WASSUP GUYS! Hey, no se pueden quejar de que me demoré, les he traído 39 (seh 39) páginas del jodido Word para que disfruten. Admito que este capi no es de las mejores cosas que he escrito pero en realidad es un poco explicativo mas que otras cosas. Ya saben, vikingos relacionándose con cosas futurísticas y stuff… en realidad es un poquito weird.

Solo ignórenme y lean.

Read my foakes!


Snotlout se las había arreglado para conseguir vodka. ¿Qué cómo? Pues, en resumidas cuentas, había sido pan comido. Incluso para alguien como él.

Era día de mercado y había bajado al puerto solo, con poquísimas monedas al cinto y una mirada de absoluta decepción en la cara.

Miró a lo lejos a Hiccup y Astrid, que intercambiaban risas mientras inspeccionaban unos cuadernos y vasijas, decidiendo si llevárselos o no a casa. Se veían en paz, conviviendo como si fueran algo más que compañeros de escuela y, temporalmente, amigos que compartían una misma casa.

Suspiró y siguió caminando, topándose con el desvencijado barco de un hombre moreno y barbudo, que contaba historias escalofriantes a todo aquel que se le cruzara por delante. El mercader lo miró con una inusual mala cara (normalmente tendía a ser amable con los demás), apuntándolo con la mopa que sostenía en la mano.

Era entendible el porqué de su malhumor. Snotlout era idéntico al otro chico vikingo que siempre le destrozaba la mercancía al pobre hombre, pero bueno, eso él no lo sabía.

—Fíjate, chico. Casi terminas con el cuello roto en mi cubierta, y la acabo de limpiar. —le dijo el mercader, y Snotlout asintió antes de dar media vuelta.

Antes de irse, decidió hacer un pequeño intento. Se sacó la pequeña bolsa de monedas de cobre de la cintura y se la tendió al hombre.

—¿Qué puedo comprar con esto? —Johann mordió unas cuantas monedas y calculó el monto. Soltó una aguda carcajada.

Algunas personas se volvieron para mirar qué era lo que tanto lo divertía y, al no ver nada especial, volvieron a sus quehaceres. Chismosos.

—Nada útil, eso te lo aseguro.

—¡Oh, vamos! Tiene que haber algo en este sucio barco de… —se calló. Definitivamente, insultar el amado barco del hombre no era la manera de conseguir un trato.

Johann, aunque entendió su ira, no disfrutó de sus palabras.

Chasqueó la lengua. Rebuscó entre los arcones al final de la cubierta, de aquellos que nunca abría porque no tenían venta, y le tendió una larga botella a Snotlout.

Éste la tomó con aprehensión e inspeccionó el contenido de la vasija de arcilla. El contenido era transparente. ¿El jodido hombre le estaba dando agua?

Johann vio su cara de desconcierto y se apresuró a aclarar las cosas.

—Es samogónka. —lo dejó aún peor. Se llevó una mano a la frente, sin saber cómo explicarlo mejor. —Es una bebida de especias con papa. Tiene alcohol. Lo traje de Rus de Kiev. Y… —lo fulminó con la mirada. —sólo te lo estoy dando porque a las gentes de aquí no les gusta. Así que, disfrútalo.

Dio media vuelta y se escondió en su cabina, dejando a Snotlout con la palabra en la boca y la botella en la mano.

Pesaba, y bastante.

Él no tenía muchas luces, y en realidad no había entendido lo que el tipo le había dicho, así que se dirigió hacia su primo y amiga para pedirles una explicación.

Sonrió ligeramente.

"No lo hagas. No está bien." le dijo la voz de la razón. "¡Pero es que no puedo evitarlo!" repuso.

"Bien, pero Hiccup no se merece ninguna de las maldades que le haces". Era como si Dios le hablara con la voz de Amy Adams. Era un poco escalofriante.

—¡Hey Hiccup! ¿Quieres un poco? —saludó, llegando junto a ellos.

Hiccup dejó de lado una linda vasija con calaveras que le había gustado a Astrid y tomó la botella, sin sospechar nada. Es decir, Snotlout desde hacía días se estaba portando de lo más decente con él, ¿por qué habría de pensar algo malo?

La cicatriz en su mejilla derecha estaba rodeada por un hematoma verdusco. Le sonrió levemente a Snotlout y destapó la botella, sin percibir aún el aroma a alcohol. Mejor dicho, a cincuenta por ciento de volumen en alcohol. Dio un largo trago y sólo sintió el sabor ardiente cuando ya iba por su garganta.

Abrió los ojos, rojos por la reacción con el etanol, y boqueó en busca de aire. Escupió lo poco que le quedaba en la boca y se limpió la lengua con la manga, frotándosela y crujiendo los dientes.

No bebía desde… desde… bueno, desde hacía mucho.

—¡Pero qué te pasa! —gritó, tambaleándose hacia atrás mientras volvía a tapar la botella, con las manos temblándole. Su más reciente adquisición, un piercing negro, brilló a contraluz. Habían descubierto que Astrid era una experta haciendo esas cosas: no salía ni una gota de sangre a la hora de la verdad y sus manos eran tan mágicas que insensibilizaban la piel al tacto de la aguja.

Sacudió la cabeza: La última vez que se había embriagado casi se había astillado un diente contra una mesa. No había sido nada bonito. Ah, y su padre lo había castigado de por vida.

—¿Qué? ¿Qué es? —preguntó la rubia, sujetándolo por el brazo para que no cayera. Snotlout le tendió la botella.

Astrid le sacó el corcho con los dientes, adoptando una pose ruda para ocultar su aversión, y dio un trago. El líquido le perforó la garganta y sintió ganas de vomitar.

Ella, a diferencia de Hiccup, jamás había probado el vodka.

Sus oídos se taponaron y en menos de un segundo también estuvo escupiéndolo todo. Miró a Snotlout con furia.

—¿Qué demonios es esto? —preparó su mano, lista para lanzarle una bofetada de acero, cuando Hiccup le tomó los dedos con suavidad. Se sonrojó levemente y mordió el interior de sus carrillos para no sonreír como una idiota.

—No vale la pena que lo golpees, Astrid. Y es vodka. —miró a su primo con mala cara. —¿Cómo lo conseguiste?

—Me lo dio un tipo a cambio de quince monedas… espera, espera. ¡¿Es vodka?! —Le arrebató la botella de las manos y la contempló con adoración. —Vaya, ahora puedo darme la buena vida esta noche.

—Sí… te deseo suerte y que no te ahogues en tu propio vómito. —deseó con monotonía, porque la verdad no le interesaba en absoluto lo que le sucediera a su primo. Hiccup no era tan amable y de gran corazón como su otro yo, que se tomaba la molestia de preocuparse incluso por sus enemigos más acérrimos. —Ahora, Astrid, ¿cuál querías llevar…? —ambos adolescentes se volvieron a juntar y le dieron la espalda, obviamente para unir fuerzas en su contra.

Él, luego de hacer un gran esfuerzo, captó la indirecta y dio media vuelta.

Alzó la mirada para no tropezar con los aldeanos que caminaban en su dirección, y luego deseó no haberlo hecho.

Su corazón se detuvo unos segundos. Volvió a latir, y luego se detuvo de nuevo.

Un agudo dolor le recorrió todo el cuerpo, como si lo hubieran apuñalado con una daga oxidada. Recordó esa vez que se había caído del montón de chatarra en el taller de su padre, partiéndose la crisma en el proceso. Aquello había sido una broma en comparación con esto.

Ruffnut estaba hablando con un muchacho que descargaba mercancía pesada de un barco. Se notaba encantada, con la mirada soñadora y las manos entrelazadas. El joven la miraba sardónicamente, como si no pudiese creer que una chica tan fastidiosa y estúpida se hubiera fijado en él.

Snotlout observó al joven mercante. Era rubio, jodidamente rubio, de ojos azules y alto. Más o menos de la altura de Hiccup. Ricitos de Oro, como había decidido llamarlo, miró más concienzudamente a Ruffnut y pareció decidir que no era tan fea. La miró concienzudamente en los lugares precisos.

La sangre se le subió a la cabeza.

Caminó hacia ellos, dispuesto a separarlos y montar una escena, cuando la verdad lo golpeó como la cola de un Monstruous Nightmare.

Él no tenía derecho a detenerlos. En absoluto.

Él había perdido su oportunidad hacía mucho tiempo, cuando había decidido dejar de lado a Ruffnut e irse tras una chica que ni siquiera había valido la pena.

Había perdido a la única chica que verdaderamente lo había amado. Y sabía que lo había amado, porque Tuffnut se lo había dicho.

"Ella te amaba, hermano. ¿Por qué la engañaste? Es más, ¿por qué dejaste que te viera? ¿Sabes qué? No me hables. Puedo ser muy amigo tuyo, pero cruzaste la línea. Espera, ¿de qué línea estamos hablando?"

Ahora, Ruffnut lo odiaba, y podía irse con quien quisiera.

Y él, como siempre, lo había echado todo a perder.

¿Cómo no se había dado cuenta antes?

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A medida que la noche se iba acercando a Berk, las antorchas y las velas encendían la ciudad. Cientos de puntitos de luz hicieron del día en la noche y las patrullas de jinetes despegaron apenas el sol terminó de ponerse.

No eran ni las siete y Snotlout estaba virtualmente ebrio.

En la casa de sus yos del pasado.

Era un cliché, pero tenía que aprovechar y, además, no sabía de qué otra manera desahogarse. A él no le habían enseñado a llorar, ni a básicamente hacer ningún tipo de catarsis. Lo único que hacía su padre, Spitelout, cuando las cosas le iban mal en el negocio o en la vida, era beber. Y él iba por el mismo camino.

