Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece, todos los derechos están reservados por Masami Kurumada y la TOEI.
El Dolor del Destino
Capítulo 4: Dolor del destino
— ¿Eliminar a Pegaso? —preguntó el gran regente de los cielos.
Hera, quien se había alejado de su esposo y a la vez hermano, asintió firmemente ante la interrogante del dios supremo— Esa es la única opción que se me ocurre para que Athena entre en razón y empiece a comportarse como la diosa que es.
El dios más poderoso de todos los dioses del Olimpo consideró lo que su esposa le estaba diciendo. ¿Sería esa la mejor opción? ¿Realmente tendría que llegar a ese extremo? No es que realmente no quisiera hacerlo, estaba… muy tentado a a eliminar al ser que había sido capaz de cautivar el corazón de su Athena; pero… si lo hacía, seguramente su hija rompería en llanto debido a lo importante que ese caballero era para ella, y eso no era algo que él quisiera ver. Además de que habían hecho un trato…
Pero esta parecía haber roto aquel pacto que hizo con él sobre alejarse completamente del caballero de bronce. Se supone que su hija era una mujer de palabra, ¿qué habría pasado en esta ocasión para que rompiera dicho trato?
— Consideraría que no lo pensaras tanto, esposo mío —habló Hera, llamando la atención del supremo dios del Olimpo—. Nuestra pequeña Athena ya ha alcanzado su objetivo… —dijo viendo el jarrón con agua de nueva cuenta, la imagen aún no se había desvanecido. El gran dios se puso de pie y se acercó al jarro que contenía el líquido que servía como espejo para ver lo que sucedía.
Y fue entonces que la vio, ahí con él… apretada a él y compartiendo un intenso beso con el ex-caballero de sagitario y pegaso, quien se supone ella había exiliado del santuario, alejándolo así de su lado para siempre en esa vida.
Una furia enorme comenzó a crecer en Zeus, realmente estaba molesto, deseaba eliminar a ese hombre de la faz de la tierra. No había nada más que anhelara en ese momento.
— Pegaso… —pensó para sí Zeus mientras apretaba sus manos y formaba unos enormes puños, los cuales temblaban debido a la presión que este ejercía en ellas.
La diosa Hera se percató de la expresión en los ojos de su esposo y no pudo evitar sonreír complacidamente. Estaba logrando su objetivo. Si su dios eliminaba a ese humano, Athena sufriría… y no había nada más que ella deseara más que verla sufrir, observar su rostro siendo poseído por la desdicha y la desolación…
Posó su mano sobre el hombro de Zeus y habló…
— Hazlo… Elimina a Pegaso para siempre… —susurró en su oído de forma demandante, muy convincente.
Y siendo dominado por la rabia, el dios del trueno alzó uno de sus brazos y de la nada un enorme y poderoso rayo apareció en su mano, el cual fue sujetado con una fuerza infinita debido a la molestia y celos que en ese momento el dios regente de todos los dioses existentes sentía.
Miró una vez más la escena que el agua les mostraba, esa en donde estaban por darse nuevamente un beso los amantes, y ahí, estalló.
Lanzó al agua el enorme rayo y este traspasó infinidad de años luz a una velocidad increíblemente rápida, para así aparecer cerca del santuario y alertar a Saori y a Seiya, quienes se vieron interrumpidos por la cosmo energía que el rayo invisible de Zeus producía.
Y fue entonces que sucedió…
— ¡CUIDADO!
Sus ojos no podían dejar de soltar lágrimas mientras sostenía su cuerpo, el cual poco a poco iba perdiendo su calor. Cada vez que le dedicaba una mirada a su rostro, este se veía cada vez más y más pálido, su cálida cosmo energía también iba disminuyendo…
No, esto no era lo que se supone debía suceder… ¿Por qué? ¿Por qué siempre había algo que les impedía estar juntos? Maldita la hora en que su destino fue escrito...
