Disclaimer: Los juegos del hambre y Teenage Mutant Ninja Turtles, personajes, situaciones y demás, no son de mi propiedad sino de sus respectivos autores.

Quiero agradecer a mi beta reader Haoyoh Asakura, porque sin ella estos capítulos que han sido publicados hasta ahora no serían posibles.

Gracias a todos aquellos que han dejado review (y a los que no también =D) espero que este cap sea de su agrado.

Capítulo III

-¡¿Qué vas a dónde?!- Exclamó Casey al oír las palabras de su amigo.

-Ya me oíste.- Repuso la tortuga, dirigiéndose a la salida del pequeño apartamento; Casey lo alcanzó y logró detenerlo antes de que abriera la puerta.

-¡¿Estás loco?! Sí, eso debe ser, no se puede recibir tantos golpes en la cabeza sin secuelas... ¡¿Qué pretendes hacer allá?!-

-¡Salvar a mi hermano! ¡No dejaré que el Capitolio lo mate!- Exclamó abriendo la puerta.

-¡Amigo, te entiendo, yo en tu lugar sentiría lo mismo!-Dijo Casey, cerrándola.- ¡Pero en este momento no puedes hacer nada!-

-¡¿Entonces qué pretendes qué haga?! ¡¿Que me quede aquí y observé los juegos como cualquier otra persona?! ¡¿Que vea a mi hermano ser perseguido para asesinarlo en vivo a todo Panem, esperando que "la suerte esté de nuestro lado"?! ¡Por favor!-

-¡Pero sabes bien que no puedes sacarlo! ¿Eso quieres, ir por él y sacarlo de ahí?, recuerda, no puedes, todo Panem tiene la vista en él ahora, está rodeado de agentes de la paz y del poder del Capitolio y por si lo habías olvidado, los ojos del país no solo están sobre él, si no mal recuerdo, a los tributos se les hace un total seguimiento televisivo, ¿no es así? Tú debes saberlo mejor que yo ya que has visto los juegos; entonces recuerda que en ese seguimiento televisivo suelen entrevistar a los familiares y amigos de los tributos; ¿Qué pasaría con tus otros hermanos si vas y lo sacas de ahí?-

Rafael dio un golpe a la pared con el puño; Casey tenía razón, su plan simplemente no funcionaría, no así; como justamente Leo le decía, debía meditar bien las cosas antes de actuar.

Y eso lo llevaba al plan "B".

-¿En qué estás pensando?- Preguntó Casey, extrañado al verle serenarse de repente y luego sonreír con malicia.-

-En que de todas formas voy a ir.-

-¿A qué?- Insistió el muchacho; en verdad que no alcanzaba a comprender a esa tortuga.

-A brindarle toda la ayuda externa que pueda.- Respondió, abriendo la puerta y saliendo por fin por ella; Casey salió tras él.

-¿Y ya has pensado cómo hacerlo?, ¿Qué le dirás a la presidenta Coin?-

-Que el soldado Hamato se halla en receso.-

-¿Y por lo menos sabes cómo saldrás de aquí y llegarás hasta el Capitolio?-

Rafa se detuvo un instante, para luego reemprender su marcha.

-Ya veré como.-

Casey rodó los ojos, para luego acercarse más a él.

-Ven, por suerte para ti, tengo muchos amigos que me deben enormes favores.- Dijo, tomándolo del brazo y llevándolo consigo.

Leonardo fue conducido por los agentes de la paz al interior del Edificio de Justicia, dejándole solo en una elegante sala, con molduras de madera brillante en las paredes, piso alfombrado, grandes libreros repletos de tomos forrados en piel y suaves sillones de terciopelo negro.

Aquella sala estaba destinada para que los tributos se despidieran de sus familiares y amigos.

Instantes después la puerta se abrió; Miguel Ángel y Donny entraron por ella; el agente que les había permitido la entrada cerró para dejarlos solos. De inmediato, ambos niños se lanzaron hacia su hermano, quien ya los esperaba con los brazos abiertos.

-¡No debiste!- Exclamó Mickey, ocultando su rostro en el pecho de Leo, llorando a más no poder. Donny asentía, de acuerdo con su hermano menor, incapaz de poder pronunciar palabra alguna a causa de las lágrimas.

-No lloren... por favor.- Murmuró. Internamente se maldecía a sí mismo; se había dicho que no debía llorar y sin embargo su corazón le estaba traicionando al verlos en ese estado; ambos le parecían tan pequeños e indefensos, el simple hecho de dejarlos solos a su suerte le desgarraba el alma.

Tratando de mantenerse firme tomó aire; debía mostrar entereza y no preocuparlos de más.-... estaré bien...- Agregó, aunque en verdad no sentía mucha seguridad en sus propias palabras.

-Tienes que estarlo.- Replicó Donny, mirándolo con firmeza.- Tienes que ganar... ¡puedes ganar!-

-Yo...-

-¡Claro que puedes!- Apoyó Mickey a Donny.- ¡Si alguien puede ganar los juegos eres tú! ¡Eres un gran cazador y estás bien entrenado!- Añadió el niño en un susurro, pues temía que alguien pudiera oírlos, pero sin perder la convicción.

-Mickey tiene razón, Splinter nos entrenó, sabemos cosas que otros no, ¡Tienes una oportunidad!- Insistió Donatello.

-¡Tienes que hacerlo, Leo... por favor, tienes que hacerlo! ¡Tienes qué regresar!-Insistió Miguel Ángel, suplicante, pues obviamente para él el que su hermano ganara no significaba la fama y la fortuna, sino el hecho de que volvería a casa.

Leonardo miró a sus pequeños hermanos; aún tenían los ojos llenos de lágrimas, pero mantenían la esperanza en sus miradas; el muchacho les abrazó con fuerza, aferrándose a ellos como si su vida dependiera de ellos y no de lo que pudiera pasar en la arena.

