Porcelana
Sus colmillos dolían de placer cada vez que imaginaba cómo sería rasgar su piel de marfil, y cuando fantaseaba con el sabor de su sangre roja oscura en su boca el placer se volvía tan intenso que era casi insoportable. Con cada segundo que pasaba observándola, extasiándose en su exótica belleza, se volvía más y más adicto a una droga que aún no había probado.
Una droga prohibida que lo tentaba a diario, una droga que nunca había probado y que no debía de probar, pero de la que ya se había vuelto terriblemente dependiente.
Ella tenía un cuerpo que parecía hecho de porcelana, y él hubiera hecho cualquier cosa, lo que fuera - matar sin razón alguna incluso - con tal de poder tenerlo en sus brazos y no dejar palmo sin morder. De haber habido un alma atrapada dentro de su cuerpo, al diablo él se la hubiera vendido si eso le permitiría vencer al castigo de su propia raza, de su propia naturaleza y ser el único dueño de esa criatura inocente, adorarla de rodillas cada día por el resto de la eternidad, hasta que el fin del mundo llegara y el tiempo se consumiera e hiciera cenizas.
Pero no podía.
No podía, y esa sensación era tan frustrante que soportarla estaba convirtiéndose en un verdadero calvario.
Un sonido perteneciente al mundo de los vivos en el que él jugaba a ser tan mortal, tan de carne, hueso y sangre como la mayoría de quienes lo rodeaban, rompió el frágil trance en el que había caído, sacándolo súbitamente del paraíso que lo absorbía cada vez que saboreaba por escasos segundos la fantasía de enterrar sus manos en su cabello enrulado, atraerla hacia sí y besarla desesperadamente.
"Almeida" contestó con su voz suave, profunda y gruesa, aquella voz en la que quería susurrarle a ella al oído todos los secretos del Universo, si tan sólo pudiera, si no estuviera severamente castigado el amor entre mortales e inmortales…
"Tony, tengo aquellos informes que me pediste. ¿Los mando a División ahora o preferirías leerlos otra vez para asegurarte de que no necesitan modificaciones?"
Era ella.
Ella.
Su droga, su objeto de deseo, su dulce condena, la mujer que estaba conduciéndolo a la locura, la mujer cuya sangre lo guiaría a la muerte.
Ella.
Ella, tan inocente y tan dulce, distaba de sospechar lo que él era en realidad, lo que en realidad ocurría, lo que en realidad el gobierno se traía entre manos. Ella, tan terriblemente frágil ella, tan brillante para algunas cosas pero completamente ciega a otras, a otras como las que acontecían en el lado oscuro y tenebroso y sobre las cuales unos pocos selectos sabían.
Ella, su amor prohibido.
Ella, a quien sólo de lejos podía mirar, porque un paso en falso, una mordida, un beso serían suficientes para destruirlo.
Ella.
Ella, a quien él no podía tocar.
Ella, a quien él deseaba tanto que en su deseo sufría.
Ella, a quien él amaba como a nada sobre la faz de la Tierra.
"Podés enviarlo, Michelle. No hace falta que lo revise y apruebe, estoy seguro de que quedó perfecto" contestó. Sonaba calmo, relajado, sereno, sonaba normal, pero por dentro estaba desfalleciendo, si era posible usar aquél término en alguien como él para describir su agonía. Por dentro él se sentía morir de amor, incluso si morir para él era imposible.
Con un suspiro depositó el auricular de vuelta en su sitio, se puso de pie y comenzó a descender las escaleras.
Ella parecía una muñeca de porcelana, frágil y hermosa, virginal y perfecta. Prohibida. Pero él no podía evitar el deseo, él no podía evitar ese amor que era sinónimo de pecado.
Ella parecía una muñeca de porcelana, y él no quería morderla para lastimarla, no quería morderla para matarla, no quería morderla para convertirla en el monstruo en que él había sido convertido. Él simplemente quería amarla, abrazarla, alimentarse de ella. Había algo en cada átomo suyo, en cada fibra suya que a él le resultaba adictivo, atrayente, hipnótico. Pero las reglas decían que ella estaba prohibida.
Prohibida.
Peligrosa.
Ella a él significaba la muerte.
La pasión que él sentía lo llevaría directo al infierno.
