Asunto guiones: tengo un problema con los guiones, ésa es la razón de que los utilice mal. Es un fallo técnico. Word no me dejaba utilizarlo. He estado toda la semana trasteando y he conseguido que me deje usar el guión largo y ahora he perdido el corto ( ), el cual necesito para mi tesina. Se puede ver en el segundo diálogo mi experimento exitoso. Ahora bien, tengo otro problema. Cada vez que subo un capítulo a Fanfiction, me borra guiones. ¿Cómo pongo el guión largo en Fanfiction? ¿Alguien lo sabe? Agradezco sugerencias y siento haberos puesto durante tanto tiempo el guión corto, pero realmente fue un problema técnico y que Fanfiction me toca la moral. Ya para este fanfic no, pero de cara al siguiente yo os los pongo bien si me solucionais el problema.

Capítulo 4: Juntos por siempre

Pedirle a Kagome una cita había sido lo mejor que había hecho en toda su vida sin lugar a dudas. Fue a la noche de su último espectáculo de ballet con el único y viejo traje que tenía. Kagome le había dado un asiento estupendo en un falco desde el que podía ver a la perfección todo lo que acontecía en el escenario. Kagome era la indiscutible protagonista. A lo largo de la noche la vio vestir cinco trajes diferentes, todos ellos diáfanos y brillantes que resaltaban por su figura y volvían su baile casi etéreo. Ella era la mejor bailarina que había visto en toda su vida. Con su baile transmitía tantas emociones, tantos sentimientos que por un momento tuvo miedo de que las lágrimas acumuladas en sus ojos empezaron a caer. Fue fascinante, maravilloso, un espectáculo único y en cuanto terminó fue de los muchos que se puso en pie para aplaudir.

Después del espectáculo, ella le envió una nota para que se reuniera con ella en los camerinos. Cuando llegó tan solo llevaba puesta una fina bata que mostraba más de lo que ocultaba y él se dio la vuelta y mantuvo los párpados bien apretados mientras que la escuchaba vestirse a su espalda. Quería ser un caballero y empezar bien con Kagome. No había nada que deseara más que el que saliera bien su cita. En cuanto el camino se despejó, Kagome lo guió por una puerta trasera desde la cual podrían escapar sin que la prensa los molestara.

Fueron a un restaurante italiano muy íntimo y cenaron mientras ambos pugnaban por saber más sobre la vida del otro. Él le contó su simple y llanamente normal historia mientras que ella escuchaba tan atentamente que por un momento le pareció que hasta era interesante lo que estaba diciendo. Después él le preguntó por su vida y descubrió que no era tan diferente. Le dijo que ella también nació en una pequeña comarca y estudió hasta el bachiller. Había acudido a clases de ballet desde su más tierna infancia y fue admitida en el Royal Ballet. Se mudó a Londres, buscó el apartamento más barato que encontró y se dedicó en cuerpo y alma a la danza mientras trabajaba de camarera hasta que al fin llegó su momento. A penas llevaba dos años bailando oficialmente, pudiendo vivir de su sueldo como bailarina. Y además, era de su misma edad.

Después de cenar pasearon por la ciudad, y la acompañó hasta su casa. A Kagome no se le había subido la fama a la cabeza. Vivía en un pequeño pero bien decorado apartamento de alquiler y ahorraba para montar su propio estudio de ballet cuando llegara el día en que no pudiera continuar bailando. No aspiraba a ser la mejor aunque tampoco quería pasar inadvertida. No quería ser rica y malgastar su dinero en carísimas joyas y lujos innecesarios. Quería una vida normal y feliz y eso le hizo darse cuenta de que en verdad era la persona a la que llevaba esperando toda una vida.

Desde aquel día, habían continuado saliendo. Kagome acudía todas las mañanas al café tal y como era costumbre y charlaban sobre su próxima salida mientras que le preparaba su encargo. También intentaba visitarlo todas las tardes siempre y cuando los ensayos del nuevo espectáculo no se extendieran más de la cuenta. Cuando eso ocurría, él iba a recogerla al Royal Ballet.

Su hermana se había alegrado mucho cuando le contó todo lo sucedido y le había repetido encarecidamente que no volviera a acercarse nunca a Kikio. Él no dudaría en seguir su consejo. Con Kagome las cosas iban a la perfección y no se arriesgaría por nada en el mundo a perder todo aquello que habían compartido. Hasta él mismo se veía diferente cuando se miraba en el espejo. Se veía más contento, más feliz y más radiante.

