Me alegro de que te esté gustando mi historia, Leah :) La verdad es que si sigo subiendo es por tus reviews xD

Y Anakin va a tardar todavía un poco hacer acto de presencia, un par de capitulillos o asi... :) Pero cuando aparezca se armará la gorda :p

Nada, espero que os guste este capitulo... Reviews con vuestra opinion se agradecerian, gracias ^^


Borleias era el cuarto planeta del sistema Pyria, situado a escasos parsec de Coruscant. Cada año sufría una tormenta de meteoritos que devastaba su ecuador, pero en sus polos tenía un clima cálido y tropical, con extensas selvas y arenosas playas doradas de aguas claras.

El esquife plateado yacía en una de esas playas paradisiacas, como los tristes restos de algún naufragio. La mayor parte de su superficie estaba quemada por haber entrado en combustión al atravesar la atmósfera, y el ala rota despedía un humo opaco y gris que se alzaba en una retorcida espiral hacia el cielo azul de aquel planeta.

Fuera de la nave, sentada en la arena, estaba Padme. Sus vestimentas senatoriales se habían llenado de tierra, pero no parecía importarla. Miraba con preocupación a un desesperado Obi-Wan, que trataba en vano de hacer funcionar un pequeño holotransmisor.

-¡Oh, maldita sea!- gritó con frustración, arrojándolo a la arena.

-No funciona.- afirmó Padme con pesar.

-No, no funciona.- gruñó él, dejándose caer en el suelo – La atmósfera de este planeta tiene algo que neutraliza la radiactividad, y la pila del holotransmisor funciona con ella. El de la nave nos podría servir, pero...- dirigió una mirada elocuente hacia el Nubian destrozado.

Obi-Wan suspiró. Tenía que relajarse y mirar con objetividad la situación; para un Jedi no existían las emociones, tan sólo la calma. Aunque hacia mucho que él no experimentaba aquello...

¿Qué había sido del tranquilo y sereno maestro que había sido hace apenas unos meses? El que escuchaba con paciencia a su padawan, le enseñaba, le aconsejaba sabiamente. El que nunca perdía la calma y siempre sabía hacer lo correcto.

¿Dónde estaba todo eso? Él lo sabía.

Estaba perdido.

Sintió la mano de Padme sobre su brazo. Era un contacto tranquilizador en medio de aquel torbellino de furia y confusión que asolaba su mente.

-¿Estás bien?

Obi-Wan asintió.

-Deberíamos buscar una población cercana – murmuró, evadiendo la pregunta –y conseguir una nave, o al menos un holotransmisor que funcione con baterías.

Padme esbozó una ligera sonrisa.

-¿De qué me suena eso?

Él no pudo evitar imitar el gesto.

-Esta vez no tenemos a un niño esclavo para salvarnos el pellejo, alteza.


Antes de irse decidieron dejar al corelliano en el interior del estropeado Nubian.

-Ya encontrará la manera de desatarse cuando sienta que se va a morir de hambre y esté desesperado – aseguró Obi-Wan – Cuando llegue a una población civilizada y pueda comunicarse con su cliente ya estaremos muy lejos de aquí.

Padme y él se internaron en la densa selva que crecía tras la playa. El vestido de la mujer no era muy adecuado para andar entre la vegetación, y continuamente tenían que parar a desenganchar la tela de las ramas. Obi-Wan era consciente del retraso que esto suponía, pero se abstuvo a decir nada, y simplemente la ayudaba a pasar entre los arbustos espinosos y hacía las veces de apoyo en los caminos plagados de raíces retorcidas.

Apenas hablaron entre ellos. Cada uno rumiaba sus pensamientos, en un silencio interrumpido tan sólo por alguna frase breve y necesaria, o el graznido lejano de un pájaro exótico. Cuando la luz que se filtraba entre las copas de los árboles se comenzaba a tornar rojiza por el atardecer, divisaron un pequeño poblado entre los gruesos troncos de los árboles.

