Capitulo 4 - Espadas rojas y lágrimas blancas

Todos los días se repiten uno tras otro. Las mismas mañanas, las mismas rutinas van pasando siempre iguales. Son aburridas…y tristes.

Han pasado 3 meses desde que el idiota de España se fue de casa. En realidad no parecía otro viaje distinto a los que solía hacer, también tardaba mucho en regresar. Pero…cuando volvía, traía ese olor. Un aroma que ya no soporto. Traía su traje roto y manchado, a veces incluso llevaba heridas horribles por todo el cuerpo, recubierto de vendas. Y al momento de irse, había algo en su cara…una sensación extraña, que la ocultaba sonriendo. Pasaban días, semanas y meses, siempre con ese olor…

Lo odio.


Un frio escalofriante recorría la espalda del joven español. Su cuerpo yacía sentado sobre un humeante suelo, con el sonido de duras cadenas sujetas a su cuello. Una celda sin más luz que las rendijas de la puerta, tan pequeña y fría, como si estuviera en una sucia jaula. La ropa de Antonio estaba casi destrozaba, apenas tenía ya fuerzas para moverse y las vendas que sujetaban sus pies poco a poco se manchaban por las heridas. Había tratado de quitarse las esposas de sus muñecas de mil formas, pero únicamente sacaba sangre de sus manos… Respiraba con dificultad, y sus ojos perdían su brillo a medida que pasaba el tiempo.

-Romano…-murmuraba débilmente dentro de las estrechas paredes. Los días encerrado en el calabozo se estaban haciendo mucho más que eternos.

Unos pasos firmes se aproximaban a la celda y se podían escuchar acercarse desde allí. En cuanto la puerta se abrió, la mirada del muchacho castaño no podía tener más profundo odio ante la presencia que estaba delante.

-Me sorprende que todavía sigas consciente, encadenarte durante meses no parece suficiente ¿verdad, Antonio?

-Cállate…esas cejas tuyas deben haberte podrido demasiado el cerebro. –respondió el castaño sin desviar la vista tan llena de ira contenida en sus ojos

Rápidamente se formó una agria sonrisa en el rostro del inglés. Su elegante traje de capitán alardeaban a simple vista y el sonido de sus botas resonaban fuertemente en el suelo mientras se acercaba al español.

-Y encima aún sigues desafiándome…vaya, bajarte los humos no me es agradable, ¿lo sabes? – contestó Arthur, agarrando con fuerza la cadena aferrada al cuello de Antonio, quedándose ambos cara a cara- La situación en la que te encuentras ahora mismo no es muy buena para que continúes enfrentándote a mí. La Armada ha caído, y la mitad de tus hombres están todos muertos…-apretó con firmeza la cadena- deberías estar agradecido, podría haberte dejado ahogado en medio del océano cuando yo quisiera

Los ojos verdes de Antonio se enfrentaban contra los mismos ojos verdosos de Arthur, en una intensa lucha de miradas. El rubio odiaba esos ojos, al mirarlos le entraba rabia por no notar ningún gesto de dolor y miedo. Impresionaba la forma en la que España demostraba fuerza y plantaba cara ante el pirata británico. Y en el fondo, eso era lo que no soportaba. Solo él se atrevía a plantarle cara.

Soltó la oxidada cadena de hierro y sin dirigir más palabras volvía a dirigirse hacia la puerta de la celda, dejando al español solo de nuevo. Aunque para su sorpresa, se detuvo unos momentos antes de irse.

-Al Alba dejaré que regreses a casa. Pero te diré algo…–añadió el rubio, colocando bien su sombrero y sacando una malévola sonrisa- No pienses que no hare nada más contra ti y me quedare cruzado de brazos. Ahora mismo puedo destruirte, y no lo dudaría.

-Escúchame Arthur –respondió Antonio enfurecido rectificando la amenaza del joven Kirkland- si te atreves a pisar una sola parte de mi casa o pretendes atacar mis tierras, no vivirás para contarlo…

Inglaterra empezó a reír descontroladamente.

-Espero que llegue a ser una guerra más entretenida –dijo con tono un tanto ansioso, parecía una clase de diversión por su parte. Guerra que ganaba, guerra que disfrutaba –Aunque descuida, en verdad no tengo muchas intenciones de llevarme a tu crio. Bajarte los humos en alta mar es lo que me interesa.

Tras eso, dejo solo al español, encerrado en la oscuridad de la celda. Suspiró algo más tranquilo al saber que podía volver a casa, pero no era eso lo que le preocupaba. Antonio bajó la cabeza cansado, pensando lo mucho que Lovino le estaría extrañando. Y ya muy débil y agotado apoyaba su frente contra la pared, mirando su crucifijo, quizás la única cosa que le estaba dando fuerzas para no perder el conocimiento. Por fin regresaría a su hogar, y vería al pequeño diablillo italiano que le estaba esperando.


-¡España! Hazme la comida bastardo, ¡tengo hambre! …-gritaba el menor italiano con el mal humor habitual, buscando en cada zona de la mansión al idiota que quería que le hiciese la comida

-¡Espa…!

