Hola,

Lo prometido es deuda.

Como siempre el capitulo llega a ustedes gracias a mi Beta. :3

DISCLAIMER: No poseo los derecho de ninguno de los personajes ni del universo de Hey Arnold!

Capítulo IV

Sábado 08:51 AM, en alguna calle de Hillwood.

Todo era una verdadera locura, aunque por suerte para Helga, ella había logrado escapar del que alguna vez había sido el superemporio de los localizadores, pero a pesar de su exitosa huida, la joven siguió mirando por sobre su hombro incluso cuando estaba por doblar la esquina, por lo mismo no se dio cuenta que otra persona venía en dirección contraria hasta que su trasero impactó contra el piso haciendo que en la caída perdiera la gorra y los anteojos de sol con los que se había camuflado.

Helga se sintió irritada ante el repentino impacto e inmediatamente miró enojada a su atacante desde el suelo, dispuesta a maldecirlo hasta el infierno por algo de lo que ella también era responsable, sin embargo, antes de que pudiera decir una sola palabra reconoció a la persona y la miraba asombrada.

—¿Helga?

—¿Arnold? Quiero decir, ¿qué haces aquí, melenudo?

—¿Estás bien? —preguntó el chico que también había caído por el golpe mientras se levantaba rápidamente para poder tenderle la mano a la joven rubia que lo miraba casi sin pestañar.

Oh, Arnold, mi amor, tan gentil, tan amable. El solo hecho de estar frente a tu presencia hace que quiera estar de rodillas frente a ti… Oh, mi amor. Eres tan atento al ofrecerme tu cándida mano como la de un príncipe a su princesa…

—Uhm, Helga. ¿Estás bien? —insistió el joven.

—Por supuesto que yo estoy… —respondió la joven con voz suave hasta que se dio cuenta de que quién estaba frente a ella no era nada más ni nada menos que Arnold—. Por supuesto que no estoy bien, Arnoldo.

—L-lo siento, Helga. No me di cuenta de que venías en esta dirección…

—¡Criminal! Eres un verdadero dolor en el trasero, Arnoldo. Aunque honestamente no sé por qué me sorprende seguir chocando contigo… ¿Acaso no puedes ser un ser humano normal y mirar hacia el frente? —siguió reclamando mientras apretaba sus puños.

—Oye, Helga…

—¿Y ahora qué quieres?

—¿Me devuelves mi mano? —le preguntó ya casi no sintiendo la sangre circular.

Al escuchar las palabras del adolescente con cabeza de balón, Helga inmediatamente soltó la mano del chico que prácticamente había estado volviéndose azul y que ahora recuperaba su color normal.

Helga miró a su alrededor hasta que encontró las gafas que se le habían caído para volver a colocarlas en su rostro e iba a ser lo mismo con la gorra hasta que otra mano se le adelantó.

Arnold intentó sacudir la tela del objeto, pero ella simplemente se la arrebató para luego enrollar su largo cabello rubio y esconderlo dentro del sombrero.

—Oye, Helga… No quiero ser intruso ni nada de eso, pero ¿por qué estas vestida de esa manera? —preguntó curioso al notar que aparte de la gorra que escondía su cabello y las gafas que ocultaban sus ojos, ella vestía un enorme mono de trabajo color verde militar que tenía bordada una corona dorada en el pecho izquierdo y que ocultaba todo su cuerpo.

—Para que los idiotas me pregunten —respondió sarcástica.

Arnold se sintió terriblemente abochornado al darse por su atrevimiento e intentó disculparse, sin embargo, antes que pudiera formular una palabra, la chica lo detuvo mostrándole la palma de la mano.

—Está bien. Mira… realmente lo siento, es solo que he estado teniendo una absurda mañana —se disculpó mientras se rascaba la cabeza—. Para tu información, Arnoldo, he estado trabajando en el negocio familiar con distintas tareas y esto que ves es uno de los uniformes del lugar, y de todas formas, ¿qué es lo que haces tú por acá?

—Iba camino a buscar unas cosas junto a Gerald y Harold cuando una extraña multitud apareció de la nada y nos separó.

—¿Extraña multitud? ¿No serán un grupo de montón de frikis que llevaban cámaras en sus manos?

Arnold lo pensó un momento e intentó hacer memoria sobre el detalle de que comentaba la adolescente.

—Ahora que lo mencionas, creo que sí… Algunos llevaban cámaras digitales y al parecer otros estaban tomando fotografías desde sus teléfonos celulares y no estoy muy seguro a qué se referían, pero creo que también comentaron algo sobre una colección o algo así… —respondió dudando si había entendido bien—. ¿Por qué? ¿Los conoces?

—¡Diablos! ¿Que si los conozco? Por supuesto que no —dijo haciendo una muesca de desagrado—. Esos engendros me han estado acosando porque…

—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —interrumpió el muchacho sintiendo una dolorosa opresión en el pecho al saber que ella había estado en problemas y él no estaba ahí para ayudarla.

—Bájale la espuma a tu chocolate, cabezón y déjame terminar. Como te había contado, estoy trabajando para mi padre y en general solo realizo tareas dentro de la tienda, pero hoy el gran Bob quería terminar de rematar las últimas cajas de localizadores y la encargada de entregar los cupones para el evento estaba enferma, por eso es que me pidió que los entregara yo en su lugar —Helga se detuvo para poder respirar ya que estaba hablando muy rápido—. Entonces salgo con este estúpido uniforme pensando que sería la mañana más lenta de toda mi vida, pero en vez de morir del aburrimiento y en menos de una hora una loca multitud luchaba por obtener más de esos estúpidos papeles.

—Entonces esas personas estaban interesadas en… ¿comprar localizadores?

—Creo que sí. ¿Quién lo diría, no? Esas cosas son aún bastante populares —dijo mirándolo son una sonrisa—. Aunque llevar cámaras para fotografiar esos vejestorios… creo que fue una exageración.

—Supongo que sí, pero realmente crees que… ¿querían fotografiar los localizadores?

—No se me ocurre otra alternativa —respondió encogiéndose de hombros—. Porque realmente dudo mucho que quisieran una fotografía del gran Bob —le dijo con una sonrisa divertida.

