Misión 004. Los Reyes de Maamo Mai
Al día siguiente de los atentados...
Palacio Real de Sisi, Asilimia. 12 PM
En los largos pasillos del palacio imperial de Asilimia, situado en la parte central de la capital de Sisi, un tutor histérico recorría los metros de rojas alfombras, llamando a gritos:
–¡Príncipe Asakura! ¡Príncipe Asakura! –el hombre se detuvo, sacó un pañuelo del bolsillo de su traje victoriano y se secó la frente con él–. ¡Qué fastidio con este niño! No puede ser que se distraiga de todas sus tareas...
Siguió trotando a través de los pasajes y recovecos, gritando el nombre del príncipe a todo pulmón...
Algo más lejos del pasillo donde el tutor comenzaba a desesperarse, en los amplios y bellísimos jardines del palacio, un jovencito de lacio y fino pelo color verde musgo descansaba la cabeza ardiente sobre un balcón de mármol blanco.
En aquel sector de la extensión de páramo verde y floreciente, lleno de árboles, arbustos con delicadas flores y parcelas enormes de flores de todos los colores, se hallaba un pequeño emplazamiento circular de mármol, al que se accedía subiendo cuatro grandes escalones del mismo material. En ese círculo pálido, bordeado por una suerte de cerca–balcón, con un bellísimo dosel reventando de flores y enramadas, el chico estaba sentado en un banco de piedra oscura, con los brazos apoyados en el balcón y la cabeza caída entre las manos... el frío contacto de la piedra le aliviaba la frente hirviente... dentro de su traje victoriano, se sentía morir.
Levantó un poco la cabeza y los ojos, apoyando la barbilla sobre las manos. Su expresión de tristeza no se disipó al contemplar los hermosos y radiantes colores del páramo. Su angustia venía desde adentro... y por más perfecciones que observara, no lograría consolarse.
Ese día, el príncipe Asakura cumplía quince años... Y con ellos, venía una insoportable responsabilidad.
–(Hoy deberé sumarme a las discusiones de la corte...) –pensó, abatido. Detestaba ese tipo de cosas. Requerían de mucha determinación y de una voluntad firme, y firmeza era lo que justamente a él le faltaba.
Acostumbrado desde niño a una existencia de lo más plácida y perezosa, estaba habituado a que los demás tomaran decisiones por él. Y la expectativa de ser observado por un centenar de hombres y ancianos aristócratas, que consideraban a todo el mundo inferior a ellos mismos, le producía especial temor. Uno no podía equivocarse frente a toda esa gente. Recordaba haber entrado una vez por error a la Sala Capitular, cuando era muy pequeño, donde su padre, el rey Yurimaru Oni, estaba en consejo con esos hombres que sabían mucho de economía y de política, y algunos eran militares... Se había quedado muy quieto junto a la puerta, escuchando. El rey hablaba sobre el crecimiento de vaya uno a saber qué sección y de las productividades, cuando un anciano barrigón lo había interrumpido... Allí él había estornudado, y todos esos ojos severos lo habían observado con actitud antipática. Yurimaru había ido hasta él, lo había tomado en brazos y sacado de aquella sala.
–La Sala Capitular no es lugar para niños –le había dicho afectuosamente, mientras lo llevaba al recinto donde sus institutrices y tutores lo cuidaban–. Algún día entrarás y también tú podrás darme tu opinión. Pero no ahora.
... Asakura seguía con el mentón sobre las manos, con los ojos perdidos en la inmensidad del jardín... una lágrima descendió de sus brillantes ojos rojizos, sangrientos como un sol de atardecer...
–No quiero... crecer... –se dijo, ocultando el rostro.
Su caballo color plata, que estaba atado a un poste junto a la breve escalinata, relinchó suavemente, mordiendo un poco de pasto junto a sus patas. El fino animal se encabritó de un momento a otro, como asustado. Asakura levantó la vista hacia él y luego oyó un galopar que se acercaba.
