Esta historia fue inspirada en el libro de El Circulo Mágico de Katherine Neville, mi fiel compañero y en echos veridicos...


El nudo

Eran casi las tres de la madrugada cuando abrí los grifos de la gran bañera con patas, rezando para que las cañerías no estuvieran congeladas, y observé con alivio cómo salía el agua caliente. Eché algunas sales y jabón líquido, me desnudé y me metí dentro. La bañera estaba tan llena que el agua me llegaba a la nariz, y soplé para apartar las burbujas. Me enjaboné el cabello, maltratado por el viaje.

Sabía que tenía que pensar en muchas cosas, pero mi cerebro funcionaba con una lógica muy confusa, lo que no era de extrañar después de los acontecimientos de la semana y del trauma de mi regreso a casa.

Mientras estaba sumergida en el agua, la puerta del cuarto de baño se abrió con un sonoro chirrido de bisagras y Sam entró sin avisar, lo que significaba con toda probabilidad que Seth mi compañero, también había vuelto. Sam apenas me miró con esos penetrantes ojos verdes, los cuales me recordaban tanto a Edward. Avanzó como si tal cosa y observó con desdén mi ropa interior de seda empapada en el suelo. Le puso las garras encima, como si creyera que mis bragas quedarían perfectas con un poco de serrín dentro, pero me abalancé y se las quité de las narices.

—¡Ni hablar! —dije con firmeza.

Sam saltó al borde de madera de la bañera, alargó la pata y empezó a juguetear con las burbujas. Me miró con curiosidad. Era una indirecta para que lo rociara. Sam era el único gato que conocía al que le gustaba el agua, cualquier tipo de agua. Era habitual que abriera un grifo para beber; prefería el inodoro a la caja con serrín, y era famoso porque se lanzaba al Taměsis, para ir a recoger su pelotita roja de goma. Podía nadar en la corriente mejor que cualquier perro.

Pero esa noche, o mejor dicho, esa mañana, estaba demasiado cansada para secarlo, así que lo aparté del borde de la bañera, salí y me sequé. Una vez puesto el enorme y suave albornoz, con el cabello envuelto en una toalla, me dirigí a la cocina y puse a hervir un poco de agua para prepararme un ponche caliente antes de acostarme. Cogí una escoba y golpeé con ella el techo para indicarle a Seth que había vuelto, aunque ya se lo debía de haber imaginado al ver el coche abandonado en la carretera.

—Querida mía. —La voz de Seth me llegó desde las escaleras, con su inconfundible acento de Quebec—. He venido con raquetas desde el jeep, me encontré a Sam metido entre mis colchas, pero no estaba seguro de que fuera buena idea enviarte ya al pequeño argonauta, por si estabas durmiendo. ¿Puedo pasar?-

—De acuerdo, baja y tómate un ron caliente rápido conmigo antes de que me vaya a dormir —le respondí gritando—. Y cuéntame lo que ha pasado en el trabajo.- Seth Clearwater y yo nos habíamos conocido cinco años antes, cuando nos asignaron al mismo proyecto en la Universidad.

Era una amalgama extraña: criptologo y experto chef, devoto del argot yanqui y de los bares de cowboys, además de mormón impenitente. Era hijo de una familia franco-canadiense católica, admiradora de la cocina francesa, y ahora, como genio culinario de nuestros días, la prohibición de alcohol y cafeína de los santos del último día no armonizaba demasiado con la nouvelle personalidad de Seth. La primera vez que nos vimos, Seth me dijo que ya sabía que iba a entrar en su vida porque me había aparecido bajo la forma de la santísima Virgen en un sueño en el que el profeta Moroni y yo misma calle de nuestra oficina.

Quizá fuera resultado de mi original educación, pero me parecía que Seth era tonificante en un complejo nuclear, abarrotado de ingenieros y físicos, que llevaban sin excepción el almuerzo en bolsas de papel marrón y se iban a casa a las cinco en punto para poder ver reposiciones de series televisivas con los niños. No cesaban de acudir a fiestas en casa de «familias del complejo». En verano, preparaban barbacoas de hamburguesas y perritos calientes en el jardín de atrás; en invierno, tocaba espaguetis, ensaladas y pan de ajo precocinado en el comedor familiar. Era como si en este remoto desierto nadie hubiera oído hablar de ninguna otra forma de comer.

