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Capítulo 4: Encuentro de titanes.

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Abrió muy lentamente la puerta del armario, observando con miedo hacia el exterior. La delgada línea de luz, no más que el débil resplandor de la luna filtrándose a través de la ventana, acarició suavemente su rostro al acercarlo hacia la puerta. Apenas la había abierto lo suficiente para poder ver lo que ocurría afuera, encontrándose solo con la densa oscuridad de la noche.

Habían pasado horas desde que su madre le ordenó, con lágrimas en los ojos, que se ocultara rápidamente en el armario, apagando cada uno de los candelabros de la habitación. Habían pasado horas desde que dejó de escuchar los gritos suplicantes…y también aquel terrible sonido…un ruido espeso, crujiente, como si alguien hubiera quebrado una rama llena a rebosar de savia.

Acercó aún más el rostro hacia el delgado espacio entre la puerta y el marco del armario, apoyando la nariz contra la madera. No podía ver mucho; apenas el vago contorno de los muebles y la luz de la luna traspasando la tela de las cortinas. El silencio era tal que temió que los acelerados latidos de su corazón, o su respiración, pudieran escucharse del otro lado de su refugio. Se llevó una mano hacia la boca, empujando lentamente la madera con el hombro. La puerta se abrió con un chirrido sordo, dándole paso a la habitación, el amplio comedor de piedra pulida donde tantas veces se había sentado a cenar con su familia.

La niña avanzó a tientas en la oscuridad, con ambas manos extendidas hacia adelante. Poco a poco sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la falta de luz. Aún así, la sangre se vio negra, no roja, cuando la pisó... Se detuvo por completo, tensa como una estatua, temblando de pies a cabeza. Lentamente bajó la vista hacia el suelo, notando el inmenso charco negro donde su pequeño pie se había hundido. Lo apartó espantada, retrocediendo tan bruscamente que no pudo evitar caer sentada sobre las grandes baldosas de mármol. En ese instante, como si fuera una burla de los mismos dioses, una leve brisa sopló desde el exterior, meciendo suavemente la cortina del gran ventanal. La luz de la luna bañó de lleno la habitación, revelando el grotesco cuadro que nunca, jamás, olvidaría.

Su padre yacía boca arriba sobre la gran mesa de roble pulido, con los ojos muy abiertos observando hacia el techo. Pero no veía. Tampoco sus dos hermanos mayores, desparramados en el suelo alrededor de la mesa, ni los amables criados a los que había conocido desde que tenía memoria. Ni tampoco su madre…su querida madre…derribada boca abajo sobre las baldosas, con el bello rostro de ojos grises, tan grises como los suyos, apoyado contra el charco de sangre que parecía llenar todo el suelo de la habitación.

—Mamá…papá…—murmuró con un hilo de voz, observando la escena horrorizada— ¡Levántense! ¿Qué les sucede?

Pero lo sabía, aún a pesar de su corta edad lo sabía. Se acercó gateando hacia ellos, sin importarle el contacto de la sangre aún tibia contra sus rodillas y sus palmas. Pudo sentir las lágrimas corriendo por sus mejillas cuando extendió lentamente una mano hacia su madre, la cual parecía observarla desde el fondo de unos ojos opacos, vacíos…

Muertos…

…Pandora abrió los ojos, apretando tanto los dientes que pudo notar el sabor de la sangre en su boca. La afilada mandíbula le tembló mientras recorría la gran habitación con la mirada, apretando los puños enfundados en su armadura de un violeta oscuro. Se encontraba sentada sobre una gran banca de piedra, con los brazos cruzados, sola en la inmensidad quieta y vacía del templo de Nemesis. La habitación era fría, del monótono gris y blanco de la piedra, sostenida por altas columnas a izquierda y derecha. En medio de aquel lugar su armadura se veía más brillante y espléndida que nunca.

—Ya no puedo soportarlo más…—murmuró de repente, incorporándose con un movimiento felino y elegante. Aún así, todo su cuerpo pareció temblar de ira y rabia mal contenida cuando se levantó, como si fuera a estallar de un momento a otro—No…no permaneceré un segundo más en este lugar…

Echó a andar hacia la salida del templo, rumbo a las escaleras que llevaban cuesta abajo, aún apretando tanto los dientes y los puños que comenzaba a hacerse daño. Sin embargo, a medio camino, la senshi de Nemesis se detuvo, observando con el ceño fruncido y tembloroso hacia adelante.

Una imponente silueta la observaba con ambos brazos cruzados sobre el pecho, de pie en la entrada del templo. Era una mujer alta, cubierta por una gruesa armadura de un rosa pálido con pequeñas gemas doradas en los codos y las hombreras. Tenía un rostro fuerte y sincero, de pómulos marcados y mandíbula afilada; con una corta melena de rizos oscuros y una pequeña cicatriz surcándole la mejilla derecha. Los ojos marrones observaron seriamente a Pandora durante un instante.

—Sakura…—siseó la senshi de Nemesis, sosteniéndole colérica la mirada.

— ¿Adónde te diriges, Pandora?—preguntó la guerrera de Ceres, sin moverse un centímetro de la entrada del templo.

—Eso no es de tu incumbencia… Ahora quítate del medio o lo lamentarás.

Sakura soltó un largo suspiro, sin hacer el menor caso a la advertencia.

—El gran patriarca nos ha ordenado a nosotras, las senshis, que permanezcamos dentro de los límites del Santuario—observó a Pandora de arriba a abajo—Te conozco mucho mejor de lo que te imaginas…y sé que tienes pensado desobedecer.

Pandora hizo rechinar los dientes, avanzando hacia ella hecha una furia.

—No me interesa lo que Magno haya dicho… ¡Ya estoy harta de esperar aquí! Si el enemigo vuelve a atacar no lo hará ingresando directamente al Santuario, el poder ancestral de Selene lo impide, y tanto tú como él lo saben—Pandora avanzó hasta ubicarse cara a cara con Sakura. La diferencia de estaturas era notable, pero la senshi de Nemesis la miró directo a los ojos sin mostrar ningún temor— ¿Olvidas que el tal Delta se presentó en las afueras del Santuario? Ahí es donde iré a vigilar, no aquí donde no tengo nada que hacer.

