que tengan de dieciséis años en adelante –. Hubiera dejado a esos chicos por los suelos.
–Todo el mundo sabe que eres un as de las cometas –dice Santana –. Por eso te han puesto con los adultos. Los niños tenían miedo de ti.
Santana da un brinco y rodea a Rachel con los brazos. Ella le devuelve el abrazo.
La cometa de Rachel parece un lazo gigante, y tiene un montón de colores y estampados. Me encantaría que me contara cómo la ha hecho.
– ¿Cómo decidiste qué forma darle a tu cometa? –pregunto.
–Pues… básicamente, por la aerodinámica. Y por una larguísima y aburrida historia que no voy a contar aquí.
–Oye –se queja Santana –, nunca me has contado esa historia.
–Seguramente porque es larguísima y aburrida.
– ¿En qué categoría compites? –pregunto yo.
–En la carrera de cincuenta metro y en la cometa con mayor ángulo.
–Ah –asiento como si supiera qué significa "cometa de mayor ángulo"
La verdad es que el folleto no lo explica.
Rachel apoya su cometa en el suelo con cuidado. Después abre la nevera portátil y se pone a rebuscar.
– ¿Hay refresco de uva?
–Lo siento –dice Santana –. No me quedaban.
En su lugar, toma agua. Santana se está poniendo protector solar, aunque solo es abril y aún no hace mucho calor. El año pasado aprendimos lo importante que es echarse crema por la vía del sufrimiento. Era un día como hoy, frío y nublado. A mi ni siquiera se me ocurrió traerme protector solar. Al día siguiente, en el instituto, tenía los brazos tan quemados que todo el mundo me empezó a llamar Pinzas de Langosta. Me sentí humilladísima. El color natural de la piel de Santana es más oscuro y es como si siempre estuviera bronceada, así que nadie se dio cuenta de que también estaba un poquito quemada.
Rachel se sienta con nosotras en la manta.
Retomo la conversación y digo:
–Bueno, y… ¿qué es eso de la cometa con mayor ángulo?
–Consiste en quedarse quieto en un punto y ver a qué distancia de tu cabeza consigues que vuele tu cometa.
– ¡Vaya! ¡Eso es genial!
–Para esa competición, todos los participantes se ponen en fila y el jurado evalúa en ángulo que la cometa tiene respecto del horizonte.
–Me acuerdo de la carrera de los cincuenta metros del año pasado –dice Santana –. Tienes que hacer que la cometa vuele durante toda la carrera, ¿verdad?
–Exacto –Rachel me mira –. ¿También viniste el año pasado?
–Vengo todos los años. Me encantan las cometas.
– ¿En serio?
–Las cometas son geniales. También me encantan los globos aerostáticos.
– ¿Alguna vez te has subido en uno?
–No, pero, ¿sabes que a veces aterrizan junto a Smoke Rise?
– ¡Claro! ¡He estado allí muchísimas veces!
–De pequeña, cada vez que veía un globo aerostático, hacia que mi madre se subiera al coche y lo seguíamos. Después salíamos para contemplarlo aterrizar.
–Tu madre parece genial.
– ¡Santana! –un niño viene corriendo hacia nosotros. Debe de estar en quinto o sexto de Primaria –. ¡No sabía que ibas a venir!
– ¿Y en que otro sitio podría estar? –Santana se agacha para abrazarlo. Parece muy feliz de verla, como siempre que un niño se acerca a Santana. Ha sido la niñera de casi la mitad del los niños de la ciudad –. Chris –dice –, ¿conoces a Rachel, verdad?
–Sí, claro –dice Chris –. Hola.
– ¡Hola! –responde ella.
No parece que Chris esté muy dispuesto a darle un abrazo.
–Y esta es mi amiga Quinn –dice Santana –. Soy la tutora de Chris –me informa.
Santana ha empezado a dar clases particulares con Rachel en la Escuela Primaria. Rachel lo hace desde el año pasado y llevaba un tiempo intentando convencer a Santana de que le iba a encantar. Le viene como anillo al dedo. El único motivo por el que ha tardado un poco en decidirse era que no sabía como acomodarlo con el resto de su horario. Sobre todo desde que su horario consiste cada vez más pasar tiempo con Rachel.
– ¿Cómo van las matemáticas? –pregunta Santana.
–A ninguna parte –protesta Chris –. La parte matemática de mi cerebro no funciona.
–Sí, lo hace. Te ayudaré. Ya verás.