—Quizás no, pero sí de su bonita hija —dijo casi sin pensar.

—Doi, Arnoldo. Olga no estaba en el lugar —se burló Helga sin darse cuenta de que las palabras que se le escaparon a Arnold no se referían a su hermana si no a ella.

El muchacho se sintió aliviado de que ella no captara su desliz e inmediatamente intentó cambiar de tema.

—Dejemos eso de lado… Entonces, ¿cómo llegaste hasta acá?

—Oh eso… tuve que escapar por la ventana —respondió mientras se encogía de hombros ante la mirada sorprendida de Arnold—. Lo malo es que ahora tengo que regresar a recuperar mis cosas y no sé si mi padre haya logrado controlar la situación.

—Si quieres podemos caminar juntos.

Frente al tono gentil y la suave sonrisa que le ofreció, Helga no pudo evitar sonrojarse a la vez que sentía su estómago burbujear nervioso mientras buscaba las palabras para aceptar su amabilidad.

—No es necesario, melenudo. Me las puedo arreglar sola —respondió secamente a la vez que se daba cabezazos mentales contra una pared imaginaria por no haber aceptado su ofrecimiento.

Ante la escueta respuesta de la joven, Arnold evitó mostrarse decepcionado y con un simple encogimiento de hombros se lo hizo saber.

—Aunque de todas maneras tengo que ir para allá —comentó a la vez que se llevaba la mano tras el cuello e intentaba explicarse—. Las cosas que tengo que ir a buscar fueron regaladas por tu padre, además que lo más probable es que tanto Gerald como Harold me estén esperando allá.

—Oh, claro —respondió con decepción.

Qué tonta, como si quisiera caminar con alguien como yo, una chica tan tonta que ni siquiera puedo cuidar bien de un relicario con su foto, se dijo sintiéndose irritada consigo misma, pero sin más opción que ir a recuperar su bolsa soltó un suspiro que no pasó desapercibido por el chico que estaba a su lado.

—Además… me gustaría poder charlar un poco contigo, Helga. Siento que ha pasado tanto tiempo desde la última vez que estuvimos solos que hasta he extrañado que me llames cabeza de balón —le contó a la vez que le guiñaba un ojo.

—Bien, bien, vamos —respondió indiferente, aunque por dentro su estómago estaba celebrando el cuatro de julio—. Pero no te pongas empalagoso, amigo.

Arnold enarcó una ceja confundido ante su respuesta, pero al ver que ella estaba sonriendo le devolvió la sonrisa.

—Lo que tú digas, Helga.

—¡Doi! Por supuesto que lo que yo diga, ahora cállate y apresúrate —y sin poder evitarlo agregó:

—Tonto, cabeza de balón.

Al escuchar sus palabras claramente juguetonas, el adolescente no pudo evitar soltar una gran carcajada contagiando de buen un humor a la chica y así pronto ambos se estaban riendo.


Sábado 08:53 AM, en alguna otra calle de Hillwood.

Un par de calles más arriba se encontraban Harold y Gerald, los cuales se habían separado del adolescente con cabeza de balón durante el frenesí de poder escapar de una turba furiosa que había aparecido de la nada.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó Harold casi sin aliento.

—No lo sé, viejo —Gerald se secó el sudor de la frente con la manga de su sudadera, mientras miraba al chico gordo en el suelo, el cual transpiraba como un cerdo—. ¿Crees qué hay algún tipo de celebridad en la ciudad?

—Quizás estén dando comida gratis —sugirió Harold a la vez que su estómago gruñía.

Ante la típica respuesta de su gordinflón amigo, Gerald rodó los ojos y con un suspiro decidió ignorarlo debido a que encontrarse con Arnold era más importante.

—Será mejor que te levantes, Harold. Ya es bastante tarde y aún no hemos llegado a la tienda del gran Bob —le señaló a la vez que extendía la mano para ayudarlo a incorporarse—. Además, seguro de que Arnold debe ir camino para allá, le enviaré un mensaje.

—Déjame aquí. Estoy cansado y tengo hambre —respondió el muchacho tirándose en el suelo.

—Ah no. Ya es muy tarde para arrepentirse, aparte tú fuiste el que se ofreció a ayudarnos a trasladar las cosas y si son tantas cajas como nos mencionaste, necesitaremos todas las manos posibles para poder llevarlas.

Harold bufó molesto y se cruzó de brazos en pleno berrinche de niño de cinco años al que su madre no le quiere comprar un juguete nuevo.

—¿Sabes? Desde un principio me pareció extraña tu actitud —le dijo decidiendo ignorar su actitud y llevándose una mano al mentón continúo cavilando—. Porque de la nada te acercaste para ofrecer de tu ayuda, y si me lo preguntas esa es una actitud demasiado amable de tu parte. No sé porque estoy pensando que estás ocultando algo —le dijo dándole una mirada sospechosa.

—¿Yo? —preguntó apuntándose a sí mismo con una sonrisa nerviosa—. Vamos, Gerald. ¿Qué podría estar ocultando?

—No lo sé, pero algo huele realmente mal.

—Lo siento, no debí haber desayunado burritos.

—Hombre, no me refería a ese olor —le respondió arrugando la nariz—. Solo lo decía porque tú no haces nada a menos que de alguna manera te convenga —Al ver cómo el muchacho gordo fruncía el ceño ofendido, agregó:

—Acéptalo, amigo. Eres muy egoísta.

—Oye… yo no soy un egoísta —le dijo mientras con sus dedos regordetes comenzaba a enumerar las ocasiones en las él había sido de gran ayuda—. Participé en la limpieza del campo Gerald, también cuando enfrentamos a Wolfgang y no olvides que también fui de gran ayuda en el viaje a San Lorenzo.

—De acuerdo, de acuerdo. Acepto que has tenidos tus momentos, pero de todas formas algo no me termina de encajar con tu repentino interés —dijo mientras lo miraba intentando analizar sus gestos—. Bien, viejo. Es hora de que derrames los frijoles y confieses la verdad.

—¿Qué verdad, Gerald? —preguntó evitando su mirada.

—Grandote, sólo escúpelo —insistió el adolescente afroamericano.