Con un rugido proveniente desde lo más hondo de su pecho, golpeó la mesa con el puño y apuró más de la botella. Los pensamientos se arremolinaban en su mente, el mundo le daba vueltas. No podía distinguir entre la pared y el piso, entre la leche de yak que tenía al lado para bajar el alcohol y el mismo samogónka.

Todo era su culpa, como siempre.

Era su culpa que su primo se hubiera roto el brazo.

Era su culpa que Hiccup tuviera tantos traumas.

Era su culpa que Astrid lo odiara.

Y era su culpa haber perdido a Ruff.

No había palabras para describir lo idiota que había sido, y lo idiota que seguiría siendo si no se espabilaba.

Oyó un crack en la distancia y voces reírse. Un gritito le perforó los oídos y supo que los Jorgenson habían llegado a casa. No le importó en lo más mínimo y siguió bebiendo.

El aroma a alcohol le llegó al instante a Snotlout, creando un molesto cosquilleo en su lengua y garganta. Frunció la nariz e hizo un gesto a su esposa e hija para que se mantuvieran calladas.

Se acercó, cauteloso, esperando encontrar cualquier escenario desquiciado proveniente de los dos adolescentes que ahora vivían con él y su familia, quizás una fiesta (ganas no le habían faltado a esa edad), pero solo halló a su joven yo pegado a una botella, bebiendo como si no hubiera un mañana, dando una imagen luctuosa de sí mismo. Se enderezó y lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Estás llorando? —efectivamente, estaba tan ebrio que ni siquiera se había dado cuenta del momento en que las lágrimas habían escapado de sus ojos.

Ruff se acercó con Ulfie en brazos. Por alguna razón, la bebé amaba a Snotlout. Se le lanzaba a los brazos siempre que podía y lo llenaba de pequeños besitos cuando él accedía a cargarla. Nadie lo entendía. Ruffnut, en secreto, pensaba que era porque su hija percibía el bien que había en el muchacho, pero que él no dejaba mostrar. Si tan sólo se esforzara un poco…

Pero ellos no sabían lo que él le había hecho a Ruffnut cuando habían estado juntos.

Snotlout lanzó su cabeza hacia atrás, temblando. La habitación dio vueltas, pero se las arregló para contestar.

—¿Qué? ¡No! Esssta casssa tiene mucho polvo. —e hizo como que estaba espantando moscas.

—¿Qué rayos estás bebiendo? ¿Es veneno para ratas? —Ruffnut le quitó la botella de la mano y la olisqueó. Hizo un gesto de asco. —Samogónka. ¿Por qué demonios compraste esto? ¡Sabe horrible!

Snotlout la miró como si le hubiera salido otra cabeza.

—Es vodka. ¿Cómo puedes tener tan mal gusto? Es esencial en cada fiesta. —y apuró otro gran trago, cuando una manaza se interpuso en su camino, tomó la botella y la dejó en la mesa con un golpe.

—¡Suficiente! —gritó el moreno mayor, con la suficiente autoridad como para hacerlos callar a todos. Ulfie, acostumbrada a este tipo de erupciones de ánimo por parte de su padre, no le prestó atención y gateó hacia las escaleras. Berreó hacia su madre para que le quitara el seguro a la malla protectora que habían dispuesto cuando estuviesen en el segundo piso y, cuando tuvo la vía libre, empezó a gatear hacia su cuarto.

Era una bebé inteligente. Definitivamente muy poco parecida a sus padres. Por eso, todos en el pueblo decían que los dioses la habían bendecido al nacer. O eso, o que Ruffnut había tenido un amorío.

—¡Déjame en paz, ¿quieres?! —rebatió Snotlout, también fastidiado. No le gustaba que le arruinaran sus noches de bebida.

—¿Por qué estás así? —preguntó su otro yo, intentando sonar razonable. Había aprendido de su primo. O por lo menos, sabía que la fuerza no funcionaba con los ebrios, habiéndolo experimentado de primera mano con su padre.

—Te ves patético. —dijo una voz desde el vano de la sala de estar, y descubrieron a Ruffnut, que se había mantenido en silencio todo el tiempo.

Tenía en los antebrazos unas nuevas placas montadas, amarradas y reforzadas con tiras de cuero. Sus onduladas trenzas le llegaban hasta las caderas, fundiéndose con su falda de color ocre. El único adorno que tenía era un gran pendiente curvo, con forma de hojas de ortiga, que le cubría todo el pabellón de la oreja. Ruff se lo había dado luego de haberla molestado durante días para que se lo regalara. Era uno de los tantos regalos de bodas que Snotlout le había dado a su esposa. Curiosamente, el hombre era un buen marido. Nadie sabía muy bien por qué. En el pueblo pensaban que bien era porque los dioses habían iluminado su hueca sesera, o porque el padre de su esposa lo había amenazado de muerte, una de dos.

Snotlout saltó en su silla al verla.

—Ruff, yo…

—Ahórrate la saliva, patán. No me interesa nada de lo que tengas que decir. —avanzó por la sala, caminando con su habitual falta de garbo. Snotlout sintió la ira estallar entre sus sienes y llenar sus venas, dilatándolas.

—Ah, pero entonces sí te interesa lo que el rubito de bote te haya dicho hoy, ¿no? —se bebió toda la jarra de leche de yak y el efecto fue casi inmediato. Su mente se aclaró y el espacio dejó de dar vueltas, aunque no por completo.

La cara de ella fue un poema.

—¿Cómo…? ¿Me estuviste espiando? —Se sintió desnuda. No, peor que desnuda. Sucia.

—¿Yo? ¿A ti? Como si me interesara espiar una…

Ella lo interrumpió. —Pues te interesé lo suficiente como para salir conmigo dos meses. —escupió, como si fuera veneno.

Snot y Ruff se quedaron de piedra. Podría haberlos golpeado un dragón prendido en llamas y no se habrían inmutado. ¿Ese par había tenido una relación?

—Te interesé lo suficiente como para que hubieras pasado tanto tiempo conmigo. —continuó. —Y luego, me dejaste.

—Escucha, Ruff, yo… —lo intentó de nuevo.

—¡No digas nada! No tienes ningún derecho. Te amé, y así fue como me lo pagaste. Bien, ahora enfrenta las consecuencias. —esa fue, quizás, la frase más coherente que había dicho en su vida.

Cuando se trataba de venganza o de despecho, no era tan estúpida.

Salió de la sala directa hacia las escaleras, llamando el nombre de Ulfie. Astrid le había enseñado nuevas canciones para cantarle a la hora de dormir. No pensaba desperdiciar la oportunidad de estar con la niña por culpa de su malhumor.

Snotlout se aproximó a su otro yo, consciente de que el joven le había hecho algo terrible a Ruff, pero sin conocer aún la gravedad del asunto. Lo único que sabía, era que el muchacho necesitaba urgentemente una lección, y él estaba más que dispuesto a dársela.

Cargó contra él, dispuesto a gritarle en toda la cara, pero su esposa se le adelantó, con los labios fruncidos y las cejas juntas. Sus ojos ardían como el Helheilm. No la había visto así de iracunda desde el día que había dado a luz a Ulfie.

—¡¿Qué le hiciste?! —rugió, golpeando la mesa. Adiós a la mujer despreocupada, bromista y amante de los puñetazos estúpidos con la que se había casado.

—Yo… —balbuceó Snotlout.

—¡Dime! —chilló la rubia, tomándolo por los cabellos y envaneciéndolo a su altura. —Yo jamás me he comportado así, tan dolida, jamás tuve una mirada tan triste en la cara, yo…

—¡Ella no es tú! —le dijo Snotlout. —Y si me dejaras hablar, te lo diría. —murmuró, aguijoneado.

Snotlout los observó a ambos en silencio, sin saber muy bien qué decir. Algo le decía que terminaría golpeando al chico, aunque tuviera un punto con lo primero que había dicho. Suavemente, apartó a su esposa del muchacho y la tomó por la cintura.

—Déjalo hablar. Ninguna estupidez que diga puede ser peor que…

—Engañé a Ruff con otra chica.

Error 404.

Se congelaron en sus lugares. Un jadeo escapó de la boca de Ruff, y el puño de Snotlout empezó a quemar, buscando la mejilla del chico con un golpe. Efectivamente, el chico necesitaba una lección.

Era su turno de entrar en acción.

—¿Qué tú qué? —murmuró, para asegurarse de que había oído bien. El joven levantó la barbilla, desafiante.

—Me oíste bien, estoy seguro.

¡Paf!

Fue suave, y solo le dio una bofetada. El moreno menor se tomó la mejilla enrojecida entre las manos y miró a su yo mayor con incredulidad. Él le dirigió una mirada fría.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.

—Tuve mis razones, y no te interesan. —el mayor golpeó la mesa, sobresaltándolo. Les encantaba golpear a la desdichada mesa.

—¿Por qué? —exclamó.

—Está bien, está bien. —suspiró, sintiéndose como una mierda. A lado y lado, estaba jodido. Por una parte, lo atacaba su yo del pasado y, por otra, sus recuerdos lo atormentaban. Ahora que lo pensaba, había sido un total estúpido. —En ese entonces, estaba con Ruff sólo por, ya saben, estar con alguien, para guardar apariencias. No estaba enamorado de ella, así que miraba otras chicas, ¿entienden? Intenté respetarla, así que sólo le fui infiel una vez. Con una chica de la escuela. No lo disfruté mucho, porque ella me despachó al día siguiente con otro tipo.

Con terror mal disimulado, vio cómo su yo del pasado crujía sus nudillos.