A varios metros, en un caballo igual de elegante pero más pequeño, una figura más pequeña aún galopaba alegremente. Se trataba de un chiquillo muy parecido a Asakura, de cabellos cortos color verde musgo, ojos igual de rojos... pero los diferenciaba la expresión en sus rostros... la del pequeño era jovial y sus ojos brillaban con una vivacidad envidiable.
–¡Hey, Asakura! –exclamó, tirando de las riendas del caballito amarronado y haciendo que se detuviera con mucho alboroto y nada de etiqueta real–. Con que aquí estabas. ¡Sabía que te encontraría aquí!
–Hola, hermanito –murmuró Asakura, con la cabeza ladeada sobre uno de sus antebrazos y expresión de abandono. El pequeño ató su caballo junto al plateado de su hermano y subió los escalones de mármol a saltos.
El chiquillo se sentó junto a Asakura en el banco de piedra y lo observó por unos segundos.
Los ojos rojos de Asakura recorrieron el rostro radiante de su hermano menor y se toparon con los del niño, que tenían una chispa brillante y llena de vida. Acercándose lentamente, en silencio, extendió una manita blanca y tersa hasta el rostro de su hermano mayor... y le tironeó de la mejilla.
–¡Feliz cumpleaños, Asakuraaaaaaaa! –exclamó el niño, tirándole de la oreja–. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince!
–Yaaaaaa... –hizo Asakura, dejándose hacer.
–¡Feliiiiz cumpleaños, feliz cumpleaños! –el chiquillo le dio un beso en la mejilla colorada. Asakura se quedó muy quieto, y luego comenzó a reírse.
Habían pasado unos minutos en los que Asakura seguía inmóvil, sentado frente a su hermanito con la misma expresión de indolencia de antes.
–¿Por qué estás tan triste? –preguntó el chiquillo, con aire preocupado–. Hoy es tu cumpleaños. No deberías sentirte mal.
–No lo entenderías, Asuma... –murmuró Asakura, con la vista perdida y algo oculta tras su flequillo lacio color musgo.
–¿Por qué no? –preguntó el niño, sacudiéndole el flequillo para poder verle los ojos.
–Porque no tienes edad.
–¡Aah! –hizo Asuma, resoplando–. Siempre me dices lo mismo. ¡Yo ya cumplí diez años! Bueno, no es mucho, pero es algo. ¡Vamos, hermano! –añadió, con aire triste–. Siempre has sido mi mejor amigo... dime qué te pasa...
Asakura se quedó un segundo en silencio, y luego, en la misma posición, empezó a hablar, primero en voz baja y luego subiendo un poco el tono.
–Tú sabes lo que dicen las reglas de la corte... que el día que los príncipes cumplen quince años, ya son capaces de discernir, y entonces podrán unirse al consejo del rey, asistiendo a sus reuniones en la Sala Capitular...
–Ajá –dijo Asuma–. Eso lo sabemos los dos. Los tutores nos enseñan desde pequeños cómo comportarnos en sociedad y nos preparan para ser miembros de la corte. ¿Cuál es el problema con eso? –preguntó, algo confuso.
–¡Ése es el problema! ¡Ya soy un "adulto", desde la perspectiva de las reglas! –respondió Asakura, levantando la cabeza.
–¿Y...?
–¡Y que deberé ir a esas aburridas reuniones!
–¡No te entiendo! ¡¿No te agrada el hecho de que te tomen en cuenta? –exclamó Asuma, ya harto–. Desde que tengo memoria, he luchado porque la gente me tome en cuenta y no me considere un niño tonto...
–No lo eres.
–Yo sé... –murmuró Asuma–. Pero nadie me hace caso. Se creen que porque tengo diez años no sé nada de la vida.
–Yo tengo quince y tampoco sé nada de la vida. Además, nuestra existencia se ha limitado desde siempre al palacio, y a las visitas que hiciéramos, siempre rodeados de la procesión real...
–Entonces... ¿por qué no te agrada la perspectiva de ser más libre?
