Capítulo II: "Un campo de brezo"

El sol resplandecía en lo más alto del cielo, no había nubes cercanas a él que pudiesen privarlo de esa absoluta libertad, pues el viento ya se había encargado de soplar fuertemente para acomodarlas a su alrededor.

Este viento, aún daba su acto de presencia por doquier...y eso podía percibirse en la misma tierra: con otro manso soplido, las pequeñas flores reunidas en algunos puntos danzaban suavemente en un silencioso y único ritmo que nadie más podía percibir. Por otro lado, la hierba se movía en una sola dirección, asemejando a una larga cabellera cuando se le pasa un peine por encima.

Aquello, era definitivamente el silencio del campo, la tranquilidad que podía experimentarse cada mañana de lo que sería un día caluroso, para despedirle después, con una noche fresca. Ése, era el silencio de Resembool.

La quietud que invadía ese pueblo era característica del mismo, porque aún después de la noche más tormentosa, la calma volvía casi de inmediato y borraba cualquier indicio de que se hubiese desatado alguna calamidad.

Pero, todo lugar que posea tranquilidad absoluta, debe tener también un sitio donde no pueda sentirse otra cosa que un extraño, pero frío silencio...y ese sitio, era el pequeño cementerio, situado lejos de las casas, ya fuera por alguna tradición, o por temor a que el gélido silencio lograra colarse dentro de los hogares y estropear el calor que en ellos se resguardaba.

Dentro del cementerio, había una especie de energía que le provocaba cierto escalofrío a quien llegara, o al menos es lo que todos decían que experimentaban si llegaban a adentrarse para visitar a alguien.

Sin embargo, ella no lo creía así.

Lamentablemente, no era la primera vez que se acercaba a ese lugar, y tal vez fuera esa misma razón por la que ahora era inmune ante el perturbador silencio...o porque su cuerpo ya no era capaz de detectar emociones.

Ignoraba el tiempo que había permanecido ahí, de pie y frente a una lápida de mármol, pero realmente no le importaba: ella quería estar ahí, sintiendo el calor del sol y al viento mover sus cabellos con delicadeza, pero sin llegar a percibirlos en su totalidad. Esa última partida de un ser querido, había sido quizás el martillo que rompió el cristal de su alma, en añicos, porque él había sido la única luz que iluminaba su mundo, rodeado de tinieblas, donde un frío viento que susurraba tristes palabras y lamentos lo habitaba; había llorado y gritado, había tratado de olvidar, pero todo era en vano porque aún en su mente, podía escuchar el grato recuerdo de su voz y la sonrisa que acompañaba los orbes llenos de una sencilla calidez, que sin embargo, la embriagaba de felicidad. Todo aquello, se había desvanecido, todo aquello...ya no existía. Estaba sola, y él ahora acompañaba a su madre en tan misántropo lugar, pues se habían asegurado de enterrarle junto a ella.

No podía gritar su desesperación, porque las palabras se quedaban atascadas en su garganta, no podía llorar para desterrar la amargura y el odio de su alma, porque las lágrimas quedaban sofocadas dentro de sus ojos.

Dejando que su cuerpo actuara por sí solo en esos momentos, se arrodilló y alargó un brazo para acariciar la fría textura de la lápida, para después pasar las yemas de sus dedos por el nombre grabado en ella.

-Edward Elric...-susurró, con vehemencia. Repentinamente, sintió una especie de pinchazo en el estómago, que desapareció casi tan rápido como había llegado: era una emoción que su mente había bloqueado con dureza, para evitar que ella, volviera a sumergirse en el lago negro de la soledad. Sin retirar la mano del mármol, agachó la cabeza y cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que al abrirlos, descubriera que todo había sido un mal sueño del que no había podido despertarse. Ese deseo no era nuevo, pero ella se esforzaba por mantener viva la diminuta llama de esperanza, pese a que se veía amenazada constantemente cada vez que abría los ojos a la horrible realidad.

Y una vez más, el viento sopló en una dirección, alborotando sus mechones rubios. Una vez más, algún elemento le hacía ver que aunque cerrara los ojos, la verdad estaba lista para caer sobre ella como una loza...aunque esta vez, hubo algo diferente: entre los susurros de la hierba y de las copas de los árboles alrededor, pudo distinguir el trino de un ave.

Dirigió su mirada hacia el punto donde creía haberle escuchado y la descubrió justo sobre la rama de un árbol cercano. El ave, como si quisiese comunicarse con ella, emitió otro trino y ladeo la cabeza, curiosa, pero al no recibir respuesta, repentinamente alzó el vuelo hacia su dirección, pasándola de largo y dejándole un pequeño recuerdo. Justo sobre la tumba de mármol, había caído una pluma azul.

