Comunidad: 30vicios livejournal
Tabla: Sorpresa.
Tema: 25. Experimento.


Flores amarillas.

Capítulo 4.

Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Táctica y estrategia; Mario Benedetti.

Kagami regresa a casa el viernes por la mañana. Kise lo ve a través de la ventana de su habitación a eso de las siete, cuando regresa del baño para dormir un poco más. Luce cansado, con los hombros hundidos bajo la chaqueta amarilla de su oficio, que está un poco manchada de hollín. ¿Habrá estado en un incendio? ¿Habrá visto a alguien morir o lo habrán visto siendo un héroe? Kise se lo pregunta mientras lo observa buscar las llaves de su casa en una pequeña maleta que presumiblemente lleva sus cosas más básicas, pues de alguna manera, Kagami habita dos lugares a la vez.

Ser bombero parece difícil, sobre todo en un pueblo vecino a algunas horas de camino, por lo que a las preguntas anteriores se le suma otra más apremiante, que Kise se hace mientras ve desaparecer a Kagami en el interior de su casa, donde quizá Kuroko lo espera con el desayuno listo y los brazos abiertos. La pregunta es: ¿Por qué trabajar en algo tan complicado? ¿En algo que te priva de la dicha de estar con tu esposa y te explota tanto física como mentalmente?

—Si yo fuera Kagamicchi no lo haría —dice Kise, volviendo a la seguridad de las mantas, que no resultan suficientes para protegerlo del sol que despunta entre los árboles, cegándolo con destellos blancos y dorados sumamente hermosos—. ¿Para qué gastar su juventud en algo así? Si yo fuera él hubiese seguido con el basketball. Así no tendría porqué dejar a Kurokocchi sola —Kise cierra los ojos, haciendo a un lado los problemas de viejos de Kagami como él los llama, pero es demasiado tarde. El sueño lo ha abandonado y sus elucubraciones continúan, pues aunque ya espió hasta el hartazgo el perfil de Kagami, obviamente éste no tiene todas las respuestas a un enigma que no debería de tratar de descifrar.

Kise se convence una vez más de que su interés (por no decirle obsesión) responde al aburrimiento. Prácticamente se la vive en casa de Momoi o en la de Aomine, eso por las mañanas antes de que se vayan a su curso de preparación para el examen de ingreso a nivel superior. Luego regresa a casa a comer, ayuda a su abuela en lo que necesite, lava los platos, saca la basura, barre el patio y cuida las flores. Cuando ha terminado sube a su habitación para pasar el rato frente a la computadora, chateando en facebook con amigos de Odawara, entre ellos algunas chicas que no paran de hacerle proposiciones indecorosas que él se limita a rechazar, pues no quiere compromisos estando tan lejos y mucho menos compromisos para el día en que tenga que regresar. O eso se dice.

Sólo quiero acostarme con ella, reflexiona, mientras se debate entre las mantas como un niño pequeño. He pasado demasiado tiempo sin novia. No es que quiera acostarme con ella en particular, aunque con alguien estaría bien. De todos modos, con ella no podrá ser. Y aun así, no puede evitar sentirse un poco emocionado al saber que podrá verla ahora que Kagami ha regresado, aunque sólo sea por un rato y mientras mueven las camas de lugar. Pensamiento que lo mantiene animado por el resto de la mañana, mientras acompaña a Momoi a hacer sus compras y él hace las propias, ya que algo tiene que hacer (le dijo su madre por teléfono la noche anterior en que llamó) para no causarle problemas a Ryoko.

De hecho, está tan emocionado que apenas y hace caso a la plática de Momoi, que discurre como casi siempre sobre los problemas que Aomine le da en las clases especiales, en donde se pone a leer revistas pornográficas para luego quedarse dormido o bien, donde simplemente dice que va al baño para no volver a aparecer hasta la hora de la salida. Momoi está exponiendo su idea de que Dai-chan podría tener algo mejor que hacer (y en sus palabras viene implícita la pregunta de si tendrá una novia secreta), cuando se da cuenta de que Kise no le está haciendo caso alguno y tan sólo se limita a caminar a su lado, mirando hacia delante y con una ligera arruga en su frente, que delata otras preocupaciones fuera de la posible novia de Aomine.

—¿Ki-chan, estás escuchando? ¡Tierra llamando a Ki-chan! —Momoi pasa una de sus manos frente a los ojos de Kise, pero ni esto funciona, por lo que su último recurso consiste en darle un pellizco en el costado, bajo la playera blanca que lleva sobre unos pantalones de mezclilla bastante viejos y rotos.

—¡Ay! ¡Momocchi! —dice él, alejándose de ella todo lo posible mientras acaricia la zona herida, donde seguramente quedará una marca—. ¿Qué pasa?

—Eso quiero saber yo —dice ella, cruzándose de brazos e ignorando a las personas a su alrededor, atentas a la escena. Pronto comenzarán a circular rumores sobre ellos que llegarán a oídos de Aomine y Kuroko, pero en ese momento poco se detienen a pensar en lo que hacen. ¿Por qué deberían de hacerlo? Tienen su vista fija en diferentes personas y por ende, son ciegos a los demás—. Estaba contándote algo de Dai-chan y no me contestaste. ¿Sucede algo, Ki-chan? Pareces un poco frenético.

—Mmmm, no —dice él, pues todavía no está seguro de si quiere contarle su secreto. En primer lugar, porque no hay secreto como tal, en segundo lugar porque quién sabe qué pensaría de él si supiera que está interesado en una mujer mayor y aparte "casada" y en tercero porque es demasiado privado. En su lugar dice—: Sólo estaba tratando de recordar si me faltaba llevar algo más, me olvidé la lista de compras en casa. ¡Así que no tenías que pellizcarme, Momocchi! ¡Qué mala!

—¡Lo siento! —dice ella, uniendo las manos frente a su rostro, aunque no sabe porqué no termina de creer su explicación, a pesar de que suena bastante razonable—. ¿Te lastimé? —Momoi levanta su playera dejando al descubierto su abdomen, en donde ha aparecido un moretón en el lado izquierdo, a la altura del codo. Momoi lo toca como para curarlo y dada la intimidad que tienen desde pequeños, pues solían bañarse los tres juntos en el río (a veces en compañía o bajo la supervisión de Kagami) ni siquiera se le pasa por la cabeza que el hecho se pueda malinterpretar.

—No te preocupes, Momocchi —dice él, echando a caminar otra vez, pues tiene que llevar las cosas para la comida a casa temprano si quiere visitar a Kagami (Kuroko) pronto—. Pero la próxima vez intenta otros medios menos violentos, ¿quieres?

—Vale —dice ella, que todavía lo tiene cogido por la playera para después soltarlo—. Perdón.

—Está bien, ¿qué me decías? —Momoi resume su monólogo sobre las sospechas que tiene de Aomine y aunque Kise la escucha esta vez con atención, también respira aliviado. Acaban de pasar frente al jardín de infantes de Tonosawa, lugar donde trabaja Kuroko y a menos que haya otro, ya sabe dónde encontrarla, pero Momoi no sabe porqué él estaba distraído y esa es una ventaja que no piensa desperdiciar. Porque si algo sale mal, sólo él lo sabrá.

.