Y eso era tan frustrante. No poder tocarla. No poder besarla. No poder acariciarla. No poder beber su sangre. Era tan frustrante.
Resopló, encolerizado. Intentó calmarse. No era precisamente conocido por su buen carácter o por su temperamento suave, más bien todo lo contrario. Hizo un esfuerzo por relajarse y componerse. No podía dejar caer la máscara, la farsa de no debía fallar. Nadie debía notar algo fuera de lugar, por lo cual esperó unos minutos encerrado en la oscuridad de su oficina antes de salir de ella.
Necesitaba observarla de más cerca, verla desde arriba no era suficiente. Necesitaba embriagarse de su perfume, ver sus movimientos y estudiarlos uno a uno, escuchar el sonido de su respiración, escuchar los sonidos de su corazón, los sonidos de la sangre corriendo por sus venas y latiendo en su pulso.
Pensar que aquella personita podría significar su muerte si se atrevía a amarla le provocó escalofríos.
Tony Almeida, director de la Unidad Antiterrorista de la Ciudad de Los Ángeles, caminó por entre los técnicos y analistas humanos que se hallaban enfrascados trabajando, y se dirigió hacia su punto favorito: aquél detrás de una columna alta y aislada, aquel desde el cual podía verla a ella, quien se encontraba en su escritorio, en el sitio donde durante horas frente a un ordenador se sentaba el objeto de su pasión y deseo.
Michelle Dessler, analista en sistemas, humana, perdidamente enamorada de un hombre más inalcanzable de lo que ella creía era, sintió los ojos de su amor en la espalda, devorándola, despertando dentro de ella el más dulce instinto.
Él más que nunca ansiaba poder deslizar sus manos oscuras sobre esa piel de porcelana color marfil.
Ella más que nunca ansiaba ser suya, de él y de nadie más.
Ese amor prohibido podía causar su muerte, pero a él no le importaba. Sabía que no debía, sabía que estaría traicionado a su raza, sabía que estaría rompiendo el juramento que hizo, sabía que estaría quebrando cada ley conocida de su naturaleza, pero ya no aguantaba más. Dudaba poder seguir aguantando sin quemarse completo en la agonía incesante, en el anhelo terrible de poseerla, de alimentarse de ella, de sentir su sangre tibia y oscura empapando sus labios.
Ese amor prohibido a él podía causarle la muerte, esa muerte de la que se suponía había escapado cuando lo convirtieron en inmortal. No le importaba: morir sería mejor que pasar una eternidad deslizándose por una línea de tiempo infinito, sin ella, sin haber nunca calmado su adicción, su necesidad, su obsesión, sin haber nunca sido dueño de esa muñeca de porcelana.
Ese amor prohibido a él podía matarlo, era peligroso, pero a él no le importaba.
Lo que sí le importaba era ella. Ella le importaba más que nadie en el mundo. Ella, a ella sólo quería cuidarla.
Ese amor prohibido podría guiarla a ella hacia su muerte, ese amor prohibido para ella sería dañino, ese amor prohibido a ella podría conducirla a una sucesión de torturas que acabaría en el ocaso cuando diera su último respiro.
Morir a él no le importaba, pero arrastrarla a ella a la muerte para satisfacer su propio deseo sí.
Por eso seguiría controlándose, agonizando, amándola de lejos, adorándola en silencio, en secreto, relamiéndose los colmillos imaginando cómo sería poseerla.
Sólo para cuidarla, sólo para protegerla, él seguiría sufriendo, sufriendo en las sombras, sin saber que ella también sufría porque lo amaba con la misma locura, con la misma intensidad.
Ella era frágil y exquisita como la porcelana, y él no se arriesgaría a hacerla añicos.
Una eternidad deslizándose por una línea de tiempo infinita sin ella, sin nunca haberla amado, sin nunca haber sentido el calor de su sangre recorriendo su garganta, era preferible a arriesgarse a verla fallecer, víctima de las consecuencias acarreadas por su propio pecado.
El animal dentro de él tenía hambre de ella, pero el hombre dentro de él domaría a la fiera y no la dejaría sucumbir a la tentación, pues la decisión estaba tomada: amarla de lejos, adorarla a la distancia, sufrir en silencio, controlar la adicción, no romper las reglas, no pecar.
