Glee no me pertenece. Lost Girl tampoco.
Todos los derechos a Fox y Ryan Murphy. A Showcase y Michelle Lovretta. Respectivamente.
Libertad.
La oscuridad del pasillo por el cual esa tal Quinn la llevaba comenzaba a angustiarla, parecía que nunca iba a terminar. A lo lejos escuchaba vítores, gritos, abucheos; un sinfín de ruidos extraños provenientes de una gran multitud. Jadeó cuando el miedo le recorrió la espina dorsal y se detuvo bruscamente, haciendo que Quinn chocara contra su espalda y gruñera molesta.
—Muévete. —Fue la seca orden de la rubia que volvió a empujarla para que continuara caminando.
¿Cómo era posible que alguien tan lindo fuera tan idiota? Inmensamente idiota. Ese pensamiento distrajo a Rachel de su temor, sólo por un momento.
Siguió caminando, más bien, siendo obligada a caminar, mientras su mente preparaba a su cuerpo para lo que sea que estuviera a punto de ocurrir. Rememoró todas aquellas ocasiones en las que se había librado del peligro, de una u otra forma, y se sintió más tranquila, tranquilidad que se esfumó cuando los ruidos se escucharon con absoluta claridad, con tanta claridad que la ensordecieron. Habían llegado.
Quinn empujó una pesada puerta de madera que dio paso a un rústico y amplio lugar, al parecer, se encontraban en alguna parte previa al gran escenario donde "tendría que luchar". En cuanto la rubia, que no había cedido en la fuerza de su agarre, la liberó de las esposas, Rachel caminó en dirección al ruido de la muchedumbre, dispuesta a enfrentar lo que sea que le esperara al doblar la esquina.
Pero algo la detuvo.
Se sorprendió cuando sintió el suave agarre de la mano de Quinn en su muñeca, no porque la estuviera deteniendo, sino por la suavidad con la que lo hacía. Tal vez la chica sí podía ser amable.
—Bésame. —Le escuchó decir y sus ojos se abrieron de par en par.
El ceño de Rachel se frunció y su boca se abrió y se cerró varias veces para decir algo que nunca logró salir, hasta que volvió a recuperar la compostura.
—¡No! —Exclamó por fin. —¿Por qué tendría que besarte? —Preguntó a la defensiva.
La expresión neutral en el rostro de Quinn la confundía, pero más la confundía la expresión de preocupación en sus ojos. Genuina preocupación.
—Escúchame, Rachel. —Habló Quinn, tomándola por los hombros. —No tienes idea de lo que te espera en esa arena, todos los fae tienen un entrenamiento previo para pasar esto y tú estás aquí, sin haberlo tenido, y tendrás que luchar sí o sí, o te matarán. —La voz de Quinn nunca perdió su firmeza, pero sus ojos denotaban otra cosa, otra cosa que tenía a Rachel perpleja. —Así que bésame y toma todo lo que necesites, tienes que estar lo suficientemente fuerte.
Rachel se paralizó. ¿Quinn quería que la drenara? Ni loca, se había prometido que no más crímenes, no más desde que ese muchacho, Kurt, le había dicho que había una forma de evitarlo.
—Te voy a matar. —Susurró Rachel, insegura, y sintió como sus manos temblaban.
—No lo harás. —Quinn tomó el rostro de la morena entre sus manos, escudriñando su alma a través de sus ojos y la besó.
Rachel jadeó en el beso. Primero, sintiendo de forma humana: la suavidad de los labios de Quinn, el sabor a té helado de durazno que desprendía su aliento, la calidez de sus manos en su rostro. Luego, de forma fae: La posesividad de lo que sea que fuera la rubia, la necesidad que le provocaba y, finalmente, lo poderosa que comenzaba a sentirse a base de su deseo.