—Los soldados de plata han recibido las órdenes de patrullar todo el perímetro—replicó Sakura—Ellos se encuentran allí ahora.

— ¿Podrías dejar una tarea tan importante a basuras como esas?—escupió Pandora. Le estaba costando cada vez más contenerse—Solo conmigo será más que suficiente para aplastar a cualquiera que ose acercarse.

La senshi de Ceres permaneció impasible. Podía notar la creciente ira consumiendo cada vez más y más a la mujer frente a ella.

—Si esa defensa cayera, o si los siervos de Chaos hallaran la forma de penetrar directamente en el Santuario, entonces sería indispensable que todas las senshis estemos aquí. Debemos proteger a la señorita Selene a toda costa.

— ¡He dicho que conmigo será suficiente!—bramó Pandora—Mataré a cualquiera que intente poner un pie en el Santuario. Los destruiré a todos…—la expresión de la senshi se volvió lúgubre, oscura—Lo haré…los mataré... ¡Ahora sal de mi camino!

Pandora apartó a Sakura de un brusco empujón, encaminándose hacia la salida del templo. La senshi de Ceres la siguió seriamente con la mirada, sin inmutarse en lo más mínimo.

—Matar no te devolverá a los que perdiste—dijo con voz seria—Matar no borrará el dolor que ocultas en tu interior. No lo hizo en el pasado…y tampoco lo hará ahora.

Pandora se detuvo de repente sobre sus pasos, quedándose completamente inmóvil en la entrada del templo. Lentamente, muy lentamente, se volvió hacia Sakura. Ella la conocía desde hacía tiempo, pero nunca antes la había visto como la vio en ese instante. El rostro blanco de Pandora estaba desencajado por la ira, imbuida en ella. Sus extraños ojos grises, tan claros que casi se fundían con el blanco que los rodeaba, se clavaron como si fueran dos puñales en Sakura. Muy lentamente alzó un brazo hacia ella, apuntándole directo al rostro con el dedo índice. Un aura fría y azulada cubrió toda su mano en menos de un parpadeo.

—Ten mucho cuidado con lo que dices…—siseó en modo forzado, pues apretaba tanto los dientes que casi se podía oír su rechinar—Me importan un bledo las leyes de Selene y el patriarca…si vuelves a hablar de eso te destrozaré.

Sakura observó en silencio el omnipotente poder reunido en el dedo índice de su interlocutora, tan inmutable como al principio. No subestimaba en absoluto el poder de Pandora, pero no fue por eso que le dio la espalda, cruzando ambos brazos sobre el pecho. Aún en silencio, pudo escuchar claramente los pasos de la guerrera de Nemesis al alejarse escaleras abajo, abandonando el templo de su planeta protector.

—Pandora…—susurró para sí misma—Cometiste un error al optar por alimentar el odio que te abrasa, en lugar de tratar de imponerte sobre él. Nadie puede vivir con tanta ira…un día te consumirá por completo y ya no habrá nada que podamos hacer por ti.

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El bosque era frío, oscuro, y lo era mucho más en aquel lugar. El inmenso castillo negro, impregnado de una leve luz violácea, parecía cubrir la mitad del firmamento, opacando el brillo eterno de las estrellas. Por detrás, el bosque se extendía como un mar de árboles grises y retorcidos…y por delante…un terrible adversario la aguardaba.

Makoto observó atentamente al hombre que se hacía llamar Delta, Centinela de una de las Legiones Caóticas de Chaos, el Dios de la Destrucción. Si todo lo que Asteria le había comentado era cierto, aquel sujeto tenía una fuerza equiparable a la suya. Por otro lado, el hecho de que hubiera obedecido así como así las órdenes de la muchacha llamada Alpha la desconcertaba… Desvió la mirada hacia un lado por un instante, contemplando la terrible escena. Los cuatro soldados de plata que había guiado hasta allí, Gávrel, Argus, Dorian y Bastia, yacían inmóviles sobre la hierba, tan muertos como todo el bosque parecía estarlo en aquel lugar, a la sombra del gran castillo.

"Hermanos…"

Apretó fuertemente los puños, sintiéndose terriblemente enfadada y responsable. Ella debió haberlo evitado…ella debió haber sido capaz de detener a aquella maldita. Pero no pudo hacerlo… Alpha se movió a una velocidad que escapó incluso a su curtida visión, asesinando a sus cuatro compañeros con una concentradísima explosión de poder. Tal muestra de poder la había asombrado, y a la vez la había llenado de un deseo irrefrenable por acabar con aquella mujer… Pero Alpha se había marchado; se había ido dejando a alguien más en su lugar.

Makoto volvió a centrar su atención en el hombre frente a ella. Delta era un sujeto enorme, no demasiado corpulento, pero sí con una estatura que rozaba fácilmente los dos metros. Tenía el cabello de un intenso castaño rojizo, largo hasta los hombros, y un par de ojos azules tan fríos y muertos como el bosque que los rodeaba. Makoto se quitó su larga capa blanca de un manotazo, encarando a su enemigo con una media sonrisa.

—Tú eres Delta, ¿verdad? Mi amiga Asteria me habló mucho de ti.

El sujeto no contesto de inmediato. La observó inexpresivamente con aquellos ojos que parecían dos pozos azules.

—Un tipo callado, ¿eh?—bromeó Makoto—Lo que me faltaba.

—Puedo percibir claramente tu poder, a pesar de que intentas ocultarlo—murmuró de repente Delta, con una voz tan fría como su semblante—Es un aura arrogante y llena de orgullo, pero aún así muy poderosa… Serás una rival digna.

El Centinela avanzó lentamente hacia ella, echando hacia atrás la capa escarlata que le cubría el hombro derecho.

—Vaya, me siento halagada—murmuró Makoto, separando ligeramente las piernas.

—Nosotros, los Centinelas, somos muy distintos a ustedes—explicó Delta, sin prestar la más mínima atención a sus burlas—No tenemos planetas guardianes que rigen nuestros destinos—se detuvo a solo unos metros de distancia, atravesándola con la mirada—Nosotros somos la personificación de los fieles guerreros de la Destrucción, siempre al servicio incondicional de nuestro señor Chaos.