Esa noche, había sido la noche en que habían hecho el amor por primera vez después de dos meses saliendo juntos. Estaban en el apartamento de él. Habían estado paseando cerca de la zona, bailando y divirtiéndose cuando empezó a llover con fuerza. Él se había quitado la chaqueta para ponérsela sobre la cabeza y ambos corrieron hacia su apartamento. Kagome ya había estado antes allí, por supuesto. A diferencia de con Kikio, sentía la confianza necesario para llevarla hasta allí a ella.

Una vez en su casa se habían secado, ella se había puesto una camisa suya que le quedaba enorme y habían encargado algo de cenar. Después de cenar, cuando estaban viendo una película a la espera de que amainara, ocurrió con toda la naturalidad del mundo. Se abrazaron, se besaron y se fueran a la cama sin decir una sola palabra. Luego, todo transcurrió lenta y maravillosamente. Kagome era todo lo que él esperaba que sería. Siempre suave, nada exigente, atenta, cariñosa y dulce y cuando ambos alcanzaron su propio placer, ella lo miró con sus hermosos ojos color chocolate y lo besó como si acabara de hacerle el mejor regalo de su vida.

Tumbados en la cama, acababan de despertarse y estaban abrazados, la piel del uno contra la del otro, mientras se besaban y se decían dulces palabras el uno al otro. Era eso lo que siempre quiso. Una mujer con la que poder compartir absolutamente todo, una mujer que con tan solo una mirada fuera capaz de mejorar su día, una mujer que sonriera ante sus palabras dulces y le dijera al mismo tiempo más palabras dulces. En ese momento, sólo pudo pensar en que fue un tonto por no hablarle antes, por no pedirle una cita. Kagome le había confesado que ella siempre esperó que lo hiciera, que se animara, pero él nunca lo hacía.

De repente, sonó el despertador señalando las siete de la mañana como para romper el hermoso hechizo.

- ¡Oh, vaya!

Apagó el despertador y suspiró frustrado. No quería moverse de la cama, quería quedarse allí con Kagome.

- No quiero ir a trabajar. ― confesó― ¿No podemos quedarnos?

Se inclinó sobre ella y volvió a besarla, pero ella se rió rompiendo el beso y lo miró con una sonrisa juguetona.

- Los dos tenemos que cumplir con nuestros deberes.

- Mi deber ahora es ocuparme de ti.

La ignoró cuando intentó volver a detenerlo y le mordió el cuello en esa zona tan sensible que había descubierto por la noche. Kagome no se pudo resistir ante el seductor ataque y se arqueó contra él pidiendo más, pero había apagado mal el despertador y volvió a sonar.

Enfadado, se levantó y lo apagó bien en esa ocasión.

- Me parece que eso era una señal.

No le quedó más remedio que levantarse pero como un niño caprichoso, decidió que se haría a su manera. Así pues, levantó a Kagome en volandas, recordando entonces lo ligera que era debido a su trabajo y la llevó hasta la ducha donde se enjabonaron el uno al otro. Ella se mostró tímida al principio y él no pudo sentirse más contento de ello. Quería que se acostumbrara a él por supuesto, pero no le hubiera gustado que desde el principio se hubiera mostrado tan abierta. Aquello le demostraba que Kagome no era nada promiscua a diferencia de otras que había tenido la mala suerte de conocer.

Él desayunó en su casa, pero Kagome no quiso alegando que tomaría su café más tarde. Accedió a su propuesta y la acompañó hasta su casa para que se cambiara de ropa mientras pensaba que si Kagome no desayunaba en casa, debía tomar tan solo su café. Sus pensamientos no le gustaron. Sabía que ella seguía una dieta muy estricta debido a su condición como bailarina, pero no pensaba consentir que se mal alimentara. Podría desmayarse uno de esos días en el ensayo y seguro que ya le había sucedido.

- Estaré allí en media hora. – le prometió.

- Más te vale.

Ella abrió la puerta de su apartamento y se volvió hacia él para darle un último beso de despedida hasta su reencuentro.

Se encontraba de muy buen humor cuando abrió el café esa mañana y preparó con gustoso entusiasmo todos los pedidos mientras que su compañero lo observaba anonadado. Nunca había estado tan contento en el trabajo, era imposible no darse cuenta de que estaba perdidamente enamorado de Kagome Higurashi, la mejor bailarina de ballet del país. No, del país no, del mundo. Le costaba creer que alguien pudiera transmitir tanto con su danza como lo hacía ella.

Su cola estaba menguando cuando al fin apareció ella. Se pasó cinco minutos de la media hora acordada, pero decidió perdonarla. Kagome se puso al final de la cola y cuando al fin llegó su turno, ambos se inclinaron sobre el mostrador y se besaron ante la mirada de todo el personal allí presente.

- ¿Qué tomará señorita?- bromeó con ella.

- Café con leche, por favor.