—Sabes, nosotros los berkianos no somos como los demás vikingos. —habló, caminando por la sala, yendo y volviendo, como si no le interesara en absoluto la situación. —Los otros comparten a sus mujeres con sus amigos, dejan que tengan los hijos de ellos cuando se van de campaña y luego los dejan a la intemperie para que mueran. —se volvió hacia Snotlout. —Aquí, cuando un hombre se casa, le jura fidelidad a su esposa por el resto de su vida. Lo mismo hacen las mujeres. Los que rompen el voto son tratados como basura y la mayoría deciden dejar la isla. Un vikingo de Berk jamás sería capaz de ser infiel a su mujer. Papá jamás sería capaz de ser infiel a mamá. ¿Por qué tú sí, maldito hipócrita? —finalizó su breve discurso con un puñetazo de acero a la mandíbula Snotlout. Limpio y conciso, lo mandó a volar al otro lado de la mesa.

Le había sacado un diente.

El joven lo escupió con resentimiento, con las encías llenas de sangre, pero no dijo nada. Sabía que llevaba todas las de perder en una pelea con el adulto, y no tenía derecho a protestar verbalmente porque la rubia mayor rebatiría todos y cada uno de sus argumentos, a pesar de lo estúpida que podría parecer a primera vista.

Ellos tenían razón: era un pedazo de mierda.

Y solo él podía decidir si cambiar o no.

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Hiccup se levantó con una sonrisa estúpida en la cara. El día anterior, había hecho planes con Astrid para cuando regresaran al futuro: irían directamente al próximo concierto realizable en el Heineken Music Hall en Amsterdam, Holanda. Después de todo, los Países Bajos quedaban solo a cuatro horas en tren de Dinamarca.

Jamás había pensado que terminaría yendo de viaje con Astrid a algún sitio en específico, pero bueno, simplemente jamás pensó que lograría hablarle sin volverse un manojo de nervios. Mucho menos había considerado la posibilidad de que sus gustos musicales fueran mínimamente parecidos a los de ella. Bueno, supuso que el mundo era un pañuelo después de todo.

Aún no se había dado cuenta de la incómoda situación en la que se encontraban ambos, sin retroceder pero aun sin avanzar ni un paso. Les daba vergüenza besarse en la mejilla, pero aun así compartían algo tan íntimo como elegir vasijas para decorar la sala de estar. ¿Quién los entendía?

Astrid luchaba contra sus impulsos cada vez que lo veía. No soportaba la idea de que su cuerpo se rebelara cada vez que estaba junto a él, reconociendo en Hiccup ya no a un niño, sino a un hombre.

Y a uno que estaba muy bueno.

Hiccup bostezó y se estiró, tanteando sobre la mesa de noche con los dedos, creyendo que así su teléfono llegaría a sus manos. Dios, extrañaba ese teléfono.

Luego de un rato, se rindió y frotó los ojos, suspirando. Otra sonrisa idiota. Una fría bofetada lo sacó de su ensueño.

—¡Woodiepie! —una risita dracónica le llamó la atención y notó que la hembra lo miraba con un solo ojo abierto. Ella continuó golpeándolo con su cola escamosa. —Sh, sh. ¡Pero que…! ¡Woodie…! ¡Ya bas…! —Intentó defenderse con sus antebrazos, pero ella se coló bajo sus defensas y le hizo cosquillas. —¿Qué ocurre? —Entonces, ella señaló como una saeta al catre al otro lado de la habitación y la mitad de su cola quedó en un ángulo perpendicular con la otra.

Hiccup palideció. Astrid… ¿Astrid se había quedado a dormir con él en la misma habitación?

Se levantó de la dura cama como un resorte.

No había manera de que eso hubiese pasado. Se sonrojó violentamente y escuchó de fondo, con suma molestia, la perfecta risita burlona de Woodiepie. La fulminó con la mirada y la encontró con su habitual pose de dama de alcurnia. Rodó los ojos.

Entonces lo recordó. Astrid y él se habían quedado hablando hasta entrada la noche (o más bien la madrugada) y, cuando él había empezado a hablar sobre algo en especial que quería hacer, ella simplemente había caído en su cama, roncando suavemente, privada, como si un Gronckle le hubiera caído encima. Literalmente, se había dormido sobre el regazo de Hiccup.

Él la había estado mirando durante largo rato, acariciándole los suaves cabellos, pensando de cuando en cuando lo afortunado que estaba siendo por poder compartir ese tiempo con ella, tratando de evitar pensar en lo jodidamente cursi que sonaba. Estuvo a punto de caer rendido junto a ella, cuando Woodiepie lo despertó con una mirada reprobatoria.

—Sí, sí, ya sé. —había dicho, tomándola en brazos con cierta dificultad, para llevarla al catre bajo la ventana. La arropó, le besó la frente y luego regresó a su propia cama, cerrando los ojos y quedando frito al instante.

Woodiepie había asentido con aprobación y les había empujado el brazo a los dos con su cabecita para desearles buenas noches.

Hiccup despertó de su ensueño al dejar de sentir el suelo bajo él: Woodiepie lo había barrido con su cola. De nuevo.

Genial. Ahora su dragona tenía complejo de barredora.

—¿Podrías ya pararlo? —susurró, histérico. Woodiepie dejó de mirarlo y se levantó para despertar a Astrid.

Hiccup bajó las escaleras, encontrando la casa en completo movimiento. Los adultos estaban desayunando y los niños corrían en la sala de estar, semidesnudos. Por un momento, deseó poder tener la misma falta de pudor que poseían esos pequeños diablillos.

—Buenos días. —saludó, sonriendo como un idiota. Le respondió un coro de exclamaciones y gritos, algunos ofreciéndole sopa, otros pan, otros preguntándole qué tal la noche, y así.

Era increíble ver en qué poco tiempo se habían unido todos.

Eret estaba desayunando con los Haddock ese día, en compañía de su novia, la hija mayor de la Señora Ack, Thea. A Hiccup no le sorprendió ver a su profesor de biología juntado con la bibliotecaria de la escuela. Todos los estudiantes sabían que tarde o temprano pasaría.

Luego de unos minutos, Astrid bajó en compañía de Woodiepie, acicaladas ambas. Hiccup había descubierto que la rubia era más vanidosa de lo que aparentaba, detrás de toda su fachada de rudeza y sed de sangre.

El taser de Hiccup estaba en la mesa. La gente lo miraba con curiosidad, todos menos Astrid, que siempre tenía uno guardado en su bolsa para las veces en las que le tocaba viajar en el metro de Thisted, la capital de Vendyssel-Thy, la ciudad donde vivían todos.

Quisieron preguntar qué era, pero algo les dijo que no era el momento.

En cambio, disfrutaron de la comida y luego se dirigieron a realizar sus quehaceres con la mayor tranquilidad.

Eran una gran y jodida familia feliz.

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Era medio día y el Jefe tenía su hora de descanso, así que con su plato en la mano salió del Gran Salón y se dirigió a la fragua para ver en qué desastres andaba su pequeño yo.

Sonrió taimadamente. Le gustaba tener al chico alrededor, por alguna extraña razón que aún no llegaba comprender del todo.

Lo encontró charlando animadamente con la versión más pequeña de su esposa mientras ésta le hacía otra perforación en la oreja, pero ésta vez en el otro oído, en toda la curva del cartílago.

¿Qué diablos les pasaba a esos chicos con los agujeros en los oídos? Aunque bueno, él no podía decirles nada porque tenía un gran…

—Listo. —anunció Astrid. —No podrás nadar por dos semanas. —y se sacudió las manos como si hubieran estado llenas de polvo, dejando ver la pequeña bolita oscura que brillaba como un diamante negro en su oreja.

Hiccup rio.

El mayor sonrió mientras los veía convivir. Bueno, era un cambio comparado a como se trataban el día que habían llegado, ella dándole codazos al chico y él escondiéndose de los demás como si los considerara asesinos con sed de su sangre.

Los dos miraron entonces al adulto que sostenía un plato con dos muslos de pollo, se vieron entre ellos y luego se encogieron de hombros.

—¿Se te ofrece algo? —preguntó Hiccup con amabilidad. El adulto negó.

—Solo pasaba por aquí, ya saben… —entonces se le ocurrió algo que preguntar, para evadir el incómodo silencio que amenazaba con cernirse en la habitación. —¿Para qué sirve esa cosa que tenías en la mesa hoy?

—¿Qué cosa? —inquirieron los gemelos, asomándose por la ventanilla de la fragua.

—¡¿Pero qué hace esta cantidad de gente aquí?! Hiccup, si no estás trabajando, largo. —Gobber apuntó a los dos con un cepillo y los echó del lugar.

Se confundió mirando a los dos hombres, y el mayor aprovechó para jugarle una pequeña broma.

—¿A cuál de nosotros dos te refieres, Gobber? —preguntó, señalándose a él mismo y luego al otro castaño.

Gobber sólo frunció más y más el ceño ante las miradas fijas de los demás, balbuceando cosas ininteligibles, viéndolos de hito en hito, al parecer sin decidirse. —Tú —apuntó al Jefe con su cepillo —y tú —la versión pequeña del Jefe —largo. —Y tú también. —señaló a Astrid. —¿O mejor saben qué? ¡Largo todos de aquí! ¡Y no vuelvan hasta que me haya decidido! —miraron al dentista en silencio y luego explotaron con una larga carcajada. Él los miró mal y cambió el cepillo por una maza de hierro. Huyeron.

—Estos chicos del futuro o lo que sea… me van a volver loco, ¿no es así, Grumpy? —habló, volviéndose hacia su dragón. Lo encontró perfectamente dormido junto a la forja. —¡Ya está, mañana mismo te pongo en adopción!

Dejaron a Gobber tranquilo y se asentaron en un lugar tranquilo en el centro del pueblo. Miraron a los gemelos, y notaron que Ruffnut tenía los ojos rojos como bayas.

—¿Qué te…? —preguntó Hiccup, pero ella lo cortó en seco con un gesto de su mano.

—¡Uso gafas, supéralo! —gritó, irritable. No le gustaba vivir con Snotlout. No le gustaba Snotlout. No le gustaba nada.

