Aviso, Contenido explícito y adulto xD
Bueno, por lo demás... Disfrutad!
4.- Recuerdos.
De regreso en casa, recorrí cada habitación como un fantasma.
Me sentía vacía.
Me sentía muerta por dentro, y solo quería olvidar.
Fui al salón y saqué del mueble bar una licorera y un vaso de
cristal. Empecé a beber sin disfrutar del intenso saber del licor de
manzana que yo misma destilaba de las manzanas del árbol que traje
del reino.
Lo admito. Tuve un ligero acceso de autocompasión por mi misma. Nada
me salía bien.
Horas después estaba agradablemente adormilada por el alcohol. La
botella vacía yacía sobre mi vientre brillando anaranjada por el
reflejo de las llamas de la chimenea.
Fuego… Alcohol...
Risas… Recuerdos…
-Vamos Regina. Es tu vigésimo tercer cumpleaños –decía
ella. Su voz era melodiosamente ronca, profunda y sensualmente
cálida. Era una voz que debía ser obedecida, y casi siempre lo era-
El rey y la princesa hará horas que están dormidos en sus
respectivas habitaciones. Nadie lo sabrá.
Sonreí de lado.
- ¿Has vuelto a deslizar semillas de adormidera en la copa de mi
esposo? – la primera vez que yo misma las usé fue gracias a ella.
Suya fue la idea y suyas las semillas.
No dijo nada, y con ello me lo dijo todo.
- ¡Demonios! –la cogí de la mano y al instante siguiente habíamos
desaparecido de mi castillo para aparecer en el suyo.
En sus habitaciones privadas, para ser exactos.
Dejó su cetro apoyado en el respaldo de su alto trono de madera
tallada y sirvió dos copas de vino. Una para cada una.
- Por tu 23 cumpleaños, querida. ¡Que cumplas muchos más y llenes
de niños las habitaciones de palacio y que ninguno sea del rey!
- Bruja descarada – brindé con ella entre risas. Hacía tiempo que
la conocía, y había compartido con ella muchos secretos, muchas
esperanzas. Era lo más cercano a una hermana que había tenido
nunca.
Le conté mi deseo de ser madre. Sería mejor madre con mi hijo de lo
que Cora fue conmigo. Me lo prometí aquella noche en la que ella
segó la vida del niño que esperaba de Daniel.
Ella sabía lo que mi madre me hizo. También sabía que Leopold
intentaba poner de su parte, sin mucho éxito de momento.
Incluso compartí mi deseo con mi Maestro, Rumpelstiltskin, quien me
dijo que había visto un niño en mi futuro, pero no me dijo cuando.
Así era él, respuestas que no lo eran, solo más preguntas.
Sentadas en el suelo ante el calor de su chimenea, hablamos durante
horas de todo y de nada.
Aunque fuera hacía frío, el vino nos calentaba la sangre, el fuego
calentaba nuestra piel.
Y cada vez estábamos más cerca la una de la otra.
Tumbada sobre sus piernas, cerré los ojos un momento. Tenía sueño…
- Maléfica, creo que debería regresar al castillo antes de quedarme
dormida…
- ¿Tienes prisa por volver a un lecho frío y vacío, querida,
cuando tienes uno calentito aquí? – sus finos dedos rozaron mi
mejilla trazando círculos hacia mi mandíbula, mi cuello. No me
preocupé, no era la primera vez que ella hacía eso, ni que yo se lo
hacía a ella, ya puestos.
- Si desaparezco del castillo en mitad de la noche se acabó el poder usar la
magia. Se acabó el poder visitarte… - todo el vino que bebí esa
noche no me ayudaba a razonar demasiado bien.
- Prometo que estarás en tu cama con las primeras luces del
amanecer… y para eso aún faltan muchas horas…
- Esta bien… - empecé a levantarme justo cuando ella se agachaba
para depositar un beso en mi frente.
Pero no fue en mi frente donde noté sus labios, sino sobre los míos.
Me separé de ella repentinamente, pillada por sorpresa, pero un
segundo después sujetaba sus mejillas entre mis manos y la besaba
ferozmente.
Esa noche era nuestra.
Esa noche no importaba.
Esa noche, quería sentir algo…
Me rodeó la cintura con ambas manos mientras yo la tumbaba de
espaldas sobre la alfombra en la que ambas habíamos estado hablando
durante días y noches enteras. Ella sabía a vino picante, a
oscuridad, a promesas de poder y triunfo.
Me perdí en su boca sin darme cuenta, sin desear parar de devorarla.
Quería su poder, quería su fuerza… Dios, la quería a ella.
Y ella me quería a mí..
Sus manos que subían por debajo de mi vestido acariciando mis piernas eran
muy claras.
Giró sobre si misma, obligándome a mí a quedar debajo de su
cuerpo. Aún rodeaba su cintura con mis piernas cuando empecé a
notar como las acariciaba, las arañaba intentando deshacerse de mis
medias.
