Un minuto después, Ichigo se metió en la ducha con ella, tan atrevido y directo como lo era siempre en una situación difícil.

Antes de que Rukia pudiese reaccionar, abrazó su cuerpo mojado y buscó su boca con labios ansiosos, sin dejarla hablar.

En realidad, aunque habían pasado muchas horas juntos mientras estaban casados, habían hablado muy poco. Ichigo siempre había sido un hombre de pocas palabras, más interesado en la acción…

Después de hacer el amor en la ducha, Ichigo la abrazó de nuevo mientras ella intentaba convencer a sus piernas para que la sujetasen.

Respirando agitadamente, él apartó un mechón de pelo mojado de su cara. El agua empezaba a enfriarse y Ichigo cerró el grifo y abrió la mampara de cristal para envolverla en una toalla.

Eso le recordó cómo cuidaba de ella durante los últimos meses de embarazo, cuando estaba tan gordita que le costaba trabajo caminar. Su consideración le había parecido tan natural, tan cariñosa, que de verdad había empezado a albergar esperanzas para el futuro.

Y luego el cruel destino había destrozado sus esperanzas con una tragedia. Cuando su hijo nació muerto, por un problema en la placenta, la esperanza de convertirse en una familia había muerto con él, y su matrimonio había ido después.

Ichigo tiró de ella para abrazarla.

–Quiero que olvidemos los últimos dieciocho meses.

–No es tan sencillo –dijo Rukia.

–Puede ser tan sencillo como nosotros queramos. Somos las únicas personas a quienes le importa, moli mou.

Ichigo quería volver con ella. Tal vez le había tendido una trampa al aparecer allí cuando no lo esperaba, pero aparentemente lo había hecho por una buena razón: seguía deseándola como su mujer y eso era algo que la halagaba.

–Si supiera que no habías estado con nadie en este tiempo, tal vez podría considerar la posibilidad –se atrevió a decir.

Un silencio mortal siguió a sus palabras y en cuanto miró a Ichigo supo que no había sitio para la esperanza. Estaba pálido, sus sensuales labios apretados…

Ichigo estaba sorprendido. La insinuación de Rukia era un recordatorio de que su aparente espontaneidad podía ser engañosa. Porque a menudo había más bajo la superficie de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Y acababa de poner una bomba en su camino.

¿Qué derecho tenía a pedirle eso? En sus circunstancias, no era razonable. Habían pasado más de dieciocho meses, Rukia lo había alejado de su cama y, negándose a admitir que sus problemas podrían aún tener remedio, le había dado la espalda a su matrimonio. Había dejado claro que no iba a volver con él y ella misma había solicitado el divorcio.

El período que siguió a su ruptura era un agujero negro que Ichigo no quería visitar, una amarga realidad que era demasiado orgulloso para compartir con ella.

–Me temo que no puedo decir lo que tú quieres escuchar –habló por fin, incómodo.

Y entonces fue el turno de Rukia de palidecer. Al recibir la confirmación de lo que más temía, le dieron ganas de llorar.

¿Qué la había poseído para decir eso? Se sentía como una ingenua por soñar que Ichigo no habría buscado a otra mujer mientras estaban separados. ¿Cómo se le había ocurrido tal posibilidad? Ichigo Kurosaki era y siempre sería un hombre muy sexual.

–No, déjalo, ya no quiero saberlo –murmuró, agarrando el borde de la toalla con manos temblorosas mientras intentaba contener la punzada de celos más amarga y destructiva que había sentido nunca. En unos segundos, había pasado de revivir sentimientos de ternura al odio más profundo.

Desolada por la muerte de su hijo, había vuelto a Inglaterra con el corazón roto para lamer sus heridas y reconstruir su vida como mujer soltera mientras él, por lo visto, se iba de fiesta y compartía cama con una serie de amantes.

–No estás siendo justa –le recriminó Ichigo, percatándose de que ya lo había juzgado sin escuchar sus argumentos.

–Tal vez no, pero no puedo evitar lo que siento –respondió Rukia con tono firme.

Había cometido otro error, pero no era irremediable, razonó, decidida a ordenar sus tumultuosas emociones antes de que se la tragasen viva.

Durante el último año había luchado con todas sus fuerzas por recuperar su independencia y superar la pena, y estaba decidida a no volver a pasar por esos oscuros días de depresión. No era raro que maridos y mujeres se encontrasen por última vez antes del divorcio, se dijo a sí misma. Había confundido la familiaridad con la atracción y con el amor que una vez había sentido por Ichigo.

