Día 4: Domingo 25 de abril de 2011
A pesar de hacer deporte desde pequeña, llevaba dos años prácticamente inactiva, por lo que al estar todo el día jugando a diferentes deportes, exceptuando las pausas obvias para comer y reponerse, mis extremidades estaban destrozadas. A la mañana siguiente del intenso día de actividad, lo único que sentía por todo mi cuerpo era el conocido y molesto pinchazo de las agujetas. Esta es la principal razón por la que, mientras desayunaba, estuviera rezando internamente por que la vena deportiva de Yoh no estuviera activada aquel día. Una vez desayunada, vestida y arreglada estaba lista para salir, solo faltaba mi habitual compañero de aquellos días; me extrañó bastante que no apareciera temprano, como solía hacer, y prácticamente me arrastrara en su compañía. Me sentía como una tonta, de pie en la puerta de mi cuarto esperando oír el timbre, por lo que me dispuse a ocuparme en algo; no había empezado los deberes pendientes, que el amable director se había encargado de adjuntar a su informe de mi fuga, y no me parecía mal momento para comenzar.
Al principio me mantuve alerta por si a mi nuevo amigo se le ocurría sorprenderme en mitad de la tarea, pero conforme fueron pasando los minutos mi mente solo pudo centrarse en las ecuaciones y comentarios históricos. Pasadas un par de horas todos mis deberes estaban acabados y mis nervios estaban a punto de sobrepasar el límite humano ¿Por qué Yoh no aparecía? ¿Acaso ya había desistido en su intento de divertirme? Supongo que en algún momento tenía que pasar, tres días seguidos conmigo eran demasiado para cualquier ser humano y al final el chico entendió que era inútil intentarlo, nada podría cambiarme.
Extrañamente esos pensamientos me entristecieron, raro ¿verdad? Debería tenerlo asumido, pero supongo que en el fondo era humana y como todos guardaba ciertas esperanzas escondidas en mi interior. Suspiré sin querer pensar más en el tema y caminé por mi casa vacía en dirección a la cocina, ,la comida no se prepararía sola y estaba claro que hoy no saldría. Mis padres aprovechaban los domingos para ir a ver a sus amigos, abandonados desde nuestra mudanza a la capital, y de paso dejarme la casa sola, supongo que con la esperanza de que eso me ayudara a quedar con amigos aunque fuera para estudiar; esfuerzos inútiles a mi parecer, pero cada uno manejaba la esperanza como podía. Una vez en la cocina me preparé para hacer uno de mis típicos platos de los domingos con el libro de recetas de mi madre, y es que a pesar de no tener amigos a los que invitar a mi casa vacía, me gustaba contar con esa soledad para cocinar tranquilamente, sin los molestos gritos de mi padre o interrupciones de mi madre. Una vez tuve tuve todos los ingredientes en la encimera estaba en un estado casi místico, con la mente únicamente centrada en la cocina y nada más, sin nada ni nadie que me molestara, hasta que... ¡Ring! El maldito timbre eligió el mejor momento para sonar, enfadada y de mal humor por la interrupción contesté al portero automático.
-¿Quién?- mi voz sonaba cortante y malhumorada, pero tampoco me importaba que mi interrupción se diera cuenta de mi irritación contra él, fuera quien fuera.
-Vaya, alguien se levantó hoy con el pie izquierdo- rió una voz en el auricular, la misma que me congeló casi al instante de escuchar el primer sonido.- Bueno, de todos modos déjame subir, tengo una sorpresa.
Sin poder pararla a tiempo una sonrisa se extendió por mi rostro, haciendo que mis labios se curvaran por primera vez en años. No pensaba en el momento que me acababa de interrumpir, ni en mi promesa de no volver a mostrar mis dientes, ni en la razón por la que me mudé a Tokio dos años atrás, no, en aquel momento mi mente solo vislumbraba al chico que esperaba en mi portal, mi nuevo y único amigo en años, Yoh.
-Sube- casi sin darme cuenta pulsé el botón que abría la puerta y me quedé de pie en la entrada, esperando a que mi amigo subiera, consiguiendo aclarar mi mente después del shock inicial y volviendo a mi estado natural de seriedad y cara inexpresiva, aunque notaba mis ojos brillar de felicidad.
-Vaya, si que tardaste en responder ¿Qué estabas haciendo?- con su siempre alegre sonrisa traspasó la puerta de mi casa y se adentró en el interior como si lo hubiera hecho durante años.
