¡Hola chicos!
Sí, otra vez yo.
En esta ocasión vengo a disculparme por la actualización tan retrasada y a decir que sí, había prometido editar todo el fic, pero por consejos de ciertas personas decidí que voy a terminarlo y ya al final ordenaré bien mis ideas para ver que puedo hacer (en verdad no me maten) así que, creo que pueden esperar actualizaciones semanales y espero cumplir con esto. QwQ
Sobre el fic, creo que este capítulo es realmente importante dentro de la historia porque literalmente es el cruce de ciertas situaciones del pasado, de un precente cercano y que continua directamente en algunos problemillas en el futuro. No lo sé, realmente me parece importante y lamento no haberlo escrito bien. QwQ
Y pues, nada, espero que les guste el capítulo.
Nos leemos luego.
Durante los dos primeros meses, tanto Seung gil como el pequeño Young Soo habían asistido a sus entrenamientos correspondientes poniendo el mayor esfuerzo posible buscando, cada uno, colocarse en la posición que tanto deseaban.
Después de la sorpresiva proposición del entrenador, Seung gil había decidido buscar otro empleo, uno que por lo menos le otorgara cierto ingreso extra para los gastos que conllevan los entrenamientos y le dejara parte de la tarde libre tanto para dedicarse a su hijo como para entrenar.
Así, durante un tiempo, intentó llevar una vida organizada, despertando a primera hora de la mañana para llegar a su hogar justo a media noche. Al principio todo pintó perfecto, viajando entre sitio y sitio, cuidando a su niño y disfrutando lo que durante años fue su vida, que ahora volvía a tomar en sus manos.
Pero algo tan perfecto tiende constantemente a ser efímero, así como la apacible felicidad que le causaba regresar al hielo, todo fue desapareciendo tan pronto como su poco acostumbrado cuerpo se fue debilitando.
Sus padres, quienes constantemente estaban en el departamento para poder cuidar a Young Soo, comenzaron a notar el semblante agotado de su hijo. En ocasiones le ofrecieron que dejara por lo menos su trabajo mientras estaba dentro de la temporada de competencias pero Seung gil los rechazó siempre, no podía aceptarlo, ellos ya habían hecho mucho por él desde antes que su hijo naciera. Dedicaron básicamente toda su vida a su bienestar y cuando se suponía debían descansar de sus labores paternales, el aparecía con la sorpresa de ser padre soltero. No lo veía justo.
Poco a poco, todo se fue acoplando en su vida de algún modo. Nuevamente, todo iba como él lo deseaba, aun si su cuerpo lo resentía, no importaba pues era el pequeño calvario que debía vivir para volver a tener el control de su vida.
— ¡Seung gil! — Escuchó que le gritaron desde afuera de la pista, era uno de los chicos que entrenaban antes que él —. ¡Tu celular tiene rato sonando! ¿Quieres que conteste? — preguntó algo nervioso el chico, sentía una mirada gélida y seria plantada sobre él y no era precisamente de Seung quien comúnmente, entre el equipo, era conocido por emanar ese tipo de aura tan fría y en ocasiones hasta pesada; no, esta vez se trataba de su entrenadora, y como la mayoría ahí, él también maldecía el momento en que se decidió regresarla a la pista.
—Hey, no distraigas a mi chico ¿no ves que estamos en un punto importante? — Gritó la mujer que, a pesar de que se encontraba al otro lado de la pista, su voz resonaba estrepitosamente en los oídos de los ahí presentes, algo poco común en ella ante su pacífico perfil; pero sin duda, tal actitud era prudente estando a esas alturas de comenzar la temporada.
—Sólo voy a ver de quien se trata — Dijo sin inmutarse.
— ¡Rápido! Tienes diez segundos.
