o.O.o Mientras eso, en los EEUU o.O.o
- ¡MI PERRA MURIÓ!
Aldebarán frunció las cejas, encogió los hombros, tapó los oídos por el grito estridente de su mujer. Había acabado de vestirse para abrir su pequeño negocio en el centro de la ciudad. Era el dueño del Saloon de Louisiana.
- ¡Ayúdame San...!
De golpe ella estacó, el pobre animal colgado de su brazo, mientras ella corría de un lado hacia el otro. Miró el marido, muy confusa.
- ¿Qué santo protege a los perros?
- Creo que es San Francisco, pues hablaba con los bichos...- contestó Aldebarán, muy pensativo, con cara de dudas.
- ¡Ayúdame mi San Francisco de...!
De nuevo ella volvió a parar, volviéndose otra vez para el marido. Éste, que le seguía los pasos intentando tranquilizarla, la encaró.
- ¿Pero es de Padua o de Assis?
- Eso no lo sé, es mejor preguntar al cura...
- Eso, querido, llame al cura, dígale que venga a enterrar la perra...- tirándolo hacia afuera.
- ¿Enterrar? – siendo tirado por las espaldas - ¿La perra?
- Sí, enterrar y ¡habrá que ser en latín!
o.O.o
El ambiente estaba tomado por el fuerte y dulce olor al pie del altar, en la habitación vecina. El aroma del sahumerio daba a todo lugar un misterioso y calmo aspecto de paz religiosa. La humilde decoración estaba compuesta por una pobre mesa de madera oscura, con algunos banquillos de marroquín. Al fondo, una estante comportando algunos viejos y sucios libros de temas antiguos y religiosos y a un costado, una alacena que comportaba objetos de uso parroquial.
En las paredes, que exhibían largas manchas de humedad, la pintura estaba saliendo en algunos puntos, y tres grandes y pesados candelabros alumbraban el ambiente. Todo estaba envuelto en una grave concentración y en un tan resoluto silencio que daba la impresión que las estatuillas hablaban.
- Dos pares.
Un hombre de largos cabellos lila, vestido con un hábito negro y una gruesa soga apretándole la cintura, estaba sentado delante de una larga mesa, Sus ojos verdes, de una profunda serenidad, parecían contentos al virar, sobre la madera, sus dos cartas, encarando con orgullo la figura masculina sentada delante de él.
Éste lo miró muy perturbado. Sus ojos azules lo encararon con frialdad y soberbia. Todo él había adquirido un semblante de profunda irritabilidad. Suspiró. Agarrando sus cartas, juntándolas, golpeándolas sobre la mesa, les dio vuelta por fin, con la faz hacia arriba, exhibiendo una simple Dama.
- ¡He ganado!
Gritó el primer hombre, de pelo color lila, estirando la mano hacia el monte hecho con la plata que esperaba a un costado, compuesto de diez billetes de 100 dólares. Pero con un movimiento calmo y lento, el segundo hombre de largos cabellos rubios, con un único dedo, alejó la pobre dama de palos para dejar visible la segunda carta. El joven de ojos verdes retrocedió la mano con un aire de desolación.
- No esta vez, Mu.
Shaka, subiendo las mangas de su ropa negra con bordas rojas, se tiró hacia el dinero, agarrándolo con la mano donde un inmenso anillo de obispo relucía. Lo besó y lo puso delante de sí. Mu cruzó las manos encima de la mesa, una cara de buen samaritano.
- Shaka...- intentaba encontrar las palabras – Necesitamos charlar sobre eso.
- ¿Charlar? – el rubio hizo aire de confusión – ¿Sobre qué quieres charlar, Mu?
- ¿Tú no crees que $1000,00 es mucha plata para un obispo? – sonrió tímido – Eso no es justo.
- Mi pieza necesita unas reformas...- volvió el rubio, con una tonada de poca importancia.
- Sí, pero...- Mu lo miró con cara de falsa acusación – Como sacerdotes de Dios, debemos pregar el desapego hacia las cosas materiales.
Y tirando del montante, lo dividió en dos, dando al amigo lo que le cabía. Shaka lo encaró con afectación.
- Claro. – comentó el rubio – Debemos pregar el desapego hacia las cosas materiales y la caridad.
Y agarrando el monte del amigo, volvió a ponerlo sobre el suyo. Mu lo encaró con resolución.
- Debemos pregar el desapego hacia las cosas materiales, la caridad y la justicia, ¡Y eso no es justo!
Y otra vez Mu agarró mitad de la plata, trayéndola hacia sí y posando en su compañero unos ojos de tensión. Fue la cara más fea que habrá visto en toda su vida. El rubio tenía sus rasgos contraídos en una mueca y agarrando del montante, lo tiró otra vez sobre el suyo, apoyó las manos en la mesa, casi acostándose sobre ella, se inclinó hacia el amigo, como si lo fuera a besar, y posando sus ojos severos sobre la cara del pobre cura, que se había encogido, gritó:
- Debemos pregar el desapego hacia las cosas materiales, la caridad, la justicia y...- dedo erguido – La obediencia. ¡Por eso, cura, obedezca!
Y agarrando de la plata, la guardó en su bolsillo. Mu, aún sentado, intentaba argumentar.
- Eso no es una actitud para un sacerdote. – comentó con voz de víctima.
- ¡Cómo si fuéramos sacerdotes! – desdeñó Shaka.
- Bueno, estamos fingiendo...- volvió Mu – Sería muy bueno fingir en todo, no...- indicando la plata.
- Estamos fingiendo para encontrar el tesoro! – habló el obispo, arreglando algunos objetos – Cuando lo encontremos, marchémonos de acá.
- Espero que sea pronto...- suspiró el cura – Nos puede descubrir a cualquier momento.
- ¿Esta gente? ¿Descubrirnos? – Shaka parecía incrédulo - ¡Ellos creen verdaderamente que somos sacerdotes!
Y bajo la mirada atónita de su compañero, Shaka se abandonó a una sabrosa carcajada, sosteniéndose en la mesa para no caerse. Mu se asustó, encogió los hombros sin comprender la escena. De golpe, se sintió congelar, como si un viento frío le hubiera recorrido la espina.