Apartó las manos de Quinn con un azote de sus brazos y la tomó por la solapa de la blusa, embriagada por la sensación y el placer, y la estampó bruscamente contra la pared de madera. Perdió sus dedos entre su corto y desordenado cabello, jalándola hacia ella sin piedad mientras en el beso aspiraba su aliento, extrayendo toda la energía sexual que podía obtener, toda la energía sexual que se creaba entre ellas.
De pronto, un gruñido profundo, lleno de molestia, y un par de manos fuertes la detuvieron, alejándola varios pasos con brusquedad. Pero a Rachel no le importó, se sentía invencible.
—¡Wow! ¡¿Sentiste eso?! —Exclamó extasiada, mirando a Quinn que se retorcía ligeramente y luego apoyaba sus manos en sus rodillas. Se hubiese preocupado, pero la sensación que recorría su cuerpo era demasiado abrumadora. —¡Fue como tener todo el cuatro de Julio en mi boca!
Quinn asintió, ya completamente recuperada, o eso era lo que aparentaba, y luego tomó a Rachel de los hombros otra vez.
—Enfócate, Rachel. —Su tono seco y firme había vuelto.
—Nunca nadie me había detenido. —Susurró Rachel, de pronto, dándose cuenta de que Quinn lo había hecho.
—Eso es porque siempre te has alimentado de seres inferiores, de humanos. —Informó Quinn con la solemnidad de una enciclopedia. —Pero eso ahora mismo no importa, importa que debes luchar, mantenerte con vida cueste lo que cueste, ¿está claro?
Rachel asintió, volviendo a preocuparse.
—Mira —Continuó la rubia. —Vas a luchar con Infrafaes, son los tipos de fae que por su aspecto físico no pueden mezclarse fácilmente en el mundo humano como nosotros, por lo tanto se mantienen escondidos. —Explicó Quinn mientras Rachel la observaba con una mezcla de atención y fascinación. —Son fuertes, muy fuertes. Posiblemente, del doble o triple de tu tamaño, pero esa es una ventaja. Que seas más pequeña hace que seas más ágil, pero eso ellos no lo saben y te van a subestimar. Aprovéchalo.
Rachel volvió a asentir, de alguna forma, la seguridad en las palabras de Quinn le dieron confianza y coraje. Le sonrió ligeramente, como si quisiera darle esa sonrisa pero sin saber si la rubia la recibiría de forma amable. Al final, sólo se limitó a asentir una vez más, respirar hondo y darse la vuelta para caminar hacia la arena que la esperaba.
Quinn la guio con su mano en la parte baja de su espalda y cuando apareció por uno de los costados, los vítores y abucheos del público se hicieron incesantes. Respiró hondo una vez más y lo último que escuchó por parte de Quinn fue un suave susurro: "Mantente con vida."
De pronto, un solo gesto del Ash, aquel hombre afroamericano poderoso y pacífico, detuvo los ruidos de la gente que estaba ubicada en una especie de altillo que rodeaba toda la arena. Tenía todas las miradas encima, pero eso no era nada nuevo.
Lo que fue nuevo, fue aquel monstruo que vio aparecer. Lo miró, horrorizada por un momento, pero sin dejar que el temor saliera por sus poros, ni se reflejara en su rostro. Apretó su mandíbula y recorrió al gigante frente a ella. Quinn tenía razón, era dos o tres veces su tamaño, tanto de alto como de ancho. Musculoso, con grietas y cicatrices en su piel; tenía los ojos desproporcionados en tamaño y forma, y de su mandíbula inferior salían dos enormes colmillos, como los de un jabalí. Caminaba de un lado a otro por el sector de la arena que le correspondía, vestía un taparrabos, unas pesadas botas de cuero y un cinto que cruzaba en diagonal su abdomen, desde uno de sus hombros. También portaba una especie de machete que azotaba al aire mientras la miraba con… ¿hambre? Esa sensación hizo que Rachel tragara saliva con dificultad.
—A tu derecha tienes tus armas —Le informó el Ash, de repente, con esa voz profunda y rasposa, sacándola de su análisis. —Pero sólo puedes elegir una de ellas para luchar. Escoge sabiamente.