Haciendo caso omiso a las órdenes de la molesta mujer, como era de costumbre, Seung llegó con toda la paciencia del mundo hasta el chico que sostenía su celular. Sin prestar mucha atención al otro patinador, que rápidamente salió casi corriendo una vez que Seung tomó el aparato, procedió a revisar la pantalla.
La entrenadora lo miraba, de algún modo intrigada. Esperaba que sus suposiciones no fueran reales, que el autor de esa llamada no fuera quien tanto estaba pensando.
Eso mismo deseaba de forma paralela Seung.
Al revisar la llamada, esperaba que se tratara de sus padres, de la escuela de Young So, hasta posiblemente de algún compañero de trabajo. Pero su rostro, que hasta ese momento se había mantenido neutral, se transformó en la clara imagen del terror. Miró rápidamente la pantalla, entonces su mandíbula se tensó, sus gruesas cejas se unieron justo en el centro y sin piedad abrió la carcasa del aparato retirando la pila, como si eso fuera a cambiar algo cuando lo volviera a prender.
Y como si el universo hubiera leído su mente, Min So dejó salir un fuerte suspiro. Como presentía, se trataba otra vez de ese sujeto.
Seung regresó, completamente intranquilo, agotado. Todo su porte lo delataba pidiendo a gritos que alguien lo ayudara a cargar ese dolor que se hacía presente en su vida cada que el celular sonaba.
—Sabes, para algo está el botón de apagado.
Y nada, su "alumno" como siempre ignorándola.
— Bien, sigamos — pidió entre dientes.
— Como digas, pero ambos sabemos que al conectar esa cosa todos tus problemas van a regresar.
Lo sabía. Por desgracia, lo sabía y aun así buscaba como luchar contra eso.
Desde que Seung había regresado del extranjero notó los extraños cambios en su ritmo de vida. Lo que en su momento había sido un viaje para descansar y entrenar lejos de toda presión; se convirtió en la epifanía de lo que más odiaba en el mundo y hasta el momento, esa entidad "maligna" no lo dejaba en paz.
Luego de un espléndido entrenamiento ese día, quitando la mala pasada que le había tocado vivir una vez más en un corto plazo de tiempo, regreso alegre, hasta cierto punto, a su hogar. Al estacionar su auto frente al edificio, notó que en su piso todo estaba iluminado. Desde la sala hasta el baño.
Con cierta resignación, entró al edificio y posteriormente al departamento. Sabía lo que posiblemente le esperaba al llegar y en el camino intentó procesarlo para que la molestia fuera opacada por el inmenso cariño que le tenía a su pequeño. Tal como lo esperaba, cada parte de su corazón salto de emoción al ver nuevamente a su hijo corriendo, con la expresión más bella que pudo haber imaginado tatuada en su adorable rostro.
Como lo había notado, todas las habitaciones tenían las luces encendidas y analizando más a profundidad, la sala estaba perfectamente ordenada desde los sofás con elegantes cojines de terciopelo hasta los libreros que no tenían ni un solo papel fuera de lugar. En la mesa, cuatro lugares estaban acomodados sobre manteles a juego con el resto de la decoración y frente a ellos, sobresalían humeantes cazuelas llenas de guisos de vista exquisita y una bella tetera con tazas a juego.
Todo era perfecto, tan cálido como sólo la presencia de sus padres y en especial de su madre provocaban en su vida.
— ¿Qué está pasando? — preguntó fingiendo seriedad, algo que generalmente le surgía de modo natural pero que ahora, por obvias razones, era imposible expresar.
— ¡Papá! — lo llamó su hijo quien corría hacia él con nada más que su ropa interior y una bata de baño. A Seung, esa escena le pareció tan cómica, tan típica de un programa de televisión familiar; pero a pesar de lo que fuera, ahora le pertenecía a él, se había apropiado completamente de tan adorable panorama.
— ¿Obedeciste a la abuela?
— ¡Sí!