Abrazó con más fuerza al ser que era su razón de existir y volvió a llorar amargamente, no sabía qué más hacer…
— No llores… —le dijo con voz débil—. Me parte el corazón… oírte así…
Abrazándose más al amor de su vida sin responder nada mientras seguía llorando… ¿Qué más podía hacer? El hospital más cercano estaba a unas cuantas horas de allí, y el recorrido no sería favorable para la profunda herida que el ataque le provocó, el cual por demás logró que sus ropas se mancharan de sangre debido a la enorme cantidad que esta salió de su herida.
¿Qué puedo hacer? ¡Por Dios qué puedo hacer! Mi cosmo no podrá ayudarle a curar esa herida… Por la cantidad de sangre puedo intuir que es extremadamente profunda, casi puedo jurar que lo que sea que fuera, atravesó su estomago por completo…
Maldición, no sé qué hacer…
No es justo…
El rostro de Hera se veía complacido, un resultado un poco rudo y tosco para su forma de ejecutar las cosas y algo que realmente no esperaba pero… no se podía quejar, de una u otra forma, ella estaba contenta con el resultado.
— Athena… —susurró el dios.
Hera miró de soslayo al gran dios que se encontraba a su lado, y la mirada que estaba vio en su rostro no le sorprendió para nada, de hecho le causó más gracia, pero no podía demostrarlo tal cual, sino, ella también se vería afectada por el estado emocional de su esposo.
Como pudo, cambió la expresión de su rostro a una más serena y volvió a hablar— Espero que con esto, Athena entienda su lugar… Me parte el corazón verla sufrir pero… creo que no había mejor forma de solucionar las cosas… —dijo ella, viendo con falsa tristeza la imagen que el agua les daba.
Espero con paciencia la respuesta de su esposo, pero lo único que obtuvo fue un completo y total silencio. Giró su rostro hacia él y se vio completamente sola, el dios había desaparecido del salón principal de todo el Olimpo.
Una nueva sonrisa se formó en sus labios y se cruzó de brazos. Realmente estaba contenta, no podía pedir mejor final para esta historia de amor que Athena y Pegaso estaba protagonizando.
— No es por nada Athena… Pero una buena historia de amor no es buena sin un final inesperado como este… —comentó para sí misma, sentándose en el descansa brazos del trono mientras continuaba viendo la agonía que se vivía en la Tierra—. Honestamente, no sé cómo es que has llegado a amar tanto a los humanos, pero me puedo dar una idea de qué fue lo que le viste al Pegaso de esta era… —dijo susurrante—. No tienes malos gustos querida hijastra, de verdad que no… —aceptó, antes de que una sonora carcajada saliera de su garganta.
Realmente, para ella, este sí que era un espectáculo digno de verse.
A pesar de que afuera de la pequeña cabaña todo estaba en calma, dentro de ella era todo lo contrario. Simplemente la paz no podía ser encontrada debido al inmenso dolor que ambos corazones sentían. De nueva cuenta estaban siendo separados, y ni siquiera habían podido disfrutar al máximo el amarse el uno al otro.
Sin duda alguna, los dioses los odiaban.
— Tengo frío… —susurró con debilidad.
Aquella frase logró que saliera de sus pensamientos. Finalmente, siendo capaz de controlarse un poco se separó de su cuerpo, y con una mirada llena de dolor habló por fin.
— ¿Por qué…? ¡¿Por qué lo hiciste?! —gritó con desesperación, olvidándose de lo demás.
La victima abrió sus ojos con pesar y le dedicó una débil sonrisa, mientras que con mucha dificultad alzaba su mano y tocaba su rostro con suavidad— Porque era lo mejor, así… tus preocupaciones desaparecerán, tu dolor también…
— ¡Eso no es cierto! —gritó con molestia—. ¡¿Cómo voy dejar de sufrir si te vas de mi lado?! —cristalinas lágrimas caían de sus ojos, no podía creer que esto estuviera sucediendo. Tomó la mano que estaba apoyada en su rostro con la propia y la apretó más a su mejilla, mientras que dejaba correr sus lágrimas sin importarle si alguien los veía o no debido a todo el escándalo que estaba haciendo.
