Disclaimer: Axis power Hetalia no me pertenece. Es obra de Himayura-sama.
Al amanecer
III. Rumbo a Tortuga.
. . .
Definitivamente había sido una idea horrible aceptar la petición de Inglaterra. No lo soportaba, ni a él ni a las miradas pervertidas de los hombres del pequeño y escondido pueblo costero.
El británico le había explicado que era un pueblo en el que se reunían varios piratas y que era un puerto seguro para ellos. Suspiró y miró a Arthur, que portaba de nuevo ropas piratas y saludaba a la mayoría de las personas con las que se cruzaban.
Ella también había cambiado su aspecto, se había soltado el pelo y ahora sus ropas eran muy comunes y sencillas.
El plan para parar la conspiración había comenzado hacía unos días, justo en el momento en el que habían dejado Londres atrás. Pero no exactamente como habían planeado. Para empezar, ya no irían en el barco de Arthur por un "pequeño" problema.
La tripulación del inglés había puesto rumbo hacia su próximo destino creyendo que su respetado capitán se encontraría con ellos allí, como cada vez que desaparecía sin dar explicaciones.
«—Dios mio —pensó España con la cabeza agachada, intentando parecer asustada de los "temibles" piratas que había a su alrededor—, Arthur es un idiota, ¡cómo no ha pensado en que su tripulación haría lo mismo de siempre cuando él desaparece!»
Isabel estaba empezando a agobiarse por estar mirando todo el rato al suelo, realmente era estresante. Arthur a su lado parecía muy tranquilo y a pesar de ser agosto no parecía pasar calor con aquellos ropajes piratas tan abrigados.
Pero para Isabel el calor no era el problema, pues en Inglaterra no hacía tanto calor como en España, el problema era el ambiente.
Miró a Arthur y él la miró a ella. El rubio alzó una ceja extrañado al ver como Isabel cambiaba su expresión a una de sorpresa total. Pero luego al ver lo sucedido sonrió de forma burlona.
—Hey tú —le llamó la atención a un pirata, intentando parecer enfadado—. Esta mujer es mía, ni se te ocurra volver a tocarla o te corto las manos.
El pirata al reconocer al capitán Kirkland, uno de los más temidos, tembló asustado y echó a correr por su vida.
Y es que ese pirata, le había tocado el culo a Isabel.
Portugal había llegado a Inglaterra hace unas horas, el rey lo había dejado ir. Según sus cálculos aún le quedaban algunos días para llegar a Londres y evitar que el pobre Inglaterra no resultara muy mal parado del encuentro con su hermana.
Paulo miró a su alrededor y emitió un suspiro, deseando llegar a tiempo. El duque de Frías le contó lo único que sabía del asunto. Isabel y Arthur se iban de viaje.
Miró al guardia que tenía al lado, su hermana y él pensaban igual, el rey era demasiado exagerado con la escolta que los asignaba. El solito era capaz de cuidarse solo, no necesitaba ningún guardia.
Una carroza se paró delante de él y cuando terminó de comprobar que todo era correcto y que conocía al cochero supo que era seguro entrar en ella, que no le gustase la escolta no significaba que no fuese precavido.
Abrió la puesta y subió al vehículo, se dio cuenta de que no viajaría solo al ver a una mujer muy conocida para él en la carroza. La observó extrañado unos segundos antes de reaccionar.
—¿Holanda?
Marianne observaba aburrida la pelea entre los gemelos irlandeses por la última pasta de las que acompañaban al té. Los últimos días habían sido muy tranquilos para el gusto de la rubia.
Sin Isabel para hablar con ella, sin Arthur para molestarlo y sin Ian para estar con él, no sabía realmente que hacer para pasar el tiempo.
Escocia había tenido que ocupar el puesto de Inglaterra cuando este se marchó, como cada vez que el rubio se iba de viaje como pirata. En consecuencia, el pelirrojo estaba siempre de reunión en reunión y aveces solo podían estar juntos por la noche.
Gales era demasiado serio, no podía entretenerse con él y aunque de vez en cuando tenía conversaciones interesantes con el mayor de los rubios británicos, no hablaban demasiado.
Los gemelos eran una buena opción para entretenerse, siempre y cuando no se peleasen, algo que sucedía muy a menudo. Eran buenos compañeros de bromas y cómplices si no discutían.
Francia resopló esperando a que Escocia saliera de la última reunión con los altos mandos británicos. En los últimos días la reuniones eran constantes y la tensión no se había disipado en ningún momento.
Se recostó sobre la mesa y siguió mirando la pelea. Realmente estaba aburrida. Se preguntó qué estarían haciendo Isabel y Arthur. Seguramente sería algo mucho más emocionante que observar como los dos pelirrojos se gritaban.