Sin embargo, más tarde, cuando vuelve a presentarse en la casa de Kagami, la encuentra vacía. Pese a que Kagami debe de estar cansado, pese a sus planes, pese a que la espalda lo está matando y no cree poder resistir una noche más en una cama tan incómoda. Será que habrán salido un rato, dice su abuela, cuando Kise le pregunta si los ha visto o si Kuroko, que es amiga suya, le ha comentado algo relativo a su ausencia. De vez en cuando también necesitan divertirse y salir de esa casa. Puede que para ti ya parezcan viejos, Ryouta, pero tienen veintitrés y ganas de divertirse como todos los demás.

Sus palabras lo tranquilizan un poco, pues de alguna manera puede comprender el sentimiento. Él mismo se aburre en esa casa a veces y dado que es imposible encontrar más que atracciones turísticas para viejos y gente rica, tampoco puede distraerse en un cine local, centro comercial y demases, porque no existen. Seguro que han ido al cine o a comer quizá, pero Kise duda que tarden demasiado, teniendo en cuenta que Kagami acaba de regresar de trabajar y debe de estar muy cansado e incluso un tanto desmoralizado, si puede creerse su semblante alicaído de la mañana.

Así pues, Kise se sienta a esperar en la sala de estar, tratando de no lucir demasiado ansioso mientras hace zapping en la TV, que por suerte tiene todos los canales, aunque no es que haya nada interesante que ver.

—¡Ryouta! ¿Sigues aquí? —pregunta su abuela un tiempo después, aunque Kise no podría precisar cuánto tiempo ha pasado desde que le dejó en el canal del animé; lo suficiente para que oscureciese al menos.

—¿Eh? —Kise se incorpora en el sofá, en donde se encontraba acostado en posición fetal y la observa con los ojos entrecerrados, tratando de regresar a la realidad. Un hilo de saliva le cae por la comisura izquiera de la boca y tiene el cabello alborotado, en una escena que en otros tiempos le habría garantizado una fotografía en el álbum familiar—. ¿Ya es de noche? —Kise se limpia la saliva con el dorso de la mano y poco a poco parece recobrar la razón—. Lo siento mucho, ¿es muy tarde?

—Son las nueve —anuncia ella, que estuvo fuera en casa de sus amigas, dejando a Ryouta para que hiciese la cena y demás.

—¿Ya llegó Kurokocchi? —Kise dirige su vista hacia la ventana, cuyas cortinas corridas no dejan entrever ni siquiera la luz de la casa de enfrente.

—Parece que no han vuelto, Ryouta —dice ella, a quien no le ha pasado desapercibida su ansiedad, aunque no puede adivinar muy bien la causa de la misma—. Debes de estar muy cansado de dormir en una cama tan pequeña. Lo siento, Ryouta, entiendo que quieras ver a Kagami-kun y Kuroko-san para que te cambien de cama pronto, pero al parecer han salido y a juzgar por la hora, o regresarán muy tarde o lo harán mañana. Como es viernes, Kuroko-san no tiene porqué preocuparse de ir a trabajar...

—Ah —dice él, pero de cualquier manera se pone de pie para cerciorarse. Kise corre las cortinas y vislumbra la casa a oscuras, sus contornos apenas visibles gracias a la luna y a la luz de una lejana farola, que no hace más que lograr que la calle se vea solitaria y poco agradable.

—Puedes dormir en mi cama el día de hoy si así lo quieres —dice la mujer, que interpreta sus gestos ansiosos como una respuesta a dormir mal y poco desde que llegó—. Yo puedo quedarme en el sofá o bien en tu cama, creo que soy lo suficientemente pequeña para que no me resulte molesto.

—¿¡Eh!? ¡No, claro que no, abuela! Tú duerme en tu cama, que ya me las arreglo yo —dice él, recordando de pronto que debía hacer la cena, lavar los platos y recoger la ropa sucia del tendedero—. Y de verdad perdón, me quedé dormido y no he hecho nada. Tú siéntate y en un momento está lista la cena y la ropa y... Y...

Kise desaparece como una exhalación por la puerta y Ryoko lo escucha unos minutos después removiendo cosas en la cocina, cantando entre dientes, aunque no con el entusiasmo de siempre. ¿Qué será lo que le está molestando?, se pregunta ella, mientras se dispone a obedecer las órdenes de su nieto y se sienta en el sofá donde estaba antes dormido y enciende la televisión. El viaje ha logrado que le duela la espalda, quizá de manera mucho más aguda que a su nieto, lo que le impide ir a ayudarlo con la cena. Él en cambio, no ha tenido problema alguno con cumplir con sus tareas pese al dolor. Y sin embargo, ella se convence de que esa es la causa de su extrañez en los últimos días, eso y la adolescencia, que en Kise ya está casi tocando a su fin.

Mañana a primera hora iré por la cama, se promete, mientras se acomoda mejor en el sofá, que todavía conserva cierta calidez de su nieto. Cuando Ryouta consiga dormir bien seguro que todo se arreglará. Sus pensamientos son simples, pero no por eso erróneos, ¿cómo podría suponer ella que es Kuroko y no la cama lo que tiene a Kise así? ¿Y cómo podría siquiera asociar las dos palabras al pensar en su nieto? A nadie se le ocurriría porque es una tontería que un chico tan joven se interesase por una mujer comprometida y sin embargo, esa es la verdad.

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A la mañana siguiente, Kise se despierta en su vieja cama y con la voz de Kagami resonando en sus oídos. Por un momento, piensa que es una pesadilla, que su sueño hasta entonces bastante placentero por fin ha sido bloqueado por esa parte suya que sabe que hace mal. ¿Y es que no dice la biblia: no desearás a la mujer de tu prójimo? Pero tras varias sacudidas, así como la falta de ira en la voz de Kagami, que sólo llama su nombre y no profiere maldiciones ni mucho menos golpes, Kise se da cuenta de que el hombre está en su habitación, tratando de despertarlo.

—¿Kagamicchi? ¿Todavía estoy soñando? —Kise se medio incorpora en las mantas, tratando de ocultar su erección matutina, aunque en realidad sabe que al otro no le importaría, pues siendo hombres, sufren de las mismas cosas. Sin embargo, su abuela puede andar por allí y si Kagami está presente, ¿no podría estarlo también Kuroko?

—¿Todavía? —pregunta Kagami, que se ha hecho a un lado para darle espacio y que hace una cara de asco ante las implicaciones de dicha pregunta—. ¿Es que acaso estabas soñando conmigo, bastardo?

—En una pesadilla, quizá —dice Kise, echando un vistazo al despertador sobre su mesita de noche, que le muestra que son las 11 am, pues dado que durmió todo la tarde, cuando se acostó le costó trabajo conciliar el sueño—. Por eso preguntaba. ¿Qué haces aquí, Kagamicchi?

—Tetsuko me dijo de lo de tu cama ayer —dice él y parece enorme en la pequeña habitación, además de un poco torpe, ya que debido a su estatura cada movimiento suyo amenaza con tirar algo al suelo o al menos romperlo—. Y hoy tu abuela me lo recordó, así que vine a eso. No pensé que siguieras dormido tan tarde.

—No pude dormir bien anoche —dice Kise, cruzándose de brazos ante el tono bromista de su acompañante—. Además, deberías de tocar la puerta antes de entrar en casas ajenas, Kagamicchi.

—Lo intenté —dice Kagami, haciendo movimientos con las manos para darle a entender que necesita que se ponga de pie—. Pero tienes el sueño más pesado que Tetsuko y al final tuve que entrar y sacudirte. Ahora ponte de pie, que debemos mover esto pronto, antes de que se haga más tarde.

—¿Debemos?

—No creerás que lo haré solo, ¿verdad?