El chico retrocedió, sorprendido. Astrid gruñó y estuvo a punto de darle un puñetazo a la otra rubia de no ser porque el chico la detuvo.

—Déjalo así. —Sacó su taser de su bota y lo enseñó a Hiccup. —¿Te referías a esto? —mostró el arma de mano que, a diferencia de los normales, estaba hecha de metal y su mango estaba recubierto con una mezcla de cuero y escamas que Woodiepie había dejado caer, para evitar freírse a sí mismo por accidente.

—Sí, ¿para qué es? —preguntó, con curiosidad muy mal disimulada.

—Es un taser. Es un arma de electrochoque. —Todos los que sabían lo que eso significaba se alejaron un paso de él apenas lo escucharon.

Gobber se había acercado para escuchar, al igual que un par de vikingos más. Y es que el dentista de la tribu no dejaba su trabajo a menos que fuera por una buena razón. Pero aun así, Thor, qué chismosos eran esos vikingos.

Los del pasado se quedaron a cuadros con la explicación, y Hiccup supo que no importaba cualquier cosa que él dijera, no lo entenderían porque la electricidad no era algo posible para ellos aún. No solo no existía, el concepto no se podía formar en sus cabezas. Y él simplemente no podía electrocutar a alguien para enseñarles cómo funcionaba.

—Eh… verás, es una explicación muy difícil… —se rascó el cabello de la nuca, nervioso. No le gustaban esas situaciones. Y se estaba dando cuenta que eran cada vez más frecuentes. Ni siquiera prestó atención al hecho de que su cabello estaba más largo.

Entonces, Ruffnut tomó el taser y sin previo aviso empezó a acercarse a su hermano.

Los que sabían lo que iba a pasar, se pusieron pálidos. Hiccup suspiró y se cruzó de brazos, cubriéndose los labios con el dedo índice. Sabía que no debía aprobar lo que estaba a punto de pasar, pero él había nacido con una ligera vena… cruenta y trastornada. Y simplemente no podía luchar contra sí mismo.

—Es de largo alcance. —admitió, derrotado.

—Genial. —dijo la rubia, empezando a perseguir a su hermano por todo el centro del pueblo. El rubio gritó a pleno pulmón, alejándose de su hermana mientras esta sostenía el taser, buscando un buen disparo.

—¡Procura apuntarme a un sitio donde duela mucho! —gritó Tuffnut. Como siempre, era un imbécil.

—Si quiere que le dispare, ¿por qué está huyendo? —preguntó Hiccup a Astrid en un surruro.

—Porque supongo que correr le añade más adrenalina, ¿no? —ella se encogió de hombros y se apartó cuando Tuffnut pasó justo junto a ella.

—¡Lo tengo cubierto! —chilló Ruff, y encontró su oportunidad cuando Tuffnut derrapó en una esquina. Apretó el gatillo y las agujas salieron disparadas hacia él.

Todo fue en cámara lenta. Las agujas se clavaron en su cuello y el efecto fue inmediato. Tembló, bailó, rechinó los dientes, aulló como un animal herido y terminó en el piso con un puff sordo. Fue justo como si un rayo le hubiera caído encima.

Hiccup suspiró. Quizás se había pasado con la potencia… un poco. Tendría que recalibrarlo.

Todos los aldeanos estaban con la boca abierta, sin poder pronunciar ni una palabra. Todas las actividades se habían detenido para ver qué había atacado al adolescente rubio.

—Eso —habló Hiccup con cierta suficiencia en la voz —es lo que se llama electrocutarse. —Astrid se llevó los índices a las sienes y se las masajeó. —Básicamente es como si un rayo te cayera encima y te partiera en cientos de pedazos. —explicó, y sintió la mirada de Astrid taladrándole la espalda. Tragó en seco. —Sí, lo sé, no es la mejor manera de decirlo, pero… —se dirigió hacia ella, con su sarcasmo en auge otra vez.

A Astrid no le gustaba el camino esto iba tomando. ¿Por qué simplemente el chico no buscaba consejo, en vez de armarse hasta los dientes en caso de que lo atacaran otra vez?

Hiccup miró al chico con una mirada circunspecta.

—¿Cómo en nombre de Odín fuiste capaz de reducir el poder de un rayo a… eso? —indicó el taser con su mano y Hiccup se puso nervioso. ¿Cómo explicaba siglos de evolución en un minuto a un vikingo?

—Eh… en mi defensa quiero decir que no fue idea mía. Cientos de personas en el mundo se defienden de esa manera. —se salió por la tangente, y al parecer le fue bien, porque Hiccup dejó pasar su pregunta anterior.

Gobber y su aprendiz se miraron, estupefactos. Si ese chico podía reducir el poder de un rayo a un simple artefacto, ¿qué más podía hacer? No lo querían ni imaginar.

"Es más peligroso de lo que parece", pensó Gobber. Y al parecer fue un pensamiento fuerte, pues vio cómo Hiccup asentía, conforme a sus palabras.

—Lo dije en voz alta, ¿cierto?

—Sip.

—Volviendo al tema, ¿en el futuro se defienden de esa manera? —preguntó Gobber en voz baja, metiendo baza, incrédulo. Había sido difícil lograr que le contaran la historia de los chicos del futuro, pero eventualmente se había enterado. Hiccup sabía que, en caso de que se presentase algún problema, siempre podía contar con su mentor para ayudarlo.

—Bueno, tenemos las artes marciales, el ejército… y la pólvora. —los adolescentes asintieron, de acuerdo. —No creo que a ustedes les interese la pólvora, teniendo dragones. —razonó Hiccup.

—¿Y tú —Hiccup miró a su otro yo con los ojos entrecerrados— necesitas defenderte de algo? —indicó la herida en su mejilla, rodeada por un hematoma verde.

Hiccup tragó en seco, y casi pudo oír su corazón detenerse, al igual que el de Astrid.

El hombre estaba a punto de pillarlos, lo sabía.

—No, ¿qué crees? Es sólo que ése es mi trabajo. Básicamente he trabajado toda mi vida con electricidad, sólo estoy acostumbrado a usarla. Fue lo primero que se me ocurrió hacer, ya sabes, por el reto. —consiguió reprimir exitosamente una risa nerviosa.

Escuchó casi quizás con demasiada claridad el suspiro de alivio de Astrid.

—Huh. Ajá. —Hiccup se enderezó (¿en qué jodido momento se había inclinado a su altura?) y miró a su alrededor. —¡Hey, ayúdenme a llevar al chico a la cabaña de Gothi…! —señaló a dos vikingos fornidos que andaban por allí, se desentendió de ellos y llevó al herido a la residencia de la curandera.

Podía haberse ido, pero en el fondo, muy en el fondo, Hiccup sabía que no se había tragado su cuento, sabía que escondía algo.

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—Eso estuvo cerca. —comentó Astrid, mientras volaban más y más alto entre las nubes. Hiccup quería alejarse lo más posible del pueblo para aclarar sus pensamientos.

Woodiepie frunció el morro cuando un montón de avispas se aplastaron contra las escamas de su rostro. Sacó la lengua con desagrado, crujiendo los colmillos y los dos jinetes rieron divertidos.

—Te lo juro, en mis diecisiete años de vida jamás he sido así de perceptivo como él. —se quejó Hiccup, recostándose sobre la silla de montar y frotándose los ojos.

—Tú fuiste el que descubrió que nuestro profesor de física era gay y engañaba a su esposa con el director de la escuela. —intentó consolarlo. No funcionó. —Hiciste que despidieran al decano de la facultad de Física de la universidad, y ni siquiera estás matriculado aún. —eso sí sirvió. —A propósito, ¿cómo lo hiciste?

—Más bien, ¿cómo te enteraste tú? —rebatió él. Astrid rio ligeramente.

—Tu padre estaba tan orgulloso que lo publicó en el periódico. —Hiccup se atragantó con su propia saliva.

—¿Qué hizo qué?

—Oh, vamos, no te sorprendas. Ahora dime. —él suspiró. No le gustaba hablar de… ese tipo.

—Bien. —suspiró. Se inclinó hacia adelante, obligando a Woodiepie a plegar sus alas y salieron disparados como una jabalina, dejando a Astrid y a Fireclaw dando vueltas en el aire, antes siquiera de haber captado que estaban solas.

Para llevar apenas dos semanas allí, montaba a su dragona casi como un experto. A Hiccup le gustaba decir que era porque lo llevaba en la sangre. A esas alturas, lo único que le hacía falta era práctica con vuelo en combate.

—Odio cuando hace eso. —gruñó, y se lanzó hacia él. —¡Hiccup! Dime qué pasó ese día. —dijo cuando hubo llegado a su nivel.

Él evitó su mirada.

—El decano de la facultad era corrupto. Me enteré porque un día dejó de financiar mi proyecto, para robarse todo el dinero. Cuando me colé en su oficina para conseguir pruebas físicas desde su computadora de lo que estaba haciendo, terminé con una calibre .44 apuntándome a la cabeza y un tobillo luxado. —Astrid jadeó por la sorpresa. —¿Desquiciado, verdad? Pues resulta que yo no era el único al que le estaba robando. Éramos yo y otros veinte estudiantes más.

—Pero… pero, ¿cómo escapaste? —preguntó Astrid, y maldijo entre dientes al sentir cómo su corazón quería salir de su caja torácica. "Esto no está bien", se dijo, "es sólo Hiccup, nadie más, no tienes por qué preocuparte de esta manera." Pero era inútil que se dijera aquellas palabras, y ella lo sabía.

—No supe que el gato del vecino se había colado dentro de mi mochila sino hasta que salió y mordió al tipo en… bueno… —con su dedo índice, señaló su entrepierna y Astrid estalló en un puñado de carcajadas histéricas.

—¿Me estás diciendo que el gato de tu vecino te salvó la vida? —preguntó, incrédula. Hiccup le dio una mala cara.