–Porque si voy a ser libre, deberé ser responsable también –contestó Asakura, sintiendo que el alma se le iba a los pies y apoyando en consecuencia el otro brazo en el balcón y el mentón entre las manos–. No quiero... ¡No quiero crecer! ¡No quiero tener que estar en ese lugar, decidiendo cosas de las que apenas tengo un mínimo conocimiento!
–¿Te asusta ser más grande...? –preguntó Asuma lentamente.
–Sí... –Asakura giró la cabeza y lo miró con ojos tristes–. Tengo miedo de tener que decidir.
Asuma se inclinó sobre su hermano y lo abrazó afectuosamente.
–Yo... yo no puedo ayudarte... perdóname...
–No te preocupes. Nadie puede –murmuró el mayor, respondiendo al abrazo–. Nadie puede ayudarme.
Asuma se estaba alisando el blazer del uniforme del colegio mientras se preparaba para montar nuevamente.
–He venido a buscarte en realidad porque tu tutor está como loco porque no te encuentra en el palacio –le dijo con aire tranquilo, poniendo un pie en el estribo y trepándose hábilmente a la silla de montar–. Eso, y que el almuerzo ya está listo.
–Deberé ir, supongo... –suspiro Asakura, descendiendo los escalones de mármol y desatando su caballo–. ¿Sabes qué hay de comer?
–Ni idea. Yo pedí que hicieran pescado, pero sabes que a mí nadie me hace caso.
–Vamos a ver entonces... –Asakura montó en su caballo, y los hermanos Oni partieron rápidamente en dirección al palacio.
Cuando los príncipes ya estaban dejando sus caballos en la cuadra, dos nerviosos e irritables tutores atraparon en la entrada de la caballeriza a los chicos de pelo color musgo y los llevaron de la oreja al comedor de la familia real, sin obviar el sermón y la reprimenda por varias razones.
–Príncipe Asakura, ¿dónde demonios se metió usted? Ahora se le ha dado por faltar al colegio con la excusa de sentirse mal, ¡y luego el señor se va a galopar por los prados! –exclamaba el que llevaba a Asakura de la oreja.
–Y usted, príncipe Asuma, ¡que desaparece sin siquiera avisar nada! Ha dejado su habitación en un desorden infernal, no ha abierto siquiera su libro de tareas, ¡y además se escapa a pasear a caballo! ¡¿No le ha dicho su madre que no debe andar a caballo con tanta frecuencia? –protestaba el otro, que casi llevaba a Asuma en el aire porque era muy alto y el niño muy pequeño.
–Bueno... –se atajaba Asuma, tratando de caminar al paso de su tutor–. Tenía que buscar a mi hermano, señor, y no se me ocurría otro lugar donde encontrarlo...
–¡Y yo sí que me sentía mal! –se defendía Asakura, luchando por quitar la firme mano de su oreja ofendida–. ¡Tenía fiebre en la mañana! Se me ha pasado un poco y quise salir a despejarme...
–¡Despejarse, sí! ¡Sabe que tiene muchas cosas para hacer hoy! –lo reprendía el hombre, apretando aún más la mano.
Cuando los tutores hubieron arrastrado a los príncipes hasta el comedor, un sirviente abrió la puerta anunciando a los jovencitos:
–Sus altezas reales, el príncipe Asakura y el príncipe Asuma de la familia Oni.
Los príncipes fueron empujados dentro del comedor por sus irritables tutores y las enormes puertas se cerraron detrás de ellos con un estruendo. Asuma y Asakura se miraron por un segundo y luego se pararon muy derechos al darse cuenta de que tenían visitas... La larga mesa del comedor estaba rodeada de muchas sillas, y ocupadas con gente bien importante.