—Vale, vale —dice Kise, que ha ganado tiempo y ya no tiene nada que ocultar, por lo que se pone de pie inmediatamente, en calzoncillos y todo para ayudar a mover la cama. Claro que por un momento se le pasa por la mente la idea de ponerse unos pantalones o algo más decente, pero la desecha en cuanto se da cuenta de adónde va y quién va a estar allí. Seguramente Kuroko está en casa y aunque quizá no sea mucho (o nada en realidad), Kise planea aprovechar todas sus oportunidades. Así que sigue las instrucciones de Kagami sin rechistar, ni siquiera a pesar de que no ha desayunado, ni se ha lavado los dientes o cepillado el cabello, que parece un nido de pájaro bajo los rayos del sol.

En realidad y dado que la cama es tan pequeña, no les cuesta mucho trabajo moverla. Cada uno carga una parte, tras haberla despojado de las sábanas y mantas, dejando sólo la estructura de madera y bajan con ella las escaleras de la casa, ayudados por la abuela de Kise, que les indica dónde pisar y dónde están. Luego la avanzan por la calle, bajo los ardientes rayos del sol, pasan a través de la verja, por entre los girasoles y tras ladear un poco la cama, también por la puerta de la casa de Kuroko.

—¿La ponemos arriba? —pregunta Kise, cuando se detienen a descansar un momento en la entrada. Kuroko no está a la vista, pero seguramente está en el piso de arriba, leyendo o algo así. Ocupado con ese pensamiento, Kise no se da cuenta de la sorpresa de Kagami cuando se da cuenta de que Kise conoce la estructura de su casa, a pesar de que sólo estuvo ahí en una ocasión (que él sepa) y pasó corriendo, sin tener la oportunidad de examinar la disposición con cuidado.

—Sí —dice Kagami, limpiándose el sudor que le corre por la frente y desechando la absurda idea de que Kise ha estado ahí antes al verlo mejor, pues es casi un chiquillo y Tetsuko no tendría razón alguna para invitarlo; es un niño, sus facciones lo delatan. Es lógico que en las casas de un piso las habitaciones estén arriba, ¿de qué habría de sospechar?—. Déjame ir yo primero, conozco el camino —dice él de manera inconsciente.

—Claro, Kagamicchi. Es tu casa.

Tardan al menos otros diez minutos en subir la cama por la escalera y después instalarla en una de las habitaciones a la derecha de la misma. Una habitación vacía de color blanco, vacía pero sin una mota de polvo.

—Bueno, ya está —dice Kise, cuando por fin la depositan en el suelo, al lado de una amplia ventana abierta, justo en el rincón de la habitación—. ¿Esta va a ser su habitación? —Kise no puede evitar imaginarse al niño o a la niña que vivirán ahí, aunque es una rara mezcla de colores, en su opinión. Quizá sea un niño pelirrojo como su padre, con los ojos azules y amante del basketball, que llenará sus paredes de pósters de jugadores famosos y personajes de caricatura.

—Eh, bueno, si algún día sucede... —dice Kagami, rascándose la nuca y evitando su mirada—. Tetsuko y yo no nos hemos puesto de acuerdo, pero supongo que sí. Volver a moverla sería todo un enrollo.

—¿Así que Kurokocchi...? —Kise deja la pregunta en el aire, pero Kagami sabe muy bien a lo que se refiere, por lo que niega con la cabeza. No, Kuroko no está embarazada todavía—. ¿Y bueno dónde está tu cama, Kagamicchi? No creerás que me voy a ir con las manos vacías.

—Está por acá —dice él, contento de que el interrogatorio no se haya prolongado. Entonces lo guía hacia la habitación de al lado, la suya cuando era joven, llena de cajas con cosas inútiles, pósters viejos, libros de la universidad y algunos muebles—. Pero creo que ésta será mucho más difícil de llevar.

Kagami tiene razón. Dado que la cama es más larga, también resulta más pesada, por lo que en más de una ocasión amenaza con tirarlos, sobre todo en la zona de las escaleras, el lugar más peligroso de todos. Si tardaron media hora en llevar la cama de Kise a la casa de Kagami, les lleva al menos una hora el hacer el intercambio efectivo y para cuando terminan están cubiertos de sudor, adoloridos y bastante cansados.

—¡Muchas gracias, Kagamicchi! —dice Kise, cuando por fin terminan y se deja caer en su nueva cama, cuyo colchón está un poco lleno de polvo.

—No es nada —dice él antes de sentarse a los pies de la cama para limpiarse el sudor que le corre por el rostro y le entra a los ojos.

—Espero que a tus hijos le guste, algún día.

—Ajá...

Kise y Kagami se observan durante al menos un minuto, sin pronunciar palabra. Parecen saber algo, pero ninguno de los dos está seguro de qué. Quizá sólo sea el calor o lo extraño de la situación, pues aunque solían ser muy buenos amigos antes, muchas experiencias y años los han separado un poco. De cualquier manera, no tienen modo de averiguarlo, pues la abuela de Kise irrumpe en la habitación unos segundos después para ofrecerles un poco de limonada.

Kagami se va después de eso y tras haber hablado con su abuela de otros temas. Kise lo ve irse tras darle las gracias una vez más, sin dejar de pensar que de nuevo no hubo rastro alguno de Kurokocchi. Luego se pregunta si no será un hipócrita, cuando ve a Kagami cerrar la puerta de su casa a sus espaldas y recuerda sus palabras, dichas por mero compromiso: Espero que a tus hijos le guste, algún día. Porque lo que él menos desea es que ellos tengan hijos y que ella se acueste con él.

Sin embargo, no es como si pudiera hacer algo al respecto. No algo concreto al menos ni instantáneo, por lo que los días siguen su curso sin en el menor cambio. Kagami se marcha el domingo por la tarde. Kise pasa su tiempo libre entre Aomine y Momoi cuando éstos no tienen clase y si es así, se limita a vagabundear por el vecindario si la computadora le aburre. Desayuna, come y cena con su abuela. Duerme en su cama nueva (que resultó bastante cómoda e incluso hasta un poco más larga que él) y no ha visto a Kuroko en días. Y es precisamente esa parte de su rutina la que le molesta.

Kuroko se levanta demasiado temprano como para que él llegue a verla mientras desayuna y para cuando él se levanta, ella ya está o de camino hacia el jardín de infantes o dando clases, dependiendo de cuánto se haya desvelado Ryouta la noche anterior. Así que Kise la ve por las tardes, casi siempre a eso de las tres, cuando entra en su casa con los brazos llenos de las bolsas de las compras y un pequeño bolso colgando de su hombro. Kise la ve, pero no sabe cómo acercarse a ella. Ella ya se lo dejó muy en claro esa tarde en que Kise entró a su casa, cuando cortó su conversación cuando ésta comenzaba a desviarse hacia temas más triviales. Kagamicchi es lo único que los une y Kise no está muy seguro de que eso sea una ventaja a explotar. Así pues, Kise se mantiene esperando, como un vil fantasma entre las sombras, aunque no sabe muy bien qué espera.

Un buen día, el miércoles de su segunda semana en Tonosawa, Kise se decide a tomar acción. Se ha despertado para encontrarse con que no tiene nada qué hacer y también con que no quiere conformarse con la rutina diaria, por lo que se ducha y viste rápidamente, informándole a su abuela que irá a hacer las compras, aunque su objetivo principal no es ese y enfilando hacia la calle principal del pueblo antes de que ella pueda decir algo más.

