Hola a todos ¿Cómo están? Aquí he vuelto con otro capítulo de este fic. Espero no haberme demorado tanto. Estoy de viaje por lo que tengo poco tiempo para escribir, aun así he estado trabajando en este capítulo muchos días y ha quedado bastante largo.

Quería agradecerle el comentario a Solitario196.


Katsu quedó estático. Sus ojos se dirigieron hacia abajo y notó la vieja fotografía que la mujer tenía en su mano. Algo en su corazón se detuvo. Esa imagen... era... era su familia antes de que madre enfermara. Sintió el calor de la sangre aumentar considerablemente, sus ojos se comenzaron a humedecer. ¿Qué era esa extraña sensación? Al oír el sollozo de Nami, quedó petrificado. ¿Qué demonios estaba pasando? La confusión trepó por su pecho hasta llegar a su mente. Inesperadamente la puerta de la habitación se abrió. Fue en ese momento que la pelinaranja lo dejó escapar. El joven necesitaba aire, había estado a punto de desmayarse por una extraña presión en el pecho. Hanako y Taro fueron los primeros en cruzar el umbral, al oír el llanto de su madre, ambos habían tomado la iniciativa de ir a ver que sucedía. Detrás, ingresó Akira quien estaba sumida en la más profunda curiosidad. Mizuki y Takara también se dirigieron al interior de la habitación, buscando una explicación para aquella dramática situación. Incluso Raiden y Souta fueron, los niños sin entender lo más mínimo, siguieron a los mayores. Por último, Luffy ingresó y posó sus oscuros ojos en la mujer. Curioso caminó hasta la cama donde todo los pequeños se habían situado alrededor de ella. Se abrió paso entre las pequeñas cabezas de los menores de la familia y apoyó la mano en su hombro. Avergonzada, la mujer bajó la mirada e intentó esconder la fotografía que Margaret le había dado esa tarde. Sin embargo, ya todos la habían visto. Incluyendo Luffy. El hombre soltó un gran suspiro y desvió la mirada hacía sus hijos.

- Vayan a comer, iremos en seguida -

Hanako y Takara asintieron con la cabeza. La rubia tomó a Raiden en brazos y tendió la mano a Souta. En cambio, la morocha alzó a Akira quien no paraba de preguntar que pasaba, porque su madre lloraba. Mizuki se puso de pie y avanzó hacía la puerta detrás de sus hermanos.

- Vamos, Taro - Dijo Hanako mientras alzaba la vista por el hombro.

El pelinaranja posó sus ojos en su madre. Odiaba verla así. Ya había sufrido mucho hacía dos años... Y él había sido parte de ese sufrimiento, bajó la mirada y abandonó la habitación. Luffy se acercó a Katsu, se inclinó para poder estar a su altura y clavó los ojos en los suyos.

- Katsu, por favor, necesito que Hana y tu se encarguen de que los más pequeños se acuesten en horario - Le susurró lentamente.

Él asintió, se puso de pie y los dejó solos. El morocho cerró la puerta antes de irse, dejándolos en la privacidad que necesitaban. Luffy se sentó en la cama, justo en frente de la pelinaranja. Ella tenía el rostro tapado con las manos, la fotografía estaba hecha una bola en su mano. Soltó un pequeño suspiro y tomó las muñecas de la mujer, con sumo cuidado liberó sus ojos. Encontró los ojos rojos de Nami, completamente hinchados y llenos de agua. Aprovechó la debilidad de la mujer para quitarle la foto, en el momento que estuvo en sus manos, la abrió y la contempló en silencio. Recordaba el momento en que habían tomado aquella imagen. Hacía poco tiempo que Mizuki había nacido. Era apenas una niña... Pensar que ahora era toda una señorita, lo angustiaba. Takara también había cambiado demasiado, ya no era la niña caprichosa que peleaba con sus hermanos por juguetes, ahora era la adolescente incomprendida y caprichosa que quería tener la razón siempre; aunque su belleza era idéntica a la de su madre. Y su hijo... Su hijo estaba estudiando medicina. ¿Quién lo habría dicho? Diez años... Diez años habían pasado desde que el amor de su vida, había muerto a causa de una maldita enfermedad. Escuchó que la pelinaranja se sonaba la nariz y alzó la mirada, ella había tomado un pañuelo de su mesa nocturna y se secaba las lágrimas con energía.

- Lo siento, no debí... - Intentó decir, pero el nudo en la garganta le impidió seguir hablando.

- ¿Dónde conseguiste esta fotografía? - Preguntó serio.

Los ojos de Nami se abrieron como platos. Bajó la mirada y la posó sobre la ventana.

- Fui a lo de Margaret para... -

- Hablar de mi vida - Sonó tan frío que a la mujer se le partió el corazón en dos.

- Necesitaba respuestas - Se puso de pie con brusquedad - Necesitaba saber esa parte de tu vida - Nerviosa, se pasó una mano por la frente - ¿Cómo es posible que tu sepas todo de mi anterior matrimonio y yo no sepa nada? -

- Sabes lo que tienes que saber - Murmuró sin siquiera mirarla a los ojos.

- Ahora lo sé, gracias a Margaret - Le corrigió.

No podía creer que estaban teniendo esa discusión.

- Entonces... - El morocho se puso de pie y posó sus ojos en ella - ¿Por qué no me preguntaste? -

- Yo... No quería lastimarte -

Sabía cuan doloroso era para él tener que revivir su pasado. La mujer que había amado durante 16 años había muerto de una manera lenta y horrible. ¿Cómo podía preguntar eso sin abrir las viejas heridas? Lo que menos quería era lastimarlo.

- Escucha - Estiró su mano y acarició su mejilla - Te amo, solo tienes que preguntar -

- Es que no me animo a preguntar - Estaba perdiendo la paciencia. ¿Qué acaso no la entendía?

El hombre le tomó la mano y la arrastró hasta la cama, la obligó a sentarse. Y se sentó a su lado. Con ambas manos, le quitó los cabellos del rostro.

- A estas alturas existe la suficiente confianza como para preguntar todo ¿Me equivoco? - Al notar que ella no decía nada, suspiró - Vamos, anda, pregunta lo que quieras -

- ¿Tu...? - La incomodidad la calló.

- ¿Yo...? -

- No puedo - Sus mejillas se tornaron rosadas y su ojos se hincharon aun más.

- Quieres preguntarme cuanto la amaba ¿Verdad? - Al notar su tensión, supo que se trataba de eso - Pues, si - Todavía podía sentir el calor de sus labios recorriendo su cuerpo - Demasiado. Tanto que hasta acepté tener tres hijos - Soltó una carcajada que quedó flotando en el aire por varios segundos - Incluso queríamos ir por el cuarto -

En ese momento, Nami alzó la mirada. Su ceño se frunció angustiado. Cuatro hijos, quería tener cuatro hijos. Y pensar que con ella solo quiso tener uno... Souta había sido un accidente, en ese momento dijeron nunca más. Pero la vida daba vueltas y vueltas, y como consecuencia de sus actos, Raiden había nacido. Emitió una mueca de agrado al recordar cada uno de los partos de sus cinco niños. Hanako había nacido siendo una preciosa niña redonda con ojos oscuros como la noche, cuando el médico le dijo a Bellamy que se trataba de una niña, él había sonreído de una manera que jamás había visto. Llena de sinceridad y emoción, ni siquiera lo había visto así de feliz cuando contrajeron matrimonio. Taro siempre le había dado pena. Para cuando el pelinaranja nació, su padre ya tenía problemas con el alcohol y ni siquiera había asistido al parto. Había sido muy duro para ella, tener que recibir a un hijo completamente sola, sabiendo que su pequeña de cuatro años esperaba ansiosa en la casa de su madre... Con Akira había sido completamente diferente. Dar a luz había sido una completa bendición, el morocho había atendido cada uno de sus gustos, había mimado a ambas y había cuidado de los cinco jóvenes mientras ella estaba ocupada con la bebé. Souta había sido un error, aun así, Luffy se comportó como antes. Fue igual de amoroso con todos. En ese momento se había imaginado que hubiera pasado si en vez del morocho, fuese Bellamy quien estuviera allí. Posiblemente, la hubiera llamado de todo menos linda. El mero hecho de imaginar quedar embarazada con un hombre como él, le aterraba. Le echaría en cara que había quedado embarazada de otro, que como era tan tonta de no cuidarse, que la culpa era solamente suya. No de él, ni siquiera sabiendo que efectivamente era el padre de la criatura. Ya lo había hecho con Hanako en su momento, pero al saber que se trataba de una hija, se tranquilizó. Y Raiden... bueno... Todo el tema de Raiden había sido complicado. Justo para ese momento, ella había perdido la memoria por el accidente, y luego habían pasado muchas cosas como para prestarle atención al pobre bebé que acababa de nacer. Aun así... Recordaba el rostro del morocho cuando le dijo que había quedado embarazada. No estaba para nada complacido... Aun sabiendo que ese chico era fruto de su amor.