-Lo haré... ganaré.- Musitó con convicción sin soltarlos, volviendo a aferrarlos contra él; los niños hundieron sus rostros en el pecho de Leo. Aun abrazándolos con fuerza, susurró.-Escuchen bien, continúen con el huerto y el trabajo y estarán bien; ustedes también pueden cazar si lo necesitan; Donny, tú sabes cuál es el punto ciego de la barda eléctrica; las armas se encuentran en un árbol hueco a treinta pasos de ahí, búsquenlas y cacen solo si es necesario, hagan lo que sea pero nunca pidan una tesela, ¿me oyen? ¡Jamás se anoten por las teselas ni se acerquen a Cray!-

Y la advertencia sobre Cray no era para menos, pues ¿Cuántas veces no le había hecho a él mismo infinidad de propuestas degradantes a cambio de darle comida para sus hermanos? Cuando recién habían perdido a Splinter y Leo buscaba la manera de sacarles adelante, el jefe de los agentes de la paz le insistió mil y un veces para que terminara en su cama a cambio de alimento; por suerte para Leo, faltaban unos días para su cumpleaños y poder anotarse para las teselas, por lo cual no tuvo que caer en aquella trampa; ya que si no hubiera sido de ese modo…

El chico simplemente esperaba que el pérfido hombre no empezara a buscar a sus hermanitos, intentando hacerles caer al no haberlo conseguido con él.

-Lo entendemos... yo me haré cargo.- Replicó Donny, pues él sería ahora la autoridad de la casa y sentía la necesidad de que su hermano mayor se quedara tranquilo, además, Mickey seguía sollozando y era incapaz de pronunciar palabra alguna.

Leo se aferró aún más a ellos, en especial cuando escuchó que la puerta se abría ya que eso significaba que era hora de separarse; Los niños también se percataron, por lo que le abrazaron con aun más fuerza y parecían no estar dispuestos a soltarlo ni a dejarlo ir; por fortuna la agente que entró esta vez era Purnia, una de las amigas que Leo había hecho en el quemador.

-Vamos niños, ya casi es hora y hay otras personas que quieren ver a su hermano antes de irse.-Murmuró la mujer, acercándose a ellos y tomándoles suavemente del hombro.

Leo comenzó a separarse lentamente de ellos; sus ojos comenzaban a brillar por las lágrimas que luchaba por contener. Tomó el rostro de Donny entre sus manos y le depositó un beso en la frente, pasando luego a tomar el de Mickey, haciendo lo mismo; el llanto del menor se incrementó; se colgó del cuello de su hermano devolviéndole el beso, en la mejilla.

Ambos niños tuvieron que abandonar la sala acompañados por Purnia; al cerrarse la puerta, Leo comenzó a llorar. Nuevamente escuchó que la puerta se abría por lo que le dio la espalda mientras se pasaba la mano rápidamente por los ojos.

-¡Leo!-

El chico se giró encontrándose con Abril y su madre; ambas también se hallaban ahogadas en llanto. La joven corrió a los brazos de su amigo y le abrazó con fuerza; no pudo decir nada más, pero su llanto era más elocuente que las palabras. La señora O'neil se acercó también y le abrazo fuertemente.

-Estoy muy orgullosa de ti.- Musitó la señora entre lágrimas.- Y sé que tu padre y tu hermano lo estarían también.-

-Gracias.- Dijo el niño con voz ahogada.

-Leo, ¡Tienes que ganar! ¡Te prohíbo perder! ¿Entiendes?- Dijo Abril, mirándole con firmeza.

-Lo sé... se lo he prometido a ellos.-

-Cuidaré de los chicos, Leo, te lo prometo.- Añadió la señora O'neil.- No les dejaré tomar ni una tesela.- Dijo, adivinando su pensamiento. El niño asintió con la cabeza, nuevamente, agradecido.

-Toma, te lo envían los del quemador.- Intervino Abril, sacando algo de un bolsillo y entregándoselo al muchacho.- Te dejan llevar algo de tu distrito y ellos querían que tuvieras esto.-

El chico tomó el regalo, sonriendo al pensar en sus amigos; le habían enviado un broche redondo con un ave en el centro que sostenía una flecha en el pico.

-Ellos dicen que no dejaran solos a Donny y a Mickey, que no dejaran que nada les falte.- Agregó la pelirroja; aquellas palabras terminaron por derrumbar al joven quien ocultó su rostro entre las manos y comenzó a sollozar. Ambas mujeres le abrazaron nuevamente, sin poder decir más.

La puerta se abrió de nuevo, señal de que su tiempo se había terminado. Las dos mujeres besaron el rostro del chico, renuentes a separarse, pero sin poder hacer nada al respecto; nuevamente, Purnia era la encargada de escoltar a las visitas fuera de la sala; les dio el tiempo necesario para despedirse y luego las llevó fuera del lugar; al quedarse solo, Leo aprovechó el tiempo para secar sus lágrimas; pues ahora lo llevarían al tren que habría de trasladarlo al Capitolio y la estación estaría repleta de cámaras; no quería que le vieran llorar.

Casi de inmediato, otro grupo de agentes llegó para escoltar al chico al tren. Al dejarlo en él, los agentes se retiraron, dando paso a otro grupo que escoltaba a Belle; la joven parecía demasiado ensimismada y triste, y no reparó en Leo en lo absoluto. Permanecieron unos minutos en la puerta del tren, siendo devorados por las cámaras fotográficas y de televisión que enviaban sus imágenes a todo Panem. Al final, Effie Trinket, la acompañante oficial enviada por el Capitolio y que había sido la encargada de llevar a cabo el sorteo de la cosecha, abordó el vagón; tras cerrarse la puerta, la máquina dio inicio a su veloz marcha, alejándose del distrito doce.

Leo miró por la ventana hasta perder de vista la estación y luego los bosques; jamás imaginó que llegaría a echar de menos aquel lugar.

-Oh, vamos, no se queden aquí.- Dijo Effie con voz animada.- El tren es veloz, pero aun así tardaremos un día para llegar al Capitolio, es lo malo de ser el último distrito, ¿no lo creen? Por favor, síganme, que no les de pena, este tren es prácticamente será su hogar hasta que lleguemos a la gran ciudad, Cada uno cuenta con una habitación; Leonardo, la tuya será la que se halla al fondo de este pasillo, Belle, la tuya es la continua a la de Leonardo, ¿No es maravilloso?- Añadió con un chillido animado, pasando entre los dos en dirección al siguiente vagón.