Se acercaron con cautela, pues no sabían nada de los nativos que habitaban aquel planeta ni de si podían resultar peligrosos o no. Las chozas estaban hechas con ramas semejantes a las del bambú, entretejidas formando una pared flexible pero dura, y los tejados eran de hojas amplias de un color violáceo mezclado con el amarillo de la paja que servía para rellenar los huecos.

De la primera casa salió una mujer de aspecto humano. Era muy alta, debía rozar los dos metros, de cuerpo largo y espigado que se encontraba desnudo, con una piel semejante al carbón. Tenía un pelo muy largo, de un curioso verde oliva, recogido en multitud de pequeñas trenzas que tenía enrolladas en torno al cuello y sus hombros, formando una suerte de gargantilla.

Obi-Wan la saludó en el Básico educadamente.

Los ojos almendrados y oscuros de la mujer le miraron con perplejidad.

-¿/Baero/?- dijo en un idioma que él no identificó, y por unos segundos lamentó que 3PO no estuviese allí.

Por unos segundos, claro está.

Probó con el Coruscante, y esta vez el rostro de la mujer se iluminó.

-¿Buscáis alojamiento?- inquirió, marcando profundamente la "s" y la "t".

Él asintió, aliviado.

-También querríamos saber si hay alguien por aquí que tenga un holotransmisor.

Ella frunció el ceño, y aquel gesto la hizo parecer aún más atractiva.

-Aquí no hay cachivaches.- hizo un gesto despectivo con la mano – Eso es en Julee.

-¿Y a cuánto tiempo está eso de aquí?

-Dos, tres días si os dais prisa.- respondió la nativa vagamente –La selva no da una bienvenida muy grata a los forasteros.

Obi-Wan suspiró.

-Bien, entonces agradeceríamos mucho que nos cobijaseis por esta noche.

La mujer se giró y gritó algo en su idioma. Poco a poco comenzaron a surgir más personas de las chozas vegetales, todas igual de altas, de ojos grandes y cabello largo y verde formando abalorios en torno a su cuello moreno. Todos ellos no cubrían su cuerpo con ninguna prenda, y Obi-Wan y Padme se sintieron bastante incómodos en un primer momento.

Un hombre se adelantó. Su pelo era algo más oscuro que el del resto, y su piel no era tan negra.

-La paz sea en vuestra alma.- saludó, trazando una línea a través de su mejilla con su dedo meñique – Mi nombre es Kamuk.

Obi-Wan y Padme repitieron el gesto y el saludo, y se presentaron ante él.

-Gustosamente os ofreceremos un techo bajo el que dormir esta noche.- continuó Kamuk – Por favor, acompañadme.

El poblado murmuró a su paso, mirándoles con curiosidad más que con desconfianza. Kamuk les condujo hacia una choza un poco más apartada del resto con andar sinuoso.

-Aquí podréis descansar.- hubo un breve silencio, en el que Kamuk miró el amplio vestido rojo de Padme desgarrado – Si deseas ropas nuevas...

-Sí, por favor.- agradeció ella.

-Bien, sígueme y te daré algunas que te valgan. ¿Obi-Wan Kenobi...?

-No, gracias.- rechazó él – Esperaré aquí.

Padme se fue con Kamuk y él entró en la choza. El interior estaba decorado con pieles de diversos animales, dándole un aire cálido y acogedor. Dos soportes anchos hechos de madera hacían las veces de camas, recubiertos por más pieles rellenas de hojas y musgo.

Obi-Wan se sentó en una de ellas, a pesar de que no estaba especialmente cansado. Lo único que necesitaba, más que descansar, comer o dormir, era llegar a Julee y conseguir un holotransmisor. No podía imaginarse el revuelo que tendría que haber causado la falta de Padme a la votación, ya que ella era la que más determinación tenía en contra de aquella medida, y la preocupación del Consejo por no saber nada de su situación.