–Espero que tengas razón.
– ¿Dónde esta tu familia? –pregunta Santana.
Chris señala hacia una zona abarrotada de niños pequeños. Su madre está intentando simultáneamente que un bebé pare de llorar, que dos niños no se maten y que una niña se deje atar un lazo en el cabello.
– ¿Por qué no vas a ayudar a tu madre? –dice Santana –. Nos vemos el martes, ¿te parece?
– ¡Sí! –responde Chris –. ¡Adiós, Santana!
El niño se va corriendo con su madre.
–Voy por un cono de helado –dice Santana –. ¿Alguien quiere?
–Yo estoy bien –contesta Rachel –gracias.
–Yo sí quiero –respondo.
– ¿Cereza? –pregunta Santana.
–Por supuesto.
Y, entonces, nos quedamos solas. Rachel me mira fijamente.
– ¿Trajeron alguna manzana?
–Mmm… –Busco en la nevera –. Queda una.
–Genial. ¿Puedo comérmela?
–Es mía.
– ¿Es tuya?
–Sí. Me la pedí hace una hora. ¿No me has oído?
–La verdad es que no.
–Mala suerte.
– ¿Nos la jugamos a piedra, papel o tijera?
–Está bien.
Preparamos los puños.
– ¡Piedra, papel o tijera! –dice Rachel.
Yo saco tijeras y ella papel.
–Ohhh… Mala suerte.
–Dos de tres.
–Eso había que haberlo dicho antes.
–Pues lo estoy diciendo ahora.
–Ahora no cuenta. Tenías que haberlo dicho antes.
– ¿Quién dice?
–Son las reglas. ¿No te sabes las reglas?
–Ah… –dice Rachel –, es que yo soy las reglas.
Nos bebemos el agua.
– ¿Cuándo es tu cumpleaños? –pregunto yo.
–El 1 de Octubre.
Claro, Rachel es libra. Es encantadora, agradable, tranquila e idealista. Tiene las características clásicas de los libras. Deseaba que fuera de un signo compatible con tauro e incompatible con leo. En realidad, es un signo incompatible con ambos.
Pero, a ver, ¿qué estoy pensando? Solo somos amigas. Me alegro por Santana. La vida es bella.
– ¿Por qué? –pregunta Rachel.
–Por saberlo. Mi cumpleaños es dentro de nada, así que…
El reflejo del sol en los ojos de Rachel hace que me cueste mirarla. Los tiene de color café achocolatado y son preciosos.
Tengo-que-dejar-de-mirárselos.
– ¿Dónde está Blaine? –me pregunta Rachel.
–A él no le gustan las cometas tanto como a mí.
Rachel asiente contemplativamente con un gesto que ya le he visto hacer antes. Es como si dijera: "Alguien a quien no le gustan las cometas… alucinante".
–Entonces… ¿se ha quedado en casa o…?
–Supongo. No lo sé.
Rachel bebe agua.
–Es genial no sean de esas parejas que no lo hacen todo juntos, ¿sabes a lo que me refiero?
Ay, dios. ¿Rachel piensa que Blaine es mi novio? ¿De dónde ha sacado eso?
–Blaine no es mi novio –digo rápidamente.
– ¿No?
–No –me gustaría explicárselo pero, por supuesto, no puedo,
–Ah.
Rachel sonríe ligeramente y bebe agua para disimular.
No sé mucho de relaciones y chicas, pero hay algo que si sé y es que cuando una persona te pregunta si tienes novio/novia (o afirma que lo tienes para que seas tú la que lo confirme o lo niegue), significa que le interesas y que están intentando averiguar si estás disponible. Aunque es imposible que Rachel esté interesada en mí. A ella le gusta Santana, y Santana y yo somos tan distintas que no puede ser que le gustemos las dos. Además, sí yo le gustara, me habría invitado a salir. ¿No?
Desde el festival, me he sentado con Rachel a la hora de comer toda la semana. Sentarnos juntas no debería ser para tanto. La gente debería poder sentarse con quien quisiera.
Pero claro, no es tan sencillo.
Mis amigos se comportan como si los hubiera ofendido. El Círculo de Oro nos mira mal. Marley parece particularmente molesta. Ella se nos queda mirando descaradamente como si fuera un comportamiento aceptable. Lo que me hace a estar más decidida a hacer lo que quiero. Me niego a dejar que esta gente me controle con su negatividad.
