Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: Akira [Obvio, a pesar de lo molesto que es Dinamarca, tiene un encanto tan particular que no sería igual sin él xD] y alizabeth.


IV

Mientras regresaban a sus habitaciones, Suecia se dio cuenta de que el niño bostezaba cada vez más. Finalmente el cansancio le estaba venciendo, así que decidió cargarlo en sus brazos, para poder llevarle enseguida a su respectivo dormitorio. No le culpaba, había sido un día con demasiadas emociones para un niño.

Iban caminando en silencio, no había nada qué decir. El nórdico de menor altura estaba sonriendo. Estaba contento porque la cena no había tenido muchos incidentes y Dinamarca y Suecia no habían discutido como acostumbraban. Tenía la esperanza de que los días restantes transcurrieran de la misma forma, aunque sabía que aquello era tan sólo una pequeña posibilidad.

Mientras que el escandinavo acostaba a Sealand, Finlandia aprovechó la oportunidad para echarle un vistazo al balcón de la suite. Desde que habían llegado, todavía no había podido darse el lujo de contemplar el paisaje que se podía apreciar desde ese piso. A pesar de los gritos y la música que provenían de la cena, el muchacho estaba sereno.

Quizás era la enorme luna que parecía estar tan cercana y que el cielo estuviese lo suficientemente despejado para poder contar las estrellas que lo iluminaban o simplemente porque podía ordenar sus pensamientos sin preocuparse de que alguien interfiriera, era lo que mantenían al muchacho de ojos pardos tan tranquilo.

Por su lado, el más alto de los países del Norte de Europa se hallaba en la habitación de su hijo adoptivo. Ya una vez que le había puesto sus pijamas favoritos, decidió retirarse. No le dejó completamente solo, ya que Hanatamago estaba enrollada al pie de la cama, como si fuera una protectora del niño. El hombre de ojos azules miró la escena por última vez. Luego, procedió a apagar la luz.

No obstante, antes de poder retirarse de la habitación, la micronación llamó al hombre.

—Papá… —dijo el niño que apenas podía mantener sus ojos abiertos.

—¿Qué sucede? —Volvió a prender la luz.

—Despiértate temprano para ir a la conferencia —A pesar del sueño, estaba más que ilusionado por ir a dicha reunión.

—Sí —asintió el hombre —.Buenas noches —y se retiró a la habitación contigua.

Al entrar al mencionado lugar que ocupaban en el hotel, vio la figura de Finlandia apoyado por el barandal de seguridad del balcón. Suspiró, estaba agotado, pero a pesar de eso quería pasar al menos un tiempo a solas con el muchacho. Después de todo, no había tenido esa oportunidad desde la tarde y estaba completamente seguro que luego no podría disfrutar de ese tiempo.

Caminó lentamente ya que parecía que el finlandés estaba bastante sumergido en sus meditaciones.

—Fin, ¿está todo bien? —Preguntó mientras que se sacaba la molesta corbata.

—¿Eh? —indagó el otro al escuchar la voz del sueco —.Sí, sí. Todo está bien, perfectamente bien —respondió un tanto nervioso, ya que ni siquiera había podido escuchar cuando el escandinavo había abierto la puerta.

—¿Seguro? —Había algo que no le terminaba de cerrar, aunque no sabía precisamente de qué se trataba.

—¡Claro, Su-san! —exclamó con un poco de entusiasmo —Creo que es sólo el cansancio por todo lo que ha ocurrido hoy, nada más —le restó importancia y nuevamente volcó su atención al panorama nocturno.

Luego de terminar de cambiarse y haberse puesto algo mucho más cómodo, Suecia decidió acompañar al muchacho. Sin duda, tampoco podía quitar sus ojos del paisaje. Aunque de vez en cuando observaba al finlandés y la manera en que suspiraba. Era la escena perfecta para un momento romántico, pero todavía no estaba muy confiado en proseguir con ello.

