Uno debería poder demandar a las autoras de fanfic quienes no publican con prontitud, ¿verdad? No traigo escusas, sólo este capítulo. ¡Muchas gracias por su lectura y reviews! Aproveché mi reposo médico para publicarles.

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Sin nada más que ofrecerles, el capítulo número 4.

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Una conversación reveladora. Meses antes de morir el matrimonio Weasley –Granger.

Es decir, que todo ha sido una mentira. –resumió un hombre en la oscuridad—. Increíble viniendo de usted… señora –se burló.

La aludida contestó desde su lugar: —A veces los Gryffindor debemos ser más astutos que nadie…

El hombre soltó una carcajada, al tiempo que observaba con impotencia la enorme tormenta de nieve que caía fuera de la cabaña.

¿Qué tengo que hacer? –preguntó sin mirarla, sintiendo que en su garganta un pequeño nudo se formaba.

¿Nos ayudarás? –preguntó la mujer, asombrada.

Con dos condiciones. Cada una muy sencilla…

Ella apareció de repente a su lado, sentándose en la calurosa alfombra. Desde su posición, el hombre oía su respiración pausada, ligera. Tranquila. Ella había aprendido a confiar en él, aún cuando el desconocía cómo. Muchas veces intentó alejarla, pero su anhelo de hacer las pases formó entre ellos una amistad fuerte e inquebrantable.

¿Cuáles? –preguntó ella con desconfianza.

Él rio, diciéndole: —Tú responde primero. Soy yo quien te hará un favor, no al revés. No lo olvides –agregó ferozmente, sintiéndose tan prepotente como cuando tenía dieciséis años.

De acuerdo –se calló un momento, y luego agregó—: Sólo debes cuidar el secreto hasta que ellos intenten contactar contigo. Será en muchos años, te lo aseguro. Sólo debes…

Ocultar quién los mató, por qué y qué hicieron antes de morir –completó, sabiendo cada una de las respuestas—. Pides demasiado. Si esto hubiese sido unos meses después de la guerra, lo apoyaría sin duda. Nada desearía más que verlos muertos… –aseguró burlón—. Pero, ahora… no ahora… Ahora todo es diferente, nosotros somos diferentes –rió sin gracias.

Sé que nos ayudarás –agregó ella en un susurro.

Claro, nada me agradará más que ver a tu idiota agradecido conmigo. Es una recompensa más –afirmó, ahora mirándola en la oscuridad.

No lo llames así –pidió ella en voz baja, agachando la mirada.

Él acercó levemente su rostro. —No lo llamaré de ningún otro modo… señora –estableció—. Ahora, mi primera condición…

Primero prométeme que no le contarás a mi esposo cómo te revelé la verdad. Eso se lo contaré yo, y nadie más. ¿De acuerdo?

Él no habló.

Prométemelo –pidió.

De acuerdo –gruñó.

Ella suspiró aliviada. —Bien.

Ahora, mis condiciones. La primera, me avisarán cuando todo vaya a ocurrir. Y no, no me salgas con que no sabes –atajó con prontitud su réplica–, porque te conozco, te conozco de muchísimos años… tú sabes cuándo va a ocurrir algo. Así que me avisarás y estaré ahí cumpliendo con mi deber –afirmó.

¿Harás lo otro también? –inquirió ella, esperanzada.

Potter no se atrevería a hacerlo, yo sí.

La mujer susurró un -gracias con sinceridad. El riesgo era demasiado, pero era necesario. No podía permitir dejar una marca tan fuerte en su pequeña…

Y la segunda condición, que obviamente quedará entre nosotros, es… –se calló, acercándose otro poco—. Un beso. Él primero y el único.

No… –susurró ella de inmediato, queriendo levantarse.

Te quedas –exigió, deteniéndola de un brazo—. Haré un enorme sacrificio. Tú también. Todos lo haremos –aseguró—. Además –indicó con sorna—, siempre he querido saber cómo es besar a una sangre sucia…

El apelativo, antes maligno, fue dicho con dulzura propia de la amistad purificada con el perdón y el alivio.

Soy tu amiga –aseguró, buscando una salida.

Y no mi amante. Para amiga y amante, confidente, compañera… tengo a mi esposa, eso lo sé. Concédeme esta despedida–pidió.

Ella no afirmó ni negó. Entonces, aprovechó él para eliminar toda distancia.

El contacto fue apenas un roce, suave y lento. No fue provocativo ni sensual. Era una corta y nueva manifestación de cariño y despedida. Nada más.

Al instante de abrir sus ojos, él vio el fuego de la chimenea encenderse. La llamarada verde daba un contraste peculiar a algunas hebras de cabello castaño de la mujer.

Hasta luego… señora Weasley—.

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Capítulo IV: "Enfrentar la verdad con una mentira es la estrategia de los cobardes"

La verdad es el cabo suelto de la mentira ¿o era al revés?

&. Todo.

Anteriormente en Bajo el Manto Negro un secreto se descubre, ahora nuestro joven héroe deberá enfrentar la verdad empuñada en la mano de nuestra heroína.

Llamas a Zacarías Samuels, simplemente Samuels –hizo una pausa—. Pero, a Amanda Jord la llamas Amanda…

Scorpius palideció.

Dime, Malfoy, ¿Acaso tuviste alguna relación estrecha con Amanda Jord? –inquirió mostrándole la fotografía de la rubia, encartada en la información brindada por SOTRAX.

—No sé de qué me hablas, Weasley – caminó hacia adelante—. Se me salió y nada más.

Rose no se movió de su sitio, pero Scorpius podía sentir su mirada sobre sí. La pelirroja tenía la verdad, y él sólo podía seguir enredando una mentira. La situación lo dejaba impotente, ¿cómo pudo ser tan obvio y estúpido? Cualquiera pudo haberlo visto, pero cualquier no insistiría, sólo Rose Weasley lo haría. Era de esperar que la pelirroja no retrocediera, ella tenía las de ganar.

—Hablo específicamente de una relación sospechosa o clandestina entre tú y Jord –explicó—. Una relación tan reciente a su muerte que te haría un sospechoso de su (supuesto) "suicidio" –argumentó ella, empezando a caminar.

Scorpius no necesitó girar para saber que venía hacia él. Todos sus sentidos estaban en alerta, rápidamente el aroma de Rose llegó hasta su nariz.

Cuando la sintió lo suficientemente cerca, ella habló de nuevo: —¿Por qué lo ocultaste?

El silencio de la espera duro muy poco, unos cuantos segundos. La puerta y el suave "toc-toc" interrumpieron la escena. Durante un momento ninguno se movió, no había prisa por romper aquel momento… Sin embargo, el sonido se repitió; alguien necesitaba entrar. Rose suspiró fuerte, tirando la carpeta de SOTRAX sobre el mueble más cercano. Scorpius se giró y sintió un enorme alivio. Fue la pelirroja quien terminó de acercarse a él.

—Hablamos luego –indicó ella, caminando hacia la puerta.

Sin preguntar nada, la pelirroja indicó al retrato abrirse con prontitud.

—Buena noche, señorita Weasley –saludó el profesor Manson—. Señor Malfoy –saludó, mirándolo.

—Profesor—.

La respuesta seca de Scorpius mostraba la firme convicción de desagrado hacia ese joven. Desde el primer momento, cuando lo conoció frente a frente en clase, Scorpius detectó en el profesor Manson un rival. No supo por qué, todavía no lo sabía, pero algo le decía, que ese hombre no es de fiar. Todo en él parece oculto tras el has del misterio. Podría sentirse mal por juzgarlo tan terriblemente (contrario a la educación de Astoria), pero todas las clases le habían demostrado que el desprecio era mutuo.

