Parte IV

La luz solar y el murmullo de la gente fuera de la vieja fábrica despertaron a Leia, justo como lo habían hecho el día anterior. La única diferencia era que, esta vez, no estaba sola ni desorientada. Entreabrió con dificultad sus ojos para encontrarse con la cabeza de Han usando su hombro como almohada. Además, uno de sus pequeños brazos cruzaba sobre su estómago y una de sus piernas estaba enrollada con una de las suyas.

Leia miró al techo mientras intentaba poner sus pensamientos en orden. Primero debía asegurarse de que Han tuviera un sitio al que ir. No iba a marcharse y abandonarlo en las calles. Lo había decidido. Tal vez alguien quisiera hacerse cargo de él. Pero dudaba de que aquel pequeño cabezota aceptase algo así. Encontrar a ese Jedi parecía la única opción para ambos, quizá así después de hacerlo podrían enviar al niño a algún sitio más seguro, lejos de Garris Shrike. Quizá cambiase algo en su historia, pero estaba dispuesta a correr ese riesgo con tal de que pudiera crecer en un sitio mejor.

No había dormido más de dos horas y se había despertado a cada rato por culpa de sus habituales pesadillas. Aun así había conseguido calmarse y no despertar a Han. Pero en esos momentos en los que había intentado dormirse de nuevo, su mente solo había podido pensar en una cosa. Una nueva revelación que no podía ignorar por más tiempo: me gusta Han Solo. Sí. Y no es solo que me caiga bien este niño que ronca en mi hombro. Me gusta el Han adulto...Por todos los dioses, ¿cómo ha pasado esto?

Lo último que quería Leia Organa era empezar a enamorarse de alguien. Entre muchas otras razones, la principal era que estaban en medio de una guerra. Y ella no debía preocuparse por otra cosa que no fuese la rebelión. Además...Todo lo que alguna vez amé, acabó explotando en millones de pedazos...

Suspiró y se frotó los ojos con la mano que tenía libre. Inclinó levemente la cabeza para ver que Han seguía dormido. No parecían importarle ni la luz ni el ruido de fuera. Claro que habiendo pasado lo que llevaba de vida entre una nave y las calles, debía de ser un experto en dormir bajo cualquier circunstancia. Observó sus facciones por un rato, dándose cuenta de que nunca había podido mirarlo tan de cerca ni durante tanto tiempo. El Han adulto siempre bromeaba cuando pillaba a alguien observándole tan fijamente. Sonrió con el recuerdo. Presumido.

El niño se removió y se acurrucó más cerca de su pecho. Instintivamente, Leia llevó la mano a su pelo para acariciarlo con suavidad. No sabía qué le había pasado a sus padres, pero esperaba que no lo hubiesen abandonado a conciencia. No podría entender que alguien hiciera algo así. Y mucho menos a un niño como él.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, apartó su mano bruscamente. Han volvió a moverse y apretó los ojos antes de abrirlos del todo.

‒Buenos días, dormilón. Ya casi no sentía el hombro‒le dijo.

Desorientado al principio, el pequeño se incorporó, avergonzado, cuando fue consciente de la posición en la que había estado durmiendo. Leia lo imitó, quedando ambos sentados. Han bostezó y se pasó una mano por sus despeinados cabellos. Carraspeó un poco antes de hablar.

‒¿Me estabas tocando el pelo?‒preguntó, acusadoramente.

‒Sí, claro, no tengo otra cosa mejor que hacer‒dijo ella, y se puso en pie antes de tirar la manta a un lado y añadir‒Vamos, bello durmiente, es hora de salir de aquí.

‒¡Te he dicho que no es por ahí!

Han tiraba de ella mientras intentaban no chocarse con los transeúntes. Aunque al principio se había negado, diciendo que sabía andar por sí mismo, el pequeño había acabado aceptando que era más seguro caminar de la mano para no terminar separándose. A Leia le estaba empezando a preocupar la necesidad de tenerlo cerca. Pero no era momento de pararse a pensar en eso.