Tragó saliva. Todos esos pensamientos le daban ansiedad.

- Si era hombre se llamaría Zanko, si era mujer queríamos ponerle Eli - Sonrió al recordarlo - Hancock rogaba porque fuera varón - Pero su rostro cambió completamente - Pero poco tiempo después de que lo acordáramos, enfermó -

- Y tu... - Sus ojos se posaron en él de manera nerviosa - ¿Querías tenes otro hijo? -

- ¿Yo? - Pensativo contempló el techo - Solo quería darle el gusto - Siempre había querido, desde el momento que le había regalado el helado de fresas. Esos ojos... Esa perfecta sonrisa, era lo único que lo motivaba - Mizuki tenía dos años, Takara cuatro y Katsu nueve. Era un momento perfecto para ir por el cuarto -

- Luffy... - Ni siquiera era consciente de lo que estaba a punto de decir - ¿Tu tendrías un cuarto hijo conmigo? -

La pregunta lo dejó pasmado. ¿A qué iba esa pregunta? No lo esperaba, hubiese anticipado cualquier tipo de pregunta, excepto eso.

- Nami... - Era complicado de abordar - Ya tenemos ocho hijos... - Notó el dolor en su mirada - En ese momento, nosotros solo teníamos tres y eramos mucho más jóvenes - No podía creer que estaban hablando de eso - Incluso Katsu podría tener un hijo en cualquier momento, eso nos convertiría en abuelos y... -

- Solo quiero saber si tendrías un cuarto hijo conmigo - Insistió sin titubear - Si ahora te digo que quiero tener otro hijo contigo ¿Me darías el gusto? -

La espalda comenzó a sudarle en frío. ¿Qué clase de pregunta era esa? ¿Acaso estaba teniendo un ataque de celos por una persona que había fallecido hacía casi diez años? La pregunta era tramposa. Si le decía no, le lastimaría demasiado. Pero si le decía si... Peligraba que le pidiera de verdad tener un hijo. A su edad y con otros ocho niños que cuidar, no podía permitirse tener nueve. ¿Y si salían gemelos? ¡¿Diez hijos?! No, no podía permitirse eso. El sueldo le alcanzaba para mantener a su familia de una manera digna, pero... El cuerpo ya no soportaba más. Tenían cuarenta años... no veinte... Además tenían hijos que ya asistían a la universidad, y tenían niños que todavía no habían comenzado la educación inicial. Era una brecha demasiado grande. Se imaginó el hecho de tener un hijo al mismo tiempo que tenía un nieto. Tío y sobrino se llevarían semanas... ¿Cómo era eso posible? Katsu y Hanako eran grandes, si. Pero Takara, Taro y Mizuki eran su responsabilidad, los tres eran adolescentes y tenían problemas típicos de esa edad. Y ni hablar de Akira, Souta y Raiden. Ellos eran... niños... demasiado pequeños para valerse por sí mismos. Debían hacer todo por ellos. No podían permitirse tener que lidiar con otro pequeño más. Se pasó una mano por la frente. ¿Cómo decirle todo lo que estaba pensando?

- No digas nada, ya entendí - Murmuró la mujer completamente decepcionada.

- Nami, no me malinterpretes - Soltó un suspiro. ¿En qué momento la conversación había tocado ese tema? - Te amo, pero sería una locura -

- Tener un hijo conmigo es una locura - Alzó una ceja, sin poder creer lo que estaba oyendo.

- Tener OTRO hijo contigo es una locura - Se puso de pie. ¿Qué demonios le pasaba? - ¿Cómo crees que Akira o Takara reaccionarían si tenemos otro hijo? Bastante complicado fue cuando Raiden nació, tu no recordabas nada. Tuve que hacer todo yo, por suerte tu hija me ayudó en todo - Hanako siempre había sido muy buena con el resto.

- Ya entendí - Bajó la mirada - Soy tu segunda opción -

- ¿Segunda opción? - Si, se había vuelto loca - ¿A qué te refieres? -

- A ella le dabas todos los gustos, y a mi... -

- Oi, hice todo por ti - Su rostro se tornó serio - Por ti y por tus dos hijos -

- ¿Puedo hacerte una última pregunta? - Su rostro también estaba serio.

Al notar el cambio de conversación, el morocho aflojó el ceño. ¿Qué tipo de pregunta podría ser peor?

- Si por alguna razón, ella volviera a la vida en este mismo momento -

- ¿Qué estás diciendo? - Preguntó confundido - Está muerta, hace diez malditos años -

- Si volviera a la vida en este mismo momento - Insistió sin quitarle la mirada de los ojos - ¿Qué harías? -

¿Acaso se había vuelto loca? ¿Cómo podía estar preguntando ese tipo de cosas? No tenía el más mínimo sentido. Posó sus ojos en ella y frunció el ceño.

- No voy a responder eso - Ni siquiera era una respuesta que le saliera del corazón, una pregunta como esa necesitaba horas, días y meses de meditación.

No dijo nada más. La pelinaranja soltó un leve suspiro y se acostó en la cama. Se giró para darle la espalda y posó sus ojos en el cuadro familiar que habían tomado la navidad pasada. Allí estaban todos, los hijos de él, los hijos de ella, los hijos de ambos, y ellos. Lucían tan felices... ¿Quién iba a pensar que la conversación se volvería tan dolorosa?

Inesperadamente, el cuadro cayó. El morocho se giró con brusquedad y abrió los ojos como platos. El vidrio se hizo añicos. Nami se puso de pie y corrió hacía el cuadro, le quitó los vidrios y contempló la fotografía. ¿Cómo demonios se había descolgado? El morocho contempló la pared, el clavo todavía estaba en su lugar. Cuando la mujer volteó el cuadro, notaron que el hilo estaba en perfecto estado.

- Cuidado - El morocho notó los vidrios en el suelo junto a los descalzos pies de la mujer - Iré por una escoba, quédate sobre la cama -

Volteó hacía la puerta y comenzó a caminar. Nami saltó sobre la cama. ¿Acaso habían tirado el cuadro con sus gritos? Esperaba que los niños no tuvieran que oír algo como eso. Se sentó en la cama y contempló los vidrios. Luego desvió la mirada hacía el morocho, éste ya había atravesado el umbral y se dirigía a la cocina en busca de la escoba. Alzó su muñeca para ver la hora. Las once... ¿Tanto habían hablado? Soltó un suspiro. En teoría los niños ya debían estar durmiendo. Tomó el cuadro con ambas manos y lo admiró. Amaba a su familia, era grande, numerosa. Y cada uno tenía su propia personalidad, su propia historia detrás. Posó sus ojos en Luffy. ¿Por qué le costaba tanto admitir que la había amado demasiado? Incluso más que a ella. Acarició su rostro con el dedo anular. Sin darse cuenta, rozó una de las puntas del vidrio. Cuando notó el ardor, se metió el dedo en la boca para limpiarse la sangre. Oyó la puerta abrirse con un leve chirrido, automáticamente escondió su mano para evitar que la retara cual niña pequeña. Pero, increíblemente, Luffy no estaba allí. Frunció el ceño y contempló a su alrededor. No había rastros de él. Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo. Volteó, algo en su interior le dijo que volteara.

Su rostro palideció. La presencia que estaba sintiendo no era la del morocho. La vio de pie, al pie de su cama. Sus azulados ojos penetraban su cuerpo con solo una mirada. Sus largos cabellos caían de manera perfecta sobre su cuerpo. Vestía con un largo vestido oscuro que resaltaba su figura. Lo más aterrador, era que no parpadeaba. ¿Acaso se había vuelto loca? Era la segunda vez en el día que la veía. Intercambiaron una mirada en silencio, tal y como esa tarde en el cementerio. Pero esta vez, la mujer se movió. Comenzó a acercarse a la pelinaranja a toda velocidad. Los ojos de Nami se abrieron como platos y se puso de pie, involuntariamente comenzó a caminar hacia atrás, pisando todos los vidrios que había en el suelo. Soltó un chillido, pero no de dolor. El miedo se apoderó de su cuerpo cuando Hancock apareció justo frente a ella. Su espalda tocó la pared donde momentos atrás colgaba el cuadro familiar. Se sintió acorralada, casi podía sentir su aliento, helado. La mujer alzó una mano y la apoyó en el cuello de la pelinaranja. Los ojos de ésta se abrieron con violencia. Pero Nami no estaba del todo segura si la mujer en verdad la estaba tocando, podía sentir una extraña sensación en su piel, no sabía si era el contacto real.