Era muy probable que los demás caballeros o los guerreros que se encontraran cerca se asomaran… Aquellas cabañas no eran precisamente muy buenas para la privacidad.
— Por favor, no llores por mí…. —le pide—. Si lo haces, no podré irme con tranquilidad… —le dice, con una débil sonrisa—. Además… esto es lo que yo siempre quise… poder protegerte, cuidar de tu vida…
Apretó sus ojos con fuerza, dejando así más lágrimas correr por sus mejillas— Pero yo no quería esto… Te dije muchas veces que no te arriesgaras por mí, que estaba bien nuestra vida como estaba… —su voz comenzaba a volverse traicionera, parecía querer perderse en su garganta—. ¿Por qué nunca me haces caso…? —le pregunta, dejando que sus miradas se perdieran en la del otro.
No sabiendo bien qué decirle, lo único que atina a hacer es reír levemente a pesar del dolor— Lo siento…
— Un lo siento no cambia nada Saori. Estás… muriendo —le dijo él, siendo casi siendo incapaz de pronunciar la última palabra.
Pero antes de que siquiera la joven de cabellos lavanda pudiera responder algo, una nueva presencia en la habitación se hizo presente. Tanto Seiya como Saori vieron hacia la entrada de la cabaña, y no pudieron evitar sorprenderse por la visita que en ese momento no podía ser más inoportuna.
— ¿Qui-Quién eres…? —preguntó Seiya, aferrándose más al cuerpo de Saori, buscando protegerlo, no importándole que sus ropas se mancharan de sangre de igual menra.
— Padre… —susurró Saori con debilidad.
Ante aquella respuesta, Seiya no pudo evitar sorprenderse y quedarse mudo por unos instantes. Ese ser tan parecido a Mitsumasa Kido era… ¿Zeus? ¿El dios de dioses? ¿El más poderoso de todo el Olimpo?
¿El padre… de Athena, de su Saori?
— Athena… ¿qué has hecho? —le preguntó él, no prestándole mucha atención a Seiya en ese momento. Se acercó a ellos y se arrodilló frente a ella—. Explícame por qué has protegido a este humano…
Saori, quien apenas y podía mantener su respiración estable debido a la herida que cruzaba su estomago, respondió lo único que podía responder:
— Porque lo amo, padre…
Seiya no pudo evitar desviar un momento la mirada debido a la confesión de Saori, pero en vez de concentrarse en controlar el sonrojo que cubría su rostro, posó su mirada sobre Zeus, en ese dios que él tanto detestaba, pero que en estos momentos eso no importaba.
— Si eres su padre, entonces sálvala… —le dijo Seiya al dios, logrando así captar su atención—. ¡Si tanto dolor te causa verla así, entonces sálvala! —le gritó con desespero.
— Seiya, detente… —pidió Saori, quien había posado su débil mirada en su caballero.
Zeus no despegó su mirada del muchacho. Odio. Eso es lo que había en la mirada del dios, y Seiya podía ver ese sentimiento en sus peculiares ojos. Pero eso no importaba en estos momentos, incluso su juramento de plantarle un golpe en la cara no valía nada ahora mismo, él sólo quería salvar a Saori, verla bien… Eso era todo lo que quería.
— Fuiste tú quien debió morir…—susurró el dios poniéndose de pie—. Mi rayo iba contra ti —volvió a decir con furia—. ¡Es tu culpa que mi hija esté así, porque te ama tanto es que ella está muriendo ahora! —le grita con odio—. ¡De haberte ido una vez ella te lo ordenó nada de esto estaría pasando!
Seiya, quien no dejaba de pegar cada vez más a Saori a su cuerpo no dijo nada. Realmente el dios tenía razón, pero no estaba dispuesto a aceptarlo frente a él, no delante de la deidad que más detestaba en esos instantes por todo lo que los había hecho sufrir a Saori y a él desde la época del mito.
Las miradas tanto del dios como del ex-caballero se cruzaron; aguamarina y chocolate se enfrentaron duramente. Ambos amaban a la joven que yacía en los brazos del muchacho luchando por mantenerse un poco más con vida, y no estaban dispuestos a perder su amor.