Gerald no dejaría que Harold lo engañara y era por eso que prácticamente le clavó la mirada para que no siguiera eludiendo lo que sea que estaba ocultando con sus intentos de excusa barata.

—Está bien, lo confieso —dijo con lágrimas en los ojos en tanto desde algún lugar se empezó a reproducir la melodía de la Vesti de Giubba* mientras el joven con sobrepeso se ponía de rodillas y con las manos en forma de súplica para confesarse—. Escuché que esas cajas estaban llenas de golosinas y yo solo quería quedarme con unas cuantas —confesó con lágrimas en los ojos.

—Está bien, viejo. Cálmate —intentó detenerlo Gerald sintiéndose incómodo por su exagerada súplica—. Y por favor calla ese teléfono.

—De acuerdo —dijo a la vez que leía rápidamente el mensaje recién recibido y se levantaba del suelo.

—Entonces las misteriosas cajas, ¿solo tienen caramelos?

—Sí —dijo asintiendo de manera positiva la cabeza.

—Pensé que sería algo más emocionante, pero es solo algo muy aburrido y tan típico de ti… —Gerald se llevó la mano hasta la cabeza antes de suspirar—. Creo que lo mejor será seguir con nuestro camino para luego poder presentarnos en la escuela. ¿Me acompañarás o no?

—De acuerdo.

Ambos muchachos emprendieron la marcha en busca de las dichosas cajas donadas de las que ahora sabían estaban llenas de caramelos.

—Mmm, mmm, mmm. Qué aburrido.

—¿Por qué? ¿Qué esperabas?

—No lo sé. Solo que desde el regreso de San Lorenzo no ha pasado nada trascendental en esta ciudad; es solo más de lo mismo cada día.

—¿Algo trascendental?

—Sí. Porque desde que empezamos el sexto grado las cosas se volvieron bastante simples —el chico empezó a contar con los dedos las cosas que no pasaban—. No nos hemos vuelto a perder en el metro, ni hemos quedado varados en medio de una inundación, tampoco hemos explorado nuevas leyendas o conocido a algún personaje famoso y tú, amigo mío —le dijo mientras le palmeaba el hombro—, no has vuelto a tener problemas con la policía.


Sábado 08:30 AM, Ex–fortaleza de Park.

En un lugar el que a simple vista solo era un olvidado depósito de chatarra para autos oxidados y desbaratados, existía una puerta que escondía algo que solo los alumnos que alguna vez fueron estudiantes de la escuela pública Nº 118 conocían.

La fortaleza era un refugio secreto creado por un grupo de alumnos de cuarto grado del año 2012 para evitar caer en las garras del enemigo y el cual fue completamente olvidado, hasta que se necesitó de un lugar secreto y lo bastantemente grande para albergar la reunión de un club de adolescentes con hormonas furiosas por una dulce y bella chica, a la que habían comenzado a adorar desde solo algunos meses. Por supuesto el lugar era mucho más grande y moderno de lo que fue hace unos años atrás, y después de su reinauguración necesitó algunas mejoras, pero aun así era lo suficientemente bueno para la reunión que estaba por dar inicio en ese momento.

En la sala más grande, un joven no muy alto y no muy corpulento, cubierto con una capucha que ocultaba gran parte de su rostro, se paró en la tarima que contenía un estrado y una cortina para el proyector que estaba instalado en el techo. El joven acomodó el micrófono a su altura y se preparó para comenzar su discurso.

—Quiero agradecer a todos los asistentes de esta convocatoria —comenzó con voz ronca—. Como ya todos deben saber, el día de hoy es decisivo en la longevidad de este club y esto se debe a que nuestro secreto está a punto de ser exhibido.

Solo bastó que mencionara esas pocas palabras para que el público murmurara nervioso.

—Silencio, por favor —intentó calmar a la audiencia una vez—. Silencio, por favor —repitió sintiéndose molesto—. ¡Dije silencio! —gritó finalmente perdiendo completamente la paciencia, aunque sin mucho resultado y por eso no le quedó de otra que acercar el micrófono a uno de los altavoces más cercanos.

Los adolescentes sintieron sus tímpanos casi reventar por el estruendo que la persona había provocado, pero fue lo que se necesitó para callar a la audiencia.

—Ejem —se aclaró la garganta antes de continuar—. Como estaba diciendo, dependerá de lo que suceda el día de hoy para que nosotros podamos continuar con nuestro secreto o no, y antes de que vuelvan a interrumpir les quiero contar que nosotros ya teníamos preparada una estratagema para este día y que en este momento parte de nuestro equipo más capacitado se encuentra ejecutando.

EL joven sacó de uno de sus bolsillos un pequeño control remoto y con este proyectó la imagen de dos jóvenes en el monitor a su espalda.

—Ahora, necesito que presten atención porque repasaremos algo que TODOS los que se encuentran presente deberían saber —Con un puntero laser señaló la fotografía de dos adolescentes—. Tenemos al sujeto "A", a quien hemos llamado "Mantecado" y a su mejor amigo sujeto "B" a quien le hemos asignado el nombre de "Cuenta cuentos".

La audiencia asintió en silencio al joven que los miraba en busca de confirmación antes de continuar repasando los puntos clave, porque cualquier error en su plan sería fatal.

—Estos dos personajes han sido cuidadosamente vigilados desde el inicio de nuestra historia hasta el punto de impedir los encuentros del sujeto "A" con nuestro ángel, pero lamento informarles que hasta hace poco hemos empezado a notar que Mantecado está empezando a moverse de una manera distinta alrededor de ella y eso solo puede significar una cosa —dijo con tono severo haciendo que la multitud contuviese el aliento—. Y eso es que está intentando nuevamente romper su corazón —finalizó con amargura.

Un joven que era bien conocido por la mayoría de los participantes se acercó a paso rápido hasta la tarima para susurrarle algo al oído y luego señalar la hora del reloj que estaba en su muñeca.

—Mi mensaje para ustedes es que no cunda el pánico y que confíen en nosotros y en nuestras instrucciones —pidió con calma—. Ahora yo los dejaré con BeatleBoots para que los informe sobre el resto de los detalles.