— Eso me agrada — de inmediato, pasó a cargar a su niño elevándolo ligeramente mientras ambos reían, claramente Young Soo, más escandalosamente que el mayor quien, después, con amor besó su mejilla y lo abrazó. Se sentía tan bien, cálido... se sentía amado como sólo el cariño de su hijo lo provocaba en cada trozo de su acabado corazón.
Su madre poco después se acercó a ambos, le quitó al niño y aun algo molesta por la forma tan despreocupada en que salió del baño, lo llevó hasta la habitación para terminar de cambiarlo.
Tan pronto como se encontraron listos los tres, pasaron a cenar al encantador comedor que tanto esmero le había costado a la señora.
Al poco rato, todos voltearon con interés hacia la puerta, por la cual entraba el padre de Seung cargando algunas cajas que a duras penas le permitían caminar de forma decente hasta llegar a la sala.
— ¿Qué traes ahí? — Preguntó la mayor mientras miraba con cierta lastima a su esposo — Seung gil ¿qué haces ahí sentado? Ve y ayuda a tu padre — Casi al ritmo de la orden, Seung corrió para auxiliar a su padre. Tomó tres cajas que venían arriba de otras dos de mayor tamaño y las colocó en los sofás más grandes.
— ¿Qué es esto? — Miró atento cada caja, el tamaño, las letras en su exterior y en la tapa superior, algunas estampillas extranjeras acompañadas de la dirección y otros datos de la entrenadora Min So.
—Son los trajes que la señorita Park mandó a traer de su casa en Estados Unidos. Ah, que amable fue. Aún guarda muchos de tus atuendos para presentación — De la caja más grande sacó un traje de una sola pieza color azul con un brillante estampado de copos de nieve — Mira esto cariño — llamó a su esposa— ¿Recuerdas esto?
La mujer salió en ese preciso momento de su lugar en el comedor para ver mejor el deslumbrante traje. Detrás de ella, posiblemente más animado que el resto de integrantes de su familia, Young So corrió, saltando el pequeño escalón que dividía al comedor de la sala para llegar y subirse al sofá teniendo así una mejor vista de esa pieza tan especial para todos los presente. Claro que para él también, era parte del pasado de su padre después de todo.
— ¡Cómo olvidarlo! Fue el traje que llevó a su primer competencia como junior — contó emocionada la mujer — Ah, aún recuerdo lo nerviosa que estaba.
—Padre, guarda eso. Es vergonzoso verlo— reclamó Seung.
—Vamos, hijo, no es para tanto— sonriendo, su padre le dio unas palmadas en la espalda— Todos tus trajes eran preciosos ¿No crees Young So?
— ¡Sí!
—Me alegra que digas eso bebé — De una caja algo más pequeña, la madre de Seung sacó un pequeño traje de dos piezas—. Hace años le pedí a Min So que guardara estos tesoros y ve ¡Siguen igual de resplandecientes!
— ¿Podré usar uno? — Preguntó completamente animado el pequeño.
— ¡Claro! Después de todo, para eso mandamos a traerlos.
— ¡Qué bien! Pero, papá ¿Qué usaras tú?
Entre toda la incomodidad del momento, Seung gil finalmente cayó en la cuenta de su traje. Con la mirada, cuestionó a su padre quien, al ver su expresión tan nerviosa, optó por sonreír despreocupado y abrió la caja más grande. De ahí sacó una gran bolsa de tela color negro y una más pequeña de papel colocadas ordenadamente junto a un disco.
—Aparentemente, esto — mencionó el hombre mayor.
Ambos padres sonrieron, viendo como con júbilo el chico abría las bolsas cual niño en navidad abriendo sus regalos. De las envolturas sacó un bellísimo traje de una sola pieza, era color negro con detalles rojos, de largas mangas semitransparentes que terminaban con una porción de tela cubriendo sus manos, poseía un ligero escote en v al frente y una clase de cinturón en la cintura. Para su gusto, ese traje era precioso. Nada que ver los conjuntos que anteriormente le había escogido; lo mismo aplicaba para la música. El CD que incluía era la canción para su programa largo y dentro de la bolsa había algunos accesorios del traje como broches de flores rojas delicadamente formadas por tela brillante.