Pasó una mano por su pelo corto, y acarició la pequeña trenza distraídamente.

En aquellos momentos debía admitir que echaba de menos la natural habilidad de Anakin para ayudarle a salir de los problemas. Solo pensar en que iban a estar tres días más en aquella selva, y después otros tantos en Julee para conseguir comunicarse de alguna manera con el Templo hacía que su ánimo cayese en picado. Aunque, mirándolo de una manera positiva, quizá le sirviese para completar su breve entrenamiento y desterrar por fin a la oscuridad continua que acechaba sus pensamientos.

Quizá. O a lo mejor tan sólo le servía para volverse loco.

En ese momento Kamuk entró en la choza, seguido de Padme. Obi-Wan se quedó sin respiración y sintió como la sangre le subía al rostro.

La mujer llevaba un conjunto que ni siquiera se podía definir como vestimenta. Se trataban de unos pantalones excesivamente cortos de tela oscura, y una tira de una piel clara y suave a modo de top que cubría su pecho y que dejaba mucho lugar para la imaginación.

Padme también se había ruborizado, y era incapaz de levantar la mirada del suelo.

-Tenemos pocas prendas de ropa,- explicó Kamuk – pero esta es la que menos suele incomodar a los humanos como vosotros.

Obi-Wan no quiso imaginarse cómo serían el resto de ropas.

-Gracias.- dijo Padme con voz débil – Muchas gracias, de verdad.

Kamuk salió de la choza, dejándolos a ambos solos. Obi-Wan carraspeó.

-Te... te queda muy bien, Padme.

Ella le miró durante unos segundos con sorpresa, y después se echó a reír.

-Obi-Wan, déjalo. Así sí tan sólo consigues que me avergüence aún más.

-Lo siento.- dijo él, dejando escapar una carcajada –Es que... No deberíamos ofender a nuestros anfitriones, pero...

La risa bailó de nuevo en sus ojos azules, y la intentó contener, en vano.

-La verdad es que te compadezco.- finalizó con otra carcajada, que contagió a Padme y también rió.

Rota la tensión, ninguno de los dos pudo parar de reír, y ambos terminaron con lágrimas surcando su rostro, a pesar de que no sabían exactamente de qué se reían.

-Bien, supongo que tendré que quedarme con esto.- suspiró al fin Padme, dejándose caer en la cama de al lado – Al menos es mejor que nada, ¿no crees?

Obi-Wan intentó ocultar una sonrisa.

-Creo que la próxima vez preferirás quedarte con tus ropas sucias y desgarradas, como yo. Aunque te queda el consuelo de que aquí hay un clima cálido y no pasarás frío.

Ella masculló algo por lo bajo.

Reír era algo extraño para Obi-Wan. El Jedi no recordaba la última vez que lo había hecho, pero le causaba una sensación de felicidad y plenitud semejante a la que le provocaba volar cuando era pequeño. Solo Anakin lograba arrancar alguna que otra sonrisa de sus agarrotados labios, durante sus charlas plagadas de sarcasmos y chistes malévolamente enrevesados.

Ahora ya había otra persona capaz de hacerle reír, de hacerle sentir... feliz. Esa palabra sonó extraña en su mente.

Miró a Padme, que se había acurrucado en su cama de espaldas a él. Dejó resbalar su mirada por sus hombros y su espalda, que trazaba una curva perfecta. Su piel era morena, tersa, y seguramente suave, pensó. Sintió unas inexplicables ganas de acariciarla.

Mientras la miraba, Padme se estremeció.

-¿Quieres que te deje mi capa?- ofreció él.

Ella se giró y se incorporó, sentándose en el borde de madera.

-Si no te importa, la verdad es que lo agradecería mucho.

Obi-Wan se levantó, se quitó la amplia capa y la puso sobre sus hombros. Padme se envolvió en ella con cierto alivio.

En la puerta apareció la nativa que les había recibido a la entrada del poblado.