Rachel observó de inmediato a su derecha y vio un panel de madera con una cantidad enorme de armas, todas sostenidas por una cinta de cuero clavada a él. Miró detenidamente el panel durante unos segundos y luego tomó una pareja de dagas que se encontraban juntas. Era cierto, eran el arma más pequeña, pero ella también era pequeña. Y cuanto más pequeña, más la subestimaría el monstruo.
"Aprovéchalo" la voz de Quinn susurró en su cabeza e inspiró antes de dar un paso hacia adelante. Aceptando el reto de batalla.
(…)
—Bien, bien. Ya estás aquí. Concéntrate, López. —La latina se daba fuerzas de la nada con su dramático monólogo mientras caminaba a paso apresurado para no estar a la vista de nadie.
La verdad, es que estuvo observando todo durante media hora. Los autos que entraban, la clase de gente que pasaba por el lugar, la que entraba en él y por fin, pudo reconocer su primer objetivo.
En la entrada del espacioso lugar había un guardia que permitía entrar sólo a cierto grupo de gente, todos con enormes y potentes autos, con el aspecto de estar blindados, así que en cuanto divisó uno más de esos, corrió hasta él al verlo detenido junto al guardia y se colgó en la parte de abajo del vehículo. Riesgoso, lo sabía, pero no para ella que lo venía haciendo desde los 13 años.
Exitosamente, el vehículo se detuvo y ella, con una paciencia que pocas veces la caracterizaba, esperó a que el terreno se despejara. Una vez que dejó de oír pasos y la puerta que antes se había abierto, se cerró, se dejó caer sobre el pavimento y rodó hasta quedar fuera del vehículo. Se levantó como un resorte, sacudiendo su ropa y se perdió rápidamente detrás del galpón.
Y ahí estaba ahora, buscando una entrada alternativa, sabía que debía haber algo en algún lugar y no tardó demasiado en encontrarlo. Movió un par de trozos de madera, otras cosas que parecían tener vida propia, un par de latas y, ¡violá! Una entrada. Observó un momento hacia adentro y suspiró.
—Que no hayan ratas, Dios mío, que no hayan ratas. —Suplicó, mirando hacia el cielo, antes de sacudir su cuerpo con asco y disponerse a entrar.
(…)
Una estocada fallida del machete. Otra más. Dos, tres, cuatro. Perdió el equilibrio y cayó sobre su espalda pero con un impulso de sus tonificadas piernas volvió a ponerse de pie. Tentó al monstruo nuevamente y cuando éste se abalanzó sobre ella, su pequeño cuerpo se abrió paso entre las enormes piernas del infrafae que confundido, no vio venir las puñaladas de las dagas en su espalda.
Gimió de dolor cuando Rachel clavó las dagas una vez más y cayó de espaldas cuando se las quitó. Rachel se paró sobre él, con sus pies a los costados de su torso y se inclinó para mirarlo, debilitado. El abominable monstruo sacó la lengua, una lengua de réptil, larga, babosa y desagradable, como si quisiera lamerla, y en ese instante, la morena recordó que esto era morir o ser muerta.
Con un delicado, elegante y casi imperceptible movimiento, cortó la lengua de su oponente, dándose como vencedora.
Los vítores volvieron solos, sin abucheos, sin burlas ni malas palabras. Sólo vítores.
Sonrió, satisfecha, mientras veía como el monstruo se volvía polvo. Se paseó soberbia por la arena, dejándose llevar por las alabanzas del público y no vio ni escucho venir a su segundo oponente.
Un ser alto, muy alto, de piel blanquecina como la leche, calvo y de dedos huesudos y largos; muy parecido a Lord Voldemort sólo que algo más fantasmagórico y con nariz. Se le acercó y le rozó el hombro. Rachel, asustada, se giró y no tuvo tiempo a reaccionar cuando los largos y terroríficos dedos del infrafae se ubicaron a los costados de su rostro.