- Él es mio... -

Fue en ese momento cuando salió corriendo. No importaba nada, ya no le importaba en lo más mínimo. Atravesó la puerta mientras su corazón aumentaba los latidos. Podía sentir la extraña presencia persiguiéndola. No obstante, se negó a voltear. Tenía mucho miedo como para dedicarse a frenar. Solo quería llegar a un lugar seguro.

Inconscientemente llegó a la cocina. La luz estaba prendida porque el morocho yacía buscando la escoba. Al oír su agitada respiración, volteó.

- ¿Estás bien? - Preguntó pasmado.

Pero no pudo responder. Nami volteó hacia el oscuro pasillo. No la vio.

- ¿Nami? - El hombre avanzó hacia ella y apoyó su mano en el hombro - ¿Qué pasó? -

- Nada... - ¿Qué iba a decirle? ¿Que su difunta esposa la había querido asesinar en su propia habitación?

- ¿Estás segura? - El hombre frunció el ceño y bajó la mirada - ¡Oi! -

La mujer contempló sus pies. Estaban sangrando. Ni siquiera había sentido el momento en que se había cortado. Recién en ese momento, sintió el ardor.

- Siéntate, iré por algo de vendas - Luffy le alcanzó una silla para que no tuviera que caminar más lejos. Desvió la mirada hacía la madera del pasillo, había rastros de sangre - Ya vuelvo -

- ¡No! - Gritó y se tapó la boca al recordar que sus hijos estaban dormidos - Quédate aquí, no quiero estar sola -

(...)

Katsu había recibido una llamada de Misa para que asistiera al hospital esa mañana. La morocha le había dicho que su padre había encontrado un trabajo para él dentro del hospital y quería hablar del tema. Entusiasmado, tomó su motocicleta y se dirigió allí a toda velocidad. Por fin, sus sueños comenzaban a hacerse realidad. Trabajaría de lo que sea, incluso limpieza. El mero hecho de estar dentro de un hospital y ayudar a la gente que en verdad lo necesitaba, le llenaba el alma. Estacionó dentro del predio y se quitó el casco. El sol era brillante, combinaba con su humor. Sonrió al pensarlo de esa manera. Al menos, las cosas habían comenzado bien. Desde que había llegado, se había encontrado con su primo que hacía años que no veía, había comenzado una especie de romance con la mujer que amaba hacía años y estaba por conseguir un empleo en su lugar favorito.

Ingresó en el hospital y subió los pisos necesarios hasta la oficina que Law tenía como propia. La primera vez había estado años buscando, pero ahora, ya sabía el camino de memoria. Tal y como todos los días, los pasillos explotaban de gente. Médicos, pacientes, enfermeros y parientes no dejaban de subir y bajar. Una enfermera de cortos cabellos violetas le regaló una sonrisa, él se sonrojó y desvió la mirada. A diferencia de Gaku, él jamás había sido bueno para lidiar con esas cosas. Caminó por el estrecho pasillo y al llegar a la oficina, tocó la puerta dos veces. Cuando la puerta se abrió, divisó la sonrisa de Misa. Parecía emocionada.

- ¡Katsu, pasa! - Lo tomó de la mano y lo arrastró dentro.

La mujer lo llevó hasta situarse delante de su padre. Law hablaba por teléfono, serio. Parecía estar discutiendo con alguien mientras anotaba cosas indefendibles en una libreta. El mito de la letra de médico era real. Se sentó frente al hombre de pálidos ojos y penetrante mirada. Cuando éste terminó, dejó caer el bolígrafo en la mesa y soltó un gran suspiro.

- Farmacias ¿Quién las entiende? - Se pasó la mano por el rostro y posó sus ojos en el morocho - Katsu -

- Señor Trafalgar - Desde el día anterior no podía llamarlo de otra manera, se sentía muy avergonzado.

- ¿Desde cuando me llamas así? - Alzó una ceja - Que no te apene llamarme Law - Soltó un gran suspiro y abrió una de los cajones de su escritorio - Escucha, lo único que encontré por el momento fue un puesto como animador de niños enfermos -

- ¿Animador de niños enfermos? - Preguntó sorprendido.

- Misa ¿Podrías dejarnos un rato a solas? -

La morocha contempló a su padre por largos segundos y se puso de pie. Abandonó el lugar sin emitir objeción. Ante la repentina privacidad, la espalda de Katsu comenzó a sudar frío. Estiró sus manos pode debajo de la mesa y comenzó a jugar con sus dedos, nervioso.

- Katsu, hasta que no tengas el título, no puedo darte un cargo de médico - Comenzó el encargado del hospital más grande de la zona - Esto no es como una empresa, un hotel o un negocio. Trabajamos con vidas -

- Lo se, señor - Al notar que el hombre fruncía el ceño, se corrigió - Law -

- He hablado con tu padre mientras Nami estaba internada - Sus ojos eran serenos como un lago sin corrientes - Sé lo que le pasó a tu madre, por eso quería decirte que si no quieres este trabajo, puedo intentar conseguirte otro. No se cuanto demorará pero no quiero que te sientas agobiado -

- No lo estaré - Si se hubiese tratado de otra persona, lo hubiese interrumpido. Pero dado a que era el padre de Misa, no quería quedar mal con él - No tengo miedo -

- Sé que no lo tienes, pero si no te sientes preparado para ver eso, no quiero que lo hagas por compromiso -

- Voy a ser doctor - Su espalda se irguió - Voy a ver cosas peores, y no le tengo miedo a nada. ¿Cómo se supone que voy a ayudar a la gente, si no puedo ver a un persona enferma? -

- Son niños, no es lo mismo que un adulto - Agregó, esperando asustarlo.

- Tengo la intención de curar niños también - No le quitó la vista.

Law sonrió. Podía verse reflejado. Katsu le recordaba mucho a cuando él era joven. Misa había encontrado un hombre muy bueno, capaz y dispuesto a dar todo por cumplir sus objetivos.

- Bien - Dijo luego de unos momentos - El trabajo es tuyo - Le tendió un papel - Lee esto, firma aquí y comenzaras esta tarde -

- ¡Si! -

Estaba emocionado. Tomó el papel y lo leyó atentamente. ¡Era su primer contrato! Esperaba poder decirles a sus padres lo que había conseguido. Por fin. Sonrió al finalizar y firmó rápidamente.

- Misa te dará el uniforme -

- ¡Gracias, Law! - Sonrió.

- No es nada, ahora ve. Ella también querrá saber que pasó -

Se puso de pie e hizo una pequeña inclinación en señal de respeto. Hacía tiempo que no se sentía tan agradecido con alguien. Se giró con brusquedad y abandonó la oficina. Al abrir la puerta, se encontró a Misa. La mujer estaba casi pegada a la puerta, intentando escuchar lo que estaba pasando. Katsu la tomó por la cintura y le dio un sonoro beso en la mejilla.

- Voy a trabajar aquí -

- ¿En verdad? - Sus ojos se iluminaron - ¡Genial! -

Misa fue mucho más rápida. Pasó sus brazos por detrás del cuello del hombre e incrustó sus labios en los suyos. El beso fue potente y pasional, tanto que el morocho pudo sentir el calor recorriendo su cuerpo. Si no fuera porque estaban en el hospital, se hubiese abalanzado sobre ella en ese mismo instante.

De repente, la puerta se abrió y el padre de la joven apareció en el umbral. Al percatarse de la tercer presencia, ambos se separaron. Sus mejillas se tornaron bordos. ¡Qué vergüenza! Los dos posaron la mirada en el suelo. Law los contempló con el ceño fruncido. Cargaba una enorme carpeta rellena de papeles. Puso los ojos en blanco. Entendía que fueran jóvenes y que todo tuvieran que llevarlo a la pasión, pero... ¿Era necesario en un hospital? Ambos se habían separado tanto, que podía pasar entre ellos sin siquiera tocarlos. Comenzó a avanzar en silencio, ni siquiera tenía ganas de decir algo. Su hija era lo suficiente grande como para saber que estaba bien y que estaba mal, además... Estaba seguro que la ingenuidad de Misa había desaparecido hacía mucho tiempo. Ya había tenido suficiente con Reiki. Y Katsu le agradaba... Soltó una carcajada y volteó. Notó que las pupilas de ambos se posaban en él.

- Misa, invítalo a comer esta noche. Debemos festejar - Ni él se esperó esas palabras.

- ¡Claro! - La sonrisa de su hija era satisfactoria.

Law volteó y siguió con su camino. Liderar un hospital no era tan sencillo como creían y tenía muchas cosas que atender.

Katsu estiró su mano y tomó la de Misa con energía. Era como tener una segunda familia. Y estaba eternamente agradecido.

- Vamos, tengo que darte el uniforme - Rió.

(...)