‒Llevamos horas dando vueltas, dijiste que estaba cerca‒dijo.

‒Escucha, hermana‒contestó Han apuntándole con el dedo en un gesto típico del hombre que ella conocía‒¿Quién de los dos vive aquí? Yo, ¿no es cierto? Pues entonces hazme caso.

‒Estoy segura de que ya hemos pasado por delante de esos árboles y esos puestos antes.

‒Claro que no, pero como no eres de aquí, todos te parecen iguales.

‒Si tú lo dices...

‒Claro que lo digo.

‒¿Siempre tienes que tener la última palabra?

‒Sí.

‒Bien.

‒Bien.

La princesa resopló, convenciéndose de que matar al niño le acabaría trayendo más inconvenientes que beneficios. Miró a la bolsa que cargaba, donde iban unos pastelillos que habían comprado con algo del dinero que Han llevaba encima. Dinero sobre el que ella había decidido no preguntar. Su estómago rugió con adelanto al preguntarle si tenía hambre y ambos decidieron parar a reponer sus energías.

Las estrechas calles de Corellia que habían recorrido el día anterior no parecían nada pequeñas en comparación con las de la zona en la que se encontraban ahora. Leia tenía la sensación de que cada vez se alejaban más de la civilización y, aún así, la cantidad de gente en las calles nunca disminuía. Parecía ser un planeta muy concurrido. Miraba a todos los edificios mientras se preguntaba dónde se encontraría el Jedi al que buscaban. ¿Cómo se supone que vamos a reconocerlo? Tampoco podemos ir por ahí preguntando...No es seguro y nos tomarían por locos...

Sabía que su padre, Bail Organa, había luchado en las Guerras Clon con Obi-Wan Kenobi ese año. Sin embargo, no estaba segura de si se encontraban en una parte del año anterior o posterior a aquel acontecimiento. Y, de todas formas, ninguno de los dos podía estar en Corellia, no podían ayudarla. Pensar que su padre estaba vivo en ese momento le hacía sentir una extraña mezcla de sentimientos y una inestabilidad emocional por la que no debía dejarse llevar si quería seguir aparentando ser fuerte. Si tan solo pudiera hacer algo para detener esas guerras...El año que viene los Jedi serán historia y el Imperio se alzará.

Más que frustrada con la situación, se concentró en mirar al niño que comía un pastelillo sentado a su lado. Cuando terminó, Han tenía manchada la barbilla. Todavía se le hacía raro no ver una cicatriz en ese lugar.

‒¿Qué miras?‒preguntó el niño a la defensiva.

Leia rió antes de coger su cara entre sus manos para limpiarle. Han no tardó en ponerse rojo y alejarse, poniéndose en pie de golpe.

‒¡No hagas eso!‒se quejó, frotando con su propia mano el lugar manchado.

La princesa rodó los ojos murmurando que era un niño imposible.

Pronto el ambiente cambió y Leia se empezó a sentir muy incómoda, como cuando sintió que estaban siendo vigilados y acabó siendo atacada por Shrike. Sin perder tiempo y sin querer repetir ese incidente, se incorporó y sacó el bláster de sus botas. Volvió a entrelazar su mano con la de Han y continuaron su búsqueda, esta vez caminando más deprisa y sin discutir.

Sabía que no debía haberle hecho caso.

Cuando llegaron a la puerta de un discreto edificio al lado de un pequeño callejón, Han había insistido en rodearlo y echar un vistazo. Ella había optado por esperar allí hasta que alguien apareciera. Habían discutido y Han había soltado su mano para ir por su cuenta. Incapaz de detener a su obstinado compañero, había acabado luchando con su propio orgullo durante unos segundos antes de seguir al niño. Pero al girar la esquina del callejón, Han ya no estaba allí. No había ni rastro de él.