Sintió como unas manos se posaban en sus hombros, Marianne levantó la cabeza y la inclinó un poco hacia atrás. Sus ojos y los de Ian se encontraron.
—Dejemos que estos dos se maten y vayamos a dar un paseo —dijo el mayor de los británicos con una pequeña sonrisa.
Marianne le devolvió la sonrisa y se levantó.
—Por supuesto, ya estaba algo aburrida.
Arthur se encontraba sentado en la cama de la habitación que habían alquilado en una de las posadas del pueblo. Observaba como Isabel daba vueltas de un lado a otro.
—Puedo tolerar los toqueteos y las miradas de Marianne —comentó—. Pero si un pirata me pone las manos encima no me voy a volver a contener, Inglaterra.
Él comprendía su enfado, pero no del todo. Además, estaba algo sorprendido de que Isabel se diese cuenta de que la francesa le metía mano de vez en cuando.
Se levantó y se acercó a Isabel por la espalda. Antes de que ella se girara, la abrazó por detrás.
—¿Incluso si ese pirata soy yo? —le preguntó al oído.
Ella permaneció tranquila, cerró los ojos durante unos segundos y habló.
—Aún más si ese pirata eres tú —respondió a la vez que abría los ojos.
Isabel pisó con fuerza el pie de Arthur, el inglés la soltó por culpa del dolor. Acto seguido la española le propinó un fuerte codazo en el estómago.
—Ni se te ocurra volver a intentar aprovecharte de mí, Inglaterra.
El rubio estaba de rodillas en el suelo, intentando reponerse un poco de los golpes de la mujer que viajaba con él. Maldijo por lo bajo y cuando se encontró un poco mejor alzó la mirada.
Los ojos verdes de ambos se encontraron, mientras el desafío en ambas miradas se incrementaba cada vez más.
—No deberías haber hecho eso, Spain —musitó de forma entrecortada, respirando con dificultad.
España lo ignoró, se sentó en la cama y miró por la ventana. Estaba tan oscuro como la boca de un lobo, solo las tenues luces de las velas colocadas en el exterior, la luna y las estrellas se hacían notar.
—¿Por qué... siempre terminamos así? —preguntó Isabel sin dejar de mirar por la ventana.
Arthur la miró sin entender, se sentó en el suelo con la piernas cruzadas e ignorando su propio enojo.
—¿Así cómo? ¿Peleándonos siempre? ¿Con alguno de los dos fastidiado? —apartó la mirada—. Ha sido así desde que Roma desapareció —La miró de nuevo, de una forma intensa e indescifrable—. Será mejor que durmamos, mañana habrá que buscar un barco.
Arthur se levantó del suelo sin esperar realmente una respuesta de la mujer que estaba en la habitación.
Ninguno de los dos dijo nada más. Se acostaron dándose la espalda y rogando por caer pronto en los brazos de Morfeo.
A la mañana siguiente ninguno de los dos habló.
Isabel se encontraba totalmente desanimada y Arthur estaba pensativo, todo eso cambió cuando salieron a la calle y siguieron con la farsa, interpretando para que su historia fuera creíble.
España seguía sin soportar las miradas pervertidas de los piratas, eran más molestas que las de Francia. Miró a Inglaterra disimuladamente, justo cuando un apuesto joven rubio se paraba frente a ellos.
—Vaya Arthur, ¿otra vez te has tirado unos días sabáticos? No he visto a tu tripulación —El joven y la nación inglesa chocaron las manos.
—Ya ves, me quedé tirado en España cuando nos perseguía la armada —Arthur sonrió de medio lado—. Pero tuve suerte, porque allí he encontrado un tesoro muy valioso —dijo cogiendo a Isabel de la cintura—. Su nombre es Isabel... y ni se te ocurra tocarla ni un pelo, Jake.
El llamado Jake rió de forma escandalosa.
—Supongo que vas a Tortuga —Jake le pasó el brazo por el hombro y Arthur asintió—. Has tenido suerte, yo también me dirijo a allí.
Ambos se miraron de forma cómplice y empezaron a caminar. Isabel se sentía fuera de lugar y bastante nerviosa, nerviosismo que se acentuó más por las últimas palabras que pronunció Jake:
—Bueno, pues sois los dos bienvenidos a bordo, sobre todo tú, mi bella Isabel.
Iba a ser un viaje muuuuuy largo.
Corto, sí... pero realmente quería continuar la historia y si no lo subía ya, no me vería con ganas de subirlo otro día... estoy teniendo problemas personales y familiares, así que no he escrito prácticamente nada en estos meses y lo poco que he escrito no me servía para esta historia...
En fin, lamento muchisísimo la tardanza y le doy las gracias a: LittleMonsterStick y LaLa-chan 31165.
M.N.