Hanako apoyó la bicicleta contra un árbol. La mañana estaba agradable. ¿Qué mejor que hacer un poco de ejercicio mientras se disfrutaba del paisaje? Tenía mucho que pensar. Demasiado. Kouta había querido hablar con él y por eso, Taro casi había escuchado todo. Su maldito hermano había aparecido justo en el momento menos indicado. Su corazón se había detenido. Se soltó el cabello, lo peinó con sus manos y volvió a atarlo para que no le molestara la vista. Le había tenido que pedir a Kouta que se fuera, y había optado por decirle la verdad a su hermano. Taro la había mirado algo confundido, le había explicado una y otra vez porque lo estaba manteniendo en secreto, hasta que finalmente, el pelinaranja aceptó no decirle a nadie. Afortunadamente, le dio la sensación de que no le importaba demasiado. Punto a favor para ella. Posiblemente su hermano tenía otro tipo de problemas. Ella había pasado por el instituto y no era nada fácil, mucho menos para los hombres. Nunca olvidaría el continuo pleito entre Katsu y Gaku, algo que todo el instituto sabía. Cuando ambos terminaron siendo mejores amigos, todo el mundo quedó pasmado. ¿Y cómo no? Miles de veces habían estado a punto de asesinarse. Y ahora... Katsu iba a la mecánica de Gaku, y el pelirrojo visitaba la piscina de su casa de vez en cuando. O al menos eso había sido mientras ellos salían. Bajó la mirada y contempló el suelo de tierra. Estiró su cuerpo y se fijo la hora. Kouta debería llegar en cualquier momento. Al notar la cabellera oscura a lo lejos, sonrió. A diferencia de ella que había elegido un transporte de dos ruedas, el hombre había preferido correr. Y no solo eso, había quitado su remera para no sentir tanto calor. Al notar los músculos de su torso, se ruborizó. Tanto su padre como Katsu tenía cuerpos completamente trabajado, aun sabiendo que no hacían nada. Genética, pensó. Y posiblemente Kouta tuviera la misma facilidad, después de todo compartían sangre.

- Hola - Sonrió al notarlo cerca.

- Buen día - El morocho le dio un beso en la frente - Te abrazaría, pero créeme, no quieres que lo haga -

Estaba todo sudado. Los hilos de transpiración caían lentamente por su espalda, Hanako lo notó cuando se agachó para estirar las piernas. Se llevó la mano a los labios y mordisqueó su piel, tenía que admitir que le daba un aspecto más sensual.

- ¿Estás bien? - Los ojos de Kouta se posaron en ella, por alguna razón la rubia no le quitaba la mirada.

- ¡¿Qué?! - La vergüenza trepó por sus mejillas - Nada, nada -

- Oi, lamento lo de ayer - Murmuró mientras se enderezaba - Fue estúpido e impulsivo - Nunca tendría que haber ido a su casa - ¿Tu hermano...? -

- Ya hablé con él - Bajó la mirada - Lo extorsioné un poco - Dijo burlonamente - Pero... -

- Hana ¿Crees que deberíamos decirle a Katsu? -

La repentina pregunta, la dejó estática. ¿A Katsu? ¿Por qué debían decirle algo como eso a su hermano mayor? Recordó que ella le había comentado acerca de él. Le había dicho que estaba saliendo con un profesor de la universidad. Su rostro palideció. Poco después Kouta había caído en su casa y le había dicho a toda su familia que él era profesor en la universidad. No, no, no, no. No podía ser tan tonta... Si Katsu ataba cabos... Se daría cuenta de todo. Se imaginaba su rostro, completamente serio. Estas saliendo con mi primo. Si, podía oírlo decir eso. ¿Y ella que diría?

- Pero, Kouta - Tragó saliva - ¿Qué le vamos a decir? -

- La verdad - Alzó sus hombros - Estamos saliendo, estamos enamorados - Sonaba tan simple si lo decía de esa manera - Es mi primo, y es tu hermano -

- Con ese concepto, Takara y Mizuki también lo son - Se cruzó de brazos.

- Pero ellas son niñas, Hana, Katsu es grande y posiblemente entenderá las cosas - Al ser un adulto, Kouta hablaba con un tono convincente.

- Bien... Se lo diremos pero... A su tiempo - Tenía que prepararse mentalmente.

- Cuando tu estés preparada, bonita - Acarició su mejilla con ternura.

Hanako sonrió.

(...)

Taro se dejó caer en unas pequeñas sillas de cemento que el instituto había construido para que los estudiantes descansaran en los recreos. Apoyó su mochila a su lado y alzó el rostro hacia el cielo. Odiaba cada segundo allí. Quería irse en ese mismo momento. Recordó la conversación que había tenido con su hermana. Su supuesto primo tenía 26 años... Y ella 18... Eso hacía una diferencia de 8 años... Y él... Él tenía 14, mientras que Ruriko acababa de cumplir 17 años. ¡Solo eran 3 años de diferencia! Entonces... ¿Por qué lo veía tan imposible? Soltó un gran suspiro. Y para peor... Ella estaba saliendo con ese idiota de Botan.

- ¡Taro! -

No otra vez. Puso los ojos en blanco y se enderezó. Ryuki apareció corriendo y se abalanzó sobre él cual fan en un concierto de rock. Su amigo actuaba más como admirador que como amigo, solía molestarlo todo el tiempo sobre preguntas y acciones estúpidas. Sus cabellos eran cortos y verdosos, pero un verde demasiado extraño. Sus ojos eran grandes y de color miel, siempre demostraban emoción y admiración ante él. Aunque tenía que admitir que él siempre estaba cuando lo necesitaba.

- Pensando en Ruriko de nuevo ¿Verdad? - Soltó inesperadamente.

- Oi, silencio - El pelinaranja se puso de pie de golpe y contempló a todos lados.

- Lo sabía - Sonrió y sacó un cuaderno, buscó la hoja exacta y leyó sus anotaciones - Esos ojos son muy soñadores -

¿Acaso tenía anotaciones sobre sus actitudes y sus significados? Taro lo contempló aterrado... Parecía todo un maníaco.

- Hablando de enamorados - Sonrió posando su mirada en la puerta del instituto.

El pelinaranja se giró con brusquedad. Su boca se abrió levemente y sus ojos no parpadearon. Era como ver a la mismísima Afrodita en la vida real. Sus largos cabellos celestes estaban recogidos en dos altas coletas, su uniforme escolar estaba impoluto. desde que su hermana Suzuna había terminado el instituto, Ruriko se había posicionado como la estudiante más bella. La única que podía hacerle frente era Takara, claro. Incluso llegaron a decir que su hermana era mucho más bella... Pero Taro no creía esas cosas. Takara era su hermana, y pese a que era linda, su carácter arruinaba su belleza total. Ruriko era linda, tímida y buena persona. Siempre pensando en los demás... Notó que comenzaba a sonrojarse y no quería que nadie más notara ese nerviosismo. Además la peliceleste caminaba hacia él, cargando su bolso negro lleno de lentejuelas.

- Aquí viene... - Murmuró Ryuki.

Ya tendría tiempo para asesinarlo, luego de que Ruriko se fuera. Cuando la mujer estuvo lo suficiente cerca, el joven alzó su mano y la saludo. Ni siquiera se estaba dando cuenta de lo estúpido que parecía. Un joven hombre enamorado podía lucir bastante tonto si no controlaba sus emociones, si actuaba sin saber. Ryuki puso los ojos en blanco y saludó también, necesitaba apoyar a su amigo para que no hiciera el tonto solo. Ruriko alzó sus oscuros ojos y contempló a ambos.

- Ryuki, Taro - Dijo sorprendida.

- Ruriko... - Murmuró el pelinaranja sin poder reaccionar.

- Buen día, Ruriko - El peliverde tuvo que actuar para no dejar en ridículo a su amigo - Te ves linda hoy ¿Te cortaste un poco el cabello? -

- ¿En serio? - Su pálida piel se sonrojó - Retoqué un poco las puntas - Tomó uno de las coletas y jugueteó nerviosa - Ya era hora que lo hiciera -

- Pues te quedó hermoso - Ryuki contempló a su amigo - ¿Verdad, Taro? -

- Claro, si, si - Ni siquiera podía pestañear.

Notó que la mirada de Ruriko se posaba en él. Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Acaso había llegado el momento? ¡Si! Ese era el momento perfecto. Respiró profundamente y tomó coraje.

- Ruriko - Había captado su atención, ya no había vuelta atrás - Yo... -

- Vaya, vaya, vaya -

Botan apareció detrás de la peliceleste y pasó su brazo por sus hombros. De manera protectora. Contempló a Taro y soltó una mueca de burla.