— Una guerra de celosos… Santo cielo, qué divertido es esto… —rió Hera desde el descansa brazos, ella no había dejado de observar la situación en ningún momento.
— ¿Qué es lo que le parece tan gracioso, señora Hera? —preguntó una melodiosa voz.
Hera despegó por un momento la vista del jarrón, y así pudo ver a una hermosa doncella de melena rubia y bellos ojos dorados. Una diosa que ella reconoció de inmediato— Artemisa, diosa de la luna… Hija de Zeus y Leto… ¿A qué debemos tu preciosa visita a los aposentos de tu poderoso padre? —preguntó Hera con aburrimiento. No le agradaba mucho la presencia de una de las tantas hijas de su esposo, pero esta joven era indudablemente una de las que siempre había apoyado su palabra, por lo que no podía negarle una conversación decente.
La rubia diosa se acercó al trono de su padre y miró a Hera con evidente aburrimiento también.
— ¿En dónde está mi padre? —le preguntó a la otra diosa.
Hera al recordar la situación que se estaba viviendo en la Tierra y pegó sus ojos en el jarrón— Míralo por ti misma, pequeña Artemisa…
La diosa de la luna se vio realmente confundida por la actitud de Hera, pero decidió tan sólo guardar silencio y acercarse al jarrón que tanto interés despertaba en la diosa suprema, que además de ser su madrastra, era su tía, ya que era hermana de su padre.
Una vez estuvo al lado de la gran deidad, sus dorados ojos se posaron sobre el agua y allí pudo ver la trágica escena que Hera parecía ver con gozo. Más a diferencia de su madrastra, Artemisa vio con sorpresa todo aquello.
— Es mi padre y… Athena… —susurró la deidad virgen—. Y además uno de sus caballeros.
Hera asintió sin quitar la mirada del espectáculo— Así es, querida Artemisa, estamos presenciando una escena poco usual. Tu padre Zeus, mostrando toda su divinidad frente a un insignificante humano, tan sólo porque su hija predilecta… se está muriendo… —soltó ella con una carcajada.
Artemisa seguía observando la situación. Jamás se había llevado de las mil maravillas con Athena, su hermana menor, pero tampoco le hacía gracia verla a punto de morir y que para colmo, su madrastra estuviera feliz por ello.
Lo que más le sorprendió fue el hecho de que su padre se hubiese presentado frente a un humano. Le hubiera sido más sencillo tele-transportar a Athena para ayudarla a sanar. Pero cuando vio cómo su hermana sostenía las ropas del humano entendió que la situación no era como parecía.
— ¿Quién hirió a Athena, señora Hera? —le preguntó, viéndola de reojo—. ¿A caso habrá sido usted? —le preguntó dubitativa. Era bien sabido por todos que Hera odiaba a cada uno de los hijos de Zeus, incluso a ella, pero por alguna extraña razón… con ella era más cordial que con los demás.
Y sin duda alguna, Athena, era la hija que ella más odiaba.
Hera la miró de soslayo a Artemisa y rió nuevamente— Por supuesto que no cariño, fue tu mismísimo padre quien cometió ese error. Y ahora lo está pagando caro…
Ante tales palabras, Artemisa volvió a fijar sus orbes doradas sobre el jarrón para ver el desenlace de tal trágica escena.
La batalla que las mirada de Zeus y Seiya sostenían podía ser eterna, pero fue la misma joven de mirada azulada la que decidió dar fin a dicho enfrentamiento.
— Ya basta, padre… Seiya… —habló finalmente Saori, intentando por todos los medios no perder el aliento.
— ¡Saori / Athena! —gritaron ambos.
Saori sostuvo con fuerza la playera roja de Seiya se enderezó un poco, provocando que la herida se abriera más y le provocara más dolor, además de hacer que el sangrado aumentara, lo que naturalmente asustó al joven de mirada chocolate.
— ¡Por favor no te muevas…! —le rogó.