-La cena va a comenzar.- informó, mirando con extrañeza la capa de color tierra con la que se cubría Padme.

Los dos se levantaron y la siguieron hacia una gran hoguera que elevaba sus llamas anaranjadas hacia el cielo, ya oscurecido por la noche. En torno a ella estaban congregados el resto, conversando entre ellos y llenando el ambiente de un agradable murmullo de fondo.

Kamuk les avistó y se acercó hacia ellos, esquivando a sus compañeros con elegancia.

-Padme, Obi-Wan Kenobi.- saludó – Espero que la hospitalidad de los Aìsherdienn esté siendo de su agrado.

-¿Aìsherdienn?- repitió Padme con curiosidad– La verdad es que nunca oí hablar de vuestra raza.

-No nos gustan los biólogos que vienen a estudiarnos y a elaborar teorías sobre nuestro crecimiento. Solemos echar de nuestro pueblo a todos aquellos que tienen intenciones más allá de las meramente necesarias, como dormir o alimentarse. Ahora, si me permitís, quisiera preguntaros que os ha traído por las selvas nórdicas.

-Nuestra nave se averió y tuvimos que hacer un aterrizaje de emergencia en la costa.- explicó Obi-Wan - Ni siquiera teníamos previsto parar en Borleias, pero era el planeta que más cerca estaba de nuestra ruta.

-Vaya.- murmuró Kamuk – Una verdadera mala suerte. Venid y sentaros, y así olvidaréis vuestro desafortunado destino.

Se sentaron junto al fuego, y pronto circularon de mano en mano cuencos tallados burdamente en madera y llenos hasta rebosar de deliciosas plantas tostadas al calor de la hoguera recubiertas con aromáticas y exóticas salsas.

Obi-Wan y Padme no se percataron del hambre que tenían hasta que el olor de la comida invadió sus fosas nasales, y comieron con ganas. Mientras, muchas personas del poblado se acercaron a ellos, interesadas. Hacia mitad de la noche Obi-Wan se encontró charlando amigablemente y riendo con un corro de curiosos en torno a él y Padme.

Los Aìsherdienn quedaron encantados con sus relatos sobre ciudades que ocupaban la superficie de un planeta entero, sables de luz y Lores Oscuros. Obi-Wan, por su parte, se sintió sumamente interesado por las leyendas milenarias de su cultura y sus estrambóticas costumbres condicionadas por la selva.

Cuando fue noche bien cerrada y los insectos revolotearon y brillaron a su alrededor, les ofrecieron cuencos llenos a rebosar de un líquido de color oscuro con olor dulzón.

-¿Qué es?- inquirió Obi-Wan.

-Libere. Es algo que tomamos en ocasiones especiales.- explicó una mujer junto a Padme – Otorga felicidad y alegría.

Padme y Obi-Wan miraron con cierta duda el brebaje.

-Chst, ¿crees que deberíamos probarlo?- susurró ella – No tiene muy buena pinta.

-Lo sé. Pero no tenemos otro remedio. A la de tres nos lo bebemos, ¿de acuerdo?

Padme asintió.

-Una... dos... y tres.

Se llevaron el cuenco de madera a los labios y tragaron simultáneamente. El líquido produjo a Obi-Wan una sensación desagradable de frío y calor en la garganta, y no pudo evitar que una expresión de repugnancia se reflejase en su cara durante unos breves instantes.

-Ugh.- se limitó a decir Padme – Que... rico.

Los Aìsherdienn de su alrededor rieron.

-El sabor no es muy bueno, pero dentro de un rato empezará a hacer efecto.- explicaron – Aunque en vosotros, los humanos, tarda menos y es más fuerte.

Obi-Wan no se sentía extraño ni diferente, y a Padme parecía pasarla lo mismo, porque le miraba con cierta decepción y un palpable alivio. Pero al pasar un par de minutos, no supo cuántos exactamente, comenzó a sentirse... ligero.

