Losientolosientolosiento. Parece que siempre digo lo mismo, pero me ha sido imposible actualizar antes. Estoy preparando otro fic a la vez que este que me come bastante tiempo, y cuando me pongo con este los capítulos parecen tomar vida propia y al final acabó escribiendo capis mucho más largos de lo que pretendía en un principio. Así que a partir de ahora las actualizaciones en vez de cada miércoles serán cada fin de semana, a ver si así puedo llevarlo todo al día.

En el último capi no tuve tiempo de responder a vuestros reviews, así que aquí toca insertar otra retahíla de lo sientos XD. Pero aún así me encantan todos, los leo con mucha ilusión y no me puedo creer todavía que con tres capis hayamos pasado de los 100 reviews, muchas gracias!

Por lo que me habéis escrito en los reviews ya veo que le teneis muy poca fe a Edward y la mayoría pensais que le va a poner los cuernos a Bella con Tanya. Aaaayy mujeres de poca fe ;) Veremos lo que pasa.

Disclaimer: no soy Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight son míos.

CARIÑO, TE HE COMPRADO UN ANILLO.

[AH, AU]: Edward Cullen es el novio perfecto. Hasta que decide comprar un anillo y proponerle matrimonio a Bella Swan, alérgica a las bodas para más señas.


CAPÍTULO 4. ¡HE VUELTO!... ¿Y ESA QUÉ HACE AQUÍ?

Bella Swan

- Todavía no entiendo cómo has conseguido convencerme para que venga.

Me revolví incómoda en el asiento de la camioneta. Las horas de viaje por carretera comenzaban a acumularse y a hacer mella en mí, sentía el cuerpo pesado y empezaba ya a tener dificultades para mantener los párpados abiertos. Hacía horas que habíamos dejado atrás Forks, pero el paisaje continuaba sin cambiar un ápice. Los enormes árboles verdes y frondosos se sucedían unos a otros a ambos lados de la carretera, dándome la impresión de que por muchas horas que lleváramos de viaje, apenas habíamos conseguido avanzar unos cuantos kilómetros.

Giré ligeramente la cabeza hacia la derecha para echarle un rápido vistazo a mi acompañante. Mi reticente y cansino acompañante, para más señas. Encorvado sobre el asiento del pasajero, en el que a duras penas había conseguido encajar su enorme cuerpo, Jacob miraba fijamente al frente, con el ceño fruncido y los brazos cruzados fuertemente a la altura del pecho, mientras murmuraba entre dientes palabras ininteligibles. Probablemente, insultos dirigidos hacia mí. Tampoco es que me sintiera demasiado ansiosa por escuchar lo que estaba diciendo.

Estiré la mano hacia la palanca de cambios, apretando el acelerador con fuerza. Quizás el gruñido renqueante del motor consiguiera ahogar el murmullo ininterrumpido de las quejas de Jacob antes de que su paciencia y la mía llegaran al punto de no retorno y acabáramos gritándonos mutuamente en medio de una carretera desierta y perdida en la nada.

Mala suerte. Ni siquiera el quejido de la camioneta era suficiente para acallar por completo la voz profunda de mi amigo.

- En serio, Bella – continuó Jacob con su retahíla de quejas, al parecer sin darse por aludido por mi actitud de completa ignorancia – No sé qué coño pinto en el cumpleaños de tu amiga.

Llegados a ese punto, había dos maneras de afrontar la situación: ignorar por completo a Jacob hasta que se cansara de sus propias quejas y decidiera emplear su boca en actividades más productivas, como por ejemplo cerrarla y no volver a abrirla nunca más; o, por el contrario, hacerle comprender que unas semanas en Washington, alejado de su ex novia y su ex amigo, sería una distracción bastante útil.

Teniendo en cuando que llevaba todo el viaje desde Forks poniendo en práctica la primera práctica, decidí intentarlo por la vía racional.

- Jacob – suspiré, armándome de toda la paciencia posible. Que, en mi caso, tampoco es que fuera demasiada – Para empezar, unos días alejado del drama que tienes montado en La Push te vendrán bien. Y para seguir, Alice no es tan solo mi amiga. Por si no lo recuerdas, la conoces desde que tenemos nueve años. Aquel día que la lleve de pesca con Charlie y te empeñaste en tirarla de la barca, ¿te suena?

- Tenía un timbre de voz demasiado agudo y no paraba de hablar – trató Jacob de excusarse – Pensé que un buen remojón le ayudaría a calmarse.

Puse los ojos en blanco, pero aún así no pude evitar que las comisuras de mis labios se curvaran ligeramente en una sonrisa involuntaria.

- Claro, Jacob – dije, sin ocultar mi tono condescendiente – Pero a pesar de vuestro primer encuentro, estoy segura de que Alice se alegrará de verte en la cena. Ya sabes, por suerte para ti Alice es de las que piensan que en una fiesta, cuantos más, mejor.