Seth, había vivido en Montreal y París, y había pasado un verano de prácticas en el sur de Francia con Cordón Bien. Si bien era algo agarrado a la hora de ofrecer servicios de compañero de piso como la calefacción y la limpieza del camino, contaba con otras cualidades. Mientras picaba, cortaba en juliana, trituraba y clarificaba la mantequilla en la enorme cocina industrial del piso de arriba para preparar las originales comidas que cocinaba para Sam y para mí como mínimo cada ves que veniamos, me regalaba los oídos con historias de los grandes chefs europeos, intercaladas con las últimas novedades de los bares de cowboys. Era, sin duda, todo un personaje.

—¿Qué era esa urgencia tan grande por la que te tuviste que marchar? —La atractiva sonrisa de Seth, adornada de hoyuelos, apareció por la puerta entreabierta de las escaleras, mientras se pasaba los dedos por los rizados cabellos negros y me miraba con sus enormes ojos oscuros.

—. ¿Dónde fuiste? El Tanque preguntaba por ti todos los días, pero yo no sabía nada.- «El Tanque» era el mote que todos usábamos para referirnos a nustro jefe, el director general Complejo Nuclear. Lo usábamos a sus espaldas, porque aunque su nombre real era Pastor Owen Dart no tenía nada de pastoril. En realidad más bien parecía algo así como el Príncipe de la Oscuridad.

Me gustaría apuntar que ese apodo no le hacía justicia. Pero para ser del todo honesta, de los diez mil empleados que trabajan en el complejo nuclear, o incluso entre los gusanos asquerosos de Washington con los que se codeaba, yo era la única a la que no había abroncado. Al menos, no todavía. Parecía que le caía bien, y me había elegido cuidadosamente para el puesto cuando yo todavía estoy en la Universidad.

Competíamos jugando a la máquina del millón. Al final de la primera semana de trabajo juntos, Seth recibió una señal de que tenía que ofrecerle un alquiler barato para que se trasladara al apartamento que tenía en el piso de abajo, claro que como yo pasaba mas en el departamento que tenia en Londres cerca de la casa de Carlisle, el se quedaba con toda la casa mientras yo no estaba. La máquina del millón con la que yo, como Virgen María, había vencido al profeta, apareció de forma milagrosa al ser adquirida por el bar de cowboys que había en la mormón y gourmet de Quebec, fuera uno de los pocos buenos amigos con que contaba.

—Perdona —le dije, mientras vertía agua caliente por encima de la mezcla de azúcar moreno, mantequilla y ron en las dos tazas de cristal y le pasaba una—. Tuve que irme de repente; hubo una muerte inesperada en la familia.-

—Dios mío, espero que nadie de los que conozco —indicó Seth con una sonrisa galante y reconfortante, aunque solo conosia a Carlisle y a Alastor.

-Carlisle y Edward —mencioné, intentando tragar la bebida caliente que parecía habérseme quedado atravesada en la garganta.

-¡Cielo santo! ¿Carlisle? - exclamó Seth y se sentó en el sofá, cerca del fuego.- ¿Por qué no me avisaste?, me abria gustado asistir al funeral.- me reprocho- ¿y el otro no era tu hermano?-

-Mi primo —le corregí—. Mi hermanastro, de hecho. Crecimos como si fuéramos hermanos. Para mí es más que un hermano de sangre. Quiero decir, era...-solte un suspiro, ni yo me entendía- Alastor te estuvo marcando para avisarte pero nunca contestaste el teléfono.-

- Madre mía, las relaciones en tu familia son bastante complicadas —comentó Seth, mofándose de lo que yo siempre replicaba cuando alguien preguntaba sobre mi familia—.- Verdad, estuve fuera, lo siento me habría gustado acompañarte en esos momentos, ¿Cómo lo llevas, debe ser muy difícil perder a tu abuelo ya tu primo, de una sola ves?-

-Lo llevo mejor de lo que, pence, creo que la muerte de Carlisle, me ayudo un poco a equilibrar mi dolor por Edward.- suspire.

-¿No me digas que fue a al que le regalaste la abominación que decias era un perro?, aun recuerdo el caos que armo cuando lo dejaste aqui- yo sonreí ante el recuerdo, había comprado a Cerbero, para el regalo de cumpleaños de Edward, tres días antes, a pesar de ser un cachorro, era enorme, pero noble o almenos lo es con los que conoce, ese dia yo tenia clases temprano asi que pase y lo deje por que en mi departamento en la ciudad no lo podía tener y en la Manción tampoco por que si Edward iba lo iva a descubrir, asi que termino en la casa de campo, cuando llegue en la noche de la Universidad ni conestadora del departamento estaba saturada de recados de Seth, pidiendo rescate, Cerbero no lo dejaba entrar a la casa, y cada ves que lo intentaba se le echaba encima.

