Naruto y sus personajes no me pertenecen.
Recuerdos.
.
Capítulo 3
.
.
El dolor más grande, no es otra cosa, sino la traición.
Naruto y yo somos muy diferentes. Nuestras personalidades dibujan un eje imaginario en paralelo, y como si de un par de imanes se tratara, conectamos gracias a nuestros lados opuestos.
Su vida ha sido igual de trágica que la mía, y sin embargo, parece que su pasado no interfiere en su peculiar optimismo; a diferencia mía, que me he estado reservado la mayor parte de mis emociones exclusivamente para mí.
Tras las advertencias insostenibles de mi padre, confieso que tomé el atrevimiento al invitar a mi amigo a la residencia Uchiha, donde pasábamos la mayor parte de las horas jugando videojuegos, luego se despedía cuando el reloj indicaba el atardecer. Fugaku nunca se enteró, y si lo hizo, no cumplió las amenazas que con tanta cólera profesó, posiblemente porque me aguardaba algo mucho peor.
Indiscutiblemente, Itachi y Naruto se conocieron; mi hermano fue tan amable como siempre, incluyéndose en nuestras pláticas y juegos, mezclando el humor de Naruto con algo especial de cada uno de nosotros.
Nosotros, porque éramos tres, y me encantaba como sonaba esa palabra y la vibración en mis labios al pronunciarla. Me llenaba de una rara felicidad que experimentaba con emoción.
Itachi, Naruto y yo. Nosotros.
—¡Qué asco! Yo nunca besaría a una niña —exclamó Naruto al momento que contraía su rostro en una mueca de total desagrado.
—Jaja, eso dices ahora porque eres todavía un niño, Naruto —la voz serena de Itachi personalizó la habitación.
—No entiendo, Itachi-nii, ¿qué tiene de especial una chica?
El susodicho me contempló con su mirada oscura, serio al principio pero después sonrió delicadamente.
—Sasuke, ¿no estamos ya algo grandes para que me sigas llamando de esa manera?
Naruto se descargó en un torrente de risas. Yo me avergoncé irreversiblemente, queriendo desaparecer como suaves gotas de rocío al evaporarse.
—De todas formas no te entiendo —me crucé de brazos, evitando ser presa de los ojos de mis acompañantes.
—Cuando tengan quince años y se enamoren de una linda chica, cobrarán el significado de lo que he dicho.
Cuánta razón tenía.
En aquellos días no comprendía lo que estar enamorado simbolizaba, mi falta de experiencia y mi corta edad me impedían hacerlo, razón por la cual no figuraba el frenesí de mi hermano. Itachi fue mucho más sociable de lo que yo en su momento, él no sufrió por problemas para formar vínculos con los demás jóvenes de su instituto, y de hecho llegué a conocer en persona a más de uno de sus amigos.
Por eso pudo encontrar a una linda chica y prenderse de ella. Respondía al nombre de Konan, alguien extraña de pies a cabeza, que disfrutaba tiñendo su cabello de colores poco comunes; incuestionablemente era linda, pero su aspecto hablaba más que su personalidad.
Con ella, Itachi compartió momentos únicos: su primer aliento, su primer beso, su primer amor, su primer todo.
Si Konan tenía el don de hacer feliz a la persona que yo más quería, entonces no tenía porqué opinar al respecto, únicamente aceptar que le correspondía con la misma intensidad. La apariencia no tiene boca para hablar, eso lo entendí cuando maduré.
El noviazgo de Itachi y Konan duró lo mismo que ver pasar un cometa en lo alto del cielo. Pronto comenzó a hacer falta la presencia de ella, se notó su ausencia en cada una de las conversaciones de Itachi, y su figura se disipó de los ojos de él.
Jamás me enteré de la verdadera razón por lo que ocurrió, él evitaba hablar de ello, pretendiendo que Konan nunca existió. Pero podría apostar mi vida y asegurar que Fugaku fue responsable de la separación de ellos dos, por sentido común pude deducir que esas fueron las circunstancias.
Las cosas entre mi padre y mi hermano se estaban consumando con demasiada frialdad. Itachi se metió a la boca del lobo, tratando de desafiar las leyes Uchiha ante sus propios métodos, como si la ruptura de su relación fuera la punta del iceberg que rompería con su paciencia. Indudablemente, Fugaku cometió el delito de inmiscuirse entre la persona que él amaba, y eso fue algo que Itachi no le perdonó.