— Padre… —habló Saori, haciendo de cuenta que Seiya no le dirigió la palabra. El dios al escuchar su nombre posó sus ojos sobre su hija—. Padre… Seiya no… es culpable de nada —comenzó ella—. Fui yo, la que vino a verlo… A explicarle… de mejor manera las cosas…
Zeus, quien la observaba con seriedad le respondió— Ese no fue nuestro trato Athena.
— Nuestro, trato fue… que me alejaría de él… —empezó a decir—, que no volvería a verlo después de explicarle las cosas… Eso iba a hacer… —dijo ella—. Pero, no me supe, explicar bien… Y fue por eso, que vine a dejar todo, en claro, para que… todo, quedara aclarado… Ugh…
— Saori… —susurró el antiguo caballero.
— Pero te adelantaste… y pensaste mal de mi… Quisiste matar a Seiya… y eso es algo que jamás te iba a permitir… —volvió a decir, las fuerzas estaba yéndosele del cuerpo, le quedaba poco tiempo.
Zeus para ese momento estaba un poco más calmado, pero realmente se veía mucho dolor en sus ojos. Volvió a agacharse para poder ver mejor a su hija y alzó una de sus manos.
— Aún puedo salvarte… Te llevaré al Olimpo… —le dijo él, evadiendo completamente la reacción que el rostro de Seiya reflejó ante tales palabras. El caballero protector de Athena no estaba muy feliz por la idea de que Zeus se llevara a su más precioso tesoro lejos de él….
Pero sabía que era la única manera de salvarla, si él se la llevaba… seguramente estaría mucho mejor en el Olimpo. Y así cuando ella quisiera volver podría hacerlo, pero claro, no estando él más en el santuario.
— Vamos hija, es hora de irnos —con cuidado intentó tomar a Saori de los brazos de Seiya, quien aún a pesar de no querer hacerlo aflojó el agarre para que el dios pudiera cargarla. Pero sorpresivo fue para los dos el hecho de que Saori se apegara más a la ropa de Seiya, negando deliberadamente la ayuda de su padre—. A-Athena…
Saori negó levemente mientras su rostro dejaba ver una mueca de dolor infinita. No estaba dispuesta a irse, no lo haría. Si alguna vez quiso tener una prueba de que podía llegar a ser una humana… una mujer como todas a pesar de su condición de diosa, esta era, poder morir en los brazos del hombre que amaba era lo mejor que los dioses podían concederle…
Bueno, todos menos su padre, quien evidentemente no estaba de acuerdo con ella.
— No quiero…
— Sa-Saori, vamos… —alentó Seiya—. Ve con él, estarás mejor así… —le rogó.
Saori volvió a negar con la cabeza— No quiero, Seiya. Esta es… la primera vez que… —se detiene para poder tomar una bocanada de aire—, me siento como una mujer…. —confesa, sorprendiendo a los dos hombres en la habitación.
— Pero Saori…
— Athena…
— ¡Ya dije que no…! —exclamó Saori con dificultad, logrando así que, por su esfuerzo, la herida se abriera más. Zeus, impotente, se alejó un poco de su hija. Estos eran sus momentos finales, y sólo porque era ella… le daría un poco de privacidad con el hombre que él más odiaba.
Saori respiró con dificultad, le estaba empezando a hacer mucha falta. Realmente había sido un milagro que siguiera con vida hasta ese momento. Seiya podía sentir cómo es que ella batallaba para inhalar oxigeno, su cuerpo mismo se lo decía.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, las cuales habían parado un momento cuando Zeus llegó a su hogar, debido a que sabía que su fin estaba cerca y por la impotencia que sentía de convencer a Saori… ella siempre había sido extremadamente terca y caprichosa cuando de alguna decisión suya se trataba; a pesar de haberse ablandado y ser un poco más abierta a las opiniones de los demás… había ocasiones en las que su actitud de niña salía a flote, como ahora…
Pero esa era la Saori de la que él se había enamorado…
— Seiya… —llamó la joven, sacando así al muchacho de sus pensamientos. Posó sus chocolaticos ojos sobre su pálido rostro y la miró con atención. Ella sólo le dedicó otra débil sonrisa—. Seiya, quiero agradecerte… todo lo que, me has dado —empezó con dificultad—. Todos estos, años que pasé contigo… desde que éramos unos niños, fueron, muy bonitos…
Escuchar esas palabras le dio justo en el corazón del moreno. No, se estaba despidiendo.