- Er...yo...Shaka...
Estiró la mano, apuntando con el dedo, para mostrar algo, pero su voz inexpresiva no pudo formular una frase. Shaka seguía muriéndose de la risa, dando golpes en la madera de la mesa.
- Shaka...
- ¡Una ciudad de otarios! – gritaba el rubio – ¡Sólo necesitamos agarrar el tesoro y marcharnos de acá!
- Shaka...- volvió Mu – Creo que tenemos visitas.
Shaka, controlándose, finalmente miró hacia donde apuntaba el dedo del cura y de golpe su cara se transformó. La sonrisa desapareció de su cara y arreglándose, quedó aturdido.
- Buen día, señores.
La voz era dulce, firme, levemente insinuante. Los cabellos rebeldes, de un rojo vivo, bajando por sus hombros robustos. La falda era larga y rodada, de una tela ya gasta y vieja, cayendo hermosamente por sus bien ejercitadas piernas y sus pies estaban apretados en viejos zapatitos de cuero, en los cuales ella misma había dado algunos puntos. El tórax, encerrado en un corselete también gasto, dejaba a la vista el bello y voluminoso escote.
- ¿Estorbo? Si ustedes tienen algo malo para hablar a mi respecto, debían llamarme, sé cosas terribles sobre mí.
Marin se apoyó en el umbral de la puerta, las manos atrás. Parecía una niña cuando vista haciendo algo que no debía. Sus ojos pertinaces y sarcásticos envolvieron los dos hombres en una sóla mirada de cinismo.
Era conocida en toda ciudad como la más grande tramposa que jamás existió en las sociedades humanas. Siempre que había grandes casos de robos, se podía afirmar, sin medias palabras, que ella era la cabeza del infortunio. Shaka aún se recordaba del día en el que ella le escapara de la pequeña iglesia llevándose mitad del altar de la época colonial.
- ¿Nunca le han dicho que espionar es pecado? Las mujeres y la matemática son las cosas más complicadas del mundo, `pero la matemática tiene alguna lógica!
Volvió Shaka, levantándose y tomando su aire serio y orgulloso nuevamente. En nada parecía con el hombre que estaba a partirse de risa.
- No me recuerdo. – contestó ella con desdén. – Creo que he perdido esta misa.
Y entró, para sorpresa de los dos amigos, con familiaridad, examinando los objetos que encontraba con un profundo aire de aburrimiento. Mu encaraba, ora la chica, ora su compañero, prestes a explotar.
- ¡Salga ahora mismo! – ordenó Shaka, indicando la puerta – Antes una mujer en casa lavando plato que en la calle causando desorden.
- Los hombres son todos iguales. – habló ella, pasando sus dedos sensibles por los libros llenos de polvo.
- Mujer que dice que hombre es todo igual, es porque nunca hizo la diferencia en la vida de uno. – le tiró el rubio. – Tú estás estorbando el descanso de dos sacerdotes de Dios.
Ella le puso arriba una mirada muy perspicaz.
- ¿Hablas en serio? – cruzó los brazos.
- ¡Parta, mera mortal! – Shaka irgue sus brazos, como si fuera tirar algún poder sobrenatural – O te excomulgaré por desacatar la ley de Dios.
- Shaka...- Mu intentó adaptarlo a la realidad. – Shaka...
- Mire que yo tengo todos los poderes para...- Shaka haciendo voz tenebrosa, como si fuera tirar la exclamación de Atenea.
- ¡Shaka, ella ya descubrió!
- ¡Ah, no! – Marín con cara de falsa indignación - ¡No tengan miedo! Mi único deseo es servir la Santa Madre Iglesia.
Shaka arregló sus ropas y encarando a la mujer, preguntó, con voz amenazadora.
- ¿Qué pretendes con estas palabras, mujer?
- Si quieren seguir con sus disfraces, me van a necesitar. – contestó ella, con tranquilidad.
- ¿Por qué necesitaríamos una mujer? – Shaka irónico para el amigo.
- ¿Qué desea, Marín? – indagó Mu, tomando la delantera de la situación.
- Quiero entrar.
- ¿Entrar? – Mu frunció las cejas.
- En el esquema. – dijo ella, mirándolos con insinuación.
Por segunda vez, Shaka se entregó a una inmensa carcajada.
- Hija...- él lloraba de tanto reírse – No hay esquema y...
Pero de golpe su cara tomó un aire serie y desconfiado.
- ¿Por qué?
- Para salir. – completó la pelirroja.
- He oído que quería entrar...- Shaka para Mu, completamente confuso.
- Ella quiere entrar para poder huir. – contestó Mu, con tranquilidad, encarando la muchacha.
Shaka la consideró con desconfianza, con un inmenso pico en sus labios. Marín principió a caminar por la habitación con aires de aburrimiento.
- ¿Creen que sólo ustedes quieren una vida mejor? – hablaba – Tienen sus razones, yo tengo las mías. No volvamos la cosa personal.
Completó con una larga sonrisa en su cara blanca. Estiró la mano hacia Mu:
- ¿Combinado?
Éste estiró la suya, para corresponderle, pero el rubio, alejándolo, impidió la acción.
- ¡Espera un momento! – gritó – Nada ha sido decidido aún.
- Ah, sé...bien...- Marín cruzó los brazos, desentendida – Quizá, tal vez...
Y pasando por Shaka, exhibiendo su bello escote que no fue desdeñado por el rubio, tocó sus vestes con malicia, como un gato buscando cariño, llegando al otro extremo de la habitación.
- Tal vez aún quieras eso.
E irguiendo su mano mostró, a un boquiabierto y abismado obispo, un pedazo de papel plegado, ya viejo y la razón de todo aquel circo.
- ¡El mapa! – gritó Shaka, revistando las propias ropas, donde debería estar - ¿Cómo lo agarró?
- ¿Cómo consiguió hacer eso? – interrogó Mu, aturdido por la rapidez de la acción. - ¡Qué atrevimiento!