—Ya veo—reflexionó Makoto—Ahora dime, ¿se encuentra tu querido señor Chaos en el interior de ese horrible castillo? ¿Ha sido él, de alguna forma, quien levantó esta extraña barrera de energía?

Delta la miró como si fuera solo un insecto más en el bosque, avanzando lentamente hacia ella.

—Demuestra ser verdaderamente digna, senshi de Selene, y tal vez sacie tu curiosidad antes de destruirte.

— ¿Y quién era el arrogante aquí?—sonrió la senshi, tensando su postura—Pero me agrada mucho tu propuesta; de hecho, yo estaba a punto de sugerir algo parecido…—Makoto alzó repentinamente un brazo, ampliando su sonrisa—

¡RESTRICCIÓN!

La senshi de Júpiter elevó enormemente su poder, señalando con el índice a su oponente. Algunos pequeños rayos verdosos emergieron desde la punta de su dedo, avanzando a una velocidad que superaba todo lo conocido. La hierba se meció como sacudida por un vendaval cuando los rayos atravesaron a Delta, deteniéndolo en seco en medio de su avance.

— ¿Problemas para moverte?—exclamó Makoto, corriendo en línea recta hacia él— ¡Prepárate!

Sin embargo, el poderoso puñetazo que arrojó fue absorbido de repente por una inmensa fuerza. Delta alzó rápidamente su mano derecha, atrapando con facilidad el puño de Makoto. La senshi lo observó con los ojos muy abiertos, sintiendo como si su puño fuera estrujado por una prensa de acero. ¡Se había movido! ¡Se había movido a pesar de que había inutilizado todos sus nervios con la Restricción! En ese momento notó el aura rojiza que envolvía el cuerpo del centinela, dotándolo de una fuerza aterradora. Entonces comprendió… Delta había hecho estallar su energía en menos de un segundo, bloqueando el efecto de su técnica con el solo hecho de aplicar una energía superior. La única forma de hacer algo como eso era elevando el aura por encima del empleado en la Restricción…y Makoto había puesto casi todas sus fuerzas en la poderosa técnica paralizante. ¿El poder de aquel sujeto podía ubicarse incluso por encima del de una senshi? No tuvo tiempo de reflexionarlo demasiado.

—Esto es un verdadero golpe de puño, senshi de Selene—murmuró Delta.

Makoto no vio el golpe; ni siquiera llegó a sentirlo. De repente salió disparada hacia atrás con una fuerza monstruosa, impactando de espaldas contra el tronco de un árbol, y luego de otro, y de otro más… Los troncos saltaron en astillas como si hubieran sido golpeados por el puño de un gigante, incapaces de contener su violento retroceso. Apenas había comenzado a entender lo que sucedía cuando todo su cuerpo se estrelló contra un grueso roble, haciendo temblar el tronco desde la raíz hasta las hojas. Makoto cayó de rodillas sobre la hierba del bosque, sintiendo un dolor bestial en el pecho. Su armadura no tenía ni un solo rasguño, pero comprendió que su enemigo le había asestado un golpe con una fuerza sobrehumana. Se incorporó no sin cierta dificultad, topándose con una peculiar imagen. Un amplio corredor se había abierto en medio del bosque, generado por ella misma al impactar y derribar un árbol tras otro. Los troncos yacían despedazados en el ancho pasillo de hierba que su propio cuerpo había abierto, algunos reducidos a astillas. Muy a lo lejos, al inicio del corredor, podía divisar claramente la luz violácea del castillo. Maldición…debía encontrarse más de doscientos metros hacia el interior del bosque ¿Con cuanta fuerza la había golpeado ese sujeto? Nuevamente no tuvo tiempo de meditarlo…

—No te distraigas, senshi de Selene…

Delta cayó de repente sobre ella, silencioso y veloz como una sombra. Sin darle un segundo para respirar, el centinela desató una feroz avalancha de puñetazos sobre ella. Makoto retrocedió con dificultad, bloqueando cada uno de los golpes a una velocidad vertiginosa. Era como si los puños del centinela estuvieran en todos lados a la vez… La rapidez de aquel sujeto era tal que prácticamente le impedía cualquier posibilidad de pasar a la ofensiva. Cada golpe que detenía con la palma de sus manos, y con el dorso de sus antebrazos, era como bloquear una inmensa y pesada bola de acero. Sin embargo, podía verlo. Si… ¡Podía seguir sus movimientos! Makoto se arrojó hacia un lado, rodando ágilmente por la hierba justo a tiempo para eludir una patada que fácilmente podría haberla partido en dos mitades sangrantes. Se incorporó de un salto, aprovechando la escasa distancia y el hueco generado para contraatacar…pero Delta se volvió hacia ella con la velocidad de un relámpago. Aprovechando la inercia de la patada, el centinela giró sobre sí mismo con un soberbio quiebre de cintura, apoyando la palma de su mano sobre el abdomen de la senshi.

— ¡Galope de Sombras!

Makoto observó incrédula como una intensa luz rojiza brotaba de entre los dedos de Delta, estallando en un poderoso resplandor escarlata que pareció engullir la totalidad del bosque con su luz. La senshi volvió a salir despedida hacia atrás como si fuera una muñeca de trapo, golpeada por cientos de miles de destellos en menos de un parpadeo. Su cuerpo se estrelló de espaldas contra el mismo roble de antes, arrancándolo de cuajo. Esta vez no volvió a levantarse; se quedó sentada de espaldas contra el nudoso tronco caído, con el mentón apoyado sobre el pecho.

— ¿Este es todo el poder de una senshi?—inquirió fríamente Delta, observándola con sus inexpresivos ojos azules—Medí fuerzas contra Asteria senshi de la Tierra, estudiando su forma de luchar con atención. ¿Ahora qué decido pelear en serio contra una de ustedes esto es todo lo que pueden hac…?

Delta calló repentinamente, observando a su rival con el ceño fruncido. Makoto, sin siquiera levantar la cabeza, sacudía sus hombros en una risa sorda.