—Esto es... wao — No sabía que más decir, de hecho no podía decir algo más. Tomó el traje delicadamente y volvió a acomodarlo dentro de la caja junto al resto de los accesorios, dejando únicamente el disco—Los años no pasaron en vano para esa mujer. Finalmente tiene buen gusto.
—Vamos hijo — Dijo su madre sacando de otra caja el traje tabú para Seung gil, ese que esperaba su hijo jamás viera para por lo menos seguir teniendo la decencia de que lo llamara padre —. Este traje era también muy lindo ¿recuerdas cuando lo usaste?— era un traje de colores vistosos, básicamente un arcoíris. Estaba conformado con plumas y constaba de dos partes. Lo odiaba tanto. No sólo por ser desagradable y ridículo, también porque verlo le recordaba de algún modo su última temporada en el hielo; anterior al nacimiento de Young So.
La época en que toda la tragedia que ahora era su vida, había comenzado.
Seung afirmó con la cabeza, volteó a ver a su madre con un gesto duro, casi presionándola a que guardara silencio. Queja que obviamente no podía decir con palabras.
—Tal vez... Seung preferiría que lo guardáramos ¿No crees?— Pronunció su padre pensando que tal vez esa cosa le traería dolorosos recuerdos a su único hijo.
Claro que su madre entendió cuando el pronunció esas tristes palabras. Ella lo comprendía, había estado ahí y de algún modo habían sido los causantes de todo el problema posterior al retiro de su hijo.
De repente, el ambiente se tornó de un aura densa, que fue imposible dejar pasar por el menor de la familia. Sus abuelos y su padre se habían quedado en silencio. Nadie se movía por lo menos un poco, hasta que nuevamente el incansable celular de Seung comenzó a sonar.
Sus padres notaron como sus gestos se volvieron más rígidos, la forma tan cruel en que su cuerpo se tensó y luego el temor con que se apoderó de él al ver el origen de la llamada. Ellos sabían bien de quién se trataba.
—Regresó en un momento.
Estaba a punto de contestar, dio unos pasos con dirección a la terraza y luego su madre habló:
—Si no quieres hablar con él, no es tu obligación responder.
—Tengo algo que también le pertenece, creo que si lo es. Además, ya lo he evitado estos tres últimos días, ya es momento.
Sin más, salió, contesto a la llamada y tan pronto como pasó el dedo por la pantalla, la estrepitosa voz de ese sujeto lo inundó de un montón de sentimientos negativos. Lo odiaba, le molestaba, casi quería llorar de la rabia que en esos momento buscaba salir de él a como diera lugar. Pero no era momento, debía controlarse.
— Finalmente. Escuchó venir del otro lado de la línea.
— ¿Qué quieres?
— Oye, tranquilo, sólo quería saludarte— Y una vez más, su molesta risa—. Eso y decirte que estoy de visita en Corea y...
— No, antes de que digas otra estupidez ¡no! — Interrumpió como le fue posible. Sabía que diría, sabía que le esperaba si no detenía esa llamada y aclaraba todo de una vez. Traicionaría el recuerdo del amor de su vida, traicionaría a las esperanzas que le tenían sus padres y sus entrenadores; y sobre todo, estaría arriesgando el decepcionar a su hijo. Eso era algo que jamás se perdonaría — Te lo voy a decir claramente. No soy tu puta, no puedes estar marcándome cada que tu esposa no quiere tener sexo contigo y necesitas desahogarte. En realidad, no debes llamarme, aun si estas muriendo, no me interesa. Compréndelo de una vez ¡no me marques a cada hora del día, no quiero tener que escuchar tu voz! Si ahora te conteste fue por mera cortesía, pero no volverá a pasar — En algún punto de su regaño, sintió como su voz se cortaba. No lo soportaba, lo detestaba. Necesitaba llorar por tanta ira que le causaba escucharlo después de tantos años con ese mismo tono dominante, como si pudiera hacer con él lo que quería.