El contorno de las cosas parecía desdibujarse y fundirse con el verde oscuro de la selva, y los ruidos llegaban distorsionados y con un eco reverberante a sus oídos. Parpadeó, pero de pronto todo era borroso y los colores más intensos.

Se levantó, y entonces el suelo giró bajó él y se tambaleó peligrosamente. Muchas manos de color negro le ayudaron a mantenerse en pie, mientras Obi-Wan sentía la alarma crecer en su interior.

Una droga. Le habían administrado una droga.

Una parte de él, la que aún era racional, sintió una intensa preocupación ante aquello. Pero la otra gran parte, bajo el influjo de la droga, reía. Reía sin parar, con una despreocupada y salvaje alegría. De hecho, se percató, es lo que estaba haciendo. Riéndose como un gungan borracho.

Se giró con aturdimiento hacia Padme. Ella también parecía encontrarse en el mismo estado, porque sonreía tontamente mientras tropezaba al intentar incorporarse.

-¿Qué...?- empezó él, girándose hacia Kamuk, pero un repentino mareo le asaltó y cayó al suelo.

Obi-Wan se tumbó boca arriba y miró al cielo; un cielo negro y plagado de estrellas relucientes como luciérnagas. Espera... no, eran luciérnagas. Las estrellas abrieron unas pequeñas y diáfanas alas y comenzaron a revolotear en torno a él, desprendiéndose de la negrura del espacio y descendiendo ante su rostro.

Obi-Wan alzó la mano, maravillado, y dejó que se posasen en sus dedos. Eran cálidas al tacto, y cubrían su mano como una segunda piel, adhiriéndose a ella.

De entre sus labios se escapó una risa de nuevo. ¿Por qué reía? No lo sabía. De pronto las luciérnagas y las estrellas habían desaparecido de su mano, y él de algún modo sabía que no habían sido reales, pero no le importaba. Era feliz. ¿Qué importaba el resto?

Percibió lejanamente como Kamuk se agachaba junto a él y le decía algo, pero él no prestaba atención. O quizá sí, porque de su boca salieron palabras, a pesar de que él no sabía su significado. O sí, tampoco estaba seguro. Todo su alrededor era un mar de colores; verdes brillantes, negros salvajes, rojos vibrantes, azules luminosos; un mar inestable pero a la vez hermoso y agradable.

Las horas siguientes las pasó inmerso en ese confuso mar, y más tarde no recordaría qué es lo que había hecho exactamente. Su conciencia regresó lentamente cuando apenas faltaban un par de horas para el alba, y se encontró sentado en medio de las pieles de su cabaña. Una pequeña lámpara que ardía con algún tipo de aceite vegetal aportaba a la estancia una iluminación tenue y suave desde una esquina.

Se incorporó con dificultad, y se apoyó en la pared cuando sintió que el mareo volvía a invadirle. Cuando su visión recuperó la nitidez más o menos habitual vio que Padme estaba sentada en uno de los camastros de madera. Su pelo siempre peinado e impoluto estaba revuelto y enredado, y la capa que la había dado antes se había esfumado sin dejar rastro, dejándola con las breves prendas que la había dado Kamuk. A pesar de ello, no parecía tener frío.

La mujer alzó la cabeza cuando Obi-Wan se acercó a ella. Sus ojos oscuros tenían un brillo eufórico, pero bajo ellos comenzaban a formarse ojeras.

-Es... es algo curioso, ¿no crees?- susurró con voz queda – Ellas me dicen que va desaparecer...

Obi-Wan no entendió el significado de sus palabras; su cabeza parecía un erial oscuro en el espacio después de una gran supernova.

Padme se levantó y se tambaleó, e intentó agarrarse a él. Pero el Jedi tampoco tenía precisamente un buen equilibrio, y ambos cayeron sobre la cama torpemente.