Afortunadamente, la táctica de hacer razonar a Jacob pareció surtir efecto. El último tramo del viaje hacia Washington transcurrió en un apacible silencio sin más quejas, aparte de una apresurada llamada de Alice para asegurarse de que llegaríamos a tiempo a la cena.

Apenas veinte minutos antes de la hora en la que Alice nos había prácticamente obligado a estar en su casa, conseguimos alcanzar las afueras de Washington. Lo ideal hubiera sido llegar con tiempo suficiente para hacer una pequeña visita a mi apartamento en el campus y dejar las maletas, pero teniendo en cuenta que Alice y Jasper vivían en la otra punta de la ciudad y que un viernes a aquellas horas de la noche nos iba a resultar casi imposible atravesar la ciudad sin encontrarnos por lo menos con un atasco, decidí llevar la camioneta directamente a casa de mi amiga. Mala suerte. Tendría que reencontrarme con Edward con la misma ropa del largo viaje y sin haberme podido dar una ducha refrescante.

Aparqué la camioneta delante del portal, con el tiempo justo para llegar puntual. Saqué casi a rastras del coche a Jacob, al que por lo visto le había invadido el miedo escénico repentinamente y había comenzado de nuevo con su retahíla interminable de quejas. Conseguí llevarle hasta el ascensor, con la esperanza de poder empaquetárselo a Emmett o a Jasper durante la cena y librarme así de él. Adoraba a Jacob, pero cuando se ponía insoportable resultaba simplemente eso. Insoportable.

En cuanto pulsé el timbre del apartamento de Alice y Jasper y apenas dos segundos después la puerta se abrió, todas mis preocupaciones sobre el estado irritable de Jacob desaparecieron de un plumazo, sustituidas por una necesidad mucho más acuciante y vital: intentar respirar. Ni siquiera había tenido tiempo para ver quién se me había abalanzado encima, pero estaba segura de quién se trataba a juzgar por la efusividad con la que un par de pequeños brazos se ceñían alrededor de mi cuello.

Tan solo había dos personas en el mundo capaces de propinar el genuino abrazo del oso. Y teniendo en cuenta las uñas perfectamente limadas que se aferraban a mis hombros, estaba segura de que no era precisamente Emmett el culpable de un recibimiento tan asfixiante.

- Alice… - conseguí murmurar a duras penas.

Alice se separó de mí para dedicarme una enorme sonrisa.

- ¡Bella! No sabes cuánto me alegro de que hayas podido llegar a tiempo, ¡te he echado mucho de menos! ¿Qué tal el verano? ¿Cómo está tu padre? ¿Y Forks? ¿Sigue todo como siempre? ¿Terminaste de revisar la novela que te habían encargado? Ven, pasa por aquí No he preparado gran cosa. Solo una cena pequeña, puede que luego salgamos a un bar del que me han hablado maravillas… te apetece salir, ¿verdad?

- Alice, Alice – interrumpí su interminable lista de cuestiones – Una pregunta cada vez, por favor.

Alice estalló en pequeñas risas, envolviéndome en un nuevo abrazo y contagiándome con su inagotable alegría. En ese momento me di cuenta de lo mucho que había echado de menos a mi amiga. Habíamos estado constantemente en contacto durante todo el verano, y ella había sido siempre la primera en enterarse de mis pequeños avances en relación a mi bloqueo mental, pero aún así había echado en falta tenerla a mi lado cada día.

- Todavía no ha llegado, pero debe de estar a punto – susurró en mi oído, todavía sin soltarme - ¿Estás preparada?

- Más que nunca – respondí sin dudar.

No hizo falta explicar de quién estábamos hablando. Alice tan solo asintió y me liberó de su abrazo, esbozando una sonrisa complacida.

Escuché un carraspeo profundo a mis espaldas que rompió nuestro pequeño momento de entendimiento silencioso. Alice alzó la mirada y sonrió cálidamente al encontrarse con la enorme figura de Jacob. A pesar de que durante nuestra infancia en Forks no habían sido los mejores amigos del mundo, ambos habían aguantado muchas tardes juntos por mi culpa y a lo largo de los años habían aprendido a combinar dos personalidades tan distintas.

Sin olvidar, claro, que Alice era la perfecta anfitriona. Capaz de recibir a cualquiera en su casa con una gran sonrisa de bienvenida.

- Jacob – saludó con un tono de voz igualmente cálido – Me alegra que Bella haya conseguido sacarte de La Push. Verás como unos días en la ciudad te vienen bien.

Alice enseguida atrapó a Jake, ansiosa por ponerse al día sobre los últimos cotilleos del pueblo. Lástima que Jacob fuera el protagonista de uno de ellos. Le dirigí una falsa mirada de disculpa antes de darme la vuelta para encaminarme hacia la cocina. Una pena. Si en el viaje en coche se hubiera portado mejor, quizás hubiera intentado salvarle de las garras de Alice.