Preparó su café con leche y cogió el vaso de zumo de naranja recién exprimido y las galletas que había preparado para ella. Lo puso todo en el mostrador frente a la mujer que lo miró sin entender.

- ¿Inuyasha?

- Tienes que comer o enfermarás.

- Es que… Yo… No debo…

- Hazlo por mí, por favor.

Kagome accedió y pasó al otro lado del mostrador junto a él para tomar su nuevo desayuno. Su jefe no había mostrado ninguna pega en que Kagome accediera a la zona de personal. En cuanto la había conocido, ella lo había conquistado por completo al igual que hacía con todos los hombres que la rodeaban. Juraría que su jefe estaba enamorado de ella de no ser porque ya estaba casado.

- Tengo que marcharme.

Se volvió para comprobar que Kagome se hubiera tomado su desayuno obedientemente y después se inclinó para darle un largo beso antes de tener que despedirse. Aún no sabía muy bien qué le sucedió o qué lo empujó a hacerlo, pero se atrevió a decir aquello que llevaba pensando desde que fueron al cine y se cogieron de la mano en la oscuridad dos semanas atrás.

- ¿Te gustaría vivir conmigo?

Kagome lo miró asombrada, sin dar crédito a sus palabras y él pensó que tal vez se hubiera precipitado con esa petición. Tan solo llevaban dos meses saliendo juntos.

- No es justo… - musitó ella.

Esas palabras le llamaron la atención. ¿Qué no era justo?

- ¿Kagome?

- Estaba a punto de pedirte exactamente lo mismo y te has adelantado…

Quiso saltar del sitio y gritar a los cuatro vientos que Kagome y él vivirían juntos, pero, en lugar de eso, la cogió a ella en brazos y empezó a dar vueltas sin poder dejar de reír. Kagome se aferró a él con fuerza, riendo del mismo modo. Lamentablemente, se vieron interrumpidos por su jefe.

- ¿Crees que esas son formas de tratar a una dama Inuyasha?

Dejó a Kagome en el suelo de nuevo y se encogió de hombros ante su jefe.

- Inuyasha y yo vamos a vivir juntos, Myoga.

Kagome era la única persona que conocía que se atreviera a tutear a su jefe.

- ¡Eso es una gran noticia!- exclamó- ¡Tenemos que celebrarlo!

Ya no sabía decir qué le sorprendía más. Si el hecho de que hubiera tanta confianza entre su jefe y Kagome o el que Myoga estuviera abriendo una botella de champan guardada para ocasiones especiales para festejar que vivirían juntos. Cuando le dio una copa no se atrevió a decirle que no le apetecía beber alcohol a esas horas de la mañana y brindó con Kagome por su gran futuro.

Después de ese extraño suceso y aquella gran noticia, se despidió de Kagome con un beso y la vio marchar. Él se puso a su trabajo en seguida y estuvo trabajando hasta la hora de comer. Ese día comió solo en su casa porque Kagome le dijo que había un catering para inversores en el Royal Ballet y no podría entrar. Hubiera preferido comer con ella, pero hizo de tripas corazón y se preparó un par de filetes y ensalada antes de volver al trabajo.

Por la tarde estuvo todo tranquilo hasta más o menos las cuatro. Entonces, empezaron a entrar cada vez más clientes de todas las edades. Estaba atendiendo a un grupo de jóvenes universitarias cuando su peor pesadilla entró en el café. ¿Qué hacía Kikio allí? La echó del café y le prohibió la entrada, no podía estar allí. Cobró a las estudiantes y salió del mostrador para evitar que se adentrara más en el local. Se negaba a permitir que volviera a montarle un espectáculo allí.

- ¿Qué haces aquí?- la empujó hacia la puerta- ¡Vete!

- Pensé que se te habría pasado ya el enfado. Han pasado dos meses.

- Pues estás equivocada. Te dije en su día que no tienes permitida la entrada. Vete o llamaré a la policía.

- ¡No puedes estar hablando en serio!

Ella ni podía imaginarse hasta qué punto hablaba en serio. Intentaba formar una nueva vida con Kagome y no permitiría que ni Kikio, ni nadie le amargara el momento.

- Nunca había hablado más en serio, Kikio. Debes irte de aquí en seguida.

- ¡Yo te lo enseñé todo, maldita sea!

- Tú no me enseñaste nada. – la empujó hacia la puerta- Desaparece de mi vida.

Kikio lo miró con la cabeza alta intentando aparentar que no le importaba en absoluto sus crueles palabras y se dirigió hacia la puerta. Él al fin pudo respirar tranquilo y se dirigió hacia el mostrador. Sin embargo, fue agarrado por detrás y tiraron de él. La sorpresa le impidió evitar lo que más tarde sucedió. Kikio acababa de agarrarlo y lo besaba. Asqueado por su acto de mala fe, puso las manos sobre sus hombros y la apartó.