Leo, cuando por fin perdió de vista al distrito doce, siguió a Effie, mirando de reojo a Belle, que aun parecía clavada en su lugar; antes de pasar de vagón, se detuvo.

-¿No vas a venir?- Le preguntó con suavidad, logrando por fin que la chica reaccionara. Esta le miró con cierto desconcierto, como un pajarillo asustado que cayera del nido.

-Sí... sí, ahora mismo voy...- Murmuró, asintiendo nerviosamente con la cabeza. Leo suspiró; no podía culparla; él se encontraba ahí por decisión propia, pero para Belle la asignación había sido cuestión de suerte y por lo visto, era algo que aún no conseguía digerir y la verdad, no podía evitar sentir pena por ella.

El chico entró al vagón siguiendo a Effie. Aquel lugar era extremadamente lujoso y amplio; las paredes, de gris metálico contrastaban con la sala de terciopelo azul y la gran mesa comedor de caoba que yacía en el centro, rodeada de sillas acojinadas; sobre la mesa yacía un enorme banquete; pavos horneados bañados en salsa, filetes rebosantes de champiñones, pescados asados recubiertos de rodajas de frutas y una gran variedad de bebidas y postres. El chico estaba impactado; el aroma era exquisito y aunque no lo quisiera, le despertaba el apetito.

-Vamos, come algo, aun nos esperan muchas horas.- Dijo Effie con una amable sonrisa.- ¿Dónde está Belle?- Inquirió, buscándola con la mirada.

-Vendrá enseguida.- Respondió el muchacho aún en su lugar. Respiró profundo y meditó; después de todo ahora debía pensar en lo venidero y dejar la melancolía atrás... por lo menos por ahora, además debía pensar en ganar los juegos, se lo había prometido a sus hermanos y era algo que pensaba cumplir, por muy difícil que fuera, y para lograrlo debía conseguir el peso que jamás tuvo viviendo en el distrito doce. Tomó una de las sillas más cercanas y se sentó ante la mesa, dispuesto a comer como era debido.

El chico miró nuevamente la mesa sin saber por dónde comenzar; algunos de esos platillos no los conocía y por ende no los había probado en su vida. Cerca de él había un gran faisán bañado en jugo de naranja que desprendía un aroma delicioso; y junto a él se hallaba una charola llena de las más hermosas y apetitosas galletas que jamás hubiera visto. Leo recordó las que exponían en la vitrina de la panadería del distrito, que de hecho, comparadas a estas no eran tan atractivas; a Miguel Ángel le encantaba mirarlas, pues siempre se veían doradas y decoradas con glaseado que representaba distintas flores y figuras de colores; pero por desgracia no podían hacer más que admirarlas de lejos ya que comprarlas era un lujo que no podían permitirse. Sin pensar, Leo tomó una servilleta de tela, la colocó en su regazo y comenzó a llenarla discretamente de aquellas doradas y coloridas galletas, pensando en guardarlas para su pequeño hermano.

-¿Llevaras un bocadillo a tu cuarto? De acuerdo, yo no soy partidaria de comer golosinas en la habitación, pero supongo que una vez no hace daño; pero no solo te llenes de dulces, hay mucho para probar.- Dijo Effie con una sonrisa. Leo cayó de su ensueño a la realidad de golpe; no podía llevar esas galletas a Mickey ya que no sabía cuándo volvería a verlo... si es que lo veía otra vez. Comenzó a mordisquear una con desilusión.

Poco después Belle ingresó en el vagón, tomando asiento casi enfrente de Leo quien, en aquel momento, daba cuenta de un muslo de faisán el cual, muy a su pesar, debía reconocer que estaba delicioso. Effie sonrió a la chica, invitándola a unirse a la comida.

-Bien, ya casi todos estamos aquí.- Dijo la mujer con agrado.- ¡Si tan solo Haymitch se dignara a acompañarnos...!- Musitó con cierta molestia.

Leo paró de comer y miró a Effie; era verdad, Haymitch Abernathy, el único vencedor de los juegos que tenía el distrito doce no se había aparecido aun, y era obvio que tenía que estar ahí con ellos; como vencedor de los quincuagésimos juegos del hambre, Haymitch ahora debía fungir como mentor de los tributos, es decir, como mentor de Leo y Belle; Haymitch debía entrenarlos, aconsejarlos, ver por ellos y buscarles patrocinadores en cuanto llegaran al Capitolio.

-¿Dónde está?- Preguntó a Effie; la mujer se esforzó por esbozar una sonrisa.

-La verdad, no lo sé, quizá se encuentre en su habitación, espero que se nos una pronto.- Repuso, esperando que este no se hallara ebrio, como acostumbraba a estarlo.

Pero sus esperanzas pronto se fueron al pozo, pues Haymitch apareció de repente, tambaleante, llevando una botella en la mano. Entró en el vagón con pasos torpes y mirando de reojo a los dos chicos se acercó a la mesa y tomó asiento en una silla cercana a Effie.

Aquella era la oportunidad, Leo dejó el muslo en el plato y miró a Haymitch, esperando para escuchar sus instrucciones; pero el hombre seguía en silencio, sin mirarlos y bebiendo directamente de la botella en su mano. El muchacho siguió esperando; cansado, se decidió a proceder por su cuenta.

-¿Y bien?- Le preguntó directamente. Haymitch no pareció darse por aludido.

Sin embargo, Leo no le quitaba los ojos de encima; el hombre por fin se dignó a mirarlo; apartando la botella de sus labios le interrogó.

-¿Sucede algo?-

-Sí.- Replicó el muchacho, comenzando a exasperarse.- ¿Cuál es el plan a seguir?-

-El plan a seguir es continuar vivo, niño, ¿no?- Le respondió Haymitch con desinterés, provocando que la tortuga se exasperara aún más.