- Miren a quien tenemos aquí - Dijo burlonamente - Al pervertido -

- Se llama Taro, idiota - Aulló su amigo mientras se ponía de pie.

- Y a su perro - Ni siquiera se molestó en mirar a Ryuki a los ojos.

- ¿Ahora además de ser un pervertido, eres un acosador? - Alzó una ceja y atrajo a Ruriko hacia él - Déjala en paz ¿Quieres? -

Los ojos de Taro se inyectaron en sangre. Lo odiaba, lo odiaba mucho. A él, a su hermano. Ambos se creían los reyes del instituto y lo peor era que no eran nadie. Dejó escapar el oxígeno de sus pulmones por su nariz. Dio un paso adelante. Ya estaba cansado, iba a golpearlo. Cerró la mano en un puño y comenzó a avanzar.

En el momento que estuvo lo suficiente cerca, Takara apareció junto a él y lo tomó del brazo. Lo arrastró lo más lejos posible, antes de que hiciera algo de lo que se arrepentiría. El pelinaranja escuchó la carcajada del rubio a lo lejos. Su hermana lo apoyó contra un paredón y lo contempló fijamente. La morocha se cruzó de brazos.

- ¿Acaso quieres morir? -

- Estoy cansado - Masculló.

- Si lo golpeas, él y su ejercito de idiotas irá a por ti - Soltó un suspiro. ¿Por qué los hombres tenían que ser tan impulsivos?

- Su hermano también - Frunció el ceño.

- Arata no es así - Takara desvió la mirada.

- Claro que sí, y lo sabes -

- Escucha, ya déjalo en paz - Alzó los hombros de manera despectiva - Te atacará cada vez que pueda, Botan es así. Pero este año se egresa por lo que solo tendrás que aguantarlo un poco más - Al notar que su hermano bajaba la mirada agregó - Anda, vamos, ve a clase. Y no te metas en apuros -

Taro soltó un quejido y comenzó a caminar con las manos en los bolsillos.

La morocha lo vio alejarse. Si su hermano llegaba a golpear a Botan, sería como declarar la guerra. Quería evitarle la mala pasada. Puso los ojos en blancos y comenzó a caminar. Necesitaba volver a su clase antes de que el profesor de matemática arribara. Ese hombre era un dolor de cabeza. Un maldito viejo que no toleraba nada, ni que hables, ni que vayas al baño, ni siquiera que estornudaras. ¿Cómo si ella pudiera controlar algo como eso? Tan solo pensar en algo así, le daba dolor de cabeza.

Ingresó al aula pensando en su hermano Taro. Una vez que confirmó que el profesor no había llegado, se dejó caer en su pupitre.

- Mira quien está aquí -

Los azulados ojos de Takara se alzaron hacia arriba. Divisó a Shun de pie junto a ella. El joven estaba en el mismo curso que ella, era exageradamente alto, con piernas delgadas y finas. Sus ojos eran pequeños en comparación de su boca o su nariz, y tenían el mismo tono que los suyos. Sus cabellos eran largos y castaños, siempre los llevaba recogidos en alto dado que el instituto no le permitía darse el lujo de dejarlos así. Shun era uno de los mejores amigos de Arata, un amigo al que le contaba todo. El castaño apoyó la mano en la mesa y contempló a Takara con una sonrisa burlona.

- ¿Qué es lo que quieres Shun? - Alzó una ceja y le devolvió la sonrisa.

- Disfrutaste la fiesta de Arata ¿Verdad? -

Al percatarse hacia donde estaba yendo el tema de conversación, se puso de pie. Ella era una mujer orgullosa, nunca se dejaba pisar. Infló su pecho y lo apoyó en el pecho del castaño, de manera provocativa.

- ¿Estás envidioso? - Se mordió el labio inferior para no reír.

- ¿Envidioso? ¿Yo? - Tragó saliva, molesto - ¿Por quién me tomas? -

- ¡Basta ya! -

Ambos voltearon hacía Arata. El joven tenía el ceño fruncido, pero cuando notó que discutían sobre ese tema, sonrió. Pasó una mano por el hombro de Takara, tal y como su hermano había hecho con Ruriko. Las pupilas de la joven se expandieron al sentir su calor.

- Ya basta Shun - Dijo con aire de superioridad.

El profesor ingresó a toda velocidad. Takara contempló que el hombre ya fruncía el ceño. ¿Por qué demonios se dedicaba a la docencia si nunca tenía ganas de dar clase? Cosas de adultos, pensó. Arata la soltó y ella pudo regresar a su pupitre. No sin antes dedicarle una mirada de victoria a Shun.

Apoyó el codo en la mesa y el rostro en la mano. Las aburridas clases de matemática comenzaban otra vez...

(...)

Al escuchar la campana, Mizuki corrió hacía su casillero. Desde que había ingresado al edificio, se había quedado en el baño de niñas con la intención de no encontrarse con Yuuna. Desde la fiesta en la casa de Arata y Botan, había intentado evitarla a toda costa. No quería siquiera verla caminar por los pasillo. Cada vez que pensaba en ella, tenía una extraña sensación en el pecho. Una extraña mezcla que no le dejaba en paz. Puso la clave del candado y abrió el casillero. Ese día tendría historia, arte e inglés. Tomó los libros uno por uno.

De repente un papel cayó al suelo. Mizuki frunció el ceño, confundida. Ella no solía dejar papeles sueltos dentro del casillero, intentaba tenerlo lo más ordenado posible para evitar confusión a la hora de estudiar. Agarró los libros con fuerza y se agachó para poder recogerlo. Al darlo vuelta, quedó pálida. Era una fotografía. No una simple imagen, era el exacto momento en el que Yuuna la había besado esa noche en la cerca de ligustrina. Apretó la foto con velocidad y contempló a ambos lados, esperando que nadie la hubiese visto. Tragó saliva. ¿Quién demonios le había sacado aquella imagen? ¿Y en qué momento?

Recordaba que el sector estaba en completa oscuridad, y ni siquiera había notado el flash de la cámara. Frunció el ceño y contempló el suelo. Además... ¿Quién demonios había colocado esa imagen en su casillero? ¿Qué significaba? ¿Era una amenaza? ¿Alguien las había visto? ¿Sus amigas? ¿Botan, Arata o sus secuaces? ¿O era una broma pesada de Yunna para molestarla? Cerró el casillero en sumo silencio y comenzó a caminar hacía el aula.

Ingresó lo más sigilosa que pudo. Lo malo de esconderse en el baño hasta la hora de clases, era que siempre llegaba tarde. Y no tenía ganas de la retaran frente a todos, frente a Yunna. Afortunadamente, su pupitre estaba detrás de todo y pudo tomar asiento rápido.

La clase fue muy aburrida, saber la historia de hacía tres mil años atrás no era para nada agradable. Pero a diferencia de otras clases donde Mizuki se dedicaba a dormir o dibujar en su cuaderno, la morocha estuvo toda la hora pensando en aquella fotografía. De manera paranoica alzaba la mirada esperando que alguien allí dentro la estuviera observando. Como si alguien supiera su más oculto secreto. Se llevó la mano a los labios y recordó el calor de Yunna. Sus mejillas se tiñeron de rojo y tuvo que tomar un lápiz para simular que anotaba cuando el profesor alzó la mirada. Tenía que descubrir que estaba pasando y porque le llegaban fotos amenazantes a su casillero.

Antes de que pudiera darse cuenta, el timbre volvió a sonar. Era hora de un merecido descanso. Pero Mizuki no se paró. ¿A dónde iría? Necesitaba pensar, pensar en todo lo que estaba pasando. No era normal. Contempló a todos y cada uno de sus compañeros, si alguno la miraba de manera sospechosa, se pondría de pie y hablaría con él. Necesitaba respuestas y cerciorarse de que su secreto se mantendría en secreto. ¡Por Dios! ¡Que dirían sus amigas si se enteraban que había besado a una niña! Le entraron ganas de llorar.

- ¿Mizu? ¿Estás bien? -

Akiko la contemplaba seria.

- Si, solo estoy cansada - Murmuró cabizbaja.

- Estás muy pálida - Saya dio un sorbo a su jugo y apoyó la mano en su frente - No tienes fiebre -

- Quizás estas por contraer una gripe - Añadió Harumi e hizo explotar el globo de su goma de mascar.

- Estoy bien, en serio - Les regaló una sonrisa para que no siguieran interrogándola.

- ¿Entonces vas a contarnos? - Saya, la más extrovertida de todas, se apoyó en el pupitre de Mizuki con energía.

- ¿Contarles? - El pánico invadió su cuerpo. ¿Acaso sabían lo de la fotografía?

- Lo de la fiesta, tontita - Harumi puso los ojos en blanco - Desapareciste -

- Ustedes desaparecieron... - Y me dejaron sola y vulnerable, pensó con ira.