Al tiempo que reflexionaba, pareció desconectarse de la conversación entre el profesor y su Compañera. Scorpius caminó, acercándose tan solo un poco. Detalló el rostro de la pelirroja. En todas sus compañeras de clase, la ilusión y el deseo por el profesor se notaba. Cada una parecía babear sin disimulo por el idiota en cuestión. Según ellas, el tipo estaba jodidamente guapo; como para comérselo; como para dejar que se la comiera toda. En todas se notaba. Pero en la pelirroja… nada. Él podía juzgar que ella no lo veía con deseo. En realidad, lo veía con cierta admiración y algo más…

Curiosamente sintió más asco.

—… ¿De acuerdo? –habló el profesor. Y Scorpius tardó en identificar que la pregunta iba dirigida a él.

La pelirroja lo miró en detalle. —Malfoy, responde al profesor –indicó lentamente.

Su orden lo tomó desprevenido.

—No escuché…

En definitiva, por más educado que estuviera por su madre, Scorpius no pediría disculpas al profesor por deliberadamente ignorarlo. De ninguna forma. Él tenía un enorme orgullo Malfoy, algo magullado por la pelirroja, pero en general, relativamente bien. Obviamente no estaba en su vocabulario esa palabra ni esa intención.

—Querrá decir que no me prestó atención –corrigió el profesor en tono frío.

Por segundos cayeron en silencio.

Scorpius sabía cómo se podía ofender más a una persona. Con el silencio.

El profesor suspiró y dijo: —Como le expliqué detalladamente a la señorita Weasley, la profesora Mcgonagall necesita una reunión privada con ustedes mañana en la noche. El tema es la actual situación –los miró—. Como el toque de queda está siendo aplicado, bajo ordenes estrictas de los Aurores del Ministerio –hizo una pausa para mirar a Scorpius—, yo vendré a escoltarlos hasta la oficina de la Directora. ¿De acuerdo?

—Bien—.

—De acuerdo. Vendré a la hora acordada con la señorita Weasley –repitió, viendo a la pelirroja levemente—. Me retiro. Buena noche a ambos. Es tarde ya y debo… –se detuvo, ahora los miraba en detalle a ambos—. En todo caso, ¿qué hacían despiertos a esta hora? –inquirió.

Curiosamente, Scorpius sintió que él dirigió una mirada intensa hacia Rose.

Una sospecha surgió en su mente.

—Buena noche, profesor –habló rápidamente Scorpius—. Hasta mañana. Ciérrate, retrato.

Básicamente había "cerrado la puerta en las nariz" del profesor. Era "exageradamente" probable que al otro día recibiera una reprimenda por eso. Sin embargo, mereció la pena. No quería interactuar con el asunto de los objetos, las revelaciones, y lo descubierto por la pelirroja. De momento, cerrar la entrada al profesor pareció lo mejor.

Tanto la pelirroja como él esperaron la réplica del profesor, pero ésta nunca llegó.

Scorpius sonrió radiante.

—Un problema menos –dijo, girándose hacia las escaleras de su habitación.

Sintió tras él, aunque un poco más atrás, los pasos de la pelirroja. Antes que ella lo pudiera detener, Scorpius se volteó mirándola desde unos escalones altos. No obstante, Rose le ganó en velocidad al hablar.

—Tenemos que hablar. Hay un tema pendiente –resumió la pelirroja, señalando la carpeta y los objetos.

Scorpius respondió: —Guárdalo tú. Confío en que respetarás todas esas porquerías –se giró—. Hasta mañana, Weasley.

—Hablaremos de Jord, Malfoy.

—Hasta mañana, Weasley—.

Sin prestar atención a la réplica de la pelirroja. Scorpius llegó a la puerta de su habitación, la abrió y se escondió tras ella, una vez cerrada. Se sintió estúpido, sí, pero cuando la verdad acecha tus mentiras, el primer impulso del cobarde es… correr. La pelirroja tenía en su mente el único cabo suelto de su mentira, la verdad.

Meditó un momento, viento la insignia de El Club de la Serpiente brillar junto a su cama.

Sonrió vampíricamente. —¿O podría ser al revés?

Haciendo clara referencia a convertir la mentira en el único cabo suelto de la verdad.

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A la mañana siguiente, cada personaje vivía su historia. Estudiantes, maestros, directivos, duendes… todos y cada uno estaba viviendo. Entre ellos, el joven profesor. Un guapo hombre de singular mirada, siniestros secretos y experiencias únicas. Un personaje con una vida especial.

El reflejo en su espejo le mostraba justamente lo que deseaba mostrar. Un hombre recto y responsable, amigable. Sonrío. Justamente lo que no era. Tener una aventura –dícese– amorosa con una estudiante de último año debería quitarle lo de recto. Ser evidente sobre su atención en ella, sobre cada movimiento que ella hace, descuidando y renovando la posibilidad de ser descubierto, tampoco le da el adjetivo de responsable. Y lo amigable… lo –poco– que hace con Rose Weasley, y lo que quiere hacer, jamás se tacharía de amigable.

Suspiró, tomando su túnica.

Quizá no la amaba, pero no dudaba que en muy poco tiempo lo haría. En contra de sus propios pronósticos, ya quería a Rose con locura. Su personalidad hermética, honesta y hermosa, simplemente le daban un encanto que cautivaba a cualquiera. Y él, más que nadie, cayó en la trampa. Su propia trampa. Pese a que encontrar el botón de ella fuese imposible, los pétalos de su coraza no podían alejarlo por mucho tiempo. Sabía que ella no lo quería, haciendo acato a la verdad, pero eso no podría detenerlo. De momento, no tenía ningún contendiente que le mostrara el camino que anhelaba transitar… entonces, él era su único guía.

Tomó su varita y convocó sus libros de clase. Cuando le ordenaron ser profesor en Hogwarts no imaginó que aquello podría ocurrir. Encontrar a Rose Weasley no fue tan difícil como llegar a un "acuerdo" con ella. Bien sabía que sus palabras y su mirada no la embriagaban, sólo sus besos lograban doblegarla. Con reticencia, ella obedecía sus palabras entre susurros bajos y suspiros agónicos. Y eso con bastante resistencia, incluso con ayuda de su varita.

Caminó hacia la puerta, dando una última mirada al espejo. Ojalá reflejara la verdad…

Y su sucia alma se vería oscura, maldita.

Suspiró, en un intento de abandonar aquella aptitud. Si bien era cierto, la oscuridad de su ser era innegable, no era propio de sí pensar sólo en ello. Intentaba redimirse, lograr algo bueno. Encontrar luz y tomarla para él… y por ello, Rose era tan útil. Sonrió pensando en el enorme contraste de su persona, si ella conociese la verdad. Sonrió codicioso.

Él conocía los secretos de Rose. Desde hacía un tiempo, sabía cuál era la verdad oculta a los ojos del mundo, al azul intenso. En la profundidad del corazón se guardaban tres esencias, dos ajenas y matizadas a la real, pero todas sobrecargando su ser. Y él se aprovecharía de su conocimiento, la protegería de la verdad, creando otra mentira.

—Buen día, profesor Manson –saludó una estudiante, apenas salió a un pasillo concurrido.

—Buen día –saludó con cortesía y haciendo gala de su físico.

El frío que comenzaba a traspasar los muros de Hogwarts, no era impedimento para que los adolescentes fuesen adolescentes. Algunos se besaban tras las columnas, otras parloteaban los chismes del momento, varios intercambiaban tarjetas, demás… Como profesor, debería regañarlos. ¿Pero con cuál moral hacerlo, si él deseaba explorar el cuerpo de cierta estudiante?

