Se removió en el lugar donde estaba sentada.
—Tranquila, Kagome, no se van a mover de aquí.
La mencionada intentó aferrarse a sus palabras, pero no hicieron de mucho. Aún sentía el nudo en la boca de su estómago, el bombeo alocado de su corazón y los nervios a flor de piel.
—Toma, Shippo— le tendió Sango uno de los envases de pasta que ella llevaba en su inseparable mochila amarilla.
A Kagome le había resultado muy difícil controlar el impulso de levantarse y quitárselo de las manos. Esos demonios tenían su comida.
—Gracias— musitó este.
Los cuatros se encontraban sentados junto a la hoguera que habían encendido al caer la noche mientras ella no se había movido del árbol. Los demonios estaban en el centro: el número 1 y más pequeño comía lanzándole breves vistazos de vez en cuando y el número 2 directamente no dejaba de mirarla; Sango y Miroku, por otro lado, estaban a los extremos y los custodiaban, o eso era lo que le habían dicho.
Varias veces le habían sugerido que se sentaran junto a el fuego puesto que tendría frío, pero ella no se atrevía a disminuir la distancia entre ella y los demonios. Estaba ahí bien donde estaba.
En su cabeza reprochaba una y otra vez la actitud de sus amigos: ¿cómo podían ser tan confiados? ¿Por qué quería permanecer junto a esos demonios? ¿No tenían miedo? Había intentado marcharse cuando descubrió los planes de sus amigos: estar junto a ellos, pero no pudo hacer nada.
Se encontraban en medio del bosque, a dos días de la próxima aldea, y sería una locura que ella se fuera sola… poniéndose a merced de más demonios y animales salvajes. Sus amigos le habían asegurado en varias ocasiones que no dejarían que le pasara nada, así que tuvo que resignarse y permanecer allí. Pero ni loca se sentaría junto a ellos como si fueran… amiguitos.
Su cuerpo se estremeció ante esto último.
—Venga, Kagome, no seas cabezota, siéntate junto a nosotros.
—¡No!
¡No era cabezota! ¡Tan solo velaba por su seguridad! ¿Es que no lo entendían?
—Acaba de anochecer, dentro de poco la temperatura caerá totalmente— añadió Miroku azuzando un poco el fuego.
Kagome observó el baile de las llamas por un momento. Tenían razón, ya estaba empezando a tener frío y la perspectiva de estar calentita en el fuego la animaba. Sin embargo…
Su mirada se desvió y terminó encontrándose con esa fuente ardiente dorada. Su corazón saltó en el sitio y algo raro se extendió dentro de ella.
¡Seguía mirándola! ¿Es que no se cansaba?
Se sentía realmente incómoda sabiendo que él seguía todos sus movimientos, y por extraño que le pareciera, conseguía acelerar los latidos de su corazón (independientemente del miedo), haciendo que la sangre acudiera a sus mejillas.
Desde el primer momento que lo vio al despertarse, allí parado en una pose defensiva, lo primero que le llamó la atención fueron su larga cabellera albina y las orejas canina que sobresalían de ella. Eso fue lo que le hizo darse cuenta de que se trataba de un humano: sus orejas y posteriormente las afiladas garras.
Inmediatamente miles de imágenes de ella siendo atacada y despedazada por él acudieron a su mente, aturdiéndola.
¡Lo qué podría hacer con ella! Si era la mitad de fuerte y poderoso de lo que parecía…
—¿Qué? — cuando se quiso dar cuenta la pregunta había salido de sus labios.
Supo que su pregunta lo había sobresaltado por la mirada cargada de sorpresa que le echó. Se removió y bajó la cabeza, aunque era capaz de verlo entre los cabellos de su flequillo.
¿Por qué tuvo que hablar?
Las voces de los demás presentes callaron y Kagome sintió todos los pares de ojos puestos en ella. Maldijo en voz baja.