En la extensa mesa rectangular, en cuya cabecera se hallaban Yurimaru Oni junto a su esposa, la reina Haiko, una bellísima mujer de rostro sosegado y amoroso. Yurimaru tenía cabello lacio y de verde oscuro, largo hasta debajo de las orejas y con algunos mechones que caían a los costados de su rostro, con algunos sectores de canas visibles. De ojos rojos y brillantes, y con una espesa pero corta barba con bigote, su expresión pacífica se veía a la vez seria y jovial. Sentada a su izquierda, Haiko descansaba en su silla con gesto de estar muy calmada. Mujer débil de salud, era tranquila y reposada, muy benévola y en extremo cariñosa. Tenía largo cabello color verde musgo, que llevaba atado en un fino peinado, y ojos rojos también. A la derecha de Yurimaru, las dos sillas vacías pertenecientes a Asakura y Asuma, seguidas de tres sillas más, ocupadas la primera por una mujer de rostro hermoso, ojos de un color violáceo y cabello corto y ondulado, de color negro azabache. Su expresión era la de una mujer decidida pero recatada, de esas personas impetuosas que han sido educadas en todo el rigor de la virtud y la disciplina. Era Sophie Liet, la reina de Aidin, y una de las mujeres más resueltas que podría haber en cualquier parlamento de Maamo Mai. La silla siguiente la ocupaba una pequeña chiquilla de cabello lacio y negro sujetado hacia atrás con hebillitas de colores, largo hasta la mitad de la espalda, cuyos brillantes ojos de turquesa se veían fríos y áridos como el desierto de Salama. Su tez trigueña mostraba una expresión de indiferencia mezclada con seriedad, curiosa expresión para una niña tan joven. A su lado, al final de la hilera de sillas, un jovenzuelo muy parecido a la chiquilla, de ojos de turquesa y pelo negro, esta vez largo hasta los hombros, algo más ondeado y con unos mechones que le caían sobre la frente, peinado con raya al costado, que se veía indiferente pero no como la pequeña sino más distraído y como disfrutando de la placidez del silencio. En el extremo contrario de la mesa, a la izquierda de Haiko, se hallaba una mujer de expresión alegre y cabellos rubios muy largos y lacios, de ojos azules y penetrantes. Su rostro tenía algunas arrugas, pero no dejaba de ser jovial y su mirada estaba llena de vida. Alejandra Vladislav, reina de Alama, era una mujer de muy buen carácter y un excelente humor, que no se metía en los asuntos de su marido a menos que debiera acompañarlo a algún lugar por las cuestiones de la realeza. La silla siguiente a Alejandra era ocupada por una muchacha enérgica y de complexión fuerte, de cabellos larguísimos y lacios que llevaba atados en dos coletas muy arriba en la cabeza. El rojo–fucsia de su pelo resaltaba sobre su cara de piel rosada, y sus ojos negros, vivaces y lozanos, tenían una mirada límpida y aventurera. A su lado se hallaba un muchachito igualito a ella en todo lo físico, más no en lo espiritual. De cabellos cortos con un espeso flequillo, sus ojos negros se hallaban detrás de un par de anteojos de montura negra y forma ovalada, y en su rostro delgado se podía percibir su actitud de sabihondo. Menos corpulento que la chica, estaba cruzado de brazos con expresión de petulancia. En el extremo opuesto a los Reyes Oni, se hallaban los dos últimos miembros de la comitiva: dos hombres muy diferentes, de rasgos duros uno y de expresión cordial el otro. Sentados juntos se hallaban Jacques Liet, el rey de Aidin, que tenía los ojos turquesas y resplandecientes, cabello corto y renegrido con muchas canas y un bigote fino y aristocrático. Su expresión era la de un hombre tranquilo pero recio, de esos que esperan para actuar y sorprenden al final; y Pietro Vladislav, rey de Alama, de cabellos rojizos pero oscuros, ondulados y cortos, una barba tupida pero sin bigote y expresión de gran energía en sus ojos negros. Pietro era de los que actuaban directamente, sorprendiendo en el momento.
Asakura y Asuma, que ya conocían a los reyes de los otros países por fotos y entrevistas y una que otra visita cuando eran más pequeños, se quedaron esperando a ver qué les decían los invitados. Como nadie dijo nada, y todos los ojos se posaron sobre ellos, los príncipes hicieron una aristocrática y respetuosa reverencia, excusándose por su tardanza.