La joven la miró por unos momentos, sin saber si podría tomar esa escena como una señal o como una mera coincidencia, pero al final la recogió con una mano temblorosa, observándola más detenidamente; era una pluma hermosa, de eso no había duda: el color azul recorría cada centímetro de ella, otorgándole distintas tonalidades en las puntas y en el centro, la giró por un lado y los rayos del sol le sacaron un débil brillo del mismo color. Sin saber muy bien el por qué, la acercó a su pecho y la abrazó con cierta delicadeza, para después guardarla en uno de sus bolsillos, cuidando de que no se maltratara.

En ese momento, escuchó que la llamaban, pero no quiso hacer caso y pretendió fingir que estaba ensimismada en sus pensamientos, aislada del mundo. No fue hasta que oyó el murmullo de unos pasos acercándose por la hierba, que supo que ya no podría hacer nada para evitar la compañía.

-¡Winry! ¿Qué no me escuchas? Te he estado llamando desde hace un buen rato.

-Hola, Nelly. Lo siento, creo que esta vez no podía oír ni mi propia voz-mintió la aludida, mostrándole una sonrisa apenada y sin embargo, falsa, a la chica que tenía en frente. Su cabello negro, era largo hasta el pecho, y sus ojos de un tono café oscuro, delgada y de su misma edad; miró el overol que portaba encima de su blusa naranja y ladeo la cabeza ligeramente.- ¿Ayudarás de nuevo a tu padre a arrear al ganado?

-De hecho ya he terminado, sólo me restaba llevar a Nora de regreso, ya terminó de pastar en esa mitad del campo-explicó la otra, señalando un terreno que era completamente verde, y en seguida, señaló a una vaca con una gran campana atada a su cuello, situada junto a un árbol-La he dejado fuera, ¿no querrías acompañarme por el resto del camino? Después de todo, tu casa está cerca de la mía.

-Yo...en realidad no lo sé, Nelly, estaba...-musitó Winry, sin percatarse de que había girado instintivamente la cabeza hacia la misma lápida de mármol, componiendo un semblante de tristeza.

-¿Lo extrañas mucho, verdad?-inquirió la pelinegra, imitándola, a lo que la otra sólo le respondió con un asentimiento-Todos lo hacemos, Winry. Era un chico especial...que encontró a una chica también especial.-declaró Nelly, terminando la frase con una sonrisa hacia su amiga, logrando que el semblante de ella se suavizara un poco; permitió que un breve silencio se aposentara entre las dos, antes de insistirle en que la acompañara. Le tomó un rato, pero al final lo logró y ambas dejaron aquella tumba blanca atrás, al igual que el entorno tan lúgubre que las rodeaba.

Durante todo el recorrido, las chicas hablaron de sus respectivas vidas y actividades cotidianas, los rumores y noticias que se escuchaban por el pueblo, evitando tocar el tema de Edward...pero realmente era Nelly quien hablaba: Winry, en ocasiones respondía con una afirmación corta y a veces hasta seca, limitándose sólo a escuchar a su amiga, sin pronunciar otra palabra. La de cabello negro se percataba de esto, pero pese a sus esfuerzos por hacerle hablar o al menos sacarle una sonrisa, ella permaneció en el mismo estado.

Finalmente llegaron al establo, y tras haber dejado al animal dentro del terreno de su familia, ambas amigas se despidieron. Winry, antes de alejarse por el camino, miró hacia atrás e hizo un ademán, dedicándole otra sonrisa vacía a Nelly, quien correspondió el gesto, pero una vez que la rubia le hubo dado la espalda, el semblante de la chica se torció hacia abajo y se llevó un puño a su pecho. Winry, su querida amiga de la infancia, la sonriente chica que solía acompañarla en las noches de Navidad y en las fiestas que ocasionalmente se hacían, ya no era la misma, ¿a qué se debía? ¿A quién debía culpar? ¿A ella misma, por no esforzarse más en sacarla de la tristeza que la rodeaba? O... ¿al muchacho que la había amado, y que se había ido para dejarla sola, con un agujero en el corazón?

El sol ya estaba por descender cuando la joven de ojos azules llegó a su casa. Justo después de haberse despedido de Nelly, se había desviado del camino para volver hacia el cementerio...sólo para poder escuchar entre sus recuerdos la voz de un chico de orbes dorados. Por alguna razón, nunca podía evocarlo tan profundamente cuando estaba en cualquier otro sitio, sólo podía distinguir, entre la espesa neblina de sus pensamientos, una silueta con un rostro borroso; ¿por qué su mente la trataba tan cruelmente? ¿Por qué en ese lúgubre lugar podía experimentar tan sólo un fragmento de felicidad?

De la casa, salio a su encuentro un perro con tres patas y una prótesis adherida. Ladraba y movía su cola alegremente, dando dos círculos alrededor de ella antes de sentarse y esperar a ser acariciado, cosa que le fue realizada en un momento, pero esa caricia había sido demasiado sutil y poco afectuosa, por lo que el animal sólo pudo limitarse a seguir a su dueña, lanzando de vez en cuando un sollozo, descubriendo que una vez más, sus habilidades para ser un buen amigo, no estaban dando resultado.