Abrí cuidadosamente la puerta de la cocina, temiendo lo que podría encontrarme dentro. En cuanto se percataron de mi llegada, la conversación de Jasper, Emmett y Rose se congeló en el aire. Sentí tres pares de ojos sobre mí mientras daba unos cuantos pasos hacia delante con precaución. Hasta ese momento, nunca me había sentido incómoda o cohibida delante de mis amigos, pero realmente no sabía en qué punto se encontraba nuestra relación. ¿Habían conseguido perdonarme o se encontraban todavía en la fase de odio irracional por haber dejado plantado a Edward?

Clavé mis ojos sobre los dos hombres, incapaz todavía de enfrentarme a la mirada de Rosalie.

- Hola, chicos – saludé tímidamente.

Tras unos interminables segundos de tenso silencio, Jasper fue el primero en romper el hielo y dar dos pasos hacia delante para saludarme con un cálido abrazo. Me relajé contra su cuerpo, aliviada de que al menos uno de los tres no me odiara de por vida.

- Me alegra que hayas vuelto, Bella – susurró en mi oído.

Le estreché en señal de agradecimiento antes de separarme de él. Un obstáculo menos. Me giré lentamente hacia Rosalie y Emmett, pero antes de que hubiera tenido tiempo para pensar cómo abordar la situación, los enormes brazos de Emmett ya me habían envuelto en un aplastante abrazo. No necesité más explicaciones para saber que él también había perdonado mi monumental cuelgue mental. Cuando Emmett daba el abrazo del oso, lo daba de corazón.

Al separarme de Emmett, me preparé mentalmente para lo que venía a continuación. Rosalie sería por supuesto la piedra más dura en mi camino hacia el perdón. Sí, aquello había sonado demasiado dramático, pero después del plantón a Edward y mi posterior huída, tan solo me quedaba como opción hacer penitencia. Suspiré para infundirme valor a mí misma antes de atreverme a cruzar miradas por primera vez en toda la noche con Rose. Por lo visto, ella levaba observando todos mis movimientos desde mi llegada.

Con los brazos cruzados fuertemente a la altura del pecho, me miró a los ojos con las cejas alzadas mientras yo dudaba entre abrir la boca o salir corriendo de allí antes de que Rosalie descargara toda su ira sobre mí.

- Bella – suspiró finalmente, descruzado los brazos y colocándolos sobre sus caderas – No lo vas a tener tan fácil conmigo como con estas dos nenazas pero… bueno, se te ha echado de menos.

Esbocé una pequeña sonrisa tímida al escuchar sus palabras. Sabía que me quedaba una larga conversación pendiente con Rose, pero por lo menos ella parecía receptiva a perdonarme y no intentar arrancarme la cabeza en el proceso.

- Chicos, ¿por qué no salís a poner la mesa? No quiero que Alice se ponga nerviosa – intervino Jasper.

- Si querías quedarte a solas con Bella, tan solo tenías que pedirlo, Jazz – aseguró Emmett, sonriendo burlón y poniendo una mano en la espalda de Rosalie mientras la conducía hacia la puerta.

Sonreí con algo de nerviosismo una vez que nos quedamos solos.

- Sutil, ¿eh?

No pude evitar ironizar; los nervios me hacen siempre hablar más de lo necesario. Jasper se encogió de hombros sin darle importancia.

- Por experiencia he aprendido que no es muy aconsejable tratar temas serios delante de Emmett – confesó.

Me senté en uno de los taburetes y Jasper se apoyó contra la encimera, enfrente de mí. Me crucé de brazos, sin saber muy bien qué hacer con ellos, mientras mis nervios aumentaban exponencialmente ante la conversación que se me echaba encima. Sorprendentemente, una pequeña sonrisa de Jasper fue suficiente para apaciguar mi ansiedad.

- ¿Qué tal te encuentras, Bella? – preguntó, imprimiéndole una nota calmante a su ya de por sí suave tono de voz.

- ¿A tu mejor amigo le he dejado plantado el día que pretendía proponerme matrimonio y quieres saber qué tal me encuentro yo? Creo que te equivocas de persona a la que hacerle esa pregunta, Jasper.

- Créeme, Bella. Le he hecho esa pregunta más veces de las que pueda recordar – aseguró Jasper, suspirando pesadamente – Ahora quiero saber cómo lo has llevado .

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia y sin saber exactamente de dónde salía mi actitud defensiva.

- ¿Y a quién le importa? Al fin y al cabo yo soy la mala de la película.

Intenté contenerme, pero en cuanto las palabras se escaparon de mi boca no pude evitar el tono cortante y resentido con el que vinieron acompañadas. Era consciente de que realmente yo había sido la mala de toda esta historia y que no tenía verdadero derecho a quejarme, pero esos largos cuatro meses también habían resultado ser una pesadilla para mí.

Jasper descruzó los brazos, apoyando los codos sobre la encimera de mármol. Se recostó hacia atrás, fijando sus ojos sobre mí con demasiada intensidad. Tan solo pude aguantar unos pocos segundos de su silencioso análisis antes de apartar mi mirada de él, inclinando la cabeza hacia abajo para que mi pelo ocultara mi rostro de la mirada inquisitiva de Jasper. No sabía exactamente por qué, pero con tan solo mirarme directamente a los ojos, Jasper parecía capaz de traspasar mi fachada de falsa indiferencia sin apenas esfuerzo.