De pronto, la pesadez en sus ojos se apoderó de ella de forma pasiva pero rápida. Tenía tanto sueño que no demoró en entregarse a la sensación que le provocaba aquel ser. Cerró sus ojos y, de pronto, ya no estaba en la arena, ya no era oscuro ni temible. Ahora era un bosque, iluminado, de agradable olor. Sonrió y miró a su alrededor donde pudo ver a un sonriente anciano sentado en un sillón. Era extraño aquello, pero no para ella, todo estaba bien en ese lugar.
—Toma asiento, hija. —Dijo el hombre con una voz agradable, como la que usan para contarte un cuento.
Rachel lo miró y se acercó al sillón que le indicaba el anciano.
—Yo conozco tu dolor y tu culpa. —Le dijo, mientras ponía a calentar un poco de té. O eso creía Rachel. —Conozco tus crímenes y lo que ellos han causado en ti.
La morena lo miró fijamente mientras sentía como hurgaba su alma, mirando en su interior, descifrando todos sus temores, develando todos sus pecados. Se encogió ligeramente, sin entender muy bien, pero aún en esa sensación de comodidad.
—¿De qué hablas? —Le preguntó, finalmente. El anciano sonrió.
—De tus muertos, Rachel. —Le contestó con una sonrisa más amplia, sonrisa que acompañada de esa frase se veía bastante maquiavélica. —Mira hacia allá. —Le pidió el viejo hombre, indicándole detrás del sillón donde la morena estaba sentada.
Rachel giró su cabeza lentamente y pudo ver camillas de morgue apareciendo. Una tras otra. Sobre cada una de ellas había una bolsa forense, de aquellas donde ponen los cuerpos sin vida.
Jadeó. Sabía perfectamente lo que eso era.
—Sabes quienes son, ¿verdad? —Preguntó el hombre, en el mismo tono armonioso de siempre.
—¿Por qué estás haciendo esto? —Preguntó la morena. La sensación de paz se estaba disipando de a poco y era reemplazada por desesperación.
—Esos son tus muertos, Rachel. Esas son todas las personas inocentes a las que has asesinado. Esas son todas las personas que han muerto por tu egoísmo. Este es todo el dolor que tú has causado. —El anciano la miró con ternura, como si lo que estuviera diciendo fueran palabras reconfortantes.
La pequeña morena, ya aterrorizada por las emociones, lo miró de forma suplicante. Lo único que quería era que desapareciera todo eso.
—El mundo estaría mejor sin ti, pequeña. Habría justicia por las muertes que cometiste y tú liberarías toda esa carga que llevas sobre los hombros. —El anciano, con el mismo semblante pacífico, tomó la tetera que estaba hirviendo y sirvió su contenido en una taza. Era desagradable, como mucoso. —Sólo debes… beber.
Rachel observó la taza extendida hacia ella, luego miró al anciano y, por último, miró una vez más los cuerpos que estaban a su espalda. Se inclinó hacia la taza pero algo la distrajo de pronto. Una voz. Una voz conocida que gritaba su nombre.
"¡RACHEL!" Se escuchaba a lo lejos, con angustia. "¡RACHEL, REACCIONA!" Volvió a escuchar y el ambiente a su alrededor se perturbaba cuando la voz resonaba en todo el lugar. ¿De dónde venía?
El anciano insistió, acercando la taza con vehemencia hacia Rachel pero ésta la alejó.
—¡BEBE! —Gritó el anciano, perdiendo la paciencia.
Rachel se levantó al escuchar el grito con más claridad y se alejó del hombre.
—No, no quiero. —Espetó con inseguridad ante lo que el hombre volvió a insistir, pero otra vez, un grito los interrumpió. —¿Santana? —Preguntó la morena más pequeña, pero no hubo respuesta.