-Ya llegué, abuela-anunció la rubia, cerrando la puerta tras de sí. Al principio no recibió respuesta, hasta que ella escuchó un suspiro, seguido de una pequeña columna de humo, surgida del cuarto contiguo.

-Bienvenida entonces. La cena estará lista en cinco minutos, y no aceptaré excusas, dado que hoy te tomaste el día libre-declaró la voz de una anciana, en un tono cortante, pero amable. Winry, sabiendo que de nada iba a servir una discusión con su abuela, replicó afirmativamente y mencionó que iría a su habitación un momento.

Subió las escaleras hasta aquél cuarto, seguida de su fiel mascota, que sin intentar animarla nuevamente, se acomodó en un rincón, donde aún se aposentaban los últimos rayos de sol; ella le miró con cierta gratitud y se dirigió hacia su tocador, donde abrió un cajón y sacó un libro de cuero negro. Aquél, contenía una historia, la historia de una doncella que había pasado por muchas dificultades, y que desde su niñez, había tenido que soportar duras pruebas que no hacían más que debilitar su valentía. Todos decían que ella no podría soportar tanto dolor y que muy pronto sucumbiría ante la derrota, pero lo que no sabían, era que a esa doncella le habían hecho una promesa: un joven humilde, un campesino, le había dicho que regresaría para cuando las semillas de su esfuerzo dieran frutos, para de esta manera convertirse en un caballero e ir por la joven a la que amaba. Esa promesa, le había dado fuerzas para seguir y soportarlo todo, hasta que al final obtuvo la felicidad que merecía.

Era una bella historia, que asemejaba a la suya...quizás fuera esa la razón por la que él le había obsequiado el libro en su cumpleaños; ninguno de los dos sabía que ese iba a ser el último regalo y el momento en el que ambos construyeron una historia similar...sin embargo, el final de ese cuento no era feliz, porque aquél humilde joven, que le había hecho la promesa de volver, la había engañado y abandonado, permitiendo que todas sus fuerzas se derrumbaran y se volvieran contra ella, hasta convertirla en un ser insensible.

Como no quería que su abuela sufriera si la veía en un silencio monótono, apartó de su mente ese pensamiento y abrió el libro en la primera hoja. En ella, había una pequeña dedicatoria que contenía parte de su esencia; sacó la pluma azul de su bolsillo y la miró una vez más, antes de colocarla sobre las letras de esa página y cerrar el libro con suavidad, colocándolo sobre su pecho.

El resto de la tarde se fue demasiado rápido, así como la tranquila cena entre su abuela y ella. La primera hablaba sobre las travesuras y líos en los que se habían metido de pequeños esos hermanos, obligándole a responder y mencionar el nombre de uno de ellos. Winry sabía perfectamente cuál era el objetivo de esa plática, por lo que no dudó en retirarse discretamente, con la excusa de levantar la mesa y limpiar los platos sucios, antes de volver a su habitación.

Una vez ahí, fingió que dormía, para evitar tener otra plática sobre ese tema, y no fue hasta que se aseguró que su tutora ya había cerrado la puerta de su cuarto, para que se incorporara en la cama y abriera de par en par las ventanas, permitiendo a la fresca brisa entrar y revolver sus cabellos con suavidad. Desde pequeña siempre le había gustado asomarse a la ventana, para contemplar el atardecer y permanecer ahí hasta que el sol desapareciera para darle paso a la noche que junto a las estrellas, tan pulcras y tan visibles, hacían de su pueblo un lugar acogedor, que al mismo tiempo provocaba en ella la sensación de nunca querer separarse de él.

Sin embargo, ahora era diferente, ahora, no le importaba si estaba lejos o cerca, porque ya no estaba "esa persona" por la que debía esperar. Aún con ese pensamiento en mente, Winry fijó su mirada sobre el cementerio y susurró unas palabras al viento, confiando en que él se encargaría de llevarlas hasta ese lugar; repentinamente, una luz blanquecina inundó todo a su alrededor, lo que la hizo desviar su mirada hacia el cielo, y descubrir que la luna había surgido de entre la oscuridad que las nubes habían provocado. Fue en ese momento, que todo pareció cobrar vida, pues curiosamente comenzó a escuchar a los grillos y a vislumbrar luciérnagas alrededor de unos arbustos cercanos, así como a sentir que el viento soplaba con mayor fuerza, cargado de energía.

Miró hacia el frente, hacia un enorme campo de brezo que se extendía cerca de su casa, y notó cómo aquella misteriosa energía acariciaba a la hierba y unía a todas las flores en una singular melodía silenciosa.

Una breve sonrisa se dibujó en el rostro de aquella chica. Alzó la cabeza para contemplar la luna y el manto de estrellas a su alrededor una vez más. Apreciaba ahora más que nunca el silencio del campo, porque no había nada ni nadie que pudiese obligarla a entusiasmarse. Ese silencio, era parte de ella misma.