Es temprano y la mayoría de la gente en la calle se compone de amas de casa que, como él, van a hacer la compra del día, lo que reduce su posibilidad de ser molestado o incluso espiado. Gracias a Dios, los japoneses son muy discretos y cerrados, por lo que nunca se meten en los asuntos de los demás y menos de los de un muchacho como él, que pasa desapercibido (al menos lo humanamente posible, teniendo en cuenta su atractivo físico), mientras se dirige hacia el jardín de infantes donde trabaja Kuroko.

¿Qué se propone? Ni él mismo está seguro, sólo sabe que ya está cansado de esperar y que los mejores resultados, casi siempre, se consiguen actuando. Pero eso no impide que ralentice un poco su marcha cuando llega por fin al jardín de infantes, pintado de blanco y rodeado por una valla metálica negra que deja al descubierto el jardín, lleno de juegos como columpios, subebajas y resbaladillas. Como es de esperarse, Kuroko no está a la vista pero Kise ha llegado justo a la hora del recreo, por lo que podría tener una oportunidad de verla.

—¡Oye, tú! —dice después de unos minutos, cuando una niña se acerca a los arbustos más cercanos a recoger un frisbee perdido. La niña, rubia como él y con los ojos de color chocolate, levanta su vista con cierto desdén, pues ahora que tiene su juguete en la mano, nada le importa más que regresar a su juego y no un adulto extraño que en su vida ha visto—. ¡Hola! Me llamo Kise, ¿cómo te llamas?

—Mi mamá me ha dicho que no hable con extraños —dice ella con los ojos tan cargados de desdén que Kise no puede evitar preguntarse cómo educan a los niños de hoy en día, cuando en su infancia, si él se atrevía a contestar así se ganaba una semana de castigo por lo menos.

—Pero yo no soy un extraño —razona él, poniéndose en cuclillas para estar a su altura—. Ya te dije mi nombre, ¿verdad? Kise Ryouta. Además... —añade, cuando ella no hace ningún intento de cambiar su rostro acusador—. Estoy de éste lado, ¿ves? No puedo hacerte daño.

—Mmmm —dice ella, abrazando su frisbee de color rosa contra su pecho, a lo que Kise responde poniendo su mejor sonrisa, pues si algo se llegase a malinterpretar sin duda terminaría en la cárcel.

—Soy amigo de Kuroko-sensei —dice Kise, en un arrebato de inspiración—. Si quieres puedes preguntarle —aunque Kise espera que no lo haga, pues él no sabría explicar porqué está ahí en primer lugar y también porque le dolería bastante que ella lo negara, aunque es bastante cierto.

—¡Ah! —dice ella y se le iluminan los ojos—. ¿Tú eres el bombero? ¿El que rescata a la gente?

—Eh, no —dice él y el semblante de la niña vuelve a llenarse de recelo—. Pero yo soy piloto, ¿sabes? —dice, pues no quiere quedar mal ante ella, aunque en realidad no está muy seguro de porqué, sólo es cuestión de no perder ante Kagami, del que al parecer han escuchado mucho de los labios de Kuroko. ¿Qué les dirá? ¿Con qué tono se referirá a él? Al parecer para ellos es su amigo, pero, ¿por qué?—. Vuelo por el cielo, ¿sabes? —Kise señala hacia arriba para enfatizar su punto y le satisface ver cómo los ojos castaños de la pequeña siguen la trayectoria de su dedo, mientras una sonrisa llena su rostro.

—¿De verdad? ¿Vuelas? ¿Y tocas las nubes? ¿Son de algodón? ¿Saben dulce?

—¡Sí, sí! —dice él, haciendo movimientos exagerados con los brazos—. ¡Vuelo muy alto! Un día...

Kise se inventa la historia más fantástica que se le puede ocurrir a su mente de diecisiete años, llena de películas hollywoodenses y animés de acción y Kuroko lo encuentra así veinte minutos después, cuando va a buscar a la mitad de los niños de su clase que no han regresado al salón. Por supuesto, no teme lo peor, pues la escuela tiene las mejores medidas de seguridad para mantener a raya a un montón de chiquillos que no rebasan los cinco años de edad, pero no puede evitar sentirse un tanto preocupada y curiosa de la razón de que no hayan llegado. Quizá nadie se los robó, pero, ¿y si ha sucedido un accidente?

Con este pensamiento, Kuroko encuentra a sus niños perdidos (siete de ellos), sentados frente a la verja del patio frontal de la escuela, escuchando a Kise contar su historia de cómo salvó al mundo en una pequeña avioneta llena de nubes. La preocupación la abandona cuando los ve a todos sanos y salvos, fascinados ante el joven que hace todo tipo de movimientos para representar su historia, pero la preocupación es reemplazada por un vago sentimiento de desasosiego. No es como si Kise no fuese una amenaza, piensa, aunque no sabría decir muy bien porqué.

—Niños —los llama, usando un tono autoritario que sólo reserva para cuando alguien se ha metido en serios problemas. Los niños saben que cuando Kuroko-sensei usa ese tono de voz, más vale no contradecirla y cuando la escuchan en ese momento, todos se dan la vuelta con el rostro lleno de miedo, esperando quizá un castigo—. Así que aquí estaban.

Kise deja de hacer el tonto de inmediato, principalmente porque ya no tiene una audiencia pero también porque la mirada de Kuroko consigue intimidarlo, como si él mismo fuese uno de los niños que ahora se ponen de pie para acudir a su llamado, halando de su delantal rosado y pidiendo disculpas y dulces.

—Oh, Kurokocchi, ¡lo siento! —dice Kise, atrayendo su atención una vez más—. No quería entretenerlos, de verdad.

—Kise-kun es extraño encontrarte por aquí.

—Sólo pasaba por aquí —dice él, enseñándole la bolsa de las compras—. Y me quedé platicando con Hitoka-chan, no era mi intención que se quedara tanto tiempo ni que vinieran tantos, de verdad.

—Está bien —dice Kuroko con una sonrisa, que va dirigida más a los niños que a él, pero que consigue que Kise se sienta un poco raro—. Sólo quería saber dónde estaban porque ya terminó el recreo. Así que necesito que todos regresen al salón, ¿de acuerdo?

—Sí —exclaman al unísono, aunque con cierta tristeza y luego echan a correr al salón, no sin antes despedirse de Kise con gestos de la mano. Sólo Hitoka permanece, aferrada a Kise, que minutos atrás sólo era un extraño peligroso para ella.

—¿Vendrás de nuevo?

—Bueno, no sé —dice Kise, mirando a Kuroko, pues es ella quien tiene la última palabra—. Si no hay problema, puedo venir un ratito de vez en cuando.

—¿Puede venir de nuevo, sensei? —pregunta Hitoka, dándose la vuelta para mirarla también y Kuroko no puede evitar pensar en el enorme parecido que tienen ambos, Kise y ella, como si fueran hermanos, pues Kise todavía es muy joven para poder compararlo con un padre.

—Muy bien —dice ella, que no le ve nada de malo, pero que piensa informar a la madre de Hitoka en cuanto tenga oportunidad para evitar malentendidos—. Ahora, Hitoka-chan, ve al salón. Los alcanzo en un minuto.

—Vale —dice ella echando a correr, no sin antes agitar una mano en gesto de despedida hacia Kise—. La próxima vez me traerás un pedazo de nube, ¿verdad? ¡Promételo!

—Lo prometo —dice él, antes de que ella desaparezca de su vista, dejándolo a solas con Kuroko. No es lo que estaba planeando (en realidad, no había planeado nada), sino que es mucho mejor.

