Rogue estaba sentada en ese círculo de amigos, en el suelo de la habitación. Mordía su labio inferior con nerviosismo, jugaba con sus dedos enguantados y hacía un gran esfuerzo por no llorar.

Los chicos habían contado cada pequeño detalle sobre lo ocurrido con el fugado John.

Ya nadie estaba pensando en proteger a nadie, solo se auto-compadecían por su equivocación.

En la habitación, el ambiente era inundado por un silencio incómodo. Jubilee había detenido su sollozo, luego del quiebre que sufrió al notar su enorme error. Kitty sorbía su nariz, periódicamente, en el mayor disimulo del que era capaz. Peter cubría su cuerpo de platino y daba marcha atrás, cada pocos segundos; tal y como alguien que juega con el botón de su bolígrafo; como si eso lo calmara. Bobby seguía en una especie de estupor. "No llores, no llores" —se repetía el rubio, mentalmente.

Ninguno se atrevía a siquiera moverse por temor a perder el control de sí mismos, otra vez.


—¡Hey, ahí estás! —exclamó un tipo grande de cabello castaño, cuando divisó a Wanda, caminando hacia él y un muchacho de cabello plata; que balaceaba su peso desde los talones hasta la punta de los pies, rítmicamente, sin girarse a mirar, sus brazos cruzados sobre su pecho— ¿Ves? Te dije que ya regresaría —le dijo al chico que seguía de espaldas, pareciendo desear apaciguarlo.

—¿Me extrañaron? Ya lo sabía —replicó Wanda. Bromista, sin parecer molestarse en que los muchachos la vieran aún enredando los dedos de su mano en los de John; siendo un chico que no conocían.

—Tu hermano estaba a punto de correr para buscarte —le aseguró el castaño, despreocupado y con una gran sonrisa.

A John le parecían demasiado alegres, demasiado despreocupados, demasiado en contraste a como él se sentía.

—Él quiere correr por todo.

—¡No es cierto! —le dijo el muchacho de cabello plata, girándose sobre sus talones para mirarla. Parecía molesto, con un pequeño puchero en los labios—. Es solo que te fuiste, como si todos pudiéramos leer mentes y saber a dónde te irías —reclamó enfurruñado, hablando demasiado a prisa.

—Relájate —le pidió con fastidio—. Solo fueron dos minutos… ¡Además puedo cuidarme sola!

—Solo cuando controlas tus dones.

—¿Tienes algo que decir sobre el control de mis dones? —pareció retarlo. Y John pensó que no había sido buena idea seguir a esa pelirroja, mientras bebía el último sorbo de su bebida. Vio un destello rojizo emanando de los dedos de ella.

—¡Oigan, oigan, ya basta! —les pidió el grandote, levantando las manos en un pedido de paz—. No me obliguen a hacer temblar el suelo. —Quizás no tan pacifico—. ¿Quién es el chico, Wanda? —pidió, tratando de desviar el tema de discusión.

—Él es Pyro —lo presentó, recuperando la amplia sonrisa—. O John, como quieran —agregó, pero cuando recibió una mirada de reproche del pirómano, ella continuó, solo para él—. ¡Juro que lo leí antes de que me pidieras que no lo hiciera más! —sostuvo inocente.

—¿Saliste a reclutar idiotas? —cuestionó Pietro, aún molesto.

—¿Tú saliste solo para fastidiar? —replicó la niña, cruzando los brazos sobre su pecho, imitando el gesto del otro.

John seguía observando en silencio, haciendo lo que podía para no insultar al chico de cabello plateado. No era cortesía, era solo reglas de las calles: no llegabas a un grupo nuevo, jugando el papel de ganador. Hacerlo, sería ganarse un boleto a que te jodan.

—Así que… —el grandote levantó la voz, acercándose a John, quizás en un intento por interrumpir la discusión de los otros dos— ¿Pyro? ¿De qué va tu don? —Una sonrisa amigable surcaba su rostro.

John lo observó con las cejas arqueadas, sin responder. Solo fueron dos segundos, lo que pareció el tiempo suficiente para que el chico de cabello de plata olvidara la discusión con la chica, comprendiera la falta de respuesta y se impacientara por ella.