Había gritado su nombre una y otra vez, dando vueltas alrededor del edificio para acabar de nuevo en la puerta donde se habían separado. Ahora la rabia y la culpabilidad la estaban consumiendo. Sin darle más tiempo a pensar, una mujer morena de impresionantes ojos azules apareció frente a ella. Leia alzó la mirada y al posarla en la desconocida, algo le dijo que habían encontrado al Jedi que buscaban. Irónicamente, Han no estaba allí para verlo.

Luminara Unduli le abrió las puertas de su apartamento y escuchó a Leia atentamente mientras esta le contaba que venía de una época diferente. Tratando de dejar lo absurdo de la situación a un lado, le explicó cómo no tenía ni idea de por qué o de qué manera había llegado hasta allí. Decidió no añadir detalles que pudiesen afectar a la historia de la Jedi, pero sintió que la mujer podía leer su mente con solo mirarla.

‒Así que tu amigo desapareció...‒dijo la mujer, ofreciéndole una taza de té para calmar sus nervios‒. Poca gente sabe de mi estancia aquí, estoy de paso en el planeta, así que no creo que haya sido a causa de eso. ¿Crees que ese mercenario del que me hablabas ha podido tener algo que ver?

Leia tragó de golpe, sintiendo una opresión en su pecho.

‒No lo sé‒admitió‒, creí que nos había perdido la pista ayer. Pero espero que no haya sido él, no sé qué sería capaz de hacerle a Han. Es solo un niño...‒susurró, decaída.

‒Está bien‒dijo Luminara, poniendo una mano sobre su hombro‒, te ayudaré a encontrar al niño. Y después veré que puedo hacer con lo tuyo.

‒¿Has hecho algo así alguna vez?‒la Jedi negó con la cabeza y Leia suspiró‒. Esto es una pesadilla...

‒Alguien en la Orden podrá ayudarme, no te preocupes.

‒¿La Orden Jedi?‒preguntó Leia, curiosa‒. He oído hablar de ella.

Y sé que desaparecerá. Una ola de remordimientos se apoderó de ella, pero intentó expulsar esos pensamientos de su mente. Luminara sonrió.

‒Si te soy sincera, no soy un miembro muy destacado‒Leia pensó que eso no era muy alentador, pero no dijo nada‒, soy algo así como una asesora. Pero llevo mucho tiempo en ella. Y estoy a cargo de una joven padawan que pronto se unirá a nosotros.

La princesa asintió pensando por un momento lo mucho que le gustaría a Luke conocer a esas personas. De pronto un pensamiento cruzó por su mente.

‒¿Conoces a alguien llamado Skywalker?‒preguntó.

‒¿Skywalker?‒Luminara parecía muy sorprendida‒. Sí, es parte de la Orden. Ha sido aprendiz de un gran Jedi y amigo mío.

Obi-Wan.

Luke le había contado en varias ocasiones cómo había sido su primer encuentro con el viejo Jedi en Tatooine, cómo este le había explicado la verdad sobre su padre y sobre la Fuerza.

‒¿Conoces tú a alguien llamado así?‒preguntó la mujer.

Leia asintió y ambas se quedaron en silencio, conscientes de que no debían intercambiar más información.

Comenzaba a anochecer cuando ambas mujeres volvían al pequeño apartamento. Habían buscado a Han por los alrededores y no habían dado con nada que pudiera llevarlas hasta él. Leia se sentía más derrotada que nunca. La opresión en su pecho se había convertido en un gran agujero negro que la arrastraba más y más hacia el fondo. Aun así, no estaba tan nerviosa como antes y sospechaba que la presencia de la Jedi junto a ella tenía mucho que ver con eso. Oh Han, ¿dónde estás?

El silencio del callejón se vio interrumpido de pronto. Luminara giró sobre sus talones mucho antes que ella. Barriss, su padawan, a la que Leia había conocido esa tarde, llegó tan rápida como un relámpago con el sable láser en la mano. A su lado venía un gran wookie con alguien en brazos. El corazón empezó a latirle con violencia en cuanto reconoció a Dewlanna cargando a un inconsciente y magullado Han.