A pesar del tiempo que se conocían, al escandinavo le parecía imposible adivinar los pensamientos del muchacho que estaba a su lado. Le costaba definir si aquel era simplemente amable como lo era con todos o si había una pequeñísima posibilidad de que sintiera lo mismo que él. Y aquello no le parecía lo suficiente como para arriesgar su amistad.

—Ah, bueno. Creo que es hora de ir a dormir —opinó el finlandés mientras que estiraba sus brazos.

—Creo que sí… —Pero el hombre optó por quedarse un rato más allí y se inclinó para poder darse cuenta de los detalles que escondía la vista.

—¿No vienes? —indagó Finlandia, al notar que el sueco estaba parado aún.

—Enseguida —respondió el otro.

—No te desveles —le recomendó y se fue a la cama.

Lo único que realmente estaba preocupando a Suecia, era cierto danés que dormía en la habitación de en frente. Si bien ninguno de los dos estaba planeando ceder en su absurda rivalidad, ya eran demasiado orgullosos como para permitir que el otro ganara, sentía el temor de que al antiguo rey de los nórdicos se le escapara algo que no debía decir. Pero de eso se encargaría en otro momento.

A la mañana siguiente, comenzaba la conferencia oficialmente. A pesar de no ser una persona de levantarse particularmente temprano, Finlandia consiguió abrir sus ojos alrededor de las siete y media de la mañana. Sabía que algunas de las naciones participantes eran realmente quisquillosas con el tema de la puntualidad y como no quería ningún problema con ello, hizo el esfuerzo de despertarse a esa hora.

—¡Buenos días, Su-san! —exclamó el nórdico, creyendo que aquel ya estaba parado, ya que siempre el escandinavo lograba levantarse antes que él. Sin embargo, no recibió ninguna respuesta.

El muchacho estaba todavía sentado sobre la enorme cama. Quizás no lo había escuchado o tal vez estaba en el dormitorio de Sealand. Trató de no darle demasiada importancia, así que decidió dirigirse directamente hacia el baño. Pero apenas dio unos cuantos pasos cuando creyó haber oído unos ronquidos. Se extrañó, así que a mitad del trecho entre la cama y el baño, se dio la vuelta.

Sus ojos pardos no podían creer lo que estaban viendo. Se acercó a donde estaba el sueco recostado, profundamente dormido. Le pareció todo tan raro, como si los papeles se hubiesen invertido. Habían sido raras las ocasiones en las que Finlandia había podido contemplar el sueño del sueco, dado que éste siempre se aseguraba de que todo estuviera bien, protegiendo al muchacho de cualquier peligro.

No obstante, la situación era distinta. El hombre estaba entregado a Morfeo y el otro se le quedó observando por un buen rato. Si bien pensó que debería despertarlo, recordó todo lo que había sucedido los últimos días. Había puesto mucho empeño para que el viaje en cuestión resultara divertido para los tres, así que lo comprendió.

Además, el miedo que le profesaba disminuyó bastante. Acarició el rostro de Suecia y sonrió. Por momentos, deseaba saber qué era lo que aquel pensaba. A veces notaba cómo se le quedaba mirando pero cuando se lo preguntaba, inventaba cualquier excusa. ¿Acaso podría ser…? Finlandia rió de lo absurda que le resultó su idea.

Sin embargo, había alguien que tenía un plan completamente distinto al del finlandés. En la habitación contigua, se hallaba el pequeño que ya estaba preparado para lo que trajera el día. Junto a Hanatamago, iban a ir ahora al dormitorio de sus padres. No comprendía cómo podían seguir durmiendo, sería un grandioso día.

La cena no salió como había querido, aunque se había divertido bastante con la broma que le había jugado a Inglaterra. Y estaba seguro de que no iba a ser la última. No obstante, tenía muy fijo cuál era su objetivo del día: Ser reconocido como nación. Estaba seguro de que alguien lo iba a hacer, había tantos países ahí reunido que no podía creer que nadie le diera esa posibilidad.

Sin cambiarse su pijama de ositos, el niño se aproximó al dormitorio de los dos nórdicos. Sin embargo, decidió hacerlo con mucho sigilo y cuidado. Ya había tenido una muy mala experiencia cuando había pillado a Inglaterra y Francia en una posición bastante comprometida. Eso había sido más que suficiente para no querer volver a inmiscuirse en los asuntos de los adultos.

