Disclaimer: Bleach no me pertenece sinoa Tite Kubo-sama, la historia tampoco me pertenece es una adaptación de una fantástica obra de Catherine Anderson.

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¡Que es lo que hice!

Cera y barniz. Algodón secado al sol y cuero. Al despertarse, Rukia registró vagamente los olores. Cuando empezó a estirarse y a bostezar, supo que algo estaba mal. Un peso macizo le aplastaba el cuerpo. No sólo le impedía moverse, sino que le dificultaba la respiración.

Confusa y desorientada, agitó las pestañas y a cada segundo que pasaba cobraba conciencia de que le dolía la cabeza. No un dolor sin importancia, sino uno gigantesco, que parecía aplastarle el cráneo y que irradiaba desde la nuca.

-¡Que vergüenza! -susurró una voz de mujer desde algún lugar.

El inesperado sonido hizo sobresaltarse a Rukia. Antes de que pudiera moverse o abrir los ojos, otra voz femenina dijo:

-Te digo. Nanao, que la gente joven ya no tiene respeto por nada.

Aún atrapada en la niebla del sueño, Rukia frunció el entrecejo, completamente desconcertada. Ninguna de las voces le parecía la de Soing Fong o la de la señora Hinamori, el ama de llaves. ¿Qué demonios hacían personas desconocidas en su dormitorio?

Se pasó una mano por el rostro, y ante sus ojos apareció un manchón de luz multicolor. Sin las gafas, estaba bastante acostumbrada a que todo lo que estuviera más allá de la punta de su nariz fuese indiscernible, pero, por alguna razón, esta mañana era peor que de costumbre. Decidida a librarse de las telarañas, parpadeó, pero su cerebro se negó a colaborar. Alrededor los objetos entraban y salían de foco, precipitándose hacia ella cuando se aclaraban, para retroceder luego un poco. ¿Bancos de iglesia relucientes? ¿Rostros humanos y ventanas de vidriera? Lo único cierto era que no estaba en su dormitorio, en su casa.

-¡Esto es una abominación! -exclamó una mujer.

-¡Un pecado contra todo lo que es sagrado! -vociferó otra.

¿Todo lo que era sagrado? Rukia llegó a la conclusión de que debía de estar en la iglesia. Pero ¿qué estaba haciendo allí? Cerró los ojos con fuerza otra vez, para no marearse. La cabeza... Oh, Dios, la sentía como si se la hubiesen partido con una maza. ¿Acaso la había atacado una enfermedad repentina? Quizá se había desmayado. Eso explicaría el peso opresivo que la aplastaba. Isane, una matrona del lugar, afirmaba que, al recobrarse de un desmayo, la mujer sentía los miembros pesados e inservibles.

Abriendo los ojos con dificultad, Rukia intentó ignorar el dolor y concentrarse en lo que la rodeaba. Sí, sin duda estaba en la iglesia, y la recorrió una vaga alarma. Recordaba algo relacionado con una iglesia, algo importante, pero, por más que se esforzaba, no podía dilucidar de qué se trataba. Sólo sabía que tenía la espantosa sensación de que había algo que andaba mal en la situación.

El peso que la aplastaba contra el suelo de pronto se movió. Al movimiento siguió un gemido, inconfundiblemente masculino. El sonido, bajo y ronco, le vibró en el torso y convirtió la alarma en un ataque de pánico total. ¿Había alguien tendido sobre ella? ¿Un varón? ¡Oh, Dios! Un poco más despejada, sintió la mano grande y tibia ahuecada sobre su pecho. Tuvo la impresión de que casi nada se interponía entre los dedos del hombre y su propia piel.

Olvidando el dolor de cabeza, Rukia lanzó un grito ahogado y empujó al sujeto por los hombros, pero, por más que empujó, no logró moverlo. Metiendo la barbilla hacia dentro, atisbo cabello naranja, y piel bronceada. En un abrir y cerrar de ojos, el recuerdo de la noche pasada se precipitó hacia ella.

¡Kaien Kurosaki! Rukia echó una mirada horrorizada al sol que entraba por las ventanas con vidrieras.

Tan cerca de su oreja que la voz pareció emerger de sus propios pensamientos, el hombre susurró:

-¿Qué diablos estoy haciendo aquí?

Esa era la duda de la propia Rukia.

-Fuera -graznó-. ¡Quítese de encima de mí!

No tan rápido como ella hubiese querido, él se apoyó en un codo.

-¡Qué diablos...! -Cuando miró alrededor, el cuerpo se le tensó-. ¡Oh, Cristo!