- ¿Dónde lo tenias ocultado? – volvió el rubio, haciendo una mueca, tirando el mapa de las manos de aquella mujer pertinente. – ¡Debía llamar el alguacil por intento de robo!
- Nuestro bello alguacil adoraría saber quien son los verdaderos curas de la ciudad, estoy segura. – dijo ella, con una sonrisa sarcástica – Después de todo, el más grande placer de una mujer inteligente, es fingir ser una idiota frente a un hombre idiota que finge ser inteligente.
Ella sonrió y más una vez estiró la mano.
- Marín Tashikawa, la más nueva socia. – irónica.
- Estoy seguro que ella nos está engañando, pero...- Shaka.
- ¿Yo? ¿Engañando? Una mujer nunca engaña a un hombre, sólo practica lo que aprende con él.
Shaka irguió un dedo y abrió la boca para gruñir algo, pero terminó por rendirse y le apretó la mano.
- Combinado. – suspiró con decepción. – No sé porque tengo la sensación de que he metido la pata...- Shaka con cara de llanto.
- Ahora es mejor que te vayas. – dijo Mu, que seguía calmo, observando la escena – Toda mujer debe luchar por lo que quiere, desde que no moleste los servicios de la casa. – sarcástico.
- Los dejaré por ahora. – encaminándose hacia la puerta con una sonrisa maliciosa – Necesitan prepararse para servir a Dios. – cara de santa – Es como dicen, mitad de los hombres no piensan para actuar...
- ¿Y la otra mitad? – Shaka frunció las cejas.
- Ni siquiera actúa. – volvió Marín, antes de salir.
Se había ido tan discretamente como había entrado. Los dos amigos de miraron.
- ¿Qué será que quiso decir? – el rubio, mirando hacia el techo, confuso.
- ¡Mujer bonita! – comentó Mu, pensativo – Tramposa, pero bonita.
- Necesitamos vigilarla. – habló Shaka, dirigiéndose hacia la habitación vecina.
Mu suspiró, vistiéndose para la misa matinal y guardando en sus ropas la segunda parte del mapa del leyendario tesoro.
- ¡Y en esas horas soy un maldito cura!
Súbitamente, cuando se dio vuelta, casi golpeó al inmenso hombre que apareció de golpe en la puerta de la habitación.
- ¡Hombre de Dios! ¡Mi corazón casi fue en los pies!
- Buen día, cura...- Aldebarán, sacándose su sombrero. – He venido a mando de mi mujer...- sonrisa tonta.
- En casa donde mujer manda, hasta el gallo canto fino...- Mu en susurro para sí mismo - ¿Y cómo está doña Rosinha? – Mu con una tonada cínica, recordando la bella morena brasileña. - ¡Hace tanto que no viene asistir la misa! – voz de añoranza, recordando el bello escote de la sensual morena.
- Es que la perra murió. – comentó Aldebarán.
Mu dejó la sonrisa irse, sacando su pequeño sombrero de cura y bajando la cabeza, con una actitud sumisa.
- Pobrecita, nunca he visto mujer más carnu...- limpió la garganta – Más devota que ella. – ojitos brillante de emoción, recordando las torneadas piernas de la mujer. – Era una mujer muy "buena"...- voz insinuante – Daba todo a los pobres...- subrayó el verbo.
- No, no, señor, ella está muy bien, quien murió fue la otra perrita, Bolita. ¿Se acuerda de ella?
El cura parpadeó por un instante y abriendo una larga sonrisa dijo.
- ¡Cómo podía olvidar Bolita! Pero diga, ¿qué le trae aquí, a esta humilde casa de Dios? – cara de buen samaritano.
- Pues, cura, Bolita murió y mi esposa me ha mandado a encomendar su entierro, desea que sea usted a enterrar la perra.
- ¿Una perra? – Mu frunció las cejas.
- Sí. – cara de tonto.
- ¿Para que yo la entierre? – su voz aumentó de tono.
- Sí. Y hay que ser en latín.
- ¡Pero que locura, que tontería!
- ¿Qué problema hay? Los perros también son criaturas de Dios. – explicó Aldebarán.
- Sí, pero ningún cura entierra perros, ¡se van a reír de mí! También, ¡qué tierra para tener perro enfermo, sólo ésta mismo!
- Pero nadie necesita saber. Usted puede hacer un pequeño cortejo, dice algunas palabritas en latín y la tira en el hoyo, ya está.
- Pero, de acuerdo con el código canónico, artículo tercero, párrafo 6, sólo humanos pueden ser enterrados como cristianos.
- ¡Pero mi mujer me va a matar! – desesperado.
- Bueno, usted yo entierro.
- ¿Mismo que sea un pedido del propio Coronel Richard Silver? – Aldebarán encaró al cura, una mirada sarcástica en sus rasgos morenos.
Mu estacó, le había dado las espaldas, hablando en como sería ridículo que enterriara la perra. Al escuchar aquellas palabras, se volvió hacia él.
- ¿Y fue el coronel que pidió para que Bolita sea enterrada?
- Sí, el coronel le tenía un gran aprecio. – cara de falso sentimientos hacia la difunta. – En el día antes de morirse, Bolita lo hizo hacer un testamento, donde dejaba $300,00 para el cura y más $600,00 para el obispo si aceptaran enterrarla como cristiana, tal era su devoción, ¡qué santo hombre!
Aldebarán finge limpiar una lágrima invisible.
- ¿Testamento, qué testamento?
Shaka había surgido en la puerta, atraído por la palabra. Entró fregando las manos, con un aire de falso desentendimiento.
- El testamento de Bolita. – contestó Aldebarán, dramatizando, casi en desesperación.
- ¿Quién es Bolita? – preguntó para Mu, en murmullo.
- La perra de su mujer. – respondió éste, también en murmullo.
- Pobre hombre...- Shaka se acercó – No sabía que estaba viudo, le aconsejo casarse con su cuñada, así economiza suegra. – dijo con aires de profesor, volviendo a consternado. – Nunca he visto mujer más carnu... – limpió la garganta. – Una mujer tan "buena"...