—Hey, a mí me gusta ese gato. —Woodiepie lo miró mal y lo abofeteó con una de sus orejas, como si se sintiera amenazada. —¿Pero qué…? ¡No es momento para estar celosa, Woodiepie! —ella gruñó y se dio la vuelta, poniéndolos a ambos de cabeza. Hiccup se cruzó de brazos, mientras miraba a la dragona con evidente burla. —Tengo un arnés, ¿recuerdas? —ella simplemente le gruñó y volvió a mirarlo mal. Hiccup claudicó. —Está bien, tomo nota: jamás volveré a mencionar el gato de mi vecino.

Ambos se sonrieron y siguieron volando. De pronto, Astrid arremetió junto a Fireclaw contra Hiccup y Woodiepie, evidentemente tratando de subirle el ánimo.

—Oh, Milady, usted se está metiendo en territorios peligrosos… —amenazó, pero terminó riéndose al final.

—Me arriesgaré. —respondió Astrid aparentando frialdad. Se preparó. Justo cuando Hiccup cargó contra ella, se hizo a un lado y voló hacia el este, con su amigo pisándole los talones.

Los gritos cortaron las nubes y las risas de ambos llenaron el cielo.

Woodiepie miró tanto a su jinete como a Astrid. Luego vio a Fireclaw.

"¿Tú los entiendes? Mira nada más como juegan, ¡y no han tenido ni una sola cría!" se quejó la dragona.

Fireclaw rio. "Los humanos no son como nosotros, Woodiepie. Se tardan muchos años en tener crías. Especialmente unos tan raros como nuestros jinetes" le explicó. Fireclaw era una dragona que tenía años de estar viviendo en Berk, si bien su primera jinete era Astrid, y por ende entendía mucho más de humanos que Woodiepie, quien sólo se valía de su impresionante inteligencia para comprender aquello que la rodeaba. Especialmente los humanos. Ellos requerían toda su inteligencia para poder ser entendidos.

Woodiepie entrecerró los párpados, pero no quedó satisfecha. Ella quería ver a las crías de su jinete, ya.

Astrid y Hiccup siguieron hablando, ajenos a la conversación entre ambas dragonas, que discutían sobre qué época era mejor para que los huevos de "humano" eclosionaran. Y luego Fireclaw se preciaba de entender a los humanos.

De pronto, un agudo silbido se escuchó tras ellos y antes de que ninguno de ellos pudiera volverse, una bomba de fuego golpeó a Fireclaw en la cola y tanto ella como Astrid se precipitaron hacia las aguas del mar Noruego, la última gritando en desesperación al ver que su dragona no reaccionaba.

—¡Hiccup! —llamó Astrid, estirando los brazos hacia él mientras el frío viento ejercía presión contra sus ropas. Podía sentir el choque con el mar, podía sentirlo acercándose, ya casi…

Woodiepie y su jinete se lanzaron en picada hacia ellas. Hiccup se separó de la dragona y recibió a Astrid en sus brazos, subiéndola a su espalda, abriendo su planeador de cuero recién mejorado. Woodiepie, por su parte, cargó a la Nadder sobre su lomo y la estabilizó. Por suerte, su cola no estaba herida.

—¿Qué rayos…? —fue lo único que pudo decir Hiccup al ver cómo una sombra indistinguible se alejaba entre las coposas nubes blancas.

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—¡Tenemos que decirle a Hiccup, Hiccup! —gritó Astrid, señalando el cielo. Luego, pareció haberse dado cuenta de lo que había dicho y se miró la boca, molesta.

—¡No! Eso está totalmente fuera de cuestión. —Dirigió una fugaz mirada a Woodiepie y pudo notar que incluso la dragona desaprobaba su decisión.

—¿Qué…? ¿Te estás escuchando, Hiccup? Él es el Jefe de la aldea, hay que decirle que es la segunda vez que se efectúa un ataque en las cercanías de…

—No, Astrid. —la cortó en seco, sujetándose la cabeza con ambas manos. Un conflicto se efectuaba en cada una de sus neuronas, lo sabía. Diablos, si seguía con aquel trote se iba a volver loco.

—¿Por qué no, Hiccup? ¿Por qué te niegas a decírselo a alguien? —dijo, casi rogó ella. Y Astrid Hofferson nunca rogaba, no señor.

—Astrid, ya no…

—¡Hiccup! —lo urgió ella, en busca de una respuesta. Las cosas no se iban a quedar así nada más.

—¡Porque no quiero que piensen que soy un cobarde! ¿Estás feliz? —explotó, alzando las manos hacia el cielo y pateando un par de piedrecillas sobre el islote. —¡Estoy malditamente harto de ser un cobarde, toda mi vida he sido uno!

—Oh —dijo ella, con una expresión triste. —Hiccup, yo… yo no sabía, perdóname, yo… —se sonrojó, avergonzada.

—Está bien, Astrid. No es como si esperara que lo supieras, después de todo. —se sentó sobre la grama del islote y evitó mirar a Astrid a medida que ésta se hacía sitio a su lado.

La oyó suspirar pesadamente.

—Está bien, lo haremos a tu manera. No diremos nada. —él la miró con los ojos abiertos como platos, sin dar crédito a sus oídos.

—Astrid Hofferson, tú… ¿estás claudicando? —inquirió, enarcando una ceja. Ella lo miró con una expresión de enojo mal disimulada, y aprovechó para darle un amistoso puñetazo en el hombro.

—Sólo lo hago porque me caes bien.

Hiccup soltó una carcajada para camuflar su malestar general y miró a Woodiepie, expectante.

—¿Lo viste, chica? ¡Astrid Hofferson ha cedido! —gritó, y esta vez sí se ganó un puñetazo de verdad. —Auch, ¿qué te pasa?

—Tampoco es para que lo vayas gritando por ahí, Hiccup. —espetó, enojada.

Él sólo se echó a reír. Astrid lo miró y, luego de unos segundos, la risa había escapado también de sus propios labios.

Y es que con él simplemente no podía salirse con la suya. O al menos no todo el tiempo.

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—¿Qué.está ? —preguntó Hiccup, mirando hacia arriba junto a Astrid y los gemelos. Fishlegs miró hacia abajo, temiendo que en cualquier momento Snotlout se cayera de la escalera y se rompiera el cuello. "Aunque eso no estaría tan mal".

Recién habían vuelto a la aldea, y esto era con lo que se encontraban. Genial.

—Mi otro yo me obligó a pintar la casa. Tres veces. —dijo Snotlout, subido a una gran escalera de madera, mientras daba unas pinceladas al techo de la casa de su anfitrión. Tenía el pelo de color verde pistacho. —Diablos, siento como si acabara de pintar la Capilla Sixtina. —se quejó.

Hiccup enarcó una ceja. —¿Sabes siquiera lo que es la Capilla Sixtina? —inquirió, escéptico.

—Duh, idiota. El cerdo de mi vecino. Siempre lo mantiene engrasado, por eso es tan difícil de pintar.

Hiccup y Fishlegs se llevaron las manos a sus frentes, incrédulos, en unos impecables Facepalm.

—El cerdo de su vecino se llama "Capilla Sixtina". —murmuró Fishlegs a su oído.

—Lo sé, no puedo creerlo. —le devolvió Hiccup el susurro. —Pero bueno, no se puede esperar de Snotlout Jorgenson que sepa lo que es la Capilla Sixtina, ¿o sí?

Los gemelos estallaron en carcajadas estridentes al ver cómo Snotlout se balanceaba sobre su escalera, y Astrid no disimuló su burla. Hiccup la miró con una ceja arqueada.

—No sabía que disfrutaras con el mal ajeno. —le dijo.

—Hiccup, tiene el pelo verde. ¡Verde! —se burló. Los gemelos sólo rieron más fuerte, esta vez acompañados por el primogénito de los Ingerman.

—Tienes un punto ahí. —aceptó el castaño, devolviendo su mirada hacia su primo. —Snotlout, ¿querrías bajar de ahí? Ya has pintado la casa tres veces…

—No, Hiccup. No la he pintado ni una sola vez. —aceptó el muchacho, bajando la mirada. Luego, alzó la cabeza y miró el techo de la casa con ira inusitada. —¡Porque… esta… maldita… pintura… no se… fija! —en un arranque de adrenalina, apuñaló el techo con la brocha y le hizo un hueco a la vivienda.

—Huh, parece que le has hecho un bonito tragaluz a los Jorgenson. —comentó Astrid, y de nuevo estalló en risitas con los gemelos y Fishlegs

—¿Qué es lo que les da tanta risa a ustedes? —preguntó Hiccup. Su amigo rubio entonces señaló a Snotlout y Hiccup notó que el pelinegro tenía todo el trasero pintado de color amarillo. Daba toda la pinta de haberse caído de culo en el bote de pintura. Se tapó la boca para tragarse la risotada que se formó en su garganta.

—Hiccup, ¿cómo diablos hago para fijar esta pintura? —preguntó a su primo, y el aludido no pudo menos que sentirse sorprendido.

—¿Me estás preguntando a ? —inquirió, llevándose una mano al pecho y mirando hacia atrás, para asegurarse de que no se estuviera dirigiendo a alguien más.

—Duh, ¿a quién más si no? —Snotlout rodó los ojos. —Ahora, deja de hacerte el imbécil y dime.

Hiccup entrecerró los ojos. Si Snotlout creía que de esa manera iba a lograr una respuesta por su parte, estaba muy equivocado.

—Pues, deberías limpiar toda la superficie de la casa antes de empezar a pintar. Si eso no te funciona…

—Consíguete un soplete. —completó Astrid.

—O un rodillo. —añadió Fishlegs.

Dieron media vuelta, listos para ir al Gran Salón en busca de la cena, cuando les llegaron los gritos de Snotlout a sus espaldas.