— ¿Qué es lo que encuentras tan grac…?

Nuevamente, el centinela fue incapaz de terminar lo que iba a decir, pero no por la extraña actitud de Makoto, sino por el agudísimo dolor que lo atravesó de repente. Delta hincó una rodilla en el suelo, escupiendo un grueso hilo de sangre.

— ¿Pero qué…qué es esto?—murmuró con dificultad, llevándose una mano al hombro.

Un pequeño orificio circular, apenas del grosor de un dedo, perforaba de lado a lado su hombrera izquierda; y otros tres más se distribuían por su pecho y su abdomen. Un quinto agujero perforaba la gruesa armadura que le protegía el brazo derecho. ¡No podía ser posible! Un dolor monstruoso, inhumano, torturó cada uno de los nervios allí donde los pequeños orificios se abrían.

— ¿Qué tal se sienten la hojas venenosas de Júpiter…?

Delta levantó la vista, observando furioso hacia adelante. Makoto se había incorporado del suelo, y lo señalaba burlona con el dedo índice. Una poderosa energía esmeralda le cubría todo el cuerpo, danzando enloquecida alrededor de su mano.

—Estas son las Hojas de Júpiter—continuó Makoto, avanzando unos cuantos pasos hacia su oponente. A pesar de que la armadura esmeralda seguía intacta, numerosas magulladuras le cubrían el rostro y los brazos. Aún así, la senshi no parecía notarlo.

— ¿Las Hojas de Júpiter?—preguntó Delta con voz apagada. El dolor se había vuelto aún más intenso que antes, dificultándole incluso el habla— ¿Cuándo…fue que me golpeó?

—Las Hojas de Júpiter, son una serie de golpes venenosos que atacan el sistema nervioso—explicó Makoto, sonriendo con la sangre resbalando por la comisura de sus labios—Provocando un dolor insoportable. En la brevedad comenzarás a sangrar internamente y luego a perder poco a poco cada uno de tus cinco sentidos. Cuando te haya golpeado, justo como hace unos instantes, entonces será hora de morir.

— ¿Hora de morir…? ¿Hora de morir dices…?—la voz sonó llena a rebosar de ira— ¡Yo te mostraré a ti lo que es el verdadero terror de la muerte!

Delta se incorporó, extendiendo ambas manos empuñadas hacia los lados. Su aura volvió a elevarse de un modo increíble, haciendo temblar como un huracán todos los árboles a su alrededor. Makoto retrocedió cautelosamente un paso, observándolo seriamente. El aura de aquel sujeto era increíblemente grande, lo suficiente como para permitirle soportar durante un tiempo el efecto del veneno. Debía terminar cuanto antes ese combate o lo lamentaría…

— ¡Muy bien Delta!—exclamó con todas sus fuerzas, colocándose en pose ofensiva, lista para el ataque— ¡Prepárate para enfrentar el poder de Júpiter!

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Todos se hicieron a un lado al verla acercarse, inclinando respetuosamente la cabeza. Los más jóvenes soltaron exclamaciones de asombro, maravillados con la simple visión de su armadura. Asteria, senshi de la Tierra, se detuvo en el borde de las gradas superiores del coliseo, observando hacia la lejana arena de combate. No podía decir que le sorprendiera la reacción de los soldados y aprendices reunidos allí, los cuales la observaban incapaces de ocultar su asombro. No era para nada común que una senshi se dejara ver en un lugar como ese, tan abajo en la colina, y mucho menos que acudiera a observar los entrenamientos de los reclutas. Pero no era exactamente por eso que había descendido… Sus reflexiones la habían conducido hasta allí casi sin darse cuenta.

Cruzó ambos brazos sobre el pecho, escrutando seriamente lo que ocurría en la arena de entrenamiento, muchos metros por debajo de su posición. Endimión, su discípulo, enfrentaba él solo a tres soldados de plata, logrando mantenerlos a raya. Desde hacía días su joven aprendiz no había hecho más que entrenarse sin descanso, llegando a extremos como ese. Asteria sabía muy bien a qué se debía aquello…sabía que su enfrentamiento contra Delta había marcado al joven general. Endimión era consciente ahora de sus límites, y ansiaba desesperadamente poder superarlos. Asteria lo sabía, y también sabía otra cosa, algo que no podía explicar…algo de lo que solo ella había sido testigo.

¿Por qué Delta había detenido su puño?

Asteria lo recordaba claramente. Se había precipitado hacia el antiguo coliseo al detectar el estallido de poder en las afueras, y cuando llegó se encontró con su discípulo a punto de ser asesinado por un misterioso enemigo. Había estado a punto de emplear absolutamente todo su poder para evitarlo, dispuesta a jugarse el todo por el todo para salvar a su alumno, pero…en el último segundo Delta se detuvo. Asteria no podía entender por qué aquel terrible sujeto le había perdonado la vida a Endimión. ¿Compasión acaso? No, no lo creía. La energía del centinela era fría e implacable hasta el extremo; alguien como él jamás mostraría piedad en medio del campo de batalla. ¿Dudas tal vez? Recordaba que Delta había retrocedido un paso, con una casi imperceptible inseguridad brillando en su mirada. ¿Qué era lo que había visto? Centró su atención en Endimión, en como eludía los ataques de tres de sus compañeros para luego derribarlos.

¿Qué era lo que había visto en el joven general?

—Por todos los dioses, Asteria—exclamó una alegre voz—Si frunces tanto el ceño todo el tiempo se te va a quedar así para siempre.

La senshi de la Tierra pudo escuchar los murmullos de asombro antes de oír aquella jovial voz. Eso también era comprensible. ¿Cuándo había sido la ultima vez que la hermosa senshi del amor y la belleza se presentaba tan cerca del coliseo.

—Minako—dijo con una sonrisa, observando de reojo a la recién llegada— ¿Qué te trae por aquí?