En la mesa del Círculo de Oro, Sam se levanta, nos sonríe y nos saluda con la mano.
Rachel lo ignora.
–Sam te está saludando –le digo.
–No, no me esta saludando.
–Mmm… Yo creo que sí.
–Eso no es un saludo de verdad. Está siendo sarcástico.
– ¿Cómo lo sabes?
–Porque no deja de meterse conmigo por haberme cambiado de mesa. Parece que hubiera cometido una ofensa federal o algo así.
–A mis amigos tampoco les gusta. Creo que se sienten insultados, pero… ¡no es que ya no seamos amigos, ni nada de eso! Es solo que me apetece sentarme en otro sitio. ¿Por qué tienen que armar este numerito?
No puedo evitar ver a Rachel y querer sentarme con ella. Creo que a ella le pasa lo mismo, porque fue ella quien me pidió que nos sentáramos juntas. Pero yo no podía ir a sentarme en la mesa del Círculo de Oro, y ella no parecía dispuesta a venir a sentarse a mi mesa con un montón de chicas que no conoce. Así que buscamos un territorio neutral.
–Esto da asco –opina Rachel.
–Ya lo sé –digo yo –. Me muero de ganas de que llegue el año que viene –A los estudiantes de último año les dejan salir del instituto a la hora de comer. Pueden irse a casa, al Lunch Counter o a cualquier pizzería. Nosotros estamos condenados al infierno de la cafetería durante el resto del año –. Es super injusto. ¡Mira cómo de genial está afuera!
–Esto apesta.
–Pensaba que daba asco.
–Bueno, las dos cosas. Es que es demasiado.
–Al año que viene pienso comer todos los días en el Lunch Counter.
El Lunch Counter es un viejo bar en el que hacen sándwiches que debe llevar abierto más o menos un siglo. No hay más que una barra en la que sentarse y unos cuantos asientos viejos de cafetería antigua. Los sándwiches son deliciosos y bastante baratos. Es divertido jugar a estar en 1960 un rato.
Marley nos está atravesando con la mirada. Otra vez.
Proyecto un escudo protector imaginario contra sus energías negativas.
–Tengo algo para ti –me dice Rachel.
Saca un cuaderno. Parece bastante limpio; no tiene páginas sueltas y arrugadas saliendo de las tapas.
–Bonito cuaderno.
– ¿En serio?
–Sí.
– ¿Por qué?
–No está hecha pedazos.
–Ah, eso. Es que suelo aplicar mis capacidades de organización de cuadernos cada vez que puedo –Rachel arranca una hoja. Algunos pedacitos de papel se quedan enganchados en la espiral -¿Te gustan los códigos?
–Por supuesto.
–Buena respuesta.
– ¿A qué te refieres con códigos? –Rachel ríe.
–Me gusta inventarme códigos para que la gente no entienda lo que escribo.
– ¿Para escribir notas secretas y cosas así?
– Exactamente.
– ¡Me encanta!
No sé cómo lo hace, pero Rachel siempre se inventa actividades divertidas de lo más extraño. Hasta ahora, en la semana que hemos pasado juntas, me ha enseñado a:
* Observar una conversación que está teniendo lugar en la otra punta de la cafetería e inventarnos un diálogo alternativo.
* Hacer un ábaco con uvas y palitos de queso.
* Usar el Almanaque del Granjero (un calendario que se publica todos los años para planear las cosechas según el tiempo que vaya a ser) para predecir el humor de los profesores.
Miro hacia la que solía ser mi mesa. Tina está hablando con otros chicos de Un Mundo, medio dándome la espalda, comiendo zanahorias baby que siempre trae de casa. Me doy cuenta de que está tamborileando los dedos, siempre hace eso cuando está estresada. Ojalá me mirara. Le sonreiría y así sabría que no la estoy ignorando, ni nada de eso. La verdad es que no se mostró muy comprensiva cuando dejé de comer con ellos. No se me ocurrió que le fuera a afectar tanto. Además, es que nos vemos todos los días. Seguimos siendo buenas amigas.
Que me siente en otra mesa no cambia nada.
Marley sigue mirándonos. No sé por qué el Círculo de Oro nos considera tan fascinantes, porque entre nosotros no pasa nada interesante. Santana sabe que nos sentamos juntas. Dice que así tengo oportunidad de averiguar qué piensa Rachel de ella, así que le parece bien. No sé si piensa que esto de sentarnos juntas es una cosa temporal, pero el curso está a punto de terminar, así que supongo que da un poco igual.