Fue una noche cuando las cosas volverían a cambiar.
No recuerdo exactamente lo que yo estaba haciendo, ¿estaría tumbado en algún lugar de mi alcoba?, probablemente, ¿estaría leyendo? No lo sé.
Lo que no olvidaré es la expresión de Itachi. Casi corriendo hasta donde yo estaba, se presentó con el cabello largo azabache completamente desordenado, bañado en gruesas gotas de sudor, su ropa cubierta por una capa perceptible de polvo, expresando horror en las facciones entumidas de cada una de sus extremidades.
Había algo en él que me provocó una corriente eléctrica mezclada con miedo.
A eso sumado que pasaban más de la media noche y la Luna fue cubierta por la densidad de una nube, alimentando la oscuridad en todos los pasillos de la casa.
Fue realmente desagradable, algo traumatizante. Quisiera tener el recuerdo impreso para poder quemarlo y desaparecer las cenizas al viento, porque lo que sucedió esa noche me perturba a cada instante.
—S-s-Sa-Sasuke —tartamudeó. La palidez en su rostro aumentaba mi preocupación.
—Itachi, ¿qué tienes?
Se dejó caer sobre el piso, sentándose con los pies juntos al pecho y haciendo un grave intento por calmar su respiración.
—¡Es horrible! —ahogó un quejido inatendible, llevando sus brazos al rostro para cubrirlo.
—¿Qué cosa? —mi desesperación se hacía presente.
—Mamá…
—¿Mamá?
La confusión y la consternación estaban por apoderarse de mis nervios.
Itachi alargó uno de sus dedos señalando el sótano. Inmediatamente me asomé escaleras abajo a través de la penumbra. Tragué saliva, temeroso por la incomprensión.
—Está ahí…
Miré una vez más el lugar, sin entender claramente lo que trataba de decirme. Con pasos titubeantes comencé a proceder uno a uno los escalones.
Mientras bajaba, en mi mente sonó una cancioncilla lejana, creciendo maravillosa dentro de mí. Era una pieza perfecta, compuesta por varias notas que parecían provenir desde el paraíso, con un compás suave; pero mientras más me adentraba en aquel túnel, mientras más profundo me encontrara, la canción se volvía distinta. Lo que parecía ser algo romántico de pronto se distorsionaba en una melodía distante. El sonido era cada vez más tenebroso, como si aquellos ángeles que tocaban hubieran descendido hasta el infierno y ahora los demonios se burlaban de ellos.
El aire allí era escaso, empezaba a asfixiarme. Mis ojos, privados de toda luz, hacían un esfuerzo por ubicarse, y el sonido en mis pensamientos no ayudaban para cobrar la calma. Estaba asustado, pero la excitación me impedía parar, porque mientras más grande fuera mi miedo, más extraordinaria era la música.
Impulsado por ello, llegué hasta el suelo del recinto. Itachi había mencionado a nuestra madre, a Mikoto; no comprendería sus palabras hasta que viera con mis propios ojos lo que él vio. Escudriñé entre los bolsillos del pantalón hasta encontrar mi celular, cuando lo tuve en mis manos pude alumbrar con su linterna.
El tenue brillo formó espantosas sombras por cada rincón del lugar, no podría ver más allá que simples cajas abandonadas, no obstante, un pequeño olor desagradable se coló por mis fosas nasales. El aroma era tan nauseabundo que por poco conseguía vomitar. Me tapé con una mano la nariz, al mismo tiempo que usaba la otra para palpar a tientas, buscando el interruptor.
La canción estaba por llegar a su punto clímax, y cuando encendí la bombilla todo pareció inmovilizarse. La música se detuvo y por pequeños segundos mi corazón también.
Tuve que reprimir el grito que quería escapar de mi boca; asimismo, mis ojos se abrieron sorpresivamente ante la escena que tenía frente a mí.
—No… no es posible —la voz me salía en susurros cortados, y yo evitaba exhalar el horrible aroma.
Allí, ahí estaba mamá.
Una de las paredes del sótano estaba repleta de cientos de fotografías que exhibían a una sola mujer. Retratos que mostraban diferentes posiciones de ella.
Alegría. Tristeza. Enfado. Eran algunos de los sentimientos que se reflejaban en cada imagen.
Sostuve una de las fotos y me aseguré de contemplarla profundamente, podía ver a una dama de cabellera larga y oscura, ojos de un negro brillante y una piel pulcra. Muy hermosa. Supuestamente ella era mi madre, la señora que me dejó el día que nací.
