Capítulo 4

A la mañana siguiente, me desperté tarde; había quedado con Emmett, Alice, Rosalie y Jasper a las diez en el parque y me desperté como diez minutos antes de esa hora. La noche anterior estaba tan exhausta por los sucesos de Educación Física que caí rendida en la cama. Lo mejor de todo es que eso conllevó a que se me olvidase poner la alarma con el tiempo suficiente como para poder desayunar, vestirme y pasear durante unos treinta minutos. Pero ahora sólo tenía unos míseros cinco minutos. No me iba a dar tiempo y algo me decía que si llegaba tarde, no iba a salir impune. Apuré la leche de mi taza y salí al exterior, dejando una nota para mi padre ―Milagrosamente hoy almorzaba conmigo―. Y no tenía el número de teléfono para avisarles de que llegaría un poco tarde. ¡Mierda!

Volviendo al tema de mi padre, sí, hoy iba a almorzar conmigo. Por una simple razón. El vuelo de mi madre aterrizaba a las cuatro de la tarde en Seattle, por lo que justo después de almorzar debíamos salir directos hacia el Seattle Airport. Mi madre me había llamado poco después de yo dormirme y le había comunicado a Charlie la hora de su llegada. Me había dejado una nota confirmándolo, y yo le dejé otra con mi contestación. Es guay esta forma de comunicación, ¿eh? Un poco más y hablamos por Whatsapp. Por poco y porque no tenía un móvil con tecnología Android.

Cuando llegué al parque, sobre las once menos cuarto, no había nadie. Mierda, la había fastidiado bien fastidiada. Me senté en un banco y revisé con más atención la gente que pasaba por allí. Varias parejas disfrutando del tiempo con sus hijos o sobrinos. Abuelos con sus nietos. O adolescentes cuidando de sus hermanos pequeños. Pero por allí no había rastro de ninguno de los cuatro. Genial, si seguía llegando tarde no iba a parar a ningún lado con mi proyecto para mejorar la nota de Educación Física.

―¡Bu! ―Un escandaloso grito a mis espaldas hizo que pegara un bote en mi asiento y que el corazón empezase a revolotear como loco por el susto.

―¡Por Dios, Emmett! ―Exclamé, llevándome una mano al pecho. Emmett, Rosalie, Alice y Jasper se encontraban allí―. Me has asustado.

―Perdona al bruto aquí presente. Intentamos disuadirlo, pero ya ves, el pobre no lo entiende ―Alice avanzó desde su posición y se sentó a mi lado derecho.

―Yo creo que a tu madre se le tenía que caer de la cama o algo, eh Alice ―Siguió Rosalie, sentándose a mi lado izquierdo.

―No, Rosalie; creo que lo que hacía era darse cabezazos contra la pared para llamar la atención de mi madre cuando ella estaba conmigo y con Edward.

―Opto por esa opción ―Opinó Jasper―. Hola, Bella.

―Hola, Jasper.

―Y vosotras, maleducadas que nada más os metéis con el pobre Emmett y ni saludáis. Hey, Bella ―Añadió el mismo.

―Creo que por la cara que tiene Bella, está enfadada contigo, bruto ―Observó Jasper.

―¡No, por favor, Bella! ―Hizo el intento de hacer un puchero―. Sólo ha sido un impulso que no he podido resistir.

―Sí, claro, igual que cuando le metes boca a mi hermana cuando ella no quiere ―Gruñó Jasper. ¡Uh!

―Creo que me he perdido algo ―Comenté, mirando a la adolescente con su hermano, totalmente embelesada.

―No le hagas caso, Bella. Jasper es otro tonto como Emmett; los dos se pueden coger de la manita ―La voz de Rosalie se tiñó de frialdad. ¡Wow! Esto se pone interesante.

―¿A qué estamos esperando para comenzar? ―Retomé mi mente y me enfoqué por lo que estaba allí. Ya habría tiempo para reflexionar sobre los hermanos.

―Mi querido hermano Edward ha ido a aparcar el coche. Está tardando mucho, ¿no? ―Contestó Alice.

―Pues yo, como mucho, me puedo quedar hasta las doce o doce y media.

―Si hubieses llegado antes, a lo mejor…

―Emmett, cállate por Dios. De todas formas, Bella, nosotros también nos hemos quedado dormidos y apenas acabamos de llegar. Así que todos tenemos la misma culpa que tú, ¿verdad, Emmett? ―Alice me estaba dejando claro que era una persona con la que te conviene no meterte. Sonó una canción estrepitosa desde algún lugar de los bolsillos de alguien―. Hablando del rey de Roma ―Hizo una pausa y pisoteó el suelo con fiereza. Vaya, ese mensaje no debía ser para nada bueno. Suerte para quien lo haya mandado―. Emmett, queda claro que tu hermano es un gran gilipollas, tan grande como un elefante.

―¿Y eso? ―Preguntaron los tres, preocupados―. ¿Qué pone en el mensaje, Alice?

―Léelo tú mismo ―Le pasó su ¿HTC? Blanco y procedió a leer en voz alta―: «Lo siento, Alice. Tanya me ha llamado diciendo que tengo totalmente prohibido hablar o si quiera mirar a esa nueva amiga tuya por ser una…» ―Paró. Yo asentí, dándole permiso para que terminase―. «… guarra, zorra, friki, come mierda y fracasada. Y la lista sigue. Lo siento mucho, Edward». ¡Será cabrón! ―Emmett se levantó precipitadamente del césped y echó a correr por donde habían venido. Jasper fue tras él.

―Aquí el come mierda es él. Desgraciado ―Rosalie seguía despotricando en contra de Edward mientras que yo alisaba nerviosamente mi pantalón de chándal, procurando no levantar la vista para no delatar mis ganas de llorar―. Es un zarrapastroso que nada más va comiéndole el culo a Tanya. Será furcia.

―Perdona a mi hermano, Bella… No te habrás dejado ofender por palabras que no son verdad, ¿no? ―Se cercioró Alice. Yo no contesté―. No tienes que hacer caso a cosas sin sentido y mucho más cuando no son verdad.

