El día siguiente no fue muy distinto del anterior, a excepción, claro, del incidente en Walden. Aquello le hizo pensar en Bellamy. Por un momento, consideró pasar por Walden, pero rápidamente desechó esa idea. Por dos razones.
Para empezar era una locura, ya que si iba sola podría ocurrirle algo. Nunca había tenido miedo de pasar por allí, hasta lo de ayer. Por lo visto, había gente que no tenía escrúpulos.
Por otra parte, no quería pensar en nada que tuviera que ver con cualquier tipo de sentimientos. No tenía gana de pasar tiempo con nadie y, sin embargo, el joven cadete provocaba en ella un despertar y un interés que hacía tiempo no experimentaba.
Por todo ello, se obligó a apartarlo de su mente.
Se encaminó hacia su casa sin pasar por la biblioteca —ya que ni había quedado con Wells ni necesitaba ningún libro en aquel momento— y, mucho menos, por Walden. Quería llegar a su casa cuanto antes y descansar. O, más bien, ponerse con el trabajo y seguir estudiando para adelantar materia.
Sin embargo, alguien se interpuso en su camino cuando caminaba por los pasillos de Poenix; alguien a quien no quería ver ni en pintura.
—Hola, preciosa —la saludó el chico altivamente y con arrogancia. A Clarke nunca le había entusiasmado, hasta que empezaron a salir. Él siempre la llamaba así para picarla y a ella empezó a parecerle divertido. Sin embargo, ahora no soportaba aquel mote; lo odiaba.
Intentó ignorarlo y seguir su camino, pero el chico se situó frente a ella, impidiéndole avanzar. De pronto, no supo por qué, no pudo evitar compararlo con Bellamy: era alto, pero no tanto como el cadete.
—¿A dónde crees que vas? —le dijo con voz firme. La chica ni siquiera se dignó a mirarlo—. No piensas saludarme siquiera.
—Aparta de mi camino, Connor —esta vez sí lo miró a los ojos, pero sólo para lanzarle una fría y dura mirada llena de odio.
—Preciosa, no podemos seguir así —su voz sonó ahora más tierna. Sin embargo, a ella no la iba a engañar; era sólo una treta más de las suyas.
—No vuelvas a llamarme así —dijo Clarke lenta y extrañamente calmada, aunque, en realidad, estaba furiosa.
—A mi chica siempre le gustaba que la llamara así —lsonrió en un intnto de parecer seductor, pero ya nada en él se lo parecía. El chico alzó la mano en un intento de acariciarle la mejilla, pero ella rápidamente le apartó la mano de un manotazo y lo miró furiosa.
—Yo no soy tu chica. Ya no hay nada entre nosotros —le dijo firmemente con una voz helada—. Y no siempre me gustó que me llamarás así —dicho aquello, lo rodeó para seguir su camino, pero él la agarró del brazo con fuerza y la hizo girarse para miraelo de frente con la intención de discutir con ella.
—¡Suéltame, Connor! —le dijo con una profunda rabia.
Pero antes de que él pudiera replicar, una voz conocida llamó a Clarke tras ella. La muchacha se volvió y vio a su amigo Wells. El opresor de la chica también lo miraba.
—¿Te está molestando? —Le preguntó su amigo acercándose a ella. La joven se liberó del agarre de un tirón.
—No, él ya se iba —dijo Clarke, mirando a Connor con una expresión fría y de desprecio en su rostro. El chico la miró con rabia un momento antes de darse media vuelta y seguir su camino, alejándose furioso.
—¿Estás bien? —le preguntó Wells cariñosamente.
Aunque la chica aparentaba ser fuerte, lo cierto era que no se sentía así. Sus ojos amenazaban con derramar las lágrimas que tenía acumuladas. Sin embargo, se las tragó y se tomó unos segundos para contestar.
—Sí, no te preocupes —pudo controlar su voz para que no sonara quebrada, sino inexpresiva.
—¿Estás segura? —le preguntó, ahora con el ceño fruncido—. Porque ayer no apareciste por la biblioteca; te estuve esperando casi una hora —Clarke se acordó de pronto y se sintió mal. Pero su amigo no parecía enfadado, sino preocupado—. Tampoco me contestaste a los mensajes. Estaba muy preocupado; creía que estabas enferma o que te había pasado algo.