‒¡Han!‒gritó mientras corría a su lado. El niño se había visto obviamente envuelto en alguna clase de pelea y no había resultado nada bien‒. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estaba?

La wookie gruñó unas cuantas palabras mientras mecía al pequeño.

‒Parece que tu amigo ha saldado sus deudas con Garris Shrike‒explicó Barriss‒. Lo siento, cuando los encontré ya había pegado al niño. Si no fuera porque esta wookie se entrepuso entre ellos, quizá no podría haberlo traído de vuelta.

Leia sintió ganas de vomitar. Shrike era el ser más despreciable de la galaxia en esos momentos y temía que, si volvía a cruzarse con él, le dispararía sin piedad. Miró a Dewlanna agradeciendo que Han la tuviese a su lado.

‒Llevadle dentro, lo curaremos.

...

Han había vuelto en sí a mitad de la noche mientras Luminara y Barriss se ocupaban de sus heridas. Por unos segundos, sus ojos habían estado llenos de miedo ante la desconocida, pero pronto vio a Dewlanna al lado de la puerta, observándole, y a Leia cogiéndole la mano, y volvió a ser el mismo niño orgulloso de siempre.

‒Dewlanna nos ha contado lo que ha pasado‒le explicó ella mientras la Jedi y su aprendiz los dejaban solos‒. Lo siento mucho, Han, ha sido todo mi culpa.

‒No es verdad‒la interrumpió él‒. Shrike ya me tenía ganas de todas formas, esto solo ha sido la excusa que estaba buscando. Además, no es la primera vez que me pega.

La princesa cada vez se sentía peor al saber que debía abandonar a Han en este lugar. Dewlanna habló, acercándose al niño y dándole unas palmaditas en la cabeza. El pequeño Solo pareció triste un momento antes de contestar.

‒Ya, ya...Lo sé‒dijo Han‒. ¿Van a ayudarte?‒habló, dirigiéndose a Leia de nuevo. Ella asintió‒¿De verdad son Jedi?‒preguntó, mirando a la puerta por la que las mujeres habían desaparecido.

Leia sonrió tristemente. Siempre tan desconfiado.

Han empezó a hablar con su amiga wookie hasta que sus ojos volvieron a cerrarse.

Un par de horas después, Luminara y Barriss volvieron a hacer acto de presencia en la habitación. Ambas compartieron una mirada cómplice antes de hablar.

‒Sabemos cómo ayudarte, Leia, ¿estás preparada?‒dijo la primera.

La aludida, sentada al lado de Han en el sofá, se sintió terriblemente nerviosa y asustada. Miró a todos los presentes mientras su mente trabajaba a mil por hora.

‒¿Ahora mismo?‒preguntó. Miró al niño y la wookie antes de añadir‒¿Y qué va a pasar con ellos?

Esta vez fue el turno de Han y Dewlanna de intercambiar miradas cómplices. La wookie rugió algo en su dirección.

‒En realidad...‒empezó Han. Carraspeó e hizo una leve mueca de dolor antes de levantarse‒. Nosotros tenemos que volver ya al Suerte del Comerciante.

‒¿Qué?‒exclamó Leia, poniéndose de pie‒. ¿Estás loco? ¡No podéis volver allí con ese hombre! ¡Mira lo que te ha hecho!‒el niño se encogió de hombros.

‒Dewlanna trabaja ahí, tiene una deuda que pagar‒su amiga volvió a rugir pesadamente‒ Y yo tampoco tengo otro sitio al que ir‒al ver que Leia iba a responder, siguió hablando‒. Cuando sea un poco más mayor, podré irme y buscar un trabajo. Pero por ahora es lo único que puedo hacer.

Las tres mujeres guardaron silencio. Dewlanna se dirigió a Leia, pero ella seguía sin entender a la wookie.