Había cometido un error, nada más, y nada menos. No tenía por qué hundirse. Ichigo era un hombre increíblemente atractivo y seguramente tan largo período de celibato la había hecho más vulnerable.

–Hemos hecho una tontería –empezó a decir, buscando algo que ponerse.

–No, no es verdad –la contradijo Ichigo, con fiera convicción–. ¿Me estás diciendo que tú no te has acostado con Renji Abarai?

–¡No estoy diciendo nada! –replicó Rukia, negándose a seguir hablando del tema.

Si Ichigo supiera que su relación con Renji era puramente platónica, se daría cuenta de que ella no había rehecho su vida después de su ruptura, y Rukia no estaba dispuesta a admitir eso. Era el peor momento para reconocer que, en su corazón, había seguido siendo fiel a Ichigo Kurosaki.

–¿Por qué no? –No quiero seguir hablando de esto, no tiene sentido.

–Tú no quieres hablar de ello, pero me has obligado a hacerlo a mí –le espetó Ichigo, haciendo una mueca después por usar ese tono tan agresivo–. Rukia, escúchame… –empezó a decir, tomándole la mano.

–¡No me toques! –replicó ella, apartándose.

–Está claro que debería haberte mentido –dijo él entonces, sus ojos brillantes de frustración–. No voy a dejar que nos hagas esto, Rukia. Sigues deseándome.

–No, no es verdad. No sé qué me ha pasado. Ha sido esta casa, este encuentro que tú has organizado sin decirme nada…

Ichigo la vio buscar su ropa, desdeñando el sujetador en su prisa por taparse. Contra su voluntad, sus ojos se clavaron en los generosos pechos mientras se ponía la camiseta e, incluso después de la noche que habían compartido, la erección fue instantánea.

No quería hablar sobre los errores del pasado, no quería que se fuera. No sólo quería recuperar a su esposa, también quería tenerla en la cama una semana, con la esperanza de saciar un deseo que ninguna otra mujer podía saciar.

–Seguimos deseándonos como antes, moli mou –insistió–. La atracción es tan fuerte como siempre…

Rukia lo miró, sus ojos conectando con los ojos dorados que parecían retarla y que la excitaban como siempre. Resultaba increíble que siguiera siendo susceptible al atractivo de aquel hombre, pero así era.

–Tú sabes de qué estoy hablando –siguió Ichigo, con expresión satisfecha.

Pero Rukia estaba decidida a no escucharlo. Convencida de que cuanto más tiempo estuviera con él, más fácil sería caer en la tentación, estaba decidida a escapar. Sacando la bolsa de viaje, empezó a guardar cosas…

–No puedes marcharte como si no hubiera pasado nada –dijo él.

–¡Puedo hacer lo que me dé la gana! –replicó Rukia, mirándolo con gesto de desafío.

Ichigo se pasó una mano por el pelo.

–De una forma o de otra, volverás conmigo, yineka mou.

–No lo creo. Estaremos divorciados en un par de meses y no quiero nada más de esta casa. Es hora de que los dos sigamos adelante…

–Hace una hora estabas reviviendo el pasado felizmente –la interrumpió Ichigo.

–Todo el mundo comete errores y tú eres el mío –replicó ella, antes de dirigirse a la puerta.

Pero él se puso en su camino y le quitó la bolsa de viaje de la mano. –Un error con el que, evidentemente, tú has disfrutado tanto como yo.

Rukia no dijo nada. ¿Para qué?

Mientras lo veía guardar la bolsa de viaje en el maletero del coche, imágenes de Ichigo con otras mujeres daban vueltas en su cabeza, atormentándola. Le temblaban las manos cuando sacó del bolso las llaves del coche.

Frunciendo el ceño, Ichigo puso una mano en la puerta del conductor.

–¿Seguro que puedes conducir?

–Estoy perfectamente –irritada porque no había conseguido engañarlo con su fachada de serenidad, Rukia subió al coche y se colocó tras el volante.

–Estás huyendo otra vez, como hiciste al romper nuestro matrimonio –la condenó Ichigo.

–Estoy siendo sensata –lo contradijo Rukia antes de cerrar la portezuela del coche.

Mientras se alejaba, se negó a mirar por el espejo retrovisor porque eso habría sido rendirse a su debilidad. Se sentía avergonzada de su comportamiento durante las últimas doce horas, pero temía volver a caer en la tentación.