—Lo siento, Wells; de verdad —le aseguró con sinceridad la chica—. No quería preocuparte. En cuanto a los mensajes, no los leí; se me pasó por completo —la culpabilidad cruzó el rostro de la joven—. Y no llegué a tiempo a la biblioteca porque ayer salí algo más tarde y luego tuve un pequeño percance.
Clarke se arrepintió en seguida de haber dicho aquello último. Su amigo ahora parecía aún más preocupado.
—¿Un percance? —dijo atónito—. ¿Con quién? No sería otra vez el idiota de Connor, ¿verdad? —pero por su expresión, la muchacha estaba segura de que él creía que se trataba de aquel chico que tanto daño le había hecho. Sin embargo, Wells sólo conocía la mitad de la historia; pero, en realidad, él no sabía la razón principal por la cual Clarke había acabado su relación con Connor y por qué ahora le odiaba tanto.
—No, no, no te preocupes —se apresuró a aclararle—. Él no tuvo nada que ver.
Como su amiga no continuó, Wells le insistió.
—¿Y bien? —Wells se cruzó de brazos y alzó una ceja mirando a Clarke interrogante, esperando a que le contara lo sucedido. Sin embargo, ella sabía lo que su amigo le diría acerca de rondar los pasillos de Walden. Y la muchacha no tenía ganas de discutir. Pero no sabía qué otra cosa decirle; Wells no dejaría de insistir hasta sacarle la última palabra—. ¿Vas a contarme lo que ocurrió?
—Unos chicos quisieron hacerme daño por entrar en su distrito —suspiró finalmente, después de un leve silencio. Y, rápidamente, añadió al ver su rostro aterrorizado—: Pero no me pasó nada porque un cadete me defendió. De verdad, no tienes que preocuparte; estoy bien.
—¿En qué estabas pensando? —dijo simplemente, alzando ligeramenye la voz.
—Sólo quería tomar un atajo —se defendió ella.
—Clarke, sabías de sobra lo que podía pasar —dijo, ahora sí, enfadado.
—No es la primera vez que paso por ahí —se excusó—. Nunca me habían intentado hacer daño. ¡Y, de todas formas —añadió, furiosa—, puedo cuidar de mí misma! ¡Si el guardia no hubiera estado allí, me habría defendido yo sola!
—Mira, yo sólo quiero que me prometas que no volverás por allí —dijo ya calmado, con un suspiro. No le gustaba discutir con ella. Clarke sabía que sólo se preocupaba por ella; eran mejores amigos, junto a Glass, desde que tenían memoria.
—No hace falta que me lo digas —dijo ella, también calmada—. No tengo ninguna intención de volver.
—Me alegro de oír eso —sonrió. Y, cambiando de tema, le dijo—: ¿Qué vas a hacer esta noche?
Clarke le miró.
—Me quedaré en casa estudiando y adelantando materia de un trabajo que tengo que exponer en unas semanas.
—¿En serio, Clarke? ¡Venga ya, es viernes!
La chica no contestó, simplemente suspiró.
—No irás a quedarte un viernes por la noche encerrada en tu casa, ¿no?
De nuevo, silencio.
—Vamos, Clarke, necesitas divertirte —insistió su amigo—. Ya no sales con la gente. Los únicos con los que realmente hablas, somos Glass y yo; y a penas te vemos el pelo... —pero ella lo interrumpió.
—Necesito tiempo, Wells. ¿Vale? —le dijo simplemente.
—Han pasados meses, Clarke. Algún día tendrás que superarlo; seguir con tu vida.
—Pero ese día aún no ha llegado —dijo muy seriamente.
Wells suspiró profundamente, derrotado.
—No puedo hacerta cambiar de idea, ¿verdad?
—No —negó Clarke con la cabeza.
—¿Puedo, al menos, acompañarte a casa?
—Preferiría volver sola —pero añadió, al ver su rostro entristecido—: No te preocupes. Estoy bien, de verdad. Nos veremos semana que viene —le sonrió cariñosamente y siguió su camino. Pero tan sólo había dado un par de pasos cuando Wells la llamó:
—Clarke —ella se volvió para mirarlo—. Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? —y añadió—. Siempre.
—Por supuesto —sonrió—. Tú y Glass sois mis mejores amigos. Desde siempre y para siempre.
Y continuó su camino hacia su casa, dejando a su amigo con una tierna sonrisa en los labios.