Al llegar a la entrada principal, Lovino se calló con rapidez, poniéndose detrás de una columna de mármol. Delante de él se encontraba Antonio, acompañado de varios de sus escoltas, como cada vez que tenía que irse. Y a su lado, la señorita Bélgica se despedía del Jefe España, con un enfurecido Holanda ignorándole como de costumbre. Bélgica era una muchacha encantadora. Una chica bonita y agradable que convivía en la casa española. Cosa que le gustaba mucho a Romano, adora a las chicas bonitas como ella y la tiene cariño. Siempre está junto con su hermano mayor, que aunque aparentaba ser un hombre frio, en el fondo no era tan mal tipo, solo que no soportaba a Antonio.

El joven español notó como algo tiraba de su traje, y al girarse, un pequeño Italia del Sur le agarraba la capa, lanzando una mirada furiosa

-Lovi…-murmuró, agachándose para estar a su altura y enseguida alcanzando y acariciando sus cabellos- Lo siento, sé que debería haberte avisado antes, pero tengo que estar fuera unos días.

- Ya te marchaste hace una semana, ¿Por qué te tienes que ir otra vez tan pronto? ¡¿Y…y quien me hará la comida si tú no estás bastardo…?! –se quejaba Lovino con berridos. No soportaba la idea de estar solo una y otra vez, viendo cómo Antonio regresaba, y al poco tiempo se iba de nuevo.

Tiraba de la capa con sus manos todo lo fuerte que podía, si fuera por él, no la soltaría nunca en ese momento. Aguantando sus rabietas, el chico de ojos verdes trató de poner una sonrisa, aunque era quien menos deseaba tener que irse y no poder volver a casa.

Entonces, algo sacó de sus bolsillos. Deteniendo el enfado del ojimiel, rodeaba su cuello un colgante a medida con un pequeñito crucifijo, igual que el de Antonio, justamente especial para Lovino. Lo miró muy curioso, ¿para qué razón le tendría que dar una cruz justo ahora? Sería alguna otra idea tonta de España, pensó. No era la primera vez que le daba algo tan imprevisto.

-Te queda muy bien~- dijo observando su reacción ante el colgante

-¿Qué es esto? - preguntó confuso, levantando una ceja sin comprender del todo por qué ese regalo

Antonio comenzó a tener una mejor sonrisa, no tan forzada.

-Quería que tuvieses uno, así una pequeñita parte de mi te estará protegiendo siempre que yo no esté, es bonito ¿a que si? –rió el castaño, con un risueño e infantil sonrojo en su cara

A Lovino le pareció una cursilada, y sin querer ponerse rojo apartaba la mirada a otro lado, no le compensaba del todo que le diera ese crucifijo. Lo que no quería era que se marchara en tan poco tiempo, y cabreado hinchaba sus mofletes. Poco era todo el enfado que podía expresar en su carita malhumorada. No solo estaba molesto, sino triste.

Afuera el ruido de los caballos se estaba haciendo más impaciente, y las voces de varios hombres llamaban al español para marcharse. Antonio miró nuevamente a Lovino, seguía sin parecer absolutamente nada contento, y enfurruñado miraba al suelo sin levantar la cabeza. Solo un momento antes de tener que irse, le acarició el cabello, con cuidado de no tocar cierto pelito sensible.

-Lovi, no te preocupes. Voy a estar bien, lo prometo. –dijo el joven España con una voz serena- Bélgi se quedara contigo hasta que regrese, podrás comer mucho mientras no esté yo aquí.

Rodeó con sus brazos al pequeño, terminando en un cálido y tierno abrazo de despedida.

-…sé bueno y espérame, ¿vale?

Lovino se aferraba a su hombro, conteniendo los sollozos mientras que sus ojitos color ámbar estaban a punto de estallar en llanto. El carruaje estaba listo para el viaje, y debía irse al puerto con su tripulación lo antes posible. El chico de ojos verdes finalmente se soltó del menor y acercándose hacia la puerta se despidió por última vez de Bélgica y Holanda. Antonio, pese a todo lo que estaba sintiendo, les sonreía tan alegre como siempre. Sabía que no se trataba de un viaje normal, y su profundo temor era el de no llegar a volver. Una vez dentro del carruaje, fustigaron los caballos y el automóvil se alejó de la casa.

El pequeño del rizito corrió hacia afuera al oír el ruido de que ya se iba. Con tristeza Romano miraba cómo rápidamente se alejaban, rumbo hacia el puerto. Apretaba su vestidito fuertemente, sacando leves sollozos que ya no podía contener más, pero la jovencita de cabellos rubios se acercó a él para calmarle.