-Eso es obvio, pero ¿Cómo vamos a hacerlo?- Insistió, comenzando a molestarse más, pero tratando de no estallar; él siempre le decía a Rafael que controlara su carácter, ¿no es así? A fin de cuentas debía continuar con el ejemplo.

-¿Cómo vamos a hacerlo? La verdad no tengo idea, niño; cómo puedes ver no me han dado mucho con que trabajar.- Dijo, mirándolo a él y luego a Belle, que continuaba metida en su propio mundo.

Leo se estaba indignando; era obvio que en el Capitolio, e incluso en el distrito doce, habían humanos que desconfiaban de los mutos y que incluso les consideraban ciudadanos de segunda clase, razón por la cual durante los juegos, los mutos no solían tener patrocinadores a menos que fueran de especies fuertes, imponentes y de gran presencia o provenientes de distritos de profesionales como el uno y el dos.

El hecho de tener un patrocinador podía ser la diferencia entre la vida y la muerte dentro de la arena; ¿Te quedabas sin comida durante los juegos y no podías conseguir nada? no había problema si tenías un patrocinador dispuesto a pagarte un plato de sopa; ¿Resultabas herido y precisabas medicina? Un buen patrocinador podía comprarla y enviártela a la arena, ¿no encontrabas agua ni excavando? Un patrocinador podía enviarte una botella llena.

Uno de los deberes de Haymitch era conseguir a esos patrocinadores, gente que quisiera presumir de apoyar al ganador y estuviera dispuesta a pagar por eso, pero al parecer, Haymitch la tenía difícil al tener que representar no solo a dos chicos de un distrito pobre y menospreciado, sino para colmo, mutos de especies débiles, y por lo visto, se estaba dando por vencido desde el principio.

Leo se estaba cansando, se acercó a Haymitch y le arrebató la botella al tiempo que estaba bebiendo, para luego arrojarla contra la pared donde fue a romperse en mil pedazos; el hombre miró al chico detenidamente mientras Effie y Belle observaban, sobresaltadas.

-Escúchame bien, Abernathy; quizá a ti ya no te importe, pero da la casualidad de que a nosotros nos interesa salir vivos de esto.- Siseó el muchacho en un vacuo intento por aun mantenerse ecuánime.

-¿A los dos?- Inquirió Haymitch mirando de reojo a Belle, que observaba espantada la escena.-Me parece que estás hablando de más, muchacho.-

-¡Vas a ayudarnos si no quieres que te parta la nariz en mil pedazos!- Exclamó el muchacho ya realmente molesto, pues aquel hombre se estaba tomando sus vidas muy a la ligera.

Haymitch le observó por un momento, para luego esbozar una sonrisa.

-De acuerdo, niño, si tienes esa determinación entonces no todo está perdido; ¡Ja! Y yo que creía que solo tu hermano era así de testarudo.-

Leo dio un leve respingo… ¿Acaso Haymitch había conocido a Rafael?

-Bien, niño, ¿Qué quieres saber?-

-Cómo… cómo ganar…- Murmuró aún algo aturdido por el comentario de Haymitch, volviendo a tomar asiento. El hombre le miró con detenimiento.

-Como ganar… bien, como sabes, eso no es sencillo, pero tampoco es imposible; lo que hay que saber de entrada es como ganar patrocinadores; es obvio que yo tengo que buscárselos, pero no pueden dejarme todo el trabajo a mí solo.-

-¿Y qué se supone que debemos hacer?- Inquirió Leo, entendiendo que él y Belle debían poner de su parte.

-Muy sencillo, juega su juego; sé que no es algo que te gustaría hacer, de hecho es algo que yo no hice en mis tiempos, pero te aconsejo que por tu bien… por su bien, lo hagan.- Agregó mirando a Belle nuevamente de reojo, aunque la chica parecía escucharlo sin mucha atención. Haymitch volvió a mirar a Leonardo.-Tienes que ser encantador muchacho, ganarte al público, echártelos a la bolsa; mientras más encanto despliegues más admiradores ganarás y eso puede ser la diferencia entre vivir o morir en la arena por falta de algo que puedas precisar.-

-Entiendo…- Musitó el chico aunque no sabía muy bien como haría eso; él era una persona tranquila y seria… aburrida, diría Rafael; gustaba de meditar y pasar su vida discretamente en recogimiento; ¿cómo haría de repente para ser encantador, adorable y querido por todos? Mickey era un experto en eso, en ser dulce y alegre de modo que todos de inmediato le querían y se alegraban con su presencia; era experto en ser adorable; quizá debía copiar un poco de la personalidad de su pequeño hermano.

-De acuerdo; ¿algo más?- Insistió el muchacho, dispuesto a no dejar escapar nada. Haymitch lo miró mientras se servía un vaso con jugo.

-Sí, pero ya lo sabrán cuando lleguemos al Capitolio; todo a su tiempo niño, todo a su tiempo.- Añadió, mirándolo por encima del borde del vaso; aparentemente cambiando su perspectiva con respecto a los tributos de ese año.

Después de la comida, Leo se dirigió a su habitación. Aquel lugar era realmente enorme, costaba trabajo creer que se hallaba dentro de algo tan estrecho como un vagón de tren. Contaba con una cama mullida y suave, mesa de noche, una cómoda llena de ropa variada, televisión y un baño; el piso estaba alfombrado con una esponjosa alfombra de textura tan agradable que daba gusto sentirla en los pies.

El niño tomó un baño; debía admitir que la ducha era sencillamente reconfortante; tenía una serie de botones variados que no solo daban agua caliente, fría o templada, sino que proporcionaban una serie de sustancias: aceites, champús, jabones líquidos o gel para baño, de distintos aromas y texturas. Leo salió del baño con un fuerte olor a flores y esencias al haberse equivocado y presionado distintos botones que terminaron llenándolo de casi todos esos productos.

Encendió la televisión y se recostó en la cama; a esa hora estaban repitiendo las cosechas, todas en un programa extendido con solo los mejores momentos de cada una de ellas. El chico se incorporó, prestando atención, ya que en sí eso debía ser un dato importante, saber de antemano a quien tendría que enfrentar en la arena.