- Bella.

Tras el largo lapso de silencio, el sonido de su voz pronunciando mi nombre reverberó por toda la cocina con más intensidad de la que esperaba. Continué con la cabeza agachada, en un vano intento por saltarme esta parte de la conversación – o, mejor dicho, la conversación entera -, hasta que se me hizo imposible seguir aplazando lo inevitable.

- Estoy bien, Jasper. De verdad. Ya te lo he dicho, no es por mí por quien debes preocuparte – aseguré, levantando brevemente la cabeza para echarle un fugaz vistazo a su expresión. Jasper había alzado las cejas, claramente en señal de incredulidad, por lo que me vi en la obligación de elaborar mi explicación – Tan solo necesitaba un tiempo alejada de la ciudad – y de las estupideces que he cometido aquí, añadí mentalmente – Ya sabes, un poco de soledad siempre es buena para darte cuenta de tus errores.

Jasper asintió, aunque a juzgar por su expresión no parecía demasiado convencido por mis palabras. Vacilé décimas de segundo, antes de atreverme a formular en voz alta la pregunta que llevaba atormentándome desde mi vuelta a Washington.

- ¿Cómo… cómo se lo ha tomado él?

Un suspiro difícil de interpretar se escapó de los labios de Jasper mientras este meditaba su respuesta.

- No te voy a mentir, Bella. Edward estuvo bastante afectado.

Resistí el impulso de repetir la palabra en voz alta. ¿Estuvo? No sabía si el hecho de que Jasper hubiera conjugado el verbo en pasado era una buena señal. ¿Significaba eso que Edward había aceptado que mi nivel de estupidez superaba con mucho al de la media y había aprendido a vivir con ello; o que, por el contrario, había continuado con su vida, dejándonos definitivamente atrás a mí y a mis estúpidas decisiones?

- Tampoco es que él se haya prodigado en demasiadas explicaciones – prosiguió Jasper, totalmente ajeno a mi debate interno – Los primeros días fue un auténtico desastre, pero después de eso… bueno, después de esos primeros días el tema está prohibido en sus conversaciones – finalizó, dirigiéndome una mirada de disculpa.

Cerré los ojos brevemente, reflexionando sobre las palabras de Jasper. Si en este lapso de cuatro meses Edward había decido finalmente seguir con su vida… bueno, aquello trastocaba todos los planes que me habían llevado de vuelta a Washington.

Pero tampoco podía decir que no me lo mereciera.

- ¿Qué te parece si llevamos todos estos platos al comedor? – propuso Jasper, cortando el hilo de mis pensamientos – Emmett y Rose salieron a poner la mesa, pero por lo visto se olvidaron todos los utensilios aquí dentro – añadió, alzando las cejas dramáticamente y guiñándome un ojo.

Asentí con la cabeza y sonreí levemente, agradecida por la interrupción. El camino que estaban tomando mis pensamientos no era el más adecuado teniendo en cuenta que me encontraba a escasos minutos de volver a ver a Edward.

Cargué unos cuantos platos entre mis brazos y seguí a Jasper hacia el comedor. Allí, apoyado contra la moderna mesa de diseño que dominaba toda la estancia, elegida expresamente por Alice, se encontraba Jacob, de brazos cruzados y con el ceño fruncido de manera pronunciada. Me acerqué hacia él y comencé a depositar los platos sobre la mesa, cada uno en su lugar correspondiente.

- ¿Qué tal va la noche? – pregunté, ocultando a duras penas una sonrisa.

Jacob bufó y por el rabillo del ojo pude ver como fruncía aún más la frente.

- Genial. Absolutamente genial – respondió, destilando sarcasmo en cada palabra – Alice me ha sometido al tercer grado y no se ha dado por satisfecha hasta que admití haberme encontrado a mi novia tirándose a mi mejor amigo en el salón de su casa. Ese tío grande de ahí – prosiguió, señalando con la cabeza a Emmett sin demasiado disimulo – me ha saludado con un abrazo asfixiante, y por un momento creí que me había mutilado un pulmón. Y su novia…

Interrumpí durante un momento mi tarea de colocar los platos para alzar la mirada hacia Jacob, curiosa por conocer la idea que se había hecho de Rose en su primer encuentro.

- ¿Su novia qué?

- Ya sabes – siseó Jake en tono conspiratorio – Es rubia – explicó, como si aquello fuera el peor defecto del mundo.

- ¿Qué problema hay que con que sea…?

Dejé la frase incompleta al darme cuenta de un error. Reconté mentalmente los invitados a la cena, mientras pasaba mis ojos por cada uno de ellos. Alice, Jasper, Rose, Emmett, Edward, Jake y yo.

Siete.