Movió su cabeza de un lado a otro, ante la mirada de la cachorra, para olvidar esa escena. Tocó el pomo de la puerta, para ver si estaba abierta. Para su buena fortuna, sí lo estaba. Abrió lentamente, sólo para darse cuenta de que había un gran silencio que reinaba dentro de aquel rincón del hotel. No podía creer que aún estuviesen dormidos.

Sin embargo, pudo ver la silueta del finlandés, que estaba sentado al lado del sueco mientras que tocaba suavemente el rostro. Éste se hallaba tan absorto en sus propios pensamientos que no había notado la presencia de su hijo adoptivo y de su mascota, hasta que fue bastante tarde.

—¡Mamá! —gritó la micronación al mismo tiempo que intentaba subirse a la cama.

—¿Eh? —Ni siquiera había prendido la luz todavía, pero estaba seguro de que no podía tratarse más que del niño —¿Sea, eres tú? —interrogó.

—¡Mamá, van a llegar tarde a la conferencia! —exclamó mientras que saltaba emocionado.

—¡Ah, no hagas tanto barullo! —Le pidió el nórdico, cuando finalmente consiguió iluminar un poco —Su-san todavía está dormido.

—¡Pero mamá…! —El niño comprendió lo dicho por aquel, aunque no necesariamente como el finlandés lo hubiese querido.

Sealand sabía que lo que estaba a punto de hacer sería bastante contraproducente y estaba más que consciente de que Suecia le daría un buen castigo. Sin embargo, no le importó. Alguien de esa familia debía sacrificarse por el bien mayor y él sería el valiente que se atrevería a despertar al escandinavo. Se remangó y respiró profundamente, ya estaba listo.

Se sentó encima del abdomen del sueco, que no tenía ninguna sospecha de lo que estaba sucediendo o de lo que iba a acontecer en cualquier momento. Finlandia miró atentamente, estaba preocupado por lo que el niño estaba planeando hacer y quiso hacerle desistir de su idea, mas el otro era algo pesado y él no era muy fuerte.

—¡Papá, tienes que despertarte! —exclamó el niño y luego pasó a la violencia: Un par de bofetadas, como creyó haber visto hacer a Finlandia.

—¡Sea, detente! —Éste quiso pararlo, pero su idea no fue muy buena y terminó por aplastar el abdomen del sueco, quien se despertó de manera bastante brusca.

—¿Qué…? —Tantos golpes no podía ser algo positivo. Escupió un poco de sangre gracias al pequeño accidente del finlandés.

—¡Sí, lo logré! ¡Soy increíble! —dijo orgullo de lo que había alcanzado.

El rival de Dinamarca intentó tomar sus lentes y sentarse para visualizar mejor lo que estaba ocurriendo, mas tener a su hijo y a su "esposa" sentados encima no ayudaba demasiado. Sentía como si se hubiera perdido de algo importante, francamente no lograba poner las piezas para explicar esos golpes que había recibido.

—Bueno, creo ya has cumplido… —Finlandia se esforzó todo lo que pudo y consiguió sacar al niño de en medio. Después, volvió a fijarse en el que fuera alguna vez un poderoso vikingo, que seguía aturdido por todo —.¿Te encuentras bien, Su-san?

—Lo estaré —Tosió un poco más y volvió a echar un poco de sangre. No había sido la forma de despertar más maravillosa, pero no superaba al sonido de las batallas de siglos ya pasados.

Después de hacer todo lo que tenía que hacer en el baño, Suecia se aseguró de algo más: Sacó la caja que tanto trabajo le había costado meter en la maleta, la armó y se la echó encima del niño. Estaba molesto por la forma de comportarse y aquel parecía no sentirse arrepentido en lo absoluto. Aunque, de todas maneras, recordó lo mucho que odiaba estar rodeado de puro cartón.

