Across The Universe.


4. Merodeando. (Fred Weasley)

Ocurre una tarde poco antes de la llegada de Harry. Bombardean con preguntas a Hermione y Ron sobre quién es ese Sirius Black. Les cuentan a regañadientes la historia real de Sirius Black y no la que cuenta El Profeta. Hablan de cómo sobrevive a Azkaban y se escapa; de cómo llega a Hogwarts para vengarse y encontrarse con su ahijado; de cómo le ayudan y se comunican con él durante un año mientras vive en una cueva de mala muerte y se alimenta a base de ratas. A Fred y George les resulta macabramente divertido ese último dato.

Y es entonces, cuando Ron lo dice sin darse cuenta, como la mayoría de las veces. Sirius Black es un animago que se transforma en perro y adopta el nombre de Canuto. Fred reconoce el brillo en los ojos de su hermano gemelo, la sorpresa y algo más. Intercambian una mirada que dura una fracción de segundo y sonríen.

- No puede ser –dice George.

- Imposible –apuntilla Fred.

- ¿De qué demonios habláis? –pregunta Ron.

- De verdad, Ron. ¿Quién le dio el mapa a Harry? –pregunta Hermione con ese tono de sabelotodo.

La boca de Ron forma una perfecta O y asiente con la cabeza.

Bajan a trompicones las escaleras de los dos pisos que les separan de la vieja y cavernosa cocina. Está sentado y ojeando El Profeta con desdén. Lupin charla animadamente con Ginny mientras toman té. Se quedan paralizados en la puerta. Si Sirius es Canuto, Lupin debe de ser Lunático. No puede ser de otro modo.

- Canuto –dice Fred con un hilo de voz y admiración que pocas veces siente.

- Y Lunático –termina George con el mismo tono de adoración.

Los merodeares levantan la cabeza lentamente y es obvio que hace demasiado tiempo nadie se dirige a ellos de ese modo, con sus antiguos nombres de guerra. Con los apodos que utilizaban para reconocerse entre sí mismos y distinguirse del resto de los aburridos y anodinos colegiales con los que compartieron sus años en Hogwarts. Ginny frunce el ceño y mira a todos, de uno a uno sin entender nada.

-Os debemos tanto –exclaman los dos hermanos.

Abrazan primero a Lunático quien les da unas palmadas en la espalda entre incómodo y asombrado y después a Canuto. Este responde con una solemne carcajada y Fred y George se ven contagiados inmediatamente. Los tres ríen como viejos amigos que se reencuentran después de demasiados años separados que tienen mil historias que contarse.

Cada uno se sienta al lado de Canuto y Fred quiere preguntar cómo demonios lo hicieron porque ese mapa, el mapa, es una obra de arte que ha formado parte de sus vidas en algunos de los mejores años de sus vidas. Pero por primera vez en su vida no saben qué decir y solo quieren escuchar historias de un tiempo pasado que les hubiese gustado compartir.

- ¿Así que vosotros le disteis el mapa a Harry? –pregunta Sirius.

- Lo encontramos en uno de los archivadores de Filch –responde George con veneración.

- El muy idiota no sabía ni para qué servía –dice Fred.

- Fue facilísimo robarlo.

Cuentan cómo se hicieron con él. Los dos amigos les confiesan por fin como lo crearon y los años que emplearon en completar y recorrer el Bosque Prohibido y el castillo y conocer como la palma de su mano todos los rincones, pasadizos y lugares que les permitían realizar travesuras y bromas sin ser descubiertos. Intercambian información durante más de una hora en la que Ginny observa y escucha embelesada.

- ¿El padre de Harry era un merodeador? –exclama Fred.

Resulta ofensivo que no lo dijese antes. Llevan más de una semana conviviendo con sus héroes y nadie les ha contado ni la mitad de la historia. Fred llevaría un cartel luminoso encima de la cabeza pregonándolo.

- Ya sabía yo que no todo era nobleza en el pequeño Harry –comenta George con ligereza-. Ese chico se pasa la mitad del tiempo arriesgando su vida.

Hasta Lupin ríe el pequeño chiste de George y parece que todos se olvidan de dónde están realmente y del tiempo en el que viven. Resulta aliviador sentirse de otro modo, más ligero y contento. Incluso Sirius deja de lado ese aspecto sombrío y desalentador que le acompaña las veinticuatro horas del día.

Y mientras hablan y beben té y cerveza de mantequilla, Fred se promete a sí mismo atesorar esa tarde de jueves lluvioso para siempre.

Fin.


N/A: anoche releía algunas de mis partes favoritas de El Prisionero de Azkaban y se me ocurrió esta pequeña historia. Porque Fred y George les deben tanto casi como nosotros. Porque Canuto y Lunático merecían un trocito de gloria que alumbrase sus vidas. No les hace justicia a ninguno de ellos, pero ahí queda. A todos los que echan de menos a Fred, Sirius y Lupin. Nunca unas muertes fueron tan injustas.