‒Oh, venga ya...No soy un bebé‒se quejó Han.

‒¿Qué ha dicho?‒preguntó ella.

‒Dewlanna promete que cuidará de Han mientras esté a bordo de esa nave‒tradujo Barriss.

Leia se sintió tan conmovida con la promesa de la wookie que pensó que iba a ponerse a llorar. Sin embargo, solo sacudió su mano con ella en agradecimiento. Se produjo un embarazoso silencio en la sala hasta que Luminara dijo que debían ponerse manos a la obra.

‒Bueno...‒dijo Han, frotándose la nuca, incómodo‒. Espero que todo funcione y vuelvas a tu planeta.

‒Si, yo también‒Leia intentó con todas sus fuerzas tragar el nudo que se había formado en su garganta‒. Y tú no te metas en más líos, por favor.

‒No prometo nada‒le respondió Han, sonriendo fanfarronamente.

Dewlanna gruñó desde la puerta, esperando al niño. Luminara y Barriss se despidieron de él con la mano, quedándose detrás de Leia.

‒Ya voy, ya voy‒dijo rodando los ojos.

‒Cuídate mucho, Han.

‒Tu también.

El pequeño caminó hacia la salida mientras Leia lo observaba y escuchaba a ambas Jedi susurrar en su espalda. No llores, Leia, por favor, no llores...

Antes de alcanzar a la wookie, Han giró y volvió sobre sus pasos. Se detuvo a un metro de ella y la miró sonrojado. Ella intentó sonreír.

‒¿Qué pasa?‒le dijo.

Han miró a sus pies antes de responder.

‒¿No me vas a dar un beso de despedida?

Leia dejó escapar una risita nerviosa que para nada parecía suya. Se agachó para abrazar y besar a su amigo en la mejilla. Cuando se separaron, el pequeño salió corriendo.

Para cuando la puerta se cerró tras él, los ojos de Leia ya se habían llenado de lágrimas. Un segundo después, todo lo que vio fue oscuridad.

‒Oh, cielos.

¿C-3PO?

‒Oh, cielos. La señorita Leia parece estar volviendo en sí.

Lo primero de lo que fue consciente, a parte de la familiar voz de su dorado androide, fue de la suave superficie sobre la que se encontraba y el peso de las mantas sobre su cuerpo. Lo siguiente, al sacar las manos para frotar sus ojos, fue el frío y el fuerte dolor de cabeza que casi le hizo vomitar.

‒¿Leia?‒preguntó una voz conocida, mientras notaba el peso de alguien sentándose en su cama.

‒¿Luke?

Abrió con dificultad sus ojos para ver la cara del rubio a poca distancia. Luke suspiró aliviado y se echó hacia atrás.

‒Leia, nos has dado un buen susto. Creímos que no ibas a despertar nunca.

¿Despertar? Leia se incorporó despacio, con la ayuda de su amigo. Instintivamente, se llevó una mano a su hombro herido. ¿Herido? No está herido. Pero juraría que...¿Qué?

‒Has estado dormida durante dos días enteros. Nunca había visto nada igual. Cuando no apareciste por la base, todos se preocuparon mucho‒explicó Luke, mientras Leia sujetaba su cabeza, intentando suavizar el dolor‒. Al final tuvimos que entrar a echar un vistazo. Espero que no te moleste.

‒Ya te dije que su alteza se estaría tomando un descanso, muchacho, eres demasiado dramático‒al oír esa voz, Leia miró hacia la puerta donde un Han adulto observaba la escena, recostado sobre el marco.

Leia tragó saliva, notando lo seca que estaba su garganta. Apenas sabía qué decir. Todo había sido tan real que se negaba a creer que hubiese sido un sueño. Había visto la infancia de Han Solo, de eso estaba segura. Luke seguía mirándola con preocupación, así que se levantó de la cama con cuidado, ignorando el mareo.