–Hagan mis gentiles invitados el favor de disculparnos por este retraso... Me he distraído de mis deberes por pasear en el campo, y mi hermano ha ido a buscarme –dijo Asakura muy diplomáticamente, poniéndose derecho.
–Ni sabía que teníamos invitados... –murmuró Asuma, mirando al techo, y sintió la presión del pie de Asakura que le aplastaba uno de sus pequeños piececitos. Asuma se puso todo lloroso, pero aguantó estoicamente hasta que su hermano retiró el pie agresor. Luego soltó un doloroso y trémulo suspiro.
–No hagan caso a su comentario... Estábamos desatentos de lo que pasaba aquí. Mil perdones, señores... señoras... –se atajó Asakura con una sonrisa fina y disimulada, pasando una mano por la espalda de su hermanito, y pellizcándole con fuerza–. Cállate –murmuró cuando empezaron a caminar para ocupar sus puestos en la mesa.
–Asakura, Asuma... –empezó el rey Yurimaru en tono conciliador.
–Oh, por favor, señores –dijo el rey Liet–, no reprendan a sus hijos. Lo más bello que hay son los muchachitos espontáneos y alegres... Nosotros mismos lo hemos sido alguna vez –y se río, con su voz nasal y afrancesada.
–Su majestad Jacques –dijo Haiko Oni con tono dulce–, ya que ha hablado de los niños... ¿Haría el favor de presentar a sus hijos con los nuestros? Asakura y Asuma no han asistido a la presentación de sus príncipes. Ni tampoco de los suyos, rey Pietro –añadió, observando al otro rey extranjero.
–Señora Haiko, por usted repetiríamos hasta el último de los procesos reales –dijo Pietro Vladislav con expresión galante. Yurimaru soltó una risa relajada y se puso de pie. Pietro y Jacques lo imitaron, caminando cada uno hacia un lado diferente de la mesa.
–Mis hijos, los príncipes de Asilimia –Yurimaru se puso detrás de sus muchachos, apoyando una mano en el hombro de cada uno–. Asakura, el mayor, que hoy cumple quince años. Y Asuma, el menor, de diez años.
Asakura y Asuma hicieron una nueva reverencia.
Pietro, que estaba detrás de sus muchachos de pelo rojo, los presentó con voz imperiosa:
–Los príncipes gemelos de Alama: Annika y Pietro segundo.
Los dos jóvenes hicieron una breve reverencia y volvieron a sentarse, sin decir nada.
–Y estos, mis hijos, son los príncipes de Aidin –dijo Jacques, tomando una mano de la niña y otra del muchacho–. Mi hijo mayor, Kisshin, y mi hija menor, Kiara.
Kiara hizo una correcta pero austera reverencia con su vestido, y Kisshin se inclinó con delicada cortesía. Los príncipes aidinos se sentaron mientras su padre volvía a su asiento, y los príncipes de Asilimia fueron invitados a sentarse por el propio Pietro primero.
–Adelante, señores. Tomen asiento. Ya nos hemos saciado de cortesías... Esperemos que pueda decir lo mismo del cocinero del palacio asilimio –y se rió con su voz grave.
–Le aseguro, su majestad, que encontrará deliciosa la comida de Asilimia –le dijo Haiko, mientras sus hijos se sentaban–. Sus altezas Jacques y Sophie la han hallado maravillosa en su última visita.
–No podría haber dicho más –expresó Sophie con tono efusivo–. Disfruté mucho la anterior invitación. Espero que mi regalo de agradecimiento haya gustado por igual a los soberanos.
–De hecho, lo adoré en cuanto lo vi –respondió Haiko, con su tono frágil–. Si no lo ha notado la señora, llevo puesto el chal que me envió. La elección del color ha sido más que perfecta.
–Pienso que te ves encantadora, mi reina –le dijo Yurimaru a su esposa, y luego miró a Sophie–. Muchas gracias, otra vez, señora.
