La historia no me pertenece yo solo me ajusto a la traduccion.

Un falso Novio

Capitulo Cuatro

—Marchando —sonrió Bonnie, antes darse la vuelta.

—¿Por qué has hecho eso?

—No quería desilusionarla —contestó —. Y ahora que estamos solos… creí que habías dicho que no tenías novio.

—Y no lo tengo —dijo Bella, mirando su plato.

—Ya —murmuró él. Alguien tenía que haberle dado aquel maldito anillo, pensaba Edward. No sabía por qué, pero la brillante piedra había conseguido que su estómago se cerrara. Aunque no tenía ni idea de por qué le importaba si Bella Swan estaba comprometida o no—. Entonces, ¿quién te ha dado el anillo? —preguntó, después de aclararse la garganta.

Bella levantó la mirada un momento y después volvió a mirar su plato.

—Aún no lo he decidido.

Edward cerró los ojos un segundo y contó hasta diez.

—Muy bien. ¿De qué demonios estás hablando, Bella?

Con deliberada lentitud, ella dejó el tenedor sobre el plato y tomó un sorbo de té.

—De lo que estábamos hablando hace cinco minutos —contestó por fin. Edward intentaba buscar en su mente, pero no podía recordar que ninguno de los dos hubiera mencionado un anillo de compromiso—. Tú mismo has dicho que pasaremos la mitad del tiempo en Forks mirando álbumes familiares.

—Sí —asintió él, inseguro.

—Pues yo he decidido que no voy a ser la rara de la reunión.

—Sigo perdido —dijo Edward, sin entender. La expresión de ella hacía que se sintiera como hipnotizado.

—Es muy sencillo —dijo Bella por fin, antes de tomar un trozo de pollo y ponerse a masticar tranquilamente—. No pienso enfrentarme con mis antiguos compañeros de clase sin un anillo en el dedo.

—Ya veo que eres una auténtica feminista —bromeó él.

—Esto no tiene nada que ver con el feminismo —replicó Bella —. Es sobre mí. Sobre mi vida. O la falta de ella.

— Bella …

—No, tú querías oírlo y lo vas a oír.

—Muy bien —murmuró él. Se le había quitado el apetito y apartó el plato a un lado.

—Tú no sabes lo que era tener que oír todo el tiempo lo de «pobrecita Bella » —su voz era un susurro en el que Edward notaba una angustia de la que nunca antes se había percatado—. «La pobre Bella, que no podría atrapar a un hombre ni con lazo» —añadió—. No pienso volver a escuchar cosas como ésa.

Edward sintió una punzada de remordimiento al recordar a la Bella adolescente. Nunca había pensado en sus sentimientos. Lo único que le interesaba entonces era librarse de ella para estar a solas con Rosalie.

Lo cual mostraba claramente que había sido un tonto.

La cara de Bella diez años atrás aparecía en su mente como en una neblina. Gafas enormes que le caían sobre la nariz llena de pecas, un aparato en los dientes, camisetas enormes, una coleta y zapatillas de tenis. Edward tuvo que sonreír al recordarlo. Pero la imagen desapareció y fue reemplazada por la cara de la mujer que tenía frente a él.

Tenía una piel perfecta y sus ojos marrones brillaban, no sabía si de rabia o de emoción.

—Créeme, Bella, nadie va a sentir pena por ti.

—No estoy segura —murmuró ella—. Y además, está mi madre.

—¿Qué tiene que ver tu madre con todo esto? Tu madre es estupenda.

—Eso es verdad —sonrió Bella —. Pero ya estoy cansada de tener que decirle: «No, mamá. No he conocido a ningún chico».

Edward tuvo que disimular una sonrisa. Pero la entendía. Las conversaciones con su propia madre habían ido por ese camino durante los últimos dos años. Esme Cullen quería tener nietos antes de que, en sus propias palabras, «tuvieran que llevarlos a empujones al asilo para verla».

Y si tenía que ser sincero, él mismo había pensado alguna vez que le gustaría vivir una vida menos solitaria.

Pero, ¿por qué una chica tan atractiva como Bella tenía que inventarse un novio?, se preguntaba.

—O sea, que vas a contarle una mentira —dijo por fin.

Bella se irguió como si la hubieran golpeado.