-Si, ese mismo, y el me regalo a Sam-

-¿Qué fue de el, le heredo a alguien mas esa bestia?- pregunto.

—Soy su única heredera —dije. El habrio los ojos descumunal mente.

—¡Ah! Entonces era rico, pero no demasiado próximo—preguntó Seth, refiriendoce a mi relación con el.- ¿Te has quedado con el perro?-

—Un poco —contesté—. Puede que estuviera más unida a ellos que a cualquier otro miembro de la familia. —Dije refiriéndome a ambos.- No, no se que fue de Cerbero, no mencionaron nada de el en la lectura del testamento.-

—¡Qué horrible debe de haber sido! Pero no lo entiendo. ¿Por qué no sabía nada de él, salvo su nombre? Por lo que sé, nunca ha venido a verte ni ha llamado en los muchos años que llevamos trabajando juntos y compartiendo esta humilde morada.-

—Mi familia se comunica de forma parapsicológica —le indiqué, evadiendo un poco los asuntos mas complicados de la familia. Sam corría entre mis piernas como loco, así que lo cogí y añadí—: No necesitamos satélites, ni celulares...-

—Lo que me recuerda que tu padre te ha estado llamando—interrumpió Seth—. No decía qué quería, sólo que le llamaras enseguida.- En ese preciso instante sonó el teléfono y sobresaltó a Sam, que dio un brinco desde mis brazos.

—Sin duda, hay que ser parapsicólogo para captar nuestras vibraciones a estas horas —comentó Seth, echando un vistazo al reloj. Mientras yo iba a contestar, se acabó la bebida y se dirigió hacia la puerta—. Te prepararé unas crepés antes del trabajo, como regalo de bienvenida —dijo por encima del hombro. Y se fue.

—Gavroche, cariño —fueron las primeras palabras que oí al descolgar. Dios mío, quizá sí que los miembros de mi familia habían adquirido de golpe poderes parapsicológicos. Era Emmett. Siempre me llamaba Gavroche, al igual que Carlisle, como que en francés alude a las chicas de las calles de París que se visten y comportan como golfillos.

—¿Emmett? —pregunté—. ¿Dónde estás? Por la voz, parece que estás a miles de kilómetros de distancia-

—Ahora mismo, estoy en Viena, Gavroche. —Con eso quería decir que estaba en su enorme piso del siglo XVIII con vistas al Hofburg de Viena, donde René y yo nos alojábamos y donde ahora era ocho horas más tarde, es decir, las once de la mañana. Al parecer, Emmett nunca llegaría a dominar la cuestión de las diferencias horarias.

—He sentido muchísimo lo de Edward y Carlisle, Gavroche —me dijo—. Me hubiera gustado venir al funeral, pero tu padre, claro...-

—No te preocupes —le aseguré para no destapar ese nido de avispas—. Estabas ahí en espíritu y también el tío Jasper, aunque esté muerto. Conseguí un chamán para que celebrara un pequeño ritual en las exequias; luego el ejército rindió honores a ambos y René se cayó dentro de una de las tumbas abiertas.-

—¿Tu madre se cayó dentro de la tumba? —repitió Emmett con el entusiasmo de un niño de cinco años—. ¡Pero eso es fantástico! ¿Crees que lo hizo a posta?-

—Iba bebida, como de costumbre —le respondí—. De todas formas, fue divertido. Tendrías que haber visto la cara de Charlie.-

—Ahora sí que lamento no haber podido asistir —soltó Emmett con más ilusión de la que creía capaz de reunir a un hombre de su edad, que rondaba los noventa.

No había rastro de amor entre mi padre, Charlie, y Emmett Cullen. Quizá porque fue con Emmett, un primo lejano de Carlisle, con quien mi madre René, había tenido una aventura, antes de casarse con Jasper, por la cual dejo a mi padre entre muchas cosas otras cosas.