—Eh, Hiccup, ¡¿cómo diablos consigo un soplete aquí?! —gritó. La idea de tener que limpiar la casa al completo le resultaba, más que irritante, estúpida.

—Haz uno. —oyó que le decía su primo, mientras alzaba su brazo a modo de despedida, sin dignarse a volver la cabeza hacia él.

—Maldito idiota. Desde que encontró a ese jodido dragón se las da de… —farfulló, sólo para escuchar un resoplido a su lado. Tragó en seco cuando se encontró cara a cara con una fastidiada Woodiepie, que enarcó una ceja en su dirección, dándole una clara mirada de "¿Decías?". —Por favor no me mates. —suplicó, juntando las manos llenas de pintura. Ella sólo le gruñó y saltó del techo, dispuesta a ir tras su jinete.

"Estos humanos son tan extraños", dijo Woodiepie mientras le daba alcance a Hiccup.

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—¿Conque del futuro, huh? —dijo una voz frente a Hiccup y él alzó la cabeza sólo para toparse con la esposa de Fishlegs, Heather.

Facepalm.

—¡Fishlegs! —gritó en dirección al conjunto de casas a su derecha, solo para recibir un distante:

—¡Lo siento! ¡Sabes que nunca he sido bueno con los interrogatorios! —todos suspiraron, incluido su yo joven.

—Ese hombre necesita jugar una partida de Hatred urgentemente. —dijo Hiccup a su amigo rubio. Él simplemente asintió.

Y es que había una gran diferencia entre el Fishlegs del pasado y el del futuro. Nadie sabía si era por jugar tanto Call of Duty o ver tantos cómics, pero el Fishlegs del futuro podía soportar horas de interrogatorio sin quebrarse ni un poco, aunque apagaran las luces (Slender Man también había tenido algo que ver, Hiccup se lo imaginaba, porque había pasado días y noches jugando con Fishlegs sin parar. Un poco nerd, pero era lo que había). Si Stoick lo hubiera visto, se habría sentido orgulloso del muchacho de los Ingerman.

Hiccup dirigió entonces su mirada hacia Heather. Sí, era idéntica a su compañera de clases, para qué negarlo. —Claro, ¿qué mejor fuente de información que tu marido? —dijo a Heather, sarcástico.

—Wow, de verdad eres igual al Jefe. —se llevó los dedos al mentón, sin necesidad de simular su aprecio, y Astrid la fulminó con la mirada.

"¿Es que tengo que recordarle que está casada?", se dijo, y ni siquiera se molestó en reprenderse por su súbito ataque de celos. Al parecer, Heather captó la mirada asesina de la rubia, porque rio en voz alta y se apartó del adolescente.

—Y díganme, ¿cómo es todo por allá? Además, claro, del rayo embotellado de Hiccup. —aludió al joven con su mentón y él se puso pálido.

—¿Rayo embotellado? Pfff. ¿De qué rayo embotellado hablas…? —estaba nervioso. Si ella creía que él había embotellado un rayo, ¿entonces qué locura creerían los demás vikingos?

—¿Entonces de qué otra manera lo explicas? —dijo ella, con una mirada audaz. Astrid lo notó.

—¿Quieres saber cómo lo hizo, no?

—Pues claro. Todos quieren saberlo. Es decir, ¿de repente aparece un familiar del Jefe y domina el poder de Thor, el dios del trueno y la fuerza, dentro de un artefacto manual? Por todos los dioses, no esperas que nos estemos tranquilos cuando algo así pasa a nuestro alrededor, ¿o sí? —dijo Heather, como si fuera lo más obvio del mundo.

—Eres tan irritante aquí como en el futuro. —escupió Astrid, negando con la cabeza. Hiccup no dijo nada, porque estaba demasiado aturdido como para darse cuenta de otra cosa que no fueran las palabras de Heather.

—¿Es que también existo allí? —inquirió ella, sorprendida.

—Evidentemente. Todos lo hacen. Sven el Mudo es mi vecino. —le dijo Fishlegs.

—¿Qué tienen ustedes con sus vecinos, por Dios? —dijo Ruffnut, aturdida. El asunto de los vecindarios le estaba poniendo los pelos de punta.

—Nuestras vecinas son unas ovejas. —dijo su hermano.

Sweet.

—¿Y cómo soy? —preguntó ella, emocionada e ignorando los comentarios de los gemelos. La idea de existir 2924 años en el futuro le fascinaba.

Fishlegs hizo una mueca.

—Eh… cruel, desentendida, con graves prejuicios emocionales y un serio problema de misantropía. —enumeró el rubio, contando con los dedos.

Los demás hicieron un mohín (excepto por los gemelos, que no entendieron ni una sola palabra de lo que dijo por estar chocando sus cascos) ante la perfecta descripción de la chica.

Heather alzó la cabeza, confundida. Y es que la mayor parte de los términos que la versión pequeña de su marido había mencionado eran griegos. Los vikingos no conocían a los griegos. Aún.

Astrid le palmeó el hombro a la mujer en un gesto de empatía.

—Lo que quiere decir es que odias la humanidad y no demuestras ningún tipo de emoción. Jamás.

Su cara de horror fue tan genuina que Astrid no la pudo juzgar.

—¿Pero por qué? —gritó. No le gustaba la idea de ser una misántropa sin sentimientos. ¡No le gustaba nada!

—Será mejor que te lo diga Fishlegs… —murmuró Astrid, señalando al rubio. Los ojos verdes de la pelinegra se clavaron en él como dos dardos en llamas. Él se encogió en su lugar.

Ningún videojuego lo había preparado para esa clase de violencia femenina.

—Te vienes conmigo. —espetó la mujer, y se lo llevó arrastrado por el codo, como si no pesara más de dos kilos.

—Igual no está más loca la de aquí que la de allá. —comentó Astrid, acercándose a Hiccup.

—Te doy toda la razón. —asintió, mirando a su alrededor, y entonces lo notó. Todos los aldeanos lo miraban con una mezcla de aprehensión, respeto y temor. Como si el hecho de ser el jinete de una Night Fury como Woodiepie no le acarreara ya el respeto suficiente.

Estoy jodido.

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Eran inicios de primavera, y apenas se sentían los vestigios de las heladas de invierno.

Nubes ligeramente grises se arremolinaban en el cielo, pero aun así el día se las arreglaba para ser hermoso y brillante.

Recientemente, los adolescentes se habían separado un poco para respirar aire a solas, Hiccup había empezado un nuevo proyecto del que no le gustaba hablar con nadie, Astrid insistía con sus prácticas de hacha; Ruffnut, para la sorpresa de todos, había decidido echarle una mano a Gothi con los vikingos enfermos, y Tuff era el ayudante de Valka en la Academia. Snotlout seguía intentando pintar su casa.

Hiccup andaba caminando por la plaza del pueblo en compañía de Woodiepie, jugando con la dragona, cuando se topó con su versión mayor. Una turba lo estaba persiguiendo.

—¿Qué demonios…? —le preguntó.

Hiccup miró a su yo menor, le sacudió el cabello y siguió corriendo rumbo al Gran Salón, con la turba pisándole los talones. Lo oyó gritar en la lejanía "¡Te lo cuento todo a la hora de la cena!"

Tanto él como la multitud desaparecieron en el Gran Salón, y la calma se hizo nuevamente con el control.

Hiccup se quedó mirando el Gran Salón, con los ojos fijos en la estructura del edificio. Woodiepie preparó su cola, listo para barrerlo del piso en un intento por llamar su atención, cuando él la cortó con su mano, sus ojos fijos en la gigantesca estructura de la montaña.

—¿No te parece que a este sitio le hace falta algo, chica? —le hizo un gesto a la dragona y se encaminaron hacia el Gran Salón, ambos aprovechando la tardía llegada de la primavera para caminar por el pueblo y sus alrededores.

A lo lejos oyeron los gritos de Gustav Larson y su pandilla, haciendo desastres en el otro lado del pueblo. Ellos también lo disfrutaban, de eso no cabía duda.

En Berk había leyes. Los vikingos no tenían estatutos tan avanzados como el derecho romano, pero se daban un buen libro de reglas. Por ejemplo, la edad mínima para entrar a la Academia de Entrenamiento de Dragones de la aldea y adquirir tu propio dragón era catorce años. Los años de entrenamiento que se requerían para convertirse en un jinete bien entrenado y certificado eran tres. Las mujeres no podían casarse sino hasta su primer menstruo y durante sus primeros seis meses de matrimonio tenían que permanecer en casa con sus maridos, sin poder ir de campaña con ellos en caso de que se presentara algún embarazo.

Hiccup entró en el Gran Salón y se dio de lleno con los gemelos, que estaban metiéndole cizaña a la situación, como siempre.

"Bueno, si antes se colaban en las reuniones del sindicato, no veo por qué no lo harían ahora".

—¡Sí, griten! —ahí iba Tuffnut.

—¡No queremos esta basura! —Ruffnut no tenía ni la menor idea de lo que estaba diciendo.

Hiccup se llevó una mano a la frente y se sentó en un banco a esperar. Woodiepie se acercó con sigilo a él, preparó la cola y…

—¡Ajá! No puedes conmigo, ¿verdad? —le dijo. Había reaccionado de improviso, al ver movimiento por el rabillo de su ojo y, en un movimiento más ágil de lo que se había podido imaginar, se había montado a la mesa de un salto.

Alzó la mirada al percibir el silencio a su alrededor. Se sonrojó al notar que todas las miradas estaban dirigidas en su dirección.

—Eh… continúen, continúen. —los despachó con su mano y los aldeanos empezaron de nuevo con sus quejas.

Media hora después, Hiccup se acercaba a su versión mayor con una jarra de cerveza y un bloque de hielo en manos.

El Jefe los tomó con un gesto cansado y, en vez de tomarse la cerveza, se la puso en la cabeza, igual que el hielo.

