Su voz…

Era un misterio. No podía recordar nada de él, sin embargo lo había visto tantas veces. Era una buena persona. Era sarcástico, a veces sonaba pesado. En ese foro de ayuda él era uno de los "consejeros". Tenía una estrategia bastante excéntrica, por lo que ella supo en comentarios de la sala de chat. Solía obligarles a salir, a buscar palabras con quien sea. Era de esos que creían en enfrentar los miedos de frente. Incluso a ella le propuso más de una vez que hablara con alguien de la calle, aunque fuera para preguntar la hora. El chico no parecía de lo más simpático a primera vista. Su opinión era bastante clara: que alguien terminara viviendo encerrado en su propia habitación era una protección ante la culpa propia, el rechazo social era producto de ellos mismos. Pero después de un tiempo se podía ver sus buenas intenciones, sólo era tosco para demostrarlas.

Ella se había acostumbrado a su personalidad dura. Pero esta vez estaba actuando muy agresivo. No era sarcasmo, era un ataque personal. Algo raro estaba pasando.

Por otro lado, su propia mente tampoco estaba en sus cabales. Estaba viendo cosas, alucinando. Las bestias de carne y piel, las lenguas babélicas en eterna lucha. Densa nebulosa en pleno día, cubriendo la luz, sumiéndola en oscuridad. ¿Todo eso era una mentira? ¿Y si ella todavía estaba en ese bus? ¿Estaba inconsciente en un hospital?

¿Estaba muerta?

Una muñeca de porcelana cayendo, fragmentos desperdigados en la madera, trozos irrecuperables, pasado irrevocable. Así era la mente de Ónice en estos momentos. La confusión, desdén, no estaba segura siquiera si el camino que veía lo estaba caminando. Podría estar posando pies en las nubes y no lo sabría.

Aun así, insegura, confundida, siguió la ruta trazada en el mapa enviado por Raymond. Quizá despertaría del sueño si cruzaba el puente.

Pero se sentía tan real. Sus garras, la mujer muerta, la lengua batiéndose en su mano, la sangre aún caliente de esa criatura, sus gritos y parlares acelerados… No podía ser todo una treta de su mente. Si estaba muerta, no era del todo. Su vida aún se aferraba al plano terrenal.

Silent Hill… ¿Es un limbo? ¿O un infierno?

Discusiones, peleas. Cosas de adultos. La rabia y el odio son sentimientos que se alimentan de los años perdidos. Ónice deseaba no crecer nunca, o sino pelearía tal como lo hacían sus padres. No escuchó las conversaciones, sólo oyó los gritos y el ruido de la ira. Se escondió en su habitación, esperando a que pasara, abrazando la almohada de su cama, mirando al techo. Fingía no estar allí. Fingía una familia contenta.

Fingía ser feliz.

-¿Qué es eso?

Ónice vio unas sombras entre la niebla. Parecían humanas, seres agachados, o pequeños, pero no confiaba en ello. Según el mapa estaba en frente del puente, aunque la niebla no dejara ver más allá del largo de su brazo. Se llevó la mano a la espalda, aferrándose del bate. Se acercó a las efigies, lentamente. Al poner dos pies más adelante, una de ellas desapareció, como si hubiera caído, viéndose una levantarse erguida. Asió el bate, cuando se sintió suficientemente cerca, estiró el brazo para tocar esa sombra. Su mano pasó de largo, sólo sintiendo la niebla húmeda en sus yemas. Ahora se notaba su forma humana, femenina. Parecía girarse, como si estuviera mirando hacia adelante, y luego a Ónice. No tenía ojos, no tenía boca. Nada reconocible como un rostro, sólo una mancha negra con forma humana. Y aun así, ella le miraba. La joven sentía su mirada, y sentía tristeza. Angustia, culpa, pérdida, miedo. Un cóctel de emociones le atacaba, lástima y piedad eran palabras en su cráneo. Trató de alcanzar a esa femenina silueta, tocando su hombro. Quería abrazarla, consolarla. Tenía esa necesidad imperiosa, ayudar al alma atormentada, necesitaba compañía. Se acercó más, y le tomó en sus brazos. Era real, al menos parecía serlo. Sentía su sollozo sobre su hombro, mojando su ropa y sus heridas.

La niebla comenzó a disiparse. Se veían las calles, edificios, carteles. El sol golpeaba fuerte en su rostro, no como un día hermoso y cálido, sino como un infierno desértico y ardiente. La niebla fue reemplazada por polvo, granza, remolinos, viento azotante llevando la arena, golpeando contra todo. La erosión tomaba posesión de la vida, destruyendo a su paso. El tiempo corría más rápido alrededor de la chica y la sombra. El camino empezaba a agrietarse, las casas derrumbarse, la propaganda oxidarse. Ónice abrazaba fuertemente a esa forma femenina mientras todo se podría. El pavimento empezó a destrozarse, un gran acantilado frente a la chica y la efigie se formaba, que iba avanzando. La sombra estaba en la punta de sus pies, sin moverse. Ónice estaba paralizada, por más que tiraba sus piernas no respondían. Sólo aferró la sombra lo más posible. El precipicio ya había dejado sin suelo a la efigie, quien apenas se sostenía de Ónice. Empezó a volverse pesada, insostenible, resbaladiz, débil, frágil. La chica quería auxiliarla, aunque no fuera nada humano, sólo una sombra tangible. No quería ver otra muerte.