¿Por qué entonces había ocho sillas alrededor de la mesa?

Alcé la vista hacia Alice, sin darme cuenta que dejar a Jacob con una queja a medias nunca había sido una buena idea.

- ¡Alice!

Alice interrumpió su animada conversación con Rose y se dio la vuelta hacia mí.

- ¿Qué ocurre?

Fruncí el ceño, haciendo de nuevo la cuenta mental.

- ¿Por qué has puesto ocho sillas si somos siete?

Alice cruzó una mirada culpable con Rosalie antes de volverse de nuevo hacia mí y abrir la boca para responder.

- Bella – comenzó, utilizando ese tono de voz que tan solo ponía en práctica cada vez que había metido la pata y buscaba mi perdón – Puedo explicártelo, pero por favor no te enfades.

Sin embargo, antes de que Alice pudiera disculparse por una metedura de pata de la que aún no tenía conocimiento, la puerta principal se abrió. Tragué con dificultad al saber exactamente quién era el nuevo recién llegado, antes incluso de que este hubiera puesto un pie dentro. En cuanto vislumbre la mata desordenada de pelo, de un inconfundible color bronce, mi corazón comenzó a latir desbocado en mi pecho sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Mi respiración se aceleró de una manera alarmante, como si quisiera competir con el ritmo que había impuesto mi corazón, y en el momento en el que Edward apareció tras la puerta y entró por fin en mi campo de visión por completo, estaba segura de que yo ya había pasado a la fase de hiperventilación.

En ese momento, me di cuenta de todo. De lo estúpido de mi decisión, de lo cobarde de mi huída, del daño que los cuatro meses separados podría haber hecho a nuestra relación – o a lo que quedara de ella. Pero sobre todo, me di cuenta de la poca justicia que le había hecho mi memoria. Su imagen al natural, no solo la que podía rescatar de mis recuerdos, era mucho más gloriosa e intimidante al mismo tiempo. Su cabello era más desordenado, su nariz más recta, su mandíbula más definida y sus ojos… sus ojos mucho más verdes y profundos de lo que recordaba. En el momento en el que hicieron contacto con los míos, mi corazón y mi respiración parecieron interrumpir por un momento la carrera desbocada que habían emprendido.

Sin embargo, la impresión que me produjo esa primera mirada no fue el shock más grande de la noche.

No.

Porque la cabeza rubia, el pecho voluptuoso y las largas piernas que aparecieron detrás de Edward eclipsaron por un momento todas las emociones que se habían despertado dentro de mí al ver de nuevo a Edward, sustituidas por ira.

Ira pura y sin adulterar.

La octava invitada de la noche era la causa de que mis adormilados instintos homicidas se hubiera despertado en tiempo récord.

La Barbie recauchutada.

Tanya.

¿Qué coño hacía ella aquí?

* * * * * *

Edward Cullen

Suspiré con cansancio y un sonido sordo resonó por todo el pasillo en cuanto eché la cabeza hacia atrás y esta entró en contacto con la pared. Cerré los ojos, contando mentalmente hasta diez, antes de repetir por enésima vez la misma pregunta.

- ¿Te queda mucho, Tanya?

Supe su respuesta antes incluso de que su voz pronunciara las palabras al otro lado de la puerta.

- ¡No! ¡Ya casi estoy!

Un nuevo suspiro se escapó de mis labios. No es que fuera un experto en chicas y el tiempo que estas tardaban en arreglarse antes de salir – estaba seguro de que en un tema tan complicado como aquel era necesario hacer un máster -, pero sospechaba que Tanya estaba actuando con demasiada parsimonia. Durante los años que estuvimos juntos, Bella nunca…

Sacudí la cabeza con brusquedad, reprimiéndome mentalmente por querer seguir con esa línea de pensamiento que sabía de sobra estaba prohibida.

En lugar de eso, traté de comprender cómo había acabado en medio de una situación tan absurda y tan… fuera de carácter para mí. Si hace un año… qué coño, si hace tres meses me hubieran dicho que acabaría en el piso de Tanya, al otro lado de su habitación, esperando a que se arreglara para llevármela a la fiesta de cumpleaños de Alice, probablemente hubiera acabado en el suelo, muerto de risa.

Y sin embargo, había acabado aquí, esperando por una mujer que despertaba sentimientos encontrados en mí y de la que ni siquiera estaba seguro que me cayera especialmente bien. Todo por culpa de la homenajeada, por supuesto.

Alice.

¿Quién si no?

Aquella primera noche la que decidí esconder la culpabilidad en mi taquilla y salir con mis compañeros del hospital, Tanya había sido la instigadora. Y a aquella salida, le siguieron unas cuantas más, siendo siempre Tanya quien hacía el primer ofrecimiento. La situación era extraña. Ninguno de los dos había olvidado nuestra frustrada relación y el modo en que terminó. Los reproches, su egoísmo, mi desgana y el hecho de que simplemente no estábamos hechos para estar juntos. Sin embargo, logramos pasar tiempo juntos de manera amistosa, rodeados de nuestros compañeros, e ignorando deliberadamente cualquier tema espinoso. Tanya se esforzó en obligarme a salir más a menudo y a que tomara un papel más activo entre mis compañeros, y cuando conseguía no comportarse como la niña caprichosa que había sido durante toda su adolescencia, sorprendentemente lográbamos llevarnos… bien. Civilizadamente.