–Haiko, ¿cómo está tu salud? –preguntó Alejandra Vladislav, mientras los sirvientes llenaban los platos.
–Mejorando, si es posible, Alejandra querida.
Haiko y Alejandra habían sido muy amigas de pequeñas, y tenían un trato más cariñoso que cordial.
Alejandra tomó la copa que acababan de servirle, y se puso de pie.
–Si lo encuentran correcto, antes de empezar quisiera brindar por el crecimiento y la prosperidad de nuestros anfitriones, los Reyes Oni, y de su maravilloso país, que nos hacen un honor tan notable y grato el día de hoy con esta invitación.
–Salud –dijo Sophie, poniéndose de pie con la copa en la mano. Su marido hizo lo mismo, al igual que Pietro I y Yurimaru. Haiko levantó la copa desde su asiento, y sonrió a sus comensales.
Luego de unos segundos, volvieron a sus asientos y comenzaron a comer. Luego de saborear algunos bocados, Jacques miró a Yurimaru y le preguntó con voz suave:
–Antes has dicho que tu hijo mayor cumple hoy quince años. ¿No corresponde ya que sea tratado como adulto, según las reglas de tu país?
–Así es, Jacques –contestó el aludido, mirando a Asakura con ojos benévolos–. A partir de hoy, podrá asistir a los consejos reales en la Sala Capitular como miembro del parlamento de la corte asilimia.
–¿Estás feliz con el nombramiento, príncipe Asakura? –preguntó Alejandra Vladislav con tono satisfecho.
–Sí... mucho... –mintió Asakura tímidamente, sintiéndose muy pequeño y endeble en su silla.
–¿Qué edad tienen ya sus hijos, señora Liet? –preguntó Yurimaru a la reina de Aidin.
–Kisshin ha cumplido quince hace dos meses, y Kiara ha cumplido once la semana pasada. Pero en Aidin las reglas reales dicen que un príncipe o una princesa serán considerados mayores el día que cumplen dieciséis años –dijo Sophie con aire serio–. Así que a Kisshin aún le falta un año.
–Ya veo. ¿Y los suyos, señora Vladislav?
–Catorce, cumplidos hace seis meses. Y para la suerte de mis pequeños, la mayoría de edad es a los dieciocho, así que podré mimar a mis príncipes por unos años más –respondió Alejandra con tono complacido.
Luego de la comida, en la que los príncipes no hablaron nada mientras los reyes comentaban por arriba temas comunes, los mayores se dirigieron hacia el salón de visitas del palacio asilimio, dejando a los príncipes que se entretuvieran entre ellos.
Se hallaban entonces los jóvenes en las afueras del palacio... Kiara Liet estaba sentada en un banco de piedra, sola en medio de un camino floreado, mientras su hermano hacía sociales con Asakura Oni y Annika Vladislav se entretenía charlando con Asuma. Pietro II recorrió el camino de flores y se detuvo frente a Kiara.
–¿Puedo sentarme a su lado, madame? –preguntó el joven con tono simpático.
–Puede, príncipe Pietro –respondió la niña, con aire cortés pero frío.
–¿Por qué se halla aquí sola, princesa? –fue la siguiente pregunta de Pietro, apoyando las manos en el banco y estirando las piernas.
–Porque las charlas insustanciales no me entretienen. Nada lo hace.
Pietro se quedó mirando a la niña con aire de duda.
–¿Y en qué gozaría entretenerse su majestad?
–No lo sé. No hay muchas cosas para hacer a mi edad. Además, mi madre y mis tutoras no me permiten hacer casi nada.
–Podría jugar o entretenerse con el príncipe Asuma. Tiene casi la misma edad que usted.
–¿Me lo dice en serio? –preguntó Kiara, con aire cínico–. Al príncipe Asuma sólo le interesa andar en patineta y leer manga, según lo que acabo de escuchar que decía a su hermana la princesa Annika. Yo tengo otros intereses, y me temo que un acercamiento puede ser en vano. No nos entenderíamos.