―Y como dicen; a palabras necias, oídos sordos.

―No es por eso. Es sólo que… ―Me quedé callada. No sabía cómo expresarme bien en los momentos en que me ponía nerviosa, y lo odiaba.

―¿Qué?

―Las palabras o los insultos me dan igual, porque ya sé que son bobadas. ¡Lo que me duele es que no se acercan a mí o ni si quiera hablan conmigo por estúpidos rumores que no me dejan mostrar cómo soy en realidad! ―Grité furiosa. Sentía como la rabia se iba apoderando de mí y sin poder remediarlo rompí a llorar―. El no tener amigos por estúpidos rumores me da igual; es más, no quiero saber nada de la gente que hay por aquí, por lo superficial que son, aunque otra gente se ven que son buenas personas. Pero peor me caen aquellos que son buenas personas, que se creen los rumores y me miran como si fuera un bicho raro. Y todo por una calienta pollas que no tiene otra cosa mejor que hacer.

Alice y Rosalie me miraron preocupadas, ambas con gesto de preocupación, aunque intentaban ocultarlo. Yo vivía en mi mundo, en el que los insultos eran otra palabra, palabras que no me hacían daño alguno. Sin embargo, en mi mundo, no había espacio para las injusticias. Ser juzgada sin que te conozcan es una de esas cosas que te duelen, el no poder ser tú misma y que te conozcan de verdad; que te conozcan por rumores que son falsos. Por otro lado, me alegraba que me hubiesen tratado así, pues no había tenido contacto alguno con los ignorantes de este pueblo y me habían hecho más fuerte; fuerte en el sentido de saber valerme por mí misma, sin ayuda de nadie, cuando más lo he necesitado.

―No, Bella, no vale la pena llorar.

―Ya lo sé; es sólo que…

―No te preocupes, te entendemos ―Alice adoptó un tono de voz más compasivo y me atrajo hacia ella para darme un abrazo. El cual agradecí interiormente; ahora me daba cuenta de que a pesar de tener a Ángela, necesitaba a alguien más en quien confiar.

Después de un rato, cuando me calmé totalmente, me separé de los brazos de Alice y pensé interiormente que no me había dado un ataque; por lo general, cuando me alteraba y lloraba, se me hacía difícil el poder respirar. Rosalie, a su vez, me seguía acariciando el cabello con una expresión tan asesina que podría haberte enviado a tres metros bajo tierra. Alice tecleaba furiosamente en su móvil, escribiendo algo que no podía ver con claridad. Me quité las gafas y las limpié rápidamente; no me gustaba que me vieran sin ellas.

―El capullo de mi hermano sigue sin contestar ―Dijo Alice bastante cabreada.

―Seguramente Emmett le estará dando una buena mientras que mi hermano implora «hablar razonadamente» ―Imitó Rosalie a su hermano.

―Creo que esto ha sido mala idea ―Me levanté del asiento, alertándolas. Me eché las mangas de mi sudadera hacia delante para taparme los puños y me limpié los rastros de lágrimas que había en mis mejillas.

―¿Qué? ¿Por qué? ―Preguntaron confusas―. Porque mi hermano se deje influenciar por esa furcia que tiene por novia, no significa que sea mala persona. ¡Al contrario! Es… ―No la dejé terminar. Yo no juzgaba sin conocer; no era como otras personas. Pero intentar arreglar el error que había cometido su hermano, no nos iba a llevar a ningún lado. Y menos ahora, que estaba lo suficientemente cabreada para juzgar. Y lo había hecho. Con Edward. Eso es lo que hay.

―No es eso, Alice. Me refiero a pedir un tutor y aceptar que fuese Emmett quien me ayudara. Y me debería ir; tengo que hacer la comida, almorzar y luego irme a Seattle.

―¿Seattle? ¿Para qué? ―Inquirió Rosalie.

―Mi madre ha tomado un vuelo hacia aquí para intentar solucionar lo que pasa con Clapp.

―¿Y qué es lo que pasa?

―¡Chicas! ―El grito de Emmett me salvó de una situación incómoda; a lo que ellas pusieron una mueca de disgusto al intuir que esa era cuestión y que nos habían interrumpido cuando yo iba a contestar.

―¡Eh, Emmett! ―Alice fue dirección opuesta a donde mirábamos nosotras y acto seguido se escuchó un «¡Plaff!» como de haber dado una cachetada o algo. No me giré y decidí seguir mirando a los chicos que estaban allí con sus hermanos pequeños―. ¡¿Estás tonto o es que te lo haces? ¡Insultar y juzgar no es propio de ti, Edward! ¡Mamá te ha enseñado y educado para que no juzgues ni hables sin conocer! ¡Te hizo un caballero y los caballeros no insultan a las señoritas, las ayudan! Y más tú; se suponía que eras el inteligente de la familia. Y estoy segurísima que un chico inteligente como tú no se dejaría llevar y manipular por una zorra que tienes por novia. Ahora mismo, te puedo decir que estoy muy cabreada contigo; y si piensas que lo de hace poco fue fuerte, no vas a tener nada que hacer con el cabreo que tengo ahora encima. ¿Y sabes qué es lo peor? ¡Pensaba que podrías ser amigo su amigo! Já, ¿para qué tener un amigo que te insulta si su novia te lo pide? ―Otra lágrima resbaló por mi mejilla hasta caer en el césped bajo mis pies. Alice seguía despotricando, así que decidí intervenir. Me sentía mal.

―Yo… será mejor que me vaya ―Musité. Parecía que nadie me había escuchado por lo bajito que lo había dicho.

―No, yo te llevo ―Ofreció Rosalie.

―No hace falta; puedo ir a pie perfectamente. Porque ser una come mierda no es ningún impedimento para poder andar ―¡Arg! Necesitaba calmarme; luego, cuando reflexionara más tarde en mi habitación, me sentiría mal por lo que he dicho. Y lo que podía decir si dejaba que la rabia me dominaba.