Pensaba en las muchas veces en su vida en las que había tenido que ser dura y controlar emociones que parecían más fuertes que ella. Cuando era una niña, a menudo había deseado el amor incondicional que sus padres no eran capaces de ofrecerle. Kukaku, por supuesto, la había querido mucho y había sido su ancla, pero incluso siendo muy pequeña Rukia se daba cuenta de que Kukaku no era su madre sino una niñera, una persona pagada para que cuidase de ella, para hacer el trabajo que debería hacer su madre.

O la gente a la que quería no tenía capacidad para quererla a ella o ella no tenía eso que inspiraba amor en los demás. Pero cuando quería a alguien lo quería con todo su corazón y normalmente su corazón acababa rompiéndose.

La persona más importante de la vida de su madre era normalmente el novio de turno. Hisana era una mujer dedicada a sus pasiones y madre e hija compartían pocos intereses, pero las dos habían aprendido a llegar a un acuerdo sobre sus expectativas.

Su padre, Byakuya Kuchiki, había dejado claro desde el principio que no tenía ningún interés en una hija nacida fuera del matrimonio y, como era un hombre para quien las apariencias lo eran todo, nunca la había reconocido públicamente. Los sentimientos de su esposa, que siempre había fingido que Rukia no existía, eran mucho más importantes para él que alguien de su propia sangre. ¿Ese infortunado pasado la habría empujado a buscar el cariño de Ichigo?, se preguntó. ¿Había esperado demasiado de un joven empujado al matrimonio por las amenazas de su padre?

Las reflexiones sobre su matrimonio siempre parecían volver al mismo sitio: cuando se quedó embarazada, su padre había obligado a Ichigo a casarse con ella amenazando con hundir su compañía.

Aunque Ichigo había dicho después que quería seguir casado con ella, la verdad de los términos en los que había empezado su matrimonio era una humillación y una pena que Rukia no podía ignorar u olvidar.

Y, sin embargo, amaba tanto a Ichigo que había cerrado los ojos para no ver los fallos de su relación. Él no la quería ni había fingido hacerlo. La deseaba, la mantenía, cuidaba de ella, la entretenía dentro y fuera de la cama, pero nunca había sentido por ella lo que Rukia sentía por él. Y eso había hecho que, desde el principio, se sintiera como la más débil en ese matrimonio.

Cada kilómetro que recorría la alejaba más de Ichigo, y experimentó una punzada de dolor en el corazón.

¿Pero por qué quería volver con ella? Su duro marido era un hombre que no aceptaba fácilmente una humillación. ¿Sería la obsesión de poseerla? ¿Era como un perro con un hueso que no quería que nadie más tocase? ¿Pensar que estaba con Renji habría hecho que quisiera reclamarla?

Era un deseo que la sorprendía porque sabía que los padres de Ichigo seguramente habrían suspirado de alivio al saber que el matrimonio se había roto.

No, Rukia no había impresionado a sus estirados suegros como la esposa adecuada para el único hijo que les quedaba. Que fuese hija ilegítima de Byakuya Kuchiki, con un estatus social más bajo, les ofendía.

Cuando Ichigo y ella eran felices, la actitud de sus padres no le había parecido importante porque, aparte de que Isshin Kurosaki trabajase con Ichigo en la empresa, la pareja no había mostrado el menor interés en ellos durante su breve matrimonio. Ni habían acudido al funeral de su hijo, enviando una simple tarjeta de condolencia.

Mientras esperaba para subir al ferry, Rukia se dio cuenta de que estaba deseando llegar a Londres para ver a su madre porque no le apetecía estar sola. Lo que había ocurrido con Ichigo, sin embargo, se lo reservaría para sí misma.

Afortunadamente, su relación con Renji era de simple amistad y tampoco tenía que darle ninguna explicación sobre su ausencia. Cuanto menos tiempo pasara recordando cosas que no podía cambiar, más feliz sería, decidió.

Desgraciadamente, cuando llegó a Londres encontró a su madre de mal humor, más interesada en salir con sus amigos que en pasar tiempo con ella. Aunque eso era algo habitual.

Una semana más tarde, Rukia volvía a casa para buscar unas muestras de tela que había olvidado y se encontró con una escena que la dejó perpleja: un hombre grueso con traje de chaqueta le decía a una Hisana llorosa que las lágrimas no iban a cambiar nada…

–¿Se puede saber que pasa aquí? –exclamó.

Hisana se volvió para mirar a su hija y, dejando escapar un sollozo, salió corriendo hacia su habitación.