—No sé qué les dijiste, Kise-kun —dice ella, unos segundos después—. Ahora no tengo tiempo de escucharlo pues debo volver a clase, pero no prometas cosas que no puedes cumplir, ¿de acuerdo? —su voz, extrañamente, es un poco triste, pero Kise no averigüa el porqué. Kuroko se despide de él haciendo una reverencia y luego, al igual que la niña, desaparece de su vista al entrar al edificio.

Kise no está muy seguro de qué impresión ha causado su visita; piensa que después de todo no ha sido buena idea, dado que Kuroko no reaccionó muy bien al verlo. Lo que no sabe es que, mientras él reanuda su camino a casa, sintiéndose a medias contento por haberla visto y a medias preocupado por lo que acaba de hacer, Kuroko también piensa en él. No de la manera en la que él le gustaría, claro está, pero por algo se empieza. Su pensamiento es el siguiente, una profecía quizá.

Kise-kun será un buen padre.

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Después de su encuentro, Kise cree que será mucho más fácil aproximarse a Kuroko. Incluso se atreve a pensar que ya han construido alguna especie de amistad, por lo que no se verá demasiado extraño si quiere dejarse caer por su casa. Como siempre, está equivocado, pues el que la haya encontrado, en apariencia, no ha cambiado nada. Ella sigue saludándolo con una inclinación de la cabeza cuando lo ve por las tardes y le habla de manera normal, aunque un poco distante, cuando Kagami lo invita un rato en sus días libres, pero nada más.

Kise está ponderando si debería de visitar el jardín de infantes una vez más (aunque no tiene ni idea de dónde conseguir un pedazo de nube), cuando una oportunidad se le presenta por sí misma. Y lo hace el día en que, por petición de su abuela, vuelve a hablar con su madre. De hecho, están planeando los detalles para su fiesta de cumpleaños en Tonosawa cuando Kise alza los ojos hacia la ventana de la sala de estar, donde se puede observar el camino de gravilla que conduce a la casa de Kuroko. Ella está ahí y Kagami también, en el eterno ritual de su despedida, pues Kagami tiene que trabajar.

Kise arruga el ceño mientras los observa besarse brevemente, por lo que apenas y registra las palabras de su madre, que le informa que toda la familia estará ahí en su cumpleaños y que, dado que va a alcanzar la mayoría de edad, además tendrá un regalo especial. A través de la ventana, Kise ve a Kagami partir, bajo un cielo cada vez más oscuro, pero Kuroko no lo sigue una vez su figura ha desaparecido. Ella permanece ahí, de pie frente a la verja de su casa, como una de esas figuras de cuentos de fantasmas que se dice, velan por su amor perdido siempre en el mismo lugar.

No es como si Kagami no fuese a regresar, de cualquier manera. Pero hay cierto dejo de tristeza en sus facciones y Kise se pregunta si se habrán peleado mientras contesta con monosílabos a su madre, dándole el sí a todos sus planes descabellados para su fiesta de cumpleaños del próximo martes.

—Bueno, eso sería todo, Ryouta —dice la mujer del otro lado de la línea con voz jovial y es que aunque no lo admita en voz alta, está bastante feliz de haber hecho las paces con su hijo, si bien todavía no aprueba sus decisiones, una parte de ella espera que recapacite y se convierta en abogado, como todos en la familia—. ¿Necesitas que lleve algo más?

—Mmmm —dice Kise, desviando un momento su vista de Kuroko, que parece demasiado solitaria en medio del mar de girasoles, con su sencillo vestido azul—. ¿Una laptop? —dice al fin, pues ya no quiere molestar a Momoi pidiéndole la suya.

—Está bien —dice su madre, tras un momento de silencio—. Entonces nos vemos el martes, hijo. Cuídate mucho.

—Ajá, tú también, mamá.

Kise cuelga el teléfono antes de que su madre pueda añadir algo más. Reconoce una oportunidad cuando la ve, aunque puede que no sea la cosa más justa que haya hecho; incluso podría considerarse un golpe bajo. Pero es joven, ¿y a él qué le importa? Su juventud lo protege y él se jacta de ello, vanagloriándose de su inmadurez, aunque esto no significa que sea estúpido, pues tiene la precaución de esperar unos segundos más antes de salir al encuentro de Kuroko y la naturalidad para hacerlo parecer una casualidad.

—Kurokocchi, ¿qué estás haciendo aquí afuera? —dice él, mientras se aproxima a ella, sacándola así de su letargo. Ella no le contesta inmediatamente, sino que se limita a observarlo, con esos ojos que parecen tener rayos infrarrojos y escudriñar los secretos más oscuros de todos a su alrededor y que hacen que Kise se pregunte si no lo habrá visto al teléfono. Si no lo habrá visto observándola, si no sabrá lo que se propone. Y no es que él lo sepa en realidad.

—Kise-kun, ¿no estás con Aomine-kun y Momoi-san?

—No, me dijeron que les dejaron mucha tarea en las clases especiales y que hoy no iban a estar libres hasta tarde —dice él, deteniéndose a un metro de ella. Resultaría fácil acercarse más y tocarla. Incluso se conformaría con el simple hecho de poner su mano sobre su hombro desnudo, pero Kise se abstiene de hacer tonterías, al menos fuera de sus sueños.

—¿Tú no estás estudiando para entrar a la universidad? —pregunta ella, recargándose contra la verja y a él le sorprende ese gesto, que le indica que está abierta a charlar un rato, aunque sólo sea porque Kagami acaba de marcharse.

—No —dice él, un poco acobardado ante su mirada y rascándose la mejilla—. Bueno, mi familia está compuesta por abogados y mi madre quiere que sea uno también... Así que por la escuela no debo de preocuparme, pero verás... No estoy seguro de que eso es lo que quiero hacer toda mi vida. Se ve aburrido.

—Ciertamente Kise-kun no se ve del tipo de personas que encajen en trabajos de oficina —dice ella con una sonrisa tan pequeña que casi parece no estar ahí en realidad.

—No estoy seguro de si debo de tomar eso como un cumplido —dice él, haciendo un mohín—. Pero ojalá mi madre lo entendiera. Aunque la verdad es que con todo y que no quiero ser abogado, no es que sepa qué sí quiero ser.

—Ya veo.

—¿Y tú, Kurokocchi? ¿Cómo decidiste que querías ser profesora de jardín de infantes?

—No es nada especial —dice ella, pero sus ojos tienen cierto toque nostálgico—. Me gustan mucho los niños, siempre, desde que era pequeña. Quizá contribuyó a que nunca tuve hermanos, ni mayores ni menores. Pero ya desde que estaba en secundaria sabía qué quería estudiar y eso hice. Es muy simple.

—Pero amas lo que haces, ¿no, Kurokocchi?

—Sí —dice ella, con una enorme sonrisa—. Sí, con todo lo que implica.

Kise siente cómo su corazón se hunde en su pecho ante tal gesto y como un marinero en medio de una tempestad, se aferra a la estabilidad de sus palabras para no hundirse ante la fuerza de sus sentimientos. Las palabras son su salvavidas y su máscara, lo que no significa que lo hagan más inteligente en ciertas materias.

—¿Y qué hay de Kagamicchi? —pregunta y sabe que ha hecho mal en cuanto las palabras abandonan sus labios porque la sonrisa de Kuroko se desvanece inmediatamente. Aun así, no puede evitar continuar—. ¿Por qué decidió ser bombero?