―¡Gilipollas! ¿Qué te crees que eres o haces insultando a nuestra amiga? ―Que se ofrecieran para ayudarme a pasar Educación Física era una cosa; considerarme como una amiga era demasiado. «Mierda, Bella, cállate. Acabarás liándolo más»―. A pesar de conocerla poco, sabemos que tiene un problema. Y uno bien gordo. Por eso le pidió a Emmett que le ayudase, no porque a ella le hiciese gracia o le apeteciera. ¿Te crees superior insultando a los débiles? ―El nivel de furia de Rosalie estaba al límite y el mío estaba casi igual. Se escuchó otro «¡Plaff!». Me encogí interiormente. De repente, saber que le habían pegado dos bofetadas, hizo que mi furia bajara un poco―. Te digo, Edward, que como sigas por el camino que vas, te acabarás quedando solo. Y ya no es solo por ella, si no por la golfa que tienes por novia. Te juro, Edward, que como vuelvas a hacerle algo o insultarle a esa chica que está detrás mía, lo vas a pagar muy caro. Y sabes que lo que prometo, lo cumplo.

―Rose… ―Dijo una voz desconocida, seguramente de Edward.

―Ni Rose ni mierda, Edward. Y dime Rosalie; Rose es solo para los amigos más allegados y creo que hoy has dejado de ser uno de esos. Es más, no me hables hasta que se me pase el cabreo.

―Pero… ―Replicó de nuevo esa voz desconocida para mis oídos.

―Déjalo, Edward. Estamos demasiado cabreados para hablar contigo ahora ―Le cortó Alice―. Y te digo lo mismo que Rosalie.

―Y Edward, ahora eres tú el que se van andando. Todos los asientos del Jeep están ocupados ―Comentó Rosalie con fingida inocencia y pena. Intentó replicarle a alguien, pero ninguno les hizo caso. Rosalie enganchó su brazo al mío y con la cabeza muy alta, me sacó de allí mediante empujones. Una vez subidos al coche, Jasper, que iba de copiloto, encendió la radio, tratando en vano de acallar el silencio incómodo que invadió el espacio del coche. La música que se había escuchado antes, volvió a sonar. Alice lo ignoró hasta que esa música pasó a ser otra. Colgó. Después sonó el de Jasper.

―¿Lo cojo o…? Es Edward ―Dijo Jasper.

―Qué novedad ―Ironizó Rosalie.

―Haz lo que quieras. No voy a ser otra novia mandona que te prohíbe coger el teléfono ―Alice optó por responderle directamente y sin emperifollar la verdad.

―Edward ―La voz de Jasper era calmada, pero con un toque tenso en ella―. No quiere hablar contigo. Tampoco. Ni él. Sí. ¿Qué quieres? Dudo que se ponga. Está bien ―Se separó el móvil de la oreja con una sonrisa tensa en los labios―. Dice que quiere hablar contigo, Bella.

―Dile que se meta el móvil por el culo ―Contestó Rosalie por mí.

―Qué fina me ha salido, oye ―Criticó Alice.

―Parad, por favor ―Pidió Jasper rodando los ojos―. ¿Bella? ―Negué con la cabeza. ¿Hablar con personas, con las cuales estoy muy enfadada, sin ni si quiera conocerlas? Qué va, paso. Además, ¿Quién era él para insultarme y después pedir hablar conmigo? Podía vivir en mi mundo, pero tenía orgullo y no era tonta―. Dice que preferiría no hablar contigo ―Se quedó callado un momento―. Yo no soy quien te tiene que escuchar. Es ella, o en todo caso ellas —Volvió a hacer una pausa y giró la cabeza―. No es mi culpa que ellas no quieran hablar contigo. Creo, que al menos, sabes de quién es la culpa. No lo sé; supongo que al menos tienes dos dedos de frente ―Tanto Rosalie como Alice rieron sarcásticamente―. Edward, yo tampoco quiero pelearme contigo, pero estás haciéndole caso a todo lo que te dice. Te mangonea y te utiliza como a ella le venga bien. Y eso no es bueno. Ya encontrarás la manera. Sí, adiós.

―Patético ―Murmuró Alice.

―Coincido contigo, Alice.

Le fui dando indicaciones a Emmett para llegar a mi casa. Allí ya se encontraba el coche patrulla de mi padre.

―Oíd, chicos, no me gustaría que estuvieseis peleados con Edward por mí… ―Una cosa era estar cabreada con él, pero otra cosa muy distinta era que los seis mejores amigos y hermanos se echaran a pelear por mí.

―Tarde ―Contestaron inmediatamente. Suspiré.

―Pero me siento mal porque por mi culpa ahora estáis enfadados con él.

―Esto ya viene de antes, Bella ―Emmett, que no había abierto la boca durante todo el trayecto, me contestó.

―En serio, Bella, hemos tenido esta misma discusión con él desde que prácticamente comenzamos el curso ―Corroboró Alice.

―Pero aún así no puedo dejar de sentirme culpable ―Contesté tras un incómodo silencio. Miré la ventana de mi casa que daba al salón y suspiré―. Me tengo que ir.

―Está bien, pero ¿quedamos mañana para continuar con lo de hoy? ―Preguntó Emmett.

—Claro ―Contesté―. ¿En el mismo sitio y a la misma hora?

Me despedí de ellos brevemente, me bajé del Jeep de Emmett y entré a mi casa; todo parecía igual excepto por la voz grave de un hombre que salía de los altavoces de la televisión retrasmitiendo un partido de fútbol.

―¿Bella? ―La voz de mi padre sonaba cansada y perezosa, como si se hubiese dormido nada más llegar de comisaría. Me dirigí hacia allí.

―Hola, papá ―Me dejé caer en el sofá y suspiré sonoramente.

―¿Cómo te ha ido hoy? ―Preguntó, apartando los ojos de la pantalla.

―Tss; no he hecho nada. Ha habido un problema con uno de los Cullen y al final los tres hermanos y Rosalie Hale se han cabreado con él y me han sacado de allí corriendo.

―¿Cuál de los Cullen ha sido? Me resulta raro que me digas esto; ninguno de los tres son gamberros que quieren llamar la atención. Dudo mucho que haya sido Alice, pues es una chica de muy buen corazón. Lo mismo con Emmett, que a pesar de su tamaño y su complexión física es todo un chiquillo. Y Edward es el más civilizado y con dos dedos de luces de los tres; por lo que sé, es uno de los más inteligentes de Forks.