— ¡No, detente…! ¡No te despidas Saori! —le rogó desesperado, su corazón estaba latiendo con mucha fuerza debido a lo que estaba presenciando.
Pareciendo no haberlo escuchado, siguió hablando con debilidad— Seiya, ¿sigues ahí…? Está más, obscuro de lo que, recuerdo… No te veo… —pronunció ella con temblor en la voz. Alzó una de sus manos con inmenso esfuerzo, como queriendo alcanzar o encontrar algo que le dijera que Seiya estaba cerca. El moreno tomó entonces su mano con fuerza y ella sonrió—. Aquí estás…
— Si… Aquí estoy… —susurró él con voz quebradiza, más lágrimas caían de sus orbes cafés.
Saori suspiró con dificultad pero jamás dejó de sonreír— Seiya, prométeme, que vivirás… —le suplicó—. Júrame que… serás, feliz… —rogó ella, dejando salir unas cuantas lágrimas de sus ya vacíos ojos azulados.
¿Ser feliz? ¿Sin ella? Eso era mucho pedir. Seiya no estaba seguro de que pudiera cumplir aquella petición, cosa que siempre intentaba, pero esto era demasiado.
¿Por qué tenía que pedirle algo tan imposible como ser feliz sin ella a su lado? De nuevo el lado egoísta de Saori salía a flote, pero esta vez no tenía pensado indagar mucho en eso, tan sólo… lo único que haría sería aprovechar esos últimos momentos que los dioses le estaban dando a su lado…
— Seiya, prométemelo… —volvió a rogarle con angustia en su rostro.
A pesar de que Saori no lo veía, Seiya asintió y sonrió con debilidad— Te lo prometo…
Gracias a esa respuesta, Saori pudo curvear nuevamente sus labios— Gracias… Seiya, te a-mo…
La mano que sostenía el caballero de pronto se volvió más pesada de lo usual, y fue en ese momento en que se dio cuenta… de que la joven que sostenía en sus brazos yacía con la cabeza ladeada y los ojos levemente entreabiertos; una imagen… que nunca quiso ver en su vida.
Con cuidado dejó la mano de Saori en el suelo y se encargó de cerrarle sus ojos, para que así diera la impresión al menos, de que finalmente descansaba después de tantas batallas… con una delicada sonrisa en sus labios.
La abrazó con fuerza mientras lloraba amargamente, se sentía peor que cuando perdía alguna batalla o un dios lo dejaba casi moribundo en el suelo cuando intentaba rescatar a su diosa de sus malignas manos. El dolor que ahora estaba sintiendo, no tenía comparación a ningún otro. La mujer que amaba había muerto, se había ido de su lado… y sólo por protegerlo, cosa que se suponía debía ser al revés.
— Athena… —susurró Zeus, no sabiendo bien cómo reaccionar en ese momento.
— Así que, finalmente se murió… —concluyó la diosa más poderosa del Olimpo—. Finalmente, esa chiquilla se fue, para siempre…
Artemisa, quien no se había alejado de su lado se quedó observando la escena con lágrimas en los ojos. Se lo había dicho, ella se lo había advertido a Athena cuando la visitó en aquella ocasión para pedir su ayuda para salvar precisamente a ese caballero por el que ahora dio su vida…
Miró a su madrasta de reojo pero no dijo nada. Seguía sin creer que tanto odio hubiera en su corazón como para alegrarse de tal forma por la muerte de uno de los suyos. ¿Qué no entendía que la vida de un dios era sumamente importante?