El panorama era medianamente halagador, ya que había diversidad en los tributos de ese año; Leo observó con cierta preocupación a los del distrito uno, los profesionales, los que alimentaban y entrenaban desde su nacimiento para ese momento; aquellas eran verdaderas máquinas de matar y no era broma; el que parecía de mayor cuidado era un muto de león, enorme y de espaldas anchas procedente del uno y un muto de oso procedente del cuatro que le recordó a uno que intentó cazar en el bosque una ocasión… sin éxito.

Sin embargo, había otros que parecían más débiles, incluso un niño de doce años, lo cual hizo que su estómago se revolviera. Poco a poco llegaron a la repetición de la cosecha del doce y verla desde ese ángulo lo estremeció. El momento en que Effie nombraba a Belle y como la cámara se enfocaba directamente en ella cuando salía de entre las demás chicas; al chico le pareció ver detrás de la joven a dos chicas, una menor y otra mayor que Belle, con el mismo pelaje cobrizo de líneas oscuras tenues. Leo cayó en la cuenta por primera vez… ¿acaso Belle tenía hermanas o era hija única? Debía admitir que no sabía nada hasta ahora de aquella chica que se había convertido en su compañera de desgracias.

Después Effie nombraba a Mickey y Leo pudo ver lo frágil y pequeño que lucía cuando salió de entre la multitud; el miedo en sus ojos, la inseguridad en su rostro; luego él y Donny emergiendo de entre los otros como un par de locos desquiciados; el desconcierto en el rostro de sus hermanitos cuando él gritó su ofrecimiento y como luego, pese a no estar de acuerdo, Donatello luchaba por llevarse a Miguel Ángel, que a su vez, luchaba por quitar a Leo del camino.

Una risa amarga surgió de sus labios y se dejó caer de espaldas sobre la enorme almohada que se hallaba detrás de él. No se arrepentía en lo absoluto de su decisión y menos ahora que había visto la repetición de la cosecha; al contrario, debía ganar, estaba decidido, eso no lo ponía en duda, y debería esforzarse por conseguirlo a como diera lugar.

A la mañana siguiente el chico se puso de pie; notó que el tren se hallaba detenido; pensando que ya habían llegado, salió de la habitación con rumbo al comedor. Esperaba encontrarlos a todos, pero de nuevo, Haymitch era el gran ausente; el chico suspiró, derrotado, empezando a creer que era mejor no fiarse del todo de aquel hombre vencido por los años y el alcohol y que debería buscar por su cuenta la mejor manera de sobrellevar lo que se avecinaba.

-Buenos días. ¿Qué sucede? ¿Hemos llegado?- Saludó a Effie y Belle que se hallaban sentadas ante la mesa, tomando luego el mismo lugar que la noche anterior.

-Buenos días, querido. No, nos hemos detenido para la reposta; ¿dormiste bien?- Replicó Effie con aquel tono alegre que parecía no abandonarle nunca.- Espero que sí, porque hoy tenemos un día muy, muy, muy importante, era justo lo que le decía a Belle ahora mismo.-

Leo miró de reojo a la chica; parecía menos pasmada que ayer, pero aun guardaba un silencio casi sepulcral, cortado solo por su pausado respirar. El chico le sonrió con amabilidad.

-Buenos días, Belle.- Le dijo amablemente, logrando que la joven girara un poco su rostro para mirarlo, correspondiéndole con una breve sonrisa. El chico prefirió no presionar.- ¿Así que un día importante?- Le dijo a Effie, esperando que le pusiera al tanto de todo.

-¡Así es!- Replicó la mujer, emocionada por fin de tener un oído interesado en escuchar lo que tenía que decir.- En algunas horas llegaremos al Capitolio; ahí se encontrarán con su equipo de preparación y después de unos retoques…-Añadió, mirándolos con un ligero mohín, como si estuviera viendo a dos pordioseros colados en el tren.- ¡Iniciará el desfile de carrozas!-

El alma de Leo se le fue a los pies. El desfile de las carrozas, aquel evento en el que los tributos eran subidos a una carroza para ser presentados ante todo Panem; pero no era solo subirse y pasearse así nada más, no, antes, como Effie había dicho, debían pasar con su equipo de preparación, un grupo de estilistas que arreglaban al tributo en cuestión con ropas diseñadas para ellos exclusivamente. En el desfile de carrozas se acostumbraba que los tributos fueran con un atuendo que hiciera alusión a la industria de su distrito (distrito uno: joyería y artículos de lujo, los chicos solían ir vestidos con ropas elegantes, joyas y cosas de esa especie; distrito siete: proveía madera; los tributos solían salir vestidos con cosas referentes a la naturaleza o de árboles "como en obra escolar de kinder garden" había dicho Rafael en una ocasión), y siendo la minería y el carbón la industria del doce, las ropas que solían ponerles no eran precisamente muy halagüeñas.

Y aunque no le gustara admitirlo, al chico le preocupaba hacer el ridículo frente a todo el país.

-Si Rafa viviera… ya puedo imaginar cómo se reiría si me viera.- Murmuró para sí.

-¿Decías algo, querido?- Inquirió Effie, para luego dar un sorbo a su taza de té.

-No, nada, nada.-Replicó Leonardo, mirando de reojo nuevamente a su compañera… ojala él pudiera volverse catatónico como ella.

El tren comenzó su marcha otra vez.

Tal como dijo Effie, el arribo al Capitolio no tardo en suceder.

Leo admiraba por la ventana del vagón aquella enorme ciudad de altos edificios y cúpulas brillantes, hogar de la gente más despreocupada e insensible del mundo, se decía el chico. El tren llegó a la estación deteniendo su marcha; había una gran multitud en los andenes, esperando por observar a los tributos como iban llegando.

Pero no hubo mucho tiempo para detenerse a posar para las cámaras; Effie, y por fin, Haymitch que hacía de nueva cuenta su aparición; se llevaron a ambos chicos escoltados por un grupo de agentes al interior de un enorme edificio recubierto de brillantes cristales que reflejaban la luz del sol de manera casi cegadora; aquel era el centro de entrenamiento. En su interior fueron separados y llevados a salas distintas.