Sonrió a algunas estudiantes de cuarto, y éstas rieron encantadas como típicas señoritas recién presentadas en sociedad.

Tal como él recordaba era en sus años de adolescente…

—Lejano siglo XVII… –murmuró para sí, intentando no chocar con algunos estudiantes que iban en dirección contraria.

—¡Profesor! –gritó una voz a lo lejos—. ¡Profesor Manson! ¡Espere! ¡Espere, por favor!

Sin poderlo evitar, llegó Emment Cruce. Un niño de Ravenclaw obsesionado con elevar su nivel académico. Patoso, delgado, ávido de conocimiento… era su versión de este siglo.

—¡Profesor! Qué bueno que lo encuentro –recalcó el niño de doce años, sonriéndole—. Necesitaba hablar con usted… ¿tiene tiempo?

Inmediatamente iba a decir que no, pero por alguna extraña razón no lo hizo. Disimuló observando su propio reloj, y sonrió. Dedicaría unos minutos a Emment Cruce, luego retomaría el itinerario de su día. Hizo un gesto al pequeño castaño, quien con esfuerzo le mantuvo el paso mientras llegaban a su oficina otra vez.

Durante el trayecto, Andrew pudo notar que nadie les prestó mayor atención.

Perfecto

—¿Irás a visitar a tus padres en Navidad, Emment? –preguntó al niño, mientras con su varita hacía sonar el pequeño árbol decorativo sobre su escritorio.

El niño suspiró al tiempo que sacaba un enorme libro de su bolso.

—No, señor –respondió, abriendo el libro en una página en particular—. Soy huérfano –explicó, ante su mirada de desconcierto.

Al ver que el niño bajaba la mirada al tercer párrafo de la página derecha, Andrew aprovechó para sonreír con la más agría de las alegrías.

—¿En serio? ¡Qué curioso! Yo también…

Unos minutos después, mientras alguien gritaba luchando por su vida, Hugo Weasley paseaba con su prima, Lucy Weasley por los jardines. No era una época ideal para ello, pero el día lo permitía al menos. Los muros amortiguaban cualquier secreto que quisiese escapar de ellos.

—¿Has oído algo? –preguntó Hugo a su prima, una pelirroja sonriente.

Lucy movió negativamente la cabeza, logrando que su lacio cabello apenas se moviera.

—No, creo que no –dijo, mirándolo detenidamente—. ¿Tú sí?

Hugo asintió mirando hacia el castillo. —Creo que sí, pero… –sonrió toscamente—. Serán ideas mías. Rose dice que invento muchas cosas, que mi mente crea muchas cosas –rio.

—¿Cómo cuáles? –preguntó su prima, moviendo las flores a su paso.

A su alrededor algunas personas más, entre estudiantes y maestros, se encontraban respirando del aire frío proveniente de las montañas. Unos solitarios, otros acompañados. Pero quizás todos, pensó Lucy, llevando secretos. Era una época nostálgica para los secretos.

—No sabría decirlo. Es por ello que Rose dice que lo invento todo –explicó sin complejo—. Nunca sé cómo describirle lo que pienso, lo que sueño…

—¿Sueñas? –preguntó Lucy, interesada—. ¿Qué sueñas?

Hugo no prestó atención a su curiosa mirada. Lucy, la pelirroja menor de su tío Percy, se parecía demasiado a su madre, Audrey Weasley. Ambas con almas puras, abiertas, intensas, brillantes… pero sin el toque pedante, rayando en lo prepotente, que caracterizaba al padre y a la hermana mayor, la hermosa Molly Weasley.

—Algunas veces sueño con caídas, generalmente soy yo quien caigo –inició su historia—. Otras veces… No sé, sueño con luz.

—¿Luz? –curioseó su prima—. Eso es extraño… ¿Por qué sueñas con luz?

—El por qué, no sé –respondió Hugo con honestidad, pero suavemente—. Pero te puedo contar cómo.

Ante el silencio de Lucy, él prosiguió.

—Al principio sueño que estoy solo, ningún ruido, nadie presente… Apenas veo un fondo azul a lo lejos, muy alto para mí –expresó en detalle, recordando—. De repente, el azul deja de ser azul, y pasa a ser un verde brillante, demasiado vivo. Incandescente. Logrando que, algunas veces, el calor llegue a través de ese color…–confesó en voz seca, sintiendo un escalofrío—.

—Increíble –murmuró Lucy, deteniéndose para mirar a su primo mayor y más alto—. ¿Y qué más?

—Luego aparece Rose, muy brevemente –continuó—, porque detrás de ella aparece un brillo rojo, muy intenso, y unos dragones en miniatura…

Lucy rio. —¿Ah? ¿Dragones miniatura?

—Ajá, muy pequeños para ser dragones pero lo son. Desde que tengo memoria, cuando lloraba, Rose hacía varios dragones en miniatura para distraerme, como si fuesen un móvil muggle –explicó Hugo, sonriendo mientras veía a un punto en el infinito—. Rose conseguía que mis miedos se fueran.

Al mirar a su prima, notó como ésta estaba genuinamente sorprendida.

—¿Cuál es la sorpresa? Rose es la mejor hermana que cualquier pudiese tener –aseveró suavemente, invitando a Lucy a reanudar su andanza hacia el colegio.

—Perdóname, también quiero muchísimo a Rose, pero… –sonrió—. Imaginar a Rose como una hermana compasiva es difícil. Su constante lógica no me permite verla así –dijo ella respondiendo a su primo.

—Rose es Rose –susurró, ligeramente evasivo.

Durante lo que quedaba de trayecto, caminaron en silencio. Lucy pensaba en lo mucho que desconocía a su prima; siempre había predispuesto que Rose era sólo lógica, cálculo y ciencia, pero tras la breve anécdota de su primo… Ella sabía ser una hermana, eso daba algo de humanidad. Una humanidad que siempre creyó inexistente en su prima mayor. Una rosa obligada a crecer antes de tiempo.

Mientras, Hugo pensaba en su difícil tarea por delante. Una y otra vez las breves historias de su niñez susurraban en su mente secretos. Los había, ciento de ellos; desconocidos para él, para su hermana… Gracias al anónimo: Rastrea la magia de tu padre, ahora lo sabía. Negó, pataleó, gruñó… pero finalmente intentó hacerlo. Ubicación bloqueada, era el significado de la luz azul que apareció en el mapa descubierto por su madre años atrás; cuando trabajaba para el Ministerio, cuando vivía, cuando su magia tampoco estaba bloqueada…

—¡Hugo! ¡Hugo! ¡Hugo! –gritó Lucy, alargando la última vocal, logrando sacarlo de su cavilaciones—. No me estabas escuchando –criticó.

Así refunfuñada se parecía mucho más a su tía política, Audrey.

—Estaba pensando, Lucy –explicó en modo de disculpa.

—Podrías disculparte al menos… –sugirió Lucy, usando una voz chillona e infantil para dar efecto.

Hugo rio largamente, tal como caracterizaba al apellido. Una risa burlona, real y honesta, presente aún en el momento más oscuro. Regalo de la genética siempre confiable; porque incluso Rose reía de esa singular forma. Poco reía, es verdad, pero al hacerlo, su risa era genuinamente Weasley. Desde adentro, llenando con su eco cada espacio de su cuerpo, transmitiendo al mundo un sentimiento. Una verdad entre tantas mentiras.

—Dudo que eso pase, enana –bromeó él, sonriéndole torcido.

Lucy se cruzó de brazos, ubicándose frente él.

—No me llames así –susurró.

—Como no hacerlo cuando necesitas de un escalón para quedar más o menos a mi altura –señaló Hugo.