Era un tema del que mi familia no hablaba nunca, ni en público ni en privado. Bueno, por lo menos era uno de los temas. De repente, se me ocurrió que podría haber ganado una fortuna, si no acabara de heredar una de Edward y Carlisle, diseñando un modelo totalmente renovado de teoría de la complejidad, basado tan sólo en las relaciones existentes entre los miembros de mi familia.

—Emmett—dije—, quiero preguntarte una cosa. Sé que no hablamos nunca de la familia, pero quiero que sepas que Edward y Carlisle me lo han dejado todo.-

—Gavroche, no esperaba otra cosa de éllos. Eres una buena chica y te mereces toda la herencia. Yo ya vivo muy bien, no tienes que preocuparte por mí.-

—No me preocupo por ti, Emmett, pero quería preguntarte algo más, algo que afecta a la familia. Algo que tal vez sólo tú sepas. Algo que, según parece, Edward también me dejó, y no me refiero a propiedades ni a dinero.- Emmett se quedó tan callado que llegué a dudar de que siguiera al otro lado del teléfono. Por fin, habló.

—Gavroche, ¿te das cuenta de que graban las llamadas internacionales?-

—¿Ah, sí? —le dije, aunque debido a mi profesión lo sabía muy bien— Pero eso no influye en nuestra conversación —añadí.

-Está la razón por la que he llamado, Gavroche —dijo el Emmett en una voz que sonaba muy distinta a la de unos instantes atrás—. Lamento no haber podido asistir al entierro. Pero por una serie de coincidencias, el fin de semana que viene estaré muy cerca de ti. Iré al Hotel The Cliff Town House-

—¿Estarás en Hotel The Cliff Town House el fin de semana que viene? Exclamé—. ¿Viajarás desde Austria hasta Irlanda?- El trayecto de Viena a Irlanda era agradable en las mejores circunstancias, pero es que Emmett tenía casi noventa años. ¿En qué estaría pensando?.

—Emmett, a pesar de lo mucho que me gustaría verte después de tantos años, no me parece que sea una idea demasiado sensata —afirmé—. Además, ya he faltado una semana al trabajo debido a la Universidad y al entierro y no estoy segura de poder irme.-

—Cariño —dijo Emmett—, creo que ya sé qué pregunta quieres hacerme. Y sé la respuesta. Así que ven, por favor.-

Cuando ya se me cerraban los ojos, recordé algo que había recordado ase poco. La primera vez que Nube Gris me cortó. Podía ver otra ves el hilo de sangre, como un collar de rubíes diminutos en mi pierna, por donde había pasado la hoja afilada, podía ver todo otra ves, reviviendo el momento antes de caer en la inconciensia.

Se ha acusado al Gobierno de Estados Unidos de malgastar el dinero de los contribuyentes, pero nunca en las instalaciones donde trabajan sus empleados. En especial, en las provincias, donde hasta el último centavo que podía proporcionar comodidad en el entorno laboral se recorta al máximo o, mejor aún, se devuelve intacto a la caja. El resultado es que se ha gastado más dinero en asfaltar los seis acres de aparcamientos que rodean el complejo, donde los empleados dejan el coche, que en construir, amueblar, reparar, limpiar o aclimatar las oficinas donde tienen que trabajar seres humanos de carne y hueso.

Cuando entré en el aparcamiento inmenso, tras la hora de comer, con bloques de nieve agarrados aún al coche, repasé las plazas hasta donde me alcanzaba la vista. Como sospechaba, a esta hora del día, las únicas plazas disponibles en las zonas de aparcamiento para empleados parecían estar situadas en la cara occidental de Londres. En esta época del año, y después de haberse derretido la nieve como lo hizo esa mañana, el viento helado a última hora de la tarde podría alcanzar los cincuenta grados bajo cero; y el granizo golpeaba ya el parabrisas. Decidí correr el riesgo de que me pusieran una multa y dejar el coche delante del acceso principal, donde se encontraban unas cuantas plazas para visitas oficiales. Estaba prohibido que los empleados aparcáramos ahí y que entráramos por el vestíbulo de invitados. Pero solía convencer al guarda de seguridad para que me dejara firmar en el registro en lugar de tener que dar toda la vuelta al inmenso edificio para entrar por los controles oficiales para empleados, en la parte de atrás.