Rukia siguió la mirada del compañero y vio una multitud de personas que había entrado en la iglesia. Ella misma había planeado que esto sucediera: que ese hombre despertase rodeado de curiosos y se sintiera tan humillado que tuviera ganas de morir. ¡Pero ella no tendría que estar ahí con él! Tanta gente... Sin las gafas, no podía verles con claridad los rostros, pero aun así no podía librarse de la sensación de que todos ellos la miraban fijamente. Un cosquilleo le recorrió la piel. Como aves de rapiña a la espera para alimentarse de carroña, se apretaban alrededor de ella y sus ropas formaban una mancha caleidoscópica de color bajo los óvalos pálidos de los rostros. Sintiendo que el temor crecía dentro de ella, se tocó el cuello con mano trémula. ¿El cuello desnudo?

Sobresaltada, se miró y, para su horror, vio que lo único que le cubría los pechos era la fina camisa de algodón. Ahogó una exclamación y se cubrió con las dos manos.

Cuando Kaien advirtió el estado de desarreglo de su compañera, se miró a sí mismo. A juzgar por la expresión que le asomó al semblante cuando vio que no tenía el cinturón con las cartucheras, que tenía los pantalones abiertos, no recordaba mucho de lo sucedido.

Con voz enronquecida por el sueño, dijo:

-¿Qué diablos ha pasado? -Poniéndose de pie con dificultad, comenzó a abotonarse los pantalones vaqueros-. ¿Cómo es que... cuándo fue que nosotros...?

Antes de que pudiese terminar, se abrió de repente una de las puertas de la iglesia, con tanta fuerza que golpeó la pared interior. El ruido fue ensordecedor.

-¿Dónde está? ¡Rukia Kuchiki! -Los asistentes se apartaron para dejar paso, con susurros de ropa y crujidos de cuero de zapatos-. Apártense. ¡Fuera de mi camino!

Hasta con su pobre visión, Rukia reconoció el chaleco de piel de camero, la camisa blanca y la estrella reluciente que eran las marcas inconfundibles de su padre. La voz, elevada hasta ser casi un rugido, también era inconfundible. No hacía falta ser un genio para comprender que alguien ido a buscarlo, después que los encontraron a ella y a Kaien en la iglesia.

Se apresuró a terminar de abotonarse el corpino antes de que su la viese. Estaba en mitad de la tarea cuando Kuchiki Byakuya por fin logró abrirse paso hasta la primera fila de la muchedumbre. Le echó un vistazo y exclamó:

-¡Oh, Rukia...!

-No es lo que parece, papá. ¡En serio! ¡Déjame explicártelo!

Rukia tenía muchos motivos para creer que su padre le haría caso. Era un hombre de buen carácter, justo, que solía hacer muchas preguntas y escuchaba las respuestas antes de juzgar.

Estiró una mano, pero en lugar de ayudarla a levantarse, el padre una mirada a la camisa a medias abotonada y se abalanzó hacia Kaien Kurosaki.

-¡Tú, pedazo de miserable arrastrado, hijo de perra...!

-¡Papá! -gritó Rukia-. ¿Qué vas a...? ¡Oh, Dios mío, detente!

Podría haber ahorrado aliento, porque su padre no la oyó. Era un hombre considerablemente alto, corpulento, y aterrizó sobre el más joven como si acabara de zambullirse. Kaien, sin duda afectado aún por la valeriana, cayó hacia atrás bajo el ataque y el aire se le escapó de los pulmones con un silbido fuerte. Antes de que pudiese empezar siquiera a defenderse, Byakuya le aferró el cuello con las dos manos.

-¡Pequeño gusano miserable! ¡Inconsciente hijo de perra! ¡Te mataré! ¡Te mataré con mis propias manos!

Desde ese momento, todo fue como una pesadilla para Rukia. Tuvo la extraña impresión de que se cernía sobre sí misma, de que observaba todo a través de una lente de cristal empañado.

-¡Papá, basta! -En vano, aferró el brazo de su padre-. Tienes que detenerte. El fue drogado y no puede defenderse. ¡Oh, Dios santo, lo matarás!

El padre trató de desembarazarse de ella.

-Déjame en paz, muchacha. ¡Maldición, suéltame!

Nada podría haber inducido a Rukia a desistir: esta situación era culpa de ella, toda de ella. Y aun corta de vista, podía ver que el rostro de Kaien estaba poniéndose púrpura. Por mucho rencor que guardara hacia él, no quería verlo muerto.