-Cocinando ¿Qué has traído?- miré curiosa la bolsa que sujetaba en su mano derecha.
-Ah, ya te dije que era una sorpresa, primero comamos- con una sonrisa traviesa dejó la bolsa en el salón y me siguió hasta la cocina.- ¿Qué tenías pensado hacer?
-A ver, hoy tenía pensado unos rollitos de primavera, fideos fritos, sopa de huevo, pollo frito y pastelitos del demonio- fui enumerando mis elecciones, era demasiada comida solo para mi, pero realmente en lo único que pensaba los domingos era en cocinar, no en comer.
-¡Wow! ¿Tenías una fiesta con 200 invitados y no me había enterado?- rió con los ojos exageradamente abiertos y la mano cubriendo teatralmente su boca abierta.
-Por supuesto, lo que pasa es que cuando has llamado me a sabido mal no haberte invitado y están todos escondidos esperando a que te vayas- seguí con la broma inconscientemente, para cuando me di cuenta de que mi habitual actitud fría se había esfumado sin yo darle permiso, era demasiado tarde.
-Cada día me sorprendes Chinmoku, si hasta eres capaz de hacer bromas- parecía extrañamente alegre e ilusionado con mi comportamiento, como un niño pequeño al que acaban de dar su regalo de navidad.
-Bueno, tengo mucho que cocinar, puedes esperar viendo la televisión en el salón- me giré hacía la encimera donde aún descansaban los ingredientes algo enfadada por mi actitud relajada y, para qué negarlo, también avergonzada.
-¡¿Qué dices?! ¿Cómo voy a dejar a mi amiga cocinando sola? Aquí quien come ayuda, así que solo dime qué tengo que hacer- se remangó mientras hablaba y se puso a mi lado, listo para cocinar.
-De momento corta la carne y procura no ensuciar nada- no se por qué supuse que la cocina se le daba mal.
Pronto descubrí que las apariencias engañas, puede que no fuera el mejor cocinero del mundo, pero se veía que estaba acostumbrado a hacerse su propia comida, aunque quizá con platos menos elaborados que estos. Perdí la cuenta de las veces en que mi cuchillo se acercó peligrosamente a él por culpa de cualquier corrección por mi parte, haciendo que asintiera y volviera al trabajo, aunque, tenía que reconocerlo, a partir de entonces no cometía error alguno.
-¡No puedes freír así! Si no andas con cuidado dejarás ciego a alguien- enfadada volví a acercar mi cuchillo a su cara, aún con restos de aceite hirviendo en mi rostro.
-Para eso tendría que tener muy buena puntería ¿no crees?- rió quitándole importancia y continuando con su labor de freír los rollitos de primavera ya terminados.
-De verdad... Un día provocarás un incendio solo con aceite hirviendo.
-Y ahí estarás tu para recordarme que ya me dijiste que andara con cuidado con el aceite- me guiñó un ojo para después propinarme un pequeño codazo amistoso. Pero este simple movimiento hizo que mi brazo, ocupado mezclando la salsa para los fideos, perdiera el control unos instantes y un poco de salsa cayera en mi camiseta.
-¡Oh, vaya! Lo siento mucho Chinmoku, te lo limpiaré, lo prometo- su cara era de puro horror y enseguida salió corriendo buscando algún paño con el que limpiarme.
-Esa era mi camiseta favorita, Asakura... Te vas a enterar- salí corriendo detrás de él a pesar de las agujetas que sentía por todo mi cuerpo, pero las manchas era algo que no podía soportar y se las vería conmigo por manchar una de mis preciadas prendas.
Huyó como si el mismo demonio fuera tras él, quizá temía la fuerza y ambición que había mostrado el día anterior en cada partido, o puede que solo quisiera jugar un rato conmigo a ver cuánto aguantaba. En cualquier caso recorrí toda mi casa en su persecución mientras él suplicaba perdón, hasta que no pudo más y se entregó, quizá yo no era la única con repercusiones físicas después del deporte de ayer. Finalmente volvimos a la cocina, él con un gran chichón en la cabeza y yo con los brazos cruzados y satisfacción en la mirada.
-Ahora a freír, que se te quemará el rollito y ese te lo comerás tu- dije fingidamente seria y malhumorada, cosa que pareció notar, ya que sonrió e hizo un gesto militar en mi dirección.