Aparqué en una de las plazas, me puse el abrigo de piel de borrego, me envolví la cara con la larga bufanda de cachemir y me encasqueté la gorra de lana hasta las orejas. Después, bajé del coche, lo cerré con llave y entré zumbando por las puertas de cristal. Y justo a tiempo, porque la ráfaga de viento que sopló en cuanto hube entrado por poco arranca la puerta de las bisagras. Conseguí cerrarla y me dirigí a la siguiente puerta del vestíbulo.

Me estaba quitando la bufanda y restregándome los ojos enrojecidos por el viento cuando lo vi de pie en el mostrador de recepción, firmando. Me quedé helada. ¿Cómo podría olvidar la letra de Una noche encantada... «verás un desconocido», si René siempre ponía ese disco, cantado por ella misma junto a Dietrich Fischer-Dieskau en el escenario de la Salle Pleyel?

Así que ése era el desconocido. Así que ése era el desconocido. Aunque el marco no era lo que se dice idílico (el vestíbulo de visitas del Anexo de Ciencia Tecnológica), comprendí sin lugar a dudas que estaba ante el ser humano que había sido creado para mí. Era el regalo que los dioses me enviaban como consolación porque mi primo Edward había muerto. Y pensar que podía haber entrado por otra puerta. Qué sutiles son los misterios que el destino nos depara a la vuelta de cada esquina. Tenía un aspecto algo divino, o por lo menos de la imagen que yo me había fabricado de un dios.

Los cabellos oscuros le caían abundantes hasta el cuello; era alto y esbelto, con ese marcado perfil

macedo-nio que siempre se asocia a los héroes. Vestía un abrigo de piel de camello y una bufanda de seda blanca que, desabrochados, le colgaban de los anchos hombros. Llevaba un par de guantes caros de piel italiana, que le cubrían unos dedos largos y gráciles. No era ningún ingeniero cowboy, de eso no había ni pajolera duda, como hubiese dicho Seth.

Su porte tenía cierta compostura distante y regia que rozaba la arrogancia. Y cuando se volvió de la guarda de seguridad, Victoria, que lo miraba con la boca abierta como un pez, y se dirigió hacia mí, vi que sus ojos, tras pestañas oscuras, eran de un purísimo color negro asabache, casi añil, y de una profundidad sorprendente. Esos ojos me recorrieron, se fijaron un momento, y me di cuenta de que con ese atuendo tenía el atractivo de un oso polar.

Se acercaba hacia la salida. ¡Se iba del edificio! Supe, aterrada, que tenía que hacer algo: caer al suelo desmayada o interponerme con los brazos abiertos en medio del paso. Pero en lugar de eso, cerré los ojos y le olí al pasar: una mezcla de pino, cuero y limón que me dejó algo aturdida. Tal vez fueron imaginaciones mías, pero me pareció que murmuraba algo al pasar por mi lado: «encantadora», o quizá fue «deliciosa». O acaso fue sólo «disculpe», porque creo que le bloqueaba parte de la salida.

Cuando abrí los ojos, se había ido.

Me dirigí a echar un vistazo al registro, pero cuando llegué al mostrador, Victoria, que ya había recuperado la compostura, deslizó una hoja de papel sobre la página abierta. Levanté los ojos sorprendida y vi que me observaba con un aire muy poco profesional. Era más bien la mirada de una gata en celo enojada.

—Tienes que pasar por los controles, Cullen —me informó, señalando la puerta que conducía al exterior—. Y el registro de dirección es confidencial.-

—Todas las otras visitas pueden leer el registro y ver quién ha venido cuando firman —le indiqué—. ¿Por qué no los empleados? Nunca había oído esa norma.-

—Estás en seguridad nuclear, no en seguridad de las instalaciones, por eso no lo sabes —replicó con aire despectivo, como si mi campo correspondiera a algo primitivo en comparación con el suyo.

Le arranqué el papel de debajo de las uñas pintadas de malva antes de que supiera qué había pasado. Me lo arrebató, pero demasiado tarde. Yo ya había leído su nombre: «Prof. Wolfgang B. Jacob; OIEA; Krems, Osterreich.» Tenía una vaga idea de dónde estaba Krems, Austria. Y la OIEA era la Organización Internacional de Energía Atómica, el grupo que velaba por ese sector a nivel mundial, aunque no podía decirse que hubieran tenido demasiado trabajo en los últimos años: Austria era un país desnuclearizado. Sin embargo, el Estado formaba a algunos de los mejores expertos nucleares del mundo. Estaba más que interesada en echar un buen vistazo al curriculum vitae del doctor Wolfgang B. Jacob. Y a algo más.