Leo fue subido a una especie de camilla donde un grupo de hombres con batas blancas y cubre bocas le rodearon. Comenzaron a observarle detenidamente y tras un breve dialogo entre ellos comenzaron a trabajar sobre el chico, aplicándole una serie de tratamientos tanto con extraños aparatos como con herramientas sencillas, repasándolo de pies a cabeza.

Al terminar, el grupo abandonó la habitación dejando al muchacho solo. Leo se puso de pie y se observó las manos y las piernas; su piel estaba casi irreconocible para él; pues todas las cicatrices que se había hecho durante sus entrenamientos con Splinter y sus hermanos o en las cacerías habían desaparecido; incluso una vieja cicatriz en su rodilla izquierda, obtenida en una pelea contra Rafael a los ocho años ya no estaba ahí; el chico se sintió extrañamente melancólico; era como si le hubieran borrado todo su pasado de golpe y eso le hacía sentir algo… vacío.

De repente entraron tres personas más, pero a diferencia de los primeros, estos no llevaban batas blancas; al contrario, iban vestidos con lo que, Leo supuso, era la última moda del Capitolio. Ropas de telas finas y suaves, de colores brillantes; el cabello de distintos colores estrafalarios, peinados de las maneras menos convencionales que el chico hubiera imaginado, y con maquillajes escandalosos que resaltaban sus facciones aunque estas no fueran muy atractivas.

-¿Puedes creerlo? ¡Nos tocó un verdecito!- Dijo uno de ellos… un hombre, pensó Leo, por la voz, porque su aspecto no dejaba nada claro.

-¡Ay, qué envidia! ¡Y pensar que yo pagué una millonada el año pasado para obtener un color como ese y nunca lo conseguí!- Exclamó una mujer que traía la piel de un marcado color rosa intenso; algunas personas del Capitolio solían pagar por cambiar el pigmento de su piel según la moda y en ese momento, Leo supuso que la moda era el rosa.

-No… no irán a cambiarme el color, ¿verdad?-Inquirió algo asustado el muchacho ante la idea. Los tres humanos rieron escandalosamente.

-¡Oh, no, por favor, niño! ¡Eso sería una blasfemia! Tienes un color hermoso, solo vamos a resaltarlo.-Dijo el hombre; por cierto, yo soy Flavius, ella es Venia y ella Octavia; somos tu equipo de preparación, debemos dejarte listo para el desfile.-

-Entiendo… mucho gusto… pero, ¿cómo piensan…?-

-Tú relax, niño, ya verás, ¡somos los mejores en esto!- Y sin decir más, Flavius, Venia y Octavia comenzaron a revolotear alrededor de Leo como una bandada de buitres sobre carne fresca.

Cuando la sesión terminó, Leo se miró al espejo; su piel brillaba con cierta intensidad, como si le hubieran agregado un colorante que resaltaba su verde natural otorgándole un suave resplandor que pareciera provenir de su interior; sus uñas se encontraban parejas, perfectas y sin ninguna cuarteadura, pulidas y manicuradas como si nunca hubiese tocado nada en su vida que pudiera dañarlas; en los costados de su rostro se habían encargado de dibujar una intrincado decorado con tinta dorada que solo era perceptible a ciertos ángulos y cuando le daba la luz.

El chico sentía que a cada minuto era menos él.

-¡Quedaste fabulosísimo!- Exclamó Octavia, palmoteando como una niña pequeña.- ¡Te garantizo que vas a arrasar! Ese tatuaje es lo más "in" de lo "in", nadie más sabe cómo hacerlo en el gremio de los estilistas de tributos, es algo que recién aprendí en el seminario de maquillistas.

-¡¿Tatuaje?!-Exclamó Leo horrorizado… ¿Qué quería decir? ¿Qué eso era permanente? ¿Tendría que vivir con eso en la cara… lo que le quedara de vida?

-¡Ay, verdecito, tranquilo! No es permanente, se te caerá en cuanto acabe el desfile y te des un baño; ¿acaso crees que me arriesgaría a marcar tu bello rostro cuando puede ser lienzo de otros diseños más? ¡Ay, no sabes! ¡Tengo mil y un ideas en la mente! ¡Vas a ser el más llamativo de todos los tributos, estoy segura!-

-Gracias...- Musitó el muchacho con una leve sonrisa; el equipo de preparación le sonreía con alegría; era el primer tributo que agradecía su trabajo.

-De acuerdo, nosotros acabamos aquí, pero no estés triste verdecito porque nos veremos muy pronto, para las entrevistas; por ahora te queda solo esperar a Cinna; ¡Te veremos en el desfile, adiós!- Dijo Flavius, saliendo por donde entró junto con Venia y Octavia. La puerta se cerró tras ellos y Leo volvió a quedar solo.

Se miró de nuevo al espejo... debía admitir que aquello, por muy raro que fuera, no era tan horrible como temía; ahora solo era cuestión de esperar el siguiente paso.

Y este no tardó en darse.

La puerta se abrió de nuevo y un hombre, como de aproximadamente veintidós años, entró por ella. Era alto y esbelto, de espaldas anchas y aspecto varonil, moreno, de cabello oscuro y de suaves rizos; a diferencia del equipo de preparación, no vestía de manera estrafalaria y colores chillones, sino con un traje sencillo de color sobrio, y a diferencia de sus compañeros, que estaban extremadamente maquillados, el solo llevaba sus ojos resaltados sutilmente por un poco de delineador dorado.

-Hola, Leonardo; soy Cinna, seré tu estilista.-Dijo acercándose al chico.-Lamento mucho lo que pasó… lo de tu hermano y la cosecha.-Añadió con sinceridad, luciendo realmente apenado por la suerte del chico.

-Ho... hola, mucho gusto... Gracias- Replicó el chico extrañado, pues hasta ahora todo mundo le trataba como si hubiera ganado la lotería. Se giró para saludarle apropiadamente y Cinna le estrechó la mano con suavidad.