La guadaña se la llevó. Ónice tomó su mano, sosteniéndose del borde del profundo agujero, oscuro y tenebroso. Pero era sólo una niña. No podía salvarle.

Cayó.

Terminaron la discusión. Fueron a hablar con ella, aclararle que no era nada malo. Había sido un problema que solucionarían. Que por favor no estuviera triste, todo tenía arreglo. Palabras que cayeron en oídos muertos, ojos absortos en la nada mientras abrazaba un peluche. Su familia rompía lazos, el hilo rojo bordeaba el agudo filo de una tijera. Ónice quería hacer algo al respecto, pero en el fondo sabía que era una inútil y pequeña niña.

No había consuelo para una niña que no podía salvar nada.

El polvo obligó a que cerrara los ojos, cubriendo su rostro con el antebrazo, bate aún en mano. El viento dejó de soplar, y la niebla volvió a cubrir la tierra, bloquear la luz del cielo. Se irguió, miró hacia adelante. El precipicio seguía ahí. A un lado de la calle había un letrero que decía "Puente a Calle Bloch". Pateó una piedra, sólo para comprobar que no era un espejismo. La piedra se perdió en la niebla de al fondo, escuchándose el agua salpicar levemente. Ónice miró el mapa en su teléfono, no sabía si consternada por aquél sueño despierto o ver una caída infinita hacia el ruido del río. Llamó al número de Raymond, necesitaba preguntar una sola cosa. Quizá estaba esquizofrénica, pero algo de realidad debía haber en su fantasía.

-Onyx.

-Ray, ¿de casualidad no sabes si hay problemas con el Puente a Calle Bloch?

Hubo una pausa, la voz al otro lado parecía dudar un poco.

-No he sabido de nada, pero no me sorprendería, siempre tienen atochamientos porque el tipo del puente no está o algo.

-Eso me imaginaba... -Susurró la chica, ocultando su sobresalto.

-Bueno, hay dos... -Interferencia, ruido, el sonido se cortaba- al… y al su... Prueba... Creo que el de camino abajo... per...

-¿Ray?

El tono de fin se tomó el auricular. La comunicación estaba pésima. La señal había bajado. Alcanzó a escuchar "camino abajo". Revisando el mapa, sin embargo, vio más cercano el de arriba, decidiendo encaminar sus pasos hacia allá.

El silencioso camino y la enceguecedora niebla aumentaba su sensación de soledad. Escuchó gruñidos y el babel, que le advertía de esos monstruos, pero no los veía por ningún lado. Cada vez que caminaba más cerca del puente se hacían más presentes. Ónice dudaba si seguir el camino, pero tenía que arriesgarse. No podían ser demasiados. Mantenía fuerte el bate en su mano, preparada para golpear y correr si era necesario. La baraúnda azarosa se hacía más fuerte, los latidos de su corazón aumentaban. Su mente no estaba preparada para lo que vio.

Una muralla carnosa se erguía en el camino, desde el borde del torrentoso río hasta la pared de la comisaría, incluso atravesando esa edificación. La repugnancia de esa mezcla de gargantas y lenguas hablando al unísono al revés, babeando y dejando pozas de saliva era terrible.

El camino estaba bloqueado, el puente roto. Sólo quedaba la ruta del sur. Al mismo tiempo que daba media vuelta, vio pasar una sombra correr, por el rabillo del ojo. Intentó capturarla con la mirada, pero desapareció en el milisegundo que su panorámica lo observó. Sólo vio una nota escrita en rojo a sus pies.

"La vida tiene cinco actos. Estás pegada en el segundo".

"- Un amigo especial".

Recogiéndola, revisó los dos lados, encontrando en el dorso un mapa. Tenía rayado una cruz en los tres puentes, y un círculo en un edificio a un par de calles. Comparó mapas con el de su celular. Su mapa indicaba que era un teatro.

-Teatro Artaud... -Leyó en voz alta, no tan complicada con la naturaleza del nombre del local, pero con las palabras del mensaje.

Guardó el papel en su mochila, mientras en su celular táctil marcó el lugar tal como decía la críptica misiva. Ignoró lo que acababa de ver, o la sensación que le provocó. No quería pensar en ello. Sólo tenía que seguir el camino.

El aire se plagaba en la cacofonía vocal. Veía un par de sombras alrededor, entre la niebla, caminando, hablando. No estaban oliéndola, quizá si andaba con cuidado no le atacarían. Caminó lentamente entre ellos, igual que sus atrofiadas extremidades le permitían a las bestias, como si fuera otro exiliado del oscuro mundo de Silent Hill. El silencio era un cristal roto por la nebulosa algarabía, mientras ella mantenía su propio vidrio lo más intacto posible.