Y eso, hablando de Tanya y de mí, eran palabras mayores.

Así que cuando Alice se enteró de que Tanya era la culpable de que no hubiera pasado los últimos dos meses encerrado en mi casa, quiso agradecérselo a su manera. Y la manera de Alice es, por supuesto, invitar a una perfecta desconocida a su fiesta de cumpleaños. El día anterior, Tanya había tenido que dejar su coche en el taller a causa de una avería, por lo que Alice había sutilmente sugerido que pasara a buscarla y la llevara hasta su casa – y por sutil se entiende que me lo había ordenado directamente.

De ese modo había acabado metido en el apartamento de Tanya, que en ningún momento había tenido necesidad de visitar, esperando por ella para llevarla a una fiesta de cumpleaños en la que no conocía prácticamente a nadie (aparte de mi hermano y su novia), y en la que estaba seguro que recibiría miradas inquisitivas por presentarme con una acompañante femenina que casualmente resultaba ser mi ex-novia.

Aquella noche tenía todas las papeletas para acabar siendo un perfecto desastre. Suspiré por enésima vez en apenas una hora, justo en el momento en el que la puerta de la habitación de Tanya se abría.

- Ya estoy – anunció innecesariamente.

A duras penas logré reprimir un "por fin", dándome la vuelta y encabezando la marcha hacia la puerta. Logré que llegáramos en menos de un minuto a la calle, localizando el Volvo aparcado al otro lado de la calzada. Apreté el paso, asegurándome de que Tanya me siguiera.

- ¿A qué viene tanta prisa? – jadeó Tanya casi sin aliento, una vez que nos montamos en el coche.

Me encogí de hombros, mientras introducía la llave en el contacto y el motor cobraba vida. El suave ronroneo que inundó la cabina del coche calmó mis nervios durante unos segundos, pero la ansiedad se volvió a apoderar de mí en cuanto, nada más ponernos en marcha, le eché un rápido vistazo al reloj y comprobé que llegábamos tarde.

- Tanya, hay dos cosas básicas que deberías saber sobre Alice. La primera es que todos sus zapatos tienen que ser de diseño. Y la segunda es que nunca, bajo ningún concepto, puedes llegar tarde a una fiesta organizada por ella. A no ser, claro, que quieras sufrir en tus propias carnes el poder de su ira.

Tanya rió entre dientes a mi lado, claramente tomándose a broma mi consejo. Bien. No sería yo quien la librara de las garras de Alice en caso de emergencia.

Quince minutos después de la hora en que se suponía que deberíamos estar ya en casa de Alice y Jasper, conseguí aparcar el coche delante de su bloque de apartamentos. Durante el corto viaje en ascensor hasta el noveno piso, Tanya no paró de atusarse el pelo y morderse las uñas. Fruncí levemente el ceño, extrañado por el repentino nerviosismo de Tanya, pero comprendí que la perspectiva de reencontrarse con Rosalie no debía de resultar demasiado alentadora para ella. Sobre todo teniendo en cuenta que, durante el tiempo que estuvimos juntos, Rose nunca se preocupó lo más mínimo por intentar disimular que Tanya no era precisamente de su agrado.

Después de pulsar el timbre y mientras esperábamos que alguien nos abriera la puerta, traté de tranquilizar a Tanya con algunas palabras calmantes. Sin embargo, mi intento se quedó en el tintero en cuanto Jasper nos abrió la puerta. Apenas unas décimas de segundo fueron necesarias para percatarme de que algo iba mal. Unas décimas de segundo y la sonrisa culpable con la que Alice me dio la bienvenida, claro.

Escaneé el salón rápidamente con los ojos en busca de aquello que había provocado la expresión culpable con la que Alice me había recibido. Y entonces, la vi.

O, mejor dicho, les vi.

En el lado opuesto del salón, petrificada delante de la mesa del comedor y con su mirada clavada sobre mí, se encontraba Bella. En contra de mi voluntad y de lo que llevaba repitiéndome una y otra vez desde que abandonó Washington, no encontré en mí la fuerza necesaria ni para sentirme molesto con ella ni para apartar mis ojos de los suyos. De lo único que parecía ser consciente en ese momento era de sus enormes e inocentes ojos marrones fijados en mí y del hecho de que a pesar de que físicamente continuaba igual de perfecta que siempre, todo en ella parecía ser radicalmente diferente.

