CAPÍTULO 4. Verano de los 13 años.
Emma se alegró al ver que Regina había conseguido su propio caballo, de pelaje y crines negras como la noche y de nombre Rocinante. Ni de cerca tan genial como el de su Escarabajo, pero al menos ahora podían salir a cabalgar juntas, la única actividad que las dos disfrutaban.
Regina se había convertido en una amazona experta, mientras que Emma seguía teniendo ligeros problemas debidos a su falta de equilibrio personal. Pero iba mejorando.
Escarabajo seguía siendo un animal joven e impetuoso, pero había sido domado por expertos y siempre había demostrado ser un compañero fiel. Era curioso ver a la pareja cabalgando. Dos caballos, uno dorado como los rayos del sol, el otro negro como la más oscuras de la noche, compartiendo ambos el rasgo con sus respectivas dueñas. Como el día y la noche, así eran exactamente Emma y Regina.
Cuando una quería galopar, la otra estaba interesada en el paisaje; cuando una quería descansar, la otra no pretendía desmontar del caballo todavía.
Aunque había algo en lo que las dos se ponían de acuerdo: una carrera. Disfrutaban compitiendo y retándose mutuamente.
Aquel día, las dos cabalgaban libres por los campos del Reino del Sur, perdidas en la inmensidad de los campos verdes, concentradas tan solo en ser la primera en alcanzar la meta.
Escarabajo y Rocinante galopaban a la misma altura, sus jinetas retándose con la mirada, cuando un descuidado animalillo corrió asustando a Escarabajo haciendo que el corcel se detuviera en seco y Emma saliera disparada para ir a aterrizar a un charco de barro para mayor diversión de Regina.
—Emma, ¿estás bien?
—Como si te preocupara, Regina, te estás riendo.
—No es culpa mía que estés cubierta de barro.
—Muy graciosa.
Emma se levantó para recuperar las riendas de Escarabajo, quien ya se había acercado a su dueña con la cabeza gacha.
—No me vengas con esa cara Escarabajo, te has quedado sin azucarillo.
—Emma, estás sangrando.
—Ya parará, volvamos al castillo.
—No, espera. Yo tengo algunas cosas para emergencias en las alforjas. Siéntate y te limpiaré la herida.
Minutos después, Rocinante y Escarabajo pastaban tranquilos mientras Regina intentaba limpiar el corte que se dibujaba en la frente de Emma.
—Pareces una niña, deja de quejarte.
—Es que escuece. – Protestó la rubia.
Regina acercó sus labios a la frente de Emma soplando delicadamente sobre la brecha ensangrentada.
—¿Mejor?
—Mmm… sigue.
Los labios de Regina no la tocaban, pero desprendían una ligera calidez que apartaba el dolor de su piel. Cerrando los ojos, se concentró en el inesperado bienestar que la cercanía de su compañera de juegos estivales le proporcionaba.
—Ya no sangras.— Susurró Regina despertándola de su trance.
—Gracias. Has sido muy amable Regina.
—Pareces sorprendida.
—Bueno, es que normalmente tú y yo no nos soportamos. No esperaba que te preocuparas tanto por mí.
—Desengáñate princesa, no era preocupación por ti. Simplemente no quería que mi madre me regañara por dejarte herida. —Dichas las últimas palabras, Regina montó en Rocinante.— ¿Vamos?
—Claro. Aunque, ¿sabes? No te mataría admitir que te preocupas por mí.
Se miraron por lo que pareció una eternidad. Regina esperó a que Emma subiera a lomos de Escarabajo y se acercó a ella como si pretendiera decir algo más.
—Trol apestoso la última en llegar al castillo.
Y comenzó a galopar. Regina Mills nunca dejaría de ser una terca engreída, pero en el fondo, era buena.
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