—Nunca querrás a una turba de vikingos enojados persiguiéndote, créeme. —suspiró Hiccup, dándole ahora sí un sorbo al licor pasado por agua. Hizo una mueca. Le gustaba la cerveza, pero no cuando estaba diluida.

—Sabes, Astrid no debería beber nada con alcohol mientras esté embarazada. Lo dicen nuestros estudios. —comentó el otro, sentándose a su lado.

—¿Así que es verdad que le sienta mal a las mujeres encinta? ¡Lo sabía! Nadie nos quiere hacer caso a mamá y a mí. —dijo triunfal, mordiendo una de las esquinas del bloque de hielo.

Hiccup lo miró con cierta sorpresa, claramente sin esperarse aquella respuesta.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Cada vez que Astrid va a llevarse una jarra de cerveza a la boca estando encinta, o Toothless o Stormfly la detienen. Es como si no soportaran el olor del alcohol. Entonces un día, mi buen amigo se bebió media jarra y acabó como si se hubiera comido una anguila venenosa. No fue bonito. Diablos, esta jefatura me va a dar un infarto precoz…

Hiccup miró a su yo mayor y luego a la mesa. ¿Cómo llegaba al punto? Lo que iba a proponer no era precisamente una rosa sin espinas.

—Hiccup… —diablos, sonaba rarísimo llamar a otra persona por su propio nombre.

—Dime. —respondió el joven Jefe, moviendo el mentón.

Incluso el adolescente tuvo que reconocer que se vio ligeramente genial. "Y tú vas a lucir justo igual a él cuando cumplas esa edad" dijo una voz en su cabeza.

—Sabes, estaba caminando por el pueblo y noté que algo muy importante le hace falta.

Aún con el bloque de hielo en la cabeza, se inclinó hacia el adolescente, arqueando una ceja.

—¿Y exactamente qué podría ser eso?

—Un pararrayos. —admitió el joven, mirando hacia otro lado.

Cuando era la hora de exponer sus proyectos ante los demás, no le gustaba la sensación de nerviosismo que le entraba en la boca del estómago.

Entonces, sintió algo cálido posarse sobre su antebrazo y se encontró con que Hiccup le sonreía amigablemente. Él entendía esa sensación de vergüenza a la perfección.

—No hay razón para estar avergonzado, amigo. Es tu idea, y siempre es factible. Ahora, háblame de este "pararrayos".

Hiccup suspiró y se llenó de valor. Si su yo del pasado podía disuadir a una turba furiosa, ¿por qué no él?

—Un pararrayos es un objeto que utilizamos para atraer los rayos del cielo —hizo la mímica de un rayo con sus manos — y luego conducirlos hacia el subsuelo por medio de un polo a tierra, para evitar daños en caso de cualquier tormenta eléctrica.

Hiccup lo miró con la boca abierta. El adolescente también.

—¿Puedes redirigir los rayos a tu antojo?

—¿Lo entendiste todo? —se dijeron al mismo tiempo.

Hiccup le dedicó una mirada abiertamente resentida.

—No soy idiota, ¿sabes? —su yo menor tosió, sintiéndose incómodo.

—Yo, eh, lo siento. Es que… no supe si me había explicado bien y…

—Lo entiendo, amigo. Básicamente, me estás hablando de una cosa que conduce los rayos a tierra, ¿no? ¿Y qué, cada casa de cada pueblo tiene uno? —preguntó. —Porque no creo que haya presupuesto… —se respondió a sí mismo, rascándose la nuca.

Hiccup casi se da otro Facepalm.

—No, ¡no! Y no puedo redirigir la electricidad a mi antojo, bueno, técnicamente sí, pero eso es otra cuestión. La cosa es, Hiccup, que los pararrayos sólo se instalan en el edificio más alto del pueblo, como la iglesia o una torre de avistamientos. Serviría mucho en caso de que un Skrill decidiera atacarnos. —rio.

El joven vikingo asintió y meditó las palabras dichas por el castaño. Hizo un esfuerzo por morderse la lengua, se esforzó más y más, pero al final…

—¿Qué es una iglesia?

—¡Por Dios, concéntrate!

Hiccup rio ampliamente y presionó con más fuerza el bloque de hielo. Jodidos vikingos con su jodida costumbre de quejarse por todo.

Entonces, una palabra resonó en un rincón de su mente.

—¡Leíste el Libro de los Dragones!

—Sí, ¿y qué?

—¿De dónde lo sacaste?

—Estaba debajo de tu cama. —Hiccup tomó nota mental de encontrarle urgentemente nuevo sitio al libro. —Y por cierto, me demoré horas intentando leerlo porque no me acuerdo de cómo leer esas jodidas runas. —admitió, cansado.

—¿No te acuerdas? ¿Dónde las habías visto antes?

—En todos lados. En el Museo Nacional hay cientos de Henges con inscripciones en runas.

Se instaló un silencio cómodo entre ellos. Hiccup se bebió lentamente su cerveza, hasta que le preguntó al muchacho:

—Entonces, ¿quieres hacer un pararrayos en el Gran Salón? —lo miró con una sonrisita.

Hiccup se la devolvió.

—Captas las cosas más rápido de lo que parece, ¿no es así?

—Soy un Hiccup, ¿qué te creías? A propósito… —miró hacia otro lado, y Hiccup suspiró.

—Escúpelo.

—¿Podrías decirme por qué el metal atrae los rayos? ¿Podrías? —se inclinó hacia él, con bloque de hielo y todo.

Hiccup tragó, tartamudeando. ¿Sería prudente revelarle a un vikingo superdotado detalles científicos descubiertos en el siglo XVIII?

—¿No te basta con la explicación de "Thor lo detesta" y listo?

Hiccup frunció el ceño.

—No me creerás tan estúpido, ¿o sí? —de pronto, un extraño pálpito se apoderó de Hiccup. Sus ojos se desenfocaron y la visión que tenía frente a él perdió poder durante unos segundos, para ser reemplazada un instante por otra totalmente diferente. Sacudió la cabeza para deshacerse de su aturdimiento y volvió a centrarse en la situación que lo rodeaba.

El joven se llevó una mano a la nuca. Sí, ¿por qué no decirle?

—Bueno, en realidad el metal no atrae a los rayos. —lo escuchó jadear del asombro y rodó los ojos. Aquello era física 101, de principiantes. — Los rayos buscan el camino de menor resistencia eléctrica por el cual pasar. Los metales, como podrás notar, tienen baja resistencia. Es decir, alta conductividad.

—¿Por ejemplo…?

—Eh… mierda, Hiccup, ¡no viajé al pasado para dar clases de física! —se quejó, haciendo reír a su acompañante.

—Está bien, entendí lo suficiente. Me impresionas, amigo. —le sacudió los cabellos y se levantó de su silla, dispuesto a irse del Gran Salón, cuando Mulch y Bucket entraron, corriendo con prisa hacia el Jefe, gritando como locos.

Hiccup no se sorprendió al ver a sus vecinos allí, los camaradas del sindicato de su padre. Idénticos, mancos, uno con una cubeta en la cabeza y, cómo no, con las barbas vikingas.

—¡Hiccup, Hiccup! —llamó Mulch, corriendo hacia el Jefe.

—¿Qué? —dijeron los dos castaños. Se miraron con cierta complicidad y luego se volvieron hacia los dos vikingos que habían irrumpido en el Gran Salón, que los miraban con cierta expresión de extrañeza en sus caras.

—Demonios, muchacho, es como volverte a ver en tus años de doncel, ¿o no Bucket? —pero el otro vikingo no respondió. De hecho, simplemente se sostenía la cubeta de la cabeza con ambas manos, como si le doliera el simple hecho de llevarla puesta.

—Mulch… —advirtió Hiccup.

—Bien, bien, me callo. ¡Mira! —Y señaló a Bucket, que dejó escapar un gemido de dolor mientras se golpeaba la cubeta en la cabeza.

—Oh, no. —jadeó Hiccup.

—¿Qué, qué pasa? —preguntó Hiccup, aún sin captar la situación. —No entiendo. —y él detestaba no entender.

—¿Para cuándo dijiste que tendrías listo ese pararrayos? —preguntó el Jefe al adolescente. Su cara era una mezcla de molestia, pánico y prisa.

Él sólo se encogió de hombros. —No lo hice.

—Exacto.

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—¿Qué tenemos QUÉ?

—3 días y 6 horas, según Mulch, para construir un pararrayos en el Gran Salón antes de que llegue la primera tormenta de primavera. —dijo Hiccup mientras ajustaba las correas de la montura de Woodiepie.

—Sí sabes que aquí en Berk una tormenta primaveral significan gigantescas rocas de granizo cayendo directamente desde el cielo, ¿no? —le preguntó Fishlegs, acurrucado en un rincón junto a Crabface. —Al más puro estilo Chicken Little.

Astrid y Hiccup lo miraron como si le hubiera salido otra cabeza.

—Fishlegs, no creo que…

Escucharon un estruendo fuera de la ventana y se asomaron para ver qué sucedía.

Encontraron al Jefe sobrevolando la aldea a lomos de Toothless, con el regazo lleno de madera y clavos.

—¡Dos días y media hora! ¡Dos días y media hora, gente! —iba gritando a todo aquel que se le cruzara por delante.

—¿Por dónde comenzamos? —preguntaron los dos rubios a Hiccup.

Se dirigieron corriendo a la fragua y, mientras el castaño fundía industriales cantidades de metal para hacer una torre, sus amigos estaban desordenando el almacén en busca de un cable de cobre, lo suficientemente largo como para que atravesara el Gran Salón, y picas de hierro.

—Hiccup, aquí no hay cables. —dijo Fishlegs, derrotado.

—Aquí tampoco. —dijo Astrid, sentándose al lado del joven Ingerman.