Atónita, Rukia miró al visitante.

–¿Le importa decirme qué pasa?

–Me temo que no puedo hacerlo, es un asunto confidencial –respondió el hombre mientras tomaba su maletín–. He dejado mi tarjeta en la mesa. Dígale a su madre que me llame cuando haya tomado una decisión.

Estupefacta, Rukia cerró la puerta y volvió al salón para mirar la tarjeta: Henry Fellows. Era abogado y nunca había oído hablar de él.

Suspirando, se dirigió al dormitorio de su madre y llamó a la puerta con los nudillos antes de abrir. Hisana estaba frente a la ventana, de brazos cruzados, y cuando se volvió para mirarla con gesto aprensivo tenía los ojos rojos de tanto llorar.

–¿Se ha marchado ya?

–Sí, se ha ido. ¿Quién era ese hombre, mamá?

Hisana bajó los hombros.

–Mira, será mejor que te lo cuente porque te vas a enterar de todas formas: Shunsui Kyaraku ha amenazado con llamar a la policía.

–¿A la policía? ¿De qué estás hablando?

La historia que Hisana empezó a contarle no era del todo inesperada. Su madre había tenido problemas económicos a menudo, y a Rukia no le sorprendió saber que tenía deudas cuando se fue a vivir a Mónaco con el empresario retirado Shunsui.

–Al principio, conseguía pagar los recibos de las tarjetas de crédito gracias al dinero que Shunsui me daba para ropa.

–¿Y no podías haberle contado la verdad? –le preguntó Rukia.

–Shunsui es muy conservador con el dinero y yo sabía que no le gustaría, por eso no le dije nada –admitió Hisana–. Pero los intereses seguían aumentando y los pagos eran cada vez más difíciles. Yo estaba desesperada… y un día imité la firma él en un cheque.

–¿Qué?

–Shunsui sigue usando cheques porque es muy anticuado. No tiene tarjetas de crédito y…

–¿Has dicho que falsificaste su firma? –la interrumpió Rukia–. ¡Pero eso es un delito!

–Ya lo sé, no soy tonta. Pero así Shunsui y yo no teníamos que discutir y pensé que como él tenía tanto dinero no lo echaría de menos…

–¿Estás diciendo que lo hiciste más de una vez? –exclamó Rukia, horrorizada.

–¡Estaba de deudas hasta el cuello! –gritó Hisana–. Tenía que pagar algo para que no me llevaran a juicio.

–Pero eso es robar, mamá. ¿Es que no te das cuenta? ¡Le robaste dinero! –Rukia se pasó una mano por el pelo, nerviosa–. ¿Qué hacía aquí ese abogado?

–El contable de Kyoraku revisó algunos de los cheques y descubrió lo que había hecho. ¡Por eso rompimos… me echó de su casa! –Hisana empezó a sollozar–. Ha enviado a su abogado para decirme que no me denunciará si le devuelvo el dinero.

Rukia estaba pálida.

–¿De cuánto dinero estamos hablando?

Su madre mencionó una suma que la dejó sin aire. Era mucho más de lo que había esperado. Como se salió con la suya la primera vez, Hisana había seguido falsificando su firma y en dos años había robado una cantidad importante.

–¿Puedes devolverle el dinero? –le preguntó, angustiada.

–No tengo un céntimo –le confesó su madre–. Nunca he tenido ahorros, tú lo sabes.

–Yo no tengo dinero en el banco. Lo que tengo está invertido en mi empresa y no puedo tocarlo porque la mitad es de mi socio –dijo Rukia–. Y con esta crisis, no creo que me concedieran un préstamo. Así que sólo podemos hacer una cosa: pedirle el dinero a mi padre…

–No pierdas el tiempo. Byakuya seguramente aplaudiría si fuera a la cárcel.

Esa noche, Rukia llamó a su padre y, aunque no parecía muy comprensivo, tampoco se rió de la situación como había temido Hisana.

–¿Por qué no le pides ayuda a tu marido? Ah, sí, se me había olvidado, te aburriste de él y lo dejaste plantado.

Sorprendida por el sarcasmo, Rukia murmuró:

–No, no fue así.

Pero era evidente que Byakuya no estaba interesado en escuchar su versión de la historia. En su opinión, cuando presionó a Ichigo para que se casara con ella había ayudado a Rukia a «casarse bien» y, al dejar a su marido, había tirado por la ventana esa oportunidad.

