4. Mensajes de Mercurio

Draco pasó la semana siguiente al supuesto secuestro de Potter prácticamente encerrado en la sala común de Slytherin. Y limitaba sus paseos nocturnos a cualquier lugar que no fuera la torre de astronomía.

No quería ni ver al idiota que se había dejado atrapar por los mortífagos.

El único contacto que había tenido con el moreno había sido cuando, entrando dos días después de los jardines y al pasar junto al Gran Comedor, alcanzó a oír la tremenda reprimenda que Sirius Black le estaba dando por planear una locura como aquella y encima no avisar a nadie de sus intenciones.

Potter ni siquiera había intentado defenderse de sus acusaciones, ni de justificarse. Le había pedido perdón a su padrino por preocuparle, pero se había mostrado firme respecto a sus actos. Dijo que volvería a hacerlo, que debía empezar a asumir cual era su papel en aquella guerra e intentar hacer su vida sin estar tan pendiente de él.

Black había golpeado la mesa con violencia y le había gritado muchas cosas. Draco no había podido entenderlo todo, pero le conmovió profundamente que al final este abrazara a Potter y le dijera que era lo único que le quedaba y que no podía perderle.

Durante un segundo, le pareció como si toda la fachada de seguridad y locura que últimamente dominaba a Potter se hacía pedazos y se aferraba a su padrino con fuerza. Pero solo había sido un segundo, porque al momento siguiente el moreno se había apartado y le había comentado de forma divertida que seguramente a Lupin no le gustaría saber que no formaba parte de sus afectos.

Black le había seguido la broma a duras penas. Draco había notado como mantenía los puños apretados a ambos costados.

Y él que había pensado que, después de más de diez años en Azkaban, no podía haber alguien más loco que Black. Pero se había equivocado. Porque Potter lo estaba superando y con creces. Entonces decidió seguir su camino y dejó de escucharlos.

Y así había pasado una semana. Su enfado se había ido diluyendo gradualmente, hasta convertirse en un pequeño y punzante malestar en su cabeza, pero que era superado con creces por la curiosidad. ¿Cómo había escapado Potter? A final aquella noche no se lo preguntó, ocupado como había estado en gritarle lo idiota que había sido.

Finalmente, la séptima noche decidió encaminarse de nuevo a la torre de astronomía, después de más de dos horas dando vueltas por los pasillos de Hogwarts.

Potter estaba allí, como siempre, pegado a un telescopio. Sin darse cuenta, Draco suspiró aliviado. En el fondo, había temido que el moreno hubiera cambiado de hábitos. Estaba medio loco, ¿no?.

—Vaya, cuanto tiempo sin verte, Malfoy —saludó el moreno, sin siquiera darse la vuelta para mirarlo—. ¿Has venido a ver a Mercurio? Hoy tiene un tono azulado precioso, muy poco habitual en él, debido a que el Sol...

—Ah, no. Por Merlín, Potter, creí que después de nuestro segundo encuentro aquí te había quedado claro que no quiero recibir tus charlas astronómicas —dijo, frunciendo el ceño—. Antes prefiero la cruciatus. Es menos dolorosa.

Harry sonrió contra el telescopio.

—Vaya, quién lo hubiera dicho. Si tienes sentido del humor...

—No estoy de broma. Lo digo en serio.

—Claro —concibió el moreno, ajustando su aparato—. Entonces ya me dirás. Si no vienes a ver las estrellas, ¿a qué has venido? —preguntó y lo miró fijamente con burla antes de añadir—. ¿A verme a mí?

Draco bufó y se cruzó de brazos.

—No te lo tengas tan creído, Potter. Solo sentía curiosidad por como escapaste de los mortífagos —dijo, optando por ser sincero—. Al final no llegué a preguntártelo la otra vez.

—No, no lo hiciste —confirmó Harry, mirándolo burlón—. Estabas demasiado ocupado gritándome.

—No puedes culparme por eso —se defendió Draco, sonriendo maliciosamente—. Gritarte es uno de los pocos placeres que me quedan en la vida.