—No es exactamente una mentira —dijo ella—. Solo le enseñaré el anillo y ella sacará sus propias conclusiones.

Desde luego, era una idea original, pensaba Edward. Y por alguna razón, le gustaba saber que detrás de aquella ropa elegante y el moderno corte de pelo, la auténtica y excéntrica Bella seguía viva.

—¿No me digas? —sonrió él, irónico. Le parecía mentira que un genio de las matemáticas como ella no se hubiera dado cuenta de que había demasiadas variables en ese plan—. ¿Y qué le vas a decir a tu madre cuando te pregunte quién es el afortunado? ¿Vas a inventarte un nombre?

—No.

—Tendrás que mentirle a tu madre, a tu padre, a tu hermana y a todo el mundo en Forks, Bella. No te engañes.

Bella se puso pálida.

—Haces que parezca algo espantoso.

Edward sonrió. Bella tenía una cara de pena que le resultaba irresistible.

—No. Sólo me parece un poco peligroso.

—¿Por qué?

—Porque alguien se enterará tarde o temprano. Tú no eres una experta en decir mentiras —explicó él. Al menos, no lo era diez años atrás.

—Podría serlo —dijo ella entonces—. Con un poco de práctica. Sería una pena, pensaba Edward. Él conocía a demasiadas mujeres que mentían más que un político. Estaban tan ocupadas diciendo lo que creían que él quería oír, que nunca había podido saber cómo eran en realidad.

Y se estaba dando cuenta de que Bella era una mujer de la que le gustaría saber muchas cosas.

—Además, ¿qué pasará cuando la esperada boda no llegue nunca?

En ese momento, Bella sonrió. Y aquella sonrisa hizo que algo se le encendiera por dentro.

—Eso es lo mejor —le confió ella—. Un par de meses después de la reunión, llamaré a mi madre y le diré que he roto con mi novio.

Edward sacudió la cabeza. Realmente, lo había planeado todo con detenimiento.

—Pero, la gente empezará a decir de nuevo eso de la «pobrecita Bella ».

—No —sonrió ella de nuevo. Aquella vez, el calor que le producía su sonrisa no lo pillo desprevenido—. Seré yo quien rompa el compromiso, de modo que nadie podrá sentir pena por mí.

—Asombroso —murmuró él.

—¿Verdad?

Lo realmente asombroso del asunto era que Bella hubiera tenido que inventarse aquel plan.

¿Por qué no tenia media docena de hombres esperando en la puerta de su casa?, se preguntaba.

¿Cómo una mujer tan guapa como ella podía seguir soltera? ¿Y por qué él no podía apartar los ojos de su cara?

Edward había querido volver a Forks para relajarse, para descansar. Pero no podía dejar de pensar en las piernas de Bella. En la sonrisa de Bella. En los ojos de Bella.

¿Eran realmente tan cafeces o se habría puesto lentillas?, se preguntó de repente. Nadie podía tener unos ojos tan claros, tan brillantes. Tan inocentes.

—¿Y por qué me lo cuentas a mi?
—Pues… porque tenía que contárselo a alguien.

—Ya —murmuró él. Aunque fuera un compromiso de mentira, por alguna razón, le molestaba aquel anillo.

—Pensé que podrías ayudarme a inventar un príncipe azul —explicó. Él la miró sorprendido—. Por los viejos tiempos, Edward. Éramos amigos, ¿no?

No se habían visto en diez años y Edward se preguntaba si realmente habían sido amigos alguna vez. Diez años después, su cuerpo reaccionaba ante aquella mujer como no lo había hecho antes con ninguna otra. Ninguna sonrisa había hecho que se encendiera como la sonrisa de Bella.

¿Eran esas reacciones amistosas?

En ese momento, Bonnie se acercaba a la mesa acompañada de otras tres camareras.

—Oh, no —murmuró él.

—Oh, no —murmuró Bella, al ver a las tres mujeres. Sonriendo, Bonnie dejó el pastel de manzana en la mesa. Sobre él había colocado una velita—. Bonnie…

—Ésta es una celebración —dijo la camarera.

Bella miró a Edward. Edward miró a Bella.

Las camareras empezaron entonces a tararear la marcha nupcial y, un segundo más tarde, la mitad del restaurante se unía al coro.

El rubor de sus mejillas era dulce. El brillo de sus ojos, enternecedor. Y un pequeño trozo de hielo en el corazón de Edward empezó a derretirse.