Minako, la joven senshi de Venus, se acercó tranquilamente hacia ella, ignorando las exclamaciones de de los soldados y aprendices. Con diecinueve años de edad, Minako era una de las senshis más jóvenes del Santuario, junto con Allana del Sol, de veintiuno, y Hotaru de Saturno de dieciocho. Era una muchacha alta y delgada, de vivaces ojos turquesas. Su larga cabellera dorada, tan brillante como el sol, su atractivo rostro y su encantadora sonrisa, habían hecho que casi la mitad de los chicos del Santuario cayeran enamorados a sus pies. En cuanto a la otra mitad, Minako procuraba no toparse nunca con ellos, pues no descartaba la posibilidad de que algún día todos se unieran para matarla por coqueta.

— ¿Qué me trae a mí por estos lares?—preguntó sonriente—Pues nada. Me aburro de esperar y esperar, así que de tanto en tanto salgo a estirar un poco las piernas. Lo raro es verte a ti aquí, Asteria. Me parece sorprenderte encontrarte fuera de la biblioteca.

Asteria sonrió ante las palabras de la joven. Su carácter indómito y sarcástico le había acarreado algún que otro problema en el pasado, pero en general no había nadie que no la considerara una gran guerrera y compañera.

—He estado pensando…—susurró Asteria, volviendo la mirada hacia la arena—Hay algo que no logro comprender.

Minako se situó justo a su lado, observándola con las cejas muy arqueadas.

— ¿Algo que tú no puedes entender? Vaya, jamás me imaginé que tal cosa fuera posible.

—Piénsalo un segundo. Ya sabes a que me refiero…

Minako ensombreció ligeramente su expresión, algo extraño en su rostro siempre sonriente. Guardó silencio durante unos instantes, observando ella también hacia el centro de la arena. Hacia Endimión.

—Si…sé a lo que te refieres, pero mucho me temo que yo tampoco puedo explicarlo.

Asteria asintió gravemente con la cabeza, sin apartar sus ojos de la arena de entrenamiento. Minako, en cambio, le dio una fuerte palmada en el hombro, recuperando al instante su alegre expresión.

—Vamos no te desanimes—lo apremió—Te diré algo; si yo necesitara consejo sobre cualquier cosa habría tres personas a las que sin duda acudiría.

— ¿Ah sí?

— Si. La primera eres tú, obviamente. No creo que haya nadie más sabia y perspicaz que tú en todo el Santuario.

—El segundo es el patriarca, ¿verdad?

—Exacto—confirmó Minako—Toda su experiencia y sabiduría no pueden pasarse por alto. Y en cuanto a la tercera…bueno, lo dejaría solo como última opción. En lo personal no me gusta tratar demasiado con ella. Es una mujer extraña…

— ¿A quién te refieres?

Minako alzó ambas manos, como si le hubiera preguntado algo sumamente obvio.

—Pues a Setsuna, ¿a quién sino?

"Setsuna…"

—Mmm…creo que entiendo el por qué de tu desconfianza—reflexionó Asteria.

—No lo dudo. Ya sabes cómo es ella. No solo es apacible hasta la exasperación, sino que siempre parece…saberlo todo; ya sea lo que piensas o lo que sientes. Tiene conocimientos sobre cosas que aún no han sucedido, y recuerda otras que no debería recordar, dado su edad. No sé a ti, pero a mí me produce escalofríos.

Asteria sonrió ante las ocurrencias de su compañera. Aún así, sabía que lo que decía era verdad. Si había alguien en el Santuario con el que podía hablar de esa cuestión…esa era Setsuna.

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Delta dio un tambaleante paso hacia el frente, envuelto en una poderosa energía. La hierba a su alrededor se mecía en círculos concéntricos con cada paso que daba, marchitándose hasta quedar reducida a cenizas. Un fino hilo de sangre resbaló por la comisura de su labio, al igual que las pequeñas hemorragias que habían comenzado a formarse en las heridas abiertas.

Makoto lo observó seriamente, con ambos brazos alzados y en guardia. Estaba bastante sorprendida por lo que veía. A esas alturas, cualquiera estaría tirado en el suelo, retorciéndose de agonía. Sin embargo, el poder de Delta se había incrementado hasta volverse asombrosamente grande. Makoto comprendió que debía cerrar sí o sí el combate en los próximos movimientos.

"¡Ahora!"

Delta avanzó hacia ella corriendo en línea recta, a una velocidad incluso mayor a la que había mostrado hasta entonces. Su fuerza también se había multiplicado, pero Makoto notó que el terrible dolor del veneno comenzaba a afectarlo. El centinela ya no atacaba de forma fría y calculada como al principio, sino que arrojaba bestiales puñetazos a diestra y siniestra, como si hubiera enloquecido. Aún así, seguía siendo terriblemente peligroso… Makoto se hizo a un lado justo a tiempo para evitar un puñetazo que redujo a miles de astillas el árbol que tenía detrás. Delta rugió, torciendo la cadera hacia ella en una titánica patada horizontal. Makoto logró bloquearla a duras penas, cruzando ambos brazos por delante del cuerpo. Pudo sentir la tierra temblar bajo sus pies, y como sus brazos se quejaban como si estuvieran a punto de romperse. Intentó retroceder, pero Delta aprovechó la escasa distancia para abalanzarse sobre ella con un poderoso cabezazo directo al rostro.

Makoto se precipitó de espaldas hacia la hierba, desorientada por el terrible golpe; sin embargo, se las arregló para hacerse ágilmente a un lado en el último segundo, dando un veloz giro al ras del suelo. Aquella era su oportunidad… Sin incorporarse del todo, la senshi de Júpiter abanicó su mano derecha con un veloz movimiento, el cual deformó el aire a su alrededor. Tres luces verdosas salieron disparadas a toda velocidad, enterrándose en el pecho de Delta en menos de un parpadeo. El Centinela soltó un gruñido sordo, cerrando fuertemente su mano en un puño.

— ¡Galope de Sombras!—exclamó con voz espesa de sangre.