Pero eso no era todo, en el piso se hallaban algunas cartas hechas en manuscrita que como destinatario se leía el nombre de Mikoto. Tal parece que nunca fueron enviadas, y no fue necesario leer alguna para darme cuenta de todo el dolor que contenían.
Más al fondo, pude descubrir frases sobre la pared, escritas en sangre. El mensaje era aterrador.
"He vivido todos estos años sin ti, es suficiente condena. No lo soporto, cada día siento que voy a enloquecer. ¿Por qué me abandonaste? Si yo te amé. He implorado, he orado, pero nada funciona. Dios me castiga de esta forma. Mikoto… regresa, vuelve a ser mía. Mikoto, ¿es acaso que huiste por nuestros hijos? Yo sería capaz de todo por tenerte conmigo, incluso de matarlos, si tú me lo pidieras".
Retrocedí instintivamente un par de pasos, con mi frente empapada por sudor frío. Uno de mis pies resbaló al pisar una sustancia espesa, de consistencia pegajosa. Era semen, y al parecer, todavía estaba fresco.
Al levantar la vista, me percaté que había manchas de semen por varios lados, inclusive, en algunas de las fotografías. Esa era la razón del porqué olía tan mal.
Para mí todo fue muy obvio. Fugaku estaba obsesionado.
No podía seguir estando allí. Pero antes de escapar, quería llevarme el recuerdo de mi madre, después de todo, esa fue la primera vez que conocí su rostro. Así que tomé una de las fotografías de la pared y la guardé en mi chaqueta.
—¿Qué haces aquí, hijo?
La sangre se me heló de solo escuchar su ronca voz. Mis piernas no reaccionaban a mis deseos, yo quería correr pero me fue imposible.
—Pa-pa-dre.
—Es una lástima que vieras esto.
Observé como se acercó a mí, completamente sereno. Rodeando mi cuerpo con la firmeza de sus pasos. Y yo, todavía incapaz de moverme, empecé a temblar.
—Seguramente pensarás que estoy loco.
Quise negarlo, decirle que no, pero no tenía voz.
—¡Dilo!
Gritó, esta vez lleno de odio.
—¿No puedes hablar?
¡Ni si quiera era capaz de parpadear!
—¿Me tienes miedo?
Tocó mi mentón, levantándolo sin cuidado para que pudiera verlo, infundiendo temor hasta las raíces del hueso.
No debí hacerlo, y sin embargo lo hice. Asentí silenciosamente, Fugaku me aterrorizaba, tanto que creí que las lágrimas caerían de mis ojos en cualquier momento.
Entonces, escuché de nuevo la música en mi mente, con el volumen tan alto que encendió mis oídos. Fruncí el entrecejo por la fuerza de la melodía en mi cerebro, y de no ser algo imaginario podría decir que casi me quedo sordo.
—Te enseñaré a no metertete donde no debes.
Apenas y pude escucharlo.
Fugaku elevó su puño contra mí y me golpeó directo en el estómago, provocando que escupiera saliva. Siguió arremetiendo sin importarle el daño que pudiera causarme… irónicamente, parecía que Fugaku me abofeteaba al ritmo de las notas, y casi carcajeo por lo ridículo que sonaba.
La canción se esfumó por completo cuando el rostro de Itachi se asomó por la puerta. Lo pude ver a través del dolor que corría por todo mi organismo.
Y no fue más grande el sufrimiento de los golpes de Fugaku que el sufrimiento que sentí al ver a Itachi sonreír.
.
Continuará
.
N/A:
¿Qué tal?
No saben cuánto amé escribir esto.
Ya muchos habían leído la parte donde Sasuke descubre el escondrijo de Fugaku, pero muchos otros no. ¿Qué les pareció?
Sé que en la versión anterior, Ino aparecía desde el capítulo 3, pero ahora las cosas van poco a poco.
¡Paciencia! Todo valdrá la pena... eso espero.
¡Gracias infinitas a quienes me dan animo y me poyan a seguir!
Gracias a Kunieda Hatake, Clary, paosu, Storm'sShadow, Proxy57 y Espiritu Salvaje.
Respondiendo comentarios Guest
. Clary: Gracias por tu apoyo, en verdad agradezco que estés tan al pendiente. A mí también me está gustando más está versión que la anterior, jaja, qué bueno que coincidimos :D