El adolescente bajó del improvisado escenario para poder llegar a su posición rápidamente e incluso envió un par de mensajes para confirmar que todo aún se mantuviera en orden antes de abandonar completamente el lugar.

BeatleBoots acomodó el micrófono a una posición ligeramente más alta para poder ser el siguiente en dar instrucciones a la audiencia que esperaba por sus palabras.

—Chicos, como bien decía nuestro maestro, Arn… quiero decir… Mantecado ha estado observando mucho a nuestro precioso Ángel e incluso lo hace de una manera totalmente inadecuada —dijo levantando el puño para llevárselo al pecho mientras hacia una exagerada mueca de dolor antes de volver a la normalidad y continuar—. Se preguntarán del cómo nos hemos enterado de todo esto, y déjenme decirle que esto fue gracias a los constantes esfuerzos de nuestros miembros más veteranos quienes se han esforzado por mantener controlada la situación, ¡y conservar nuestro anonimato!

Los adolescentes aplaudieron emocionados ante el discurso apasionado de su orador e incluso algunos se limpiaron disimuladamente las lágrimas.

El adolescente apodado con el nombre BeatleBootssacudió las manos para aplacar los aplausos y poder continuar transmitiendo la información encomendada para luego ir rápidamente a tomar posición junto a su compañero.

—Gracias, gracias y ahora pasemos a algo muy preocupante, pero a la vez nuestra oportunidad de obtener algo con lo que solo habíamos soñado y eso es: un beso… —la audiencia soltó un gemido de sorpresa ante tal revelación, para satisfacción del adolescente quien esbozó una sonrisa confiada antes de continuar—. Sí, señores. El día ha llegado y aunque sabíamos que corríamos un gran riesgo… Es nuestro deber seguir y no desaprovechar nuestra oportunidad de obtener más que una mirada amable o un momento robado con nuestra musa, nuestra chica dorada, ¡nuestro hermoso y puro Ángel! —exclamó con emoción para luego hacer una pausa y mirar fijamente a la multitud expectante.

—Aunque ahora nos ha surgido un contratiempo que, si bien habíamos previsto, no pensábamos que se manifestaría de una manera tan sigilosa y directa —comentó en tono preocupado—. Ya que no solo nuestra secundaria está haciendo planes arriesgados el día de hoy, sino que también las otras escuelas comenzaron a realizar sus propios movimientos y con eso nos referimos a esto.

En la pantalla se mostró un collage de fotografías, las cuales se enfocaban principalmente en una sola persona que estaba vistiendo ropas muy distintas a las normales e incluso la mayoría se comenzó a sentir seriamente incómodos ante las imágenes a tal punto que llevó a algunos a masturbarse mentalmente, pero antes que pudieran seguir con eso, las imágenes cambiaron totalmente trayéndolos de vuelta a la realidad.

—Estos sujetos que se pueden apreciar son alumnos de la secundaría 117 del Este —indicó el adolescente dándose cuenta de que tenían la hora en contra y necesitaba juntarse pronto con su compañero para poder evitar que Mantecado se encontrara con su Ángel—. Con esto confirmamos lo que habíamos estado suponiendo hace un tiempo, y aunque no nos sorprende su popularidad, sí nos llama la atención la forma en que lograron burlarse de nosotros, sin embargo, les aclaro que esto solo nos causaría problema si perjudicara de alguna manera nuestras reglas, las que como todos saben son:

1. Velar por la seguridad física y/o mental del Ángel.

2. Obtener todo el material posible para el álbum.

3. No permitir que el secreto llegue a los oídos de los sujetos A y B.

—Y además de las principales reglas que debemos tener presente, hoy añadiremos:

4. No olvidar llevar cambio.

—Ahora cada uno es libre para poder tomar una posición, pero no olviden estar alerta de sus teléfonos en caso de requerir de su ayuda.


Sábado 08:54 AM, en alguna calle de Hillwood.

Arnold sintió su corazón temblar y el nudo de su garganta hacerse cada vez más grande ante los nervios de por fin poder pasar un tiempo a solas con la chica que sin saberlo lo había encandilado con solo un pequeño gesto, la chica que pensó jamás le correspondería, a la que evitó amar, pero que de todas formas y a pesar de las circunstancias no pudo evitar querer mantener a su lado.

Con cada paso que daban, Arnold se sintió cada vez más nervioso, como cuando era un niño pequeño y todas las sensaciones que ella le causaban lo hacían querer vomitar o desmayarse. Él se sentía torpe, nervioso, sudado e incluso demasiado consiente de que ella estaba a su lado, pero también, y aunque sonara contradictorio, también lo hacía sentirse pleno y cómodo, como si ese fuera el lugar al que perteneciera.

—Bueno, ¿y de qué es lo que querías hablar, camarón con pelos?

—Uhm, ha, sí —balbuceó nervioso ante la repentina pregunta, sin embargo, se obligó a tranquilizarse—. De cualquier cosa estaría bien.

Helga enarcó una ceja antes de hablar nuevamente.

—¿Sabes? Eres raro.

—¿Qué? ¿Por qué soy raro? —dijo señalándose con el índice.

—Porque primero dices que te gustaría hablar conmigo y luego no sabes de qué quieres que hablemos. Decídete, Arnoldo.

—Yo solo… —Arnold pensó que Helga tenía razón, pero es que él tenía un nudo en la lengua que le impedía hablar de manera coherente con ella y sin embargo había tantas cosas de las que quería conversar que no sabía por dónde empezar—. Es solo que desde que terminó la escuela media apenas hemos cruzado palabra, luego te fuiste de vacaciones todo el verano y creo que no recuerdo la última vez que hablamos.

El adolescente obviamente recordaba el momento exacto de su última charla, pero no quería parecer desesperado.

—Entonces es hora de que empieces a tomar pastillas para ese cerebro tuyo, cabezón, porque te estás olvidando de los viernes a las siete en punto en el campo Gerald.

—Lo sé, lo sé. Es solo que me refiero a solo tú y yo —dijo esbozando una sonrisa avergonzada.

¡Ohhh, Arnold! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¿Es que acaso la distancia ha hecho mella en ti y por fin estás desarrollando sentimientos de amor verdadero por mí? ¿Por Helga G. Pataki, quien te ama de la manera más retorcidamente sincera que existe y quien cada noche le canta a Afrodita en tu honor?