Los ojos de Edward y Bella se encontraron de nuevo. Entre ellos parecía haberse creado un lazo de unión.

Cuando llegaron al motel era muy tarde y Bella estaba agotada. Subiendo la escalera a trompicones, deslizó la llave hasta la cerradura con los ojos cerrados. Cuando consiguió abrir, el olor a desinfectante de la habitación la obligó a hacer una mueca de desagrado.

Edward la seguía, con su maleta en la mano.

—Al menos, sabemos que la habitación está limpia.

—Estoy tan cansada que me daría igual si fuera una tienda de campaña —murmuró Bella, dejándose caer sobre la cama.

Edward encendió la luz, sonriendo.

—¿Quieres que te suba el desayuno mañana?

Haciendo un esfuerzo, ella levantó la cabeza de la almohada.

—¿A qué hora quieres que nos levantemos?

—Me gustaría salir temprano.

—¿Cómo de temprano? —preguntó ella, mirando su reloj. Sólo eran las once de la noche, pero le parecían las tres de la mañana.

—Querría estar en la carretera a las siete.

—¿A las siete de la mañana?

Edward lanzó una carcajada. La risa del hombre era tan masculina que Bella sintió un escalofrío.

—Puedo subirte un café para que te despiertes.

—Un litro, por favor —murmuró ella, dejando caer la cabeza sobre la almohada de nuevo—. Sólo y sin azúcar.

—Sí, señora —dijo él, volviéndose hacia la puerta—. Buenas noches, Bella.

—Buenas noches.

—Cierra la puerta antes de que te quedes dormida.

—Sí, mi capitán.

Pensó que lo había oído reír de nuevo, pero no estaba segura. Un segundo después, había salido de la habitación.

Bella suspiró y se dio la vuelta en la cama. La calidez del colchón la envolvía y empezaba a quedarse dormida, pero unos golpes en la puerta interrumpieron groseramente su sueño.

—¡Vete!

—No hasta que cierres con llave —dijo él desde el pasillo. Edward era tan obstinado como para quedarse allí toda la noche y, murmurando una maldición, Bella se levantó de la cama. Pero, como siempre, se golpeó el pie con la pata de la mesilla y lanzó un gemido de dolor—. ¿Te pasa algo?

—No —gruñó ella, cerrando con llave—. ¿Ya estás contento?

—Feliz —contestó él. El ruido de sus pasos indicaba que se dirigía a su habitación.

Bella tardó un minuto en quitarse la ropa y poner el despertador a las seis de la mañana.

Después, se arrastró hasta el cuarto de baño y se quitó las lentillas. Cuando volvió a la habitación, cayó de bruces sobre la cama y se quedó dormida.

Las nubes, suaves y rosadas, se movían por el cielo iluminadas por los primeros rayos del sol.

Eran las seis y media y Edward estaba preparado para retomar el viaje. Había pagado la cuenta del hotel, guardado las maletas en el coche y disfrutado de su desayuno mientras daba tiempo a Bella para despertarse.

A pesar de la cómoda habitación, no había dormido mucho aquella noche. La cara de Bella había aparecido en sus sueños. La cara y algo más. Bella Swan no tenía por qué aparecer en sus sueños, se decía. Era la hermana de Rose, una amiga, una cría.

Sí, claro, pensaba. Una cría con piernas de modelo.

—Estupendo —murmuró, mientras subía a buscarla. No iba a ocurrir nada entre ellos. Pasarían unos días juntos, irían a la reunión del instituto, visitarían a su familia y después seguirían con sus vidas. Probablemente, no volverían a verse nunca más.

Pero la idea de no volver a ver a Bella Swan lo molestaba y no sabía por qué.

Con dos bollos envueltos en papel celofán y dos tazas de café en la mano, Edward golpeó la puerta de la habitación con el pie.

Pero no hubo respuesta.

—¡Hora de levantarse! —llamó desde el pasillo.

—¡Voy! ¡No sigas dando golpes! —escuchó la soñolienta voz de Bella un segundos después.

Edward estaba sonriendo, pero la sonrisa se congeló en sus labios cuando ella abrió la puerta. Se le había quedado la boca seca y estaba casi seguro de que su corazón se había parado. Recortada en el umbral, Bella sólo iba cubierta por una pequeña toalla.