- Pero no he quedado viudo, obispo. – Aldebarán dice, besándole la mano que él le había estirado, con soberbia.
- ¿Cómo? ¡Mi compañero me ha dicho que...
- Hablaba de la perra que ladra, sabes, au au au au...- Mu se acercó, imitando a un perro.
- Ah, bien...eso simplifica las cosas...- Shaka sonreí tímido. – ¿Entonces, qué tiene que ver un testamento con la perra?
- La perra ha dejado un testamento, donde deja $300,00 para la parroquia y $600,00 para la diócesis. – explicó Mu.
- ¡Qué perra inteligente, qué sentimiento noble! – Shaka irguiendo sus manos hacia el cielo.
- Ella quería mucho ser enterrada como cristiana y el propio coronel Richard Silver firmó el documento. – Mu, casi saltando de alegría.
- Pero de acuerdo con el código canónico, artículo tercero, párrafo 6...- Aldebarán puso su sombrero y caminó hacia la puerta como queriendo irse, desolado. – Sólo humanos pueden ser enterrados en latín...
Shaka y Mu se precipitaron hacia la puerta, tapándola e impidiéndole su salida. El inmenso hombre sonrió adentro.
- ¡Eso no es cierto! – dijo Shaka – De acuerdo con el código canónico, artículo tercero, párrafo 7, también los animales pueden ser enterrados en latín, desde que prueben ser verdaderos cristianos...
- Y Bolita está más que comprobada que era una verdadera cristiana...- Mu sonreía, ofreciendo al visitante, un pequeño vaso de vino.
- ¿Entonces, qué digo a mi esposa?
- Que la enterramos, mande decir la hora y el lugar y Bolita será encomendada como la más santa de todo Texas. – confirmó Shaka, cruzando los dedos, en actitud de oración, mirando hacia el cielo.
- Bueno, iré ahora mismo. Más tarde les mando un mensajero. Gracias señores. – y les besó las manos.
- Adiós, hijo...- decía Mu, despidiéndose – Diga al coronel que aparezca, ¡lo estamos esperando!
o.O.o En medio del Atlántico o.O.o
- ¡Saga!
La voz de kanon era casi un susurro.
- Saga, ¿Aún estas ahí?
- No, Kanon. – Saga gruñó sin paciencia. - ¡Estoy en México!
- ¿Dónde estamos? – preguntó el menor de los hermanos.
- Si aún te recuerdas, estoy preso dentro de una caja de madera llena de arroz igual que tú. – volvió Saga.
- ¿Y por qué estamos balanceando tanto? Voy a vomitar.
Saga intentaba ver algo a través de las gritas de su cajón. Había perdido completamente la noción del tiempo en que ya estaban allí, apretados. Pero lo único que pudo observar, era que la noche ya había caído.
- ¡Kanon!
- ¿Qué?
- ¡Salgamos de aquí!
- ¡Vale! En la cuenta de tres... – dijo Kanon.
- En la cuenta de tres...- suspiró Saga – Uno...
- Dos...
- ¡TRES!
Y con un movimiento brusco los dos hermanos, irguiendo a la vez la tapa que los mantenía prisioneros, estacaron con caras de tontos delante de la multitud de hombres que se presentaron delante de ellos. Los marineros, con ropas extrañas, los miraban con cara de pocos amigos.
- Er...yo...a ver...- Saga intentó sonreír - ¿Alguien ha pedido arroz?
- Hermano, ¿Dónde estamos? ¿Es un sueño? – Kanon con un susurro, encarando los raros marineros.
- Creo que sí, hermano...- Saga completamente confuso – También estoy soñando con un grupo de chinos asesinos...
- ¿Qué está pasando aquí?
Una voz altiva y grave hizo la muchedumbre volverse hacia atrás.
- ¿Por qué no están trabajando? Y ustedes, ¿Por qué pararon la tortura?
De golpe estacó, descubriendo en el centro del grupo, la razón del silencio. Saga y Kanon, completamente aturdidos, limpiaron las gargantas al reconocer la figura imponente, todo vestido de negro:
- ¡Capitán Shion! – balbucearon los dos hermanos a la vez.
o.O.o
- ¿Cómo vinieron a parar aquí?
Dohko, sentado en una silla, escogiendo arroz, los pies apoyados en el escritoiro, preguntó, muy tranquilo, mientras su compañero encaraba, con cara feroz, los dos intrusos que habían invadido la embarcación. Saga y Kanon estaban de rodillas, las manos esposadas y escoltados por 4 piratas con malas intenciones.
- Seguro subieron cuando paramos en Atenas para hacer el cargamento. – contestó Shion - ¿Sólo me pregunto por qué?
- Nosotros...- Saga intentó hablar.
- ¡Cállese! No te he dado orden para que hable. El navío es mío, la tripulación es mía y ustedes dos están desarmonizando el ambiente...- Shion sonrió con cinismo. – Van a pasar el resto del viaje descascarando arroz... – mirada diabólica.
- No te calientes, amigo, mire la cara de estos pobres infelices...- Dohko indicaba los hermanos – Fíjese en el semblante de estos desgraciados diablos...- seguía intento protegerlos – Note bien los rasgos tristes de estos hambrientos animales...
- ¡BASTA! Eso es sadismo. – pidió Saga, ya asustado por las palabras.
– No necesitamos abogado, señor, le agradezco. – completó Kanon.
- Mi tripulación fue elegida a dedo...
Shion hablaba con severidad, caminando de un lado hacia el otro, las manos cruzadas en las espaldas. Su cara estaba contraída en una fea mueca. Los dos hombres idénticos le observaban con temeridad.
- ¡NO PERMITO CLANDESTINOS EN MI NAVÍO!
Gritó el hombre, haciendo con que los dos hermanos se encogieran por la voz que casi los dejó sordo.
- Pero como eres un hombre bondadoso...- Dohko se levantó, aproximándose de la escena, una sonrisa cínica en sus labios – Les daremos dos opciones.
- ¿Les daremos? – Shion encaró el amigo. – Dohko, YO soy el capitán aquí...
- Un capitán tan bueno que economizará dos vidas y ganará dos esclavos. – habló Dohko con un murmullo.