—Soy Pietro —comenzó a parlotear. Él no sonaba amigable, solo despreocupado e impaciente—. Soy el hermano de Wanda. También puedes llamarme QuickSilver. Él es Dominik —continuó señalando al grandote—. Su verdadero nombre es Avalancha —y no se detuvo, a pesar de que John lo mirara, esperando una explicación sobre eso de su verdadero nombre—. Ya no estás en desventaja ¿Ahora nos dirás cuál es tu don? Aunque asumo que tiene que ver con piroquinesis.

—Pietro es rápido —dijo Avalancha, cuando John se notó reticente a responder. Nada estaba siendo como se suponía. Él había ido sólo a ese lugar, esperando pasar el rato y olvidar que no tenía a los amigos que creyó. Nunca estuvo en sus planes hacer sociales más profundas que un hey, bebamos cerveza, fumemos un cigarro, adiós, hasta nunca—. Es decir, muy rápido —recalcó—. Yo creo terremotos con estas bellezas —explicó enseñando las palmas de sus manos.

—Manipulo el fuego —replicó John, luego de un asentimiento de cabeza y un análisis rápido que concluyó en que le daba igual que alguien supiera sobre su don. Había quemado a idiotas por tonterías como tocar su mechero, podría hacerlo otra vez, si necesitaba huir de ahí. No sería la primera vez.

Los chicos sonreían, como si John solo les contara a qué escuela iba o de dónde era.

—Tu camiseta es genial ¿en dónde la conseguiste? —preguntó Pietro, siguiendo la plática. Tamborileaba los dedos, en el borde de los bolsillos del pantalón, que guardaban sus pulgares.

John pensaba que necesitaba regular su medicamento para la hiperactividad, cuando respondió frío y relajado:

—Por allá hay un pequeño puesto. —Señaló hacía la derecha—. Junto a un puesto de perros calientes… —no terminó de explicar, cuando Pietro se volvió un borrón plata y pareció haber aparecido una camiseta negra, por arte de magia, en lugar de la gris que llevaba antes.

—Me agrada —dijo Avalancha, ignorando que John miraba de lado a lado, buscando a alguien que hubiera visto lo que acababa de ocurrir. Era un alumno del Instituto Xavier después de todo, no importaba cuán despreocupado y enfadado estuviera, seguía viviendo bajo esas reglas estúpidas de ocultarse y no alardear sobre sus dones—. ¿Qué tal una para tu viejo amigo Nick y otra cerveza?

Otra vez, el borrón, un pequeño silbido y ahí estaba QuickSilver con una camiseta negra en una mano y un vaso de plástico rojo en la otra.

Pyro sonrió. No pudo evitarlo. Porque no había miedo, no había extremo cuidado. Esos chicos parecían tan tranquilos sobre lo que eran, tan seguros de su identidad. Wanda no manejaba todos esos código éticos de mierda de telépatas que Xavier profesaba, Pietro no dudaba en usar su velocidad para obtener lo que quería (porque vamos, no había pagado por nada de eso) y Dominik no ocultaba su enorme sonrisa ante el obsequio que recibía de la mano del velocista.

Esos chicos, eran todo lo que John siempre fue. Eran lo que Pyro intentaba ser, siendo castigado por ello.

—Así que… —comenzó Wanda, dando un saltito para que los varones la oyeran, Avalancha se ponía su nueva camiseta y Pietro bebía un sorbo de su bebida— hoy es el cumpleaños de John y sus amigos son unos completos idiotas ¡Lo dejaron varado, solo porque una cobarde temía herir a alguien con su don! —profirió un gritito horrorizado que, seguramente, nadie a su alrededor oiría.

—¿Temía herir a alguien? —cuestionó Avalancha, con algo así como la incredulidad, antes de que John le reprochara a Wanda por estar derramando sus pensamientos.

—Oh, no lo sé, en realidad —aceptó tontamente— ¿A qué le tiene miedo, John? —le pidió mirándolo con las cejas arqueadas. Había algo muy inocente en su mirada, por lo que el pirómano optó por ignorar el hecho de que ella siguiera en plan de telépata sin ética.

—Su don funciona ante el toque de su piel. Absorbe la energía vital o algo así —replicó con un encogimiento de hombros. Su mirada se paseó por ella y Avalancha, pasando por un distraído Pietro; quien rebotaba en su lugar, pareciendo incapaz de permanecer quieto—. No lo controla, teme tocar a alguien y matarlo… —continuó, bajando la voz conforme hablaba—. Es una idiota —concluyó con el resentimiento flotando en sus palabras.