Ahora que recordaba… Se suponía que Athena era una diosa, lo que equivale a ser inmortal… incluso si su cuerpo humano muere ella regresaría al Olimpo. Pero lo que dijo Hera la dejó con la duda…
— ¿Por qué Athena no ha aparecido? Su cuerpo humano murió… Debería estar ya de vuelta en el Olimpo —dijo la diosa de la luna, llamando la atención de Hera, quien al procesar bien la pregunta de la deidad se echó a reír de nueva cuenta, logrando enfadar un poco a Artemisa—. ¿Qué es lo que le parece tan gracioso, señora Hera?
La diosa se calmó un poco en pos de explicarle a la deidad de la luna, lo que acababa de hacer su querido padre con su pequeña hermana— Ah, mi pequeña Artemisa, deberás esforzarte más de ahora en adelante para ser la favorita de tu padre.
— ¿Eh? —fue lo primero que atinó a decir la rubia—. ¿Qué quiere decir con eso? —interrogó—. Eso es imposible además, todos sabemos que la hija predilecta de mi gran padre es Athe-…
— Athena ya no existe —interrumpió abruptamente.
Artemisa se quedó callada, las palabras de su madrastra… definitivamente eran de difícil procesamiento. Cerró sus ojos con lentitud e intentó encontrarle la lógica a lo que acaba de escuchar.
— Señora Hera… ¿Qué…? ¿Qué quiere decir con eso…?
Los labios de Hera se curvearon mucho más, logrando así mostrar una sínica sonrisa— Pues verás…
Lloró y lloró fuertemente durante los siguientes minutos, no había nada que pudiera tranquilizarlo, había perdido la luz de su vida, su motivo de ser… lo que lo mantenía con vida. Aquella existencia que él mismo se había hecho la promesa de cuidar y proteger lo había dejado…
… se había ido.
— Saori, Saori… —dijo en susurros, intentando tranquilizarse, cosa que parecía imposible.
Se alejó un poco de ella y plantó un leve beso en su frente antes de pasar uno de sus brazos por debajo de las rodillas de la joven y cargarla, llevándola hacia la pequeña cama que hasta hace un rato él ocupaba.
La dejó con cuidado en su cama y puso con cuidado sus manos sobre su estomago, cubriendo lo mejor posible la herida mortal que había acabado con su vida en cuestión de minutos. Se dedicó a observarla por unos cuantos segundos, ahí tendida, sin hacer movimiento alguno… Desde la batalla con Abel jamás imaginó presenciar esa imagen de nuevo…
Pegó su cabeza sobre el brazo inerte de la joven y sollozó.
— Respóndeme algo… —habló Seiya con voz molesta.
Zeus, quien estaba de espaldas al pegaso, le respondió tajante:
— ¿Qué quieres, humano?
El mismo Seiya se sorprendió, no pensó que el mismísimo dios de los cielos se dignara a responder, tajante… pero responder a final de cuentas. Lo miró por sobre su hombro con sus rojos ojos, los cuales estaban irritados por tanto llorar, y preguntó lo que esperaba al menos le diera un alivio a su alma…
— Saori… Athena… ¿Ya se encuentra en el Olimpo…? —si la respuesta que Zeus le daba era la que deseaba, entonces la posibilidad de verla de nueva cuenta era muy probable, ya que él estaba destinado a protegerla por toda la eternidad, no importaba en qué era, en qué época… él siempre estaría ahí para ella.
Dicha interrogante sólo logró que Zeus finalmente bajara la cabeza y apretara sus puños con fuerza. Ese detalle no pasó desapercibido por el moreno.
El dios supremo soltó un suspiro y respondió: — Athena… ya no existe, ni volverá a existir en cualquier otra era que venga a partir de ahora…
— ¿Qué quieres decir con eso? —le preguntó levantándose rápidamente—. Explícate… —exigió el antes caballero mientras se acercaba a Zeus.
— Athena… por culpa de mi rayo… su existencia…. fue eliminada para siempre, ella no volverá a poner un pie en el Olimpo, ni en esta Tierra… JAMÁS.
Nada más terminó de hablar y sintió cómo es que el muchacho lo giraba con brusquedad y le plantó un fuerte golpe en su rostro, quedando este ladeado y dejando ver cómo un poco de sangre corría de su boca. La sorpresa en los ojos del regente de los cielos era notoria, ¿cómo no se percato de la presencia del muchacho detrás de él?