- ¿Cuáles serían las opciones? – preguntó kanon.
Shion e Dohko se entre miraron.
- Si no quieren caminar por la plancha...- empezó Shion.
- Tendrán que pagar el viaje. – terminó Dohko.
- ¿Pagar? – Saga miraba a uno y a otro - ¿Con qué?
o.O.o Al día siguiente o.O.o
- ¡Limpiar la cubierta! – Kanon gruñía con voz furiosa – Tantos años de robos y trampas para terminar limpiando una cubierta! – indignado.
- Agradezca por no nos haber tirado a los tiburones, hermanito...- dijo Saga, fregando el piso – Al menos nos dan comida.
- ¿Llamas aquella cosa no identificable de comida? – Kanon frunció sus rasgos – El papagayo de él come mejor que nosotros.
- Bife pasado en la mantequilla para el loro y hambre para los prisioneros. – Saga enojado - ¡Siempre odié gente a quien le gusta más los bichos que las personas!
- Cuando cambiamos las comidas, no sabía se miraba un poquito más o se comía de una vez...- Kanon lame los labios con el recuerdo del bistec.
- Espero que el loro tenga estómago de acero para aguantar aquel veneno. – se rió Saga.
- De todos modos, aún tenemos el mapa. – kanon sonrió largo.
- ¿Tú aún tienes el mapa? – Saga lo encaró feroz, estacando el secador.
- Ni todo está perdido, hermanito...- Kanon parecía entusiasmado.
- ¡El maldito mapa no nos librará de esta humillación! – ladró Saga, indicando el trapo de piso.
- Mire el punto positivo...- Kanon soñaba – Hoy fregamos el piso, mañana compraremos la Grecia...
- Kanon, sabe aquella vocecita que dice para parar cuando se está ganando...
Saga con cara de profesor, Kanon hizo cara de desentendido.
- ¿TÚ NO LA TIENES, INFELIZ?
Gritó el mayor, haciendo Kanon encogerse, llamando la atención de algunos piratas, que les miraron.
- Saga y Kanon...- Kanon hizo voz de asombro – Kanon y Saga...¡Hombres fuertes y poderosos!
- ¿Así que ustedes son los infames clandestinos que han invadido el navío?
Una voz femenina les llamó la atención. Una joven vestida de modo extravagante había llegado por atrás, abanándose con un abanico escarlata, dibujándose delante de los dos admirados hombres. Los cabellos, castaños y lacios, estaban recogidos en un sombrero muy llamativo, cuyas plumas iban por las alturas, y sus ojos castaños, fuertemente pintados, indicaban bien su profesión. Saga y Kanon la miraron sin ningún pudor, una sonrisa cínica en los labios.
- Entonces...- la voz de ella era dulce, levemente aguda. - ¿Quiénes son: los héroes o los bandidos?
- Me llamo Kanon. – estirando la mano para recibir la femenina.
La mujer dejó que una insinuante sonrisa se dibujara en su rostro, aceptando su galantería. Kanon besó su mano.
- Mucho gusto...- contestó, encarando el menor de los gemelos – Me llamo Isabella.
- Sabía que tenía "bella" en el nombre. – Saga, por su vez, tiró el hermano hacia un costado y agarró la pequeña manito cubierta por un guante de encaje escarlata. – No sabía que había...- la miró desde los pies, apretados en botas de tacones hasta los cabellos – ...Diversión a bordo.
Isabella tiró su mano, cerrando la sonrisa que iluminaba su rostro adamascado. Deteniendo los movimientos de su inmenso abanico, encaró al hombre por detrás de sus encajes que valdrían propiedades.
- ¿Por quién me tomas? – ofendida - ¡Soy una mujer de respeto! – dijo con actitud altiva.
- ¿Sí? – Saga sarcástico - ¿Y qué hace una mujer de "respeto" en un navío carguero?
Isabella encogió los hombros, como agarrada en flagrante.
- Estoy yendo hacia los EEUU. – contestó, encarándolo.
- ¿Para qué? – Kanon indagó.
Por un instante, ella buscó en su mente una buena respuesta.
- Para casarme.
Saga y kanon se miraron, incrédulos.
- ¿Y dónde está el novio? – Saga preguntó con cara desconfiada.
- ¡Está aquí!
Shion, con sus botas que iban hasta sus rodillas, vestido como un verdadero capitán, los sobrepujó por atrás. La muchacha sonrió, mirando a Saga con desdén. Kanon limpió la garganta, volviendo su atención hacia el secador, poniéndose a limpiar apresuradamente el piso que ya estaba impecable.
- Er...- Saga sonrió amarillo – Deseo felicidades. Hacen una linda pareja. – arrodillándose y fregando la cubierta.
Dándoles las espaldas, agarró su instrumento de trabajo, metiéndolo dentro de un balde con agua, y fregando aún más el piso ennegrecido.
- Vamos, querida...- llamó Shion, con voz alta y clara, para que todos escucharan – No quiero mi novia...- subrayó la última palabra – En compañía de esos bárbaros.
Isabella, aceptando el brazo que le era ofrecido, miró de relance, con soberbia, los hermanos que trabajaban, antes de seguir con su novio hacia el interior de la embarcación. Saga y kanon observaron la pareja desaparecer por detrás de la puerta que llevaba a los aposentos internos del navío.
- Es siempre así...- comentó Kanon – Hombre hablar de sexo con una mujer, es acoso sexual, pero mujer hablar de sexo con un hombre, es como mínimo $50,00 la hora...
- ¡Cállate o yo mismo te tiro a los tiburones!
o.O.o
Luego de entrar en el compartimiento ricamente decorado, de acuerdo con el gusto refinado del comandante, Shion soltó el brazo femenino, enfurecido.
- Ya te he dicho para que no vagues por ahí. – gritó, tomando de una botella de ron.
- Me siento aburrida en mi pieza, ¡estrangulase allí! – Isabella hizo voz de víctima – No aguanto más dormir en aquel cubículo.
- Si quieres, en mi cubículo hay espacio para dos...- Dohko comentó con voz sarcástica.