- Volvimos por ti y ya no estabas - Akiko soltó un gran suspiro - ¿Qué hiciste? -

- Yo... - ¿Acaso era una prueba? ¿Estaban probando su confianza? - Fui a dar una vuelta -

- ¿Con quien? - Harumi hizo otro globo, esta vez mucho más grande.

- Con... - No, no iba a decirlo. Su frente comenzó a sudar - Con un chico -

- ¡¿Con un chico?! - La emoción de Saya aumentó, una gran sonrisa se dibujó en su rostro - ¡¿Quién?! -

- No puedo decirlo - Desvió la mirada, esperando que no se percataran de la mentira - Prometí que no lo diría -

- ¡Pero que emoción! - Saya dio una ligera vuelta y contempló a Mizuki con los ojos bien abiertos - ¡¿Y bien?! -

- ¿Y bien qué? - La morocha entró en pánico.

- ¿Lo besaste? - Al ver que las mejillas de su amiga se encendían, gritó - ¡No me lo creo! -

- ¿Y cómo se sintió? - Por primera vez en toda la conversación, Akiko se sintió atraída por la respuesta.

- Nada - ¿Qué clase de pregunta era esa?

Mizuki recordó el calor de los labios de Yunna, del leve cosquilleo en su vientre.

- ¿Nada? ¿Qué clase de respuesta es esa? - Preguntó Harumi.

- Yo... - Se puso de pie - Tengo que ir al baño -

Con sus hombros, se abrió paso entre el paredón que habían armado sus amigas. La situación se estaba descontrolando. Al menos sabía que sus amigas no tenía ni idea de lo que estaba pasando con la fotografía. Ellas quedaban completamente descartadas. Atravesó el umbral del aula y comenzó a caminar por el pasillo. Tenía la foto guardada en el pequeño bolsillo de la camisa escolar, allí donde nadie más podría encontrarlo. Giró en el primer pasillo y encaró hacia el baño de mujeres.

Le sorprendió que estuviera completamente vacío, generalmente era un mar de chicas que se peinaban, acompañaban a sus amigas o simplemente iban allí para poder hablar de chicos sin que ellos oyeran. Se sintió tétrico pero agradeció la paz. Ingresó cubículo pero no hizo nada. Se quedó de pie, contemplando el inodoro. La mejor opción era arrojar la fotografía y olvidarse del hecho. Quizás solo había sido una pequeña broma para saber como reaccionaba, solo eso. Pero... Sus manos se cerraron en dos puños y decidió abandonar el lugar. Al salir del cubículo se contempló en el espejo. ¿Qué demonios estaba haciendo?

La puerta se abrió y para su sorpresa, Yunna ingresó en el baño. Sus miradas se cruzaron a través del espejo y Mizuki tuvo ganas de salir corriendo. Pero no lo hizo. Pese a que era idéntica a su padre en muchos sentidos, había heredado un leve orgullo de su madre. No era como el de Takara, pero si lo suficiente amplio como para no escapar de allí.

La pelirosa se detuvo en seco y se giró hacia ella.

- Con que, besaste a un chico ¿Verdad? - Su tono de voz parecía dolido.

- ¿A quién le importa? - Desvió la mirada, acaba de arrepentirse por haberse quedado ahí.

- Mizuki... - La joven avanzó hacia ella, pero la morocha retrocedió - ¿Tanto te avergüenza? -

- Yo no quería besarte - Soltó sin saber porque estaba diciendo eso.

- Si hubiese sido un hombre no harías semejante escándalo - Yunna frunció el ceño.

- ¡Claro que no! - Exclamó frustrada - Yo quería que mi primer beso fuera con un chico -

- Con un chico ¿Eh? - Alzó una ceja de manera despectiva - ¿Y qué problema hay si soy una chica? -

- Ya déjame en paz - Tomó coraje y avanzó hacia la puerta - Y deja de andar acosándome -

Antes de que pudiera salir, sintió como la suave mano de la pelirrosa la tomaba del ante brazo y la giraba hacía atrás.

- ¿Acosando? - Su tono era cada vez más intranquilo - Solo vine al baño, no te estoy siguiendo -

- Hablo de la foto -

- ¿Qué foto? ¿De qué estas hablando? - La pelirosa cambió la expresión de su rostro.

Cansada de toda esa discusión, la morocha metió la mano en su pequeño bolsillo y la sacó. Se la enseñó de manera violenta, estirando su mano y a punto de golpearla con la imagen. Pero Yunna no dijo nada. Ella simplemente tomó el papel y la contempló. Frunció el ceño a medida que caía en la cuenta de que se trataba todo eso.

- ¿De dónde sacaste esto? - Preguntó con la voz ronca.

- Apareció en mi casillero - Bajó la mirada apenada - No tengo idea de quien fue, ni porque lo hizo -

Acto seguido, Yunna actuó sin pensar. Apretó la fotografía con ambas manos y la arrojó al inodoro. Llena de furia tiró la cadena para que la evidencia de aquella noche, desapareciera con todos los desechos producidos por los alumnos de ese instituto.

- ¿Qué haces? - Preguntó Mizuki boquiabierta.

- Listo. Problema resuelto - Bufó y abandonó el baño.

(...)

Nami estacionó su coche frente a la casa la de vieja amiga, luego un pequeño tramo en vehículo con sus hijos pequeños, la cabeza le explotaba. No había podido dormir bien esa noche. Pese a que había estado pegada a Luffy, había sentido esa extraña sensación de que aquella mujer la estaba observando. Bajó del coche y se dirigió a la puerta trasera. La abrió y desajustó el cinturón de sus niños, uno por uno. A medida que fueron bajando, Nami les fue diciendo que no molestaran y que tuvieran cuidado con la calle.

Fue por eso que terminó alzando a Raiden, tomando la mano de Souta y obligando a Akira que tomara la mano de su hermano pequeño, eso fue lo más complicado. Caminaron juntos por el pequeño camino de piedras y arribaron a la casa de madera. La casa de Robin era bastante grande, aunque no tan grande como la suya, claro. Tenía un solo piso, de paredes oscuras y techos en punta. Tanto los marcos de puertas y ventanas como las baldosas del suelo eran color blanco, contrarrestando con el resto de la casa.

Se acercó lentamente y tocó la puerta. Hasta que alguien abrió, tuvo que controlar que Akira y Souta no rompieran ninguno de los enanos que decoraban las flores de la entrada. Un trabajo muy duro. Pero cuando pensaba que su paciencia colapsaría, la puerta se abrió. Divisó la sorpresa en los ojos de Robin, quien en seguida la cambió por una sonrisa.

- ¡Nami! ¡Qué sorpresa! -

- Hacía tiempo que no venía - Sonrió e ingresó a la casa.

- ¿Cómo están los chicos? - Preguntó.

La casa de Robin tenía un largo pasillo recargado de cuadros. De allí se podía conectar a todas las habitaciones de la casa. Si uno se paraba en la entrada y giraba a la derecha, podía encontrar una pequeña cocina con todo lo necesario para preparar un desayuno: Horno, heladera, cafetera, tostadora, licuadora. También había una pequeña mesa para cuatro persas que la morocha usaba para apoyar los utensilios a la hora de cocinar. También tenía una pequeña puerta que llevaba a un lavadero. Si, en cambio, uno se giraba a la izquierda yacía el gran comedor. Una mesa donde podían entrar seis personas en perfecto estado. Aquella sala Robin siempre la tenía aromatizada con grandes velas violetas que emanaban olor a lavanda.

La única habitación que no tenía puerta al pasillo era la sala principal, a ésta se podía ingresar a través del gran umbral de madera que tenía el comedor. La morocha se había encargado que los sillones combinaran con la madera de la biblioteca y del gran mueble que sostenía la televisión. También tenía un pequeño sector que utilizaba como oficina, allí era donde atendía a los clientes que iban hasta su casa para poder preguntar sobre temas legales. Quizás era por eso que estaba todo tan perfumado, pensó la pelinaranja.

Luego de eso, si uno seguía caminando por los pasillos, encontraría las habitaciones. La primera habitación era de Keito, el hijo que ambos habían tenido cuando estaban juntos pero que el peliverde jamás había conocido hasta hacía tres años atrás. Luego estaba el dormitorio de Kisho, el morocho que Zoro había descubierto que en realidad no era su hijo, sin embargo, lo había aceptado como tal y el joven había firmado de manera legal su paternidad. El cuarto de Aomi era el que le seguía, estando justo en frente a la habitación matrimonial, por si acaso. La niña tenía la misma edad que su hija, Akira, lo cual era muy bueno cuando se juntaban a hablar. Y por último, justo al lado del cuarto de los adultos, yacía la habitación de una nueva niña: Kaori. La pequeña había nacido un año atrás, luego de varios intentos de querer tener un nuevo hijo. Finalmente y pese a la predicciones de los médicos, lograron poder tener una hija. Una niña muy bonita con cabellos verdes y ojos celestes, idéntica a su hermano mayor pero con rasgos mucho más femeninos.