Sonreí a Victoria y añadí mi nombre en el registro.

—Tengo una reunión de urgencia con mi jefe, Pastor Dart. Me pidió que viniera del otro edificio lo

más rápido posible —le dije en cuanto me hube quitado la ropa de abrigo y la hube colgado en el perchero del vestíbulo.

—Eso es mentira, el doctor Dart todavía no ha vuelto de comer con algunas visitas de Washington—me informó Victoria con una expresión altanera en la cara—. Lo sé porque firmó cuando se fue con ellos hace una hora. Míralo tú misma.-

—Vaya, supongo que el registro de dirección ha dejado de ser confidencial —le solté con una sonrisa y crucé las puertas interiores.

Seth estaba sentado en la oficina que compartíamos en el edificio y jugaba con la computadora. Éramos los directores de proyecto encargados de localizar, recuperar y restaurar «arte robado », es decir, arte que habíamos recuperado del mercado negó, que el gobierno confiscaba a los ladrones de arte, o a los mafiosos.

—¿Quién es el doctor Black Jacob, deAustria? —pregunté a Seth cuando levantó la vista de la pantalla.

—¡Oh, no! ¿Tú también? —exclamó, empujando hacia atrás la silla giratoria y frotándose los ojos—. Sólo hace unos minutos que has vuelto al trabajo. ¿Cómo te puedes haber contagiado tan deprisa? Es como una plaga, ese tipo. Hasta la fecha, ni una sola mujer se ha resistido a sus encantos. Estaba convencido de que serías la única que no sucumbirías. He jugado mucho dinero en ti, ¿sabes? Hemos hecho apuestas en serio.-

—Es guapísimo —dije—. Pero hay algo más. Es una especie de... no sé cómo llamarlo; no es magnetismo animal...-

-Oh, no! —gritó Seth, se puso de pie y me apoyó las manos en los hombros—. Es mucho peor de lo que creía. Puede que haya perdido hasta el dinero de la compra.-

—No habrás apostado el presupuesto para infusiones de hierbas exóticas... —sugerí con una sonrisa. Se sentó de nuevo con la cabeza entre las manos y se lamentó. De repente, pensé que el doctor Black Jacob era la primera cosa en una semana que me había hecho sonreír y olvidar, durante diez minutos enteros, lo de Edward y Carlisle . Aunque sólo fuera por eso, ya valía la pena que Seth hubiera perdido la apuesta y que se quedara sin unos cuantos gramos de infusiones esplendorosas de hierbas.

Seth se levantó de un salto cuando el sistema de alarma empezó a sonar y se oyó una voz por el altavoz. Estamos comprobando el sistema de alarma para casos de emergencia. Vamos a realizar nuestro simulacro de incendios de invierno. El simulacro será cronometrado por los bomberos locales y por los encargados de seguridad federales. Por favor, diríjanse rápidamente a la salida de emergencia más cercana y esperen en el aparcamiento lo más lejos posible del edificio hasta que suene la señal de fin del simulacro.

¡Lo que faltaba! Durante los simulacros de incendio sólo podíamos usar las salidas de emergencia.

Sellaban los controles y las puertas que conducían hacia el interior del edificio, donde podían quedar atrapadas personas en una emergencia real, incluida la puerta del vestíbulo donde tenía el abrigo. La temperatura exterior, muy por debajo de los treinta y cinco grados bajo cero cuando llegué, podía haber descendido aún más. Y el simulacro de incendio podía llegar a durar treinta minutos.

—Venga —dijo Seth mientras tiraba de la parka—, recógelo todo y vamonos.-

—Tengo el abrigo en el vestíbulo —le conté y empecé a caminar con él hacia la salida a través de la planta de despachos ya vacíos. Un mar de gente fluía por las cuatro salidas hacia el viento glacial que soplaba en el exterior.

—Estás como una cabra —me informó—. ¿Cuántas veces te tengo dicho que no entres por el vestíbulo? Ahora te convertirás en un bloque de hielo. Compartiría el abrigo contigo, pero los dos no cabemos, es demasiado ajustado. Pero nos lo podemos ir turnando hasta que el otro se empiece a poner azul.-

—Tengo una parka corta en el coche y las llaves, aquí en el bolso —le conté—. Correré hasta el coche y pondré la calefacción. Si el simulacro se alarga demasiado, iré al bar y me tomaré un té caliente.-

—Muy bien, voy contigo —comentó Seth—. Supongo que si entraste por la puerta delantera, significa que también aparcaste de forma ilegal. —Le sonreía cuando cruzamos las puertas con todos los demás, y corrimos siguiendo la parte lateral del edificio.