—Eso deberías de preguntárselo a él —dice ella y su tono de voz, aunque cortés, también es cortante. De hecho, para ella la conversación ya ha terminado y se da la vuelta para abrir la verja que la llevará a la seguridad de su casa, en donde se meterá bajo las mantas a seguir leyendo—. Regresa el miércoles.

—¡Ah, espera, Kurokocchi! —dice Kise, cuando la ve marchar. ¿Cómo puede ser tan tonto? Se recrimina, mientras la ve voltearse y observarlo con sus pálidos ojos azules, como el cielo del verano que está a punto de empezar—. ¿No te apetece jugar un poco de basket? —es lo primero que se le ha pasado por la cabeza y Kise cree que es una tontería hasta que la ve asentir—. ¿De verdad?

—Sí —dice ella, haciéndose a un lado para dejarle paso—. Estoy un poco aburrida. A menos que tengas otras cosas que hacer, Kise-kun. En ese caso no te molestaré más.

—¡¿Eh?! ¡Claro que no! ¡Me encantaría jugar contigo, Kurokocchi! Tu estilo es algo único y quiero ver cómo funciona contra un enemigo —dice él, conteniéndose las ganas de gritar de emoción. ¿Podría acaso suceder algo mejor? Por supuesto que sí, pero él ni siquiera lo piensa. Cualquier tipo de fantasía, de esas que lo asaltan en la oscuridad de su habitación, no existe en su mente en esos momentos. Kise tiene una mente simple y por eso, en lo único en lo que puede pensar es en el partido de basketball y en ella, bajo la creciente oscuridad.

.

No es que Kise estuviese esperando algo en particular, aun así, el partido resulta bastante extraño, sobre todo porque Kuroko es malísima. Le pone mucho empeño, eso sí, pero es incapaz de retener el balón más de unos segundos y sus tiros tienen una eficacia de 0%, lo que sin duda asustaría a Midorimacchi si la viera. Lo compensa su habilidad para robar el balón y para predecir su curso, pero sola no puede encestar ni una vez, lo que le resulta muy extraño a Kise, pues con Kagami, les dieron una buena paliza.

¿Será acaso por el vestido? Piensa él, cuando ella se posiciona frente a él para robarle el balón. Kuroko no se ha cambiado y el vestido ondea sobre sus rodillas cada vez que se mueve, pero no parece ser un impedimento, de hecho, Kise se atrevería a afirmar que con las piernas libres de cualquier tela la movilidad incluso aumenta, además de darle vistas de cuando en cuando de sus muslos blancos, que sin embargo, no logran distraerlo del todo.

—Kurokocchi, eres malísima —dice Kise, cuando logra encestar su vigésimo punto, tope que acordaron entre ambos antes de empezar. Sin embargo, no añade la pregunta que ha estado dando vueltas en su cabeza desde que vio su pobre desempeño: ¿Cómo es que estabas de regular en un equipo universitario?

—Eso es porque es un 1-on-1. En equipo juego muy bien —dice ella, de pie en el centro de la cancha, donde Kise la pasó un minuto atrás tras haberle arrebatado el balón de las manos—. Mira estos músculos —dice ella, alzando y flexionando sus brazos como si de verdad hubiese algo allí.

Kise se echa a reír y ella sonríe.

—¿Entonces cuál era tu posición cuando jugabas antes? —pregunta él, mientras recupera el balón, que se ha ido rodando entre el pasto, un poco más allá de donde las luces exteriores alcanzan.

—Solía apoyarles —dice ella—. Una jugadora de apoyo. Yo hago los pases, Kise-kun. Yo soy la sombra y alguien más es la luz. En mi equipo era la capitana, Aida Riko, la que encestaba. Yo hacía los pases que permitían que así fuera. ¿Y tú, Kise-kun?

—Alero, aunque yo me especializaba en anotar. ¿Seguro que no tenías la posición de alero, Kurokocchi? Mmm —dice él, cuando la ve negar con la cabeza—. Pero me da curiosidad. Sólo te vi jugar esa vez con Kagamicchi y decir que te vi sería mucho. Mmmm... ¿Quizá la próxima vez, si te parece bien, cuando regrese...? —Kagamicchi, es lo que quiere decir, pero ella no lo deja terminar su oración. Debe de estar realmente enojada con él, aunque porqué, no tiene ni idea.

—Podemos hacerlo ahora —dice ella y luce terrorífica enojada, por lo que Kise se pregunta en qué se ha metido; al parecer en algún problema de pareja del que es mejor no preguntar—. Estoy seguro de que Aomine-kun y Momoi-san estarán dispuestos a venir un rato.

—Vale, trataré de contactarlos. Pero no sé... —Kise recoge su iPhone de la banca de madera en el porche trasero para enviarle un mensaje a Aomine y Momoi, aunque está seguro de que sus respuestas serán negativas. El examen se acerca, falta un mes más o menos y la presión ha empezado a pesar sobre sus hombros. Y sin embargo, ambos contestan que sí.

Voy para allá, dice el mensaje de Aomine, ahorrándole a Kise el inventarse una explicación decente de porqué está en la casa de Kuroko mientras su esposo está fuera. Quizá la mente de Aomine no llega tan lejos, pero de cualquier modo, resulta una bendición. El mensaje de Momoi, en cambio, si encierra cierto grado de sospecha.

¡Me encantaría, Ki-chan! Pero se me hace un poco extraño... Ya me lo explicas después, ¿de acuerdo? Kise responde afirmativamente, aunque espera no tener que hacerlo nunca. Luego, seguro de que sus dos amigos se presentarán, le hace un gesto con la cabeza a Kuroko para darle a entender que ya vienen de camino y ella, a su vez, le ofrece un vaso con agua.

—No tardaré —dice ella, después de decidir preparar una jarra de agua para todos y antes de entrar a la casa. Kise no hace ademán de seguirla, sabe que quiere un poco de tiempo a solas, por lo que se sienta en la banca a esperarlos a todos, pensando en que todos tienen cosas qué hacer menos él, pensando en que pronto cumplirá dieciocho y no sabe muy bien qué hacer con el futuro que se extiende ante él.

Kuroko lo encuentra así unos veinte minutos después, cuando le anuncia la llegada de sus amigos, que se han encontrado a medio camino y por eso han tardado tanto. Luego Kuroko regresa a la casa, alegando que quizá debería de preparar un poco de botana.

—¡Eh, así que durmiendo! —dice Aomine, pasándole un brazo por los hombros, mientras observa a Momoi haciendo flexiones en el centro de la cancha—. Qué cómodo que estás, Kise. En la casa de una mujer mayor y todo...

—No es lo que tú crees, Aominecchi —dice él, tratando de mantener su voz baja, pero enrojeciendo un poco.

—Ya sé —dice Aomine, tras unos segundos de mirarlo en silencio, aumentando así su nerviosismo—. Como si ella fuera a hacerte caso, ¿verdad?

—Sí, ¿verdad? —pregunta él, tratando de esconder lo mucho que le han dolido esas palabras, pues es lo que ha estado pensando desde el principio, desde que la vio de pie observando a Kagami partir—. Tienes razón.

La conversación se desvía a otros temas y cuando Kuroko regresa, con una plato lleno de patatas fritas, en apariencia todo parece haber quedado olvidado. Pero no es así y esto se ve más claramente durante el partido, en que Aomine y Momoi forman una dupla mientras que Kise hace equipo con Kuroko. Por supuesto, también tiene mucho que ver que es la primera vez que Kise recibe los pases de Kuroko, rápidos y certeros y que exigen un alto grado de confianza por ambas partes, pero eso no excusa su derrota, aunque sea por tres puntos.