Sin embargo, en cuanto mis ojos lograron enfocar algo que no fuera Bella, todo el enfado y el resentimiento que había acumulado en esos cuatro meses y que había logrado controlar mientras miraba a los ojos a Bella, comenzó a burbujear en mi interior en cuanto me di cuenta de que no venía sola. Por lo visto se había traído un pequeño souvenir de su huída a Forks. Un souvenir de casi dos metros de altura, brazos del tamaño de columnas y que resultaba ser su ex-novio, para más señas.

Jacob Black.

Le miré entrecerrando los ojos y apretando los puños, pero él tan solo se limitó a hundir las manos en los bolsillos y encogerse de hombros con indiferencia, como si todo aquel asunto no fuera con él.

- Edward, Tanya. Me alegro de que hayáis podido venir – intervino Alice con un tono de voz falsamente alegre y con una ligera nota de histeria - ¿Por qué no pasáis al comedor y nos sentamos a cenar?

Si no hubiera estado tan furioso, seguramente habría esbozado una sonrisa de autocomplacencia al comprobar que Alice ni siquiera se había atrevido a mencionar nuestra falta de puntualidad. Por desgracia, el hecho de que Jacob Black se encontrara a menos de dos metros de distancia de Bella anulaba toda mi capacidad para reír, sonreír o simplemente pensar en algo que no fuera cerrar mis manos con fuerza alrededor de su cuello.

Tomé a Tanya del codo ligeramente con la intención de guiarla hacia el comedor. Como respuesta a nuestra pequeña muestra de contacto físico, por el rabillo del ojo pude comprobar que Bella entrecerraba los ojos y fruncía el ceño, en una mueca furiosa que seguramente era un reflejo casi exacto de la mía. Estaba seguro de que Bella ya había reconocido a Tanya, y podría jurar que su retorcida cabecita ya estaba sacando conclusiones precipitadas y erróneas que debería corregir por el bien de su salud mental. Pero si ella había decido traer como animal de compañía a Jacob Black, no iba a ser yo quien la sacara de su error.

En cuanto Bella se dio media vuelta para conducir a Jacob hacia el comedor, dejé escapar un suspiro frustrado. Realmente aquella noche tenía todas las papeletas para convertirse en la peor cena de cumpleaños en la historia de las cenas de cumpleaños desastrosas. Una vez sentado a la mesa, al descubrir quién se encontraba a mi lado y enfrente, tuve la certeza de que al día siguiente abriríamos la sección de sucesos de todos los periódicos nacionales.

A mi izquierda se encontraba Tanya. Enfrente de ella, el perro. También conocido como Jacob Black. Y a su izquierda, y por lo tanto justo enfrente de mí, Bella.

Si aquello no era incitar al homicidio múltiple, que baje Dios y lo vea.

Por si la situación no fuera ya sangrienta de por sí, poco después de que Alice nos sirviera el primer plato, Tanya decidió abrir la boca y soltar uno de sus oportunos comentarios.

- Bella, ¿puedes presentarme a tu acompañante?

- Es Jacob – intervino Alice, antes de que Bella pudiera abrir la boca y llegara la sangre al río – Ha venido a pasar unos días en Washington porque su ex-nov…

- Es un amigo – interrumpió Bella, dirigiéndole una mirada envenenada a Alice – Ha venido porque le invitado a Washington para pasar unos días juntos.

Las palabras se escaparon de mi boca antes de que fuera capaz de retenerlas. Y de haber podido hacerlo, tampoco es que a esas alturas de la noche tuviera demasiada intención de quedarme callado.

- ¿Juntos? – repetí, alzando las cejas de manera cínica.

- Sí, juntos – afirmó Bella, dirigiéndose directamente a mí por primera vez en cuatro meses - ¿Qué parte no entiendes, Edward?

- No entiendo la parte en la que decides traerte a tu ex-novio al cumpleaños de tu amiga – expliqué, ignorando la mirada de advertencia que Rose me dirigió desde el otro lado de la mesa.

- Lo cierto es que… - comenzó Jacob a meter baza, ajeno a la amenaza de muerte que planeaba sobre su cabeza - no vengo en calidad de ex, sino más bien como amig… ¡ouch!

Jacob giró la cabeza hacia Bella con una expresión indignada en la cara, pero ella le ignoró por completo mientras manteníamos nuestro particular duelo de miradas. No sé ni siquiera porqué se molestaba, sabía de sobra que en ese tipo de batallas siempre. Ganaba. Yo.

- Le he invitado porque he querido, pero curioso comentario viniendo de ti – añadió Bella, señalando con la cabeza a Tanya.

Me mordí la lengua, consciente de que Bella tenía razón, aunque por supuesto no le iba a dar la satisfacción de admitirlo en voz alta. Puede que yo hubiera pasado por alto que Tanya también era mi ex-novia, pero qué coño, no había sido yo el que había dejado plantado a su pareja el día en que le proponen matrimonio, había huido y cuatro meses después había regresado acompañado de un ex.

* * * * * * *

- ¿Me estás escuchando, Edward?

No, Tanya. No te estoy escuchando en absoluto. El hecho de que la mujer de mi vida esté a escasos metros de mí, pegada a su ex-novio como si la vida le fuera en ello anula toda mi capacidad auditiva.