Finlandia sonrió nerviosamente. Sentía un poco de lástima por el niño, pues sabía que lo había hecho con buena intención, aunque la forma de hacerlo no hubiera sido la ideal. También la ilusión que le hacía estar en una reunión de los países. Miró por todas partes, Suecia había salido para llevar a Hanatamago para hacer sus necesidades. No era de desobedecer lo que el escandinavo resolvía, mas cuando se trataba del pequeño era particularmente sensible.

—Si prometes portarte bien, voy a sacarte de la caja —explicó el muchacho, agachado y mirando frente a frente a la caja.

—¿De verdad? —indagó feliz por lo que le había dicho Finlandia.

—Sí, pero no tienes que volver a hacer eso —respondió.

Ya una vez todos alistados, los tres más la cachorra se fueron a la sala de reuniones. Suecia había intentado darle la mano a Sealand para que éste no se perdiera, pero el pequeño aún estaba molesto por el castigo que le había dado. Sin embargo, no se comportó de la misma manera con Finlandia, ya que sí le dio su mano, e inclusive con una sonrisa.

—¿De verdad? —El sueco no podía creer que su hijo adoptivo se portara de esa manera. Sobre todo, cuando había sido él quien había recibido las bofetadas y el codazo en el estómago.

Sin embargo, no consiguió la respuesta que aquel quería. Todo lo que hizo Sealand fue sacarle la lengua y luego continuó tan campante como siempre. Suecia simplemente suspiró, mas Finlandia sonrió para intentar que el hombre no se lo tomara tan a pecho. De todas maneras, conociendo al niño, enseguida se le pasaría la molestia.

Cuando llegaron al lugar donde debía tomar lugar aquella reunión, que cada año parecía ser más decadente, hallaron a Francia hablando con todos los que ingresaban. En su mano, llevaba una canasta que ya estaba repleta de dinero. Ambos nórdicos sintieron bastante curiosidad por la acción del francés. No era una persona conocida por su caridad, así que estaban un poco sorprendidos.

—¡Suecia, Finlandia! Justo con quiénes quería conversar —aseguró el hombre de buen vestir mientras que se aproximaba a los dos países.

—¿Eh? ¿Qué sucede? —indagó el finlandés, quien era el más interesado de los dos.

—Es para una buena obra. Verán… —El amante del vino hizo silencio para aumentar la intriga. Luego de ver que los dos estaban interesados en lo que iba a decir, entonces retomó la plática —…Es una apuesta.

—¿Qué? ¿Apuesta de qué? —El muchacho estaba un tanto desconcertado.

—Todos hemos contribuido para apostar el tiempo en que Alemania pierde la paciencia. Ya saben, siempre tan tenso y serio. ¿Quieren participar? —Francia empujó la canasta contra el brazo del menor para llamar la atención.

—No, gracias —Suecia prosiguió con su camino, creyendo que el finés le estaba siguiendo. Pero al darse cuenta que su mano estaba agarrando el aire y nada más, volteó hacia atrás.

Allí, encontró a Finlandia metiendo un billete de cinco euros dentro de la canasta, mientras que el rival de Inglaterra sonreía complacido.

—Yo digo veinte minutos —explicó el muchacho.

—¡Vaya que sí eres optimista! La mayoría ha dicho cinco minutos a lo sumo —afirmó éste, al escuchar la decisión del finlandés.

Después de terminar la plática, Finlandia que aún sujetaba al niño, se aproximó a donde estaba el sueco. Éste seguía algo consternado por la decisión de su "esposa", ya que nunca le había visto participar de esa clase de juegos. Pero de todas maneras no le quiso dar demasiada importancia.

—Me pareció divertido —sonrió el muchacho.

Repentinamente, se pudieron oír gritos e insultos por todas partes. El finlandés enseguida tapó las orejas de Sealand para que no escuchara semejante palabras soeces. Una vez más, el organizador del evento se había equivocado de una manera catastrófica, dado que había puesto a Grecia y a Turquía juntos, y eso casi nunca terminaba bien. No habían pasado cinco minutos y esos dos ya estaban a los puños.

Y de esa manera, se inauguró la conferencia…


Gracias por leer~