-Confía en él Lovi, siempre regresa a casa sano y salvo ¿verdad?. El Jefe no quiere vernos a todos tristes, así que mejor debemos esperarle~ -dijo la muchacha belga en un intento por tranquilizarle- Venga, vayamos dentro y preparemos la comida, ya verás cómo te anima~

El pequeño Italia solo se limitó a quedarse en silencio y entrar de nuevo en la casa. De pronto se le habían quitado todas las ganas de comer, ni tenía ganas de hacer nada. Bélgica le observaba preocupada, comprendía muy bien por cómo se estaba sintiendo Lovino cuando Antonio se marchaba. Ella sabía que él no le despreciaba tanto como quería aparentar, le apreciaba mucho y no quería que le dejase solo. Era una verdad que Romano todavía no comprendía y quería ignorar.


El chirrido de la puerta se abrió de nuevo, despertando al joven español que a malas maneras había logrado conciliar el sueño. Todavía no se apreciaba mucha luz. Se podía notar que acababa de amanecer, y la sombra del capitán británico reaparecía en la celda.

Con estruendosos pasos y una mirada fría como el hielo, el inglés se inclinó frente al castaño, haciendo caer las esposas y soltando la cadena, dejando ver una explícita marca alrededor de su cuello por culpa del duro y oxidado acero. Lanzó el traje de Antonio al suelo, que conservaba plenamente las partes rotas. Un elegante traje de capitán, de preciosa tela roja y detalles dorados, manchada con la misma sangre de sus propias heridas. El rojo pasión del traje de España, se enfrentaba con el prestigioso uniforme pirata azul marino de Inglaterra.

-Bien, puedes volver a tu país. ¿O creías que un caballero no cumple con lo que promete? –exclamó Arthur alardeando su pelo rubio delante de su prisionero y riendo entre dientes

-Eres horriblemente insoportable en estos momentos. –dijo Antonio con toda la realidad que pensaba, mientras se levantaba con dificultad y se colocaba sus ropas

-Haha, menuda insolencia que sueltas cada vez que me hablas –respondió de brazos cruzados, dejando que el muchacho se acercara a la puerta- Pero quien sabe, puede que cuando vayas ya no quede nada…Sería un regreso en vano.

Al oír esas palabras Antonio olvidó la salida, y repleto de furia se giró hacia el rubio, agarrando su traje con fuerzas que ni él mismo podría tener en su estado. Apretaba los dientes, deseando golpearle sin dudarlo. Arthur borró su pícara sonrisa, contemplando los ojos del español, verdes esmeralda tan profundamente llenos de desprecio y odio. Cuando meses atrás había colapsado todos los barcos de la Armada Española, pudo ver esa misma mirada. Una cara diferente a la del joven España, como si fuese otro distinto.

-¿Cuántas promesas quieres seguir rompiendo?...-preguntó Antonio enfurecido- Hicimos un pacto de no agresión,¡¿ y viendo cómo atacaste a mi tripulación pretendes que te crea?!

Arthur se quedó unos momentos en silencio, mirando con frialdad al muchacho de pelo castaño.

-…Habiendo pacto o no, como he dicho, bajarte los humos es lo que me interesa. –dijo el británico de forma sincera- Pero ahora ya sabemos quién tiene en realidad el control de los mares. –continuo la discusión, sonriendo malévolamente- Con que la Armada Invencible ¿eh?...Me parece que ese título ya no puedes renombrarlo.

El joven de abundantes cejas no evitó reírse de forma burlona del español, cosa que Antonio ya no le soportaba más y soltó su camisa de mala gana. Esas bromas tan viles muy propias de Inglaterra podían con la sensibilidad de España, y en cualquier ocasión no desperdiciaba un momento adecuado para fastidiarle aun más. Finalmente, dejó que su preso saliera por la puerta. Y el joven español, con un leve susurro dejo paralizado al sanguinario pirata.

-Tú también tienes el sentimiento de proteger a alguien muy especial que te está esperando… -dijo Antonio, pasando de lado al británico que al oírle su rostro cambió al instante.

Arthur estremeció sus hombros, apretando las manos con mucha fuerza. Por mucho que chantajeara a Antonio con Lovino, no era precisamente el único que estaba cuidando a una personita muy importante para él. La imagen de un adorable niño de grandes ojos azules invadía la mente de Inglaterra, en efecto estaba en una misma situación.

Una vez que los barcos ingleses abandonaron el puerto, el chico castaño volvió a poner los pies sobre la tierra. A lo lejos contemplaba exhausto las hermosas llanuras de su hogar, volviendo a poner una alegre y dulce sonrisa, la misma sonrisa que parecía haberla olvidado. El gran reino de España, el lugar donde nunca se pone el sol, al fin Antonio estaba en casa. La batalla naval había terminado, pero con una cierta paz de haber regresado, el joven español dio un último suspiro, dejando caer su cuerpo malherido… Sus heridas estaban muy graves, y sangraba con abundancia, perdiendo el brillo de sus ojos antes de perder todo conocimiento.

-¡Antonio…! ¡Abre los ojos…!- ¡Antonio! gritó una voz, sujetando el cuerpo ensangrentado de España

Tan solo una borrosa figura y una ligera voz era la que llegaba a ver. Aquella voz conocida la podía escuchar cada vez más bajo, y lentamente cerró los ojos, viendo nada más que oscuridad.

Continuará…