Sombras y Susurros.


Disclaimer: Naruto no me pertenece.


Capitulo: La teoría del destino.

"Todos fuimos, en algún momento, completos desconocidos. La magia llega en que, o quien, fue lo que nos unió. De allí surge la teoría del destino."


Moruken tomó un sorbo de su bebida mientras observaba a la gente en el pequeño café que había escogido como punto de reunión. Pronto su mejor amiga entraría por aquella puerta, probablemente avergonzada y se sentaría con un gran suspiro. Tal como lo había predicho la joven de cabellera clara, Yoshino Ishine entro al bar un par de minutos antes de la hora acordada.

Encontrar a Moruken en el café no era tarea difícil, la chica resaltaba en los grupos de gente. Por su pelo claro, sus ojos profundamente azules, y por su forma de vestir. Yoshino podía distinguir su kimono blanco y azul desde lejos.

La morena evito mirarla, mientras tomaba aire, y soltándolo de un golpe se dejo caer en la silla frente a la otra muchacha. Moruken sonrió, sabiendo acertadas sus suposiciones.

— Lo lamento, me entere muy tarde de lo sucedido.

Moruken dejo su bebida al lado y con cierto dramatismo aparto un mechón de su fleco, para mirar fijamente a la morena.

— ¿Lo sucedido? ¡Acabe en el hospital!

Yoshino agradeció haberse disculpado en primer lugar, pues su amiga le dio un largo discurso sobre lo horrible y vergonzosa que había sido su noche. Primero, enumeró, comenzó a tener dificultades para respirar mientras conversaba con la madre de su novio, y para no ser maleducada se aguanto. Pensaba que era nerviosismo, se excusó pobremente la rubia. Más tarde, apenas unos minutos, Moruken reconoció los síntomas de una reacción alérgica y preguntó si algún alimento o bebida ingerida tenía uva. La madre de Inoichi asintió, preguntando si le gustaba esa fruta.

Para ese momento, recordó la chica, sabía que las cosas iban mal. Murmuró, casi sin poder respirar, que era sumamente alérgica y rogó para que la llevasen al hospital. Se armo un revuelo cuando cayó al suelo, casi sin aire, jadeando y tomándose la garganta como si eso colaborase en su tarea por respirar.

Un momento luego, agregó, llego Inoichi y la cargo sobre sus hombros, pidiendo disculpas, sacándola de allí. Moruken se quedó con aire insuficiente para mantenerse consiente y se desmayó en la entrada del hospital.

— Cuando me desperté, Inoichi estaba a mi lado ¡Y toda su familia!

Yoshino escuchó, sin interrumpir, los comentarios de su amiga. Sobre como deseó morir de vergüenza por arruinar una fiesta, de cómo anhelaba que la tierra la tragase y dramatizó sobre algo de las uvas.

— ¡Y tú a todo esto, ni tus luces! — Exclamó la rubia.

— Estaba muy ocupada defendiéndote en la retaguardia, lo siento. Ni siquiera escuche los murmullos, ni nada así ¡No sabía nada hasta que la fiesta terminó!

Entablaron una pequeña discusión, sobre los deberes de una amiga, donde Yoshino terminó ganando. Desviaron sobre la importancia de no olvidar los planes principales, cuya ganadora fue Moruken. Y más tarde concluyeron en un empate sobre quien tenía la mayor parte de la culpa y, por ende, tenía que pagar la cuenta. Los gastos fueron divididos.

— Oye, Yoshino. — La llamó la ayudante de las sacerdotisas. — Inoichi me dijo que te quedaste casi toda la fiesta con Nara ¿Qué con eso?

Yoshino leyó las palabras implícitas en la pregunta de su amiga; "¡Te enredaste con alguien y no me lo contaste, y no pudiste disimularlo en la fiesta!" o "Ahora me cuentas, esa era la razón por la que ignoraste".

— No, Moruken, no me "enganche" con el Nara. Y sí, él era parte del grupo donde yo estaba. Pero claro, también estaba Chouza, y Tai. No te hagas la película.

— ¡Que aburrido! Y yo que pensé que tenías una buena razón para abandonarme.

— Y volvemos con lo mismo…

A veces Moruken olvidaba porque era amiga de Yoshino. Más allá del escaso parentesco que ellas poseían no había mucho más que las uniera. De no haber sido por un matrimonio, ellas dos serían completas desconocidas, puesto que de no haberse dado dicha unión matrimonial, no existiría posibilidad de entablar amistad. Ella eran blanco y negro, frío y calor, dulce y salado.