— Seung...— Aparentemente, del otro lado de la llamada, habían notado como se sentía el coreano. Era terrible. Nuevamente había metido la pata, desde el momento en que pensó que llamarlo sería una maravillosa idea, sabía que lo había arruinado todo —. Sólo escúchame — Su tono había cambiado, ahora era más sutil y serio, como queriendo finalmente tener una conversación estable con él otro chico — Dejaré de llamarte, si eso es lo que deseas lo voy a respetar. Sólo te pido que hoy, por única vez, te reúnas conmigo. Si tenemos algo que arreglar, lo mejor será que sea en persona.
Seung escuchó un largo silencio, seguido de un suspiro que demostraba perfectamente el estado en que se encontraba quien lo había producido.
— Te espero frente a la pista de patinaje en dónde entrenas. Si es necesario dormiré ahí. No aceptaré tan fácilmente un no como respuesta.
Fue lo último que escuchó antes de que la llamada se cortara.
Sintió, después de eso, un nudo formado en el centro de su garganta. Era terrible la sensación. No sabía qué hacer.
Cuando se dio cuenta, estaba recargado sobre la barda de la terraza, llorando tan amargamente como no lo había hecho dos años.
Luego de unos minutos, regresó al interior del departamento. Limpió un poco las lágrimas que aun corrían libres por su rostro y después de un "Estaré en mi habitación" se adentró en el cuarto.
No supo cuánto tiempo había pasado, ni le importaba. Sólo, al llegar, tomo asiento en la mecedora de su habitación. Ese mueble que durante mucho tiempo albergó los momentos más felices de su vida, ahora lo consolaba acompañado de la luz artificial de los otros edificios frente a él.
Sentado frente a los grandes ventanales de la habitación, no hizo nada más que pensar.
Primero en banalidades. Pensó en las gigantescas diferencias entre la ciudad de Seúl y la pequeña ciudad en la que había pasado esos últimos años antes de regresar. Comparó a su, ahora, modesto departamento familiar con la casa de dos niveles que sus padres le habían dado siendo herencia de sus abuelos; esa casa rodeada por jardines, sembradíos e invernaderos; poseedora de un extenso patio en donde Young So solía salir a jugar con su niñera mientras él iba a la universidad. Posiblemente la comparación más cruel que pudo llegar a hacer fue como en esa casa había formado una bella familia cuando creía todo perdido y como al llegar a Seúl, todo se había derrumbado.
Y finalmente se centró en su presente.
La llamada.
Casi seis años habían pasado.
Tenía razón, si debían arreglar algo, lo mejor era hablarlo de frente. Pero cierto impulso extraño se lo impedía, se negaba completamente a aceptar que necesitaba quitarse de una vez todo ese peso de encima, deshacerse de una buena vez de ese tipo.
Aun si no sabía cómo.
Pero luego de algunos años al verse solo, comenzó con esa necesidad agobiante de querer estar nuevamente entre sus brazos, de unirse a él no por un sentimiento sino por la necesidad carnal que le provocaba su físico. Quería volver a sentir los efectos que le provocaba el contacto con el cuerpo contrario. Lo necesitaba, aun si no lo amaba.
Así pasó el tiempo, hasta que su madre entró en la habitación, lo observo desde atrás y no logró evitar solidarizarse con el estado de su hijo.
— ¿Qué harás? — dijo acercándose a él para poder acariciar, consoladora, su espalda.
— Tengo que ir.
La mujer mayor rodó los ojos, estaba molesta pero no con su hijo, más bien todo recaía en el sujeto que ahora intentaba hacerle la vida imposible a su amada familia. No sabía que más hacer para evitar otra tragedia.