No podía negarlo, cocinar nunca fue tan divertido, y es que las continuas bromas por parte de Yoh y las mini-persecuciones por cualquier cosa que se le ocurriera hacer eran la mar de entretenidas. Al final siempre acabábamos igual, él con su correspondiente chichón y yo con mi mirada de satisfacción por un trabajo bien hecho. Aún después de todas estas interrupciones logramos acabar toda la comida, aunque para cuando nos sentamos a comer ya era bastante tarde. Nada más poner su culo en la silla empezó a devorar como un desesperado que lleva semanas sin alimento, todo eso a la vez que enchufaba la televisión y me apremiaba a comer antes de que él se lo terminara todo.
-Si no comes rápido no quedará nada y quien avisa no es traidor así que... No lo repetiré dos veces- me sonrió aún con toda la comida en la boca, un tanto asqueroso pero de alguna manera cómico.
Me apresuré a hacer lo que él me decía, ya había comido dos días con él y hoy tenía hambre de verdad, después de todo había estado horas en la cocina y, quieras o no, ver comida al final te da hambre. Mis ojos casi no prestaban atención a la pantalla, aunque por lo que vi, se trataba de una serie anime de lucha, muy típica aquí en Japón. Sonreí internamente al pensar que un chico de 15 años como él seguía viendo series como aquellas, lo que extrañamente me provocó un cálido sentimiento de ternura hacía su persona, como si su personalidad infantil despertara algún sentimiento dormido dentro de mi.
-También estabas hambrienta ¿eh?- rió, aunque sin soltar sus palillos ni dejar de meterse cosas a la boca.
-Aunque no creo que fuera capaz de tragarme a un elefante entero como tu- bromeé de nuevo inconscientemente y, otra vez, callé de inmediato al darme cuenta de mis palabras.
Él simplemente volvió a sonreírme alegre y complacido, otra vez como si cada reacción normal y sociable en mi fuera un triunfo para él. Yo por mi parte me mantuve callada el resto de la comida, era demasiado fácil y agradable estar con él, tanto que olvidaba mis razones para volverme una antisocial, así como la promesa que me hice a mi misma de nunca volver a disfrutar tanto en la compañía de alguien, cosa que incumplía cada vez que veía a Yoh.
-¡Hora del postre!- gritó feliz, cual niño pequeño.
Otra vez con ternura en mi interior me levanté a sacar los pastelitos del demonio, recibiendo una enorme sonrisa de agradecimiento por su parte a la vez que comía elogiando mi cocina. Llegó incluso a sonrojarme un poco que alguien valorara tanto mi comida, por lo general solo probaba yo mi cocina de los domingos y alguna vez mis padres comieron las sobras, aunque nunca me elogiaron especialmente.
-En serio, es como comida de Dioses, incluso mejor que la de Ryu.
-¿Quién es Ryu?
-Es un amigo que vive con nosotros, compite contra mi también para convertirse en el Sham... - por un momento pareció dudar entre si contármelo o no.- Para ganar la competición en la que estamos.
Me pregunté qué había estado a punto de decir y por primera vez me entró curiosidad por saber en que tipo de competición estaba participando. Le miré a los ojos y supe que tenía miedo de contármelo, como si fuera algo que yo no aprobaría o algo por el estilo y eso solo incrementó mi curiosidad.
-¿En qué competición estáis?- directa como siempre no pude contener la pregunta, demasiada curiosidad de repente.
-Es solo... Bueno, una batalla por ver quien es el mejor- susurró a duras penas, no quería contármelo.
Tuve que callarme y enterrar bien hondo mis preguntas, al fin y al cabo era libre de contarme lo que quisiera. Yo tampoco le había contado muchas cosas sobre mi, por lo que ofenderme o molestarme porque él no fuera completamente sincero era algo egoísta. Supongo que cada uno tiene un pequeño secreto que no quiere compartir.
-Bueno, creo que es hora de que te de mi sorpresa, te lo has ganado con la comida- comentó sonriente, volviendo a su estado natural.
Sacó de la bolsa una pequeña caja de lo que parecía ser una videoconsola, hacía años que no veía una por lo que al leer "Play Station 2" no supe relacionarlo con nada. A parte de lo que era el aparato de la bolsa sacó un par de juegos y todos parecían de lucha o carreras, aunque también había alguno que no sabía en qué contexto ponerlo.
-¿Qué es esto?- pregunté confusa, aún sin entender muy bien lo que pretendía.
-Es una Play tonta, también te e traído un par de juegos para que podamos jugar a algo- comentó agachándose enfrente de mi televisión y conectando algunos cables.