- Eres un chico muy valiente, por eso deseo hacer para ti lo mejor.-Dijo, volviendo a sonreírle con dulzura.-Bien, cómo sabes, el traje debe hacer alusión a la industria de tu distrito, por eso estaba pensando...-

-¿Polvo de carbón y overol de minero?- Inquirió el muchacho sin pensar, reparando luego en que había hablado en voz alta, pero no había podido evitarlo; había algo en Cinna que le hacía sentir la confianza suficiente para poder expresarse sin miramientos.-Lo siento.- Añadió algo apenado.

-Está bien.- Respondió el hombre, riendo.- sé perfectamente que es lo que han hecho mis antecesores; verás, es mi primer año en los juegos y quiero que hagamos historia, ¿te parece bien?-

-¿Tu primer año? ¿Es por eso que no te dieron un distrito mejor?- Inquirió Leo, cruzándose de brazos; no era un secreto que todos los relacionados con los juegos preferían trabajar con los tributos de distritos de profesionales. De pronto el chico dio un respingo; lo había vuelto a hacer, había hablado de más y había sonado grosero.- Lo lamento.- Repitió, volviendo a sentirse apenado.

-Olvídalo.- Replicó Cinna riendo de nuevo.- Y al contrario.- Dijo, negando con la cabeza.- Yo pedí exclusivamente el distrito doce, por ti.- Añadió, sonriéndole dulcemente.- Muy bien, sé que mis antecesores se han aferrado a la idea del minero, yo no quiero eso; por lo mismo, Portia y yo... Portia es la estilista de tu compañera, hemos pensado en algo que sea más... impactante; ¿no te da miedo el fuego, verdad?-

-No a varios metros de distancia.-

-¡Vaya, hasta haces chistes, genial!- replicó riendo Cinna.- Ven, te va a encantar.-

Rafa y Casey llegaron esa misma tarde al Capitolio.

Como Casey había dicho, tenía amigos que le debían enormes favores. Había pospuesto su descanso de las filas del ejército desde hacía tiempo, el cual tomó ahora para poder ausentarse; gracias a uno de sus amigos, lograron salir del distrito trece con discreción, ocultos de las cámaras de vigilancia, pasando el perímetro sin ser vistos.

Otro de sus amigos, que poseía un pequeño aero deslizador reconstruido que funcionaba de milagro, consiguió llevarlos por el bosque; el plan era alcanzar el tren en la reposta; Tras dejarlos en un punto estratégico, el chico y la tortuga, con sumo sigilo lograron colarse a pie hasta las vías del camino donde este se hallaba detenido.

Por desgracia, era el tren del distrito siete, no el del doce.

Pero por fortuna, otro de los amigos de Casey se hallaba ahí como custodio; este al ver a Casey en el camino y quedar al tanto de lo que querían, les brindó a él y a la tortuga dos uniformes para hacerlos pasar por parte del servicio de mantenimiento del tren, de ese modo pudieron viajar hasta el Capitolio, llegando de hecho, antes que el tren del doce. Tan solo arribar, bajaron del vehículo, perdiéndose entre la multitud que esperaba en la estación para recibir a los tributos.

Ahí no les fue difícil conseguir algo de ropa del Capitolio para ambos; Ataviados con grandes sacos sastre de colores oscuros, y pantalones holgados de tela clara, más un sombrero para Rafa que, inclinándolo sobre el lado izquierdo de su rostro, le ayudaba a disimular el parche que le cubría el ojo perdido, ambos estuvieron listos para mezclarse entre los civiles.

-¿Y ahora qué haremos?- Inquirió Casey, mirando a la multitud en la calle que parecía muy emocionada, y sintiéndose perdido por primera vez en su vida.

-No lo sé... si no me equivoco, en unas horas será el desfile de las carrozas.-

-¿El qué?-

-Tú sígueme.- Le ordenó la tortuga comenzando a seguir a la gente.

Rafael no se había equivocado; obviamente el desfile se hallaba a minutos de comenzar y la gente se congregaba a lo largo de las calles de la ciudad, por las que, año con año, las carrozas que transportaban a los tributos solían dar una vuelta triunfal hasta llegar frente al palacio presidencial. Rafa obtuvo uno de los programas que eran entregados a todo aquel que los solicitara y, jalando a Casey del brazo, consiguió colarse hasta la primera fila a punta de codazos.

Rafa hojeó el programa, el nombre de su hermano figuraba en la última hoja. Ansiaba verlo de nuevo.

El desfile dio inicio; en las grandes pantallas colocadas en lo alto y a lo largo de la calle, aparecieron Caesar Flickerman y Claudius Templesmith, los legendarios presentadores de los juegos; saludaban a la gente del Capitolio y anunciaban las carrozas venideras, hablando de los atuendos de cada tributo.

Dentro de las caballerizas en el centro de entrenamiento, todo eran prisas, gente corriendo y estilistas arreglando a sus tributos.

Leo salió de la habitación donde le habían preparado seguido de Cinna; el chico iba ataviado con un traje negro intenso que le cubría hasta el cuello e incluso el caparazón, dándole un aspecto estilizado; la tela del traje era realmente fina, suave, y se amoldaba perfectamente a los músculos de su cuerpo; aun no alcanzaba a comprender las ideas del estilista, pero hasta ahora aquel traje era más de lo que esperaba. A su vez, Belle salió por su lado, con un traje similar al del chico y seguida por una elegante mujer quien, Leo supuso, sería Portia. Un asistente se acercó a ellos y ambos estilistas les hicieron una seña a los dos chicos para que los siguieran.

Llegaron hasta un carruaje parecido a los que usaban los gladiadores romanos; cuatro caballos de un color negro intenso yacían preparados para tirar de él. Aquellos animales estaban perfectamente entrenados, de modo que no necesitaban de nadie que los guiara. Leo subió al carruaje ayudado por Cinna para luego ayudar a Belle; cuando estuvieron arriba, Portia y Cinna se encargaron de los últimos detalles.