—Bien, bien. Tienes suerte de que me sienta de un mejor humor, Enano —respondió arrogante Helga.

—¿Enano? —preguntó Arnold enarcando una ceja y orgulloso le indicó:

—Creo que tendrás que reservar para alguien más ese apodo porque definitivamente ya no me hace justicia.

—Vaya, vaya, miren a quien un par de centímetros lo hace ser más arrogante.

—Solo estoy siendo honesto, Helga.

—Lo que tú digas, Arnold, aunque si lo pienso bien no sé de qué me sorprende —dijo mientras se encogía de hombros—. Porque después de todo tanto tu padre como tu abuelo son hombres bastante altos.

—Ahora que hemos aclarado que no sería bajito para siempre… ¿qué tal si me cuentas cómo te fue en tus vacaciones?

—¿En mis vacaciones?

—Claro. Me encantaría escucharte.

Al oír sus palabras sinceras, el estómago de Helga se apretó y su corazón tuvo la necesidad de latir emocionado, pero no queriendo desaprovechar la oportunidad de hablar con él comenzó a relatar lo sorprendentemente bien que había sido su viaje junto a su hermana Olga.

—Te lo juro, Arnold. Esos mocosos eran sumamente adorables y honestamente nunca pensé que alguien como yo pudiese llevarse tan bien con un grupo de críos de manos pegajosas.

—Me alegra que tu estadía fuese grata. De seguro algún día serás una madre muy cariñosa.

La mente de Helga rápidamente activó la alerta roja ante las palabras del muchacho, pero a pesar de que sentía la necesidad de cantar "Amazing Grace" tuvo que obligarse, con un par de bofetadas mentales, a guardar la calma y seguir narrando el resto de sus vacaciones.

—Aunque no creas que cuidar niños fue todo lo que hice —dijo antes de agregar—. También estuve de compras por New York y fui a ver un musical a Broadway. Muy importante, ¿no?

—¿Un musical? Pensé que los odiabas desde que tu padre se equivocó al conseguir las entradas para las luchas.

—Sí, bueno, pero este no era ni remotamente parecido a Ratz —Helga arrugó la nariz al recordar el fiasco con los boletos, y aunque había compartido un buen momento con su padre, se había prometido nunca más ver algún estúpido musical de moda—. Digamos que este era muy distinto.

—¿Y de que trataba?

—Del hombre de los diez dólares.

—Es Alexander Hamilton, ¿no? —preguntó Arnold después de pensarlo un poco.

—Doi. Puedes apostar tus pantalones que sí. El musical hablaba, o mejor dicho, cantaba sobre la vida y obra de Hamilton. Uno de nuestros más interesantes padres fundadores.

—Pensé que no estabas interesada en la historia —comentó el chico al notar su clara emoción.

—¡Criminal! ¿No te han dicho que piensas mucho, melenudo? —lo reprendió—. Ahora sé un buen cabeza de balón y déjame continuar.

La adolescente se sintió muy emocionada y no solo por el hecho de que Arnold, entre todas las personas, quería escucharla, sino que también por poder compartir algo que le hacía estremecer el corazón, sin embargo, lo que no sabía la joven era que ella no era la única que se regocijaba con ese momento si no que también el chico que caminaba a su lado con las manos en los bolsillos estaba disfrutando enormemente con solo escuchar su voz.

Arnold no pudo evitar admirar cada uno de los pequeños gestos que la muchacha hacía al explicar lo que había visto. Ella se veía preciosa con los cabellos desordenados que intentaban escapar de la gorra, con sus mejillas sonrosadas, con los ojos brillantes que de vez en cuando lo miraban por encima del cristal de los anteojos, y tampoco podía negar que se sintió nervioso cada vez que veía la lengua de Helga humedecer sus labios por estar hablando con tanta euforia.

—Y esa es la última canción del primer acto —le contó sintiendo la garganta seca y un poco avergonzada por haberse dejado llevar por la emoción—. Entonces… ¿qué opinas?

—Eso suena realmente interesante, Helga.

—¿Verdad que sí? —recobrando la confianza, Helga continuó:

—Pero eso no es todo, aún no te he contado el segundo acto.


Sábado 09:01 AM, emporio de los superlocalizadores.

El superimperio de los localizadores —que casi ya no vendía localizadores— se veía mucho mejor que la última vez que Gerald había estado ahí, aunque era obvio porque la última vez que él estuvo ahí, era utilizado como residencia por los Patakis.

—Espero que Arnold se encuentre adentro… —mencionó Gerald mirando la pantalla de su teléfono celular sintiéndose un poco molesto por la mala costumbre de su amigo de nunca contestar inmediatamente.

Harold simplemente se encogió de hombros y siguió al chico que entró por la puerta principal del lugar, pero apenas entró fue increpado por el mismísimo Gran Bob.

—Oye, oye, oye. Será mejor que estés comprando algo o si no les tendré que pedir que abandonen inmediatamente la idea de permanecer en este lugar —amenazó el hombre a los dos muchachos apenas pusieron un pie adentro.


Sábado 09:05 AM, en alguna calle de Hillwood.

—Y entonces finaliza con Eliza mirando de frente al público —le relató con una sonrisa de satisfacción al chico que había estado escuchándola atentamente—. Arnold, si alguna vez en tu vida tienes que ver algún musical, te prometo que este es el indicado.

—Después de todo lo que me has contado, realmente me gustaría ir, y quizás puedas acompañarme si te apetece repetir.

—¡Por supuesto que me encantaría ir contigo! —exclamó la adolescente entusiasmada hasta que notó el rostro sorprendido del chico—. Pero no te hagas ideas raras, zopenco. Es solo que nunca es suficiente haberlo visto una sola vez.

Sin embargo y a pesar de las palabras de la chica, Arnold sonrió e incluso recordó las palabras de su abuelo y pensó que si bien aún no estaba seguro de qué era lo que debía sentir o hacer… había algo que sí tenía claro y eso era que estar junto a Helga lo hacía feliz. Que el solo hecho de escuchar su voz o ver su sonrisa era un festín para sus sentidos.