Los baños estaban distribuidos en diferentes zonas. El baño principal estaba justo al final del pasillo. Allí todos los invitados y los niños del hogar, podía hacer sus necesidades y disfrutar de una cálida ducha. En cambio, el matrimonio, tenía su propio baño en la habitación. Allí donde nadie los molestaría.

- Todos están bien - Sonrió y apoyó a Raiden en el suelo - ¿Y aquí? ¿Cómo va la cosa? -

- Si te soy sincera - La morocha cerró la puerta a sus espaldas - Es agotador tener un niño tan pequeño a esta altura de mi vida, pero agradezco poder tener otro hijo -

Si. Recordaba cuando había hablado con ella por ese tema. Robin siempre había querido poder tener otro niño. Aun teniendo a Kisho y a Aomi, quienes iban y venían de la casa de su madre, quería algo más. Ella quería volver a sentir lo que significaba traer un hijo al mundo. Nunca lo había logrado, siempre había estado ocupada cuidando a Keito. Y además, nunca había encontrado al hombre perfecto para esa tarea. Bueno... Hasta hacía tres años...

- Te entiendo - Sonrió la mujer.

- ¿Quieres café? - Preguntó mientras avanzaba hacia la cocina.

Nami contempló que los tres pequeños salieron corriendo.

- Aomi está jugando en su cuarto - Comentó la morocha mientras tomaba la jarra de café recién hecho y lo servía en una taza - Perona se ha ido de viaje, por lo que Kisho y Aomi se quedaran todos los días por unas semanas -

- ¿Y la pequeña Kaori? - Aceptó la taza y le dio un sorbo.

- Duerme, como siempre - Bromeó y se apoyó contra la mesada - ¿Sucede algo? -

- ¿Por qué lo dices? - Dijo con tono acusativo.

- Nami, te conozco hace años... - Robin desvió la mirada hacia la ventana de la cocina, el día estaba despejado y el sol daba un ambiente agradable - ¿Qué es lo que sucedió? -

- Pues... - Soltó un suspiro, no esperaba que la conversación avanzara tan rápido. Pero Robin solía ser muy directa, demasiado.

Le contó todo. Que Akira había encontrado el viejo vestido de Hancock. Que lo había arruinado en la piscina. La reacción que había tenido Luffy. Las cosas que había encontrado en el ático. La curiosidad que había sentido. También le contó toda la historia que Margaret le había relatado la tarde anterior. Le dijo que había ido al cementerio y que le había parecido ver el fantasma de la morocha. Su reacción cuando llegó a casa y toda la discusión que había tenido con Luffy. Finalmente, fue honesta con lo que había pasado después, otra vez la visión de la mujer. Pero esa vez asechandola. Robin la escuchó en silencio, no la interrumpió en ningún momento, tal y como había hecho hace años cuando todo el conflicto con Bellamy comenzó.

- ¿Crees que estoy loca? - Preguntó expectante.

- Bueno... Ver gente muerta no es muy normal - Murmuró pensativa - Pero no eres la primera y no serás la última - Soltó un pequeño suspiro - Aunque me sorprende que le hayas pedido otro niño -

- Solo quería ver si en verdad me ama como a la amó a ella - Bajó la mirada avergonzada, quizás si se había pasado un poco.

- Entiendo como te sientes, a veces me pasa con todo el tema de Perona - Sobre todo cuando la pelirrosa iba a buscar a sus hijos y entablaba conversación con Zoro - Es comprensible que estés teniendo una especie de crisis -

- Luego de todo lo que Margaret contó, yo... - Era complicado de explicar - Creo que tengo celos... Ojala alguien me hubiese amado así -

- ¿Crees que no lo hace? - Robin alzó una ceja.

- Claro que lo hace, pero no de esa manera - Estaba segura que si la morocha estuviera allí, la dejaría para poder volver a estar con Hancock.

Pensarlo de esa manera le dolió un poco.

- Lo mejor sería no pensar en eso - Susurró - Solo será peor -

- Tienes razón, gracias -

(...)

Zoro ingresó en su hogar. Habían pasado varias horas desde que había partido para poder trabajar, su aburrido y rutinario trabajo. La única razón por la que lo hacía era para mantener a su familia y poder darle todos los lujos que quisieran. Además... Ahora tenían otra boca que alimentar. Puso los ojos en blanco mientras cerraba la puerta. ¿Acaso los niños no dejaban nunca de aparecer? Cuando Perona le había dicho que estaba embarazada, se había odiado. ¿Cómo demonios se había descuidado tanto? Y por 16 años creyó ser su padre. Aunque... lo había querido, lo había cuidado y por mucho tiempo fue su único su hijo. Su orgullo. ¿Cómo dejarlo luego de todo lo que habían compartido? No. Kisho tampoco había querido renunciar a su paternidad. Luego había llegado Aomi... La pequeña, dulce y malcriada Aomi. Esta vez, estaba cien por ciento seguro de que era hija suya. No es que no la quisiera, pero... la niña tenía un carácter especial y él no era fanático de los niños... Aun así, sentía la típica debilidad del padre hacia su hija mujer.

Poco tiempo después se había enterado que había tenido un tercer hijo, mayor. Había quedado completamente sorprendido. ¿Quién había pensado que la vieja relación que había mantenido casi 20 años atrás, le daría otra sorpresa? Puso los ojos en blanco y avanzó hacia la cocina. Robin no se encontraba allí. Soltó un suspiro y se dirigió al salón. Ya podía oír los cantos de Aomi mientras veía la televisión. Al llegar, se encontró con la morocha sentada en uno de los sillones. Su hija de cabellos rosados bailaba con una falda de princesas que le habían comprado para su cumpleaños, mientras que la mujer la contemplaba sonriente. En sus brazos yacía su nuevo retoño. La pequeña Kaori tenía los ojos cerrados, en su boca descansaba un biberón rosado decorado con varias vacas con vestido. Algo demasiado empalagoso para él. Arrojó el abrigo sobre un asiento y se acercó lentamente. Le dio un delicado beso a morocha en sus labios y contempló a la niña. Sonrió. Quizás no era tan malo... Kaori parecía disfrutar de un largo y placentero sueño, quizás persiguiendo esas vacas con tutú. Se dejó caer a su lado y con sus dedo índice, rozó la rosada mejilla.

-¡Papi! - Aomi se giró y se abalanzó en sus brazos.

- ¿Cómo está mi princesa? - La alzó en su regazo y la contempló con una sonrisa.

Odiaba ser dulce con los demás, era algo que no le salía. Pero cuando se trataba de sus niñas, todo era posible. Robin lo contempló por el rabillo del ojo y reprimió una tierna carcajada.

- Hoy vino Akira a jugar - Sonrió energéticamente.

- ¿De verdad? -

- Si - Apretó los puños con emoción.

- Así que... - Dejó a Aomi en el suelo - Nami estuvo aquí - Cuando la niña volvió a hipnotizarse con la televisión, el peliverde posó sus ojos en Robin - Luffy me contó todo esta mañana -

- Es más complicado de lo que crees - Luffy no sabía todo lo que había visto, tanto en el cementerio como en su casa.

- Se que es complicado, pero - Se puso de pie y caminó hasta la ventana más cercana - ¿Ponerse celosa de una mujer muerta? -

- No vas a entenderlo nunca - Su rostro se puso serio - Nami ha vivido cosas horribles con Bellamy, ella necesita saber que la ama - Al notar que Kaori realizaba un gesto con su frente, le quitó el biberón - Cualquier mujer es un poco celosa de sus ex, tu no sabes porque nunca me lo preguntaste -

- ¿Hablas de Perona? - Arqueó una ceja y posó sus ojos en Aomi, la niña ni siquiera había notado que había mencionado a su madre - La diferencia entre Perona y Hancock, es que yo me separe porque no la amaba. La única razón por la que me había casado era por Kisho y por Aomi - Vaya error - Luffy la amaba, Robin, y ella murió -

- Aun así, ser la segunda opción es doloroso - Insistió. Él nunca comprendería el dolor de una mujer despechada.