Los innumerables destellos de energía roja avanzaron hacia la senshi, más poderosos que nunca, pero Makoto ya había visto a través de la técnica… Sabía que era una potente descarga de rayos de energía que destruía todo a su paso. En el momento en que el puño de su rival resplandeció, Makoto ya había dando un increíble salto hacia adelante, superando la tormenta de energía que barrió con todo el bosque detrás. La senshi disparó tres nuevas hojas en pleno aire, las cuales se hundieron en el brazo derecho de Delta, perforando fácilmente la coraza. Pero Makoto no se detuvo ahí. Cayó al suelo dando otro ágil giro al ras de la hierba, bordeando ampliamente la posición del centinela. En cuanto éste hizo ademán de voltear hacia ella, tres hojas más se incrustaron en su espalda, haciendo brotar la sangre a borbotones. Delta rugió de ira y dolor, volviéndose como un toro desbocado hacia ella. Pero Makoto no se dejó sorprender. Lo esperó fríamente y en guardia, eludiendo la embestida con un corto salto hacia un costado. Eso era todo lo que necesitaba.

— ¡Aguijón de Hojas de Roble de Júpiter!

El dedo índice de la senshi se hundió hasta el nudillo en el omóplato de su rival, perforándolo como si fuera mantequilla. Al retirarlo, la sangre manó abundante por todas las heridas, formando un gran charco escarlata sobre el verde de la hierba. Delta permaneció inmóvil, con ambos brazos a los lados del cuerpo y el rostro cubierto de sombras. Makoto lo observó fríamente durante unos instantes. Ya no podía sentir su increíble poder.

—Has recibido el veneno del Aguijón de Júpiter—murmuró—Es increíble que aún puedas mantenerte de pie, pero no tardarás en morir. En este momento, no eres más que un cadáver sostenido a duras penas sobre sus piernas—dio media vuelta, alejándose a través del amplio corredor abierto en el bosque, rumbo al castillo—Aún así fuiste un increíble rival, y tienes mis respetos por eso. Hasta nunca, guerrero de Chaos.

Makoto se detuvo, abriendo enormemente los ojos.

—No…no puede ser.

Un aura, un aura increíblemente poderosa se encendió a sus espaldas, tan poderosa y magnánima que pareció cubrir todo el bosque. Makoto volteó asombrada, topándose con una imagen imposible.

—No…no moriré sin antes haberte llevado conmigo al inframundo, Makoto de Júpiter…

Delta había alzado su brazo derecho, con el dedo índice apuntando hacia las estrellas. Una inconcebible cantidad de energía se acumuló en la punta del dedo, relampagueando en la forma de una perfecta esfera escarlata. Makoto no podía creerlo…ese sujeto no solo había recibido el poder de su ataque, sino que aún podía concentrar toda esa increíble cantidad de energía. ¡Delta se negaba a morir sin antes destruirla!

— ¡Supremacía Estelar!—bramó el Centinela, haciendo estallar la bola de energía reunida en su dedo.

Eso fue lo último que Makoto pudo ver. Una inmensa onda expansiva brotó del cuerpo de Delta, extendiéndose en forma circular a su alrededor, como un devastador terremoto de energía roja. Los árboles, las rocas, el suelo mismo, todo estalló en pedazos al ser alcanzado por la poderosa onda de energía. Makoto cruzó ambos brazos alrededor de su cuerpo, quemando al máximo su aura, pero sabía que no podría lograrlo.

Aquel sujeto era un monstruo…

Avanzó tranquilamente a través del amplio pasillo de piedra, sin prestar atención a los soldados que la saludaron al pasar, inclinándose respetuosamente ante su presencia. El pasillo era ancho, de piedra oscura, rodeado por altas columnas a izquierda y derecha. Concluía en una enorme puerta doble de ébano, con manijas y bisagras de oro. Alpha, Centinela de la primera legión Caótica, abrió la puerta de par en par, adentrándose en la habitación del otro lado. Se trataba de una gran recámara de forma circular, con amplios ventanales ubicados a los lados, todo trabajado en la misma piedra negra y pulida. La recámara se encontraba rodeada de columnas entre ventanal y ventanal, y conducía a un segundo pasillo sumido en las sombras.

Alpha atravesó a paso lento la recámara, con una sonrisa astuta en los labios. Era una joven de no más de veinte años de edad, esbelta como una lanza de guerra. Tenía la piel pálida y el lacio cabello de un rubio muy claro, peinado fuertemente hacia atrás. Pero eran sus ojos, extrañamente rojos, lo que más llamaba la atención de toda su apariencia.

— ¡Mis estimados amigos!—exclamó de repente, deteniéndose en medio de la recámara— ¿En qué puedo ayudarlos?

Durante unos segundos, el silencio fue la única respuesta que obtuvo. Alpha esperó pacientemente con una sonrisa, observando de una a otra a las tres sombras ocultas tras las columnas.

— ¿Has dejado solo a Delta contra los intrusos?—preguntó una voz grave y solemne.

Alpha clavó sus ojos escarlatas en la corpulenta silueta a su derecha, la cual salió desde detrás de uno de los pilares.

— ¿Y qué hay con eso, mi querido Cratos? ¿Acaso dudas de las habilidades del buen Delta?

Alpha amplió su desagradable sonrisa, observando de reojo al hombre llamado Cratos. Era un sujeto alto y corpulento, de musculatura bien definida. Vestía una túnica blanca al antiguo estilo griego, larga hasta la rodilla. Su pálido rostro era de rasgos severos, con la nariz ancha y la mandíbula bien marcada. Una corta barba negra le cubría el mentón, delineando ambos lados del rostro con elegancia. Sus ojos eran de un negro profundo, al igual que la espesa cabellera que le caía hasta media espalda, separada con una firme raya al medio.

—No dudo de Delta, pero su oponente es una senshi.

La sombra a la izquierda rió burlonamente, apoyándose de espaldas contra una de las columnas.

— ¿Acaso deberíamos preocuparnos por eso? Ninguna senshi de Selene, es rival para nosotros.

— ¿Lo ves, Cratos?—sonrió Alpha, encogiéndose de hombros—Zell sí sabe lo que dice. Estoy segura de que ella no pondría ninguna objeción a la hora de enfrentarse a una de esas basuras.