―Todo bien, papá. No hace falta que tomes cartas en el asunto. Ellos arreglarán las cosas entre ellos ―Sonó el teléfono.

―Ya voy yo ―Eso fue raro; cuando estaba en casa, extrañamente cogía el teléfono aunque estuviese a su lado. Y si yo estaba arriba, tenía que bajar para coger el teléfono. La edad, que el pobre ya no está para tantos brotes y a la primera de cambio se puede herniar. «¡Deja de divagar, Bella!». Aproveché que se había levantado para coger el mando y cambiar de canal, para poder poner la FOX. Sin querer el oído se me fue hacia la cocina y sin malas intenciones, presté atención a la conversación que mi padre mantenía con aquella persona desconocida.

No te voy a dejar hablar con ella ahora. Pudiste hablar con ella y no lo hiciste. Me ha contado que no le has hablado porque tu novia te lo ha prohibido ―¿Era Edward quien estaba llamando? ¡Y tenía esa cara dura para hacerlo! Esto ya era pasarse la raya―. ¿Entonces? ¿Por qué no lo has hecho? Seguro que no la has mirado ni a la cara. Es más, pondría la mano en el fuego y no me quemaría, al decir que ni te has presentado. No, no te voy a dejar hablar con ella ―Tras unos minutos en silencio, en el cual supuse que Edward se estaba «explicando», habló de nuevo―. ¿Bella? ―Me preguntó; hice la que no sabía nada de la conversación y prestaba atención a la televisión.

―¿Sí, papá? ―Contesté.

―Hay un chico que quiere hablar contigo.

―¿Cómo es su nombre?

―Edward Cullen.

―Oh, vaya, el Cullen más civilizado, con dos dedos de frente e inteligente ―Fui hacia la cocina y cogí el teléfono de la mano que tendía mi padre hacia mí, le indiqué que se alejara con un gesto de mano―. ¿Hola?

―Hola, soy… ―Que vaya a otra tonta con ese nerviosismo.

―¿Sí? Oh, lo siento; no hablo con extraños y menos con extraños cobardes y estúpidos que insultan sin conocer primero a una persona ―Colgué. Empecé a sacar los ingredientes que me hacían falta para el almuerzo, y comencé con una sonrisa en mi cara a cortar los trozos de carne. Al fin podría librarme de toda la tensión del día.

Después de comer, salimos hacia el Seattle Airport. En el camino hacia allí, lo pasamos en silencio; no era totalmente incómodo, pero tampoco llegaba a ser lo contrario. Estar con Charlie me hacía sentir segura. Desde que mis padres se separaron, mi padre no había vuelto a salir de Forks ―excepto para ir a casa de sus amigos de La Push― y no ha tenido alguna otra relación con una mujer. Que yo supiera, al menos. A lo mejor tenía sus ligoteos de una noche por ahí y yo no lo sabía. Al fin y al cabo, es adulto y tiene sus propias reglas, así que ¿por qué no? Deseaba ver a mis padres felices y que tu padre ande como un zombie por la casa, de arriba para abajo, no era exactamente mi definición de felicidad. Era más de amargura. Mi madre, por el contrario, había encontrado a Phil y estaba encantada de la vida. Parecían la típica pareja adolescente que creen que todo en la vida es genial y sin ningún problema. Gracias a Dios, Phil hacía las cosas más importante de la casa.

Cuando llegamos allí, aparcamos rápidamente y salimos hacia la zona de llegadas. Al haberlo decidido así de sopetón, no sabíamos si venía con Phil o no, y aunque si fuera así, espero que mi padre no haga cosas raras o desagradables. Porque el horno no está para bollos; es decir, mi mente no podría soportar un problema más en casa. Y mucho menos de celos o de cualquier otra tontería, en lo que se dice, de hombres. El cartel de llegadas decía que el avión en el que viajaba mi madre acababa de aterrizar. La sonrisa se plantó en mi rostro. Durante la media hora que tardaron en empezar a salir personas por aquella puerta automática, la sonrisa no se desvaneció. Al ver a mi madre y ella a mí, nuestras sonrisas se ensancharon ―Si es que podía ser así― y ella echó a correr hacia mí.

Llegó a mí y no pude contenerme más. La atraje hacia mis brazos, estrechándola en un fuerte abrazo. La rabia que había sentido en la mañana por ese «desconocido», se había disipado, y ahora me embargaba una extrema felicidad y alegría por tener a mi madre junto a mí de nuevo. No nos veíamos desde Navidad, es decir, desde hace seis meses y eso, para ambas era mucho tiempo. Mi madre siempre había sido mi soporte y a pesar que me mudé aquí para que tuviera su espacio con Phil, deseaba ―En ciertos momentos― volver a casa. Extrañaba esos ataques de adrenalina salidos de la nada o sus «¡Oh, me he olvidado de pagar la factura de la luz!» para que después soltara unas risitas y siguiera con lo que estaba haciendo. También cuando me obligaba a ir a clases de piano cuando yo no quería y me decía que ella también iba a ir, que solo era para pasar más tiempo juntas. La extrañaba mucho. Y aunque nos llamábamos y nos escribíamos, eso no quitaba la distancia entre nosotras. Pero al fin y al cabo, yo tomé esta decisión y no iba a echarme para atrás. Así de cabezota era.

―¡Dios, Bella! ―Se separó de mí, aunque seguía sujetando mis brazos―. Estás genial. Guapa, así es como estás.

―Mamá, no es para tanto; sigo igual de flacucha que en Navidades y no me digas que soy guapa ―Rodé los ojos.

―Aparte de guapa, tonta. Esas cosas no se llevan bien entre sí. Y me da igual lo que digas, para mí eres preciosa ―Me dio otro abrazo y dejó un beso en mi mejilla―. Además, te echaba de menos ―Iba a contestarle que yo también la echaba de menos, cuando inesperadamente, se giró hacia Charlie―. Charlie, tú también te ves muy bien ―Le dio dos besos y después volvió a coger sus maletas dispuesta para irnos.