Cuando fui a abrir, vi que los seguros estaban levantados. Era extraño; yo siempre cerraba el coche con llave. Puede que aquel día estuviera tan abrumada que se me olvidara. Me subí, me puse la parka y le di al contacto cuando Seth entraba por el otro lado. El motor tardó en arrancar, así que había sido una suerte que me hubieran obligado a salir y encenderlo. Con este clima, con poca protección, el aceite del cárter se convierte en un cucurucho de nieve.

Fue entonces cuando observé el nudo, colgado del retrovisor.

De niños, Edward y yo estábamos muy interesados en aprender todo tipo de nudos. Me convertí casi en una experta; sin ayuda de nadie, era capaz de atar la mayoría de nudos como un marinero. Edward afirmaba que los incas de Perú utilizaban los nudos como una forma de comunicación: podían realizar cálculos matemáticos o incluso relatar historias con ellos. De niña, los utilizaba para enviar mensajes a la gente, o a mí misma, para ver si luego recordaba lo que significaban, como cuando te atas un cinta en el dedo.

Tenía la costumbre de dejar trochos de hilo o de cuerda en distintos sitios, como el retrovisor. Y cuando estaba sometida a estrés o tenía que solucionar algún problema, los ataba y desataba, a veces formando un complejo macramé. Y a la vez que conseguía trenzar el diseño de nudos, resolvía el problema. Sin embargo, no recordaba haber visto ese trozo de cordel cuando conduje hasta casa, ni tampoco al ir al trabajo. Me estaba empezando a fallar la memoria.

Toqué el nudo mientras el coche se calentaba. Eran dos nudos, si se tenía en cuenta la parte que rodeaba el soporte del espejo: un nudo de Salomón, que significaba una decisión crítica, y un nudo corredizo, es decir, un problema escurridizo. ¿En qué estaría pensando cuando puse eso ahí? Solté el hilo y empecé a jugar con él. Seth había puesto la radio y había sintonizado una canción cowboy, gangosa y horrible, de esas que tanto le gustaban. Me arrepentí de haberlo invitado a compartir mi retiro en el vehículo; al fin y al cabo nos pasábamos el noventa por ciento de la vida bajo el mismo techo, como quien dice. De pronto recordé que no había visto el rastro de la entrada y salida de Seth, ni huellas en la nieve de nadie más, cuando subí el día anterior por la noche (corrección: esa misma mañana) a la parte de delante de la casa. Por mucho que la nieve y el viento hubieran sido constantes e intensos, algo tendría que haber indicado su presencia. Además, ¿por qué no había entrado el correo si había estado en casa todo el tiempo? La trama se complicaba.

—Seth, ¿dónde te metiste mientras yo estaba fuera?- Seth me miró con sus ojos oscuros y me besó con suavidad en la mejilla.

—Tengo que confesarte que conocí a una chica vaquera y no me pude resistir.-

—¿Pasaste la tormenta con una chica vaquera? —pregunté, sorprendida, porque Seth no era de los que ligan para una sola noche—. Ponme al día. ¿Es bonita? ¿Es mormona como tú?-

-La damisela, nuestra relación se describe mejor en pretérito perfecto. Se derritió junto con la nieve y supongo que ahora está tan congelada como el hielo de aquí fuera.- Muy poético.

El fin de semana que viene tengo que ir The Cliff Town House —dije—. ¿Vas a abandonar de nuevo a Sam en ese gélido sótano como la ultima ves qu te lo deje a cargo, o es mejor que me lo lleve conmigo?-

—¿Vas a esquiar? —curioseó Seth—. ¿Por qué no nos llevas a los dos contigo? Estaba intentando decidir dónde podría ir para aprovechar la nieve que ha caído. En The Cliff Town House tienen un metro de nieve en polvo en las pistas de descenso y un metro y medio en las zonas de recepción.— Seth era un esquiador excelente y se deslizaba como una pluma sobre la nieve en polvo. Yo no conseguía dominar ese tipo de nieve, pero me encantaba verlo de lejos.