-¿Qué...?- farfulló Obi-Wan. Padme estaba sobre él, y sentía su cuerpo contra el suyo con todo detalle.

Con demasiado, quizá.

-Perdón.- el susurro de Padme cosquilleó en su oído, y fue seguido de una suave risa. Su pelo acarició su mejilla durante un breve momento, cuando ella giró la cabeza para mirarle y sus rostros quedaron a escasos centímetros.

Obi-Wan sintió algo similar a una corriente eléctrica recorriendo sus venas cuando sus ojos se entrelazaron durante un largo e interminable instante. El Obi-Wan Kenobi responsable y correcto se alarmó considerablemente al percatarse de que aquella sensación le gustaba. Pero la mayor parte de su mente se encontraba bajo los efectos de la potencial droga y no era capaz de ejercer ni un mínimo de autocontrol.

Padme también parecía tener ese problema, porque acarició con delicadeza su mejilla, lentamente, haciendo que se estremeciera.

-Me recuerdas tanto a aquella época...- dijo en voz baja – Cuando tú eras el aprendiz de Qui-Gon y yo era aún la reina de Naboo.

Obi-Wan alzó una mano y atrapó un mechón de su pelo rizado entre sus dedos, para después colocarlo detrás de su oreja.

-Allí éramos muy jóvenes.- replicó con suavidad – Ha pasado mucho tiempo ya.

-Pero ahora parece ser todo igual de nuevo.- dijo ella con una sonrisa – Hasta vuelves a tener una trenza, como antes. – Aquello provocó la risa de Obi-Wan – Todavía recuerdo las conversaciones absurdas a altas horas de la noche en la nave, cuando yo no podía dormir y tú me hablabas sobre tus misiones de la Academia y me contabas historias de planetas que no había oído hablar. Y después las miradas de reojo furtivas cuando estábamos con los demás, como si nunca hubiésemos hablado ni me hubieses preguntado la noche anterior porqué no podía dormirme. Y qué decir- agregó con humor– de tu cara al ver que no era una simple doncella, sino reina. Nunca la olvidaré.

Obi-Wan esbozó una sonrisa al recordar todo aquello, una sonrisa con un leve matiz ausente a causa del embotellamiento provocado por el brebaje. De pronto no le pareció tan urgente apartar a Padme como antes, ni tan malo.

La mujer recorrió su fuerte mandíbula con los dedos, y finalmente acarició sus labios con dulzura. Obi-Wan pudo ver sus intenciones incluso antes de que se acercase aún más a él, pero no se apartó. Se incorporó a medias y juntó sus labios con los de ella, lentamente, con torpeza.

Una parte de él sabía que no estaba haciendo bien. Lo sabía con meridiana claridad. Pero esa parte estaba enterrada bajo capas y capas de euforia y felicidad que enturbiaban su sensatez.

Rodeó a Padme con los brazos, y recorrió suavemente su espalda desnuda y su cintura, saboreando lentamente cada centímetro de su piel. La mujer abrió su túnica Jedi, dejando al descubierto su pecho marcado por numerosas misiones y por las dificultades de las Guerras Clon. Le besó con dulzura, y trazó la línea de su cuello con los labios, hasta llegar a sus hombros. Obi-Wan cerró los ojos ante el torrente de nuevas sensaciones que le asaltaron y se estremeció. La electricidad de su cuerpo se convirtió entonces en un imparable y ardiente torrente de fuego, haciéndole desear más.

Algo en el rincón de su cabeza murmuró débilmente que aquello estaba mal, que no debía continuar. Pero Obi-Wan ya no escuchaba a nadie, ni siquiera a sí mismo.

Deslizó sus manos por la piel de Padme, y descubrió lo mucho que lo había estado desenado. Se deleitó con su suavidad, con su tacto cálido y agradable, se dejó llevar por el baile desenfrenado de su boca contra la suya y acarició dulcemente su abundante pelo castaño.

Simplemente, se dejó llevar.