El teatro... Tenía vagos recuerdos de haber ido a algún acto en Ashfield. Quizá en la escuela, o en la municipalidad local. Recordaba haber leído algo para la escuela. Cinco actos, en el segundo... ¿Qué quería decir con eso? Apenas recordaba cómo funcionaba la estructura del teatro. Se le confundía los versos con los diálogos, los párrafos con las escenas. Sabía que no tenía nada que ver uno con el otro, pero no conciliaba sus recuerdos con lo aprendido en la escuela. Quizá siquiera lo habían pasado, su escuela no era de las mejores. A sus quince años no estaba segura de haberlo visto en ninguna lección.

Sus ideas se interrumpieron al sentir la vibración del celular, y luego su tono. Su cristal se rompió, y gritos inundaron sus tímpanos.

Ella no lo pensó dos veces, y corrió. Sólo sonó una vez, pero sabía que era suficiente para alertarles. No vio siquiera si en verdad le estaban siguiendo, sólo quería escapar del estridente ruido múltiple, los gruñidos y chillidos errantes, que se acercaban alarmantes, batiendo sus lenguas, queriendo probar sangre en sus míseros colmillos y escaso paladar. O quizá proteger el territorio, sacar a la extraña de su tierra olvidada. Cualquiera fuera de las dos, querían matarla, desollarla con sus garras informes y sus escasos dientes. Ónice se escondió en un callejón, apagando el sonido del teléfono. Se acachó detrás de un basurero, viendo sombras corriendo al otro lado. Al parecer si la perseguían, y se había salvado por los pelos.

Asumió que corrió por el lado correcto. Esperaba que el GPS no se viera tan afectado como la señal telefónica. Funiconaba, al menos, y le permitió saber que no se había ido tan lejos del camino. Prosiguió por enmudecer el teléfono, luego ver el mensaje que había llegado. Era de su madre.

"Espero puedas llamar. ¿Cuándo te corté? No has llamado".

Era extraño, pero ya no se estaba extrañando tanto con ello. Ya todo se hacía posible tan lleno de improbabilidades en apenas un par de horas, la irrealidad era tan plausible como cualquier cosa. Intentó llamar a su madre otra vez, sólo para sacarse de dudas. Ya esperaba que la señal se cortara en medio de la llamada, o siquiera sonara el tono. Pero sonó, y la llamada fue contestada.

-¿Aló? -contestó una voz cansada, femenina, algo ajada por la edad.

-¿Má? Hola...

-¿Por qué me estás llamando? -Interrumpió feroz la mujer al otro lado- ¿Ya necesitas ayuda otra vez para algo?

-¿D-de qué hablas? Só-sólo llamo por...

-Por favor, no me digas. -volvió a cortar ella las palabras de Ónice-. Mira, sé que es difícil, pero acostúmbrate. No puedes llamarme cada cinco minutos por cosas que deberías haber aprendido ya.

-No entiendo de qué hablas, má. -Replicó sorprendida.

-Ya me llamaste por el arroz, por la ropa, quemaste algo con una plancha o qué se yo... -Escuchó un suspiro- Hija, yo... No puedo soportarlo. Lo que sea, arréglatelas sola. Ya es hora.

Y cortó.

No entendía que estaba pasando. Se juraba que nada le sorprendería ya en este horrible lugar, y sin embargo lo menos horripilante era lo que más pavor le estaba causando. Ella quería a su madre, escucharle enojada era terrible para ella, sobre todo porque casi nunca pasaba. Algo muy malo debería haberle enojado. ¿Había peleado otra vez con su padre? No lo había visto en varios meses.

-No estamos enojados contigo... -él miró a la mujer de reojo, suspirando y esforzándoce en gesticular- Ónice. Es una discusión entre nosotros...

-Cosas de adultos -Explicó la madre-. Sé que es complicado para ti, todavía eres pequeña. Entenderás cuando crezcas.

No le gustaba eso. Ella quería a ambos, la pelea le había hecho sentir mal. Antes de dejar de ver a su padre, se habían arreglado un poco, aunque habían hecho definitiva la decisión de separarse. Ella sabía que a su edad no debería afectarle tanto. Era justificado cuando todavía tenía doce, pero no ahora.

-Todavía te queremos, y no porque tu madre y yo estemos peleados eso va a dejar de ser así.

-No te vamos a abandonar. Espero comprendas.

Ella no lo comprendía. Todavía no lo hacía. Esa charla de hace tres años no le había ayudado. Sabía que estaba bloqueada en algo, pero no sabía en qué.

Abandonó el callejón, caminando con cuidado, su bate en mano. Manteniendo la calma en pasos cortos no llamaba la atención del Babel andante. Se acercaba a la meta. El teatro Artaud estaba a una pedrada. Podía ver el letrero "Artaud", debajo las letras negras alojadas en el pizarrón blanco. Parecía haber dicho algo antes, pero las letras se habían caído. Sólo quedaban siete, que deletreaban, si se les juntara, "HURTING".

Estaba frente a la puerta ahora. Estaba dudando si entrar o no, pero no tenía otra solución. Respiró hondo, empujó la entrada y se internó en el teatro de la crueldad.