—Lo que tú digas, Helga.

—Por supuesto que lo que yo diga, Arnoldo. Bien, ahora será mejor que continuemos con nuestro camino porque entre charla y charla se nos está haciendo tarde.

—Claro, aunque aún no me has dicho cuál es tu personaje favorito.

—No sé si es posible tener un solo personaje favorito, pero diría que es Eliza, aunque Angélica estaría en segundo lugar —le respondió después de pensarlo un poco—. Ellas son mujeres realmente admirables.

—Me habías mencionado que Angélica era su hermana, ¿no?

—Punto para ti, Arnoldo. Ella también estaba enamorada, o por lo menos en el musical de Hamilton.

—Debió ser muy duro para ella ver como su hermana se casaba de la persona que estaba enamorada.

—Pienso lo mismo, pero ¿crees que hizo "lo correcto"?

—En estas situaciones no sé si existe un "hacer lo correcto", Helga.

—¿Por qué no, Don Sabelotodo?

—Porque es una decisión difícil de tomar. Ya que no importa lo que decidas es inevitable que una de las partes salga lastimada, aunque respondiendo a tu pregunta, creo que en este caso podría decirse que Angélica hizo lo correcto.

—¿Por qué?

—Porque eligió no dañar a su hermana y eso es realmente algo admirable. Creo que alguien que es capaz de herir a otros para su propio beneficio nunca será feliz.

—Realmente no me sorprende que seas de esas personas que no apoyan la frase: "El fin justifica los medios".

—¿De qué vale ser feliz si le haces daños a quienes te rodean?

—Arnold, Arnold, Arnold —repitió la joven negando con la cabeza—. Eres realmente demasiado ingenuo para tu propio bien.

—No es que sea "demasiado ingenuo", es solo que no quiero lastimar a los demás.

—¿Sabes que no siempre podrás evitarlo, cierto?

—Por supuesto que lo sé, y aunque puedas pensar que estoy siendo demasiado positivo, no es así. Sé que a veces no podré evitarlo y más de una persona saldrá lastimada por mi torpeza, pero eso no quiere decir que no intente luchar por lo que creo.

—Entonces si tu objetivo vale la pena… ¿rendirse no es una opción?

—Creo que la respuesta depende del objetivo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Hay algo con lo que estés teniendo problemas? —interrogó preocupado.

—Sí, hay algo. ¿Puedes acercarte? —pidió la joven moviendo el dedo índice repetidamente.

Arnold se acercó lo suficientemente cerca para que Helga pudiera susurrarle al oído, pero lamentablemente esa no era la intención de la joven.

¡You'll Be Back! —gritó con fuerza directamente en la oreja del adolescente con cabeza de balón.

—Tranquila, Helga. Casi me dejas sordo —reclamó mientras que con el dedo índice intentaba despejar su oído—. De todas formas, ¿qué es lo que me acabas de gritar?

—Es solo una canción del Rey George.

—¿Del Rey George?

—Del musical, idiota —respondió cruzándose de brazos frente a él—. Escúchame bien, Cabeza de balón —le dijo mientras llevaba su dedo para darle un par de toques en el pecho—. Helga G. Pataki no se rinde.

Arnold no estaba seguro el porqué del repentino cambio de tema, pero lo que sí entendió fue que la joven en ese momento le realizó una promesa implícita sobre algo que de alguna manera les concernía solo a ellos dos.

—Bien. Ahora que estamos sobre la misma pista, será mejor que nos apresuremos porque cada vez se nos está haciendo tarde para el festival escolar y Phoebe me va a matar si no estoy en su precioso puesto a la hora.

—¿El festival? —Justo en ese momento Arnold recordó a su mejor amigo que debía estar preguntándose por él—. Es cierto, ¡Vamos!

El muchacho, sin pensar mucho en sus acciones, agarró la mano de Helga para que ambos pudiesen ir más rápido.

¡Arnold está tomando mi mano para que corramos juntos! Creo que me voy a morir.


Sábado 09:03 AM, emporio de los superlocalizadores.

—¿Está seguro de que ningún otro chico ha venido por aquí? —insistió por milésima vez Gerald ante la mirada irritada del hombre.

—Muchacho, realmente no tengo tiempo para estar jugando a las escondidas con ustedes. ¿Por qué no mejor toman las cosas y se largan? —dijo el hombre preocupado al no poder obtener respuesta de su hija menor.

Gerald realizó una mueca molesta ante la huraña respuesta del hombre y la falta de respuesta de su mejor amigo.

—De acuerdo, gracias —murmuró con fastidio mientras decidía no seguir insistiendo sobre el paradero de Arnold.

—Entonces, ¿qué es lo que haremos, Gerald?

—Ow, Hombre. Al parecer nos tendremos que llevar todo eso entre los dos…

Ambos chicos gimieron internamente al ver el número de cajas que estaban listas para ser retiradas e incluso Gerald consideró que podría tratarse de un error.

—¿Señor Pataki?

—¿Tú otra vez? —el hombre guardó su teléfono en el bolsillo al ver que no tendría respuesta hasta que la joven encendiera el aparato—. ¿Qué es lo que quieres ahora?

—¿Está seguro de que todo esto es para nuestra escuela?

—Por supuesto que sí, muchacho. La pequeña amiguita asiática de Helga me pidió que donara esto hace dos meses y me aseguré personalmente de que todo estuviera en orden e incluso las deje aquí y no en la bodega para que ustedes tuviesen rápido acceso para poder llevárselas.

Con un suspiro resignado, Gerald, volvió a mirar las cajas pensando que ni siquiera con la ayuda de Harold, Arnold y él hubieran sido capaces de llevar todo eso y además tener el tiempo suficiente para ayudar a armar los puestos que era para lo que los habían contratado en un principio.

—Oye, oye, oye —llamó el hombre mientras fruncía el ceño—. Esperen un momento… ¿Solo entre ustedes dos se llevarán todo eso?

—En realidad. Si aparece mi amigo seríamos tres.

El hombre miró a los dos muchachos pensando que no serían capaces de transportar todo y por lo mismo se compadeció de ellos.