―Los años no hacen mella en ti, Renée ―Contestó mi padre.

Hasta que llegamos al coche patrulla, mi madre no desenroscó su brazo del mío, hablando alocadamente de las últimas cosas que habían sucedido en estos meses no nos habíamos visto y que se le olvidaba contarme por teléfono. Durante todo el trayecto hacia Forks, siguió parloteando de cómo le iba con Phil. Al preguntarle por qué no había venido, me dijo que había tenido que quedarse con su sobrina de siete años porque si hermana había tenido que salir de viaje urgentemente por negocios junto con su esposo y no tenía a nadie más con quién dejarla. La pequeña y dulce Olivia; a ella también la echaba de menos. Tenía un corazón muy grande para lo pequeña que era y perfectamente te podía dar una respuesta que te dejaba totalmente desconcertado; su mayor tesoro era un peluche que le había regalado yo por su cumpleaños. Mi madre me comentó que, tanto Phil como la pequeña Olivia, me enviaban saludos y que también me extrañaban. Después de un rato, la conversación me apuntó a mí, por lo que decidí dar evasivas; no me apetecía que se echara a perder el momento feliz que estaba viviendo en esos momentos. Sin saber cómo, mi padre fue el punto de las preguntas. Nosotros nos parecíamos mucho y en el momento en el que el tema fue él y sus «ligoteos», contestó con evasivas. Como yo. No podíamos negar que éramos padre e hija.

Mi madre me dijo, pues yo no tenía constancia alguna, que ella se iba a quedar a dormir en mi casa; porque si cada día tenía que venir a Forks desde Seattle, sería un coñazo para todos. Charlie nos dio su permiso para dormir en su cama nosotras dos y él dormiría en mi cama. Mi madre estuvo de acuerdo y yo también. Cuando llegamos a mi casa, Charlie llevó las maletas de mi madre a su habitación y nos dejó espacio a las dos. Hablamos un rato de cosas sin sentido ―Como chicos, tonterías, el horrendo armario que tenía mi padre en su habitación; cosas triviales― hasta que el tema principal de nuestra conversación fui yo. El tema por el cual ella estaba aquí. Es obvio que no la había hecho venir ―Prácticamente fue ella la que vino sin mi consentimiento― y no contarle más detalladamente los detalles del dichoso problema. Se lo relaté todo con el máximo de detalles posibles, pues sabía que luego me preguntaría. También le conté lo que había pasado esa mañana. Se quedó pasmada en cuanto mencioné el apellido «Cullen».

―¿Conoces a los Cullen? ―Pregunté con el ceño fruncido.

—Sí, claro. Esme fue la primera amiga que tuve cuando empecé a vivir aquí. Cuando me mudé contigo y me separé de Charlie, perdimos el contacto. Recuerdo a un pequeño llamado Emmett, de pelo rizado oscuro y con los ojos de color gris. Y a dos pequeños mellizos de un año. Alice, con su mechón de pelo negro y esos azules y penetrantes ojos. Edward, con esos maravillosos ojos verdes como los de Esme, tan bueno él. ¿Has conocido a Esme? ¿Qué sabes de ellos?

―No, no la he llegado a conocer. A penas hemos hablado dos o tres veces. Bueno, Emmett ahora ya no es tan pequeño y da miedo; miedo de verdad. Alice es hiperactiva y por lo que he visto durante estos años, adicta a las compras. Y Edward… bueno, ha sido quien me ha insultado y todo el rollo de la novia. ¿Tú los conocías?

―Claro; sois del mismo año más o menos. Yo estuve aquí casi tres años antes de tenerte a ti. Así que conocí a Emmett y lo vi crecer durante dos años. Después nacieron Alice y Edward, y yo estaba embarazada de seis meses. Después de eso, cuando tú tenías casi el año, jugabas con los dos. Hasta que me fui y perdí el contacto con todos ellos.

―O sea que, ¿yo conocía de antes a Alice y a Emmett?

―Sí, pero eras muy pequeña como para acordarte ahora.

Mi madre era de Phoenix; nació allí, creció allí, hizo su vida allí. Hasta que encontró a Charlie. Él estaba de vacaciones en Phoenix y por casualidad, se le derramó el café encima de mi madre. Ella se enamoró completamente de él y sin pensarlo dos veces, cogió las maletas y siguió a Charlie hasta Forks. Entonces nací yo y se separaron. Típica historia americana con final feliz. Solo que esta no terminaba con uno de esos para mis padres.

Lo que me había contado mi madre me había dado qué pensar. Es decir, no todos los días te enteras de que una chica que está en proceso de ser tu amiga, resulta que ya lo fue hace quince años. Terminé de contarle lo ocurrido y no dijo nada; solo se limitó a acariciarme el cabello y la espalda, negando con la cabeza, con el ceño fruncido y murmurando que Edward no era así. O al menos eso pensaba ella. La gente cambia, al fin y al cabo.

Esa misma tarde, llamé a Ángela para ponerla al tanto; desde que me levanté tarde, pasando por el mensaje de Edward, la pelea entre los hermanos y los Hale hasta llegar a mi madre. Se puso histérica cuando se lo conté, y comentó que ya tendría una charla con Alice. La hice prometer de nuevo que no le diría nada a nadie de mi asma y así lo hizo ―pues no tuvo más remedio―, refunfuñando que se lo debía contar a ellos. Cuando colgué, mi madre entraba a la cocina después de una larga charla que tuvo con Charlie, Dios sabe de qué, y empezó a convencerme para ir a dar un paseo por Forks. «Lo extrañaba», fue su patética escusa; ya que todo el mundo sabía que mi madre odiaba con todo su corazón Forks. Cuando salimos, nos sorprendimos al ver que no llovía; milagro, pensamos las dos en voz alta. No teníamos rumbo fijo, al menos yo no lo tenía ―Eso de que «extrañaba» Forks se lo había creído Peter, porque yo no― y no paraba de hablar de algunas cosas, y esta vez yo participé un poco más en nuestra pequeña charla entre las dos.