Isabella sonrió insinuante.
- ¿Pero qué pasa aquí? – Shion indignado. - ¡Esta mujer es mía!
- Tú sabes, Shion, un hombre necesita un poco de diversión...
- Si quieres diversión, que la busques a otro lado...- agarrando Isabella por el brazo y alejándola de Dohko.
- ¿Quién te mandó traer diversión a bordo? – Dohko ofendido. – Somos amigos, siempre dividimos todo, no seas egoísta.
- Amigos, amigos, mujeres a parte.
Isabella miró a Shion con unos ojitos penosos, bajando su abanico, soltando un profundo suspiro.
- Si me quieres, dame un aposento más grande...- parecía una niña – Si no tendré que aceptar, contra mi voluntad, la propuesta del señor Dohko...
- De él no aceptas nada. – gritó el capitán.
- ¿Me dará, entonces, una habitación mejor?
Shion tembló y abriendo la boca para contestar, se contuvo, frente al recuerdo de su infortunio.
- ¡Está bien! – contestó, sonriendo forzado – Puedes dormir conmigo.
La joven abrió una linda sonrisa, abanándose con más entusiasmo.
- Tú eres un amor. – soltando un beso hacia el severo hombre.
- No sé donde tenía la cabeza cuando quise traerla. – comentó Shion, saliendo de la habitación y golpeando la puerta.
- La mejor manera de hacer un hombre hacer algo, es decir que ya está viejo demás para eso. – comentó la chica, mirando a Dohko.
- Si piensas en tener un hombre, que tengas un pequeño...- indicando a sí mismo - ...Después de todo, de los males el menor...- completó Dohko, tirándose en la poltrona.
- Shion sabe apreciar las buenas cosas de la vida. Y tú también.
Ella indicó su propio cuerpo, caminando hacia él. Llegando por detrás, acostándose sobre el espaldar de la silla, dejó que sus manos, cubiertas por encajes, deslizaran por el tórax masculino.
- ¡Eso es bueno! – sonrió Dohko, mientras ella le daba besitos en el cuello. - ¡Eso es muy...BASTA!
Exclamó, levantándose de la silla sobresaltado, alejándose de ella, que lo encaraba aburrida.
- ¡Tiempo, muchacha! – dijo, haciendo un gesto de pausa con la mano – No podemos cometer un error a partir de ahora.
- ¿Qué error puede haber en eso? – preguntó Isabella, cruzando los brazos.
- Todos. – dijo Dohko – Estamos en una peligrosa jugada. De un lado, la fortuna. – y hacía gestos teatrales – De otro, el fracaso, el derroche. A parte, Shion es mi amigo y...
Ella suspiró, sentándose en la silla y golpeando su abanico en el escritorio, donde sus pies, en botas rojas, estaban apoyados.
- ¡Qué lástima! – habló, dando atención al abanico – Estaba disponible ahora.
Dohko hizo cara de llanto. Le dio las espaldas cuando ella, sin mirarlo, levantó la barra de su vestido, exhibiendo las lindas piernas apretadas en medias de encaje. Parecía muy despreocupada.
- No puedo ser débil. Soy un hombre maduro...- decía, con las manos en la cabeza.
Y volviéndose hacia ella, se rindió. Caminando hacia la mesa, donde las piernas estaban posadas, tomó el pequeño pie en sus manos, librándolo de la bota.
- Puedo hacer sólo un masaje chino...- balbuceó mientras la joven mordía sus labios – Pero sólo un masaje...
Le garantizó, mientras le besaba la pantorrilla.
o.O.o En Los EEUU o.O.o
Él se estiró, perezoso. Luego, abriendo los ojos con entusiasmo, fregó las manos con efusión, posándolas en su robusta cintura, soltando un suspiro largo y profundo. El delantal parecía chiquito alrededor de su cuerpo inmenso y fuerte. A sus espaldas, dos puertas de madera, rentes una en la otra, casi no llegaban a la altura del pecho. La placa, arriba, con letras rojas, exhibía el nombre: SALOON.
- ¡Qué lindo día! – sonrió – Ninguna señal de lluvia, ¡Esto es excelente!
Y saludando uno de los trabajadores que también empezaba su día en aquella ensolerada mañana, entró de nuevo en el bar, envolviendo todo ambiente con su mirada carismática y bondadosa, aunque poseyera una estatura descomunal.
- Tatiana...- llamó – No te olvides de las sillas.
La chica, de largos cabellos pelirrojos, tan lacios cuantos el terciopelo, le sonrió gentilmente, haciéndole un rápido saludo de cabeza. Sus ojos verdes, nublados, parecían no dar atención al movimiento a su alrededor, aunque fueran sólo las 8 de la mañana.
- ¿Entonces? – un de los borrachos que aún estaba allí, le preguntó - ¿No me van a servir? ¡Mi vaso está vacío!
Ella lo miró con bondad, inmersa en su personalidad amable y tranquila, sensible y tierna, no pudo controlar una sonrisa. Todo salón estaba lleno de mesas, donde algunos de sus más activos frecuentadores aún se encontraban, desde anoche.
- Y vacío seguirá. Es mejor que se vaya a casa, señor Thompson. – dijo ella con delicadeza – Su mujer debe estar preocupada.
- Mi casa ahora es aquí. Mi mujer me expulsó.
- ¿Por qué? – ella seguía bajando las sillas.
- Porque antes de ayer llegué en casa, ella me esperaba en la puerta con una escoba y yo, muy curioso, le pregunté: - hablaba con voz de borracho – Entonces, mujer, ¿Vas barrer o vas volar?
Dijo el hombre, dejando la cabeza caer sobre la madera carcomida de la mesa. Tatiana irguió una ceja, terminando de arreglar las sillas en sus lugares. Limpiando las manos en el delantal, se dirigió hacia la cocina para buscar la escoba.
- Esta noche facturamos un montón. – comentó Aldebarán, mostrándole la plata con una bella sonrisa en la cara.
- Facturaríamos más si tú no le hubieras prometido plata a los curas.