—De acuerdo. Esperen aquí y buscaré a alguien que los pueda llevar con todas las cosas hasta la escuela.


Sábado 09:10 AM, estacionamiento Emporio de los superlocalizadores.

Gerald no podía creer su suerte ya que no solo los llevarían hasta la secundaria, sino que también los empleados de la ex-tienda de súper localizadores habían cargado toda la mercancía.

—Ahora todo sería perfecto si tan solo este amigo mío se dignara a contestar su teléfono —murmuró en voz alta Gerald a la vez que remarcaba el número de Arnold.


Sábado 09:12 AM, en alguna calle de Hillwood.

El par de adolescentes rubios había recorrido gran parte del tramo restante corriendo y cuando estaban solo a una calle de su destino, Arnold notó una gran masa de irreconocible cabello oscuro como copiloto del vehículo que avanzaba en sentido contrario a ellos.

¡Es Gerald! pensó mientras se detenía abruptamente e intentó llamar la atención de alguno de los ocupantes de la camioneta, pero ninguno de ellos dio señal que lo habían notado.

Helga, quien había chocado con la espalda de Arnold después que él se había detenido, aprovechó la cercanía para olfatear el aroma de sus cabellos.

¡Qué bien huele! Ohhh… mi amado ángel de rubios rizos, sigues utilizando ese mismo shampoo que tanto me gusta, suspiró Helga para sí misma antes de darse una bofetada mental y obligarse a mantener la calma.

—¡Diablos! Avisa si te vas a detener de la nada —reprochó molesta la adolescente antes de darse cuenta de que Arnold estaba moviendo la mano que tenía libre desesperadamente—. ¡Te volviste loco! ¿Qué estás haciendo, Arnoldo?

Arnold bajó el brazo con un suspiro de derrota al no poder lograr su objetivo.

—Lo siento, Helga. Solo estaba intentando llamar la atención de la camioneta que pasó junto a nosotros hace unos momentos.

—¿Por qué? ¿Y para qué? —preguntó la joven enarcando una ceja.

—En ese camión logré distinguir a Gerald y lo que estaba intentado hacer era que se detuviera —respondió mientras intentaba recordar en dónde había visto anteriormente el logo de ese vehículo; hasta que se dio cuenta que esa imagen era la misma que estaba en la ropa de Helga y lo más probable era que eso significara que Gerald ya estuvo en la tienda del gran Bob—. Supongo que él ya va en camino a la secundaria y no le estoy siendo de ayuda alguna.

—Rayos, Ar-nol-do. ¿Quién espolvoreó dramatismo en tu avena esta mañana? —preguntó irónica al ver su cara larga—. ¿Por qué no simplemente llamas al chico de pelo alto por tu teléfono celular?

Ante el comentario lógico de Helga, Arnold sonrió avergonzado por no haber pensado en eso desde un principio. Por eso el adolescente, con su mano libre, sacó el aparato desde su bolsillo derecho, dándose cuenta de que lo había tenido en silencio desde que salió de casa.

Arnold abrió los ojos impresionado por la gran cantidad de llamadas perdidas y mensajes que había recibido por parte del chico moreno e inmediatamente procedió presionar sobre el número para devolver el llamado.

Arnold solo esperó un segundo antes que el muchacho respondiera.

¡Por un demonio! ¿Dónde te habías metido?

Lo siento, Gerald. Los perdí de vista y ahora estoy con Helga camino a la tienda de su padre.

¿Con Helga? De acuerdo. No importa, ahora Harold y yo estamos siendo llevados hasta la secundaria con un lote de pesadas cajas y necesitaremos de tu ayuda para bajarlas.

De acuerdo. Estaré allá lo antes posible.

Bien, viejo. Nos vemos.

En tanto el adolescente realizaba su llamada, Helga no pudo evitar notar que ella seguía firmemente aferrada a la mano izquierda de Arnold. Helga notó cómo su mano se veía pequeña en comparación a la de él, sus dedos eran largos con uñas limpias y cortas, su piel era cálida y de un color más oscuro que la de ella.

La joven se empezó a sentir acalorada y deseó no haberse dado cuenta que su mano estaba entre la de él porque estaba empezando a sentir un calor punzante en sus pómulos y sus palmas las estaba empezando a sentir pegajosas por el sudor.

¡Vamos, Helga! No te pongas nerviosa y mantén las manos secas, se reprochó la joven mientras sentía las rodillas temblar.

—¿Helga?

—¿Qué te pasa? No me asustes así, hermano —La chica volvió a la realidad, empuñando su mano, en forma de amenaza, frente a la cara de Arnold.

—Es solo que ya podemos continuar.

—¿Y?

—¿Me puedes devolver mi mano? —preguntó, por segunda vez en el día, el chico al sentir sus dedos siendo estrujados por la joven.

—Ups. Sí, lo siento.

—No hay problema —la disculpó mientras razonaba en lo fuerte que era Helga al tener que contraer los dedos de su mano para que la sangre volviera a circular libremente.

—Entonces… ¿qué es lo que te dijo Gerald?

—Harold y él van camino a la escuela y necesitan de mi ayuda para bajar las cajas que donó tu padre.

—Así que ya te tienes que ir, ¿no?

—Sí, pero no sin antes acompañarte, Helga.

—¿En serio? —preguntó esperanzada, aunque antes de que el chico pudiera responder algo, añadió:

—Porque no tienes que hacer eso, puedo ir sola.

—Sé que no tengo que hacerlo, Helga, pero me gustaría hacerlo.

—De acuerdo, pero no creas que te debo algo.

—No lo haré —Arnold rodó los ojos ante su terquedad y luego sonrió para sí mismo divertido pensando que ella nunca cambiaría, y a pesar de que quizás sonara extraño, eso lo hacía muy feliz, aunque eso le recordaba otra cosa.

—Oye, Helga.

—¿Si, Arnold?

—¿Sabes? Me sorprendió mucho escuchar que aceptaste ayudar en ese tipo de puesto —le comentó casualmente.

— ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Helga enarcando una ceja.

—Vamos, tú sabes que no eres ese tipo de persona —dijo en tono de broma intentando ser juguetón con ella, pero sin captar que la chica en cuestión estaba dándole un giro de 180° a sus palabras—. Sé que tanto como a Rhonda como a Lila no les importa llamar la atención, pero ¿tú?