—¿Qué pasa, Kagome? — le preguntó Sango, haciendo el amargo de incorporarse, aunque Miroku la detuvo.
—¿Qué decías, señorita?
Kagome no pudo apartar la mirada del demonio 2.
—Es él— contestó entre dientes— No deja de mirarme. Y no me gusta.
—¿InuYasha dices?
Así que se llama InuYasha, habló su subconsciente, es un nombre muy bonito…
¡No! ¡No le gustaba! ¡Era un nombre de demonio!
—No importa— se apresuró a decir dándose cuenta de que la hierba de su alrededor era muy interesante.
Al bajar la mirada, Kagome no fue partícipe de la mirada que se echaron sus amigos llenas de desconcierto y un matiz de esperanza, ni tampoco llegó a descubrir a InuYasha doblegando su deseo de correr hacia ella. Se la veía tan perdida y asustadiza…
La tensión se palpaba en el ambiente.
—Yo soy Shippo.
—¿Cómo? — se sorprendió la sacerdotisa. Levantó la cabeza y miró al demonio 1, el cual había dejado de comer y… le sonreía.
Espera, ¿un demonio sonriendo?
—Él es InuYasha— la miró fijamente— y mi nombre es Shippo.
Ella no supo que contestar. ¿En qué momento estaban presentándose unos demonios a ella… de forma amable?
—Tú eres Kagome, ¿no? — siguió hablando el pequeño. Dejó la comida casi acaba a un lado y se levantó— Me gustaría hacer una cosa…— murmuró dubitativo, pidiéndole permiso con la mirada. Los demás contemplaban, expectantes— ¿Podría… acercarme a ti?
—¡No! — soltó en un acto reflejo tensando todo su cuerpo.
Sin embargo, cuando los segundos pasaron y ella vio cómo su rostro, redondeado y tímido, decaía, se mordió el labio inferior. No quería tenerlo cerca, absolutamente no, pero aun así una pequeñita parte de ella se cuestionaba el por qué. Ahora que lo veía fijamente se daba cuenta que no le llegaría ni a las rodillas. Además, sus ojos parecían dulces y la miraba como si ella fuera el verdadero enemigo.
Ese demonio era… ¿un niño?
Confundida y realmente perdida, la mirada de la sacerdotisa por un momento se desvió hacia sus amigos y cuando vio como estos le asentían, confiados, algo en ella se removió.
Volvió a mirar al demonio 1, que no se había movido de su lugar.
—B-bueno…
Un nudo apareció en el estómago cuando advirtió el brillo que se mostró en sus ojos al escucharla. Parecía feliz y… esperanzado. No se le veía… malo…
¿Qué está pasando conmigo?, susurro una vocecilla en su cabeza.
El demonio 1 no esperó mucho. Aun acercándose de forma lenta y cuidadosa, sin dejar de mirarla ni un solo momento, para Kagome fue como si lo hiciera a pasos agigantados. Ella espero, con el corazón latiéndole a mil y su cuerpo se agarrotó cuando Shippo, o eso decía él, se detuvo a dos pasos de donde se encontraba ella sentada.
Parecía como si todo su alrededor (animales, personas, lugar) se hubiera puesto de acuerdo para contener la respiración. El silencio era sepulcral.
—Hace tiempo tú misma me lo explicaste— dijo el pequeño— En tu época hay una manera de presentarse y como sé que no me recuerdas… significa que debemos empezar a de cero. Y presentándose es la mejor manera de hacerlo.
Y mostrando una pequeña pero real sonrisa, extendió una de sus manos esperando a ser estrechada.
Kagome apenas pudo pensar.
De pronto, un chillido cortó el momento y cuando todos se quisieron dar cuenta, un demonio había aparecido de entre la maleza… y corría hacia la sacerdotisa.
Jo, jo, jo...
Las cosas avanzan... Poquito a poquito, pero algo lo hacen.
¿Cómo creéis que acabará todo esto?