—No hay nadie aquí, Rachel. Sólo debes beber. —La sonrisa maligna del hombre y un nuevo grito, más cercano y angustiado esta vez, la hicieron reaccionar por fin.
Golpeó la taza de las manos del hombre y lo miró furiosa.
—¡No hay nada que beber! —Gritó y de pronto, todo a su alrededor desapareció.
Estaba otra vez en la arena. El público estaba en silencio y Santana seguía gritando. Abrió los ojos de golpe y el infrafae que la sostenía del rostro también lo hizo. Los ojos de Rachel se iluminaron de un fuerte color azul, característico de las fae de su especie, y el pánico se dibujó en su enemigo que quitó sus manos y retrocedió.
—¡Rachel! —Escuchó decir a Santana y se giró de inmediato al lugar de donde provenía el grito.
Una especie de guardia fae la tenía sostenida por los brazos y ver a la latina tan angustiada pero luchadora a la vez, le llenó el pecho de orgullo y amor. Una sensación extraña que la embriagó de fuerza.
—¡Ella es mía! —Exclamó con poder en su voz y Santana fue liberada de inmediato, corriendo a su lado.
Rachel se centró nuevamente en el horripilante ser que casi había acabado con su vida. Con sus ojos encendidos y su mandíbula apretada lo miró fijamente, viendo como el monstruo poco a poco caía de rodillas, como si su mirada le quemara. Así, sin darse cuenta de cómo exactamente, el segundo infrafae terminó como polvo en la arena, igual que el anterior. Y esta vez, ella realmente había vencido.
—¡Felicidades! —La voz del Ash irrumpió entre el jolgorio de la multitud. —Ahora, súcubo. Debes elegir un lado. ¿Serás Fae de la Luz? ¿O Fae de la Oscuridad? —Ni el hombre, ni el público podían contener la ansiedad.
Rachel, aún de pie en el centro de la arena, miró a su alrededor y sonrió con suficiencia.
—Elijo… —Dijo con voz potente y una postura segura. —¡A ninguno!
La multitud jadeó, sorprendida. Y el Ash, por una milésima de segundo, perdió su aspecto pacífico bajo la atenta mirada soberbia de la pequeña morena.
Entre todos los murmullos, divisó el rostro de Quinn, muy cerca del Ash, y la ligera sonrisa que vio dibujada en su rostro le dio el valor para continuar.
—¡No quiero un lado, soy libre! —Gritó con una sonrisa maliciosa y alzo sus cejas de forma desafiante, mirando nuevamente al hombre afroamericano.
El mensaje había sido entregado. Rachel Berry ya no sería más presa de nadie y nadie sería su presa.
Tenía con ella una amiga, una persona con la cual podía contar en todo momento. Sí, porque a Santana no le importó lo peligroso que podía ser, la buscó hasta encontrarla y la salvó. Y eso para ella, era una amiga, una que nunca le iba a fallar.
Y por otro lado, tenía respuestas. Al menos las que siempre buscó.
No dejaría que nada ni nadie la esclavizaran o la atemorizaran jamás. Y aún más importante: No dejaría que nadie, nunca, le diga qué hacer.
Y así, libre por fin, tomó a Santana de un brazo y salieron de ese lugar.
Nota: Siento muchísimo la tardanza, he tenido unos días muy ajetreados que no me permitieron escribir, ¡pero ya está! Aquí les dejé el capítulo que es un poco flojo, pero necesario para la continuidad. Ya desde el próximo les traeré más interacción entre las chicas.
Tengo una pregunta: ¿Le gustaría Brittana en este fanfic? Brittany aparecerá de todas formas, tengo algo apartado especialmente para ella ya que es uno de mis personajes favoritos, pero me gustaría saber si les gustaría que estuviera con San, como en la mayoría de las historias. Háganme saber sobre esto, ¿vale?
En fin, gracias a los que comentan y, a los que leen y no lo hacen, también. Espero que les vaya gustando la historia.
Gracias por su apoyo. ¡Dejen un review!