Helga se detuvo completamente e incluso podría jurar que su corazón había dejado de latir por un minuto entero haciendo que su sangre se helara y su pecho se contrajera doloroso, pero no había pasado un minuto, solo fueron unos segundos en el que su corazón se rompió en mil pedazos haciéndola sentir solo con ganas de llorar; todo lo contrario a lo que había estado sintiendo en la última hora.

Arnold, al notar el silencio de Helga, se dio cuenta que ella se había detenido hace un par de pasos y al verla mirar el suelo inmediatamente se preocupó.

—¿Qué es lo que sucede, Helga?

Al escuchar sus palabras sinceras de preocupación, Helga se sintió estallar de amargura. ¿Por qué se atrevía a preocuparse por ella después de haberla insultado? Pero ella era Helga G. Pataki y había pasado por muchas situaciones en su vida para que esto la hiciera agachar el moño.

—¿Que "qué es lo que me sucede"? —repitió incrédula ante el descaro del muchacho—. ¿Cómo te atreves, idiota?

—¿Helga?

La joven avanzó el par de pasos que le faltaban para quedar justo frente a él.

—Yo te diré lo que me sucede, imbécil —dijo a la vez que lo golpeaba en el pecho con el dedo índice—. Crees que porque no soy tan bonita como ellas no soy digna de estar en ese puesto.

—¿Qué? —preguntó Arnold sintiéndose confundido por su rápido cambio de humor hasta que, al notar su rostro compungido, su cerebro sumo dos más dos dándose cuenta de que ella había malinterpretado totalmente sus palabras—. ¡No! Te equivocas, te prometo que eso no es lo que quería decir.

—¿No? —cuestionó con una carcajada amarga demasiado enceguecida por la furia y el dolor para intentar entender sus palabras o darse cuenta de lo que estaba diciendo—. ¿Entonces qué es lo que querías decir, Arnold? —preguntó, aunque antes de que el chico pudiera abrir la boca continuó:

—¿Qué nadie me puede querer? ¿Qué porque no tengo una fila de chicos esperando en mi puerta soy una persona non grata? ¿O qué soy tan fea que ni siquiera de esta manera puedo conseguir un beso? Pues déjame decirte que me decepcionas, Arnold. Siempre quieres parecer tan altruista con tu buena voluntad, ofreciéndote en ayudar a todo el mundo, dando consejos y estas tan orgulloso de tu optimismo ciego que no te das cuenta de la realidad, pero déjame decirte una cosa más, zopenco. Eres tan solo un idiota vanidoso que está demasiado ocupado jugando al héroe para darse cuenta de que la vida real es más que solo meterse en la vida de los demás con soluciones bonachonas. ¿Por qué no mejor te consigues una vida, Arnie? Y te dejas de ser un mocoso caprichoso y entrometido que solo ayuda a los demás para aumentar su ego —finalizó con saña.

Arnold estaba anonadado ante la retahíla de insultos de los que fue blanco por parte de la chica quien lo miraba como si fuera un desagradable insecto que se había quedado pegado en la suela de sus zapatos.

—¿Con que eso es lo qué piensas de mí? —preguntó con una extraña sensación de fría ira que punzaba en sus cienes y lo hacía apretar los dientes a la vez que sentía una mezcla de dolor y calor en la boca del estómago que lo encegueció, y aunque su subconsciente le pidió que fuera racional y no dijera cosas de las que se arrepentiría, era solo cosa de la más mínima provocación para que la bomba estallara.

—Sí, eso es lo que pienso… —contestó la joven cruzándose de brazos y dándole una sonrisa burlona y cruel le dijo:

—Cabeza de balón.

Y eso fue más que suficiente para que el muchacho viera rojo y la ira reemplazara al dolor.

—¿Caprichoso? Ja. No me hagas reír, Helga. La única persona caprichosa que hay aquí, eres tú —le dijo acercándose su rostro al de ella—. Siempre quieres ser la jefa sin importarle lo que puedan pensar los demás, eres la mujer más insufrible, egocéntrica y carente de tacto que he tenido la desgracia de conocer… Así que no te sorprendas si nadie se acerca a ti —se alejó poniendo las manos en la cintura—. Después de todo, ¿por qué lo harían? Teniendo a alguien tan dulce como Lila que es siempre amable, bonita y, ¿por qué no decirlo? Simplemente perfecta —dijo con toda la intención de hacerle daño, pero no satisfecho con eso, agregó:

—¿Y sabes? Es verdad lo que escuché. ¿Quién querría un beso de una chica como tú? Aunque sea por el mísero precio de un dol…

El sonido de la palma de la mano de Helga chocando contra la mejilla de Arnold fue lo suficiente para despertarlos a ambos de la bruma de ira y dolor en la que estaban sumergido.

Helga había golpeado a Arnold.

Helga jamás pensó que llegaría el día en que volvería a dañarlo físicamente.

Helga solo quería sentarse en algún rincón oscuro y romper a llorar, pero a pesar de que su cuerpo tembló doloroso ella hizo todo lo contrario.

—Yo… Nadie se burla de Helga G. Pataki y quizás a ti no te interese, pero realmente no me importa porque serías la última persona a la que quiero besar y te prometo, no, te juro que habrá una enorme fila de chicos esperando por un beso mío… tú solo espera y verás.

Arnold vio como la chica se alejaba en dirección contraria e intento hacer algo, decir cualquier cosa para que se detuviera, pero sus pies se sentían como si tuviesen dos bloques de cemento que lo mantenían unido a la acera y su mente era un caos que intentaba asimilar lo que había pasado.

—Oh, no…


Sábado 09:14 AM, en alguna calle de Hillwood.

—El objetivo está a la vista y tenemos una alerta amarilla.

—¡Diablos! Intervengan lo antes posible.

Continuará...

NA2: Este capítulo fue el que estaba peor escrito de antes y fue todo un reto escribirlo nuevamente. Ojala les guste el resultado.

No olviden pasarse por mis otras historias y nos leemos en una proxima oportunidad.

Bye ~ Bye