—Tu estilo es genial, Kurokocchi —dice Kise, mientras están tomándose la limonada y los aperitivos, pero no luce tan feliz como antes de la llegada de Aomine, aunque el partido fue más que emocionante—. Me sorprendiste, de verdad.

—Y aun así no pudiste ganar —dice Aomine, a lo que Momoi responde dándole un codazo.

—Fue divertido, Kise-kun —dice Kuroko, a la que no parece importarle la poca educación de sus invitados, léase Aomine—. Tienes un estilo muy particular, diferente del de Aida-san o Taiga-kun.

—Gracias. Yo también me divertí. Invítanos pronto otra vez, cuando Kagamicchi esté de vuelta —dice Kise, sin importarle ya (o eso quiere pensar) lo que ella piense al escuchar su nombre.

—Lo haré —dice ella, recogiendo los vasos vacíos y el plato, en el que ni siquiera han quedado migas. Es hora de irse y Kise no quiere hacerlo, aunque sabe que Aomine tiene razón. Puede que Kagami y ella se hayan peleado, pero seguramente se arreglarán. Ella no lo ve de esa manera, no lo ve quizá de ninguna manera. Y aun así, cuando ya están en la puerta de la casa, listos para partir en diferentes direcciones, Kise se descubre a sí mismo haciendo otro (inútil) intento.

—El martes es mi cumpleaños —dice Kise, justo cuando ella ya está por cerrar la puerta y hechas las despedidas necesarias—. Será en casa de mi abuela, como a eso de las siete. Si quieres puedes venir, si te aburres claro, Kurokocchi. Habrá pastel y eso y si Kagamicchi está, pueden venir los dos.

Kise espera no haber sonado muy desesperado y el tiempo que ella se tarda en contestar (menos de diez segundos), se le hace eterno. No puede evitar pensar que quizá se ha delatado, que si al menos ella no lo sabe, los otros dos lo sabrán, lo deducirán. Pero nadie dice nada y ella asiente.

—No creo que Taiga-kun pueda estar presente. Regresa el miércoles.

—Ya veo.

—Pero me encantaría ir, gracias por la invitación.

—No es nada —y en realidad no lo es. Su sola presencia sería regalo suficiente, aunque Aomine siga teniendo razón.

—Buenas noches, Kise-kun.

—Buenas noches, Kurokocchi.

Por él, Aominecchi puede irse a la mierda.

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Para Kise, el martes no llega lo suficientemente rápido, pese al sinfín de cosas que suceden ese fin de semana. Primero el domingo, que pasa todo el día en compañía de Aomine y Momoi y algunos amigos de ambos, pues pese a que ha pasado casi toda su estancia en Tonosawa con ellos, eso no significa que no haya otros adolescentes en el pueblo. Ese día, después de andar toda la tarde de un lado a otro con un montón de chicos desconocidos pero no por eso menos simpáticos (aunque con un humor un tanto retorcido), todos miembros del equipo de basketball de Touou, Momoi se lo lleva aparte.

—¡Feliz cumpleaños, Ki-chan! —dice ella, en tanto que los demás hacen el tonto en la arcada más cercana. Las luces de neón perfilan su rostro en diversos tonos cuando se separa de él tras darle un abrazo.

—¿Eh, Momocchi? Pero si todavía no es mi cumpleaños.

—Ya sé —dice ella, un poco ofendida—. A diferencia de otras personas, yo no olvido ese tipo de cosas —claramente se está refiriendo a Aomine, aunque no está presente para escuchar su queja—. Pero quería dártelo por si el martes no puedo asistir. Ya sabes que Dai-chan y yo tenemos clases por las tardes hasta eso de las seis y no sé cuánta tarea nos puedan dejar de la guía de estudio. Entonces, por si mamá no me deja venir...

—Gracias, Momocchi.

—De nada —dice ella, pero no hace ademán alguno de volver con los demás y Kise cimenta sus sospechas de que está a punto de pedirle o decirle algo que no quiere que los demás (Aomine) sepan, pues una felicitación por cumplir años no requiere de tanto secretismo—. Y Ki-chan, quiero pedirte un favor.

—¿Un favor? ¿Qué podrá ser, Momocchi? Por cierto que sólo te haré el favor cuando me des mi regalo —dice él, tratando de hacerla enojar pero fallando olímpicamente. Ella parece más preocupada por otras cosas y hace a un lado el asunto del regalo con un movimiento de la mano.

—Te lo daré el martes. Puede que no te vea en tu fiesta como tal, pero creo que puedo escaparme unos minutos por la mañana para dártelo. Pero en cuanto al favor... ¿Recuerdas lo que hablamos el otro día? —Kise no se acuerda, sobre todo ante una pregunta tan vaga como esa. Han hablado casi todos los días y Momoi le ha dicho un montón de cosas, así que no tiene ni la más mínima idea de a qué se refiere—. ¡Sobre Dai-chan! —dice por fin, aunque en voz baja y acercándose a él, lo que le permite a Kise apreciar el rubor en sus mejillas—. Ha estado saltándose las clases especiales y nadie sabe adónde va. Como tú eres su amigo, podrías preguntarle.

—¿Quieres que le pregunte si tiene novia? —inquiere él, a lo que Momoi responde lanzándole una mirada fulminante—. ¿Por qué no se lo preguntas tú, Momocchi? Además, sé por lo que me han dicho los senpai de Touou que eres muy buena recolectando información, te bastaría son seguir a Aominecchi para averiguar lo que hace.

—No puedo —dice ella—. Y no, no es por lo que tú crees. A diferencia de Dai-chan yo no pienso saltarme las clases. Son importantes. Además, aunque se lo pregunte, no me lo dice. No creas que no lo he intentado, Ki-chan. Eres mi último recurso.

—Está bien —dice él, tragándose la pregunta que pugna por salir de sus labios. ¿Por qué te empeñas en saberlo? Como si no lo supieran ambos—. Veré que puedo hacer.

—¡Gracias, Ki-chan! —dice ella, colgándose de su brazo y con una enorme sonrisa. Aomine debe de ser más idiota de lo que parece para no fijarse en ella, ni darse cuenta de lo que ella siente por él—. Te daré el mejor regalo de todos.

—¡Eh! ¿Así que no lo has comprado y estabas esperando a mi respuesta para decidir?

—Pero diste la respuesta correcta —dice ella, todavía sonriendo—. Así que tendrás el mejor regalo de todos, ya verás.

—Mmm...

—Vámos, tórtolos —los llama una voz que Kise no reconoce al principio, hasta que alza la vista para encontrarse con Imayoshi Shouichi y el resto del equipo de Touou, que según le contaron están de visita por vacaciones—. Vamos a cenar algo.

—Vale —dice Momoi, desprendiéndose de su brazo para alcanzar a su senpai, pero no sin antes lanzarle una última mirada a Kise, como pidiéndole que empiece con la misión inmediatamente. Kise le dirige un leve asentimiento antes de unirse al grupo, buscando el mejor momento para aproximarse a Aomine. Pero éste no llega y el domingo termina sin que él pueda hacer nada.

Su familia llega el lunes por la mañana y Kise tiene que ir a recogerlos a la estación temprano, por lo que, por una vez desde que llegó, le es posible ver a Kuroko por la mañana, incluso si es sólo para desearle los buenos días. En la estación se los encuentra a todos, sus padres y sus hermanas, que se han tomado algunos días libres del trabajo para visitarlo, pese a que su último encuentro no fue del todo afectuoso.