Me contó que quería tener un bebé con Phil. ¡Eso fue un chute de adrenalina para mí! Me alegré por ellos y también por mí. La abracé con todas mis fuerzas, sonriendo como una tonta, y deseándole suerte y que no parase de intentar quedarse embarazada hasta que lo estuviera; mi madre no era tan vieja como para no poder cuidar de un bebé. Tenía unos treinta y nueve años. Perdón, treinta y ocho ―Había conocido a Charlie con diecinueve y me tuvo con veintidós―. Esa noticia me hizo extremadamente feliz y un calor fue directamente hacia mi corazón, ante la posibilidad de tener un hermano. ¡Era maravilloso! Podría cuidar de él como siempre había querido. Si era una niña, la mimaría hasta lo impensable y la apoyaría en todo lo que ella quisiese, no importaba qué. También la haría fuerte y no la dejaría llorar por ningún chico. Claro, antes le cortaba los huevos a quien la hiciese llorar. Literalmente… sí, claro. Si era un niño, lo mimaría igual y jugaría con él con los Playmobil ―Aunque nunca superase el trauma que tengo con ellos―. Por supuesto que le cortaría los huevos a él si hiciera llorar a alguna chica. Me encanta poder pensar en un futuro con pequeños rondando por mi vida.

Después de la euforia que sufrí, me di cuenta de que sí que mi madre tenía un rumbo. No pensaba por dónde tenía que girar a la derecha, cuando seguir recto o cuando girar a la izquierda. La cuestión era que a dónde quería ir. Yo la seguía, todavía en mi mundo; lo importante era que estaba con ella. En cuanto me di cuenta, me fijé a dónde iba el rumbo. Iba a una casa blanca de tres plantas con un jardín delantero inmenso lleno de flores de todo tipo. Había un pequeño camino, hecho por piedras, por donde tenías que ir para poder entrar a la gran casa. Desde donde estábamos, rodeadas de árboles y flores, llegaba el rumor del agua correr de un río cercano. En mi vida la había visto. ¿Por qué estábamos aquí? La verdad es que no comprendía para nada la mente de mi madre.

―¿Dónde estamos? ―Pregunté, observando mi alrededor. Había estado tan ensimismada ante la idea de tener un hermano, que no me había dado cuenta del paisaje que nos rodeaba. Ni por el que habíamos tenido que pasar por llegar aquí. La vegetación imposibilitaba la visibilidad del carril para llegar a la casa. Y tampoco había ninguna señal que pusiera dónde se encontraba esta residencia. Vete tú a saber de quién es la propiedad.

―Bella, estoy pensando seriamente en comprarte un coche ―Suspiró mi madre. La verdad es que había mucho tirón desde mi casa hasta aquí, al menos andando.

―¿Dónde estamos? ―Repetí―. Además, no estás en condiciones para hacer eso.

En lugar de contestarme, siguió andando por el sendero de piedras que conducían a la entrada de la casa, arrastrándome a mí de la mano. Yo la miraba con el ceño fruncido.

―Quita esa expresión de tu preciosa cara. Vas a hacer que te salgan arrugas antes de tiempo. Además, no darías una buena impresión a la gente que vive en esta casa.

―¿Me vas a decir a quién pertenece esta casa?

―Ya lo verás, Bella; no seas impaciente ―Pegó al timbre mientras me contestaba. Al cabo de unos minutos, la puerta se abrió.

Una mujer de no más de cuarenta años, con un extraño color cobrizo de cabello y ojos extremadamente hermosos esmeraldas, con cara redondeada y con una sonrisa amigable en la cara, fue la señora que nos abrió la puerta. Era baja, no mucho más alta que yo; primero mostró confusión al ver dos personas que no conocía de nada frente a su puerta; después, cuando mi madre se presentó, expresó alegría y felicidad.

―¿En qué puedo ayudarlas? ―Preguntó con voz amable, limpiándose las manos en un trapo de cocina.

―Vamos, Señora Cullen. No ha pasado tanto tiempo desde que nos vimos por última vez ―Mi madre elevó una ceja y yo contemplaba la escena con el ceño fruncido.

―Perdone, pero no sé de qué me habla ―Contestó la señora de ojos verdes. Era sorprendente lo expresivos y dulces que podían ser. Además, eran hipnotizantes.

―Que no me reconozcas me ofende. Renée Dwyer, encantada de conocerte ―Extendió la mano hacia la mujer. Ésta, al parecer, reaccionó y se llevó una mano a la boca antes de soltar un gritito de alegría y abrazar a mi madre. Casi se caen rodando por las escaleras del porche. Me sentía incómoda. ¡Estaba en una casa desconocida, con una mujer desconocida!

―Oh, Dios, Renée ―Dijo la mujer con voz dulce―. Siento no haberte reconocido. Estás muy cambiada desde la última vez que te vi.

―Tú estás igual ―Respondió mi madre.

―Oh, no os quedéis ahí. Entrar, como si estuvieseis en vuestra casa ―Nos condujo hacia un salón con varios sofás blancos tapizados, con una tele súper grande y con muchas fotos colgadas de las paredes y de estanterías. No llegué a verlas bien―. ¿Y esta hermosura quién es, Renée? ―Preguntó cuando volvió de la cocina, con la sonrisa que todavía no había abandonado su cara desde que vio a mi madre.

―Ella es Bella, mi hija.

―¡La pequeña y dulce Bella! ―Avanzó hacia mí y me dio un abrazo. Lo correspondí sin saber qué hacer―. Yo soy Esme Cullen ―¿Perdón? ¿Se puede saber qué es lo que me he perdido? ¡Su hijo me había insultado y ahora estaba en su casa! Esto es de locos―. De pequeña eras una hermosura. Lástima que tu madre se fuera de Forks. ¿Qué es de tu vida, Renée? Tenemos muchas cosas que contarnos ―Sinceramente, parecían adolescentes contándose la vida de una y luego de la otra. ¡Fantástico! Yo no pintaba nada en esa casa.