Primero fueron mis altos zapatos de tacón los que volaron a través
de la habitación. Después fueron mis medias, una por una, las que
los siguieron.
Tenía unos dedos ágiles que pronto desengancharon los cierres de mi
corpiño.
A mí me tomó un poco más de tiempo localizar los broches del suyo.
Ambas parecíamos estar más allá de las palabras. ¿Para que
hablar, pedir, cuando puedes tomar?
Tomé de ella cuanto quise, y ella tomó de mí cuanto pudo.
Sus besos se tornaron feroces. Había un brillo extraño en su
mirada. ¿Deseo? ¿Furia? Tal vez ambas, no importaba. Solo importaba
que quería que me besara más fuerte, y ella lo hacía.
Me dominaba
y yo dejaba que lo hiciese.
Al menos, aquella vez.
Enredé los dedos entre los enmarañados rizos de su cabello, tiré
de su boca hacia mi cuello, ofreciéndoselo, mientras yo mordía el
suyo y giraba sobre ella para tomar el control.
Encima de ella pude verla bien. Su piel enrojecida por mis caricias,
marcas de arañazos en su pecho, mordiscos en su cuello. Su mirada
febril fija en la mía. ¡Yo le había hecho eso! Me sentí poderosa
al saber como reaccionaba ante mi tacto. Mi poderosa hechicera, mi
mejor amiga, jadeaba bajo mi cuerpo, acariciándome, gruñendo por
mis caricias.
Busqué su boca y hundí mi lengua en ella. La marcaría a fuego si
era necesario, pero sería mia esa noche.
Pronto la ropa empezó a ser un estorbo. Estábamos tan
sensibilizadas la una con la otra que el roce de la tela era una
tortura que solo las manos de la otra podían calmar.
Por fin desnudas, nos dejamos ir, dejamos de pensar y solo sentíamos.
Un beso ahí, un mordisco allá. Más, más. Dolor y placer se
mezclaban, se complementaban.
Sus dedos dentro de mí, su boca en mi pecho, su lengua torturándome…
¡Ah! Me arqueaba bajo ella como una gata, ronroneando,
gimiendo, pidiendo más.
Mis dedos bajaban por su espalda, acariciándola suavemente hasta su
trasero, donde agarraban con firmeza, la atraían más entre mis
piernas.
Me enloquecía, me hacía gritar, me hacía reír… Me corrí tan inesperadamente que lancé un grito a la noche que ella ahogó con un
beso.
- Oh Dios… - susurré.
Ella soltó una risilla de triunfo.
Alargué la mano y rodeé su cuello con ella, obligandola a
acercarse. La besé larga y profundamente.
- Pienso vengarme por eso…
Me puse sobre ella y le ordené con una mirada que no se moviese.
Cogí una de nuestras últimas copas de vino y derramé un poco por
su vientre, lamiendolo al instante hasta que no quedó rastro. Hice
lo mismo entre sus pechos, deleitandome ahí, torturandola a ella y a
mi misma. Me coloqué entre sus piernas y lamí la tierna piel de sus
muslos, dejando un mordisco ahí otro allá, acercándome a su lugar
más privado pero sin llegar a él.
Sus gemidos frustrados me divertían, me enardecían, me indicaban
que iba bien encaminada.
Lamí con la punta de la lengua su ombligo, mirandola de reojo. Ella
me miraba a mi. Sus ojos brillaban dorados, aunque tal vez fue un
reflejo del fuego.
Tímidamente, dirigí mi lengua a su sexo. Estaba caliente, muy
caliente, y no era la única.
Temblé de anticipación igual que ella.
" No pienses Regina. Siente" me dije. A veces hay que obedecer a
tu subconsciente. Yo lo hice, y no me arrepentiré nunca de esa
noche. Al menos, eso pensé en ese momento. Las decisiones que tomamos
nos definen, y yo ya había tomado la mía.
Rodeé sus caderas con las manos e introduje mi lengua en ella. Lamí,
chupé, mordí, cerré los ojos y me dejé llevar.
Su grito de liberación fue glorioso.
-hmm… deberia ser tu cumpleaños más a menudo… -ronroneó
mientras me abrazaba.
Reí entre dientes al enterrar el rostro en su cuello. Sus brazos me
rodeaban, me protegían. Aquella noche ella fue más que mi amiga.
Fue una parte de mi y yo de ella.
La mañana nos sorprendió abrazadas ante las brasas de su chimenea,
desnudas y con los cuerpos entrelazados.
La resaca nos dio los buenos dias.
Los recuerdos vinieron después.
Me marché sin despedirme. No podíamos ni mirarnos a los ojos.
No volví a verla en una semana, y ni siquiera entonces habíamos
podido hablar sin sonrojarnos.
- Maléfica… -murmuré con voz ronca. No noté las lágrimas que
mojaban mis mejillas, no me importó la visión borrosa.. Necesitaba
contarle que había perdido a Henry, necesitaba su consejo y su
consuelo. Necesitaba terriblemente a mi única amiga