–Bueno, ya que lo menciona, Annika suele ser bastante inmadura en algunas ocasiones –reconoció Pietro, arreglándose los lentes–. Pero es mi hermana, y ya he debido aceptarla como es.
–Yo no estoy diciendo que ellos deban ser diferentes. Sólo le digo que es muy posible que no me entienda del todo con ellos. Con la princesa quizás sí... al ser mujeres, podríamos tener algunas cosas en común. Pero con el príncipe, creo que no.
Pietro se quedó algo asombrado de la claridad de pensamientos de una niña tan pequeña. No dijo nada más, dedicándose a sentir la brisa en el pelo, muy tranquilo como todo aquel paraje.
De pie junto a un árbol frutal, Asakura y Kisshin estaban apoyados contra el tronco, hablando en voz baja.
–Qué mal lo de tu nombramiento –le decía Kisshin–. A juzgar por tu expresión, no te ha gustado nada. ¿Por qué mentiste en la mesa?
–Porque se supone que debo hacerlo, que debo estar allí con todos esos ancianos avinagrados. Y me da mucho miedo pensar en eso –confesó Asakura, sintiéndose muy débil.
–A mí no me inquietan esas cosas –soltó al fin el príncipe aidino, apoyando los brazos detrás de la cabeza con cara de despreocupado–. A fin de cuentas, nuestros futuros están garantizados, y no debemos hacer mucho.
–Eso lo dices porque a ti te falta un año para el nombramiento –le replicó Asakura, algo molesto–. Además, tú no eres como yo.
–¿A qué te refieres con eso? –preguntó Kisshin, con tono curioso.
–A que somos diferentes. Tú eres más decidido que yo.
–¿Yo, decidido? –y Kisshin soltó una carcajada–. Yo no soy decidido. Sólo conozco mi futuro porque ya lo veo en mi padre. Y si voy a ser rey de Aidin, como sé que algún día lo seré, estoy tranquilo, porque no es tan complicado.
–¿Y cómo sabes que va a ser fácil? Yo le tengo mucho miedo a lo incierto. Y ser rey no es cosa de broma.
Más allá, sentados en la hierba, Asuma y Annika charlaban a sus anchas sobre personajes de anime, deportistas extremos, marcas de bicicletas, rollers y tablas de skate, películas de acción... y de lo molestos que eran los tutores.
... Adentro, en el salón de visitas, el ambiente no era tan relajado. Los reyes habían abandonado la etiqueta para hablar más seriamente, aunque sin dejar sus modales y cortesías. De pie junto a la chimenea, Yurimaru Oni tenía las manos detrás de la espalda y una expresión grave en su rostro sereno. Sentadas las tres en un amplio sillón con almohadones bordados en hilos de oro, las reinas de Aidin y Alama custodiaban a la reina de Asilimia, que se hallaba sentada en medio. De pie también, pero junto a la ventana, Jacques Liet observaba el jardín exterior, en el cual podía divisar las siluetas de sus propios hijos junto a los demás príncipes; y sentado en una butaca cercana al fuego, Pietro Vladislav bebía lentamente su vaso de whiskey.
–Jacques, Pietro, creo que deberíamos considerar los atentados de ayer como más que una simple casualidad.
–Estaba por decirte lo mismo, Yurimaru –le dijo Jacques, dándose vuelta hacia él–. Sophie y yo hemos hablado mucho sobre el tema, y creo que sería un buen momento para conversar con los ingenieros.
–He planteado al rey la situación en que nos hallamos –dijo Sophie, muy seria y rígida, poniéndose de pie–. Al fin el momento ha llegado. El doctor Nagano nos ha advertido desde el principio acerca de este peligro, y finalmente parece materializarse.
–La señora tiene amplia razón –asintió Pietro, desde su asiento junto a la chimenea–. Puedo decir lo mismo de la doctora Takayama, y tú podrás decir lo mismo del doctor Seki, Yurimaru.