Zell sonrió fríamente, cruzando ambos brazos sobre el pecho. A diferencia de sus compañeros, vestía una larga túnica negra de sacerdotisa, la cual rozaba el suelo al caminar. Era una mujer sumamente delgada, pero esbelta, con una piel blanca e inmaculada hasta el extremo. Sus ojos negros carecían de cualquier tipo de brillo, lo cual le daba un aspecto extraño a su rostro afilado. Sus cabellos también eran negros, y estaban perfectamente peinados hacia atrás, rozándole los hombros.

—No me subestimes, Alpha—respondió fríamente el corpulento Cratos—No tengo ningún temor de enfrentarme a las doce senshis, pero sabes muy bien que su Señoría se enfadará si perdemos la oportunidad de aniquilar a una de ellas. Ha fijado su derrota como uno de los principales objetivos a lograr.

Alpha se echó a reír con ganas, llevándose una mano a la frente.

— ¿Ahora lo llamas "su Señoría"? ¿He escuchado bien? Por favor…no recibiré órdenes de nadie que no sea el Señor Chaos en persona.

—Entiendo tu actitud—susurró una suave voz—Pero olvidas que fueron el señor Skotos y la señora Nox quienes pusieron a su "señoría" al mando. Debemos obedecerlo aunque no te guste.

Alpha observó de soslayo a la tercera y última sombra, la cual avanzó hasta ubicarse bajo la pálida luz que se colaba a través de los ventanales, cortesía de la luna y las estrellas.

—Tal vez…pero los dioses hermanos no se encuentran aquí ahora, mi estimada Eneas. Se encuentran muy ocupados perdiendo el tiempo en la búsqueda del nuevo recipiente del señor Chaos—Alpha volvió a encogerse de hombros—Yo digo que no tenemos por qué hacer lo que nos ordena ese infeliz. Al fin y al cabo él no es uno de nosotros.

Eneas, una atractiva joven de unos dieciocho años, se llevó una mano al mentón, sonriendo amablemente.

—Ese infeliz podría matarte si así lo quisiera.

—Me ofendes, Eneas, él no se encuentra a la altura de ninguno de nosotros, los doce Centinelas del Caos. Es solo por su posición, si así quieres decirle, que el señor Skotos y la señora Nox lo colocaron al mando.

—Interesante forma de verlo—sonrió Eneas, inclinándose respetuosamente. Era una joven elegante y hermosa como una diosa, de cortos rizos castaños y grandes ojos verdes. Vestía simplemente con una túnica corta, similar a la de Cratos, aunque de un azul muy oscuro—Aún así deberíamos obedecerlo. Es un emisario sumamente importante.

— ¿Deberíamos?—inquirió Alpha, observándola sonriente.

Eneas se encogió de hombros.

—Ha fijado la derrota de las senshis como algo prioritario. Si desobedeciendo sus órdenes podemos matar a algunos de ellas, entonces no veo problema alguno. Lo prioritario es lo prioritario, sin importar los medios.

—Me gusta esa lógica—opinó Zell. Sus ojos eran tan negros y opacos que parecían dos trozos de carbón—No estaría mal aplastar un par de cucarachas de Selene.

—Oh, ¿pero por qué limitarse solo a ellas?—aventuró Alpha en tono inocente— ¿Por qué no ir por el verdadero trofeo?

— ¿Qué es lo que propones?—preguntó Cratos, alzando una poblada ceja negra.

Alpha sonrió de un modo repulsivo, mostrando unos dientes blancos y perfectos.

—Oh…quién sabe…—murmuró en un susurro.

Sus ojos rojos brillaron como dos brasas encendidas en la oscuridad de la habitación.

. . .

Makoto se incorporó lentamente de entre las ramas y los troncos derribados, sintiendo como si su armadura pesara una tonelada. ¿Aún estaba viva? Debía estarlo. El dolor que sentía en cada fibra de su cuerpo era demasiado real como para estar muerta… La sangre escapó de sus labios entreabiertos cuando logró incorporarse, apoyándose contra un árbol que milagrosamente se mantenía en pie.

—Por las ocho prisiones del infierno…—murmuró asombrada, observando a su alrededor con los ojos abiertos como platos.

El bosque se encontraba completamente irreconocible. La infinita masa de árboles había sido reemplazada por un suelo llano y calcinado que despedía humo. Restos de rocas y troncos descansaban aquí y allá, algunos reducidos a astillas, otros horriblemente carbonizados. A lo lejos, formando una especie de anillo a su alrededor, podía divisar los árboles que habían escapado de la explosión. Era como si un enorme círculo de destrucción hubiera surgido en el centro del bosque; una isla calcinada en medio de un mar de árboles. Y delante de ella, a unos diez metros de distancia, la imponente silueta se acercaba tambaleante.

—Debes estar bromeando…—susurró la senshi, resignada una sonrisa de asombro.

Delta, el Centinela del Caos, avanzaba lentamente hacia ella, con la mirada gacha y ensombrecida. Su hermosa armadura negra se encontraba teñida de escarlata. Makoto comprendió que su rival no podía tener mucho más tiempo de vida, era inconcebible que así fuera. Sin embargo, la determinación de aquel hombre era asombrosa. Su increíble aura continuaba ardiendo a pura fuerza de voluntad, completamente decidido a llevársela con él al infierno. Y justamente por eso fue que volvió a alzar su brazo, apuntando con el dedo índice hacia el estrellado cielo nocturno.

"Supremacía Estelar", así era como Delta había llamado a aquella monstruosa explosión de poder. Era un ataque brutal, prácticamente imposible de eludir. El centinela hacía estallar la energía reunida en la punta de su dedo, generando una gran onda expansiva que avanzaba a la velocidad de la luz, despedazando todo a su paso. Si Makoto aún continuaba con vida luego de haber recibido su impacto, era gracias a su armadura y a que se había escudado en su poderosa aura de senshi. Aún así, el daño residual la había dejado al borde de la muerte. Sabía muy bien que no sería capaz de soportar otro ataque como ese…

—Bien…no quería hacer esto…pero veo que no tengo otra opción…

Makoto apretó los dientes, extendiendo su brazo derecho hacia adelante. Abrió la palma de su mano como si fuera una garra, tensando fuertemente los dedos. Jamás había utilizado antes ese ataque; jamás pensó que alguna vez se vería forzada a usarlo… Nadie debía sobrevivir al veneno de Júpiter, la técnica que todos conocían como la más poderosa entre todos los ataques de Makoto. Pero aún había otra cosa que podía hacer… Su última carta de triunfo. Debía jugarla…Motoki la esperaba de vuelta en el Santuario, y no tenía pensado faltar a su palabra.