Suspiré, consciente de que pronunciar esas palabras en voz alta sería una total falta de respeto. En lugar de eso, desvié mi atención de Bella y Jacob, que conversaban animadamente cerca de la barra del bar y apenas a unos metros de mí. Volví la cabeza hacia Tanya, controlando en todo momento cualquier movimiento de Bella por el rabillo del ojo.

Dios. Me estaba convirtiendo en una especie de acosador patético.

- Lo siento, Tanya. Es solo que me siento algo cansado.

A pesar de que tan solo se trataba de una excusa, aquello era cierto. Alice se había empeñado en salir a un nuevo local del que le habían hablado maravillas después de que termináramos de cenar. Posiblemente, si no me encontrara de tan mal humor, podría apreciar que se trataba de un buen lugar, pero aquella noche la música me parecía demasiado ruidosa, la gente demasiado molesta, los camareros demasiado antipáticos.

Y Jacob un sobón inaguantable que debería mantener la distancia de seguridad mientras conversaba con Bella. O directamente largarse de aquí y no volver a hablar con ella nunca más.

- Cansado, ¿eh? Repites esa excusa con demasiada frecuencia, Edward. ¿Sabes cuál es tu problema? – negué con la cabeza, por lo que Tanya continuó – Tu problema es que tienes demasiado tensión sexual acumulada. ¿Hace cuánto que no echas un buen polvo?

Abrí los ojos, sorprendido por el inesperado giro que había tomado la conversación.

- ¿Cómo?

- Olvídalo, no es necesario que hubiera sido bueno – pidió Tanya, agitando la mano para restarle importancia - ¿Hace cuánto que no echas un polvo? ¿Aunque sea mediocre?

- No creo que ese sea mi problema, Tanya – respondí cuidadosamente, plenamente consciente de que discutir con Tanya mi vida sexual, o falta de ella, era casi tan peligroso como decidirse a hacer puenting sin gomas. Un suicidio, vamos.

Tanya continuó hablando, pero desconecté esa parte de mi cerebro que todavía la escuchaba por cortesía para volver a centrar toda mi atención en Bella. Cada vez que les miraba, parecía que Jacob se había acercado unos cuantos centímetros a ella. Vale que el volumen de la música fuera altísimo, ¿pero era absolutamente necesario acercarse tanto para hablar? Mis nervios estaban ya de punta y apenas llevábamos allí una hora.

Si todos lográbamos salir vivos del bar, aquello sería un milagro.

A mí lado, Tanya proseguía con su discurso carente de interés, por lo visto sin darse cuenta de que nadie la escuchaba. Volví a prestarle algo de atención para cortar la conversación educadamente, pero me quedé inmóvil al escuchar sus últimas palabras.

- … y por eso creo que deberíamos darnos otra oportunidad.

La miré, sin poder creer lo que acababa de decir. Creí que había quedado lo suficientemente claro que entre los dos no iba a ocurrir nada. Nunca. Ni en sueños. Ni aunque fuera la última mujer sobre la faz de la Tierra. Tanya y yo estábamos condenados al fracaso. Eso sin mencionar que mi único objetivo en la vida era rescatar a Bella de las garras del perro inoportuno.

Había abierto la boca para poner esos pensamientos en palabras, pero me encontré con los labios de Tanya. Por lo visto dos meses jugando a ser la amiga comprensiva habían resultado ser demasiado para ella y finalmente había explotado. La aparté de mí con cuidado, antes de que el beso fuera a mayores, y con la intención de explicarle que intentar besarme cuando la mujer de mi vida se encontraba a escasos metros de mí no era la mejor idea si pretendía salir de aquí con vida.

Sin embargo, las palabras se quedaron congeladas en mi boca en cuanto alcé la vista y delante de mí vi materializarse mi peor pesadilla. Jacob, el perro sarnoso, se había cansado de poner en práctica su poco sutil táctica de sigiloso acercamiento para sacar la artillería pesada. En otras palabras, había aprovechado el menor descuido para colar su lengua en la boca de Bella.

No podía creer lo que estaba viendo.

Mi chica. MI chica besándose con otro tío.

Bien.

Bien.

Esto es la guerra.


Puessss... eso es todo. Por ahora. Os avisé de que era posible que algunas decisiones de Edward os sacaran de quicio también. Y ahí está la prueba.

Espero que haya quedado claro que ni Edward está con Tanya, ni Bella está con Jacob. Pero esto es lo que pasa cuando hay falta de comunicación y cuando ves que la persona con la que te has dado un tiempo aparece acompañado de su ex-pareja. Sacas conclusiones precipitadas y decides que la decisión más inteligente es darse celos a saco.

Pues aquí es donde empieza el lío y la comedia de verdad, los malentendidos, las situaciones absurdas... vamos, lo que me gusta a mí. Y no me digais que Edward celoso no se merece un review XD.

Nos leemos la semana que viene.

Bars.