- Lo es, pero no hay otra opción - Alzó los hombros y soltó un suspiro - Son hechos. Luffy la amaba, tuvieron tres hijos y ella murió - Se apoyó contra la pared - Él no es divorciado, es viudo. No puedes pretender que se olvide de la madre de sus hijos porque sí -

- Lo sé - La morocha se puso de pie y se acercó hacia él - Aunque a veces, los hombres como ustedes podrían pensar un poco más en los sentimientos de las mujeres - Le tendió a su hija hasta el punto de apoyarla contra su pecho - Tengo que hacer la cena, por cierto, Kisho tiene problemas para inflar las ruedas de su bicicleta -

Y desapareció en el umbral. Robin frunció el ceño. Zoro podía sonar muy frío en la mayoría de las ocasiones. Si tan solo supiera la historia completa, pensó. El corazón de una mujer era un profundo océano, y tal y como en las aguas de verdad, se podía encontrar de todo. Pero siempre habría cosas que no se descubrirían, aquellas enterradas en lo más profundo del mar.

Arribó a la cocina y encendió el horno. Pensar en su amiga la ponía algo triste. ¿Qué más le podía pasar? Escuchó sonar su teléfono celular, puso los ojos en blanco. Lo último que le faltaba... ¡Más trabajo! Cuando Zoro apareció en la cocina con su móvil, se percató de que Kaori estaba despierta, llorando y gimoteando. Al trabajo, debía agregarle el de ama de casa. Necesitaba unas vacaciones con urgencia, lo apuntaría en su lista de obligaciones.

- Nico Robin ¿En qué puedo ayudar? - Posó sus ojos en Zoro con agotamiento, la niña no paraba de gritar - Si, lo sé - A medida que el hombre hablaba, sus ojos se iban abriendo con sorpresa - ¡Espere! ¡¿Qué?! -

- ¿Qué sucede? - Entre la alteración de la niña y la de su mujer, el peliverde no entendía nada.

- Bellamy - Murmuró mientras escuchaba lo que el hombre del otro lado del tubo tenía para decirle.

(...)

Finalmente Katsu había aceptado explicarle algo de biología para el examen del próximo día. Takara había aprovechado que su madre estaba cocinando la cena para pedirle a su hermano piedad. Le había ofrecido una caja de chocolates y que le haría la cama por una semana. Él, sin dudarlo, lo había aceptado. Y allí estaban, con la pelinaranja cortando trozos de zanahoria, y ellos con todos los libros del morocho abiertos y desparramados por toda la mesa. Por alguna razón, Taro había decidido sentarse junto a ellos, no tenía nada más interesante que hacer. Y la realidad era que disfrutaba ver como su hermana no entendía nada de biología, era un buen motivo para burlarse de ella. La menor contempló todos los volúmenes que su hermano tenía para estudiar. Un verdadero horror.

- El sistema nervioso central está conformado por el cerebro y la médula espinal - Katsu le mostró una imagen del cuerpo humano con todos los nervios desparramados a lo largo y ancho del ser humano, al ver que su hermana se miraba las uñas, frunció el ceño - Takara, tengo que irme a cenar a la casa de Misa, si quieres estudiar tendrás que hacerlo sola - Cerró el libro y se puso de pie.

- ¿A la casa de Misa? - El bicho de la curiosidad pico a su hermana, quien clavó sus azulados ojos en él - ¿Están saliendo? -

- No ¿Qué? - Sabía que sus mejillas se estaban tornando coloradas, además le temblaba la voz - Claro que no - Desvió la mirada, al igual que su padre, no se le daba mentir - Solo me invitaron a festejar por obtener un empleo en el hospital -

- ¿Conseguiste un trabajo? - Nami alzó la cabeza y dejó de cortar la comida, se acercó a ambos mientras se limpiaba las manos con un trapo de cocina.

- En realidad, no es la gran cosa - Se rascó la nuca avergonzado.

- Tenemos que festejar - Sonrió la mujer sin quitar los ojos del morocho - En verdad estoy orgullosa de ti -

Inesperadamente, Mizuki ingresó al comedor. Tenía los ojos cansados, como si hubiera estado llorando por horas encerrada en su habitación. Al divisarla, Nami se acercó a ella y le quitó los oscuros cabellos del rostro.

- ¿Sucedió algo malo? ¿Te sientes mal? -

La niña no respondió, se arrimó hacia donde se encontraban sus hermanos mayores y posó los ojos en Katsu.

- Soñé con mamá - Murmuró.

- No hagas bromas - Los ojos de Takara se abrieron como platos.

- ¡No es una broma! - Notó que el rostro de su hermano palidecía - Parecía muy real, ella venía y... -

- No puede ser - Su hermana la interrumpió - Yo soñé con mamá anoche -

- ¿De qué hablas? - Katsu se puso de pie - No tiene sentido - Bajó la mirada y luego la volvió a poner en sus dos hermanas - Si les digo que también vi a mamá en un sueño, suena a locura ¿Verdad? -

La respiración de Nami comenzó a agitarse. Ella también la había visto, pero no en un sueño. Notó como los tres hermanos intercambiaban miradas y un ligero cosquilleo recorrió su espalda. Quizás no estaba tan loca como había creído... Sus manos comenzaron a temblar. ¿Cómo era posible que los tres hubieran soñado lo mismo? ¿La misma noche que ella la había visto?

Algo tocó su espalda y soltó un gran grito. Los cuatro chicos voltearon hacia ella igual de asustados. Nadie había esperado esa reacción, no en un momento como ese.

- ¿Mamá? - Hanako la contempló con el ceño fruncido - ¿Estás bien? -

- Si, si - Respiró una gran bocanada de aire - Solo me asuste - Nami se llevó la mano al pecho para tranquilizar su corazón.

- ¿Puedo hablar contigo? - El tono de voz de la rubia parecía preocupado.

- Hija - ¿Acaso había ocurrido algo malo? - ¿Qué paso? ¿Te ha sucedido algo? -

- No, yo... - Bajó la mirada - Yo solo quiero hablar -

- ¿Es por tu nuevo novio? - Soltó Taro de manera indiferente.

- ¿Nuevo novio? - Katsu alzó la mirada. ¿Acaso Taro sabía sobre el profesor de la universidad?

- ¿Tu también estás saliendo con alguien? - Takara se giró en su asiento.

- ¡Taro! - Soltó una maldición - No es eso - Tomó la mano de su madre - Solo quiero hacerte una pregunta -

La arrastró lejos de los sonidos. Allí donde nadie podría oírlas. No quería que ni sus hermanos mayores, ni los menores, oyeran esa conversación. Era algo que iba a quedar entre ellas dos. La guió hasta la biblioteca, allí donde solía encerrarse a leer en las tardes de verano. Una vez que ambas estuvieron dentro, cerró la puerta a sus espaldas y posó su mirada en la pelinaranja.

- Hana, si es sobre un chico o algo relacionado con eso... -

- No es sobre un chico - La rubia se sentó junto a su madre y le tomó la mano - ¿Está todo en orden entre tu y Luffy? -

- ¿De qué hablas? Claro que si - La mujer frunció la mirada y su rostro se tornó serio.

- Anoche Katsu y yo... Los escuchamos discutir. No oímos sobre que - Aclaró antes que su madre pudiera decir algo - Pero luego escuchamos un sonido muy fuerte y hoy en la mañana, vi un trapo con sangre y yo... - Ni siquiera se animaba a decirlo - Si te ha hecho algo malo, quiero que me lo digas -

- ¿De dónde sacas esas cosas? - Los ojos de Nami se abrieron como platos - El ruido fue un cuadro que se rompió y yo... - No iba a decir lo del fantasma, no a Hanako - Lo pise sin querer y... -

- Mamá - La contempló fijamente, quería que le cuente la verdad.

- ¿En verdad crees que alguien como él me haría daño? - Le quitó la mano con brusquedad.

- Cuando era niña veía a papá como un héroe, y resulta que si te hacía daño - Susurró avergonzada por creer esas mentiras.

- No compares a tu padre con Luffy - La pelinaranja se puso de pie - Nunca lo hagas - Su teléfono celular comenzó a sonar, con el mismo enfado con el que le había contestado a su hija, atendió - ¿Hola? - Su sorpresa se reflejó en su cara - ¿Robin? ¿Sucedió qué? -

La cabeza comenzó a darle vueltas mientras procesaba todo lo que su amiga le estaba contando. Su frente comenzó a sudar frío y un dolor intenso se apoderó de la parte frontal del cráneo, allí donde años atrás había recibido el impacto del accidente. Tuvo que agacharse porque si no caería al suelo. Escuchó la lejana voz de su hija, llamándola preocupada. Pero no podía responder. El dolor se hizo más y más intenso, hasta que llegó un momento que no sintió más nada.


Hasta aquí hemos llegado. Espero que les haya gustado y estaré ansiosa por leer sus comentarios.

Quería dejarles un poco más de información acerca de las edades: Robin (46) - Sanji (43) - Zoro (42) - Margaret (41) - Keito (23) - Kisho (19) - Masaru (6) - Aomi (5) - Lea (2) Kaori (1)

¡Nos leemos pronto!