Dijo ella, era su socia hacía mucho, viniera con él y su esposa desde Brasil. Eran amigas aunque Rosina haya dejado su profesión.
- No tuve opción, o Bolita era enterrada como cristiana o tu amiga me ponía por la puerta afuera. El casamiento es la manera más cara de tener la ropa lavada gratuitamente. – suspiró.
- Ya era tiempo. – principió la chica, sonriendo por el comentario, mientras barría el piso – O entraba más plata o íbamos al derroche.
- Mi flor...- Aldebarán besó los billetes – Contigo "sirviendo" nuestros clientes, esta palabra no entra en el vocabulario de este establecimiento.
Ella sonrió por el elogio, pero antes no lo hubiera hecho. No maldecía la vida que llevaba, pero mantenía dentro de sí la esperanza de días mejores. ¡Quizá un día tuviera plata suficiente para irse! ¡Así, no tendría que soportar más aquellos borrachos!
- Fue un golpe magnífico decir que el viejo Silver había firmado el testamento. – se reía Aldebarán, con orgullo. – Aquellos curas son unos imbéciles.
- Fue arriesgado. ¿Y si el coronel aparece aquí?
- Tatiana, el día que aquel arrogante deje su hacienda para venir en nuestra ciudad, saldrá dientes en la gallina.
- Pues creo que ella ya está royendo hueso, porque el hombre está viniendo. – comentó la chica, una mirada asustada.
De golpe, las puertas del bar se abrieron con rispidez, llamando la atención de todos. Algunas de las otras prostitutas que, así como Tatiana limpiaban el sitio, volvieron sus miradas hacia el recién llegado.
- ¡Richard Silver! – exclamó Aldebarán, limpiando la garganta – No sabía que ya había retornado a nuestra humilde ciudad.
- ¡Esto está peor que aquello que el gato entierra! – gritó el hombre, con voz grave y bulliciosa – Vengo sólo por obligación.
El hombre, con sus botas bien grasadas, de caño alto, con esporas brillantes de tan bien pulidas, caminó con ceremonia hacia el balcón. Su capa marrón oscura, de cuero, traía marcas de polvo y sobre los cabellos canosos, un sombrero caro estaba posado. Todo él irradiaba un aura de recelo y respeto amedrentador. Las mujeres volvieron, poco a poco, a sus labores, ofreciendo miradas discretas a su figura.
- ¿Y cómo anda la salud? – preguntó el brasileño, con una sonrisa disfrazada, pidiendo ayuda para Tatiana.
De la última vez en que Richard estuvo en la ciudad, su bar fue palco de 5 homicidios.
- ¿Mucho trabajo?
- ¿Trabajo? ¿Salud?
Richard se sacó el cigarro de la boca, encarándolo con las cejas fruncidas.
- Sabes bien que no trabajo y mi salud es perfecta.
- Claro, claro. – concordó el inmenso y gentil hombre rápidamente - ¡Aquí está! ¿Y pretende quedarse mucho tiempo?
Preguntó, sirviéndole una dosis de ron.
- Lo suficiente para tener más ganas de irme de aquí.
- ¿Y qué le ha traído hasta nuestro humilde pueblo? – volvió Aldebarán, intentando borrar la tensión que estaba estampada en su cara.
- ¿Se acuerda de mi hija Elizabeth?
- ¡Cómo no! – gritó el gigante – Hombros fuertes, pechos grandes, cintura...
- No te atrevas a bajar más, porque te mato.
Gruñó Richard con severidad, levantándose del banco y agarrando el inmenso hombre por el collar de la camisa, acercando su rostro amenazador, mostrándole la pistola. Aldebarán limpió la garganta.
- Con todo respecto, señor. – dijo apresurado - ¡Cuándo se fue de aquí era sólo una niña!
Richard lo soltó, agarrando su vaso y tomando todo su contenido. Luego lo apoyó en el balcón, soltando un profundo suspiro.
- Ella está volviendo. Estaba un poco enferma allá en el Norte, así que pensé que una temporada por aquí no le haría mal.
- ¡Seguro! – Aldebarán de acuerdo – Después de la guerra, nuestras colonias están más avanzadas.
- Me ha pedido para que hable con el cura para que le de la bendición. – dijo - ¡Mujer tiene una verdadera y extraña manía por iglesias!
- Er...ah...- Aldebarán había quedado blanco, amarillo, rosa, rojo - ¿Y usted hablará con el cura?
- ¡Está preguntando mucho! – ladró el hombre.
Aldebarán se persignó, abandonando el hombre, se puso a lavar los vasos, muy nervioso, ofreciendo una mirada desesperada para Tatiana, su compañera y confidente. Ésta le sonrió como diciendo: ¿Qué puedo hacer?
Pero el día parecía interminable. Las puertas de nuevo se abrieron con alarde. Todos miraron hacia la entrada. Un hombre de semblante misterioso, los ojos azules amenazadores, se hizo presente en la escena, con sus rasgos feroces y una altivez soberbia.
Sus cabellos azules claros le decían por las espaldas, apretadas en un sobretodo amarillo dorado cubierto con lantejuelas. En el pecho izquierdo, un distintivo le hacía hinchar el tórax, con orgullo. Se podía leer: Alguacil, en letras bordadas de fucsia. Las botas, de caños largos, hasta las rodillas, con clavos que iban hasta el borde, estaban impecablemente limpias, y sobre sus ondulantes cabellos, que volaban al viento, un sombrero, también dorado, completaba su figura.
Estacó en la puerta, manos en la cintura, masticando una pequeña ramita de planta. Parecía que estaba en un duelo. Sus ojos corrieron todo Saloon de forma feroz. De golpe, irguiendo una de las manos, gritó, con un ton desesperado en su voz aguda:
- ¡Me he roto la uña! – pico inmenso en los labios – Tatiana, querida, ¡tú eres mi salvación!
Y caminando hacia la muchacha, que había apoyado la escoba en la pared, andando como si estuviese sobre una pasarela, le estiró la mano luego de abrazarla con efusión y darle dos besitos en la cara, que se perdieron en el aire.