—¿Eso qué tiene que ver con que estés aquí sólo? —preguntó Pietro, cuando le extendía el vaso a Avalancha—. Ella es una cobarde y una traidora. Pero tienes otros amigos ¿no? ¿Por qué ellos no están aquí emborrachándose contigo? —parloteaba apresurado sin detenerse a respirar.

John permaneció con la mejor expresión en blanco que pudo inventarse, para no dejar entrever el dolor ante lo obvio que apuntaba el velocista.

—Ellos no querían que se sintiera mal —sostuvo, agradeciendo que Avalancha le extendiera el vaso para beber un sorbo y aclarar su garganta—. Son unos niños buenos…

—Son unos idiotas —Wanda lo corrigió, pareciendo realmente enfadada con esos chicos que no conocía más allá del pequeño saqueo a la memoria de Pyro.

—Y unos traidores —acotó Dominik.

—Los hermanos debemos estar unidos —ese fue Pietro—. No importa el miedo, no importa el odio humano. —Y no importaba todo lo bien que se sintiera que alguien estuviera dándole la razón a John. Él seguía sintiendo que era una mierda—. ¿Pero sabes qué es genial? —cuestionó tácitamente, con una enorme sonrisa que parecía destilar simpatía—. Estamos aquí, Pyro. Y te daremos una maldita celebración de cumpleaños, como cualquier ser superior se merece.

Otra vez, un borrón y QuickSilver traía tres vasos rojos esta vez; incluso más rápido de lo que John parpadeaba y los otros dos mutantes sonreían cómplices ante la afirmación del velocista. Wanda y Dominik tomaron un vaso cada uno.

—Esta noche será épica —aseguró Dominik, levantando el vaso, justo en el centro del circulo que formaban, para invitar a los demás a brindar.

—Dalo por hecho —replicó Wanda, mientras todos estrellaban los vasos entre sí, para luego beber un largo sorbo.

John sonrió falsamente: el papel arrogante y seductor para pasar el rato con los chicos malos en las calles. Él no estaba seguro de lo que prometían esos chicos. No importaba lo bonito y esperanzador. No importaban las buenas intenciones. Él dio una oportunidad a todos esas estupideces ese día, a pesar de saber que no debía y que nada bueno obtendría. No volvería a cometer el mismo error. A él no le pasaban cosas buenas, nunca, sin excepción.


—Lo lamento… —masculló Rogue; sin levantar la mirada de sus dedos; interrumpiendo el espeso silencio—. Siento ser una cobarde y arruinar la noche.

—Lamento ser una idiota y no haber enviado todo al diablo para hacer feliz a mi amigo —replicó Jubilee, en un tono molesto que todos sabían, iba dirigido a ella misma.

Bobby comenzó a pasear su mirada por el suelo, solo para ignorar un poco todo esa escena patética que el mismo Pyro se encargaría de señalar como un montón de mierda. Las entradas que no serían usadas estaban dispersas en el suelo, en el mismo lugar en que John las había arrojado, en el gesto con más desprecio que el rubio creyó ver en su corta vida. Un váyanse a la mierda claro como el agua.

Le habían fallado a su amigo. Sí, lo hicieron. Sí, se habían justificado egoístamente, en lugar de pedir perdón. Habían puesto a uno de sus amigos por sobre el otro. Se habían equivocado en grande.

Eran unos malditos idiotas. Jubilee no pudo calificarlos mejor.

—Realmente merezco una charla en la que el Profesor me recuerde la importancia de ayudar a quien lo necesite —comentó Peter, de carne y hueso—. John siempre necesitó ayuda para no sentirse solo.

—Un cumpleaños sólo… —murmuró Kitty—. Es verdad, no sé lo que es eso… —decía como si confesara un pecado grave. Como si darle la razón a John solucionara algo.

Bobby apenas oía los murmullos culpables de sus amigos, pensando en que estaba sentado en el suelo de su habitación, mientras su amigo, el cual estaba en medio de su fecha de cumpleaños, estaba sólo en lo que podría ser la mejor noche de sus vidas.

¿Qué estaban haciendo?

—Peter ¿tienes las llaves de Scott? —pidió de repente, en medio de un brinco, sin percatarse de que había interrumpido a alguien en medio de una frase.

El grandulón dudó un poco, en medio de la sorpresa, antes de palmear el bolsillo de su pantalón y sacar con dificultad las pequeñas llaves, enseñándoselas al rubio.