Moruken era la femineidad hecha carne. Pestañas largas y arqueadas, cara simétrica y de muñeca, cuerpo delgado y grácil, voz suave y cantarina, contoneo levemente sensual, risa coqueta y de modales inmaculados.

Yoshino era, sin dejar de ser femenina, el feminismo en su máxima expresión. Vestida por practicidad de forma unisex, desempeñando tareas que un comienzo fueron de hombres, llevando en sus hombros un apellido cuya responsabilidad caía únicamente en ella. Cara femenina, más no exageradamente bonita, complexión delgada pero atlética, demasiado independiente para aceptar un rol de esposa complaciente.

Más allá de las diferencias obvias, que saltaban a la vista, sus gustos eran completamente distintos. Yoshino ansiaba ser ninja desde que recordaba, Moruken lo había rechazado incluso antes de tener la posibilidad. Moruken quería ser "una señorita", Yoshino, quería ser "una mujer que no necesitará de nadie". La rubia gustaba de la música, la pintura, la moda y la conversación. La morena, por otro lado, de la literatura, los silencios, el ejercicio y cocina.

Desde niñas, comentaban en ocasiones, se habían cruzado un millón de veces. Ella a danzas tradicionales, y ella en gimnasia artística para mejorar sus técnicas.

Además, habían frecuentado la misma escuela media.

Sus padres, o padre en caso de Yoshino, las llevaban a comer al mismo sitio, de modo que en más de una ocasión debieron coincidir.

Más grandes, en las librerías, o cuando la morena acudía al templo. En fin, nunca repararon en la otra hasta que fueron presentadas como familia política. Bastaron dos semanas para hacerlas leales mutuamente.

A pesar de las diferencias, y de una única cosa en común, ambas no podían negar la calidez de sus encuentros. Los mejores recuerdos de Yoshino eran con Moruken. Las mayores "osadías" y "locuras" de la rubia fueron la con Chounin. Sonrieron mientras Moruken la tironeaba fuera del café.

— ¿Te vas mañana, no? — Moruken consultó, sin ocultar su molestia — ¡Te explotan, mujer!

Yoshino se rió, agitando sin quererlo su melena oscura. Su amiga exageraba siempre, aunque en ocasiones era su tono de voz lo que le causaba gracia.

— No exageres — Dijo la ninja — Muchos ninjas están ocupados o heridos, además…

—… "Mi habilidad es muy útil en las misiones, es normal a pesar de mi rango que me enlisten en misiones mayores. Acepte esto cuando…" y Bla, bla, bla ¡Pero no te dan nunca más de una semana de descanso!

Para el final de esa tarde, Moruken no recordaba casi el accidente y Yoshino se había relajado. Ambas chicas recorrieron el mercado, comprando y regateando. En el caso de la rubia, coqueteando por un descuento. En el de la morena, intimidando un poco. Una tarde buena, la clasificaron.

Pero, como era natural, Yoshino la llevó ya casi al final de su encuentro a la única tienda que Moruken no quería ir. La de armas, claro estaba. La rubia sentía escalofríos cada vez que entraba allí. Una gran variedad de armas colgaban en las paredes y vitrinas, cada una de ellas con un filo brillante que la atemorizaba. Definitivamente, el peor lugar del mundo para alguien como ella.

— No te pongas así, nos iremos en seguida. — Yoshino giró los ojos.

Para una ninja las armas eran la cosa más natural del mundo. El filo, obviamente, también lo era. Ser cortado y cortar, era solo una actividad, algo que los habían entrenado para no temer. Comprar armas para ellos era, básicamente, como comprar verduras. Nada nuevo, nada extraño.

La rubia caminaba pegada a su amiga, siguiéndole los pasos, poco dispuesta a quedarse sola en un lugar tan tétrico. Pero, para su alegría y conforte, al otro lado de la tienda estaba su novio con otras dos personas.

Yoshino se giró al sentir a su mejor amiga huir de su lado ¿Se habría asustado?, se pregunto. No sería nada extraño. Moruken odiaba permanecer allí más de diez minutos. Suspiró al verla sonreírle a su novio unos metros más adelante. Sus ojos se cruzaron con lo de los otros un ninja que acompañaría al día siguiente en su misión: Shikaku Nara. Asintieron a modo de reconocimiento.

