Capítulo IV

(Narrador Gilbert)

Era una desapacible noche para mí. En cierta medida, casi todas lo eran. La medianoche de Gilbert Beilschmidt siempre es un bar y una botella. Un mareo, la risa y el intenso olor del cigarrillo.

Ciertamente, no es nunca una medianoche que se pase junto al fuego, con alguien vestido en su cama. No es una velada cuidándo a un italiano inconciente.

Pero, allí estaba yo, sentado junto a mi lecho ahora ocupado por Romano Vargas.

Eran las 3:54 de la madrugada. La hora más solitaria.

Intenté decirme que no sabía por qué lo había ayudado; que fue por simple amabilidad la que me empujó a levantarlo de la calle, a tenerlo cerca, entre mis brazos, en mi casa... Pero en mi fuero interno creo que siempre supe.

Que nunca lo superaría. Porque al amor puedes ignorarlo, pero jamás superarlo.

Quice superarlo hasta que un día lo vi a él, mirando a Antonio. Entonces supe que Romano jamás sería mio porque, como yo, sufría de un terrible mal incurable. El amor no correspondido.

Francis, sin conocer mis sentimientos, murmuró a mi oído, mirándolos: Es adorable. Romano solo tiene ojos para él.

Sólo tiene ojos para Antonio.

Y supe que nunca me elegiría por encima de él, así como yo no elegiría a nadie por encima de Romano Vargas. Cien años viví sin superar mi amor. A esa altura comienzas a entender que nunca lo harás.

Decidí ignorarlo, entonces. Todo estaba dentro de mí, pero yo solamente miraba hacia otra parte. Y creí que funcionaría; creí que por fin podría alejar a Romano Vargas de mi mente. Siempre creí que podría.

Hasta que lo ví desmayado de borracho en el suelo, bajo la lumbre nocturna. Y, en un pestañeo, ya no pude ignorar mi amor.

Romano Vargas suspiró en sueños y yo le acaricié el pelo con la delicadeza del cristal.

(Narrador tercera persona)

El cerebro palpitaba con fuerza en su cráneo. Ése fue el pensamiento primero que el italiano tuvo al, sin abrir lo ojos, recobrar la conciencia. Después, el dolor punzante de la resaca. Tercero: al abrir los ojos, inmediatamente pensó en Antonio; ¿dónde estaba el español...?

Su cuarto pensamiento fue relacionado con su propio paradero.

Las últimas luces rojas del crepúsculo se colaban al cuarto por las cortinas cuidadosamente cerradas. En ese mar de alucinantes tonos cálidos, resaltaba la pálida figura de Gilbert Beilschmidt, mirándolo desde un pequeño sillón.

Oh. Gilbert se obligó a romper el silencio.

- Hola. -no sabía que más decir.

- Sí, hola ¿Por qué me trajiste? Me desmayé, supongo. -espetó Romano exasperado. Carajo, pensó, acababa de despertar y ya estaba siendo descortez.

Feliciano jamás haría eso.

Sin embargo, Gilbert respondió sin dar señales de molestarse, de un modo que Romano no pudo seguir sintiéndose culpable.

-Estabas en medio de la calle, y bueno... no supe qué más hacer. No quería llamar a Antonio porque tal v-

-Y más te vale no decirle nada -interrumpió con rudeza, y se odió por ello.

MierdaMierdaMierdaMierda ¿Es que no puedo ser amable un instante?¿No existe para mi una manera agradable de contestar, sin amenazar a alguien? MalditoTeOdioOdioOdio, con razón a Feliciano le vá mucho mejor. Seguro que Gilbert ya se arrepiente de haberte ayudado, como el 99% de la gente se arrepiente de haberte conocido.

Gilbert lo salvó de sus cavilaciones. Y, para su sorpresa, el prusiano le habló con cortesía y genuina amabilidad, como si no hubiese oído su grosera interrupción. O si la oyó, pero supo que no iba en serio.

- Descuida, de mí no se enterará. Supongo que tendrás algo de hambre. Si quieres, podemos bajar a desayunar. -sonrió cálidamente. Ni un rastro de incomodidad en ella.

Qué extraño.

Por un instante, un instante de frágil optimismo, Romano creyó que le agradaba a Gilbert. Y el prusiano creyó ver una luz en sus ojos, que le hizo pensar que, tal vez, tenía oportunidad de ser feliz...

Pero entonces el recuerdo de aquella mañana, hace tantos años, llegó a Romano, y la confianza se destruyó bajo su peso.

¿Qué, a qué te refieres? había dicho ¿Es un chico difícil? Y se rieron, y brindaron, y se la pasaron muy bien mientras él lloraba en silencio en su habitación.

La Furia había regresado, empujado lejos a todos los que se acercaban a él.

- ¡Por supuesto que no! Bastardo, preferiría tragarme el brazo antes que pasar otro segundo ésta pocilga contigo. ¡¿Y por qué carajo estoy en tu cama?! Pervertido de mierda, muévete para que me valla.

Romano Vargas no se atrevió a mirar el rosstro del hombre que lo ayudó y lo llevó hasta su casa cuando se levantó y se fue. Cerró la puerta de entrada con un golpe. Se odió aún más, porque se sintió un desagradecido. Y se odió por sentirse mal, porque Gilbert seguramente no lo hizo cuando se rió de él, hacía tanto tiempo.

Aún así, no dejaba de pensar que Gilbert lo había hecho sentir... bien. Con esa calidez emocional que solo

El fuego se había reducido a cenizas. No era lo único que se había desintegrado.