"Motoki… Espérame, ya voy…"

Delante de ella, Delta dejó escapar un feroz grito de guerra, reuniendo su aún increíblemente energía en la punta del dedo índice. Makoto no perdió más tiempo. El suelo a su alrededor se resquebrajó cuando toda su energía, todo su espíritu, todo su ser, fue reunido y acumulado en la palma de su mano derecha, materializándose en una perfecta esfera de plasma esmeralda.

— ¡DRAGÓN DEL TRUENO SUPREMO!—exclamó con todas sus fuerzas, justo en el instante en que la energía reunida por Delta estallaba.

Makoto extendió su mano hacia el frente en un veloz golpe de palma, haciendo explotar la esfera de energía formando un poderoso dragón relampagueante. Una poderosísima onda de choque salió disparada hacia adelante, haciendo volar troncos, polvo y ramas por los aires. Fue apenas un destello verde, un estallido imposible de ver, el cual impactó de lleno contra la onda expansiva de su enemigo. Durante una fracción de segundo ambos ataques parecieron igualarse. Una inmensa presión, un vacío rojo y verde, se formó entre Delta y Makoto, los cuales permanecieron con los pies enterrados en la tierra, presionando hacia adelante con absolutamente todas sus fuerzas. Pero aquel empate no estaba destinado a prolongarse. La onda verdosa sobrepasó de repente a la rojiza, golpeando al Centinela con una fuerza descomunal. La presión de ambos ataques levantó a Delta por los aires, reduciendo su armadura negra a pedazos. Su cuerpo salió despedido hacia atrás como si fuera una flecha, estrellándose contra el suelo justo en el instante en que los últimos restos de energía se disolvían en el aire.

Silencio.

Absoluto silencio.

Makoto cayó de rodillas, apoyando ambas manos sobre el suelo. El sudor le corrió en gruesas gotas por el rostro, precipitándose contra la tierra calcinada del bosque. ¿Lo había logrado? Levantó la mirada con dificultad, sintiendo cada movimiento como una terrible tortura. Sus ojos verdes notaron borrosamente el cuerpo descansando en el suelo, varios metros por delante de ella.

—Lo has conseguido, senshi de Selene…—escuchó difusamente, como si estuviera a punto de caer dormida—Has demostrado ser digna…y me has vencido. Ahora tienes mi respeto como guerrera y no faltaré a mi palabra…

Delta guardó silencio. ¿O quizás era ella que había caído inconsciente? No…aún podía escucharlo.

—Nuestro señor Chaos aún no ha reencarnado en este mundo…—prosiguió el centinela—Se encuentra encerrado en el castillo, contenido por el sello que Selene creó hace siglos; un sello que está a punto de romperse…—una carcajada ahogada escapó de sus labios—Has demostrado tu fuerza, valiente Makoto, pero ha sido en vano… Los más poderosos hijos del señor Chaos, los amos Skotos y Nox, ya se encuentran entre nosotros… Ellos levantaron la barrera alrededor del castillo, para proteger el sello, y no importan lo que hagan…ni ustedes ni Selene podrán jamás derrotarlos… El fin es solo cuestión de tiempo…

Makoto cayó de cara contra el suelo, cerrando inevitablemente los ojos. Ya no podía sentir nada…ni la tierra contra el rostro ni el indecible dolor de sus heridas. Su armadura de color esmeralda, a pesar de haber recibido el terrible poder del Centinela, aún continuaba intacta…sin embargo, el cuerpo debajo era tan frágil como el de cualquier mortal.

Y como un mortal cayó.

.

Continuará…

.


Capitulo 5:

— ¿De verdad son esas nuestras órdenes, su señoría?—continuó Alpha, poniendo especial énfasis en la palabra "señoría"—Creo que sin lugar a dudas lo he sobrestimado.

El silencio envolvió la habitación como si fuera un pesado manto. Las llamas de las antorchas bailaron formando sombras retorcidas cuando la silueta sentada en el trono se incorporó, avanzando a paso lento hacia ellos. Una armadura negra lo cubría de pies a cabeza, tan negra y brillante como el alquitrán, tornándose de un violeta oscuro en algunas secciones. Las hombreras se componían de cuatro placas afiladas superpuestas, como si fueran las enormes garras de una bestia. Las protecciones de los brazos y las piernas, en un estilo similar al de las hombreras, poseían extremos puntiagudos en los codos y en las rodillas. El peto cubría completamente el torso, muy ceñido al mismo, con el rostro de una fiera monstruosa grabada a la altura del pecho. Sin embargo, el rasgo más impresionante eran las dos enormes alas de murciélago brotando desde sus espaldas, tan afiladas como cuchillas de acero. A pesar del aspecto feroz que la armadura le daba, el rostro era serio y atractivo, de piel bronceada y grandes ojos azules, al igual que su cabello, de un azul muy claro casi blanco, el cual caía lacio y ordenado sobre las oscuras hombreras. Tanto Cratos como Zell retrocedieron un cauteloso paso cuando aquel hombre elevó su indescriptible energía, generando una onda invisible que a punto estuvo de apagar las llamas en las antorchas. Alpha lo observó seriamente, sin descruzar los brazos.

—Tal vez haya sido yo quien te ha sobrestimado a ti, Alpha—dijo con voz helada, seria, implacable—Lárgate de aquí ahora mismo, tú y tus compañeros, y hagan lo que les he ordenado…o te aseguro que lo lamentarán.

Alpha esbozó una media sonrisa cargada de desprecio, inclinándose en una respetuosa reverencia.

—Como usted ordene… Señor Kun...


Haber si adivinan de quien se trata... quien el nuevo aliado del enemigo...

Aureo-chan.