-¡Papá, por el amor de Dios! ¡Mira lo que estás haciendo!

Casi lloró de alivio al ver que tres hombres se adelantaban para ayudarla. Después de varios intentos, lograron apartar a Byakuya. A juzgar por el modo en que Kaien se ahogaba y jadeaba tratando de recuperar el aliento, estuvo a punto de morir asfixiado.

En cuanto los tres hombres soltaron a su padre, Rukia se precipitó hacia él.

-Papá, tienes que escucharme. El no tiene la culpa. Te lo juro. Por favor, tienes que dejar que te lo explique.

Con el pecho agitado por el esfuerzo, el padre movió los hombros para acomodarse la camisa.

-Muy bien, explícate.

Antes de que Rukia pudiese hablar, las puertas se abrieron otra vez, indicando que había entrado otra persona más. Los cuerpos se removieron.

Un instante después, Rukia oyó una exclamación de horror. Indudablemente, era la voz de Soing Fong, aunque lanzaba sonidos inarticulados. A Rukia se le encogió el corazón: su intención era vengar a su hermana, no hacerla soportar una situación más penosa aún.

-¿Rukia? -murmuró Soing Fong, espantada-. ¡Oh, cielos, qué has hecho!

A Rukia le pareció que la respuesta era bastante obvia: había degradado un poco a Kaien Kurosaki, aunque al hacerlo se degradó a sí misma.

-¡Oh, Soing Fong! –Rukia se mordió el labio y deseó con todo el corazón que su hermana no hubiese aparecido en la iglesia.

Soing Fong movió la cabeza.

-¡Oh, Rukia! Lo has hecho por mí. ¡Sé que así fue! -Se cubrió las mejillas con las manos-. ¡Oh, esto es horrible! ¡Te has equivocado de hombre!

Rukia no tuvo idea de lo que quería decir su hermana con eso y, antes de que pudiese pensarlo, su padre la interrumpió con una brusca orden para que se explicara. Lo más brevemente que pudo, Rukia relató los hechos que habían llevado a la situación presente, haciendo lo posible por no olvidarse de nada, por desagradable que fuera para ella misma. La única concesión fue no mencionar a Rangiku Matsumoto. Que el padre supusiera lo que le diese la gana: que había sobornado a alguno de los parroquianos del salón para que drogara la bebida de Kaien Kurosaki, o que una de las chicas del piso de arriba le había hecho el favor. En realidad, no tenía importancia, siempre que no metiese en problemas a Rangiku.

A medida que Rukia avanzaba en la historia, observaba de cerca a Byakuya, intentando sin éxito adivinar su expresión.

-Así que ya ves, papá, no fue culpa de él. Yo engañé al señor Kurosaki para que viniese aquí. Y, si no me hubiese caído y golpeado la cabeza, ya me habría ido hace rato.

Soing Fong gimió, consternada, provocando una mirada furiosa del padre.

-¡Termina con eso, jovencita! ¡Si no fuese por tu dramatismo, tu hermana no se vería en semejante aprieto!

Rukia, eterna defensora de su hermana, saltó:

-Vamos, papá, eso no es justo. No puedes echarle la culpa a Soinf Fong...

-¡Tú te callas! -gritó Byakuya, interrumpiéndola.

Se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza un momento.

-Está bien, Rukia, cuéntame todo de nuevo. Pero esta vez un poco más despacio.

Conteniendo el impulso de recordarle que acababa de ordenarle que se callara, Rukia preguntó, cautelosa:

-¿Qué parte?

-¡Todo! -dijo el padre, entre dientes.

-¿Todo! Papá, ¿acaso no...?

El padre la interrumpió de nuevo, esta vez, con un gesto airado del dedo.

-¡Todo! Y no me vengas con tus impertinencias, maldición. ¡No estoy de talante para tolerarlas!

Rukia comprendió que estaba peligrosamente cerca de perder la paciencia. Intentando hablar con más parsimonia, explicó otra vez cómo llego a hallarse esa mañana en la iglesia, con Kaien Kurosaki. Cuando termino de explicárselo a su padre por segunda vez y vio que seguía confundido alzo las manos, impotente.

-¿Qué parte no te queda clara papá? El le destrozó el corazón a Soing Fong, y yo quería vengarme. Con esa intención, hice que lo drogaran y lo atraje hasta la iglesia. La idea era que esta mañana despertara sin sus pantalones, en la iglesia repleta. -Como su padre seguía perplejo gritó- ¡El humilló a mi hermana! -Al oírla, Soing Fong gimió otra vez, más fuerte y para hacerse oír, Rukia levantó la voz-. ¿Es tan difícil de entender por que quena hacerle probar un poco de su propia medicina? Así fue fin del cuento.