–Mira, estaré en Londres el miércoles –le dijo abruptamente–. Nos veremos para comer en el sitio de siempre, a la una.

Rukia colgó, angustiada. Seguía sin saber si estaba dispuesto a ayudarla a evitar que su madre tuviese que ir a juicio. Ella sabía bien que Byakuya estaba resentido por haber tenido que mantener a Hisana y a la hija ilegítima que había tenido con ella.

Cuando volvió de la oficina, después de pasar todo el día trabajando para un cliente que cambiaba de opinión cada cinco minutos, encontró a su madre deshecha en lágrimas.

–¿Qué ha pasado?

–Shunsui va a presentar la denuncia el lunes –le contó Hisana, clavando en ella unos ojos asustados–. Rukia, ¿qué voy a hacer? Tu padre no va a ayudarme…

–He quedado a comer con él el miércoles.

–Seguramente sólo quiere verte para que le cuentes los detalles y reírse de mí.

–Esperemos que no –respondió Rukia.

Aunque había tenido una aventura con otro hombre mientras estaba comprometida y embarazada de Byakuya, algo que él nunca le había perdonado, Hisana lo había demandado para exigir una pensión alimenticia. De modo que era comprensible que su padre no sintiera ningún cariño por ella.

En cualquier caso, Rukia sabía que su padre no actuaba por compasión. Byakuya era un empresario y no ganaba dinero siendo blando. Por otro lado, era su única salvación. No podía pedirle dinero a Ichigo cuando estaban en medio de un divorcio.

–Tengo que hacerte una proposición –le dijo Byakuya cuando estaban comiendo en su restaurante italiano favorito–. Te daré el dinero para evitar que Hisana tenga que ir a juicio, pero sólo si aceptas volver con tu marido.

Absolutamente atónita por la oferta, Rukia estuvo a punto de atragantarse.

–Lo dirás de broma.

–No, yo no suelo bromear con las cosas serias. Y valoro mucho mi relación con los Kurosaki… son gente muy importante, con influencia en Atenas.

–¿Y cómo puede favorecerte eso a ti? Nadie sabe que soy tu hija.

Byakuya apretó los labios.

–Muchos de mis amigos y colegas saben que eres mi hija. Los padres de Ichigo lo contaron, de modo que ya no eres un secreto. ¿Y por qué ibas a serlo?

–Lo he sido casi toda mi vida –le recordó Rukia.

Él hizo un gesto con la mano.

–En cualquier caso, me gustaría que volvieras con tu marido.

–Pero eso es ridículo…

–No, no lo es. Es lo más sensato y la mejor opción que tienes –la contradijo Byakuya, aparentemente convencido–. No quiero que termines como tu madre, viviendo con un hombre y con otro hasta que termines en la calle y robando para sobrevivir. Quiero que mi hija tenga una vida normal y Ichigo Kurosaki puede darte eso.

–¡Yo misma puedo darme eso! –exclamó Rukia–. Tengo una carrera y acabo de abrir una empresa…

–Aun así, estarías más segura con Ichigo.

Rukia se quedó helada porque Byakuya jamás había mostrado preocupación por su bienestar.

–Sé que no he sido un buen padre para ti –reconoció él entonces–. Sé que he cometido errores y he dejado que mi odio hacia tu madre y mi respeto por los deseos de mi mujer se interpusieran entre nosotros. Pero no quiero que quemes tus barcos con Ichigo. Así que, si quieres el dinero para salvar a Hisana, aunque no se lo merece, tendrás que darle otra oportunidad a tu matrimonio durante al menos un año. Lo que ocurrió con tu hijo fue una tragedia, lo sé, y espero que lo superes con el tiempo.

Atónita, Rukia sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

–A los padres de Ichigo les dio completamente igual. Ni siquiera acudieron al funeral.

Byakuya apretó su mano durante un segundo en un gesto torpe y enseguida la apartó, incómodo. Pero estaba claro que, aunque no era capaz de expresarlo en palabras, había sufrido al saber que Rukia había perdido el hijo que esperaba con tanta ilusión y que hubiera sido su primer nieto.

–¿Aceptas mi oferta?

Irónicamente, aunque estaba furiosa porque Byakuya intentaba manipularla como había manipulado a Ichigo para que se casara con ella, Rukia no podía evitar sentirse conmovida por su preocupación. ¿Y cómo iba a dejar que su madre fuera a juicio y tal vez a la cárcel?

Se daba cuenta de que tendría que hablar muy seriamente con ella, intentar convencerla de que no podía vivir por encima de sus posibilidades e instigar cambios en su comportamiento para evitar que volviera a hacer algo así.