- Kikio, ¿qué estás haciendo?

- Sólo te daba un besito, querido. Entonces, ¿nos encontramos más tarde en el almacén?

¿De qué narices estaba hablando? ¿Encontrarse en el almacén? ¿Querido?

- ¡Eres como todos los demás!

Apartó a Kikio de delante de la puerta y vio a Kagome allí parada con gruesas lágrimas resbalando sobre sus mejillas. Ella lo había visto todo y al escuchar a Kikio debía de haber pensado… ¡Mierda! ¡No era verdad! ¡Nada de eso era verdad! Kikio sabía lo que sentía por ella, seguro que la vio dirigirse hacia el café y lo besó para destruirlo todo entre ellos. ¡No se lo permitiría!

- Kagome…

- ¡No me hables!

Kagome dio media vuelta y salió del café, pero esa vez, él no la dejaría marchar. Quería pasar toda su vida con ella y no iba a permitir que los juegos sucios de una mujerzuela celosa y manipuladora destrozaran todo lo que ellos habían forjado juntos. Su relación no podía acabar por esa mentira.

- Bueno, ahora que vuelves a estar libre…

En ese momento la agarró y tiró de ella para acercarla lo máximo posible a su rostro enfurecido.

- Harás bien en no volver a cruzarte conmigo, créeme.

Y con esas palabras salió del café corriendo en busca de Kagome. La encontró en menos de dos minutos, caminando hacia el Royal Ballet. Ella llevaba un pañuelo en una mano y se estaba limpiando las lágrimas. La gente a su alrededor la miraba. Seguro que debían estar deseando que el cabrón que le hubiera hecho llorar ardiera en el mismísimo infierno. Kagome despertaba ese sentimiento de protección en todos.

- ¡Kagome!

Ella, al escucharlo, empezó a andar más de prisa, intentando huir de él, pero él la alcanzó y se puso frente a ella. Ver sus ojos rojos por las lágrimas le rompió el corazón en pedazos. Aún así, se las ingenió para sacar la entereza para volver a hablarle.

- Escúchame por favor.

- Ya he escuchado suficiente de tu amante.

Intentó rodearlo para pasar, pero él la detuvo y volvió a encararse con ella.

- ¡Kikio no es mi amante, ni es nada!

- ¿Kikio?

Él le había hablado de Kikio, le había contado cómo quiso consolarse con ella por no volver a verla y cómo había descubierto que no era en absoluto lo que él necesitaba.

- ¿Ella era Kikio?

- Sí, era ella y esta vez le he dejado bien claro que no quiero volver a verla.

Kagome al fin se atrevió a mirarlo a los ojos después de tanto tiempo intentando esquivarlo.

- ¿Por qué la estabas besando?- inquirió.

- Yo no la besaba, - le explicó- ella me besaba a mí. La rechacé y volví a echarla pero ella te vio, ella sabía que yo… Yo… - se atrevería a decirlo por fin- Que… ¡Que yo estaba enamorado de ti!- gritó en mitad de la calle- Y quiso destrozar todo entre nosotros.

- ¿Estás enamorado de mí?

- Desde la primera vez que te vi.

Ella dejó caer sobre el asfalto el pañuelo de tela que había estado sosteniendo y rompió la poca distancia entre los dos sin apartar la mirada de la suya. Sus manos se unieron con las de él y apoyó la cabeza en su hombro. Él apoyó su cabeza sobre la de ella y suspiró aliviado de saber que Kagome no lo abandonaría.

- Te amo, Kagome. Ahora y siempre.

- Yo también te amo, Inuyasha.

Esas fueron las palabras más dulces que había escuchado en toda su vida. ¿Quién iba a decirle que acabaría saliendo con la mujer de la que se enamoró perdidamente un año atrás? Durante todo ese tiempo se había conformado con su mirada y con su sonrisa. Sólo con eso bastaba para mejorar su día y su vida. Ella era ese ser de luz y esperanza que le había dado las fuerzas para levantarse de la cama a diario y enfrentarse a su día a día. Nunca hubiera creído que tanta felicidad fuera posible.

Le pasó un brazo sobre los hombros a Kagome y juntos caminaron de nuevo hacia el café en el que se habían conocido. Fue entonces cuando se le ocurrió preguntarle…

- ¿Cuánto te enamoraste de mí, Kagome?

- Mmm… Creo que la primera vez que probé tu café. Pensé que un hombre que preparaba tan bien el café debía haber sido puesto allí para mí.

No pudo evitar reírse al escucharla y supo en ese momento que el resto de su vida, al igual que ese momento, estaría lleno de risas, de carcajadas y de miradas tiernas.

FIN