Bien, penúltimo capítulo...

Como siempre, los personajes no me pertenecen son de Alexander Dumas (autor del libro) y Estudio Gonzo (por la trama).


-Mi Señora, la correspondencia ha llegado.

-¿De carácter urgente?

-No.

-Sobre la mesa, Batistan.

-Señora, su invitado la espera para cenar.

-Enseguida bajo.

Con un largo suspiro se encaminó a las escaleras donde Edmond le esperaba como cada días desde hacía dos semanas.

-Edmond –sonrió al colocar su mano sobre el brazo de él.

-Haydéa, ¿qué tal tus asuntos? –preguntó cuando ya estuvieron en la mesa y con los alimentos servidos.

-No muy bien, necesito salir del país.

-¿Por mucho tiempo?

-Todo dependerá de cómo marchen los asuntos.

-¿Cuándo te marchas?

-Dentro de dos días, por ello quería preguntarle si desea venir conmigo.

-Sólo sería una molestia.

-Se equivoca, en realidad me gustaría que me acompañara, no puedo permitir que se quede en este lugar, de cualquier modo no creo que regrese a esta casa, mis asuntos en Viena han concluido.

-Ya veo –dijo pensativo.

-Piénselo, si me disculpa –dijo levantándose de la mesa.

-No has comido.

-Lo sé, pero tengo trabajo pendiente.

-No es excusa, debes alimentarte correctamente.

-Lo haré, pero debo terminar este papeleo.

-Eres testaruda –la amonestó sonriendo.

-Ya me lo había dicho –respondió alejándose.

Había pasado más de una dos semanas que había visto a esa joven y ya confiaba en ella, era parecida a su querida Mercedes, Mercedes, su Mercedes, ¿cuándo la volvería a ver? ¿lo reconocería? ¿lo aceptaría? ¿lo amaría tanto como hace años? ¿seguiría viviendo en Marsella?

Había dicho que no perdonaría el que lo hubiera olvidado, pero a Mercedes, su amada Mercedes la perdonaría de corazón con tan solo una sonrisa…

Estaba decidido, hablaría con Haydéa para que lo llevara a Marsella y hablaría con Mercedes, volvería a ser feliz, regresaría a sus días de juventud y sueños rosas.

Sin importarle nada más se dirigió a la cocina donde muy a regañadientes la encargada lo dejó solo, había algo que no probaba en años de encierro, ésa comida que su madre preparaba en ocasiones especiales y que tras su muerte su padre trataba de hacerlo de la misma manera.

Sonrió al comprobar que aun sabía hacerlo, sirvió dos platos y se dirigió al despacho, tocó y esperó.

-Adelante.

Edmond avanzó hasta el escritorio, tras un largo silencio la emperatriz levantó la vista y sonrió al reconocer la noble intención.

-Tomemos asiento –dijo mientras lo dirigía a la sala-, ¿algo de beber?

-Una copa de cabernet sauvignon, por favor.

Haydéa le sirvió y tomó asiento frente a él.

-No se da por vencido.

-No cuando se trata de algo que me importe.

Haydéa se sonrojó ante esas palabras y apartó la vista hacia el plato frente a ella.

-Dígame, ¿qué es?

-Se llama Bouillabase, es un plato de Marsella.

La regente llevó un bocado a su boca y sonrió satisfecha.

-Quizá no sea una comida muy elaborada…

-Si, tiene razón al decir que no es muy elaborada, pero es uno de los más deliciosos que he probado.

-¿Lo dices enserio?

-No mentiría.

-Mi madre lo preparaba aún mejor.

-No podría creerlo, lo prepara de manera maravillosa.

-Imagina entonces a mi querida madre.

-¿La recuerda a menudo?

-Algunas veces, murió cuando yo era muy pequeño, extraño aún más a mi padre, quisiera verlo, aunque es muy probable que él también haya muerto –dijo lleno de tristeza.

-Lo lamento…

-¿Sabes qué me entristece realmente? Que haya muerto pensando que su hijo era un despreciable criminal.

-Estoy segura de que no fue así, un padre jamás pierde la buena opinión de un buen hijo.

-¿Qué ocurrió contigo y tus padres?

-Ellos murieron cuando era muy pequeña.

-Seguramente fue muy duro para ti…

-Sí, pero ahora ellos siguen viviendo en mis recuerdos.

-A pesar de tus tristezas y problemas eres la perfección de bondad y humildad.

-Se equivoca, no soy perfecta; además lo que soy ahora no es mérito mío.

-¿De quién lo es? –preguntó curioso.

-De mi Señor.

-¿Y podría saber quién es tu Señor?

-El Conde de Montecristo.

Nuevamente esa sensación de haber olvidado algo importante se apoderó de Edmond, ¿dónde había escuchado ese nombre?

Haydéa se reprendió mentalmente por ser desconsiderada con los sentimientos del pobre Edmond.

-Nunca lo he visto en esta casa.

-No vive más aquí.

-¿Cómo ha podido dejarte abandonada?

-No fue una opción, estoy segura que él hubiese querido quedarse.

-Pudo llevarte con él…

-No, él era demasiado bueno y bondadoso como para permitirlo.

-¿Bondadoso? ¿Alejarte de él fue un acto de bondad?

-Él murió –contestó secamente.

Edmond se mantuvo estático, había sido un maldito entrometido, un maldito sin sentimientos. Ella, esa pobre criatura había sufrido por alguien, por alguien que correspondía a su amor, pues ¿quién podría negar amor a tan dulce criatura?

-…siempre será alguien importante para mí—dijo con un suspiro, el cual sacó a Dantes de su ensoñación.

-Lamento haber sido indiscreto.

-No se preocupe –dijo la gobernante con una tenue sonrisa— la verdad es que necesitaba decirle esto, pues hay algo de lo que necesito hablar con usted…

Unos fuertes toques en la puerta y la súbita entrada de Bertuccio le detuvieron de continuar.

-Su majestad, videollamada del Sector 4 de Andrómeda, necesitan su ayuda para tomar una decisión urgente.

Después de disculparse con Edmond, Haydéa salió tras el sirviente, dejando al invitado solo en el despacho.

Sin nada más que hacer luego de pasada media hora, se dirigió hacia la entrada principal, tomaría un poco de aire, pues parecía que la joven tardaría con sus responsabilidades.

Con su abrigo en mano notó la correspondencia que descansaba en el recibidor.

El asunto fue realmente importante, pero no tan complicado como creyó, volvería con Edmond y le diría sus sentimientos, debía confesarle toda la verdad, pero aún era muy pronto; al salir de la sala de llamadas se encontró con que él estaba por salir, y allí se le ocurrió una idea…

-Edmond ¿quiere salir a comer un postre?

-Mentirosa –dijo para sí, pero ella logró captar el murmullo.

-¿Disculpe?

-¡Eres una mentirosa! –gritó lanzándole a sus pies la última carta de la correspondencia.


Por fin veremos los problemas que una mentirilla puede causar, lo lamento por ambos, pero si no, me quedo sin argumento...