–Así que con esto… –Rachel saca una pluma de su mochila –. La primera letra de cada palabra representa una letra de un mensaje. Los signos de puntuación se unen igual que en la escritura normal. Entonces… –Escribe algo en un papel –. Aquí lo tienes.
Ella me pasa esto: Habas oscuras leen abejas.
– ¿Habas oscuras leen abejas? –digo yo.
Está claro que no se me da demasiado bien descifrar códigos.
–Lo que dice no es lo importante –explica Rachel –. Las frases no tienen por qué tener sentido. Piensa en el código.
–De acuerdo…
–Entonces, ¿qué dice?
Escribo con la pluma la letra inicial de cada palabra que Rachel ha escrito. Cuando por fin capto cómo va, escribo "Hola" me avergüenzo de haber tenido que escribirlo para descifrarlo.
La caligrafía de Rachel es increíble. Estudiamos Grafología en octubre, pero aún me acuerdo de bastantes cosas. Su escritura tiene hacia delante con una especie de inclinación sesgada. Eso indica expresividad emocional y optimismo. También me doy cuenta de que aprieta mucho al escribir, lo que significa que es una persona intensa.
–Genial –digo –. ¿Lo inventaste tú?
– ¿No te resulta increíble lo brillante que soy?
–La verdad es que no.
–Ahora te toca a ti.
Hay unas cuantas cosas que me gustaría decirle, pero no puedo. Así que escribo:
Elefantes seniles usan narices cuando orgulloso duque inglés galante osa golpear una anciana yegua.
Le paso lo escrito.
–Es un poco complicada –me disculpo.
–Ya veo, ya.
Rachel se queda mirando el papel un minuto.
–Gracias, me contesta. Una más.
Escribe algo y me lo pasa.
Soy intensa.
– ¡Oye! –exclamo –. ¡Está sí que tiene sentido!
Es raro, porque no he analizado el código, sino el mensaje: interpretando su escritura, he deducido que es una chica muy intensa. Pero no quiero que piense que soy una rarita que va por ahí interpretando la caligrafía ajena.
–Sí, te da puntos extra.
–Ya sabes lo que dices de las chicas intensas: suelen tener problemas.
– ¿Por qué piensas que se refiere a mí?
–Porque tú eres una chica muy intensa.
– ¿De verdad soy una chica muy intensa?
–Salta a la vista.
–Este código funciona a diferentes niveles. Quizá, cada vez que digo "sí", lo que realmente significa es que soy muy intensa.
–Y muy astuta.
Es evidente que Rachel es una chica intensa. Capta cosas que a la mayoría de las chicas del montón les pasarían desapercibidas. Parece estar más alerta que el resto de la gente. Yo lo noto cada vez que me mira. Se le ve en los ojos. Sobre todo cuando le cambian de color. A veces estamos hablando, o riendo, y de repente pasa algo y se pone seria. Entonces, sus ojos dejan de ser de ese color chocolatoso y optan por un café mucho más oscuro.
Cuando eso pasa, es definitivamente intensa.
– ¿Entonces puedes confirmar que todas las chicas intensas tienen problemas? –pregunto.
–Solo cuando están en situaciones complicadas.
– ¿Cómo cuales?
A Rachel se le pone la mirada seria. Sus ojos se tornan café oscuro.
Aprieto los dedos en torno a mi cuarzo de turmalina. Cuelga de una cadenita de plata que siempre tengo en el cuello, incluso si estoy usando otros collares. El cuarzo de turmalina tiene poderes librantes. Me hace mantener los pies en el suelo cuando todo lo demás parece inestable.
Mi maldito cuarzo de turmalina no funciona.
–Como cuando la pizza se te queda fría y ya no hay quien se la coma, ¿por ejemplo? –digo para aliviar la tensión.
Rachel baja la mirada hacia su porción de pizza fría.
–Por ejemplo –responde –. Era justo en lo que estaba pensando.
Pero ambas sabemos que no es verdad.
O quizá yo sea la única que siento esto. Rachel hizo su elección, y no fui yo. Así que tengo que aceptar que ser solo su amiga va a ser duro, pero mejor ser solo amigas que no ser nada de nada.
¡Hola de nuevo! :) Un capítulo más…
Espero les guste esté, ¡ya viene lo emocionante! ¡Gracias por sus reviews, follows y favorites!