Tras mucho parloteo, algunos pastelitos que estaban deliciosos y bebidas, me aburría y me sentía incómoda. Así que me pregunté dónde se encontraba el baño.

―Disculpa, Señora Cullen, ¿dónde está el baño?

―Nada de Señora Cullen. Sólo tengo un año más que tu madre y dudo que a ella le hiciese gracia que la llamasen Señora Dwyer, ¿verdad? Así que, dime Esme ―Pidió gentilmente―. El baño está en la segunda planta, la segunda puerta a la izquierda.

―De acuerdo, gracias ―Salí de aquél salón lleno de cotilleos.

―Tienes una hija encantadora ―Comentó Esme. «Igualito que su hijo», pensé para mí, rodando los ojos.

En cuanto pisé la segunda planta, se me olvidó dónde estaba el cuarto de baño; así que no me quedó de otra que ir abriendo puertas una a una. La primera supuse que era de Emmett, por todo el desorden y las varias fotos que tenía con Rose. Sin querer, me adentré en ella. Varios calcetines y camisas sucias estaban tirados por el suelo y la cama estaba hecha un revoltijo de sábanas, como si se hubiese revolcado en ellas. Un pensamiento no deseado se coló en mi mente. Por lo que sabía, Rosalie y Emmett no tenían nada, aunque perfectamente podían hacer eso sin implicar sentimientos. Pero el comentario que hizo Jasper, vino a mi mente; ese de «cuando le metes boca cuando ella no quiere» o algo así. Rosalie adoptó una mirada fría y extraña. Por lo tanto, el pensamiento asqueroso que pasó por mi mente, quedó desechado. ¿Qué quería decir Jasper con eso? ¿Emmett la obligaba a hacer cosas que ella no quería? ¡Vaya lío! Observé las repisas llena de fotos; una con Rosalie, otra con Alice y con Edward, con Jasper, una todos juntos y la que más me llamó la atención fue una, en la que aparecían dos niños y dos niñas pequeños. Parecían ser Alice, Edward y Emmett, y la otra niña no la reconocía. Tenía el cabello castaño, ojos de igual color, con pecas y de tez blanca. Me puse a pensar. Espera… ¿Y si esa niña era yo? Salí corriendo de allí y seguí en la búsqueda del baño. Ahora me sentía mal por espiar fotos ajenas.

La siguiente habitación en la que entré, era la de Alice fijo. Las paredes de un rosa fucsia, decorada con algunos pósters de futbolistas ―Fernando Torres, Piqué, Llorente, Villa, Sergio Ramos, Javi Martínez, Fàbregas y Cazorla. ¿Esta chica qué era de la selección Española?― y cantantes y actores ―Chord Overstreet, Mario Casas, Kegaan Allen, Ian Harding y Max Irons(*)―. También había algunos de Pretty Little Liars y Gossip Girl. ¡Wa! Y tenía varios de Travis Caldwell. Justo en frente de la cama doble, se encontraba el armario. Si se podía llamar armario, porque prácticamente era más grande que mi habitación. A la derecha, había un gran ventanal que daba a árboles, creando una preciosa vista y en frente un escritorio con varias fotos. Eran como las de Emmett, aunque en estas Alice y Rosalie salían poniendo caras graciosas. También tenía muchas con Jasper, con Emmett y con Edward, e incluso la de la supuesta niña que era yo. Sin embargo, la que más me llamó la atención fue una en la que Alice abrazaba a Edward por el cuello, con las frentes pegadas y una sonrisa reconfortable en ambas caras. La cogí y la examiné más detalladamente. ¿Aquél era el chico que se dejaba dominar por su novia?

Dicen que a la tercera va la vencida, y así fue en mi caso. Encontré el baño. Después de lavarme la cara con agua fría, bajé las escaleras y la puerta de la entrada se abrió, con voces aquí para allá. Me apresuré a llegar al salón para no tener que explicar quién era y por qué estaba en esa casa, si se daba el caso que no conocía nadie de los dueños de las voces. Me senté al lado de mi madre, que todavía seguía parloteando con Esme. Los ojos de ambas brillaban y se cogían las manos. Yo me dediqué a observar el techo antes de que las personas que acababan de llegar entrasen en el salón.

―¿Has tenido dificultad para encontrar el baño? ―Preguntó Esme.

―Un poco. Había muchas puertas ―Contesté.

―Sí, y arriba hay más puertas ―Rodó los ojos―. Básicamente está la habitación de Edward, el despacho de Carlisle y tres cuartos para invitados. Nada en particular ―O Esme no había notado las voces o estaba acostumbrada a que armasen tanto escándalo.

―Y bueno, Esme, ¿Qué es lo que estás haciendo ahora? ―Preguntó mi madre.

―Soy diseñadora de interiores, aunque ahora tengo más demanda en Port Ángeles, Seattle y toda esa zona.

―¿Y Carlisle? ¿Se pudo sacar la carrera de Medicina?

―Por supuesto; sabes que cuando algo quiere, algo que consigue. Y más con la Medicina. Incluso ahora es jefe de cirugía ―Esme se notaba orgullosa de su marido. Normal, yo también estaría orgullosa de un marido médico y encima jefe de cirugía; es como tener el kit completo―. Eso hace que…

―¡Hola, mamá! ―Saludó la voz cantarina de Alice. Se acercó a su madre y le dio un beso―. Oh, hola, soy Alice Cullen ―Se presentó y le dio dos besos a mi madre. Se giró hacia mí―. ¡Bella! Qué gusto verte aquí. ¿A qué se debe? ―Se sentó a mi lado de un salto.

―¡Hey, mami! ¿Hoy no has hecho galletas de chocolate? Sabes que a Jasper le pirran esas galletas y me deja hacerle chantaje con... ―Emmett se interrumpió cuando vio que su madre no estaba sola―… ellas. Hola, soy Emmett. Un gusto, señora…

―Dwyer ―Contestó Renée.

―Encantado ―Le dio dos besos en la mejilla y me atisbó―. ¡Pero si está aquí mi pequeña y torpe alumna! ¿Cómo lo llevas? ―Me dio un beso en la mejilla, a lo cual debo decir que me sonrojé, para luego sentarse en el sofá que estaba frente a mí.