‒Iré a avisar a los demás, ¿de acuerdo?‒escuchó al Jedi decir, aunque en algún lugar muy lejano para ella.

‒Señorita Leia, es un gran alivio verla activa de nuevo. Si me permite decirlo, temía que hubiese entrado usted en alguna especie de coma humano. Por supuesto, no soy un droide especializado en medicina, pero sé que durante situaciones de...

‒Corta el rollo, lingote de oro‒interrumpió Han.

Leia se dirigía al baño cuando el corelliano la detuvo, cogiéndola por el brazo.

‒¿Estás bien?‒le preguntó.

Algo dentro de ella se removió al levantar la vista y ver los mismos ojos con facciones mucho más adultas. Todavía podía ver al niño que le había robado su identificación en las calles de Corellia, en su...¿sueño?

Asintió, incapaz de hablar. Si seguía allí de pie junto a él mucho más tiempo, acabaría echándose a sus brazos. Y no era eso lo que debería hacer. Este Han no era el mismo del que se había despedido. Necesitaba meter la cabeza bajo el agua y aclarar sus pensamientos.

‒C-3PO y yo estaremos aquí fuera hasta que vuelva Luke, por si necesitas algo‒dijo, cruzándose de brazos.

Leia lo miró de nuevo como si fuese la primera vez que lo hacía. Parecía preocupado por ella.

‒Tu cicatriz‒susurró‒...¿te la hizo Garris Shrike?

Han frunció el ceño y abrió la boca, entre sorprendido y confuso, pero para cuando iba a responder, ella ya había entrado al baño.

...

Un par de semanas después...

‒Es usted bueno en el combate, Solo‒escuchó a Rieekan decir‒. Es una lástima perderle.

‒Gracias, general, pero si no pago a Jabba seré hombre muerto.

Intentó aparentar que prestaba atención a las pantallas frente a ella mientras escuchaba a Han moverse por la sala. Sabía que pronto se dirigiría a ella.

‒Bueno, supongo que eso es todo, alteza‒dijo, mientras Leia se giraba para mirarle.

‒Así es‒respondió fríamente.

‒Bien. No se ponga sentimental conmigo, princesa, hasta la vista.

Le dio bruscamente la espalda y avanzó por el pasillo que comunicaba con el centro de mando. Mordiéndose el labio, indecisa, acabó por seguirle.

‒¡Han!‒el corelliano se detuvo y la miró.

‒¿Sí, alteza?

‒Creí que habías decidido quedarte.

‒El cazador de recompensas en Ord Mantell me hizo cambiar de idea.

Los rebeldes pasaban de largo por su lado, acostumbrados a las constantes discusiones.

‒Han, te necesitamos.

‒¿Necesitamos?¿Y lo que necesitas tú?

‒¿Yo? No sé de qué hablas.

‒Probablemente no.

‒¿Qué se supone que debo saber?

‒Vamos, quieres que me quede por lo que sientes por mí.

‒Sí, eres de gran ayuda para nosotros. Eres un líder nato.

‒No, no es por eso. ¡Oh, vamos!

‒Te estás imaginando cosas.

‒¿De veras? Entonces, ¿por qué me sigues?‒Han paró un momento, antes de añadir‒¿Temías que me fuera sin darte un beso de despedida?

Leia se quedó quieta unos segundos. Volvió a verse a sí misma de repente en aquel apartamento, con Luminara y Barriss detrás suya, y un Han avergonzado, pidiéndole precisamente eso, mientras Dewlanna esperaba en la puerta. Recordaba el cuerpo del pequeño entre sus brazos, las ganas de llorar al dejarlo ir, la opresión en el pecho, las ganas de protegerlo, de quedarse con él y que nadie le hiciese daño nunca más. Todavía quería eso. Era lo que más deseaba en el mundo.

Cuando salió de su trance, sin embargo, solo dijo:

‒Antes preferiría besar a un wookie.

Fin.