— ¿Necesita algo, señorita, o está acompañando a sus amigos? — La responsable del local le pregunto, dudosa.

Metida en un vestido azul claro, con el cabello semirecogido con trenzas y suelto abajo sobre sus hombros, la mujer no sabía si definirla como ninja o civil. Pocas veces ocurría. Yoshino supuso que era porque con ese vestido y el abrigo, y con la perspectiva de la chica, no podía apreciar su físico.

— Vengo a comprar por mi parte, gracias. — Aclaró — ¿Tendrías la amabilidad de enseñarme aquellas, la del segundo estante a la izquierda?

Mientras Yoshino elegía sus armas, Moruken pensó, ella perfectamente podría entretenerse. Corrió hasta donde Inoichi estaba y saludo a las tres personas. Apenas un segundo luego, haciendo gala de su sociabilidad, estaba conversando animadamente con ellos.

— ¿Tienen una misión pronto?

Chouza negó con la cabeza, sosteniendo una sonrisa.

— Sólo Shikaku.

La rubia se volvió hacía el aludido, reconociéndolo al instante. Era uno de los amigos cercanos de su pareja, imposible no reconocerlo siendo que lo veía siempre con él.

Shikaku Nara tenía a sus dieciocho años la complexión de un hombre mediano. Era alto, notó inmediatamente que lo era más que Inoichi, atlético pero no demasiado, moreno y con expresión aburrida. Un hombre de pocas palabras. Definitivamente, no era alguien que disfrutara de una larga y amena charla sin un objetivo claro.

— Supongo, entonces, que lo han acompañado a comprar… uh, armamento.

El Nara la analizó en un instante. Uñas esculpidas, pelo arreglado, maquillaje perfecto. Estaba nerviosa, demasiado delgada, de apariencia frágil. Definitivamente del tipo de Inoichi. Una civil hermosa, pero que temía un poco a los ninjas. Si, definitivamente no era la clase de persona con la que elegiría entablar conversación, no tenía motivos ni nada que rescatar de la conversación.

Además, no se dirigía a él.

— Sí ¿Qué haces tú aquí, Moruken?

— Vino conmigo — Interrumpió Yoshino, con una bolsa entre sus brazos. — Buenas tardes.

— ¿También tienes una misión? — Chouza consultó.

— Si, en realidad, la misma que Nara.

Shikaku asintió y los ojos de Moruken brillaron. Yoshino los detecto de inmediato, de modo que agregó:

— Y Kido también ira con nosotros.

Inoichi parpadeo, confuso.

— ¿No estaba él herido?

Moruken negó.

— Lo estaba su hermano, no él ¿No hablamos del hombre corpulento, moreno, con una cicatriz en su cuello?

— El mismo — Yoshino asintió — Experto en combate a corta distancia, con una leve preparación medica, de veinte años.

Los tres hombres la miraron.

— ¿Soy la única que lee las partes de los miembros de equipo? — Yoshino giró los ojos —Ya, sé que soy la única.

Moruken rió y engancho su brazo con el de Yoshino, tironeándola apenas para que se acomodara junto a ella.

— Lo siento, odio este tipo de tiendas, así que nos iremos ahora. ¿Cierto, Yoshino?

La joven asintió.

— Ya hice mi compra, de todas formas.

— Bien, entonces… ¿Mañana cenamos, Inoichi?

El asintió.

— Tendré una misión esa madrugada, sería agradable.

Tras un beso rápido de la pareja, y las despedidas correspondientes, las jóvenes estaban ya en la calle, sacudiendo las bolsas de sus compras.

— Shikaku parece callado.

— No he hablado demasiado con Nara, supongo que lo es.

— Uh, no me vengas con lo de que ser introvertido es una buena cosa y no sé qué más. — Moruken le advirtió — Ser extrovertido también es genial.

— Ni siquiera abrí la boca — La morena se cruzo de brazos. — Iba a decir que es tarde y tengo que irme a casa, carajo.

— Oh, entiendo, tienes misión y eso.

Ambas se despidieron en una esquina, desde donde emprendía cada una su propio camino hasta sus casas. Yoshino tarareaba una canción mentalmente, totalmente relajada. Amaba caminar hasta su casa, de noche y con el aire frío dándole de lleno en la cara. Era hermoso, algo que nunca cambiaría por nada. Sonrió, mientras buscaba las llaves de su casa. Se bañaría, comería y dormiría temprano.

Antes del amanecer tenía que acudir a la puerta de la aldea para salir de misión.