- Amiga, pensé que me iba a morir. – decía un desesperado hombre, con voz llorosa – Es la tercera vez sólo esta semana. La culpa la tiene este esmalte. ¡Qué marca ordinaria!
Aldebarán parecía no dar atención al ocurrido. Las otras mujeres parecían entretenidas con sus deberes. Los borrachos seguían durmiendo. Sólo Richard, con su semblante cargado, el cigarro paralizado entre sus dedos, observaba la escena.
- No fue tanto. – decía la chica sonriendo – La puedo arreglar. Es algo simple.
Con agilidad, la joven manejaba la afeminada mano del hombre.
- No sé qué haría sin ti, querida. – comentaba él, haciendo volar sus cabellos, meneando la cabeza de un lado al otro – ¡Un hombre de clase está perdido en esta ciudad!
- ¡Listo! – habló Tatiana, agarrando la escoba.- Está como nueva.
Afrodita levantó su mano en la altura de sus ojos.
- ¡Tú eres la mejor, amiga! – dijo - ¡Está imperceptible!
- ¿Qué significa eso?
Richard se levantó, posando las manos en la cintura, luego de apagar su cigarro.
- ¿Hay algún problema, señor? – preguntó Afrodita, que no lo había visto.
- Sí, hay un problema.
- ¿Cuál? Puede decir. – volvió el hombre, con una pinta bajo su ojo izquierdo, frunciendo sus cejas, hinchando el pecho y haciendo cara de autoridad. – Soy el responsable por mantener el orden en esta ciudad. ¿En que puedo servirlo?
- ¡Tú! ¡Tú eres el problema! – dijo el coronel.
Afrodita parpadeó los ojos dos veces, sin entender la acusación.
- Después de todo... – Richard parecía trastornado - ¿Qué eres tú?
Afrodita bajó su mano, posándolas en la cintura y encarando al hombre. Fue hacia él como si estuviera desfilando y parando con su rostro muy cerca al de él, exclamó con su voz suave.
- Yo soy el alguacil de esta ciudad.
Por la primera vez, Richard dio una sonora carcajada.
- ¿Alguacil? – se consumía de reír – Una mujer, ¿Alguacil? ¿Cuándo van a aprender que el lugar de ustedes es en la cocina y en la cama, claro? – preguntó sarcástico – El mejor movimiento feminista sigue siendo el movimiento de las caderas... – y hacía gestos despreciativos.
Afrodita dejó que una sonrisa cínica se dibujara en sus finos y delicados labios, con insinuación, caminando como una tigresa, empezó a rozarse en el hombre.
- Porque yo...- su voz era dulce – Soy...- sus dedos deslizaron por el pecho de su interlocutor – ¡HOMBRE!
El grito fue tan alto, fuerte, grave, ríspido y severo que Richard estacó el aire bromista que se había instalado en sus rasgos y lo miró desde los pies hacia la cabeza.
- ¿Hombre?
- ¿Quiere ver? – Afrodita hizo gesto de sacarse los pantalones.
Richard miró a Aldebarán, pidiéndole ayuda.
- ¿Es hombre?
Aldebarán balanceó la cabeza afirmativamente. Richard volvió sus ojos hacia el "hombre".
- ¿Desde cuando usted acepta invertidos en su establecimiento?
Gritó, dirigiéndose al brasileño.
- ¿Invertido? – Afrodita enojado, furioso - ¡Le voy a mostrar el invertido!
Y virándose súbitamente tranquilo hacia Tatiana, le estiró la mano.
- Por favor...- haciendo una señal para que ella le sostuviera.
La muchacha, sin entender, obedeció. Afrodita, retirando con un fuerte movimiento salvaje, un mechón de pelo que le había caído en el rostro, suspiró, volviéndose súbitamente trastornado hacia el hombre, tomando su antiguo aire de furia.
- ¡Y NO ME SOSTENGAN! ¡NO ME IMPIDAN DE MATAR A ESTE MISERABLE! – gritaba con una gallina – ¡SUÉLTENME! ¡SUÉLTENME! ¡HOY ESTOY LOCO PARA PONER UNO EN LA "LLAVE"!
Una gota se hizo presente en el semblante de todos. Sólo Richard parecía aún asustado. Sacándose el sombrero, se volvió hacia Aldebarán.
- ¡Ciudad de locos! – gritó – ¡Me voy, que pase bien!
Y pasando por un irado Afrodita, salió a través de las puertas de madera. Afrodita arregló su capa con efusión y virándose para Tatiana, dijo:
- ¿Quién es este?
- ¿No conoces el señor Richard Silver, el hombre más rico de la provincia? – preguntó la chica, volviendo a barrer el piso.
- No, nunca le he visto más blanco. – murmuró Afrodita.
- Fue él quien dio aquella paliza en Don Oscar, de la Farmacia...- hablaba Tatiana con despreocupación – Mató Ernest, el grandote, acuchilló Don Alijah, de la panadería...
- ¡Basta! – Afrodita se persignaba – Prefiero seguir sin conocer el hombre.
- Estos hombres tienen manía de grandeza. – comentó Aldebarán, poniéndose su sombrero y sacándose su delantal.
- ¿Adónde vas? – preguntó Tatiana.
- Inventar una bella disculpa para cuando él vaya a la iglesia. – saliendo.
- Pues era como yo decía...- volvió Afrodita – Conmigo no hay eso de patentes...- sacó la pistola, haciéndola girar con habilidad – ¡Conmigo es la muerte!
- Hablando de grandes hombres...- Rosinha entró en aquel momento, vestida como una de las chicas – ¿Ya saben quien está volviendo a la ciudad? – una sonrisa insinuante en la cara.
- ¿Quién? – preguntó Afrodita.
- El comandante Shion Ariete, ¡El hombre más temido de los siete mares!
o.O.o Continua o.O.o
Yo sé que este capítulo quedó larguísimo, pero no resistí.
Espero que les haya gustado, así como me amo escribir esta historia.
Agradezco a todos que la están siguiendo y también a los que comentan.
Sigan comentando, eso hace un escritor feliz...
Jajajajajajaja
Besos a todos y hasta pronto.
