¿E Inglaterra…?

La bandeja de entrada de Inglaterra se llenó de emails preguntándole en qué demonios estaba pensando, en que si era real esa imagen o diciéndole que April Fools ya había pasado hace rato. De hecho, si no fuera porque apagó su teléfono, probablemente se habría vuelto loco de tanto escuchar el God save the Queen chillando desde el bolsillo de su chaqueta. No podía creerlo, ¿es que acaso eran idiotas? ¡Era imposible crear tanto escándalo por un hecho tan simple! Sólo se había depilado las cejas, y ahí estaban todos, preguntándole el por qué. ¿Eso qué les importaba? Lo hizo porque se le dio la gana, punto. No había otra respuesta al asunto.

Inglaterra jamás iba a decir que fue porque estaba cansado de los motes —cada vez más ridículos— que a ciertas naciones les encantaba inventar. Ya estaba harto de ser llamado cejotas, cejudo, uniceja, anglocejón, Míster Cejas, cejas de azotador, Frida Kahlo o pariente de Rock Lee —aunque sinceramente no entendía el porqué de ese último—.

De todos modos, no había sido depilación. La cera se le hacía grotesca; las pinzas, un lento instrumento de tortura medieval para alguien con un calibre de cejas como el suyo; y las cremas depilatorias, sencillamente muy femeninas. Al final, sólo fue utilizar la navaja de afeitar en un sitio en el que no estaba acostumbrado a usarla.

Si hubiese pensado en qué consecuencias traerían sus actos, Inglaterra jamás habría cometido semejante barbaridad.