-Rukia, si es como dices, si todo esto está relacionado con Soing Fong y su estúpido enamoramiento de Kaien Kurosaki, entonces, ¿qué diablos -señaló al hombre que estaba en el suelo- está haciendo él aquí?

-Ya te lo he dicho, yo... -Un espantoso cosquilleo recorrió la piel de Rukia, y echó una mirada inquieta a Soing Fong, que seguía gimiendo y sollozando, y luego al hombre tirado a sus pies- Oh, Dios ¿Este no es Kaien Kurosaki? -En realidad, no era una pregunta: la conducta de Soing Fong y el tono del padre le indicaron que había adivinado-. Oh, cielos -susurró-. Oh, cielos, oh, cielos, oh, cielos.

-¿Oh, cielos?- repitió el padre- .¿Eso es todo lo que se te ocurre decir Rukia? ¿Oh, cielos? -A cada palabra, su voz parecía elevarse una octava-. ¡Narcotizaste al hombre equivocado, y lo único que se te ocurre decir es "oh, cielos"!

Rukia empezaba a comprender las consecuencias de lo que había hecho y lanzó otra mirada a su víctima.

-Si no es Kaien Kurosaki, ¿quién es? -preguntó, con voz temblorosa.

-¿Quién es? ¡Casi lo mato, y tú estás ahí y me preguntas quién es! ¡Te lo juro, niña, esta es una de esas veces en que podría usar el pellejo de tu trasero para templar mi navaja, sin un ápice de remordimiento!

-Señor Kuchiki, tratemos de mantener la calma -dijo el hombre que estaba en el suelo.

Si bien su voz todavía sonaba un poco confusa, por el modo en que hablaba Rukia supo que estaba recobrándose con rapidez.

-¿La calma, dice? Juro, por Dios, que no he conocido un instante de calma desde el día en que nació. Lamento lo que ha pasado Kurosaki de verdad.

Rukia no podía apartar la vista del hombre al que había confundido con Kiaen Kurosaki hasta hacía unos segundos. Sin las gafas, que jamás usaba en público, el sujeto no era más que una mancha para ella. Su padre lo había llamado Kurosaki, lo cual significaba que se trataba de uno de los hermanos de Kaien. Piernas largas enfundadas en loneta, cabello anaranjado… ¡ANARANJADO!, ojos de color avellana... No esto lo le podía haber pasado a ella tal vez su mala vista explicaba que lo hubiese confundido, pues todos los hermanos Kurosaki eran altos, y piel bronceada.

Recordando la observación absurda que había hecho Soing Fong unos momentos antes, Rukia se encogió: "¡Te has equivocado de hombre!". Unos minutos antes, eso no tenía sentido, pero ahora lo entendía con toda claridad.

-Si usted no es Kaien, ¿qué hermano es? -le preguntó, temblorosa, a la víctima.

-Ichigo Kurosaki.

Durante un espantoso momento, Ruia sintió que se le paraba el corazón. Como Ichigo Kurosaki, el mayor de los hermanos, rara vez iba a la ciudad, y mucho menos frecuentaba la taberna, pensó que había entendido mal.

-¿Cómo dice?

-¡Kurosaki Ichigo! -repitió, un poco más fuerte, con voz todavía espesa de sueño.

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Continuará…

Hola! Espero que les haya gustado este capitulo, y ahora parece que la pobre de Rukia tendrá que pasar por muchos problemas, en verdad agradezco a las personas que están leyendo esta adaptación al querido Ichiruki.

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elenita-chan: Lo que ocurre cuando no ve bien, y dime ¿te ha gustado este capítulo?… te agradezco mucho que me dejes tus comentarios, me haces muy feliz :D.

Elisa20: Saludos a ti también y te agradezco mucho que te tomes un tiempo y me hayas dejado un comentario, espero que te haya gustado la a continuación.

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En verdad a eso a mi me pasa termino confundiendo a la gente, a veces estoy acompañada y veo alguien a la distancia y digo – Oye él no es tu primo- y me responden – ¡Estas loca!, en verdad estoy un poco corta de vista… :P…

Bueno ahora la pregunta será que decisión tomará Byakuya ante esto, y como lo tomará Rukia… Bueno la próxima actualización o es este sábado o el Lunes próximo, nos leemos…. Cualquier duda, comentario o críticas serán bien recibidos…

MATTA NE!