El moreno estalló en carcajadas. Oh, ¿cómo había podido pensar que le importaba a Draco Malfoy? Seguramente el rubio solo había estado molesto con él porque su falso secuestro había llenado el castillo de gente que no le gustaba ver.

—Ah, menos mal que aún sirvo para algo —dijo, cuando terminó de reír—. Pues la verdad es que haces bien preguntándome como escapé, porque tienes mucho que ver. Se podría decir que gracias a mi pequeña aventura he resuelto otro de los grandes misterios del universo.

—Potter, ¿podrías centrarte? —pidió, intentando ser paciente, lo cuál no se le daba nada bien—. Tu locura me impide entender nada. ¿Cómo voy a tener yo que ver? ¿Y de que misterio hablas?

—Bueno, no he dejado de preguntarme durante todo este tiempo porque diablos Dumbledore te mantenía aquí —admitió—. Es decir, tampoco quería que te dejara tirado o al menos eso creo, pero; ¿tenerte en el castillo, a ti, un pequeño proyecto de mortífago en ciernes, en donde podías obtener información relevante? Menuda locura.

Draco hizo un tremendo esfuerzo por no rechinar los dientes y otro aún mayor por no sacar la varita y hechizar al idiota frente a él.

—Para que lo sepas, no estoy marcado, Potter —informó, muy tenso—. Y creo que no eres quién para hablar de locura. Estas loco de remate. El único motivo por el que nadie te interna en San Mungo es porque aún tienes que matar al Señor Oscuro.

Para su sorpresa, en lugar de enfadarse o de alzar la varita contra él, Potter le sonrió.

—Tocuhé, mi cada vez más estimado Malfoy —dijo, haciendo el gesto de quitarse un sombrero imaginario y agachando la cabeza teatralmente—. La cuestión es que no lo entendí hasta que estuve en la celda de Voldemort —ignoró como el rubio se estremeció ante el nombre—. Porque fue tu padre quién me sacó de allí.

—¡¿Cómo?! —exclamó Draco, completamente atónito.

—Lo que oyes. Lucius Malfoy me ayudó a escapar de las mazmorras donde estaba prisionero.

—¿Mi padre? ¿Pero por qué? —preguntó, confuso.

Su padre era un incuestionable amante de las antiguas tradiciones, de la sangre limpia y de las Artes Oscuras. Él había insistido más que nadie en que siguiera sus pasos. ¿Y ahora liberaba a Potter?

—Bueno, cuando le pregunté a Dumbledore, me dijo que había llegado a una especie de trato con él un tiempo atrás. Y no, no me dijo cuando, ni donde, ni como —se encogió de hombros—. Tampoco le pregunté. La verdad es que me da igual.

—¡Pero a mí no!

—Pues ve y pregúntale —dijo Harry, mirándolo con comprensión—. Tampoco creo que sea difícil de entender.

Draco rodó los ojos. ¿Aquel demente se creía que podía comprender los motivos de su padre?

—A ver, Potter. Iluminame con tus deducciones.

—¿De verdad hace falta? —el moreno se acercó a él—. ¿En serio? Draco, es obvio que lo ha hecho por ti.

El rubio tragó saliva. Ni siquiera pareció darse cuenta de que su compañero lo había llamado por su nombre. Porque no. Su padre no traicionaría todos sus ideales y creencias solo por él. Su padre era un mago sangre pura orgulloso y poderoso.

—No lo creo —murmuró, con la mirada clavada en el suelo.

Unos fuertes dedos lo tomaron del mentón y lo obligaron a clavar sus ojos grises en los verdes de Potter.

—Lo ha hecho por ti. Para que estés a salvo aquí, lejos de la guerra. De otra manera, y esto te lo garantizo, Dumbledore no dejaría que te quedaras en el castillo.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Simplemente lo estoy —aseguró, sonriendo con confianza.

Genial.

Draco llegó a dos conclusiones esa noche.

La primera, que era patético que las afirmaciones de un demente pudieran tranquilizarlo de esa manera.

La segunda, era que los ojos verdes de Potter reflejaban el brillo de la estrellas, incluso cuando no estaba mirando al cielo.

Continuará...