Sin duda alguna, la muerte de su hija, su error, le estaba cobrando caro.
— Espero… que estés contento Zeus… —le dijo Seiya con mucha rabia y lagrimas en sus ojos—. Gracias a ti, ambos hemos perdido lo más valioso que tenemos en nuestras vidas… La agonía que viviremos por su ausencia será eterna…
Zeus tan sólo escuchaba las palabras del pegaso, no teniendo intensiones de moverse un solo centímetro.
— Este es nuestro castigo. El mío, por amarla más de lo debido, por anhelarla más de lo que se me tenía permitido… —confiesa él, alejando su puño del rostro del dios—. Y el tuyo… —se gira y se dirige de nuevo al lado de Saori—. Y el tuyo, ser un padre celoso… que no le permitió a su hija encontrar la felicidad —y dicho esto no volvió a hablar y se centró en observar el cuerpo de Saori. Buscó algún pañuelo entre sus ropas o sus cosas, y al encontrarlo se dedicó a limpiar los rastros de sangre que había en el rostro de su amada, no quería recordarla manchada de aquel liquido color carmín.
El dios regente de los cielos simplemente guardó silencio mientras observaba aquella escena que él mismo había causado.
Era extraño, se sentía realmente mal por lo que sus ojos le mostraban… Eso jamás había ocurrido con alguno de sus hijos… Bueno, tampoco es que hubiera muerto alguno pero… aquel sentimiento de impotencia… nunca, definitivamente ni uno sólo de su descendencia había logrado causar que el gran Zeus… fuera presa de lo que ellos decían que hacia débiles a los humanos…
Los tan odiados sentimientos humanos conocidos como: El arrepentimiento, el dolor… la tristeza…
Corrió la mirada. No soportaba ver a Athena así, recostada en aquella cama sin la posibilidad de volver a abrir sus ojos. Pensar si quiera que ni siquiera volviera a verla en el Olimpo por su culpa era… desgarrador.
De haber contenido su furia, de esperar a que su hija terminara de despedirse del hombre que ella amaba para no volver a verlo jamás… nada de esto estaría pasando. Si tan...Si tan sólo no hubiera escuchado lo que Hera le dijo….
— Hera… —susurró el gran dios con evidente enojo.
Apretó de nueva cuenta sus puños y su cuerpo comenzó a iluminarse. Se dio la vuelta y miró por sobre su hombro al joven al que muchas veces le deseo la muerte.
— Seiya de pegaso —habló, llamando la atención de Seiya. Sus miradas volvieron a encontrarse de nueva cuenta por unos instantes, antes de que Zeus corriera su mirada de nuevo—. Cumple tu promesa…
Y así tan rápido como llegó, se marchó, dejando a Seiya finalmente sólo con su princesa mientras veía con seriedad el lugar en donde había estado parado el gran dios de todos los cielos, el más poderoso.
Posó de nueva cuenta su mirada en la doncella que dormía ahora para siempre y acarició sus cabellos con delicadeza, procurando no arrancarle ni uno solo en el proceso.
— Te prometo… que intentaré cumplir lo que te prometí… —le susurró con dolor mientras delineaba su rostro con lentitud.
En ese momento sintió cómo es que cinco cosmos se iban acercando a su hogar. Suspiró con pesar y se levantó. Ahora venía lo más difícil para él…
… rememorar todo al contar su historia.
Suki: Ok, ehm. Bueno, aquí está el capítulo 4. Espero que les haya gustado. En sí, este es el final de la historia, pero aún falta un capítulo más; ¿con qué les vendré? No sé. Pero a ver, pregunta: ¿Cuántos pensaron que Seiya fue el herido? ¿Cuántos pensaron que fue Saori? Me gustaría saberlo en sus reviews. Agradezco a todos los que hasta el momento me han dejado uno, por cierto.
.
.
.
Suki90, presentó.
Y tú, ¿has sentido el poder del cosmos?