— Realmente no es...
— Sí lo es, es mi obligación.
— No es su hijo, tú lo criaste.
Seung se levantó de la mecedora, caminó a su guardarropa y sacó una chaqueta color verde. A esa hora generalmente el frio arreciaba en la calle y estaba seguro de que tardaría más de una hora fuera de casa. Tomó las cosas que le faltaban y salió de la habitación no sin antes despedirse de su madre y luego de su padre que cargaba a Young So mientras este dormía profundamente como resultado de un ocupado día de juego.
Al salir, no se apresuró en tomar una decisión de cómo llegaría al lugar de su sentencia, simplemente caminó un par de calles buscando la paz que tan necesaria era en cruciales momentos como ese. Finalmente optó por abordar el primer taxi que pasara por ahí lo cual no tardó mucho en cumplirse; dio la dirección y en aproximadamente quince minutos el taxi ya estaba estacionado frente a la pista.
Antes de bajar, notó con temor como un auto rojo estaba estacionado justo delante del taxi. Posiblemente era lo más lógico que podía ocurrir. Obviamente Jean no llegaría caminando hasta ahí; sin embargo a él eso le era preocupante, tenía miedo de que todo ocurriera de nuevo.
Siendo presionado por el chofer, bajo del taxi sintiéndose tan desdichado como cuando regañaba a su perro, bien decían, con la cola entre las patas.
Dio algunos pasos hasta sentir como el taxi arrancaba y se alejaba de esas calles quedando sólo con nadie más que su verdugo esperando por él.
Al acercarse, su postura recobraba la firmeza que lo caracterizaba y su rostro se endurecía, mostrando ese gesto tan feroz y atemorizante que, sin saberlo, con el canadiense no provocaba el mismo efecto que en el resto de personas.
No era un camino largo, sólo eran unos pasos, pero él logro hacerlo demorar. Cuando finalmente, fingiendo un aire de valentía, se paró frente a la ventana del auto, la golpeó un par de veces hasta que esta bajó.
— Llegaste.
— Lo que sea. ¿Debo entrar?
— Sí, sí. Claro, entra — Seung abrió la puerta del copiloto y se adentró sin realmente muchas ganas de hacerlo. En ningún momento cruzó miradas con Jean quien reflejaba sin vergüenza lo impaciente y emocionado que estaba por esa situación
Finalmente, la escena se repetía. El lugar, la hora y el toxico ambiente desconfiado que el coreano desprendía. Todo era una vez más como cinco años atrás.
— ¿Ahora? — Preguntó nervioso el menor — Creo que deberíamos hablar.
—Desde luego, para eso vine.
— ¡Sí! Bueno, pensaba que podríamos ir a un ho...
— Realmente no has cambiado en estos años —Interrumpió Seung — ¿Otra vez quieres tratarme como el juguete que consuela tu devastado matrimonio?
— ¡No! Yo no me refería a eso. Sólo pensé en un lugar tranquilo para platicar.
— Lo que sea — Suspiró —. Llévame a donde quieras, no es como si me importara.
— Está bien — Jean arrancó el auto y de reojo, miró a Seung quien no había despegado la vista del frente desde que entró —. Veo que tampoco has cambiado, Seung gil.
— Ojala eso fuera cierto— Fueron sus últimas palabras en lo que restó del viaje.
Nuevamente la historia se repetía. El camino estaba siendo marcado nuevamente por ellos mismos y a partir de ese momento todo lo que ocurriera, por más mínimo que fuera, ocasionaría un cambio radical en sus vidas.
Seung debía ser cauteloso, cuidar que ni un solo detalle sobre su secreto fuera descubierto por la persona menos indicada; Así mismo, Jean tendría que cuidar sus pasos, no equivocarse de la misma forma en que lo había hecho cinco años atrás, cuando pensaba él tenía el control del mundo y pensaba que su felicidad estaba completamente garantizada.
