Vacaciones
Si le preguntaran a Romano por un destino vacacional sin duda hablaría de sus fabulosas costas con calas y playas de agua cristalina, de sus ciudades cargadas de historia, de su estupenda gastronomía… en definitiva, alabaría sus tierras y te convencería para visitar el sur de Italia.
En cambio, si le preguntan por cuál sería su destino en vacaciones, la respuesta sería bien distinta. Y es que cuando se trataba de vacaciones al italiano le gustaba pasarlas en la casa de su antiguo jefe y actual pareja, España, quien solía complacer todos sus caprichos.
El español estaba encantado con la presencia de Romano, al que recibió con un fuerte abrazo y un apasionado beso. El italiano protestó un poco, aunque en realidad no le molestaban ni un ápice esos gestos por parte de su novio.
Romano se acomodó en el sofá del español, que se ocupó de llevar el equipaje de su chico a la habitación. España regresó al salón dando saltitos completamente feliz de la vida y, sin previo aviso, se tiró sobre Romano, cuyo grito de sorpresa debió escucharse hasta en la otra parte del mundo.
―¡Estoy tan feliz de que estés aquí! ―dijo España frotando su cara contra la de Romano mientras este último trataba de quitárselo de encima inútilmente a base de empujones.
―¡Quita de encima, bastardo! ―se quejó Romano―. ¡Me estás aplastando!
España no sólo no se quitó sino que además buscó su boca y se unió con el italiano en un intenso beso. Romano olvidó sus protestas y respondió al gesto rodeando con brazos y piernas el cuerpo de su pareja.
De haber continuado, seguramente habrían pasado a hacer cosas más serias y menos aptas para ciertos públicos, pero una llamada al teléfono móvil del español los interrumpió.
El país de la pasión reconoció de inmediato el tono de llamada como el que le tenía asignado a su jefe, así que se separó de Romano de una forma un tanto brusca (para disgusto de Romano, que gruñó molesto), sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y respondió.
La llamada no duró mucho, pero el español había ido poniendo mala cara conforme avanzaba la conversación. Finalmente colgó y se puso en pie.
―Tengo que marcharme ―informó a Romano.
―¡¿QUÉ?!
―Mi jefe requiere de mi ayuda para no sé qué problema que le ha surgido ahora ―se excusó―. No puedo negarme.
―¡Pero estamos de vacaciones!
―¡Lo siento! Trataré de volver lo antes posible.
Romano no pudo hacer nada para evitar que España se marchara, era su trabajo al fin y al cabo y debía cumplir con sus obligaciones por más molestas que resultaran. No obstante, la ausencia del español no se alargó demasiado, apenas un par de horas, y se lo compensó al italiano invitándolo a cenar en uno de sus restaurantes favoritos.
Por desgracia, aquella situación se repitió durante los siguientes días: el jefe de España llamaba por asuntos de trabajo, España dejaba lo que estuviera haciendo en ese momento (cuidar el huerto, vaguear con Romano, preparar el almuerzo) y se marchaba raudo a la oficina para trabajar. Lo peor era que el español regresaba a casa más tarde cada día, encontrándose el último de ellos a Romano ya acostado y profundamente dormido.
Al italiano ya le estaba tocando bastante los cojones dicha situación, incluso le estaba cogiendo una tirria enorme a la maldita canción que sonaba cada vez que el idiota del jefe de su pareja llamaba.
―Joder, bastardo, manda a la mierda a ese idiota que tienes por jefe al igual que hice yo con el mío.
―¿Mandaste a la mierda a tu jefe?
―Sí, y he bloqueado su número para que no me localice. ¡Estoy de vacaciones! Y se supone que tú también lo estás.
―Ya lo sé, pero no puedo hacer otra cosa. ¡No puedo dejar aparcado el trabajo así como así! ¡Me necesitan!
―Déjales dicho lo que les haga falta, joder, no te necesitan allí.
―Ya lo intenté, pero no ha servido de nada. Me jode mucho tener que ir cuando tú estás aquí, pero es que no me queda más remedio, Roma, ¡entiéndelo!
―Pues quizás el que tenga que entender algo seas tú cuando me largue de aquí, joder, que para pasarme los días solo prefiero irme a mi puñetera casa.
Romano sabía que amenazarlo de esa forma no tenía sentido, pues no le cabía duda de que el español había hecho todo lo que estaba en su mano para que lo dejaran tranquilo y poder disfrutar de unos días libres, claro que quizás no lo había hecho de la forma correcta para que le hicieran caso. Obviamente el italiano no pensaba permitir que se siguiera repitiendo aquella situación, al menos en el tiempo que él permaneciera en la casa de su novio.
De modo que al siguiente día en cuanto escuchó las primeras notas del tono de llamada, se lanzó veloz sobre el teléfono móvil que estaba sobre la mesa de la cocina antes de que España pudiera siquiera reaccionar.
―¡Escúcheme, pedazo de imbécil! ―fue lo primero que dijo Romano al contestar. España se quedó inmóvil con la boca abierta―. Le habla Italia Romano, así que más vale que atienda bien a lo que le voy a decir porque no pienso repetirlo: deje de molestar de una puta vez al bastardo de España, joder, que está de vacaciones y ya me está tocando las bolas bastante el cachondeito ese que se trae de llamarlo para que vaya a trabajar cuando no le corresponde. Así que procure posponer todos los asuntos que requieran de la presencia del bastardo si no quiere que me presente en su puta oficina y le haga saber lo que es un italiano cabreado, capisci?! Bien, pues ya está avisado. Ciao!
Romano dejó el móvil sobre la mesa con un golpe seco y pasó la mirada al español, que seguía con la boca abierta.
―¡¿Q-Qué has hecho, Roma?! ―exclamó el español entre asustado y enfadado.
―Ponerle los puntos sobre las íes al idiota de tu jefe. Verás como ya no te molesta más.
Diciendo esas palabras, la canción que España le tenía asignada a su jefe volvió a sonar en el móvil. En esa ocasión el español fue más rápido que su novio y cogió el teléfono. Romano hizo crujir sus nudillos, iba a cumplir su amenaza.
Mientras tanto, España hablaba con su jefe. La llamada no duró mucho y, al terminar, el español se volvió hacia Romano con una radiante sonrisa de felicidad.
―¿Qué te ha dicho ese idiota?
―Me ha pedido disculpas por molestarme durante mis vacaciones ―explicó España―. Dice que procurarán apañárselas sin mí en las próximas semanas.
―Parece que lo he hecho entrar en razón.
―Sin duda ―se rio España y se acercó a Romano, a quien besó con suavidad―. Muchas gracias tu ayuda, mi amor.
―A saber qué harías tú sin mí, bastardo.
Ambos rieron.
―Ah, por cierto, mi jefe también me ha pedido que le informe cuando regreses a tu país. Creo que le has acojonado bien.
―Que le den ―sentenció el italiano―. Ahora nos toca disfrutar de nuestras vacaciones.
Y diciendo eso, se lanzó a los labios del español para fundirse con él en un apasionado beso. Sin duda era un buen comienzo para unas vacaciones.