–Sí… la acepto –respondió finalmente.

Se negaba a pensar en profundidad sobre el matrimonio con Ichigo y, sencillamente, aceptó que estaba poniendo su orgullo y su independencia en una pira funeraria para ayudar a su madre. Como no habría podido soportar el tono satisfecho de Ichigo, decidió enviarle un mensaje de texto como una adolescente decidida a evitar una confrontación.

Ichigo, he cambiado de opinión. Estoy dispuesta a intentarlo de nuevo si aún es lo que quieres.

Ichigo la llamó mientras esperaba que su madre volviera a casa.

–Iré a buscarte para cenar…

–No, esta noche estoy ocupada –lo interrumpió ella–. Haré la maleta y te veré mañana en el apartamento.

–Vendí el apartamento el año pasado y compré una casa –dijo Ichigo, antes de darle la dirección, su acento griego más pronunciado que nunca–. Rukia… no lo lamentarás.

Ella esperaba que así fuera. Aunque Ichigo pensaba que volvía con él por voluntad propia, Rukia no veía razones para contarse la fea verdad. ¿Qué conseguiría con eso?

Estaba haciendo la maleta cuando Hisana volvió a casa y, al recibir la noticia de que Byakuya estaba dispuesto a darle el dinero, se quedó completamente petrificada.

–¿En serio? Jamás pensé que Byakuya fuera un buen samaritano.

–Ha puesto un precio… para las dos –le explicó Rukia–. Yo tuve que aceptar darle otra oportunidad a mi matrimonio con Ichigo… y tú tienes que buscar un trabajo, mamá.

–¿Un trabajo? –repitió Hisana–. ¿De qué estás hablando? ¿Qué podría hacer yo?

–No lo sé, pero tienes que intentarlo –respondió Rukia–. Tal vez podrías vender cosméticos en unos grandes almacenes, eso es algo que conoces bien. Tienes que encontrar un trabajo y dejar de vivir por encima de tus posibilidades.

–Pero llevo años sin trabajar…

–No necesitas que un hombre te mantenga, mamá. Ya no tienes que pagar tarjetas de crédito, así que harás lo que hace todo el mundo: trabajar para vivir y tener un presupuesto mensual.

Hisana parpadeó.

–Estás loca.

–No, te estoy diciendo lo que debes hacer. Byakuya te ha rescatado ahora pero no volverá a hacerlo, estoy segura. Sé que no será fácil para ti empezar de nuevo y dejar atrás viejas costumbres, pero eres más fuerte de lo que crees, mamá. Y las cosas tienen que cambiar. No puedes gastarte un dinero que no tienes.

–Podría hacerlo si mi hija, que está casada con un millonario, me ayudase –protestó su madre.

–No voy a pedirle a Ichigo que te dé dinero, lo siento. Ya es suficiente con verme forzada a volver con él cuando no quiero hacerlo.

–A mí no puedes engañarme –dijo Hisana entonces–. Yo sé que no volverías con Ichigo si no quisieras hacerlo. Ese hombre es el amor de tu vida.

Hisana seguía enfadada, pero unas horas después Rukia había conseguido extraerle la promesa de que lo intentaría.

Al día siguiente, Renji se quedó sorprendido cuando Rukia le contó lo que había pasado.

–¿Vas a volver con Ichigo Kurosaki? ¿Por qué?

–Cuando nos vimos en la casa de Francia me pidió que le diese otra oportunidad –admitió ella, nerviosa–. Lo he pensado y he decidido que tiene razón…

–Pero tú eras infeliz con él.

–Las cosas empezaron a ir mal cuando murió nuestro hijo, pero antes éramos felices.

–¿Y nosotros? –le preguntó Renji–. ¿Qué pasa conmigo, Rukia?

–Somos amigos, nunca hemos sido nada más.

–¿Y de quién es la culpa? Tú querías esperar a que el divorcio estuviera finalizado…

–Seguimos siendo socios y no quiero que nos enfademos.

–Somos socios y eso no va a cambiar –asintió él, con innecesaria vehemencia–. Pero ya puedes decirle a Ichigo Kurosaki que no voy a permitir que compre mis acciones en Diseños Shirayuki. Después de tan emocional confrontación, Rukia, agotada, se preguntó si habría dejado que Renji se hiciera expectativas irreales. Ella sólo lo quería como amigo y jamás había pensado en él como algo más.