-¿Esto es lo que tienes pensado para hoy? ¿Jugar a videojuegos?- estaba confusa, no entendía qué tenía que ver con la diversión que el siempre describía de salir y conocer cosas nuevas.
-No se tu, pero después de ayer estoy muerto y casi no me puedo mover, así que hoy haremos algo más "hogareño"- me sonrió mientras se levantaba, ya con todos los cables conectados y la consola lista para jugar.
-Pero yo no se jugar a esto- aún estaba dudosa, pero el comentario de su estado físico me hizo sonreír un poco, estábamos igual en lo referente a la forma física.
-No es complicado, hasta un niño puede hacerlo, aprenderás pronto. Es solo saber mover el personaje y a partir de ahí darle a todos los botones para atacar.
Se tomó su tiempo en explicarme el funcionamiento de los controles, aunque una vez hube jugado un par de partidas me desenvolví bien. El problema principal era mi inexperiencia, ya que él siempre jugaba en serio y no podía contra él y esto, junto a mi gran competitividad y ganas de ganar, pudieron con mi emoción. De un momento a otro me encontraba apretando tan fuerte los botones que temí romper el mando, gritando incoherencias a la pantalla y enfadada por no poder ganar ni una partida.
-Te lo tomas enserio ¿eh?- rió al ver mi entusiasmo.
-Por supuesto, no me permito perder en cualquier juego, solo esperá y verás- no sabía ni lo que decía, estaba demasiado concentrada en el control de mi personaje.
Fui mejorando poco a poco, hasta tal punto que conseguí ponerle difícil la partida a Yoh, tanto que incluso logré ponerle nervioso. Así poco a poco fuimos más igualados y conseguí ganarle en algunas batallas, aunque en la mayoría él continuaba ganando. La cosa empeoró cuando pasamos a uno de carreras, si las batallas no las controlaba y era solo apretar botones, manejar un coche a toda velocidad por una carretera con un sin fin de curvas estaba fuera de mis posibilidades. Aún así, tozuda y cabezota como siempre no me di por vencida e incluso logré avanzar un par de metros sin estrellarme y a más de 150 km/h.
-¡No me lo puedo creer Chinmoku! ¡Eres malísima!- rió cuando ya llevábamos unas 20 partidas seguidas, todas quedando última por supuesto.- Ni siquiera eres capaz de mantener el coche recto a más de 50 por hora.
-Solo me falta práctica, ya verás cuando le pille el truco al mando, temblarás ante mi poder- bromeé, aún inconsciente de lo que decía, solo concentrada en la partida y en ganar, aunque eso fuera más un sueño que una realidad.
Cuando empezó a oscurecer entendía más o menos el mando y era capaz de darle a la "X" sin tener que mirar qué botón era, pero a ambos nos estallaba la cabeza y estábamos necesitados de algo de comida, no sabía que jugar a videojuegos cansara tanto. Hicimos una pequeña pausa de descanso mientras comíamos y fregábamos a la vez, y siempre con los comentarios bromistas de Yoh sobre mi horrible juego.
-Deberías entrenarte, así nunca conseguirás derrotar al rey de los videojuegos- se chuleó entre risas, mientras me salpicaba un poco con el agua del grifo.
-No te lo creas tanto, temblarás en cuanto practique un poco- mi cabeza aún seguía saturada con las imágenes virtuales y las bromas salían de forma natural, acompañadas de un buen remojón en respuesta a sus gotitas de agua.
-Ahí te has pasado Chinmoku, puedo perdonarte que seas malísima en el Need For Speed pero no te consiento que mojes mi querida camiseta- se hizo el ofendido mientras me lanzaba agua.
Aún no estoy segura de cómo acabamos empapados hasta los pies por culpa de las bromitas con el agua, pero para cuando me quise dar cuenta era demasiado tarde para poder parar. Estar con Yoh se había vuelto demasiado divertido y normal para mi, como si fuéramos amigos de toda la vida y, a cada minuto que pasaba en compañía de mi nuevo amigo, se me hacía más difícil recordar la razón por la cual era tan seria y fría, llegó un momento en el que me pareció extraño no sonreír.
¿Insultos, críticas, lanzamiento de hortalizas? Sé que puse a Chinmoku en modo humano muy pronto, pero estaba harta de su sosería, además ¿Quién se puede resistir a la Play y las peleas de agua? xD
En fin, como siempre espero que hayan disfrutado este capítulo, que tardé demasiado en escribir pero fue culpa de falta de inspiración y comienzo de clases U_U Espero vuestros comentarios, que me animan a seguir ^^
~Laylah~