Hiccup dejó de martillar y se llevó la mano al mentón. Si no había cables, ¿qué harían? Es decir, tenían el cobre, pero… Pensó. ¿Dónde estarían los cables, o los alambres? Enseguida tuvo una idea.

—Traigan a los gemelos y bajen a Snotlout de ese maldito techo, necesito toda la ayuda que se pueda para terminar esto antes de que llegue la tormenta. Vayan a la granja de Sven el Mudo y desmonten su cerca. Vamos a atravesar esta cosa por la montaña. —dijo, con una expresión tan determinada, que ninguno de los dos se atrevió a contradecirle.

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Era como si alguien hubiera traído consigo un temporizador e iniciado una cuenta regresiva.

Cada persona en la aldea sentía que, a cada segundo que pasaba, cada vez más se acercaba la tormenta, letal y despiadada.

Una larguísima hilera de vikingos batiendo cobre se extendía por todo el centro del pueblo, trabajando sin parar. Hiccup los lideraba, haciendo un alambre esbelto pero fuerte en la fragua.

Estaba cansado. Llevaba horas trabajando sin parar, pero no le importaba, porque el sonido de los truenos allí arriba le indicaba que si no terminaba pronto toda la aldea terminaría en envuelta en llamas.

Cuando tuvieron terminados los 46 metros de cobre, urgieron a los aldeanos a llevarlos a la montaña donde estaba emplazado el Gran Salón y volaron hacia el lugar, listos para empezar.

El rollo de alambre que habían conseguido donde Sven no había sido suficiente para cubrir la longitud de la montaña, y habían tenido que fabricar mucho más alambre sobre la marcha. Hiccup sólo esperaba que su idea surtiera efecto.

—¡A un lado! —gritó Hiccup a las gentes en tierra, mientras junto a Astrid y Snotlout posicionaba una red de pesca sobre el techo del Gran Salón para evitar heridos.

Fijaron la varilla al techo del recinto y se dispusieron a abrirse camino a través de la montaña.

—¿Listo, Fishlegs? —preguntó Hiccup a su amigo.

—No estoy muy seguro de esto, Hiccup… —balbuceó.

—¡Fuego! —gritó Snotlout de pronto, y descargó la mezcla de serrín empapado en petróleo, que Bloodspeaker recién había encendido con su aliento de fuego, hacia el interior de la montaña.

Las proporciones de la explosión fueron épicas.

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—¡Cero horas, gente! ¡Repito, cero horas! Todos al Gran Salón, ahora. —exclamó Hiccup, arreando a la población hacia el recinto justo cuando el aguanieve empezaba a caerles encima a los pocos (muchísimos, en realidad) que quedaban fuera.

Todos se morían de las ganas por ver qué tal funcionaba el artefacto diseñado por el pariente del primo del Jefe.

Y como si hubiese sido invocado, un furioso rayo chocó contra el Gran Salón, iluminando a las casas y a la multitud con su magnificencia y, contrariamente a lo que los vikingos habían pensado en un principio (¡este chico va a incendiar el sitio donde tomamos nuestra cena!), jadearon impresionados al ver que el rayo se extinguía en menos de un segundo sin causar el menor daño. Y así le siguió el otro, y el otro. Y el siguiente a ese.

Todos iban a parar a la cima del Gran Salón, como si no percibieran el resto del pueblo.

Estallaron en vítores y levantaron en vilo al chico, festejando. Estaban empapados y la ventisca amenazaba con volarlos del suelo en cualquier momento, pero no les importaba. ¡Ese chico los había librado de la ira de Thor!

—¡Bien hecho, muchacho!

—¡Viva!

—¡Hurra, chico!

Hiccup no daba crédito a sus oídos. ¿Estaba oyendo bien? ¿Lo estaban alabando?

De pronto, se escuchó un silbido en los cielos ennegrecidos y una explosión de rayos impactó en la torre recién construida. Hiccup y todos los que habían ayudado a construirla gritaron con indignación, aunque esta se mantuviese aun en pie.

—¿Qué fue eso? —preguntó.

—No lo sé, pero me gusta. — oyó que dijo Tuffnut.

—Ahora no, Tuffnut. —carraspeó, y alzó la mirada hacia el cielo. Se le hacía difícil enfocar la vista entre las gotas de lluvia y las nubes encapotadas.

Una sombra negra atravesó las nubes y el corazón se le paralizó. ¿Podía ser aquello lo que los había atacado a él y a Astrid hacía dos días?

Un rugido animal inundó los cielos y le puso los pelos de punta.

Algo le decía que no.

Repentinamente, aquello que volaba sobre ellos hizo un movimiento bajo y Fishlegs pudo ver el contorno de su ala.

—¡Skrill! —gritó horrorizado. Las gentes de la aldea hicieron lo propio y el caos se hizo en tierra.

Unos hombres empezaron a darse de a golpes con unos esturiones, las mujeres corrieron con los niños y las ovejas en brazos, sin saber muy bien por qué lo hacían, y bueno, los niños lo disfrutaban.

Hiccup casi se ahoga con su propia saliva.

—¿Qué no lo habíamos dejado en ese bloque de hielo hacía años?

—Pues alguien debió soltarlo, y está muy furioso. —comentó su esposa a lomos de Stormfly.

—Está bien. Yo lo alejo de aquí y ustedes protegen la aldea. Astrid, tú cuidarás de los niños. —miró a su mujer con una expresión prudente para acallar cualquier tipo de réplica y, antes de despegar, sintió una mano en su hombro.

—Voy contigo. —le dijo su yo menor. Ni siquiera él mismo supo por qué había dicho tal estupidez.

—Ni hablar. No tienes la experiencia, y no quiero que termines con el cerebro chamuscado en un santiamén. Vuelve con los demás. —se volvió y estuvo a punto de remontar vuelo cuando un sonido a su espalda lo sobresaltó.

Miró hacia atrás y se encontró con que Hiccup sostenía dos bolsas gelatinosas y blancas con la forma de su… ¿prótesis?

—Fishlegs los hizo para nosotros en caso de que tuviéramos que salir en medio de la tormenta.

—¿Para qué son? —preguntó, tomando el suyo. Estaba frío, mojado y, bueno, la textura le recordaba vagamente a su…

—Esto evitará que los rayos se le vengan encima a tu prótesis como un perro a un hueso. —Hiccup se puso su protector y miró a su versión mayor. —Está hecho de diente de león, ya sabes, esas cosas producen goma. El pobre dejó a toda la isla sin flores para hacernos estos protectores. Que, por cierto, parecen cond… ¡en fin! —sonrió ampliamente para ocultar el nerviosismo que sentía.

—Aun así, no vienes. Ni muerto. Te quedas aquí. —preguntó el mayor, mirándolo con avidez. Se inclinó hacia adelante, listo para despegar, cuando repentinamente un dardo negro pasó junto a él como una jabalina y se perdió entre las nubes, desafiando a la tormenta y a todos aquellos que empezaron a gritar su nombre con desesperación.

—¡Hiccup! ¡Hiccup! —exclamó el Jefe a voz en cuello. Las dos Astrid no se quedaron atrás. —¡Vuelve, por favor!

Astrid se llevó la mano a su pecho para obviar el dolor que sintió en su garganta. ¡Hiccup se estaba arriesgando a morir! Y, lo peor de todo, era que ella sabía el por qué.

Pero él no escuchó a nadie. Su corazón latía en sus sienes, inmerso en la descarga de adrenalina que le consumía el cuerpo.

Era el momento de dejar de ser un cobarde. Tenía que salir a enfrentar al mundo, y actuar como un hombre. No estaba dispuesto a seguir siendo el mismo estúpido nerd que había sido toda su vida, cuando tenía la oportunidad de demostrar a los demás que no era un inútil.

Era algo idiota y egoísta, lo sabía, pero no le interesaba en absoluto.

Hiccup contempló el cielo con una mirada determinada y les dedicó una última mirada amorosa a su esposa e hijos antes de partir.

—Iré por él. No me tardo. —"Te amo. Los amo". Expresó con sus ojos lo que no pudo decir en palabras y saltó hacia los cielos junto a Toothless para unirse a su joven yo en la pelea.

Ese par no tiene ninguna noción de lo que es "respetar el instinto de preservación natural", pensó Astrid mientras abrazaba a sus hijos, completamente segura de que, cuando Hiccup regresara, por fin tendría una buena excusa para decirle que era un imbécil.


A SHITTY CHAPTER, Lo sé, pero qué puedo hacer. Hice mi mejor esfuerzo. Bueno, en realidad no. De hecho estoy tan jodida ahora con el fdom de BH6 que dejé un poco abandonado el fiic, pero hey! Actualicé. Eso es lo que importa.

Que por qué escribi sobre Snot y Ruff? Bueno, no todo puede ser Hiccstrid. Hay que darle un poco de protagonismo a ese par de tontuelos. Ehm, qué más… ah sí, next chap, fightin' scene! Haré lo mejor que pueda.

Jodidos Skrill me encantan.

Ahora quiero hacerles una SUPER aclaración: soy estudiante de HISTORIA NO de CIENCIAS. Asi que perdónenme todos los científicos que pueden que estén leyendo esto si los he ofendido. He hecho la mejor investigación posible créanme, y he tratado de escribirlo lo mejor que he podido pero bueeee. Dejé la carrera de chemistry por algo.

EEEEEnnnnn fiiin. Ya empecé a escribir el prox capi. Quieren enterarse ya de que carajos es lo que ha estado atacando a Hiccup? O los mantengo en suspenso por otro capitulo? Y quien creen que sea el del calibre .44?

Dejen reviews. A lo bien me encantan sus comentarios, me suben mi bajisimo animo, ja ja ja. TT-TT Espero saber qué les pareció. La verdad estoy empezando a pensar que esto es una shit.