Tanto uno como el otro, comprobaron lo dicho. En efecto, un escalón de al menos quince centímetros ayudaba a Lucy. Ésta se sonrojó levemente, dejándole un aspecto adorable a sus catorce años. Hugo sonrió aún más, pero sin reír. Se despidió como costumbre de ella y continuó su camino hacia la entrada.

—¡Hugo! –lo llamó Lucy, alcanzándolo.

—¿Qué? –inquirió él sin mirarla, pues su vista estaba fija en una chica a lo lejos.

Lucy rodó los ojos al estar presente en los intentos de coqueteo de su primo. —¡Hugo!

—Dime, Lucy –instó, ahora mirándola a ella.

Marrón con negro se encontraron, y la pelirroja sonrió. Ahora sí tenía la atención de su primo favorito.

—Termina de contarme sobre tu sueño –pidió, abotonándose mejor el abrigo. El frío de afuera todavía calaba sus huesos, aunque acabasen de entrar a las murallas del colegio.

—¿Qué quieres saber? –preguntó escuetamente Hugo, incitándola a caminar apresuradamente hacia el ala oeste.

La pelirroja pensó un segundo, después preguntó: —¿Por qué dijiste que soñabas con luz? Has nombrado colores, pero…

Hugo sonrió. —No aprendiste nada con la educación muggle ¿verdad?

—No hables como Rose. Sólo a ella le luce –alegó la pelirroja a su primo.

—La luz no tiene color propio, no es blanca, no es amarilla… Es una combinación de todos los colores –explicó muy ligeramente.

—¿Entonces? –inquirió Lucy sin comprender.

—Después que aparecen los dragones, cada uno diferente, aparecen dos colores más… Una amarilla y otra azul tenue –recuenta—. Y cuando menos me lo espero, se difunden con el rojo, quien a su vez toma el resto de los colores para sí…

—Vaya –murmuró Lucy.

—Lo terrible no es eso –dijo él—. Ahora viene la parte que mi hermana y yo no comprendemos–la miró detenidamente—. Antes de despertar, siempre escucho la voz de un hombre diciendo: Rose—.

:.:.:.:.:.:

La Casa de las Serpiente se caracterizaba por su astucia. Scorpius, como digno soberano de su esencia, no hacía sino compartir cada parte de sí con la descripción de los Sly. Es decir, matizaba la cobardía a través de la astucia.

Bajó de su habitación con el sigilo propio de una condenada serpiente. Aún cuando había sido capturada rememorando el sabor del ratón, su esencia no le permitía aceptar tal veredicto. Era cierto, conocía a Jord, la conocía muy bien. Recordaba su lunar en la espalda, la risa cantarina tras tener sexo, el aroma de su… también recordaba cómo la vio antes de morir, y cómo quedó después de muerta. Suspiró, él sabía que como serpiente debía negar haber conocido al ratón.

Aunque su aroma, sonidos, sabor… aunque todo le recordara a Amanda.

Salió a la Sala Común que compartía con Rose. Esperaba verla ahí, sentada en algún sillón, mirándolo inquisitivamente. Otro escenario posible, era que saliera justo detrás de él en cualquier momento y lo interrogara. Sin embargo, nada de eso parecía posible porque Rose no estaba en esa torre.

No, no estaba ahí, el silencio lo hacía notar. La pelirroja podía ser muy inteligente, activa, pero no era silenciosa ni ordenada. En sus pocas semanas compartiendo, Scorpius lo sabía así; no roncaba, pero apenas se levantaba, las murmuraciones se hacían presentes, tropiezos, andares rápidos… Rose era una adolescente en sus primeros minutos al despertar. Entonces, la ausencia de ruido era sinónimo de ausencia de Rose.

—Vaya… –murmuró, recorriendo con su gris mirada la Sala Común.

Se veía acogedora, caliente, suave. Las llamas verdes y rojas le daban a las paredes un brillo sin igual, parecían bañadas por escarcha dorada y plateada. Los muebles estaban ubicados como siempre, pero nunca, como hoy, le habían parecido tan singulares.

No obstante, tanta belleza no atrajo su atención por mucho tiempo. Acercándose con cautela, llegó hasta el sillón para encontrar un libro sobre él. Sabiendo que era de Rose y que su actuación sería tachada como curiosa, más propio de un león cachorro, lo tomó y lo abrió. No era un aburrido libro de historia, no eran jeroglíficos indescifrables, no era un libro de pociones III. No era un libro, de hecho; era un álbum.

Un álbum muggle con fotografías familiares. Fotos de los famosos Ron y Hermione Weasley haciendo cosas normales; la castaña sonriendo, la castaña cocinando con un niño en brazos, el pelirrojo volando, el niño pequeño con su primer diente… Scorpius pasó cada una de las hojas, maravillándose menos con cada página. Era un álbum familiar, sí, pero no había fotos de Rose.

—¿Las sacaste leoncita? –murmuró la pregunta al libro, rebuscando.

Efectivamente, había algunos espacios vacíos, otras fotos reorganizadas. Todo rastro de infancia de Rose Weasley estaba eliminado de allí. Incluso su hermano, quien fuese el bebe que aparecía al principio, tenía fotos ahí de cuando tenía cinco o seis años. Pero de la pelirroja nada. No había rastro de que perteneciera a esa familia. Ni siquiera una dedicatoria entre los espacios o las fotografías.

—Raro…

Su primer impulso fue tomar el álbum como un objeto de valor. No por nada era una serpiente astuta. En unos días necesitaría un Sí de la pelirroja, y nada como el chantaje para lograrlo. Sin embargo, aunque Slytherin, él era un Malfoy reformado por Astoria, quien no le perdonaría haber tomado una posesión personal de una dama. Suspiró al dejar el álbum donde lo encontró.

Puso sus manos sobre el respaldo del sillón para no sucumbir a la tentación de tomar el álbum. Gruñó por lo bajo y salió precipitadamente de ahí. Hacer buenas acciones no era asunto fácil para sí mismo. Es por ello que no vio como, al momento de escucharse un grito lejano, las llamas dejaron de brillar rojo y verde para expandirse de color negro por tres breves segundos.

—Hola, Scorpius. Me sorprende que aún estés vivo –saludó su amigo, una vez lo encontró en un pasillo principal.

El rubio miró al castaño brevemente antes de gruñir. —Hola—.

Éste se rio muchísimo, dejando extrañando a unos pocos que se hallaban cerca. —No se lo has dicho ¿verdad?

—No—.

—Lo imaginé –respondió él, empezando a caminar con los brazos cruzados tras su cabeza—. Tu vida significaba precisamente eso –sonrió.

—¿Acaso ella…?

—Hablamos de Rose Weasley, una chica que no caerá jamás ante ti –profetizó, descruzando sus brazos—. Lo he visto en las estrellas –señaló Edward con voz siniestra para luego reír.

—Es una chica. Todas las chicas de este Colegio han caído –argumentó Scorpius despreocupadamente—. ¿Por qué ella no? –preguntó sin mirar a su mejor amigo.

El aludido soltó una breve risita, como si él conociese un secreto trascendental que Scorpius no. Lo cuál era muy cierto, pero deseaba ayudar a su mejor amigo. Por lo tanto, mentir era el paso para llegar a la verdad, aseveró para sí mismo.

—Rose no tiene sentimientos. El colegio lo sabe—.

El rubio se detuvo abruptamente, chocando con algunos estudiantes. Éstos estuvieron dispuestos a discutir con el atrevido, pero al ver que era un Malfoy, sonriendo disculpándose. Para burla de Edward, los chicos terminaron justificándose frente a él, como si fuesen culpables. Scorpius asintió levemente, incitándolos a irse de ahí.