A Kise se le llenan los ojos de lágrimas al verlos, pese a que han sido sólo dos míseras semanas y pese a que ya está lo suficientemente grandecito. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo cómodo y protegido que vivía en casa, con su familia, entre los lujos y mimos propios de la clase media alta. Pero al verlos lo sabe: sabe que era un niño mimado y que ha hecho bien en salir de casa, pues así crecerá para ser alguien diferente y no el más pequeño de los Kise, el hermano menor y consentido de la familia.

Su madre parece estar pensando lo mismo, aunque con un matiz diferente. Ella lo quiere de vuelta, en casa como debería de estar, estudiando en la escuela de leyes que está a media hora en automóvil de su casa y no ahí, en un pueblo donde no hay nada para los jóvenes, desperdiciando su vitalidad y energía. Aun así, lo abraza, pues pese a sus diferencias lo extraña y más ahora que constata que está a punto de cumplir la mayoría de edad.

—Tenemos mucho de qué hablar —dice ella, cuando se separa de él, dejándole paso a sus hermanas y a su padre, cuyos abrazos no son tan efusivos pero no dejan de ser sinceros—. Pero vayamos a casa de mi madre primero, quiero saber cómo te has portado. Además, estoy cansada, estos asientos no son nada cómodos.

—No, ¿verdad? —dice él, mientras los guía hacia el exterior, sintiéndose todavía un poco extraño. Con una mezcla de felicidad por volverlos a ver y otra de vergüenza, pues reconoce al niño que todavía es y que quiere, debe dejar de ser si desea ser un adulto independiente.

Sin embargo, no es una tarea fácil. Y se lo demuestra el hecho de que el resto del día se le pasa entre preguntas embarazosas (¿Está Ryouta portándose bien, mamá?) y sentando el sofá, mientras los "adultos" se hacen cargo de la distribución de los futones en el cuarto de huéspedes, los arreglos para la fiesta del día siguiente y poniéndose al día de sus aburridas vidas.

El panorama no cambia mucho al día siguiente, salvo que ahora su madre, hermana y abuelas, así como su padre se entretienen con los preparativos de la fiesta, en la que no habrá ni diez personas, sobre todo si a Momoi y Aomine les imposible asistir. Pero quizá Kuroko se presente y eso le da una esperanza, que se va acrecentando hasta convertirse en exaltación conforme la hora se acerca. Ni siquiera se pone a pensar en que Momoi no se ha presentado y en que es bastante probable que sí asista a la fiesta; a él qué más le da. Pero ojalá ella sí vaya.

—¡Ryouta, quédate quieto! —le pide su hermana, cuando lo ve asomado a la ventana al diez para las siete, escudriñando aparentemente la avenida, pero en realidad con la vista fija en la casa de enfrente, donde no parece haber movimiento alguno, aunque las luces están encendidas.

—Es mi cumpleaños y puedo hacer lo que quiero —responde él, volteando de nuevo para divisar a Momoi y Aomine, que se encaminan a casa lado a lado, momento que sería perfecto para que Momoi le preguntase, pero sabe que no lo hará.

Su hermana se echa a reír.

—Suenas exactamente igual que cuando tenías cinco años, Ryouta. ¿Seguro que vas a cumplir dieciocho?

Su comentario es suficiente para lograr que ponga un rostro serio y así lo encuentran tanto Aomine como Momoi cuando les abre la puerta, justo a las siete en punto, para comenzar con la celebración, claro, eso después de las típicas palabras de ¡Cuánto has crecido! y ¿Qué haces ahora? ¿Tienes novio? que su madre les dirige nada más los ve.

A las siete y diez, cuando ya se han intercambiado los cumplidos de rigor entre los invitados y también cuando Kise cree que Kuroko no va a aparecer (¿por qué asistiría a la fiesta de un niño?), llaman al timbre de la puerta y Kise, olvidando cualquier descaro o precaución, se lanza hacia ella antes de que cualquier otra persona pueda hacerlo.

Kise la ve por la mirilla, vestida con unos jeans y una blusa de cuello redondo y manga corta, sosteniendo un regalo entre las manos. Pero eso no es lo que hace que su corazón se acelere, sino saberla allí.

—¡Kurokocchi! —dice, cuando por fin abre la puerta.

—Buenas noches, Kise-kun. ¿Llego tarde?

—No, no, estamos a punto de empezar —Kise se hace a un lado para dejarla entrar, no sin antes preguntarse si ella habrá estado ahí alguna vez antes y también en lo bien que se ve, en lo maravilloso de que haya asistido, en que está ahí, a pesar de que podría estar haciendo cualquier otra cosa; Kagami regresa al día siguiente.

—Me alegra saberlo —dice ella. Sus pasos apenas y resuenan conforme se adentra en la casa con sus tennis blancos, dejando una ligera estela de perfume—. Felicidades, Kise-kun —dice ella, deteniéndose en la entrada de la sala de estar, desde donde seguramente todos la están observando.

—Gracias —dice él y ella le tiende el regalo en sus manos, un rectángulo perfecto forrado de papel blanco, que no puede ser más que un libro—. ¡Gracias, Kurokocchi! No te hubieras molestado.

—No es molestia —dice ella y Kise no sabe cómo, pero está seguro de que lo dice sinceramente—. La otra vez me dijiste que te aburrías, ¿no es así? El día del partido contra Aomine-kun y Momoi-san y cuando estaba eligiendo tu regalo, me acordé. Además, el día de hoy marca tu entrada al mundo adulto, por lo que pienso que es idóneo que te regale un libro. Espero que lo leas y que te guste. Es mi favorito.

—¿En serio? ¡Gracias, Kurokocchi! —dice Kise, que puede así obviar la falta de abrazo. El libro favorito de Kurokocchi. ¿De qué se tratará? ¿Será de misterio? ¿De amor? ¿De fantasmas? Kise no tiene tiempo de pensarlo más, su madre interrumpe sus pensamientos cuando le grita—:

—¡Eh, Ryouta! ¿Es que no nos vas a presentar a tu amiga? Estamos esperando.

—Ah, sí —dice él, haciéndole una seña a Kuroko para que entre y tan ocupado en mirar su regalo, que le pasa desapercibida la sonrisa de la mujer al ver que todavía lo tratan y responde como un niño. Pero si ella supiera la razón no lo culparía, después de todo, está muy ocupado disfrutando del mejor regalo de la noche, que sin duda alguna no es el que Momoi le ha dado, sea lo que sea, mucho menos el libro que sostiene entre sus manos y que sorprendentemente muere por leer. No, lo es su presencia.

Ella, en medio de la sala de estar de la casa de su abuela, en donde han montado una mesa para la ocasión. Ella, respondiendo a las preguntas de su madre, presentándose como la esposa de Kagami Taiga y excusándole por no haber podido asistir. Ella frente al pastel, comiendo pequeños bocados. Ella. Ella.

¿Podría haber mejores cumpleaños que ese?

Sí, pero él aún no lo sabe. Es muy joven para imaginárselo, para saber que no todo en la vida es como se planea y que en un año, dos, cinco o diez, habrá tanto cumpleaños buenos como malos. Más buenos que malos, sin embargo. Pero, ¿quién podría saberlo a los dieciocho años? Definitivamente no él y mucho menos con la cabeza llena de pensamientos sobre Kuroko.

Fin del Capítulo.