Allí estaba, en carne y hueso, como la había soñado la noche anterior. Edward la miró de arriba abajo, observando las gotas de agua que caían por sus hombros desnudos. Necesitaba ayuda. Y rápidamente.

—¿Edward? Espero que seas tú —dijo ella.

—¿Qué?

En ese momento, Edward se dio cuenta de que Bella lo miraba guiñando los ojos. Irritado, se dio la vuelta para comprobar si había alguien más disfrutando de aquella visión. Afortunadamente, el pasillo estaba vacío.

—Gracias a Dios, eres tú —sonrió ella entonces—. No veo nada sin las lentillas… Mi café. Gracias —añadió, alargando la mano.

Edward la observó inhalar el aroma del café y tomar un sorbo. Tenía que hacer un esfuerzo para no apartar los ojos de su cara.

—De modo que no sabías si era yo —dijo, después de aclararse la garganta—. ¿Siempre abres la puerta sin preguntar? ¿Y cubierta con una toalla?

—No se me ve nada —replicó ella—. ¿No?

—No, pero…

—Vamos, capitán —sonrió ella—. En la playa voy menos vestida.

—Eso es diferente —replico él bruscamente.

—¿Por qué? —preguntó Bella. Porque una toalla podía ser apartada y tirada al suelo con facilidad, pensaba Edward sintiendo que su cuerpo se tensaba—. Anda, entra. Es demasiado temprano para discutir.

—Te esperaré abajo.

—No seas bobo. Hazme compañía mientras me visto —insistió ella, tomando otro sorbo de café.

La forma en que sus labios se cerraban sobre el borde de la taza era suficiente para que Edward empezara a sudar—. ¡Mmm, qué rico está! —murmuró, antes de darse la vuelta.

Él era un marine, se recordaba Edward a sí mismo. Entrenado para soportar cualquier situación.

—Está bien —murmuró, entrando en la habitación. Solo serían unos minutos. Y sólo tendría que imaginar a Bella con el aparato en los dientes y las pecas para recuperar el control.

Pero cuando volvió a mirarla, vio que la diminuta toalla apenas cubría la curva de su trasero y tuvo que tragarse un gemido. Cuando Bella iba a entrar en el cuarto de baño, se golpeó sin querer contra la cómoda—. ¿Te has hecho daño?

—¿Qué? Ah, no —contestó ella, inclinándose sobre el espejo.

Edward tuvo que apartar los ojos. Al inclinarse, mostraba gran parte de lo que no quería ver.

—Sólo tardaré cinco minutos.

Edward volvió a mirarla entonces y vio que había pegado un papel sobre el espejo.

—¿Qué estás haciendo?

—Poniéndome guapa —contestó ella—. Es todo un número.

—¿En serio?

—Sí, mira —dijo ella, indicándole que entrara en el cuarto de baño. Edward tuvo que meterse las manos en los bolsillos mientras se acercaba.

Bella se puso unas gafas y estudio el papel durante unos segundos antes de tomar un bote con polvos de color melocotón que empezó a ponerse en la cara con una brocha—. Compré todo esto hace un par de semanas —susurró, leyendo el papel de nuevo antes de tomar otro frasco de cosméticos—. Solo tengo que seguir el orden.

—Ya —susurró él, dando un paso atrás. Tenía que mantener la distancia de seguridad.

Edward la estudiaba mientras ella se aplicaba el maquillaje y el colorete. No estaba mal, pensaba.

A pesar de las capas de pintura de guerra, seguía pareciendo natural. De modo que, ¿para qué se pintaba?

En su opinión, no necesitaba todo aquello. Incluso recién salida de la ducha, estaba preciosa. La suave piel de porcelana brillaba bajo el fluorescente y, tras las gafas, sus ojos chocolates eran brillantes y hermosos. Eso contestaba a una de sus preguntas del día anterior. Los ojos cafeces eran de verdad. Era simplemente, Bella.

Como su simpatía con la camarera o su inocencia sobre el absurdo compromiso. Bella era así. Y lo estaba volviendo loco.

Sin poder evitarlo, Edward dejó que sus ojos se deslizaran hacia el escote. La sensual curva de sus pechos se marcaba bajo la delgada tela de algodón.

Bella era así.

Un problema.