—Tienes un enorme poder –silbó Edward mirando como los estudiantes tropezaban entre sí para caminar tan rápido como pudiesen.

Scorpius suspiró cansinamente. —No soy yo. Es el apellido Malfoy –respondió.

—¿Y ese apellido no eres tú? –preguntó el castaño. Pero no llegó la respuesta.

Otro chico chocó con Scorpius, pero éste no se disculpó. El niño parecía tener prisa, corría aceleradamente entre los estudiantes. Edward lo miró detenidamente y en su cara brilló el asombro. Por su parte, Scorpius no le dedicó ninguna mirada, hasta que su amigo se lo pidió.

—¿Quién es? –preguntó sin verdadero interés, apenas viendo una melena castaña chocando con todos.

—Emment Cruce, un estudiante de Ravenclaw –señaló Edward—. Es raro que esté corriendo por los pasillos de la escuela… es un estudiante ejemplar –explicó viendo como el pequeño corría como alma que lleva el diablo, haciendo un abrupto cruce a la izquierda al final de pasillo.

—¿Y? –preguntó Scorpius, dejando de mirar al pequeño cuando lo perdió de vista.

—No entiendes –criticó Edward—. Él jamás correría por los pasillos, sabe que está prohibido. Y adora las reglas –rememoró para su amigo, omitiendo cómo conocía esos detalles—. ¿Me estoy dando a entender? –inquirió, ahora mirando a su amigo.

—Disculpe, profesor Fox, me siento especialmente bruto el día de hoy. Podría explicarme que lo que realmente quiere decir –habló usando un tono de niña aduladora.

Pero Edward no sonrió.

—Emment no violaría ninguna regla al menos que fuese una emergencia. Algo grave –aseveró, colocando una mano en el hombro de Scorpius—. Realmente malo.

Scorpius, sin saber por qué, recordó los ruidos que los despertaron y el parecido a un grito que escuchó hace algunos minutos atrás, cuando estaba en su Sala Común, antes de encontrarse con su mejor amigo.

—Un ataque –susurró comprendiendo todo—. Mierda. ¿Un ataque dentro de Hogwarts ahora? –preguntó mirando a su amigo con los ojos abiertos.

Realmente estaba asombrado ante esa posibilidad, un ataque dentro del colegio. No era un asunto imposible, pero cambiaba cualquier perspectiva de lo que estaba ocurriendo. Reconocer la vulnerabilidad de los muros milenarios era como revivir los años de Lord Voldemort, un tirano que sólo causó dolor a los "enemigos" y condenada a los "aliados". Un ataque dentro de Hogwarts significaba que el animalejo milenario tenía razón, pensó Scorpius.

Edward lo miró sin comprender, él lo notó. Pero era imposible que él le revelara lo poco que conocía. Debía hablar con Weasley. Sin embargo, para ello le pediría la verdad sobre Amanda… y eso era…

Se escucharon otros gritos a lo lejos. Tanto Edward como él miraron hacia el origen del sonido. Tuvieron que separarse abruptamente, y cada uno se aferró a una pared, porque varios estudiantes embistieron por ese pasillo. Scorpius notó que los primeros siguieron idéntico recorrido que ell niño-seguidor-de-reglas, como lo acababa de bautizar.

—¡Oye! ¡Oye, bellísima! –Edward atrapó, con su mano, el brazo de una estudiante, que por vez primera no se alegró de su cercanía—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué corren? –preguntó.

La chica se soltó abruptamente de él. —Un ataque. Acaban de atacar a unos estudiantes, no se conoce a quienes, pero… -echó a correr de nuevo, siguiendo a sus compañeros de año.

Edward intentó nuevamente, ante la mirada de Scorpius, hablar con otra chica, quien tampoco fue de ayuda. "El miedo embrutece", se dijo, mirando a los estudiantes de grados menores. Sin sentirse menos, Edward lo volvió a intentar.

—¡Vanessa! –llamó a una estudiante de su mismo año—. ¿Qué ocurre? ¿Hacia dónde van? –preguntó Edward.

Vanessa se detuvo frente a él. Tan inteligente como guapa, la chica era una digna miembro de su casa. Con tres cualidades de los leones muy acertadas: amigable, centrada y leal, como todos en su familia por generaciones.

Desde la corta distancia, aún con el bullicio de algunos estudiantes, Scorpius podía ver y escuchar todo.

—Hubo un horrible ataque en el piso de arriba –informó Vanessa, moviendo sus manos nerviosamente.

Edward sonrió afectuoso, tal como su familia no hacía. —Cálmate. Y explícame qué ocurrió –pidió, mientras tomaba las manos de la chica entre las suyas.

Vanessa sonrió agradecida, no enamorada. Un detalle que Scorpius agradeció, tras rodar los ojos por la actitud conquistadora de Edward.

—No lo sé con exactitud. Pero ya varios estudiantes están haciendo correr rumores –dijo, apretando sus manos—. En general, sólo sé que en el piso de arriba atacaron a unos estudiantes. Dicen que varios encapuchados entraron e intentaron someter a unos estudiantes de primer año –Vanessa, una humana más, tenía sus ojos llorosos.

—Tranquila, tranquila –canturreó suavemente Edward, abrazándola—. Una acción brutal, atacar a unos estudiantes de primero… –miró hacia su amigo, quien se acercó una vez dejaron de pasar estudiantes por ahí.

Vanessa sonrió entre sollozos a Scorpius. —No es sólo por eso que lloro –susurró, abrazándose a Edward.

—¿Qué más ocurrió? –preguntó Edward, extrañado.

Aún mirando a Vanessa, sabía que Scorpius tenía una mirada inquisitiva sobre la chica.

Vanessa dijo algo entre sollozos, pero Edward no comprendió. —Ella intentó defenderlos ¿te lo puedes creer? –lloró.

—¿Defenderlos? ¿Quién se metió en eso? ¿Una profesora? –preguntó Edward.

Scorpius habló tan suave como pudo, pero sintiendo el corazón acelerado.

—Respira profundo y dinos quién intentó defenderlos, Vanessa.

La petición no fue obedecida porque Vanessa volvió a decir algo de forma inentendible para los chicos. Edward apartó ligeramente a Vanessa para que ella lo mirara a los ojos.

—Entiendo que estés triste, pero queremos saber qué ocurre –sonrió—. Responderás afirmativamente o negativamente a mis preguntas ¿si?

Vanessa intentó calmarse mientras asentía con la cabeza.

Scorpius se sorprendió internamente con la facilidad de su mejor amigo en manejar aquellas situaciones.

—¿Los estudiantes están bien? –preguntó Edward a Vanessa.

La chica asintió, moviendo al mismo tiempo sus cortos cabellos.

—¿Intentaron defenderlos?

Ella asintió de nuevo.

Edward miró a Scorpius un segundo antes de preguntar a la chica: —¿Los defendió una profesora?

Esta vez la chica negó. Ocasionando que, tanto Edward como Scorpius, sintieran un escalofrío recorrer sus columnas, aunque cada uno por motivos diferentes, por personas diferentes.

—¿Fue una estudiante, entonces? –preguntó Scorpius a Vanessa, quien sin mirarlo asintió.

—¿Sabes quién fue esa estudiante? –inquirió Edward.

Vanessa intentó calmarse una vez más, y esta vez lo consiguió. Respiró hondamente. Logró que sus sollozos se aplacaran para revelar el motivo de su tristeza.

—Sí, y no se encuentra bien, según dicen –expresó, volviendo a suspirar—. Fue Rose Weasley, la Premio Anual, quien se enfrentó a los encapuchados para salvar a los niños –reveló Vanessa.