—Verás —dije—, no creo que vaya a tener mucho tiempo para estar en las pistas. Un amigo viene de visita. Quiere comentarme algunos asuntos familiares.-

—¡Qué extraño! —soltó Seth—. Parece que ahora que has heredado, tu familia, y amigos antes ausente, te presta muchísima atención. —Enseguida pareció arrepentirse de haber hecho tal comentario.

—No te preocupes —lo tranquilicé—. Estoy empezando a superarlo. Además, mi amigo es muy rico. Es un director y violinista famoso.-

—¿No será Emmett Cullen? ¿Es ése tu amigo? —me preguntó Seth—. Con tan pocos Cullen en el mundo, siempre me he preguntado si eras pariente de alguno de los famosos, bueno tu abuelo era también violinista y famoso.

—Probablemente de todos ellos —comenté con una mueca. La señal sonó cuando le estaba diciendo a Seth que podía venir conmigo el fin de semana si así lo deseaba. Sin muchas ganas, apagué el motor para regresar al intenso frío. Al cerrar la puerta del coche, recordé que también lo había hecho en mi primer viaje hasta el vestíbulo. No eran imaginaciones mías: alguien había forzado la puerta para entrar.

Eché un vistazo al asiento trasero. Todo lo que solía llevar seguía ahí, aunque no en su sitio. Alguien había registrado el coche. Cerré la puerta de todos modos, en una especie de acto reflejo.

Seguí a Seth hasta la entrada posterior y por poco tropiezo con mi jefe, Pastor Dart, que se disponía a entrar.

—¡Ya has vuelto! —exclamó, dibujando una sonrisa en sus agresivas facciones—. Ven a mi oficina dentro de una media hora; entonces estaré libre. Si hubiera sabido que te incorporabas hoy, me habría quitado los papeles de en medio. Tengo que comentar muchas cosas contigo.- Victoria , la guarda de seguridad, que iba delante de nosotros, se volvió para mirarnos por encima del hombro. Le dije al Tanque que iría y me dirigí a la oficina, donde el teléfono empezaba a sonar.

—Contesta tú —me pidió Seth—. Se me había olvidado, antes de que llegases te llamó una periodista para hablar de unos documentos que dijo que has heredado. Pero el resto de la mañana, cada vez que he contestado el teléfono me han colgado sin más. Será algún tarado.-

Descolgué el teléfono al cuarto timbre y contesté.

—Habla con Isabella Cullen, departamento de Control de Residuos.-

—Hola, listilla —me saludó esa voz cálida y conocida; una voz que creía que no volvería a oír nunca salvo en sueños—. Lo siento. Siento muchísimo haber tenido que hacerlo así, pero no estoy muerto —prosiguió Edward—. Sin embargo, es posible que pronto lo esté, si no me ayudas. Y rápido.-


Cha cha chachannnnnn!

Aque no esperaban estooo heeee!

Bueno algien me dijo qe le gustaba la historia pero qe pro qe no correjia la ortografia, bueno lo qe pasa es qe mi corrector de Word no funcionaaa, asi qe disvulpen la mala y horrenda ortografia, pero como dicen "el mal de un escritor, es siempre la mala ortografia", una tia mia es periodista y dice qe para eso existen los qe corrigen los articulos antes de editarlos por qe los escritores tiene mala ortografia, se qe no es excusa pero buenoo...

Otra chava me dijo qe estaba sin mucho centido y lo seeeee el cap anterior no lo deje com mucho sentido en la parte qe derepente estaba Bella hablanco con Charlie y Sue y de repente esta llendo asia la casa de campo, y ya habia pasado lo del testamento y todo ... bueno mis disculpas no lo supe poner correctamente... lo qe pasa es qe yo qeria dar a entender de otro modo y no supe como ... por qe me brinqe la lectura del testamento? bueno no ay mucha relevancia, y creo qe no tenia sentido ponerlo, bueno no me se explicar muy bien pero bueno espero qe de hoy en adelante le entiendan un poco mas... se qe las relaciones familiares que puse estan echas un lio verdadero, y van a decir esta loca de donde saco estoo es imposible pero les tengo una noticia siii pasa en la vida real, no en mi familia pero si en una familia muy allegada a la mia, la vdd es cos qe puse fue una copia esacta de ellos. Asi qe haber qe opinan...

Review? por favor dejen Review, nesesito saber qe opinan por mi vien psiclogico y moral ! :D

Nos vemos en el proximo capitulo...