―Por ahora lo llevo bien ―Emmett rió.

―¿Dónde has dejado a Rosalie y a Jasper? Sabes que no les gusta entrar en una habitación cuando hay gente no conocida. Son demasiado tímidos, ahí cuando los ves ―Me comentó Alice, al ver mi cara de confusión. Se levantó y al poco rato, llegó con ambos.

―Buenas tardes, Señora…

―Nada de señoras, por favor ―Pidieron las dos, mientras reían.

―En ese caso, buenas tardes, Esme y… ―Rosalie dejó la frase sin terminar.

―Renée ―Respondió―. Soy la madre de Bella ―Comentó, al verme a mí y a esta persona desconocida.

―¡Hola, Bella! ―Saludaron. Jasper se fue a sentar al lado de Emmett y Rosalie junto a él. Mi madre y Esme empezaron a hablar, sin importar quiénes estuviésemos delante.

―¿Qué haces aquí, Bella? ―Preguntó Rosalie.

―Mi madre conocía a Esme desde hace tiempo y me ha arrastrado hasta aquí sin decirme nada ―Me encogí de hombros. Un silencio incómodo se formó entre nosotros.

―¿Y Edward? ―Preguntó Emmett.

―Ha llegado murmurando cosas como «Me encantan los hermanos que tengo; ni si quiera me dejan explicarme» o «Tengo que pedirle disculpas como sea». No me ha dicho nada.

―¿Sigue todavía arriba? Porque si es así, podía haber tenido un poquito de educación y haber bajado para saludar a las visitas. Hoy se ha comportado como un completo mal educado, ¿sabes? Mamá, vas a tener que hablar muy seriamente con él; porque si no lo haces tú, lo va a hacer papá como que me llamo Mary Alice Cullen. Sé que para ti es imposible reñirle algo, pero a diferencia de ti, soy el ojito derecho de papá; a mí no me va a negar nada.

―¿Qué quieres decir? ―Preguntó Esme, bastante confundida.

―Pensaba que se lo habías contado ―Le dije a mi madre.

―Y yo que tú no querías que le dijese que su hijo te había insultado y había sido un cobarde. Eso sí es de mala educación.

―Espera, espera. ¿Que Edward ha hecho qué? ―Inquirió poniéndose de pie. Algo me decía que si Esme se enfadaba, era por algo bastante gordo.

―Mamá, básicamente nos ha dejado tirado esta mañana cuando quedamos con Bella mediante un mensaje de texto en el cual decía que no podía hablar con Bella por ser una «guarra, zorra, friki, come mierda y fracasada» palabras textuales y porque su novia se lo había prohibido. ¿Tú crees que eso es normal? Porque yo no, desde luego. Además, todos nos hemos enfadado con él. No es propio de él hacer algo así, y menos con una desconocida. Lo siento, mamá, pero es que no me entra en la cabeza. ¿A ti sí? ―Resumió Alice.

―Dame el teléfono ahora mismo.

―¿Sabes que me ha llamado a mi casa? ―Seguramente, no lo sabía nadie. Pero lo que me intrigaba era cómo había conseguido mi teléfono―. Ha hablado con mi padre; pero al parecer, no lo ha dejado hablar conmigo. Luego, yo me he hecho la tonta y me he puesto al teléfono. Le he dejado claro que no tenía nada que hablar con él.

―Pero qué cara dura ―Opinó Rosalie.

―Cálmate, Rosalie. Lo voy a hacer venir aquí cuanto antes; me da igual lo que esté haciendo. Pero lo que no entiendo es por qué lo ha hecho; él no se comporta así y menos con una señorita a la que no conoce.

―Se llama Tanya Denali ―Contestaron todos. Pero, ¿qué? ¿Salía con esa zorra? Ahora me quedaba muy claro por qué eso de dejarse influenciar. Tanya era muy buena a la hora de hacer eso.

―¿Alguien me ha llamado? ―Una estridente voz nasal llegó a nuestros oídos, haciendo que pusiéramos cara de asco.

―La que faltaba ―Dijimos todos, incluso mi madre, en un tono de voz bastante alto, dejándole claro que no era para nada bienvenida.


Personajes de los Pósters de la habitación de Alice: Como bien sabemos, los primeros son todos de la selección Española, y por supuesto, los que más me gustan (aunque no están todos como mis dos Xavis xD). Chord Overstreet (Delito si no lo conocéis) sale en Glee como Sam; Mario Casas (¡OH DIOS COMO NO SEPAIS QUIÉN ES!) protagonista de "Tres metros Sobre el Cielo" y "El barco"; Kegaan Allen e Ian Harding salen en Pretty Little Liars. Kegaan como Toby Cabanaugh e Ian como Ezra (Dios como están los dos xD); y Max Irons, pues Henry en Caperucita Roja.


Hello beautiful people! :)

Cómo estáis? Yo en estos momentos estoy bien bien, porque estoy de vacaciones por la Semana Blanca (esto es porque en el resto de las ciudades de Andalucía hay una semana de vacaciones más que en mi ciudad, así que hay que recompensar esa semana de vacaciones o alguna paranoia por el estilo). El caso es que tengo un examen de Sociales solamente y puedo estar en el ordenador/leyendo todo el rato que yo quiera. #Estoesgloria jajaja

Ya tenía este capítulo escrito desde hace tiempo, pero con el caos de los exámenes apenas he tenido tiempo T_T

¿Qué os ha parecido el capítulo? Hacedme saber si la pelea con Tanya ha sido demasiado patética, por favor! xD El siguiente lo tengo escrito también, pero quiero escribir el siguiente a ese :) Espero que este capítulo de 7699 palabras compense la espera :3

Muchas gracias a todas aquellas que se toman la molestia de dejar reviews, aunque sean pocos. Aunque ya sabéis, sin reviews no hay inspiración :)

Os agradecería que os pasarais por Hold my Hand y me dijerais qué tal está (:

Sin más, nos vemos en el siguiente capítulo.

Rob.

Twitter: SandyPattz (Follow me please!)