Antes que Edward procesara esa verdad, ya Scorpius estaba corriendo hacia la enfermería. Un lugar abarrotado por los chismosos.

:.:.:.:.:.:

Más de la mitad de las "verdades" que se decían en Hogwarts eran rumores de pasillo. En efecto, hubo un ataque dentro del colegio, y sí fue a unos estudiantes de primer año. Sin embargo, se desconocían si fueron o no los encapuchados quienes atacaron; se duda incluso de la existencia de los mismos, por parte de las autoridades del Ministerio, quienes nuevamente fueron herméticos en el asunto. Pero sí había algo cierto, hubo quién defendió a los pequeños, atacó y venció, aunque fuese atacada al final.

Rose Weasley, tan apasionada como Hermione, y tan leal como Ron.

Harry Potter no pudo evitar sonreí al pensar en aquello. Su ahijada cada día se parecía más a sus progenitores. Recordaba como desde pequeña fue renuente a ser quien era. Mas hoy en día, el destino mostraba a Rose como una mezcla de Hermione y Ron en sus mejores años; aunque una mezcla cerrada a sí misma herméticamente. Harry sabía, como toda la familia Weasley, del resentimiento de su sobrina ante la magia.

—¿Cómo sigue? –preguntó Ginny apareciendo detrás de su esposo, el aludido suspiró—. Igual ¿no?

Harry alargó su brazo, Ginny comprendió y se acercó a él.

—Estará bien, es una Weasley por defecto –murmuró a su esposa, haciéndola sonreír.

—Tiene horas inconsciente. La noche está cayendo y ya debería haber despertado –dijo Ginny, mirándolo a los ojos—. Es todo tan horrible –se lamentó, saliendo brevemente de su abrazo protecto–, ahora entiendo la preocupación de mi madre cuando ustedes se inmiscuían en todo aquello –expresó.

El pelinegro, no tan negro como antes, la liberó del abrazo por completo para tomar entre sus manos las de ella. Los años habían pasado, pero para él, Ginny era su hermosa pelirroja. Una mujer luchadora, leal y valiente, tanto o más de lo que él pudiese necesitar.

—Se recuperará, Ginny. Es un asunto delicado, es verdad, pero tal como le decía tu padre a tu madre –apretó sus manos—, es el destino quien obra, no nosotros.

Ginny bufó. —Ustedes se buscaban problemas, esa es la verdad.

Harry sonrió. —Unas veces, no todas.

La réplica no fue suficiente para la pelirroja, ligeramente canosa. —Claro que sí. Siempre investigando, buscando saber, intentando…

—¿Salvar a cierta pelirroja de once años? –preguntó Harry, besándole las manos.

Ginny bufó de nuevo sin responder nada.

Harry la abrazó. —El destino está obrando, Ginny. Se puede escapar de la muerte, pero no al destino –dijo.

—¿Quién dice? –preguntó Ginny, mirando la sala de enfermería.

—Dumbledore –sintetizó Harry, omitiendo gran parte de la conversación—. Lo visité apenas llegué, hace unas horas.

—¿Harry, estás intentando decirme que esto continuará? –cuestionó la pelirroja a su esposo, ahora mirando la tez pálida de su sobrina.

—Esto apenas empieza, Ginny –reveló recordando las palabras más dolorosas de su anciano exdirector.

Antes que Ginny pudiese replicar, Rose atrajo su atención. Primero respiró fuertemente, tosió unas pocas veces y finalmente abrió los párpados. La pelirroja movió sus ojos levemente, para finalmente enfocarlos en Ginny. Ambas se vieron fijamente unos segundos, al tiempo que Rose fruncía el ceño al ver a la hermana de su padre.

—¿Tía? –preguntó, sabiendo que estaba haciendo una inquietud estúpida.

La aludida sollozó brevemente y abrazó a su sobrina. Rose estaba viva, gracias a Merlín.

—¿Estás bien? ¿Sientes algo? Creo que te ves bien –dejó de abrazarla para mirarla detalladamente, recorriendo con sus manos, su rostro y su cuerpo…—. No parece que te falte nada, aunque quizá deberíamos…

—Tía, estoy bien. No siento ningún dolor –y para demostrarlo, intentó sentarse.

—¡Alto ahí, jovencita! Tú no te mueves ¿me has oído? –habló duramente Ginny, usando su voz oficial; la que usaba para controlar las travesuras de su hijos—. No me voy arriesgar a que te pase algo. Estás de reposo, así lo dijo el medimago del ministerio. Y vas a obedecer –agregó, señalándola con el dedo.

Rose se asombró. —Es de mala educación señalar con el dedo, tía Ginny. Además, la opinión de un medimago está sobrevalorada porque…

—La niña está bien, Ginny. Ya está discutiendo –observó Harry con alegría, quien había permanecido silencioso.

—Padrino, no sabía que estabas aquí –habló Rose, sonriendo.

—Tu tía puede conseguir que cualquiera pierda brillo –respondió Harry, acercándose a su ahijada.

Rose frunció levemente el ceño para después sonreír. Como ella se tomaba todo como literal, a veces tardaba en comprender lo más esencial en algunas expresiones.

—¿Por qué están aquí? ¿Cómo llegué hasta la enfermería? –inquirió, mirando alternativamente entre ellos y el lugar.

El silencio hizo acto de presencia. La soledad era extraña, a los ojos de Rose. Sin embargo, si tras los ataques el Ministerio se inmiscuyó en Hogwarts, otra vez, era evidente que habían desalojado el lugar para salvaguardarla a ella. Salvaguardar lo que ella pudiese recordar y fuese útil a una eventual investigación.

—¿Sabes lo que ocurrió? –preguntó Ginny suavemente, sentándose junto a la cama.

La pelirroja asintió. —Recuerdo el ataque a los niños de primero, si es a eso a lo que te refieres, tía.

Ésta asintió, mirando unos segundos a su esposo para después volver su vista sobre su sobrina. —¿Recuerdas algún detalle importante?

—Sí, estaban en el piso de la biblioteca. Yo iba llegando a ese pasillo, por el que están las nuevas estatuas de… –Harry y Ginny entendieron—. Y lo vi todo. Intentaban controlar a los niños.

—¿Viste quienes fueron? ¿Reconociste sus rostros, sus voces, o sus vestiduras? –preguntó Harry.

Rose pensó unos segundos, y después negó. —Creo que no. Supongo que serían conocidos porque me atacaron para que olvidara sus rostros.

—¿Por qué lo dices?

—No me explico por qué otra razón tengo un espacio en blanco en mi mente, tía Ginny –dijo Rose en un tono acerado.

—No me hables de esa manera, jovencita –reprendió Ginny sin hacer demasiado esfuerzo; sabía que en ella aquélla actitud eran incorregible.

La pelirroja rodó lo ojos, mas no respondió.

Harry agradeció en silencio por ello. —¿Recuerdas algo más? –inquirió.

Los Weasley como siempre de metiches –habló una voz aguda—. Y tú peor, teniendo a esa pedante como madre… ¡Me das asco, niña! Pero eres necesaria, muy necesaria. Hoy no morirás ¡Felicidades! –reveló aplaudiendo, haciéndola retorcerse en el piso—.Simplemente olvidarás todo…

—Nada más. Los ataqué, dejaron a los niños y luego me atacaron a mí –dijo, mirando como su tía se levantaba y caminaba hacia una mesita a la distancia—. Lo último que recuerdo es un aroma que no puedo asemejar con nada del pasado –reveló, omitiendo otros detalles.

—¿Estás segura? –presionó Harry desde su sitio—. El Ministerio está investigando, Rose, y es importante que tú…

—Aunque recordara algo, y se los dijera, no sería la primera vez que engavetaran un caso al no poder descifrarlo –replicó con agudeza la pelirroja, ahora mirando a su tío.