–Sí. El problema es que... –Yurimaru pareció pensarse mucho lo que iba a decir–. El problema es que nuestros ingenieros se las han arreglado tan bien para esconderse, que ni siquiera nosotros podemos encontrarlos ahora.
–Pero sabemos cómo contactarlos, ¿verdad? –preguntó Alejandra, que era quien menos se involucraba en los temas políticos del palacio y no sabía demasiado del tema.
–Deberíamos poder –respondió Jacques, pensativo–. Pero Alejandra, ¿es que tú no te informas acerca de lo que ocurre en tu palacio?
–Yo siempre dejo que Pietro se encargue de esos temas –dijo Alejandra con cierto aire petulante–. Es deber del hombre.
–No, no lo es, Alejandra –le replicó Sophie–. Tanto Jacques como yo misma nos ocupamos del palacio y del estado, y hasta Haiko muchas veces interviene en las decisiones, ¿no es verdad? –preguntó a la mujer tranquila.
–Sólo participo en las charlas previas, aconsejando a Yurimaru –dijo Haiko con aire de no querer ponerse de un lado ni del otro–. Las decisiones se toman en el consejo de la Sala Capitular, donde la reina no tiene acceso.
–Muy mal hecho, Yurimaru –dijo Sophie al rey asilimio–. Haiko es tan soberana como tú de este país, y tiene derecho a hacer valer su opinión.
–Lo tiene, por supuesto que lo tiene –le dijo Yurimaru, acercándose a ella–. Pero Haiko es una mujer débil. No puedo obligarla a tensarse o a preocuparse. Además, las reglas son las reglas... las fijamos al llegar, y no podemos cambiarlas sólo porque no nos gustan. Haiko estuvo de acuerdo con ellas en un principio, y nunca se ha quejado.
–Yo creo que deberías cambiar algunos aspectos machistas de tu soberanía –insistió Sophie–. Y para ti va lo mismo, Alejandra. Deberías tener un poco más de amor propio.
–¡Pero si no es machismo, Sophie...! –exclamó Pietro–. Alejandra confía en mi criterio, y a mí no me molestaría que se interesara por los temas del palacio, pero como no lo hace, tampoco me perjudica...
–Si yo tengo alguna queja, se la paso inmediatamente –se defendió Alejandra, cerrando los ojos.
–Claro, para que te mande a hacer un guardarropas más grande –le espetó Sophie, con aire duro.
–Ya, Sophie. Nos hemos ido por las ramas –le dijo Jacques–. Sabes que tienes poder de decisión, pero eso es en Aidin. Estamos en Asilimia, y aquí las reglas y tradiciones son diferentes. Hoy somos invitados a un consejo donde todos tenemos opinión por igual, ¿no es así, Yurimaru?
–Así es. Sophie, yo tomo tu criterio en cuenta igual que el de los demás, así que aquí y ahora siéntete libre para expresarlo. Lo que pase en mi palacio cuando tú no estés, es otro asunto muy diferente.
–Muy bien. ¿Qué haremos con nuestros dichosos ingenieros, entonces? –preguntó la reina de Aidin, algo menos tensa.
–Ya he mandado a que traten de localizarlos y que se les pida que vengan lo más pronto posible. ¿Cuánto tiempo pueden ustedes permanecer fuera de sus países? –inquirió el rey asilimio.
–Todo el que sea necesario. Este asunto es de suma importancia para todos –dijo Pietro I–. Además, los gemelos necesitan cambiar un poco de aire. Pietro no saca la nariz de los libros, y Annika está cada día más rebelde.
–Creo que estar unos días en otro lugar será beneficioso para mis hijos también. Kisshin y Kiara no suelen salir mucho del palacio si no es para ir al colegio, y me gustaría que tuvieran contacto con tus hijos, Yurimaru –dijo Jacques, recordando que él, Pietro I y Yurimaru habían sido muy buenos amigos en la secundaria, y deseaban que su amistad pasara también a sus hijos varones–. Además, nos dará tiempo para pensar qué hacer con este asunto mientras llegan los ingenieros.