-Bien, este es el plan.- Dijo Cinna.- Su industria es la minería y el carbón, ¿no es así? Pues bien, nos hemos inspirado en ello, ¿Qué produces con el carbón? Fuego, ¿Verdad? Portia y yo hemos diseñado un fuego falso que se extenderá por todo el traje y que causará un gran efecto, ya lo verán.-

-¿Es por eso que me preguntaste sobre el fuego?- Inquirió el muchacho no muy seguro de que aquello fuera una buena idea. Cinna le sonrió y le aferró suavemente el brazo, tratando de inspirarle confianza.

-Estarás bien, te lo prometo.- Le dijo guiñándole el ojo.

Tras la salida del carro del distrito once, Cinna tomó un extraño artefacto y con él prendió fuego a los trajes de Leo y Belle. Ambos chicos se hallaban asustados, pero pronto se dieron cuenta de que no se sentía calor, realmente era un fuego falso y no había nada de qué preocuparse.

-Escucha, haz que te amen, sé cortés, amable y encantador; sé que no te será difícil, pero te beneficiará, ¿entendido, pequeño? Suerte.- Dijo el hombre con una sonrisa, para luego dar una señal con la cabeza al guarda de los caballos. Este dio una palmada al líder de la cuadrilla y estos comenzaron a andar.

-¡Esto es realmente increíble!- Murmuró Casey, fascinado a su pesar, pues nunca había presenciado un desfile de carrozas y la verdad, era tan fastuoso, que era imposible no dejarse llevar.

-Si tú lo dices...-Replicó la tortuga con fastidio.- yo lo veo igual que todos los años.-

-¡Oh, mira eso!- Exclamó el chico emocionado al ver pasar la carroza del distrito once, encargado de la agricultura, y cuyos tributos iban vestidos con distintas hojas de cultivos y hortalizas.

-Increíble.- rumió Rafael.-A estas alturas y estos tipos siguen con las mismas ideas...-Sin quererlo, Rafa comenzó a reír.- no puedo creer que a los del distrito siete los sigan vistiendo como árboles de obra de kinder garden.-

-¿Qué dices? ¡No estuvo tan mal!- Protestó Casey, para quien el colorido de aquel evento le parecía impresionante.

-... Sí, se ve que los estilistas de los tributos del distrito once se han esmerado este año.- Decía Caesar en respuesta a un comentario de Claudius, narrando el evento a los presentes.

-Así es, esta vez han hecho una combinación muy interesante de... ¡¿Pero qué es eso?!-

Toda la gente se giró al grito de Claudius; los que se hallaban más cerca del centro de entrenamiento lanzaba gritos de verdadero asombro y algarabía.

A lo lejos, a toda velocidad, se veía aproximarse el último carro; los cuatro caballos de negro intenso parecían tirar de un vehículo incendiado. Las cámaras enfocaron el carro al tiempo que la gente se esforzaba por mirar bien de qué se trataba. Casey y Rafael imitaron a la multitud.

-¡Eso es... el carro del distrito doce!- Exclamó Caesar Flickerman con emoción.- ¡Miren eso! ¡Esos dos chicos realmente vienen en llamas! ¡Esto es realmente extraordinario!-

Y así era, el carro venía corriendo por las calles, llevando a ambos chicos de pie en la parte trasera. Las llamas falsas se extendían por detrás de ellos como si fueran un par de alas de fuego de color rojo intenso. El rostro de Leonardo, iluminado por las llamas, resaltado por el suave tatuaje y el tenue pigmento, que le daban un aspecto casi sobrenatural, aparecía en todas las pantallas a lo largo de la calle, pues los camarógrafos le estaban dedicando más tiempo en pantalla del que le dedicaban a Belle.

-¡Leonardo! ¡Leonardo, aquí!- Gritaban en uno y otro punto de entre el público tratando de llamar su atención; el chico, recordando los consejos de Cinna, levantó la mano, tímidamente al principio, para después comenzar a saludar a la gente con más serenidad; algunos le enviaban besos y el chico, animado y con la idea siempre presente de los consejos de Cinna, devolvía los besos, enviando algunos otros más; besos que la gente incluso luchaba por atrapar. Belle, sin embargo, se hallaba tiesa en su lugar, apenas levantaba la mirada y cuando lo hacía solo parecía aterrorizada; parecía tener miedo a caerse del carro y se aferraba a este con ambas manos, totalmente tensa.

Leo notó a la joven temblar. Se preocupó por ella, realmente todo aquello le estaba afectando demasiado y si seguía así seguro nadie querría patrocinarla si no es que incluso lograría que la mataran de inmediato al entrar en la arena. Obviamente él no tenía nada en contra suya, es más, al ser los dos del mismo distrito, había un acuerdo no escrito de no matarse entre sí pues si alguno sobrevivía sería tratado como paria al volver a casa.

Era obvio que su actitud podría ser ventajosa para Leonardo, pues así ella sería destruida por alguien más al comenzar los juegos y sería un problema menos para él y un obstáculo salvado para poder volver con sus hermanos; sin embargo él sabía que no podía permitir eso, no podía dejarla a su suerte; no era su deber, pero no dejaría que ella se auto saboteara (consciente o no) de aquella forma; mientras pudiera y estuviera en su poder, la ayudaría a pasar por ello lo más decentemente posible.

-Tranquila… recuerda lo que dijo Cinna.-Le susurró. La chica elevó un poco la mirada.

Leo le tomó de la mano para intentar transmitirle confianza; era una forma de decirle que, a pesar de todo ella no se hallaba sola y aunque las circunstancias no fueran las mejores, en él tenía a un amigo.

Con este gesto, la joven pudo levantar el rostro y ser enfocada de vez en vez por las cámaras (pues seguían dedicándole más tiempo a Leonardo), de modo que ya no parecía tan estática y de escaso interés.

Rafael, que veía el carro aproximarse, se adelantó un poco en su lugar, inclinándose hacia el frente. Ansiaba ver de cerca a su hermano, más allá de las enormes pantallas.

El carro pasó frente a él a toda velocidad.

Fue un segundo, una milésima de segundo, pero Rafael lo había visto.

Y Leo creyó ver a Rafael.