Tanto él como Ginny sabían que la pelirroja se refería a la muerte de sus padres, un caso engavetado por el Ministerio y resuelto como: Homicidio por Venganza. Así de simple, sin profundizar, sin detener a los culpables directos o indirectos. Todos sabían que los autores intelectuales estaban sueltos, ahí afuera en el Mundo Mágico, aún riéndose de lo acontecido.

La pelirroja había crecido con esa espina en su corazón. Desde pequeña renegó su esencia mágica al comprender la ineficiencia del alto poder. Magos y brujas pudieron haber revelado la verdad, sin embargo, optaron por la vía fácil. Y la familia sabía la razón: llegaron a un callejón sin salida y prefirieron inventar para finalmente errar. Decisión que costó al ministerio la salida de Harry Potter y de todos los Weasley al servicio, para ese tiempo; incluso el lógico de Percy Weasley comprendió la gravedad del asunto, lo inapelable de lo decidido por sus jefes.

Rose creció resentida con la magia. Siendo ésta tan poderosa, no había sido capaz de encender el fuego de la justicia para con sus padres. Las autoridades del Ministerio tuvieron la oportunidad en sus manos, y cuando la pelirroja lo supo y entendió renegó de sí misma.

Primero, la magia no fue lo suficientemente poderosa como para permitirle tener a sus padres. Segundo, la magia no fue lo suficientemente poderosa como para hacer justicia por sus padres.

No quiero ir a ese Colegio, padrino –negó la pequeña con diez años, comiendo un helado.

Harry la había llevado a la heladería para hacerla entrar en razón. Su ahijada quería ser tan muggle como los padres de Hermione. Renegaba de la idea de tomar la vida mágica como parte de sí.

No puedes negar lo que eres, Rosie. La magia es tu esencia, una que no puedes rechazar –aseveró Harry, comiendo su helado—. Tus padres fueron grandes magos, grandes amigos. Y tú –revolvió su cabello pelirrojo—, eres una mezcla de los mejor de ambos, Rose.

La magia no los ayudó cuando más lo necesitaban –susurró ella, dejando de comer—. La magia no me está ayudando a mí –miró a su tío con dureza, una que nació en ella al tener que madurar abruptamente.

Harry sonrió fraternalmente. —Yo también perdí a mis padres, Rose. Sé que no ayuda, pero la magia puede encaminarte hacia lo que quieres.

Sé que también eres huérfano, padrino. Esperaba que comprendieras mi decisión –interrumpió ella con propiedad.

Hogwarts es el mejor Colegio de Magia y Hechicería, Rosie. El gran poder interno del castillo te unirá a tus padres.

—¿Dónde están Albus y Brenda? –inquirió Rose, recibiendo el agua que su tía Ginny le ofrecía.

—Vinieron temprano, pero fue necesario que salieran a controlar a tus admiradores –informó Ginny, accediendo a ayudarla a sentarse.

—¿Admiradores? –preguntó sorprendida a su padrino y tía.

Harry sonrió, tomándole la mano derecha. —Parece que eres una heroína para la pequeña comunidad de Hogwarts, Rosie.

Tal como sospechaba, la aludida se enfurruñó completamente. Empezó a murmurar quejas ante tal perspectiva.

—Sólo hice lo que tenía que hacer –observó con la mirada furiosa, cruzándose de brazos.

Ginny sonrió afectuosamente, reconociendo en su sobrina la mirada osca de Ron en sus tiempos de adolescente. —No, Rose. No hiciste lo que tenías que hacer…

—Hiciste lo que todo Weasley haría –completó Harry, comprendiendo a su esposa—. Será mejor que te dejemos descansar. Hugo no ha dejado de preguntar por ti, vendrá más tarde si Mcgonagall lo deja. No tienes autorización médica de recibir visitar por razones de seguridad hasta el día de mañana –expresó a su sobrina, encaminándose junto a su esposa hacia la salida.

—Ah, por cierto, Brenda te trajo algunas cosas –Ginny se zafó del abrazo de su esposo, para regresar hasta su sobrina—. Aquí están –dijo acercando una mesita hasta la cama de Rose.

Rose descruzó lo brazos y tomó la primera caja que vio. Ranas de chocolate, sus favoritas. Ginny sonrió afectuosa y triste, una sensación melancólica la reconocer tantas cosas de su hermano en su peculiar sobrina. Llevó su mano a su frente, constando si tenía fiebre.

—¿Segura que estás bien? –preguntó a Rose.

Ella sonrió amablemente. —Sí tía, estoy bien –aseguró.

—De acuerdo. Te dejamos tranquila –dijo, alejándose de ella—. Vendremos más tarde. Recuerda que estás de reposo ¿si? Eso significa que no puedes salir de esa cama ¿has comprendido?

—Rosie ha comprendido ¿verdad que sí? –intervino Harry, risueño.

La aludida respondió: —Sí, sí. Reposo total. Sin visitas, sin alterarme, sin bajarme de la cama. Comprendo perfectamente –aseguró.

Ginny se giró y murmuró a su esposo: —No comprendió nada. Se levantará en cuanto pueda y recibirá todas las visitas que pueda.

Harry asintió de acuerdo, abrazando a su esposa. Se dirigían a la salida, de ahí directos a la oficina de Mcgonagall para tener una reunión con ella y otros enviados del Ministerio. La situación se estaba saliendo de control, era momento de abandonar el resentimiento y cooperar por el bien de la comunidad mágica.

—¿Padrino? –llamó Rose, cuando Harry cedió el paso a su esposa.

Ésta sonrió levemente y susurró: —Te espero afuera.

—¿Si, Rose? –preguntó junto a la puerta, mirándola a ella.

—¿Cómo están los niños? –inquirió suavemente.

Harry se guardó la sonrisa para sí mismo. —Están bien, muy bien.

—Bien—.

Tras cerrar la puerta, su esposa lo esperaba en el pasillo a unos pasos, distante. Llegó junto a ella y respondió a la silenciosa mirada de ella:

—Aunque se parece mucho a tu hermano, debo decir que Hermione dejó lo suficiente de sí misma en ella

:.:.:.:.:.:…

Rose destapó la caja de ranas de chocolates y atrapó la primera para comérsela. Disfrutaba del dulce, tanto como disfrutaba de cualquier libro. Rápidamente el sabor la invadió y sonrió. Muchos le habían dicho que se parecía a su padre. Ella había sentido siempre un afecto impulsivo hacia el chocolate porque quería conectar con su padre. Sin embargo, con el paso del tiempo, comía chocolate por gusto, por deleite, no por obligación.

Se comió todas las ranas en poco tiempo. Su afición era real y por extraño que parezca requería aumentar sus energías. Al despertar supo que estaba ligeramente débil, su cuerpo recordaba cómo debió retorcerse y aguantar para proteger a los niños. Realmente no sabía qué la motivó a localizar los gemidos que escuchó al salir de la biblioteca, pero agradecía haberlo hecho.

Probablemente, aquellos iban a ser utilizados para diabólicos ataques. Algo que no soportaría, pues, aunque no se lo había dicho a nadie, ella en cada niño pequeño veía a su hermano. Hugo, quien ahora se caracterizaba por su valentía, de pequeño demostró tener miedo. Y fue el deber de Rose, como hermana mayor, de protegerlo, animarlo, sembrar en él la confianza que necesitaba.

Yo te protegeré siempre, Hugo –aseguró una noche cuando sus abuelos los dejaron solos, por primera vez en dos años viviendo con ellos.