—Perfecto, vamos —informó, poniéndose de pie, a pesar del dolor de sus piernas entumidas, debido al tiempo que llevaba sentado.

Los demás niños lo observaban como si temieran por su salud mental. Y él lo sabía, era extraño que el niño rubio que parecía catatónico de repente saltara con una energía que nadie comprendía de dónde salía.

—¿Bobby…? —trató de preguntar Rogue.

—No sé qué hacemos aquí —dijo él—. Debemos ir a ese concierto, ahora.

—¿Te volviste loco, Iceman? —cuestionó Jubilee, en un tono que denotaba un insulto tácito.

—No, estoy muy seguro de esto —replicó firme—. Es el cumpleaños de John, y estamos aquí culpándonos por un estúpido error, en vez de en el concierto de Rage against de machine ¡Nos estamos perdiendo la mejor fiesta de cumpleaños de la vida! —exclamó como si fuera lo más obvio del mundo. Reuniendo seguridad con cada una de sus palabras, cuando veía nacer sonrisas suaves de los demás niños, exceptuando a Jubilee.

—¿Qué estás pensando? —escupió desdeñosa— ¿Crees que John solo te perdonará y dirá vamos por un trago, amigo? Lo jodimos en grande.

—Lo sé —aceptó sin perder el ímpetu—. Todos lo sabemos. Y sabemos que John nos mandará al diablo, luego de amenazar con quemarnos. Pero también sé que John nunca nos hizo las cosas fáciles para ser sus amigos —les recordaba—. No podemos solo fallarle y quedarnos aquí. Aún podemos remediar las cosas. Debemos decirle a John que lo sentimos, y debemos hacerlo justo ahora, en su cumpleaños.

Y quizás el miedo estaba invadiendo a Bobby cuando concluyó lo que había sido su mejor argumento y ninguno de sus oyentes estaba reaccionando a ello, hasta que Rogue se puso de pie, siendo el motivo de sorpresa del rubio.

—¿Rogue? —masculló en shock.

—John fue el motivo de mi primera risa en este lugar —se explicó ella—. Debo devolverle ese favor.

Bobby sonrió ampliamente en respuesta. De verdad, esa chica era genial.

Kitty fue la siguiente en ponerse de pie.

—No viviré en un mundo en que St. John Allerdyce tenga razón —trató de sonar graciosa a pesar de que su voz sonó gangosa debido al llanto silencioso que seguía intentando ocultar—. Hay que demostrarle que tiene amigos, que lo queremos y tendrá un cumpleaños con gente que lo quiere feliz.

Apenas terminó, Peter balanceó su peso, irguiéndose de pie, con la misma sonrisa que los más pequeños compartían.

—No tengo nada qué agregar —pareció disculparse—. Yo conduzco —dijo agitando las llaves del auto en una mano.

Luego, inevitablemente, las miradas recayeron en Jubilee, aún sentada en el suelo, con la sorpresa y un dejo triste en sus ojos negros.

—¿Saben que quizás nos insulte de la peor manera que alguna vez hayan escuchado, no nos perdone y nos siga odiando por siempre, porque nos lo merecemos? —preguntó.

—Sí, lo sabemos —le aseguró Bobby, quien apenas terminó la frase, extendió su mano para que ella la aceptara.

Tres segundos eternos y un suspiro rendido de la pirotécnica, antes de aceptar el ofrecimiento y dejarse tirar sobre sus pies.

—Vamos a rogar perdón —concluyó, ya de pie.

—Vamos a remediar nuestro error —la corrigió Bobby con una sonrisa apacible marca registrada de la mascota de la clase. Porque no importaba cuanto le fastidiara que John se lo recalcara, todos; incluso él mismo; sabían que el rubio tenía ese lugar.

Luego salieron disparados hacia el garaje, para tomar rumbo al concierto que ya debería haber comenzado.


Nota: Debo aclarar que tomé aAvalancha (Dominik) de los comics. Ahí es grande y de cabello castaño. Además, es el mejor amigo de Pyro, en la Hermandad. Va seguir desarrollándose y verán qué pasa.

¡Apareció QuickSilver también! Y bueno... Pyro topándose con la Hermandad, eso puede dejar alguna opinión desde quien lea, alguna especulación o cualquier cosa, ya saben que pueden escribir en la cajita de comentarios y yo responderé.

Nos leemos. Be free, be happy.