El pequeño castaña sollozó. —Pero mamá y papá…

Olvídate de eso. Tú y yo somos un equipo, juntos hasta el final –expresó, abrazándolo—. Ellos nos dejaron porque sabían que podíamos cuidarnos entre los dos.

¿En serio lo crees?

Es en lo único que creo—.

Y era cierto. Las cosas no comprobadas con la ciencia muggle, o no comprobadas con la magia, no tenían validez para ella. No obstante, aquello era lo único en lo que se atrevía a creer. Sus padres sabían que ellos, como hijos, como hermanos, podrían protegerse entre sí. Su única fe era esa.

Suspiró, mirando a su alrededor, mientras dejaba la caja en la mesa. No prestó atención a la tarjeta dentro de la caja, ya su hermano las poseía todas gracias a ella. En cambio, detalló que estaba completamente sola en la habitación. La enfermera nunca abandonaba el lugar, por lo tanto, debía haber una reunión muy importante para justificar su ausencia. Camas vacías, algunas arregladas y otras deshechas, mesas vacías, cortinas cerradas… su ambiente era ese.

La soledad no era un problema para ella, aún después del ataque. Sus tíos no la dejarían desarmada en el lugar. Alargó su mano a una pequeña bolsa sobre la mesa y la vio. Guardada entre un manto rojo brillante, su varita estaba allí. La sacó, cerró la cortina y la guardó bajo la colcha, dejándola accesible en caso de necesitarla. Estaba preparada para soportar la soledad, sus tíos lo sabían.

Un segundo después le pareció escuchar la puerta. Aguardó en silencio con la varita en su mano, recién tomada del escondite. Mas no escuchó la puerta cerrarse por lo que supuso que eran imaginaciones suyas, ganas de vencer en otra batalla. Sonrió, burlándose de sí misma. Una experiencia cercana a la muerte era suficiente por un día.

No puedo creer que sean ustedes quienes… –murmuró Rose, ahora en el piso, víctima de un hechizo sin varita,

Sentía una desazón en su interior, unida a una opresión junto al pecho que le impidió seguir hablando.

Los Weasley como siempre de metiches –habló una voz aguda—. Y tú peor, teniendo a esa pedante como madre… ¡Me das asco, niña! Pero eres necesaria, muy necesaria. Hoy no morirás ¡Felicidades! –reveló, haciéndola retorcerse en el piso—.Simplemente olvidarás todo…

Pero no fue así, no olvidó nada. Recordaba perfectamente lo ocurrido antes, durante y después del ataque. Sabía que Emment la encontró a ella y a los niños de primero tirados en el suelo… Ella le pidió que fuese por ayuda. —Es una emergencia, Emment. Deberás violentar las reglas, porque ellos –señaló a los niños–, necesitan que los ayudes para vivir. ¡Corre! No fueron las palabras más idóneas, pero ellos necesitaban recibir los primeros auxilios con prontitud.

Escuchó otro sutil movimiento, pero asumió que eran las ventanas. No prestó atención porque algo más atrajo todo de sí. Un pergamino brillaba desde una cajita pequeña de chocolates. De Brenda, decía la dedicatoria. Sin embargo, la finura de aquel pergamino sólo podía significar una persona. Rose sonrió, pese a que se repitió el sonido anterior.

Desde su cama, tomó el pergamino y lo desenrolló. Con sumo cuidado fue suavizando los giros del pergamino algo desgastado en sus puntas, pero brillante. De éste salió un aroma varonil y sofisticado, muy común de Andrew. Inevitablemente pensó en todos sus momentos juntos y en cómo esa deliciosa fragancia la atrapaba cuando él la besaba. No suspiró como todas las demás chicas al recordar la intensidad del aroma muy cerca de su cuello, pero sí sintió que su corazón se aceleraba ante los recuerdos peligrosos de ser revelados. Una vez el pergamino estuvo listo, empezó a leer en un murmullo:

Rose…

Es muy lamentable lo que te ha ocurrido, y aún más, porque desearía estar a tu lado en este momento. Poder abrazarte y brindarte de mi calor, de mi apoyo. Besar tus labios… Sin embargo, es imposible. Ambos los sabemos. Sería muy sospechosa mi presencia ahí junto a ti, visitándote y consintiéndote, tal como deseo. Tu amiga Brenda se ofreció a llevar todas las cartas que sean necesarias … Confío en ella, al igual que tu lo haces. Desearía ser más extenso, pero hay cosas que solo tú y yo debemos saber… cosas que en carta no se pueden decir…

Sólo te dejo una promesa:

Quiero enseñarte más… mucho más…

Si tú me dejas.

A.M.

¿Nos veremos pronto?

—Sí, Weasley… ¿se verán pronto? –preguntó una voz.

Rose quedó internamente sorprendida al sentir a Scorpius Malfoy junto a ella, muy cerca. Con su respiración casi encima de su mejilla y viendo la carta fijamente. Parpadeó inquieta. Lo más natural sería esconder el pergamino y negar cualquier sospecha suya, sin embargo, aquello sería muy estúpido. Evidentemente, él ya había leído todo el contenido de la carta, y ella sin preverlo.

No temió al girarse un poco para quedar aún más cerca de su Compañero de cargo. Era una osadía, pero no le demostraría miedo. No a él, no a nadie.

—No lo sé. ¿Tendré tu autorización? –inquirió agriamente, mirándolo con seriedad.

—Eres muy inteligente, Weasley. Lees el pensamiento –susurró, viendo sus labios, y luego alzó la mirada para agregar–: Sí haces exactamente lo que quiero, quizás los deje… –canturreó el final.

—¿Y qué es lo que quieres? –susurró de vuelta, siendo inconscientemente provocativa. Pero siempre mirándolo a los ojos.

Scorpius sonrió vampíricamente. —A ti… evidentemente –respondió.

Ella no sonrió, sólo dio una rápida mirada a los labios finos de Scorpius antes de ver a sus ojos grises, calculadores, maléficos… atrayentes. Desde su posición vio algo diferente. El gris parecía vaporoso y luminoso, rebosante de intensidad. Ambos ojos estaban así, eran idénticos, tan sólo un pequeñísima mancha verdosa violentaba al inmaculado gris. Y, de pronto, sin saber cómo o por qué, se sintió adicta a Scorpius Malfoy.

Sentía el retumbar de su corazón, una revolución en sus venas, el movimiento de su estómago y un cosquilleo en la parte trasera de su lengua. Todas las señales de que estaba viendo chocolate, estaban ahí. Sólo que sus ojos no veían su dulce favorito, claro que no; en cambio, era Scorpius Malfoy quien estaba frente a sus ojos limitándole cualquier campo visual. Siendo él su única vista, su única atracción.

Scorpius se movió ligeramente, pero ella no perdió vista de sus ojos. Se movió junto a ellos. Hechizada, coartada su razón. Al instante, sintió una mano en su cintura y unos dedos en su mejilla derecha, la corriente eléctrica fue superior a todo lo vivido. Detalló su mirada, más allá de sus ojos. Secretos, secretos, mentiras… todo aquello lo recordó, él también debería hacerlo. Pero aún así…

—Parece que ambos tenemos una afinidad por lo prohibido… –susurró Scorpius, exteriorizando sus propios pensamientos, acercándose para eliminar toda distancia.

El beso entre ellos, esta vez, era inminente.

.::R&S::.

¡Feliz Navidad!

¿Será inminente el beso? ¿O alguien interrumpirá? Descúbralo en el siguiente capítulo de "Bajo el Manto Negro". ¡Te esperamos!

Jo, notaron que nos les desee feliz y próspero nuevo año ¿verdad? ¿Por qué será?

¡Gracias por leer! Hasta la próxima…¿semana?

liRose Multicolor ~Diana20/12/2011